Buenas noches, chicos y chicas. Aparentemente no puedo terminar un Mimato sin empezar otro primero, así que tuve esta idea hoy, y decidí escribirla para ustedes. Veamos si tiene futuro.


Entre Pinceles y Musas

La Musa de Yamato Ishida

Ésta historia comienza en Tokio, en una oscura habitación, apenas era iluminada por el débil resplandor de la luna que se colaba por la ventana, donde sólo el sonido de un pincel sobre un lienzo era capaz de disturbar el silencio semiabsoluto que dominaba la escena, donde un pintor silencioso culminaba su más reciente obra.

Yamato Ishida dio un paso hacia atrás, observando el lienzo frente a él, dejando el pincel sobre su oreja derecha, para cruzar los brazos libres sobre su pecho. Estaba vestido con una simple camisa negra de botones y un par de jeans raídos, los cuales delataban claramente su profesión, al tener splashs de pintura en lugares aleatorios. El muchacho se dejó caer en el suelo, sentándose en el mármol, sin retirar la mirada de su obra. Estaba descalzo y en la oscuridad, algo que apenas acababa de notar, recordaba que había luz cuando había comenzado a trabajar, y en silencio se preguntó si había pasado más de un día trabajando. Ciertamente, no sería la primera vez.

El muchacho ladeó el rostro, pasando sus ojos azules desde el borde de la pintura hasta las esquinas, un monumento abstracto realizado en cubismo le devolvía la mirada. Los bordes donde había esparcido el fondo, mezclando negro y rojo para crear un efecto claroscuro, habían sido hechos en un arranque de ira tan grande que se sorprendió de no haber raido la tela con el pincel, o con las uñas cuando había usado sus propias manos para lograr el efecto calidoscopio entre sus pinceladas. Sus ojos subieron al centro de la pintura donde se concentró en las figuras almendradas de color avellana alrededor de la cual se armaba toda la pintura. Un único par de ojos color chocolate en el cual había invertido todo el tiempo posible para hacer brillar con una melancolía casi palpable.

Esos eran los ojos de ella. De nuevo, no importaba cuanto intentaba dibujar en su mente o en el lienzo algo diferente, siempre volvía a sus ojos.

Yamato Ishida soltó un gruñido de frustración, mientras se dejaba caer de espaldas en el suelo, para recostarse en el mármol, llevando sus manos llenas de pintura seca a su cabello rubio.

'Me voy a volver loco' concluyó el rubio, con pesadez.

El muchacho rodó sobre el mármol negro, hasta quedar boca abajo, apoyando la frente sobre su antebrazo izquierdo. Sus ojos azules se cerraron y todo el cansancio lo alcanzó de golpe, comprobando que efectivamente había estado más de 24 horas sin salir de aquel estudio, y permitiéndole dormirse en un sueño que casi calificaba como un desmayo.

Cuando sus ojos se abrieron nuevamente, el sol estaba quemando su rostro con la intensidad del medio día. Yamato Ishida giró nuevamente sobre el piso gimiendo por el dolor que se esparció rápidamente por todo su cuerpo.

'Uno de estos días te vas a quedar dormido ahí y necesitaremos paramédicos y un relajante muscular para poder levantarte' dijo la voz de su compañero de cuarto, Taichi Yagami, quien lo observaba desde la puerta semi-abierta.

'No tienes permiso de merodear por mi estudio. Nadie tiene permiso de entrar en mi estudio' contestó Yamato, estirándose, y sin levantarse.

Taichi giró los ojos, desordenando su cabello con la mano derecha y encogiéndose los hombros, mientras entraba al cuarto.

'Cuando te pierdes aquí por más de tres días, hago la regla de merodear para asegurarme que no estás muerto' contestó.

'¿Tres días? Por todos los Diablos…' susurró el rubio, arreglándoselas para sentarse en el piso, y soltando otro quejido al intentar enderezar su espalda.

'Te estás matando, espero lo valga' dijo Taichi entrando al estudio y fijando sus ojos en el cuadro que el rubio estuvo pintando 'No lo entiendo' comentó encogiéndose los hombros, después de observarlo por dos segundos.

'Nunca lo entiendes' contestó el rubio poniéndose de pie, y soltando otro gruñido de dolor.

Taichi se encogió los hombros nuevamente, y salió a la sala del apartamento con destino a la cocina. Yamato lo siguió, estirando los brazos y masajeando su cuello.

'Siento que me arrolló un camión' le dijo el rubio, tomando un trozo de pizza fría de una caja que descansaba sobre el mesón de la cocina, suponiendo que Taichi había comido pizza en algún punto de su auto encierro.

'Tenemos juego esta tarde, supongo que vas a venir' le dijo Taichi, mientras bebía el contendido de una bebida energética, sin mirar en su dirección, aquello era una exigencia, más que una pregunta, y así lo pudo identificar Yamato.

'No lo sé' contestó el rubio, mordiendo el trozo de pizza 'No he terminado de trabajar'

'No pensaras encerrarte allí por más tiempo' le dijo Taichi. Yamato se encogió los hombros, restándole importancia.

El timbre del apartamento sonó y Taichi fue inmediatamente a la puerta a abrir. Los músculos del rubio se tensaron al instante, conociendo perfectamente quién lo esperaba al otro lado de aquella puerta. Efectivamente, la voz dulce de la muchacha lo alcanzó más rápido de lo que esperaba.

'Buenos días, Tai-chan' había dicho ella con voz alegre, mientras se lanzaba inmediatamente a los brazos de Taichi, el muchacho la alzó, dándole un beso en la mejilla y contestando su saludo con la misma alegría.

'Buenos días, hermosa' contestó él.

Yamato suspiró, girando sobre sus pies y dando la espalda a la puerta. No sentía el menor deseo de ver aquel despliegue innecesario de felicidad, entre la pareja perfecta más molesta de la historia.

'Voy a vomitar' susurró el rubio, caminando a su habitación, y dejando el trozo de pizza sobre la mesa.

'Buenos días, Yamato' saludó la muchacha.

Soltando un suspiró, el cuerpo del muchacho se detuvo al instante. Como si aquella voz poseyera un poder de comando sobre él. Sin girarse si quiera a verla, ya podía sentir el aroma a lavanda que desprendía su cabello, podía imaginarlo suelto con unos débiles mechones escondiendo aquel par de ojos marrones que parecían esconder el misterio del mundo entero.

Allí estaba ella, Mimi Tachikawa, la musa de su arte, la sirena de sus sueños... y la novia de su mejor amigo.

'Compórtate' dijo la voz de Taichi en modo de advertencia, la muchacha le dio un leve empujón en el hombro a modo juguetón, enviándole una sonrisa.

'Buenos días, Princesa' le contestó girando levemente hacia ella, llamándola 'Princesa' con un tono de condescendencia que era claramente un insulto para cualquiera que pudiese oírlo. La muchacha tenía sus ojos chocolates fijos sobre él, seguramente preguntándose por todas las manchas de pintura sobre su ropa y cuerpo, y a pesar del 'insulto' seguía sonriendo en su dirección. La mirada del rubio se detuvo, de la misma manera, sobre los ojos chocolate avellanados que perseguían cada uno de sus minutos de conciencia.

'Supongo que vienes al juego con nosotros, ¿verdad?' dijo la muchacha, retirando la larga trenza de cabello castaño que descansaba sobre su hombro, para enviarla tras la espalda. Yamato frunció el ceño fijándose en el uniforme de porrista color carmesí abrazaba la figura delgada y atlética de la muchacha como un guante, y la falta corta hacia que sus piernas se viesen aun más largas. Era tan hermosa que a veces sentía que dolía mirarla.

Yamato giró los ojos, dándose cuenta que aún no había contestado su pregunta, y sin la menor intensión de contestarle, sin embargo, sintió la mirada de Taichí taladrándole la espalda, por lo cual, suspiró y respondió con tono hostil.

'Creo que tengo mejores cosas que hacer con mi tiempo que mostrar espíritu escolar por el equipo, como el resto de las ovejas de la manada'

La muchacha no se inmutó ante el segundo claro intento por insultarla, enviándole una sonrisa calmada y encogiéndose los hombros.

'Pero, será divertido' insistió ella 'puedo presentarte unas amigas, incluso'

'No salgo con niñas mimadas y superficiales, cuya idea de diversión consiste en pedestres practicas de hedonismo de bajo presupuesto, Tachikawa' dijo con voz condescendiente, y fría. Ese era un insulto también, y por la manera en la que los ojos de la muchacha se abrieron por unos segundos, mientras logró recuperar su compostura, supo que ella lo había entendido como tal. Sin embargo, le envió otra sonrisa y volvió su atención en dirección de su novio.

'Lástima, iremos solos entonces' contestó, mientras Taichi se colocaba la chaqueta y señalaba a la puerta.

'Es un ermitaño, dejémoslo en paz' le dijo, mientras abría la puerta para ella.

'Diviértanse siendo comunes y corrientes los dos' les dijo Yamato levantando una mano para despedirlos, mientras giraba para entrar en su habitación.

'Con gusto' contestó Taichi, haciéndole un gesto obsceno con el dedo del medio.

'No le agrado ni un poco, no lo comprendo, siempre intento ser amable' le dijo Mimi en un susurro a su novio, quien se encogió los hombros.

'En realidad, a Yamato no le agrada nadie. Es prácticamente mi hermano y a mí me tolera' contestó el muchacho cerrando la puerta del apartamento tras él. Mimi suspiró, enviándole una mirada confusa 'No te preocupes por él, a mi me agradas' le dijo Taichi con una sonrisa de suficiencia.

Mimi soltó una pequeña risa, asintiendo, mientras Taichi tomaba su mano y la halaba por las escaleras.

Yamato Ishida cerró la puerta de su habitación, y se dejó caer en la cama. Era mucho más cómoda que el piso del estudio, y aún así pasaba la mayor parte de su tiempo durmiendo en el mármol. Taichi tenía razón, un día tendrían que sacarlo con paramédicos. Lo que Taichi no entendía era como funcionaba la inspiración, cuando la musa te da su tiempo. No lograba entender que los artistas trabajan con tiempo prestado por los dioses de la belleza y que cada segundo desperdiciado nunca vuelve a la obra.

Para él pintar era una necesidad tan básica como respirar, en el lienzo podía desahogarse y liberar de su carga emocional. Pintar había sido su terapia durante años, así había lidiado con el divorcio de sus padres, así había lidiado con la lejanía de su hermano menor, así había sobrevivido toda su adolescencia solitaria y carente de amigos (a excepción de Taichi Yagami), pintar era el modo de resolver todas las situaciones que lo hacían sentir abrumado. Hasta ahora había funcionado relativamente bien.

Sin embargo, la 'nueva situación' que lo mantenía obsesionado no había sido tan fácil de resolver de manera 'terapéutica' y decidir pintarla sólo le había hecho descubrir lo mucho que disfrutaba pintarla. Era como una droga a la que deseaba entregarse con arrebatadora dependencia, los ojos de aquella muchacha encerraban más emoción en una mirada de la que escritores lograban transmitir en 1000 páginas. Sus ojos eran el mar llamándolo a ahogarse en ellos, y sabía que podría pasar el resto de sus días pintándolos sin lograr capturarlos en el lienzo.

'Quizás si lograra hacerle justicia en el lienzo dejaría de estar obsesionado con ella…' se dijo, soltando un suspiro.

Yamato giró sobre la cama quedando boca arriba. Soltó un suspiro maldiciendo a todos los dioses que conocía.

'De todas las mujeres del mundo… ¿Por qué tiene que ser esa la que me cause esto?'

Yamato Ishida había salido con muchas chicas en su tiempo de vida. Muchas chicas. Ninguna de las cuales le había inspirado si quiera un garabato en uno de sus cuadernos de carboncillo. Sin embargo, desde que había conocido a Mimi Tachikawa se había obsesionado con ella de una manera que no era capaz de comprender.

Seguro, era hermosa. Pero también lo era la mitad de las mujeres que conocía. Y no se consideraba suficientemente estúpido como para caer rendido a los pies de una mujer como un clásico hombre de Renacimiento, simplemente por su belleza. No, Mimi Tachikawa tenía algo diferente, algo oculto detrás de las sonrisas y las miradas educadas, algo que sospechaba era un secreto a puerta cerrada y un lado más oscuro de lo que quizás nadie pudiese imaginar, algo que sólo él se sentía capaz de identificar. Lo sabía, no estaba seguro de cómo, pero estaba convencido de que esa era la verdad. Y si tan sólo pudiese capturar eso en su arte, esa sería su obra maestra.

Cuando sus ojos se posaron por primera vez sobre la castaña se había sentido de una manera que sólo Picasso al conocer a Marie Thérèse Walter podría comprender. Poseía el corazón de un artista, y ella era la que lo hacía latir. Eso no significaba que quería robar la novia de su mejor amigo, pero sí que se sentía atraído a ella de una manera que Taichi jamás podría comprender.

Yamato se puso de pie, sin deseos de dormir. Salió de su habitación y entró al estudio, colocándose frente al cuadro que había terminado la noche anterior. Su dedo rozó el borde de la tela en el lienzo, comprobando que estuviese seco. Sonriendo, lo retiró del soporte y caminó hasta el otro lado de la habitación, halando la lona que cubría sus obras y pasando su vista entre ellas por unos segundos, sintiéndose observado en cada uno de ellos por los ojos de Mimi Tachikawa. Dejó el nuevo cuadro al frente y volvió a cubrirlos con la lona negra, tomando un lienzo en blanco con la otra mano.

'Intentemos esto de nuevo… Mimi' le habló a su musa imaginaria, mientras retiró los mechones rubios de su rostro escogiendo entre las latas de pintura.

Eran las cuatro de la mañana cuando Mimi Tachikawa se levantó de la cama donde un dormido Taichi Yagami roncaba con suavidad. La muchacha sonrió levemente, negando con la cabeza mientras salía de la habitación. La muchacha bostezó, estirándose, mientras caminaba a la cocina por un vaso de agua, cuando el brillo de la luz encendida en una puerta entre abierta llamó su atención.

Mimi alzó las cejas, comprobando la hora en el reloj de la cocina, y acercándose con cautela a la puerta. Por la abertura pudo observar a Yamato Ishida, con la espada apoyada en la pared, tenía puesta la misma ropa de la mañana, pero nuevas manchas de pintura cubrían sus antebrazos y mejilla. Una de las piernas del muchacho estaba estirada frente a él mientras que la otra estaba flexionada en dirección a su pecho, donde uno de sus brazos estaba apoyado, y flexionado a manera de que la palma de su mano, le cubría la frente y parte del rostro, donde el cabello rubio desordenado le cubría como una cortina dorada, en la otra mano residían dos pinceles diferentes con las hebras abiertas de modo casi violento, como si el muchacho hubiese intentado apuñalar al lienzo con ellos.

Mimi se detuvo por unos segundos, insegura sobre si debía simplemente volver a la habitación de Taichi o si debía asegurarse de que la posición taciturna del muchacho no significaba algo malo. La muchacha caminó en ambas direcciones, antes de decidir, finalmente, tocó la puerta del estudio con suavidad.

'Yamato…' llamó con suavidad.

El muchacho no se movió. Mimi lo observó por dos minutos, antes de repetir la operación, tocando y llamando el nombre del muchacho. Después de un tercer intento, la castaña se mordió el labio, empujando un poco la puerta y cruzando el umbral. El negro de la habitación, le hizo intimidarse, el piso de mármol estaba helado, y las paredes eran igual de negras. Una enorme lona de tela cubría una pila amontonada de lo que, supuso, eran cuadros del muchacho, mientras que un único paral residía frente a Yamato, a menos de metro y medio de distancia. La muchacha caminó hacia él, llamando su nombre con suavidad.

'Yamato… ¿te encuentras bien?'

No hubo respuesta, Mimi se arrodilló junto al muchacho, tocando levemente su hombro, intentando despertarlo de su estado de inconsciencia. Le tomó al rubio más de 5 minutos volver en sí.

Los ojos de Yamato Ishida se abrieron despacio, fijándose en ella. El muchacho sonrió, sorprendiéndose de que las alucinaciones de su musa eran capaces hasta de reproducir el mismo olor a lavanda del perfume de su cabello. La muchacha estaba junto a él, usando una gran camisa blanca, y con el cabello suelto dejando sus caireles libres, estaba arrodillada, inclinando su rostro hacia él tan natural que uno de sus rizos le había rozado la nariz mientras escuchaba el sonido de su voz llamando su nombre.

Había sentido el roce de su cabello. Fue en ese instante que se dio cuenta que su alucinación no era tal cosa. Un rayo de pánico surcó los ojos azules del rubio, mientras se las arreglaba para ponerse de pie con una rapidez impresionante, el muchacho le dio la espalda a la pintura, intentando cubrirla de la muchacha, y preguntándose si ya la había visto.

'¡¿QUÉ DIABLOS ESTAS HACIENDO EN MI ESTUDIO?!' gritó Yamato, lanzando los pinceles que aún sostenía en su mano derecha al suelo.

La muchacha lo observó confundida, sin levantarse del suelo.

'Lo siento… te vi y no estabas moviéndote, te llamé y no contestaste… yo sólo… quería asegurarme de que estabas bien' contestó ella con suavidad.

'¿Por qué diablos? ¿Por qué no iba a estar bien?' continuó gritando el muchacho al tiempo que empujaba el soporte con lienzo incluido al suelo, mientras gesticulaba con la mano, esperando que aquello se observara si quiera remotamente accidental y no increíblemente sospechoso '¿Por qué todos los ermitaños tienen que ser alcohólicos o estar en drogas dentro de tu visión monocromática del mundo? ¡YO NO SOY NI ALCOHÓLICO NI DROGADICTO, NI UN IMBÉCIL QUE NECESITA QUE LO CUIDEN COMO SI TUVIERA 4 AÑOS!'

'No, no es eso… es sólo que Taichi me dijo que sueles encerrarte aquí por días, sin salir ni comer, me preocupé, pensé que quizás…' la muchacha se había puesto de pie y lo observaba con ojos de borrego asustado.

'¿Quizás qué? ¿Qué? ¿Podías hacer tu buena acción del día ayudando al disturbado compañero de cuarto de tu novio en turno?'

'Yo… no…'

'Pues no, el disturbado compañero de cuarto de tu novio no necesita tu ayuda. Lo único que necesito de ti es que NUNCA bajo NINGUNA CIRCUNSTANCIA cruces esa puerta de nuevo' le dijo Yamato tomándola del brazo y halándola hacia la salida.

Mimi abrió los ojos sorprendida, mientras el rubio la empujaba al otro lado de la puerta, mirándola con rabia incandescente.

'Lo siento…' logró decir la muchacha antes de que Yamato cerrase la puerta de un sólo golpe.

Mimi se mantuvo frente a la puerta por unos segundos, debatiendo sus acciones. Antes de girar sobre sus talones y correr a la habitación de Taichi sin mirar atrás.

Yamato Ishida se mantuvo inmóvil frente a la puerta, llevando las manos a su rostro, y subiéndolas hasta retirar el cabello de su rostro, ahogando las ganas de gritar y romper la puerta a golpes. Le tomó unos minutos recuperar la compostura y el ritmo de su respiración.

'Soy un imbécil…' susurró el muchacho, mientras abría la puerta para comprobar que Mimi ya no se encontraba del otro lado.


Digan que pensaron, y si vale la pena continuar.