Era cuatro de julio, y para la suerte de Inglaterra, los países europeos tenían un junta. Todo estaría bien de no ser porque él estaba encerrado en su cuarto en un estado de depresión que sólo esa fecha podía provocarle.

¿Es que acaso nadie lo entendía? Ese día para él era su día de luto. Fue el día en que la persona a la que más había querido y que juró nunca abandonar terminó dejándolo a él por esa estúpida idea de ser un país independiente. Ahora ese país era la más grande potencia del mundo, viviendo de comer hamburguesas y sin prestarle ni la más mínima atención a él.

—¡Maldito niño, yo no te eduqué para que me dejaras!

Al escuchar el grito las sirvientas de la casa entendieron que lo mejor sería no entrar a la habitación de Inglaterra por lo que restaba del día. El año pasado, cuando una se atrevió a entrar al escuchar sus berrinches, terminó a punto de ser asesinada por una botella voladora que casi le daba en su cara.

Y es que Inglaterra sólo sabía resolver sus problemas con una sola cosa: Alcohol.

En sus años de pirata él era el campeón oficial. Nadie podía igualarlo. Podía beber todo el día y no había forma de que se sintiera ni siquiera un poco mareado.

Sin embargo, los tiempos cambian, y ahora con sólo tomar unas cuantas cervezas él ya se encuentra en un estado poco más que deplorable.

Sabiendo eso, Inglaterra no siempre bebía. Tenía una reputación de caballero que mantener y sólo cuando llegaba a salir a un bar con Francis se atrevía beber, siempre cuidando no hacerlo de más, pues conocía de sobra al francés como para saber que este sabría aprovecharse de su estado y terminar los dos un cama de algún motel en el camino.

Pero esta ocasión era un excepción a la regla. Era cuatro de julio y lo único que Inglaterra quería era que las 24 horas de ese día pasaran y él ni cuenta se diera de eso. La única forma de lograrlo era ahogarse en alcohol todo el día y soportar el dolor de cabeza y las nauseas del día siguiente.

Se decía que era preferible eso a tener que soportar ese día.

En su casa, la gente sabía que no debían de molestarlo, pues a ellos no les afectaba en nada que la representación de su país se quedara encerrado en su habitación diciendo cosas incoherentes y a veces gritándole a ese americano que seguramente estaría festejando en su país el día de su independencia.

Todos lo perdonaban, excepto los países que ese día tenían reunión en Inglaterra, lugar donde el país principal no daba señales de vida.

—¡Estoy harto! Puedo perdonarle que siempre esté su clima húmedo y frío y que por ello mi hermoso cabello se esponje. Pero no puedo perdonarle que tenga que venir hasta acá sólo para que no aparezca.

No sólo Francis, sino todos los demás países europeos se estaban desesperando, pues hace más de una hora que la junta debió de haber empezado y no llegaba Inglaterra, cosa extraña en él.

Romano se estaba peleando con España, todo porque ya se quería ir y el español no lo dejaba. Rusia estaba sentado y los demás se alejaban de él varios metros, pues su aura maligna estaba expandiéndose y todos sabían que era capaz de matar a alguien si se le acercaban. El ruso venía desde muy lejos y resulta que lo dejaban esperando.

Alemania estaba sorprendido de esa falta de puntualidad en Inglaterra. Ellos dos eran conocidos por ser los países más puntuales del mundo. Se encontraran en Italia sería comprensible que no llegara Veneciano a tiempo, pero en Inglaterra, era algo ilógico.

—Oye Francis, ¿qué día es hoy? —preguntó el español, intentando detener los golpes de Romano hacia su persona.

—Cuatro de julio, ¿por qué lo pregun…?

La sala quedó en silencio. Ahora todo tenía sentido.

Empezaron a recoger sus cosas. Sabían que Inglaterra ese día se negaría rotundamente a salir de su habitación y lo mejor sería dejarlo ahí. Nadie quería soportarlo un cuatro de julio.

—¡Ya debe de superarlo! Cada año es igual. Después de 200 años me sorprende que se siga deprimiendo —dijo Romano, indignado mientras aventaba sus cosas a su maletín.

—Ya ni yo me pongo así, y eso que perdí a todas mis colonias en América y él sólo una.

España podía entender un poco el sentimiento de Inglaterra, pues él también perdió a sus colonias por culpa de sus ideas de independencia. Pero él no se ponía deprimido cada día de la independencia de Chile, Argentina, Bolivia, México… ¡Si fuera así estaría encerrado en su casa al menos una vez al mes!

—Todos esperen por favor. Yo no vine hasta aquí para que me dijeran que Inglaterra está haciendo un berrinche porque es el día de independencia de Estados Unidos. Exijo que alguien vaya por él y lo traiga a cumplir con su deber.

Todos voltearon a ver a Austria con incredulidad. Nadie se iba a atrever a entrar a esa casa para sacar a un borracho y llevarlo a la junta. Además de que estaba la posibilidad de salir heridos si lo intentaban.

—Bueno, yo podría intentar ir a consolar al pobre de Inglaterra, pero no prometo que los dos volvamos temprano…

—¡Olvídalo, Francia! Con un país ausente nos es suficiente. Mejor habrá que posponer la junta para mañana —dijo Alemania, viendo enojado al francés.

—¿Mañana? ¿Sabes cómo queda Inglaterra después de un día de depresión? Con suerte mañana saldremos vivos de la junta si llega a enojarse por algo.

—¿Y por qué no va por él el bastardo de España?

Todos voltearon a ver al moreno, quien estaba comiendo un tomate y recogiendo sus cosas. Se había separado de la discusión desde hace rato y solamente pensaba en irse a su casa donde el clima era cálido y soleado.

—Lovi, ¿es que acaso piensas irte sin mí? —España puso cara de perrito triste mientras se acercaba al italiano.

—¡Eso mismo quiero, idiota! No voy a soportar en el vuelo de regreso junto a alguien como tú. Además, aparte de Francia eres el único que sabría manejar a alguien como Inglaterra.

Todos estaban de acuerdo en que eso era cierto, no por nada había sido el principal enemigo del inglés cuando éste estuvo en su etapa de pirata. Nadie se atrevía a luchar contra él y su gran armada invencible, y fue España junto con sus barcos quienes lograron luchar contra él.

—Pero yo no quiero ir…

—¿Quién está a favor? —interrumpió Austria.

Para la mala suerte del español, todos levantaron la mano. Entre más pronto pudieran acabar con esa tonta junta, mejor. Ya todos se querían ir, pero no sin antes haber tenido la reunión como era debido.

De esa forma, España salió hacia la casa del inglés. No tenía planeado ir a recoger a Inglaterra para llevarlo arrastrando a la junta, pero era eso o soportar el reproche de todos los demás.

Tocó el timbre, tendiendo la esperanza de que nadie fuer a abrirle. No pudo evitar enojarse con la sirvienta que abrió la puerta preguntándole qué se le ofrecía.

—Vengo a ver a Inglaterra. Tiene una reunión con nosotros y lo hemos estado esperando.

La sirvienta se ruborizó y bajó la mirada. No sabía muy bien cómo explicar la situación.

—Temo decirle que el señor no está disponible en estos momentos. Quizá si posponen su reunión para otro día…

–Sé muy bien que Inglaterra no está disponible. Yo me encargaré de que lo esté.

Haciendo a un lado a la joven, España entró a la casa estilo victoriano. Ya antes había estado ahí, no necesitaba que alguien le dijera dónde se encontraba la habitación del rubio.

Subió las escaleras rápidamente. No le gustaba mucho esa casa donde vivía el inglés, en especial porque él estaba acostumbrado a su casa en donde había muchas ventanas y se podía escuchar el sonido de las aves en los jardines. Aquí sólo había un extraño silencio que se podría decir fantasmal, además de que el crujir del piso de madera y la oscuridad de los pasillos no ayudaban demasiado.

Al final, llegó a la habitación que buscaba, encontrándola cerrada, cosa que no le sorprendía mucho.

–¿Inglaterra, estás ahí?

Era una pregunta tonta. ¡Por supuesto que estaba ahí! Pero lo ponía nervioso era saber el estado en el que encontraría al inglés.

Al no escuchar respuesta, no le quedó de otra más que lentamente abrir la puerta.

Entró y se encontró todo a oscuras, por lo que no podía ver muy bien en qué parte se encontraba el inglés.

Fue hasta que vio algo moverse en el escritorio que lo encontró.

Había unas botellas sobre la mesa, algunas de ellas tiradas, dejando salir el líquido y manchando hasta la alfombra. Sentado en la silla, pero con la cabeza apoyada sobre la mesa, estaba Inglaterra, aún sosteniendo un vaso lleno con una mano.

—Vaya estado en el que te encuentro. Así no podré llevarte a la junta.

Un murmullo que España interpretó como "¿quién está ahí?" salió de los labios del rubio, quien lentamente levantó la cabeza e intentó hacer un esfuerzo por enfocar a quien acababa de entrar a su habitación.

España se acercó hasta estar a su lado. Quiso retirar el vaso de la mano de Inglaterra, pero éste gruñó e intentó empujarlo, logrando solamente deslizar su mano por el pecho del español, ya sin fuerza alguna.

—¿Te pones así por la independencia de Alfred? ¿No crees que después de dos siglos ya es hora de que lo superes?

Se quedó tan pensativo sobre cómo llevarse a Inglaterra de ahí y hacerlo volver a un estado decente para ir a la junta, que no se fijo que el otro de nuevo se estaba llevando el vaso a los labios, dispuesto a emborracharse más de lo que ya estaba.

–¡Espera, vengo para sacarte de aquí, no para que me ignores y sigas bebiendo!

Parecía una lucha bastante tonta, pues entre que Inglaterra no quería soltar el vaso y España intentaba quitárselo, parecían dos niños pequeños peleando por un juguete.

—¡Mira lo que hiciste!

La camisa de España terminó manchada por lo que, según Antonio, pudo distinguir por el olor como ron.

—Ahora tendrás que prestarme una de tus camisas. No puedo salir así de aquí. ¡Deja de reírte!

Tal vez era el enojo de España, pero Inglaterra estaba riéndose flojamente y señalando la camisa mojada.

España no podía verlo por la semioscuridad que había, pero estaba seguro de que Inglaterra estaba sonrojado a causa del alcohol en su cuerpo y sus ojos estaban vidriosos.

Verlo a los ojos le dio de repente un cosquilleo en su cuerpo. No estaba seguro de si eran nervios o era algo más lo que le causaba el ver a Inglaterra en ese estado.

Inglaterra volteó a ver de nuevo su vaso, dándose cuenta de que estaba vacío, pues ahora el líquido estaba impregnado a la ropa del español. Se quedó unos momentos quieto, viendo a Antonio, como si estuviera haciendo un esfuerzo por entender lo que había pasado.

España ya iba de nuevo a quitarle el vaso para llevárselo de ahí cuando sintió un escalofrío recorrer toda su espalda. Inglaterra lo había tomado de la cintura, atrayéndolo hacia su rostro, pues él se encontraba sentado, y comenzó a pasar su lengua por la camisa de Antonio, murmurando "qué desperdicio" antes de volver a chupar la tela de la camisa, intentando tomar el líquido.

—¡¿Estas loco?! ¡Suéltame!

Empujó a Inglaterra, haciéndolo tambalearse sobre la silla mientras veía confundido a España, como si no entendiera lo que había estado haciendo.

Antonio tenía la respiración agitada. Ahora entendía porque Francis siempre terminaba violándolo. El inglés no media sus actos.

Pero la verdad es que no culpaba al francés. Ver así a Inglaterra lo excitaba. Normalmente el inglés era un caballero arrogante y orgulloso que, al igual que Austria, catalogaba a todos como unos depravados y pervertidos. Ahora, viéndolo intentar de nuevo lamer su camisa como si fuera un pequeño perro buscando agua, le hacía recordar que Arthur a veces podía ser bastante sensual.

Comenzó a acariciar los cabellos rubios cuando Arthur levantó su camisa y empezó a lamer directamente su abdomen. No quería admitirlo, pero sentir esa suave lengua recorrer su piel lo excitaba demasiado, y la idea de aprovecharse del estado de Inglaterra no le parecía tan mala ahora.

—¿Qué crees que diría Alfred si te viera en estos momentos?

Arthur levantó la cabeza y se le quedó viendo a los verdes ojos de Antonio, quién podía ver que el inglés estaba tan excitado como él. El español pensó que de seguro en esos momentos Arthur no tenía ni idea de quién era Alfred ni de por qué había decidido beber tanto.

En serio que no quería aprovecharse de Arthur –o al menos eso era de lo que intentaba convencerse–. Sin embargo, ahí lo tenía, completamente a su disposición, y seguramente al día siguiente no recordaría nada.

Tomó una de las botellas que estaban sobre la mesa. Ya daba igual si se manchaba más, de todas formas tendría que cambiarse de ropa. Así que, viendo como Arthur seguía con la mirada su mano, dejó verter más líquido por su ropa, buscando que también se mojara la parte superior de sus pantalones.

No tuvo que decirle al inglés lo que tenía que hacer, pues apenas vio como caía el líquido sobre su ropa, inmediatamente comenzó a lamerlo de nuevo, pero ahora bajando más.

España soltó un suspiro cuando sintió cómo Inglaterra succionaba la tela de sus pantalones justamente encima de su ya dura entrepierna. Inglaterra estaba demasiado ebrio como para darse cuenta de dónde estaba lamiendo.

Ya sin poder aguantarse, Antonio hizo a un lado a Arthur y empezó a desabrocharse el pantalón todavía mojado. No quería que su ropa fuera la que recibiera toda la atención.

Arthur, aunque no estaba consiente de sus actos, se encontraba tan excitado que, apenas vio el miembro de Antonio sin ropas que lo cubrieran, lo sujetó con sus manos y posó sus labios en la punta, dando un beso que provocó un gemido del otro.

Así comenzó a recorrerlo en toda su extensión, ya fuera con su lengua o con sus manos. Luego se lo metió entero a la boca, empezando a chupar el miembro de España, que lo sujetaba de sus cabellos marcándole el ritmo que deseaba.

—¿No te trae viejos recuerdos esto, Arthur?

Ya lo llamaba por su nombre, así lo hacía cada vez que los dos se encontraban en una situación como aquella, sólo que antes lo hacían dentro de un calabozo, cuando uno de los dos capturaba al otro durante sus incontables batallas en el mar.

Antonio penetró todavía más en la boca de Arthur, soltando un gruñido al sentirse en esa boca tan caliente y húmeda e imaginándose cómo sería volver a estar en el interior de ese inglés al que no había vuelto a tocar desde hace demasiado tiempo.

Arthur sentía que se atragantaba, pero no podía negar el gran placer que sentía al tener en su boca nuevamente ese miembro que tantas veces llegó a penetrarlo –ya fuera con o sin su permiso– en el pasado.

Después de un rato, España soltó la cabeza de Inglaterra, pues prefería eyacular en otra parte del cuerpo del rubio.

Levantó a Arthur de la silla, el otro estaba tan mareado que dudaba que pudiera ponerse de pie por su cuenta. Notó que también tenía una erección atrapada por su ropa, y se alegró de saber que seguramente Inglaterra no pondría resistencia alguna.

Aún se sentía un poco culpable. Estaba haciendo lo mismo de lo que todos se quejaban que hacía Francis cuando Arthur estaba en ese estado, además de que de vez en cuando imágenes de Lovino se venían a su mente, recordando que en esos momentos el italiano era su pareja y que estaba engañándolo.

Pero ya no había marcha atrás, ahora sólo le quedaba terminar lo que, para convencerse de que él no tenía la culpa, Arthur había comenzado.

Recostó al inglés sobre la cama al lado del escritorio y le quitó la botella que este había tomado con su mano. Quería olvidar, aunque fuera por unos momentos, que estaba engañando a Lovino. Ahora el único que debía de ocupar su atención era Arthur.

Le dio un gran trago a lo que, por el fuerte sabor que recibió su boca, era whiskey, y sintió cómo su garganta ardía al recibirlo de manera tan precipitada. No quería ponerse como Arthur, que ni idea tenía de qué estaba haciendo, pero por unos instantes quería perderse junto con él en la cama.

Le quitó la ropa rápidamente, aprovechándose de los movimientos torpes de Inglaterra y de que lo único que hacía era reír bobamente mientras España desabotonaba su pantalón.

—Deja de reírte. Prefiero escuchar otros sonidos de tu boca.

Se colocó encima del inglés, abriéndole las piernas para poder quedar entre ellas. De esa manera sus dos miembros ya realmente duros empezaron a rozarse, haciendo que los dos soltaran un jadeo grave.

—A eso me refería, Arthur.

Como si lo estuviera penetrando, Antonio daba estocadas, logrando una fricción brusca que hacía que Arthur soltara gemidos y gruñidos. Tomó al moreno de su rostro y empezó a besarlo, metiendo su lengua rápidamente, buscando a su compañera.

Los gemidos se ahogaban en ese beso, haciéndose cada vez más rudo, a veces sacando las lenguas de sus cavidades para que en el aire siguieran jugando entre ellas, otras veces volviendo a juntar los labios para succionarlos o morderlos.

Arthur se agarraba de los hombros de Antonio, tomándolos fuertemente mientras seguía friccionándose con él en sus partes bajas. Parecía que no tardaría en acabar primero.

Separándose del beso y arqueando su espalda, Arthur fue el primero en acabar. España soltó un gemido ronco al sentir el líquido caliente que ahora cubría sus miembros.

—Que poco aguante. Antes tardabas más.

Sabía que no tenía sentido decirle esas cosas, pues el otro no lo escuchaba, pero le gustaba recordar los viejos tiempos en donde podían durar horas intentando violar al otro y demostrar cuál de los dos era el más fuerte.

—No te vayas a quedar dormido. Todavía no acabamos.

Arthur ya se estaba recostando de lado, buscando a tientas su almohada para dormirse. Antonio volvió a tomar la botella y le dio varios tragos, sintiendo ahora menos ardor que la vez pasada.

Se sentó en la cama y jaló a Inglaterra hasta sentarlo encima suyo. El inglés dio un pequeño quejido, al perecer ya incómodo por retirarlo de su cama y no dejarlo dormir.

—No me vengas con que ya no quieres, si apenas viene la mejor parte.

A la fuerza, metió sus dedos en la boca de Inglaterra, buscando su lengua y jugando con ella para poder ensalivar los dedos. Al inicio el otro se resistió por sentir algo dentro de su boca, pero luego se unió al juego y ya no hacía falta que España buscara su lengua, pues él solo se encargaba de lubricarlos.

Retiró los dedos, ya no aguantaba más. Desde hace rato tenía una erección que ya le pedía entrar en el cuerpo de ese expirata lo antes posible.

Quitó a Arthur de encima suyo y lo puso en sus cuatro extremidades, viendo hacia abajo, para que, sin avisarle siquiera, metiera un dedo y empezara a meterlo y sacarlo. A diferencia de lo que pensó, Inglaterra no puso resistencia alguna y sólo soltaba suspiros y gemidos que deleitaban a Antonio, quien metió otro dedo al ver que el rubio no estaba nada inconforme.

No duró así mucho tiempo, y viendo la erección que volvió a aparecer en el miembro de Arthur, supo que ya era el momento.

—No sabes cómo extrañaba esto, Arthur.

Sin previo aviso, entró completamente, haciendo que el cuerpo del inglés se tensara y soltara una exclamación, que más que expresar queja, era placer.

—Sigues tan estrecho como hace quinientos años.

Antonio tuvo que controlarse por no terminar eyaculando en el inglés con tan sólo haberlo penetrado, pero era tan cálido y hacía una presión tan deliciosa sobre su miembro que contenerse le costaba demasiado trabajo.

Inmediatamente empezó a moverse, sin cuidar por empezar lento, sino que rápidamente sacaba casi en su totalidad su miembro para luego meterlo con fuerza, sujetando a Arthur de sus cintura, viendo como sus caderas chocaban con el trasero del rubio al penetrarlo tan profundamente.

Arthur se sujetaba de las sábanas con sus manos, sin pensar en nada, sólo sintiendo el placer en todo su cuerpo, jadeando, logrando escuchar los gemidos graves de España, a veces gruñendo y haciendo presión sobre su cintura con sus manos cuando lo penetraba.

Antonio aumentó la velocidad. Quería escuchar gemir todavía más fuerte a Arthur, quien con su propia mano se masturbaba, dándose aún más placer.

España se encorvó, dándole besos a la nuca de Inglaterra y a su oreja, sin dejar de penetrarlo. Luego, con una de sus manos, volteó la cara de Arthur para buscar sus labios. Era difícil besarse y buscar aire mientras tenían sexo de esa forma, pero a Antonio le excitaba más cómo los gemidos de Inglaterra eran acallados por sus labios, ya húmedos y rojos.

Lo dejó de besar apenas sintió que se quedaba sin aire. Sabía que el final ya se acercaba.

Siguió así por un momento más hasta que sintió el orgasmo y se vino en el interior de Inglaterra. Todavía dio unas estocadas más y salió del interior del inglés, que aún no acababa.

Lo colocó viendo hacia arriba y metió el miembro del inglés en su boca, moviendo su lengua y probando el líquido pre seminal que ya había soltado. Arthur jadeaba y movía su cadera rápidamente, buscando penetrar más en la boca del español.

No tardó en venirse también, soltando todo el semen en la boca de España que lo tragó sin problemas.

España se dejó caer al lado de Inglaterra, aún con la respiración agitada y sintiéndose ligeramente mareado.

Arthur ya se estaba quedando dormido y se dio media vuelta quedando muy cerca de Antonio, quien lo atrajo con una brazo y lo cubrió. Ya no le importaba si los demás países se habían ido de la junta, ya se inventaría alguna excusa creíble para decir por qué no llegó con Arthur.

—Ya no recordaba lo que era dormir contigo a mi lado. A pesar de todo el sufrimiento, sería genial volver a esos tiempos, ¿no crees?

Arthur no le contestó, se acurrucó más a su pecho, respirando lentamente con los labios entreabiertos.

Antonio se le quedó viendo a sus labios y acercó los suyos, haciendo un contacto muy suave entre ellos. Se separó del beso y se quedó dormido. Era una persona despreocupada, ya vería qué hacer cuando se levantara y tuviera que enfrentarse al inglés. No es como si el pirata de Inglaterra buscara vengarse de él, ¿o sí?