Doppelgänger

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Recibió otro mensaje de madrugada, lo contestó con una corta misiva y trató de volver a dormir, cinco minutos más tarde recibió un nuevo mensaje, el último de la noche, prometía, pero ella sabía que no sería así, y que la única forma de ganar unas cuantas horas de sueño sería permitiendo que escuchase su voz.

Marcado rápido, justo por sobre el número que antes solía dominar esa lista y que poco a poco sería relegado al fondo. Se preguntó como en tantas otras noches si acaso su hermano mayor estaría despierto y escuchando, fortaleciendo su resolución, armándose en contra de todo y todos dentro de su caparazón hasta no ser otra cosa que una imagen burda y engañosa de su verdadero ser. De seguro estaría pegado contra la pared esperando a que ella cumpliese con su papel.

Hubiese preferido ir a confrontarlo a seguir con la charada, y a pesar de ello permaneció en su cama y se puso a hablar en voz baja.

–¿Tampoco puedes dormir?–

Escuchó el alivio desde los auriculares, la exhalación profunda y calmada que evidenciaba el cansancio acumulado y la preocupación.

–Lo siento, es solo que… me alegra que se vaya–

Lucy sujetó el teléfono con fuerza, tornando sus labios en una mueca amarga y fría que en nada se parecía al tono de su voz. Actuaba, tal como Lincoln lo hacía, y lo odiaba, como de seguro Lincoln odiaba fingir.

Jamas podría ser como su hermano mayor, y eso la aliviaba, y la llenaba de rabia al demostrar que la brecha entre los dos jamas disminuiría.

–A mi también–, se forzó a decir, –Es lo mejor para todos, lo mejor para nosotros–

Una decisión que afectaría el resto de su vida y de la que ni siquiera estaba consciente. Lincoln sencillamente la llevó a un callejón sin salida y la hizo cuestionarse qué era lo más importante para ella, solo que jamas le explicó que ese era su objetivo desde un inicio, y que desde el inicio planeaba manipular su elección. Al final Lincoln consiguió lo que quería y la dejó por su cuenta, con el conocimiento de que al llegar la última de las horas, al avanzar al patíbulo, ella se alejaría.

Ella preferiría a alguien más, porque así debía de ser. No existía motivo alguno para que se perdiesen dos vidas por el crimen de una persona. No existía razón para que Lucy compartiese el destino de su hermano.

Al lugar al que Lincoln se dirigía nadie podía acompañarlo.

–Te amo Lucy–

–Y yo a ti Rocky–

La parte rebelde de su ser, la que se negaba a aceptar el ataque artero de su hermano le susurraba a diario que era un error, y que todavía estaban a tiempo de hacer algo, que el sacrificio, por grande que fuese, valdría la pena.

Su parte sensata, su ser racional, sabía que no había vuelta atrás. Lincoln jamas le creería nuevamente, no lo haría porque el concepto de tener sus sentimientos validados iba más allá de su propia persona. Para él, no existía universo alguno en el que lo que sintiese no fuese otra cosa que una aberración, y esa aberración, ese pecado propio de su alma no lo compartiría con nadie, ni siquiera con la única persona que lo hubiese visto realmente, en su plenitud, y le dijese que todavía lo amaba.

La llamada terminó minutos después, y casi podía escuchar la respiración agitada de la criatura que vivía dentro de su hermano. Un corazón roto una y mil veces que se negaba a sanar, y que Lucy sabía cualquier día se detendría de forma súbita y violenta.

Quizás entonces aceptaría su amor, pero hasta entonces, le permitiría seguir por su cuenta y ella haría lo mismo, sin importar lo mucho que le doliese.

–Supongo que sí soy igual a ella–

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El quiebre de una pacífica, conformate y más que nada, hermosa mentira.

–Entonces… ¿qué tienes que decir a tu favor?–

Lincoln no se inmutó frente a ella, y haciendo memoria, Lucy se dio cuenta de que había pasado mucho tiempo desde la última vez que vio a su hermano alterarse por cualquier cosa. Solo ahora caía en cuenta de las muchas peculiaridades que antes pasaba por alto respecto a Lincoln.

–Vi un problema y lo solucioné–, contestó Lincoln, –Luan está a salvo, y créeme, ella no es la única que estará mejor gracias a mi–

Lucy frunció el ceño y sacudió la cabeza, ¿así que así veía las cosas?, pues era… era difícil llevarle la contraría. Por lo poco que entendía, alguien había estado acosando a su hermana mayor quién sabe por cuánto tiempo y Lincoln, como de costumbre, tuvo que intervenir. El panorama que tenía enfrente era difuso, apenas tenía unos cuantos rumores para guiarse junto con una llamada de Luan, sin embargo, una confesión de parte del propio perpetrador lo cambiaba todo.

El viaje misterioso de su hermano mayor, el cambio de actitud de Luan… claro que tenía sentido. ¿por qué otro motivo viajaría en medio de la semana salvo que tuviese que ayudar a una de las chicas?, y claro, como nadie le cuestionaba era de esperarse que todo el mundo salvo los involucrados supiesen exactamente cuál era el problema.

Ya ni siquiera cuestionaban los favores que le pedían a Lincoln, él no sabía decir no.

He allí otra cosa que pasaba por alto, ¿cuándo fue la última vez que Lincoln le pidió ayuda?, y no solo a ella, sino a cualquier otra de las chicas. No se trataba solamente de las cosas pequeñas como ayudar a mamá con las compras o algo por el estilo, sino de las cosas grandes, de lo importante y es que Lincoln, desde hacía un buen rato que no charlaba con ellas sobre lo que a él le pasaba. Todas las conversaciones, todas las discusiones, todo, giraba en torno a ellas. Lucy ni siquiera se hubiese dado cuenta de que algo andaba mal de no ser por esa desafortunada noche, y de no ser por eso, ¿seguiría ciega a la persona en la que se había transformado su hermano?. Le bastaba el mirar a Lincoln para saber la respuesta, para darse cuenta de lo bien que escondía sus emociones, limitándose a mantener una sonrisa serena y una postura relajada. Para él, de seguro no era diferente de las múltiples ocasiones en que algo lo molestaba y a pesar de ello decidía callar y seguir con su rutina como si nada.

Apretando los puños maldijo en voz baja. Su análisis de nada le servía, era completamente inútil frente al gigantesco problema que tenía en frente.

¿Cómo abordarlo y lograr que fuese honesto?

–Lincoln…–

Lo vio alzar una mano y se calló, para escuchar de sus labios algo que la dejó fuera de combate.

–Lucy… si de verdad lo quieres, voy a entregarme–

Inesperado… ¿de verdad lo haría?, ¿en realidad lo confesaría todo si ella lo pedía?, no podía ser tan sencillo, no. De seguro existía un ángulo que estaba ignorando, un detalle que pasaba por alto allí, justo bajo sus narices, ¿pero qué?, ¿qué podía pretender al dejarle la decisión a ella?

–Entiendo que no es justo pedirte que guardes silencio, eso te convertiría en una cómplice. Así que como lo veo, el entregarme es la única forma de terminar con todo de manera pacífica–, elaboró Lincoln, –No quiero ser un problema para la familia, no quiero que mis… crímenes… sean una carga para ustedes–

Era un acto suicida, y completamente descabellado. La verdad, es que Lincoln comprendía a la perfección que se hallaba en el punto en el cual era imposible el esperar un resultado positivo. Si se entregaba lo perdía todo y de paso condenaba a su familia a cargar con el nombre de un asesino, lo que no sería justo para nadie. Por otra parte, el seguir como si nada parecía atractivo, pero implicaba posponer el problema y el problema en si, no desaparecería. Lucy lo había visto, y por mucho que intentase aparentar el ser fuerte, Lincoln no era tan ciego como para pasar por alto el costo emocional que implicaba ese conocimiento. Su hermana estaba sufriendo día a día y él seguía sin hacer nada, prolongando la tortura por la cual pasaba Lucy para mantener esa ilusión de normalidad de la que dependía su vida. Se estaba comportando de forma en extremo egoísta que era justo lo que se había prometido no hacer, pero ella se sentía tan…

No, no era bueno entretener esos pensamientos. Debía enfocarse en lo que importaba que era proteger a Lucy y al resto de la familia.

Podría suicidarme–, pensó, –Podría hacerlo pasar como un accidente para que la aseguradora no moleste a mis padres a la hora de cobrar. No es mucho dinero, pero de seguro les ayudaría por un buen tiempo y ni siquiera tendrían que pagar expensas funerarias–

Era un plan tentador, tan sencillo como salir un día e interponerse en el camino de alguien, o resbalar en el trabajo, preferentemente desde un octavo piso, aunque todo esto venía con su propio set de complicaciones, siendo la principal que no deseaba morir.

Aunque si se volvía necesario… pues era bueno saber que contaba con un plan de contingencia.

Asintiendo para si mismo se volvió a dirigir a Lucy.

–Tan solo dilo, y lo haré–, le dijo sonriendo, –Lo que sea con tal de reparar lo que he hecho Lucy, tan solo quiero acabar con todo esto para que las cosas regresen a la normalidad–

–No–

Ahora era el turno de Lincoln de callar.

–Perdón, creo que no te escuché bien Lucy–, ¿acaso sus oídos lo engañaban?, allí estaba, ofreciendo una salida rápida y conveniente, proponiendo su propia libertad como moneda de cambio para rescatar a Lucy de la culpa que no debía de sentir y ella le decía que no.

Lucy, después de mucho intentar, al fin comprendía algo. No todo, ni siquiera pretendía decir que lo que creía se acercaba a la verdad, pero sentía estar cerca de algo concreto.

–No te zafaras tan fácilmente de esto Lincoln–

Lo tenía acorralado, se dio cuenta. A pesar de tener todavía esa tersa sonrisa, Lucy podía notar lo inquieto que estaba.

Le recordaba a los perros heridos que Lana traía a veces, temeroso al principio, hasta que se daban cuenta de que no los lastimarían.

–Quiero entender porqué lo haces, eso es lo que necesito saber–, murmuró segura de si misma, –Los dos sabemos que no podría pedirte que te entregues–

–¿Y qué diferencia haría?–, protestó Lincoln, –Lucy… lo que pasó… ¡no necesitas saberlo!, ¡nadie tiene que saberlo!–, estalló Lincoln poniéndose de pie y paseando por la habitación. Lucy lo dejó ser, le daría tiempo para calmarse.

Así que así te sientes en realidad–, se dijo a si misma –Así eres cuando nadie más te ve–

Lincoln recuperó la compostura después de un rato, bastante avergonzado consigo mismo por comportarse de esa manera frente a su hermana.

No se suponía que las cosas fuesen así, él era una persona diferente, no podía… ¡no se permitiría ser como ese niño odioso al que había enterrado hacía ya tantos años.!

–¿Qué diferencia haría?–, preguntó con marcada amargura al sentarse junto a su hermana, –¿Qué cambiarías con eso Lucy?. No puedes cambiar el pasado, no puedes… limpiarme de lo que he hecho–

Su hermana debía de estar loca si creía que ponerlo a hablar solucionaría las cosas.

–Quiero que vuelvas a confiar en mi–, respondió ella, –Confía en mi Lincoln–

–Confío en ti–

–No, no confías en mi–, contestó Lucy sacudiendo la cabeza, –Ya ni siquiera charlamos–

–Eso no es cierto Lucy, siempre tengo tiempo para ti, siempre–, retrucó Lincoln confundido y molesto.

Lucy suspiró intranquila, Lincoln en realidad no comprendía o no quería entender, mas, le daría tiempo y lograría retomar la tarea que Lynn dejó incompleta de salvar a su hermano. Habían sido autocomplacientes, creyendo torpemente que no necesitaban hacer más, que la oscuridad que rodeó a Lincoln en esa ocasión se desvaneció en una noche cuando en realidad, seguía presente, amenazando con engullirlo todo a su alrededor.

Ignoró el temor intrínseco que le provocaban esos recuerdos y siguió adelante.

–Tienes tiempo para escuchar mis poemas, o ayudarme con mis problemas o para consolarme cuando algo sale mal–, explicó, –Pero jamas hablamos sobre ti, sobre lo que te aqueja o lo que te gusta. Ahora entiendo que lo haces a propósito. Es por eso que no discutes con ninguna de nosotras sin importar que creas que nos equivocamos–

Lincoln apenas abrió la boca antes de que ella lo silenciase.

–Y sé que vas a tratar de defenderte con una excusa que hace unas semanas atrás me hubiese creído, pero la verdad, es que ya no puedo aceptar algo así Lincoln–

Estaba sonriendo, notó Lincoln.

Lucy sonreía…

¿Por qué?

–Si tengo que arriesgar mi pellejo por ti, quiero al menos saber porqué lo haces–, concluyó la joven gótica al cruzarse de brazos y abandonar la habitación, dejando atrás a un anonadado Lincoln que seguía tan confundido como al inicio.

Tanto prepararse para enfrentar el peor escenario de su vida que al final, resultó ser poco más que un criptico compromiso con su hermana al que ni siquiera había accedido, aunque dadas sus circunstancias, era más que obvio que tendría que ceder.

Quizás eso ayudaría a Lucy a seguir adelante. Sin embargo, no estaba del todo de acuerdo.

Con todo lo que estaba sucediendo, no se explicaba que su hermana menor fuese tan…

–Por favor Lucy, no hagas esto, me entregaré, es en serio–, murmuró siguiéndola afuera de la habitación y casi chocando contra ella.

La solución que Lucy tenía en mente era apenas un parche, un desgastado trozo de madera flotando a la deriva que soportaría la tempestad o se quebraría contra el impacto de las primeras olas, todo esto dependiendo de como jugase sus cartas. Y es que al fin tenía algo con lo cual asegurarse de que su hermano estuviese a salvo, una pieza del tablero que Lincoln nunca, jamas, pensaría en arriesgar.

–No Lincoln, desde ahora en adelante somos cómplices, así que si tú caes yo caigo–

Lo tenía en la palma de su mano, y podía hacer cuanto quisiese con él sin protestas de por medio, sin el temor a otra recaída.

–Si de verdad me amas, dejarás que te ayude y confiarás en mi–

Con eso, le dio espacio para que pensase bien las cosas, para que meditase con calma todas y cada una de sus acciones.

Una pequeña victoria para Lucy, una victoria que no duraría.

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Todo lo que deseaba, todo lo que creía necesitar era ahora suyo.

Y eso lo estaba matando.

¿El extinguir la luz de los ojos de un desconocido al que consideraba basura?, eso era juego de niños, una labor de tal insignificancia que palidecía frente al tiempo que empleaba para leer sus historietas. Allí afuera, con el monstruo rondando los callejones se trataba de liberar presión. Ira, celos, amor y quién sabe qué más se agolpaban de forma constante en sus venas tornando su rutina diaria en una bomba de tiempo.

En realidad, lo que hacía lo hacía casi por necesidad, pero de ser honestos, era la clase de necesidad que podía suprimir sin problemas. Esto ponía en tela de juicio su falta de cuidado a la hora de asesinar, pues contradecía todo aquello por lo que afirmaba vivir, y es que Lincoln tenía un papel importante en la vida de otras personas, y su irresponsabilidad no le afectaría solo a él, sino, a aquellos a los que amaba, a la familia a la que dedicaba su vida.

Y esto último bien podría ser otra mentira, tomando en consideración su reprochable conducta.

Podía notarlo en los ojos de Lucy, en sus labios, su respiración. Aquella semilla de locura que implantó en una visión accidental comenzaba a germinar y dentro de poco daría a luz a una flor desconocida en la persona de su hermana.

¿En qué se transformaría Lucy si esa semilla lograba florecer?, ¿qué criatura surgiría de su inagotable avaricia que no consideraba sangre ni edad a la hora de apropiarse de lo que jamas debió ser suyo?

–¿Vienes Lincoln?–

Se aislaba poco a poco, encontrando excusas que antes no existían con tal de crear ventanas de tiempo para permanecer a su lado. Se las arreglaba como una experta mentirosa para mantenerlos a todos en suspenso mientras hacía de las suyas.

Le ofreció su mano y juntos caminaron por las oscuras calles rumbo a casa, ignorando a los pocos transeúntes que a esas horas transitaban rumbo a sus propios hogares.

Y hablando de fauna urbana, su pequeña hermana comenzaba a confundirse con las criaturas que surgían a esas horas. Tal cosa no le agradaba a Lincoln, pues era testamento de un cambio que esperaba evitar.

Su hermana no era feliz.

–Creo que estoy lista para romper con él, después de todo, no puedo darle falsas esperanzas–

Se sintió aliviado y asqueado a la vez al ver el grado de compromiso que le ofrecía Lucy, aliviado porque había sido elegido por sobre alguien más, asqueado debido a que esa elección no fue libre. Ella solo trataba de engañarse a si misma, de convencerse de haber tomado la mejor decisión cuando en realidad tenía las manos atadas. En el fondo, Lucy era una pobre chica intentando salvar a su estúpido hermano mayor ofreciendo algo que ya no podía dar, pues pertenecía a alguien más, alguien mucho más digno que un mentiroso del calibre de Lincoln.

El que ella pudiese aceptar esa falsedad con tal tranquilidad le destrozaba por dentro, el que Lucy pareciese convencerse cada día más de sentir algo que obviamente no sentía solo servía para exacerbar la extensión total del perverso sentimiento que hacía pasar por amor.

¿Qué le estaba haciendo a su hermana?

–Tendremos que ser cuidadosos, no me gustaría esparcir rumores, no necesito que nadie cuestione nuestra relación–

Lincoln se detuvo junto con Lucy, la sujetó del rostro haciendo a un lado el flequillo que cubría sus ojos, sosteniendo entre sus palmas las mejillas pálidas y tristes de su preciosa hermana menor.

–¿Estás bien Lincoln?–, preguntó Lucy con una sonrisa torcida que amenazaba con desmoronarse.

Era oficial, Lincoln le había quebrado el corazón.

Tenía todo lo que quería en mera apariencia, todo lo que añoraba construido en humo, levantado sobre la nada. En el fondo, una victoria carente de significado, una derrota de la que jamas podría liberarse, pero de la que podía salvar a Lucy, si es que tenía el valor de hacer lo correcto.

–¿Lincoln?–

Lo supo entonces, supo que de ninguna manera permitiría que eso que sucedía entre los dos siguiese existiendo, pero Lucy era obstinada, y no cedería fácilmente ni se dejaría salvar.

Tendría que forzar su mano, no contra ella, sino en contra de alguien más, alguien que sabía sería perfecto para tornar esa triste sonrisa en una mueca de odio, de la clase que no se borraría con una disculpa, de la clase que no olvidaría ni disminuiría con el paso de los años porque la quemaría tan profundo, de manera tan personal que la sola idea de aceptar una reconciliación se volvería aborrecible.

Estaba seguro de que daría resultado al igual que con Lynn, dado que al fin comprendía. No era por un pobre diablo sin nombre que Lynn lo golpeó, no era por el novio en si, sino por el control y es que Lynn no deseaba ser controlada por nadie, mucho menos por su hermano menor. Se había visto acorralada, avergonzada y reaccionó como era de esperarse, y todo fue para mejor.

Con Lucy sucedería lo mismo, tan solo tendría que presionar sus botones y ella haría el resto, y dado que la conocía tan bien no le quedaba margen de error.

–¿Tienes idea de lo mucho que te amo?–, susurró al mismo tiempo que la envolvía entre sus brazos, dejándola con una mala sensación en el estómago, como si algo terrible fuese a suceder.

Y así sería, puesto que Lincoln ya no podía pretender por más tiempo que ese deseo antinatura fuese compartido por Lucy. Ella no lo amaba, no de ese modo y nada cambiaría eso.

De forma dubitativa Lucy le correspondió.

–También te amo Lincoln–

Lincoln sonrió al escuchar esas palabras que de seguro no volvería a oír.

Planeaba romperle aún más el corazón a su hermana, destruirlo por completo y acabar con cualquier chance de reconciliación, y lo haría por Lucy, por Lynn y por toda la familia.

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A diferencia de lo que el común de las personas pudiese imaginar, ella era terriblemente observadora de los hábitos de los otros, al punto en que durante su juventud mantenía cámaras alrededor de toda la casa para no perderse de ningún momento gracioso. Aquello era parte de su modus operandi después de todo, una habilidad ejercitada en razón de su oficio que cultivó de forma casi inconsciente. Necesitaba comprender mejor lo que hacía reír, y por tanto, se dedicaba observar a las personas para nutrir su comedia siendo su familia los sujetos de prueba predilectos para Luan. Porque la conocían bien, tan bien que no dudaban en esconder su disgusto si una de sus bromas no era lo suficientemente buena sin que ese disgusto se convirtiese en algo peor.

¿Qué si se había pasado de la raya en un par de ocasiones?, pues esos eran gajes del oficio. Nadie dijo que hacer reír fuese sencillo, no solo para ella como la comediante, sino para su muy amado público.

Tenía suerte de que fuesen tan comprensivos…

Tal vez por ello se dio cuenta de que algo iba mal antes que el resto, Luan estaba segura que tanto Leni como Luna también se habían percatado y que Lynn haría lo mismo en cuanto volviese a casa.

Todo comenzó con una noticia que la tomó desprevenida.

Después de mucho deliberar, Lincoln se mudaría de casa, se mudaría muy, muy lejos.

El resto de la familia, al descubrir esto, fueron de la dicha a la melancolía al darse cuenta de que la casa volvería a perder un integrante. Sus padres no lo entendían, aunque lo aceptaban de forma pacifica, las gemelas pelearon, porque ambas querían que Lincoln se quedase con ellas pero no para que Lola siguiese explotándolo, en opinión de Lana y no para que Lana le ayudase a escabullirse de sus obligaciones, en opinión de Lola.

Lily estaba muy triste, y aunque decía que entendía que su hermano debía irse algún día hacía un pobre trabajo por ocultar lo mucho que le afectaba.

Lisa no estaba complacida, lo que era muy gracioso porque se esforzaba mucho en aparentar el aceptar ese cambio como una persona madura.

Las mayores, incluyéndola a ella, lo apoyaron desde el inicio, bueno, salvo por una persona que llegaría dentro de poco y que al saber lo que iba a pasar cortó la llamada.

Luan imaginó que lo mismo debió haber ocurrido con Lucy antes de que ellas llegaran. Por ello se hallaba de regreso en su vieja habitación, escuchando a Luna afinar una de sus guitarras mientras discutían los nuevos cambios por los que pasaba la familia Loud.

–Hey, ¿tienes idea de por qué esos dos no se hablan?–

Luna había pasado de visita junto con el resto de la banda, y al llegar la noche decidió quedarse a dormir en lugar de regresar al autobús con el que iba de gira. Su grupo, aunque no muy conocido, tenía una buena ruta establecida junto con varios festivales regionales por lo que no tenían tantas dificultades. Luan envidiaba en secreto lo sencillo que había sido para su hermana mayor el alcanzar sus sueños mientras que a ella se le cerraron todas las puertas, aunque claro, tal envidia venía emparejada con una nada saludable dosis de culpabilidad que la carcomía cada vez que uno de sus amigos o conocidos le pedía un autógrafo al saber que eran hermanas. Aquella culpa, su vieja amiga, provenía del conocimiento de lo arduo que tuvo que luchar Luna por alcanzar sus metas. Cada espectáculo en el que se presentaba Luna demandaba todo de ella, y ella daba el cien por ciento todo el tiempo.

Era condenadamente talentosa, a diferencia de Luan…

–Eso es lo que trato de averiguar–, contestó cruzándose de piernas y revisando una serie de viejos circuitos, –Mi viejo sistema de vigilancia está arruinado, alguien se llevó las partes–

Ignorando esto último, Luna se puso de pie y comenzó a pasearse en medio de la recamara, sacudiendo la cabeza de tanto en tanto y murmurando para si misma.

–Es raro, no me gusta para nada–, suspiró, antes de dirigirse nuevamente a Luan.

–¿Hay algo que no me hayas dicho?–

Eso sobre envidiar a Luna en secreto… pues tenía una forma de manejarlo que tampoco era saludable, pero vaya que la disfrutaba.

–Yo… tuve algunos problemas y Lincoln me ayudó, pero no creo que eso tenga que ver con esto–, contestó Luan, evitando cualquier mención a lo que realmente había pasado con su hermano.

Lo del acosador del dormitorio seguía siendo un secreto. Luan no deseaba compartirlo con toda su familia, por ello reclutó a Lincoln en primer lugar y por lo mismo, mantendría la boca cerrada hasta que todo el asunto se solucionara a cabalidad.

Sin embargo, Luna no había pasado casi toda su vida junto a ella sin aprender un par de cosas.

La rockera sabía que su hermana omitía detalles importantes.

–¿Qué clase de problemas?–, preguntó Luna con suspicacia.

De la clase que no te incumbe–, pensó Luan desganada, conteniendo el deseo de decirle a hermana mayor que Lincoln, su dulce e inocente Lincoln había drogado a un tipo y lo había expuesto como el pervertido que era, todo esto en la complicidad de la noche mientras que ella lo esperaba. Jamas se lo diría a nadie, no metería a Lincoln en problemas por algo que era su responsabilidad, pero vaya, ¡que ganas tenía de gritarle al mundo lo que su hermano había hecho!, ¿acaso eso la convertía en una terrible hermana?, pues tal vez así era, pero no por ello dejaba de sentirse aliviada por saber que alguien cuidaba de ella, que tenía, a su manera, su propio ángel de la guarda.

–Te lo diré luego–, suspiró Luan, –Voy a hablar con Lincoln–

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Luan se lo ocultaba, al igual que Lucy, las gemelas no sabían lo que sucedía con exactitud y con Lisa y Lily sucedía lo mismo. De estas últimas cuatro apenas logró sacar algunos detalles, como el inusual horario de su hermano, o la facilidad con la que obtenían su tiempo y su atención para cualquier cosa, lo que fuese que a ella se les ocurriera Lincoln siempre estaba disponible para ayudar. No se quejaba demasiado y cuando lo hacía, tenía cuidado de no decir algo que pudiese sonar hiriente. No les pedía ayuda, de hecho, habían días en los que apenas interactuaban con él, claro que lo veían, eso era de lo más natural, pero de allí a mantener una conversación o tan solo charlar pues bueno… eso no solía suceder con Lincoln, y eso no era todo, descubrió Luna. Existían muchas cosas que ignoraba de su hermano menor, pequeños detalles, cosas muchas veces insignificantes, de aquellas que acaban descartadas por lo sencillo que era pasarlas por alto, o a veces, porque se volvía necesario el ignorarlas. Lincoln ayudaba en casa, y mucho, así que atosigarlo con preguntas y más preguntas jamas le pareció apropiado a ninguna de las chicas.

De seguro allí residía la raíz del problema.

Luna lo atrapó en la linea del baño, leyendo uno de sus comics mientras esperaban que Luan terminase de darse una ducha.

–Bro–, le saludó con la entonación que practicase durante toda su adolescencia y que luego se quedó con ella.

Lo vio sonreír de oreja a oreja, con la vista fija en su lectura.

–Sigues usando ese acento–, murmuró Lincoln con añoranza, –Cada vez te queda mejor hermanita–

Existía algo reconfortante en su hermano menor, en el concepto de que sin importar lo que pudiese suceder a futuro él estaría allí, en casa. Podría sonar algo egoísta de su parte, pero el hecho de que decidiese quedarse a cuidar de las chicas y de sus padres a costa de perseguir sus sueños le parecía un detalle en extremo dulce a Luna.

No pudo evitar atraparlo entre sus brazos, quedando con las mejillas pegadas a su espalda. Lincoln no llevaba mucho tiempo despierto y todavía usaba su pijama, que consistía en unos shorts y nada más debido a que con los años su costumbre de pasearse por la casa en ropa interior se volvió algo incómoda para el resto de la familia. Los shorts resultaban por tanto convenientes para todos, aunque tenían algunas desventajas, como llegaría a descubrir Luna. Con anterioridad, Luna se había sentido atraída por muchos chicos, al menos así fue hasta que conoció a Sam, aunque incluso en ese entonces ya sentía cierta curiosidad, mas, siempre tuvo un tipo de chico que le gustaba, de la clase sensible, artistas como ella a diferencia de Lincoln, que si bien tenía el ánimo carecía del talento y el tiempo para desarrollarlo. Era triste que acabase de ese modo, pero así era la vida, no siempre uno podía ganar.

Su hermano había crecido para convertirse en una persona bastante peculiar, no encajaba para nada con la clase de persona que solía atraer a Luna, por lo que encontró sumamente incómodo el calor que se esparció por todo su cuerpo al tenerlo tan cerca, piel con piel. Súbitamente consciente de lo que hacía dio un paso atrás para desvanecer ese germen perverso que casi anida en su mente, aunque no sin que antes Lincoln pudiese atraparla.

–¿Qué haces?–, preguntó Lincoln en voz baja para no despertar al resto de las chicas.

Solo entonces se dio cuenta Luna de que la distancia había desaparecido, y que sus brazos, muy a su pesar, terminaron rodeando el cuello de Lincoln.

–¿Qué acaso no puedo abrazar a mi propio hermano?–, respondió en tono de broma para disimular el temblor en su voz.

Lincoln ladeó la cabeza, historieta olvidada a un lado, mientras se dedicaba a observar a su hermana mayor.

–Algo te preocupa–, concluyó, –¿Cómo puedo ayudar?–

Era la clase de respuestas que sabía debía esperar, pero no por ello dejó de sentirse consternada.

–Tú me preocupas, ¿qué pasó con Lucy?, ¿por qué pelearon?–

Sin inflexión alguna respondió de manera automática, tal y como si estuviese leyendo un guion.

–Tuve una charla con ella, pero ya todo se arregló, no hay de que preocuparse–, resumió tranquilo, –¿Eso era todo?–

No le quedaba otra que insistir, así que fue directo al punto, a algo que la llevaba molestando desde hacía un buen tiempo, algo en lo que sentía debió haber sido incluida.

–¿Tiene que ver con el favor que le hiciste a Luan?–

Finalmente logró ver un trazo de verdadera emoción en el rostro de su hermano. Era obvio que estaba satisfecho, incluso orgulloso de lo que había hecho.

Por un motivo que no podía explicar su reacción le dio mala espina, sencillamente la puso en alerta sobre Lincoln, lo que a la vez la hizo sentirse culpable.

–¿Lincoln?–, preguntó despacio, –¿Qué fue lo que hiciste?–

Su hermano menor sacudió los hombros y sonrió, –Es un secreto–, susurró, –Entre Luan y yo–

Aquella sensación que gritaba peligro no se desvaneció por un buen rato. Luan estaba tardando bastante en salir y Luna se sentía incómoda por lo que comenzó a planear su retirada, pensando en que ya tendría tiempo para abordar el problema de Lincoln.

–Siempre me gustaron tus pecas, son iguales…–

Estaba segura de que su hermano no planeaba decir eso, tan solo lo sintió y habló antes de poder controlarse. Era obvio que Lincoln estaba tan sorprendido como ella, ¿y quién era esa otra chica?, ¿acaso se trataba de alguien a quién conocía?

–¿Y cómo está la banda?, ¿van a sacar nuevo material?–

Luna sacudió la cabeza, entretenida frente al obvio intento por descarrilar la conversación.

–¿De quién estabas hablando bro?–

Lincoln parpadeó y se relamió los labios, ignorando el silencio que vino al acabar Luan de usar la ducha.

De no haber recordado a esa persona gracias a Luna jamas hubiese pasado por alto ese detalle, ni hubiese comentado tal cosa.

–Alguien que conocí hace mucho tiempo–, confesó, –Alguien muy especial para mi, Luna–

La tristeza con la que se expresaba de esa persona sorprendieron a Luna, que por más que quisiese no podía discernir la identidad de la persona sobre la que Lincoln hablaba. Sin embargo, era obvio que esta persona era importante para su hermano, y si era importante para él entonces también lo era para ella.

–Lincoln… ¿sabes que puedes decirme lo que sea verdad?, soy tu hermana mayor y bueno… me preocupa que estés bien–, le dijo con honestidad, –Siempre hemos confiado el uno en el otro, así que si tienes algo que decir, yo te escucharé–

Lincoln deliberó apenas unos segundos antes de cerrar firmemente la boca y dar media vuelta, para ver a Luan que en medio de todo se las había arreglado para espiar desde el interior del baño. Lincoln le dedicó una sonrisa torcida a la comediante que la hizo sonrojarse para luego excusarse e ir de regreso a su habitación.

En cuanto Luan se fue, Lincoln le alcanzó su historieta a Luna, –¿Quieres leerla por mientras?–, preguntó de soslayo a la vez que se internaba en el baño, –Y no es nada Luna, estoy bien, en serio–

Luna sostuvo el comic y escuchó el click de la puerta, –Bueno, si tú lo dices…–, murmuró intranquila antes de ponerse a hojear la historieta. Jamas comprendió la fascinación de su hermano con esas cosas cuando existían miles de hobbies mejores que sentarse en ropa interior y leer sobre tipos fornidos golpeando al villano de turno, pero a pesar de ello, lo que tenía entre manos parecía ser diferente.

–No está tan mal–, se dijo a si misma, –Podría componer sobre esto–

Y en efecto, no era una mala historia en si. Se trataba pues de una tragedia, un personaje que alguna vez fue un héroe cometiendo error tras error, cada uno más desafortunado que el anterior, hasta ser despojado de capa y título y transformarse en un antagonista, alguien que creía ver al mundo por lo que era y que planeaba corregirlo a como diese lugar, solo para llegar al final y descubrir que su sacrificio fue por nada, que su vida fue por nada y que estuvo equivocado desde un principio.

La verdad sobre si mismo fue lo que lo destruyó, la verdad y no tecnología de punta ni súper fuerza ni velocidad, tan solo intelecto mal aplicado, la razón puesta al servicio de un castigo auto impuesto con el que tendría que lidiar el resto de sus días cumpliendo un papel que no quería y que francamente lo enfermaba, pero que nadie más realizaría y en el que estaría atrapado hasta su muerte.

No buscaba poder, no buscaba revancha y mucho menos reconciliación, tan solo deseaba acabar con todo.

Las pequeñas piezas de un rompecabezas que ni siquiera se dio cuenta estaba armando cobraron significado, y pudo ver las fracturas en la careta de su hermano.

Estaba sufriendo y nadie lo veía, ni siquiera ella, una de las más cercanas a Lincoln.

Y si Lincoln no confiaba en ella, entonces, ¿con quién hablaría?

Luna comprendía que existía una jerarquía entre las hermanas respecto a Lincoln. Las amaba a todas, pero no por lo mismo, porque esa clase de cariño no se correspondía con su actuar.

Cada una de ellas se relacionaba con el chico de cabello blanco de forma distinta, con Lori, como una segunda madre con quien se repartía la tarea de cuidar a las menores, con Leni, como alguien demasiado precioso a quien debía salvaguardar porque el mundo era cruel y no todos serían amables con ella. Con Luan y ella como las hermanas mayores geniales a las que impresionar, Lynn era… un caso aparte. A Lucy le tenía también un cariño especial, por venir justo después de él.

A las gemelas las adoraba por completo, por lo que se adaptaba lo mejor que podía.

A Lisa le hacía recordar que no había nada de malo con divertirse de vez en cuando, incluso si era con alguien no tan listo como ella.

Lily era su bebé, y bueno… la amaba, realmente la amaba. Era increíblemente paciente con ella, siempre atento y cuidadoso, sin levantar la voz, sin siquiera mostrarse cansado.

No era normal que existiese alguien así.

Todos cariños distintos, e igual de intensos, o al menos así solía ser cuando todo era claro, cuando comprendía a la perfección a su hermano menor, aquel que confiaba en ella incluso más que en Lori o sus propios padres, o al menos así solía creer. Hoy en día ya no estaba tan segura.

Tal vez no conocía a su hermano como pensaba, quizás, jamas fueron tan cercanos como creyó.

–Ya no me tiene confianza–, murmuró apenada, apenas prestando atención a Luan que jamas cerró la puerta de su habitación, permaneciendo en el marco para ver a Luna.

–¿Qué es lo que me escondes bro?–, se preguntó a si misma confundida y asustada por la criatura que se había manifestado frente a ella, misma criatura que era el vivo retrato de Lincoln, misma criatura cuya aura de peligro hacía tintinear de forma vergonzosa el interior de Luna.

Abriendo los ojos de par en par dio media vuelta y se refugió en su cuarto, ya usaría el baño, en cuanto Lincoln estuviese a una distancia segura.

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Apenas alcanzó a escuchar unas cuantas frases antes de que Lucy se diese cuenta de que la espiaban.

–Awwww, ¡son tan tiernos!–, exclamó dando besitos al aire y burlándose descaradamente.

Obviamente Lucy no le halló ninguna gracia, y se permitió recordar a su hermana mayor que al menos ella tenía una relación estable, mientras que Lynn tenía fracaso tras fracaso tras fracaso. Eso le ganó un coscorrón a Lucy lo que era un sacrificio ínfimo si con ello ponía a su hermana mayor en su lugar.

–No lo sé, ya no pasamos tiempo a solas. Sí, si lo sé, descuida, él ya no es un problema–

Pronto la conversación tomó otro rumbo, y Lynn preguntó lo que la llevaba molestando un buen rato.

¿En dónde estaba su hermano?

Al igual que el resto de las chicas le fue imposible sacarle la verdad a Lucy, pero a diferencia de ellas, Lynn conocía muy bien a Lincoln, por lo que sería cuestión de tiempo para que lo supiese, para que entendiese ese cambio repentino en su hermano. El ambiente en casa no era el mejor, todos estaban preocupados y lo peor de todo es que ninguno de los dos ponía de su parte para solucionar los problemas.

No llevaba ni un día de regreso, y ya se estaba arrepintiendo de haber venido.

Con el pasar de las horas, y la reticencia de Lincoln a contestar sus llamadas Lynn se decidió a ir buscarlo por su cuenta. Lo encontró tirado a las afueras de un parque, apestando a tequila, acurrucado junto a un árbol y con un perro haciéndole compañía.

–No puede ser, ¿Linc?–

Lincoln no la reconoció, o si lo hizo, prefirió hacerse el desentendido. Bebió lentamente de su botella, con una expresión de marcado disgusto adornando su cansado rostro.

–Lincoln, ¿qué demonios estás haciendo?–, preguntó de forma brusca al acercarse incluso con el gruñido lento y profundo del perro que le enseñaba sus colmillos.

–Hey…–, probó de nuevo al darse cuenta de que sus gritos no hacían más que alterar al animal, –¿Lincoln?, podrías… ¿podrías venir conmigo?–

Lincoln alzó una mano y la depositó sobre el lomo del animal, acariciando lentamente su espinazo hasta que este se calmase. Una suave reverberación escapó de su hocico que llegó a posarse sobre el regazo del hombre de cabello blanco.

–Tranquilo, es mi hermana mayor–, le explicó al perro como si este pudiese entender, –Lynn…–

El perro tornó su mirada a Lincoln sacudiendo sus orejas.

–Te conté de ella, ¿recuerdas?–, trató de confirmar, –¡La deportista número uno de toda Royal Woods!, es ella, el orgullo de toda la familia–, entonó con una sonrisa, –Fue ella la que me siguió cuando vine a quemar ese lugar–

Verlo así era triste, tan triste que tuvo que luchar para que las lagrimas no cayesen. Lincoln seguía hablando con el perro de esto y aquello, y el perro le ponía atención a todo lo que decía, con sus ojos demasiado inocentes y su cola que se meneaba de un lado a otro.

Era desesperante el verlo así.

–¿Qué estas haciendo Lincoln?–

Lincoln frunció el ceño, –Lana siempre lleva animales heridos a casa, y me encontré con este amiguito aquí–, le dijo, –Han pasado años desde que perdimos a Charles… creo que ya es momento de tener otro perro–

Fue el turno de Lynn de fruncir el ceño. Charles se fue demasiado pronto de su lado, y todo de forma estrepitosa. Todavía podía escuchar el llanto de las gemelas cuando lo descubrieron tirado a un lado del camino con el resto de las mascotas rodeando su cuerpo.

La idea de tener un nuevo can en la familia era atractiva, y no faltaban candidatos, solo que con el tiempo jamas se llevó a cabo y se convirtió en una de las muchas cosas sobre las que no discutían.

Bueno, al parecer sí tendremos perro nuevo gracias a Lincoln–, pensó Lynn mientras se agachaba y estiraba el brazo para que el nuevo amigo de su hermano la olfatease.

El perro, al inicio desconfiado, terminó por acercarse a ella para lamer su rostro. Con su confianza ganada le permitió sentarse junto a Lincoln, apoyándose Lynn contra el hombro de su hermano.

–¿Cuánto bebiste?–

–No lo suficiente–, bromeó Lincoln sacudiendo la botella, –Te ofrecería, pero sé que no te gusta–

Lynn no se molestó en enmascarar su disgusto por la bebida, no era tanto que fuese una especie de puritana ni nada por el estilo, solo que le gustaba mantenerse en excelente condición y el alcohol no encajaba exactamente con su estilo de vida. Incluso estando en la universidad y participando en unas cuantas fiestas supo guardar la compostura, aunque la tentación existía…

Tentación, no solo por un vicio aceptable como lo eran algunos tragos, sino por otras cosas, cosas que prometían hacerla olvidar su fracaso como deportista que recién venía superando, pero que seguía fresco en su memoria, como recordatorio de su propia insignificancia.

Existían otras tentaciones aparte de los vicios aquellos de los que ya rehuía, existía, ¿cómo decirlo?, cierta libertad para explorar, libertad para ser en un ambiente en el que nadie le recriminaría si tomaba una mala decisión, en el que nadie la juzgaría. Era, a final de cuentas, una chica linda y como tal, era de esperarse que al final llamase la atención de alguien, ¿normal, no es así?, normal para cualquier chica de su edad que si bien, fue consciente en su adolescencia de que no era exactamente la más linda en los alrededores, título que Leni obtuvo sin siquiera esforzarse, ahora, en su adultez, ya no le presentaba problemas.

Cualquier falta de confianza que alguna vez pudo hacerla dudar de su encanto femenino desapareció años atrás, por lo que no era eso lo que la paralizaba cuando un chico se ponía a coquetear con su persona y ella le correspondía. No era una falta de deseo, no carecía de apetito como algunas de las chicas del dormitorio llegaron a sospechar.

Su problema era muy diferente, su problema era que lo veía de manera constante, que lo sentía caminar a su alrededor cuando un toque pasajero, o un beso en la mejilla o algo más arriesgado sucedía. Lo sentía respirar despacio, con sus ojos llenos de celos sin respuestas y la boca cerrada en evidente indignación.

En tres ocasiones despertó con un tipo diferente en su cama, y en todas ellas sintió que había traicionado a su hermano y lo odiaba por ello.

En un rápido movimiento le arrebató la botella y bebió el resto, tosiendo de inmediato, arrojando el cristal lejos a la calle, viendo con fascinación como estallaba al encontrarse con el asfalto.

Lincoln sonreía de oreja a oreja, y Lynn, muy a su pesar, olvidó su irritación.

Era tarde para ponerse a discutir, y ambos estaban cansados.

–Como sea, vamos a casa antes de que te congeles o te coman las ardillas–

Se puso de pie lentamente, sacudiendo su pantalón de la grama húmeda y las ramillas pegadas. Lincoln le siguió con algo de dificultad, resignándose a recibir su ayuda para mantenerse en equilibrio.

–Ven Ace–, le dijo al perro con un silbido, –Ven, es hora de que conozcas tu nueva casa–

–¿Le pusiste Ace?–, preguntó Lynn en tono burlón, maravillada por el hecho de que sin importar su edad, su hermano siguiese siendo un nerd.

–Es un gran nombre para un perro–, se defendió Lincoln, y el perro pareció estar de acuerdo con su amo, sentándose en sus patas traseras con el pecho erguido.

Lynn rió placenteramente, sacudiendo la cabeza, olvidando por un instante los muchos problemas que la aquejaban.

Ya no estaba tan arrepentida de haber visitado su hogar.

–Como sea, agarrate–

Lincoln dejó que su hermana mayor lo ayudase a caminar por unos cuantos metros antes de equilibrarse por si mismo y seguirle el paso. En su actual estado le costaba trabajo el articular sus pensamientos por lo que no fue sino hasta que llegaron a casa que se le ocurrió preguntar a Lynn qué hacía en la calle a esas horas.

–¿Qué haces afuera tan tarde Lynn?–

Lynn sacudió los hombros y le ofreció una excusa, –Salí a tomar aire y pensé en dar un paseo por el vecindario, ya sabes, para recordar viejos tiempos–, explicó.

–¿Recordar viejos tiempos?, apenas te fuiste un año–

Lynn decidió que bien podría decirle, y que quizás lo ayudaría a darse cuenta de que su actitud no pasaba desapercibida en casa y al fin se abriría con una de ellas.

–Te estaba buscando–, confesó, –Lucy dijo que estarías afuera, y bueno, no llegabas–

Lincoln permaneció en silencio, había salido, ¿y qué?, no era la primera vez que se quedaba afuera así que no entendía la conmoción.

–Me preocupé–, insistió Lynn frustrada, –¿Qué acaso no puedo preocuparme por ti?–

–No necesito que te preocupes por mi, Lynn–, rebatió Lincoln, –Por si no lo has notado soy lo suficientemente adulto como para tomar mis propias decisiones y si quiero dormir afuera dormiré afuera–

Con eso marchó a casa, buscando en sus bolsillos las llaves mientras que se apoyaba contra la puerta. Lynn le siguió de cerca, empujando a Lincoln a un lado antes de que pudiese hacer girar la perilla.

–¿Cuál es tu problema?–, siseó molesta, –Te estas portando como un verdadero cretino–

Lincoln decidió desde antes que no discutiría con su hermana, no tenía sentido.

–No tengo ningún maldito problema Lynn–, escupió antes de abrir la puerta, no sin antes dar un pequeño silbido.

–Ven muchacho–, llamó al perro, que ni corto ni perezoso entró al hogar de los Loud.

Lynn quería seguir discutiendo, pero por temor a despertar al resto de su familia prefirió no hacerlo. En lugar de ello, decidió ser honesta y guardar su agresividad para otra ocasión.

–Vine porque quería verte, y hablar contigo–, le dijo, –Ha pasado mucho tiempo Lincoln, y bueno… las cosas no han estado bien entre nosotros y no me gusta. No debería ser así–

Lincoln suspiró aletargado y supo de inmediato que volvería para tratar de reconfortarla. Estaba molesto, estaba cansado y por sobre todo estaba desilusionado de las cosas que tuvo que hacer para sacarse a su hermana de encima por lo que no necesitaba a Lynn tomando ese lugar, además, ya lo había intentado una vez y no le dio resultado. No se arriesgaría a un segundo o tercer fracaso.

–¿Por qué estuviste bebiendo?–, preguntó Lynn, –Rayos Linc, tú no eres así, ¿qué fue lo que pasó contigo?, ¿qué fue lo que pasó con Lucy?–

¿Qué acaso no podían dejarle en paz?, no podía ir ni siquiera por un trago sin tener a una tropa de insufribles mujeres respirando en su cuello y demandando toda su atención por el menor de los problemas.

Hubiese gritado, pero no quería despertar a nadie y de todos modos estaba demasiado cansado como para discutir. Era una bendición que los moretones ya no se notasen, al menos así no tendría que preocuparse por explicarle a Lynn que el ridículo novio de Lucy al fin se había puesto los pantalones.

–Lo siento Lynn, tan solo necesitaba… algo de tiempo para mi mismo–, mintió, lo que ya le resultaba natural.

Lynn le palmeó la espalda, –¿Ya te sientes mejor?–, preguntó más calmada, –Lincoln… sé que debe ser difícil ser el adulto aquí, a mi me tocó también, por eso deberías confiar más en nosotras. Podemos y queremos ayudarte–

No puedes ayudarme con lo que siento–, pensó Lincoln, –¿Por qué tienes que hacerlo más difícil de lo que ya es?

Debió haber sido el alcohol que minó sus defensas junto con la larga estadía a la intemperie, eso aunado a lo que le hizo a Lucy y su decisión de marcharse de casa que lo empujaron a decir esas palabras que juró jamas expresaría.

–Te amo Lynn–

No era la confesión de ensueño que alguna vez planificase, estaba lejos de ser el evento perfecto que tomaba lugar en su mente y que sabía jamas se realizaría. Sencillamente no había manera de recrear algo que solo existía en sus fantasías y así con todo lo estaba intentando.

–Te amo–

Se había puesto una soga al cuello, saltaba al vacío, lo arriesgaba todo, ¿y para qué?, ¿para que su hermana se riese en su cara o le diese un puñetazo?, ¿para que se diese cuenta de que era un degenerado y lo moliese a golpes o le dijese a sus padres para que lo echasen a la calle?, de seguro Lynn no lo dejaría pasar por alto, Lynn…

–Yo también te amo debilucho–, dijo ella sonriendo antes de darle un puñetazo en el brazo, –Ahora vete a dormir, y ya pensaremos en cómo explicarle al resto de la familia que conseguiste una nueva mascota–

Tuvo que reír, pues no existía otra reacción frente a las palabras de su hermana. Era obvio desde un inicio que Lynn las tomaría como los desvaríos de un borracho. Lynn lo sostuvo hasta entrar en su habitación y lo dejó caer sobre su cama, no sin antes ayudarle a quitarse los zapatos. Lincoln se quedó mirando al techo hasta poco después de que su hermana se fuese, solo entonces se giró a un costado y lloró amargamente.

Lynn por su parte volvió a su habitación. La puerta estaba abierta, y alguien esperaba por ella.

–¿Me estabas esperando?–

La joven gótica se sacudió de hombros antes de preguntar.

–¿Cómo está?–

–Dormido–, respondió Lynn, –Pero descuida tendrá su merecido mañana–

Trató de sonar molesta pero no pudo, la verdad, era que estaba sumamente preocupada por Lincoln y por Lucy. Lynn no sabía lo que pasaba entre esos dos, no entendía como la relación entre hermanos se había deteriorado de forma tan profunda.

Apenas tenía detalles, observaciones de parte de sus hermanas, pero nada concluyente, así que pensó que lo mejor sería preguntarle a la otra parte involucrada y esperar que de algún modo confiase en ella.

–Lucy, ¿qué pasó con él?–

Lucy ya tenía preparada una excusa que al final no utilizó, pues su teléfono comenzó a sonar, tal y como lo hacía de noche durante toda la semana.

Contestó apresurada, ofreció una excusa y luego se fue a la cama, dejando a Lynn por su cuenta.

–¿Te llama a esta hora?–, cuestionó Lynn incómoda, –¿No te parece que exagera un poco?–

–Solo se preocupa por mi–, le dijo Lucy, –Aunque es por las razones equivocadas–

–Como sea, es solo que jamas me dio la impresión de que fuese tan celoso, digo, ¿de qué tiene que preocuparse?, ustedes han estado juntos desde siempre–

–Es por Lincoln–, fue la sucinta explicación de Lucy.

–-¿Lincoln?–

–Siente celos de Lincoln–, confirmó su hermana menor, –Es por eso que me llama tanto, quiere protegerme, incluso si no estoy en peligro–

A Lynn se le formó un nudo en la garganta, ¿qué habían hecho esos dos en su ausencia?, ¿qué había hecho Lincoln para poner celoso al novio de su hermana menor?

–¿Por qué estaría celoso de Lincoln?–, cuestionó Lynn, –Se conocen desde hace años, no lo entiendo…–

Lucy se relamió los labios y levantó sus cobijas hasta el punto en que apenas su mentón sobresalía de la cama.

–Hay cosas que es mejor ignorar–, susurró, –Puedes preguntarle, pero no dirá nada y en cuanto a mi, no tengo nada que decir–

La conversación que espió antes, aquella que escuchó al volver a casa resonaba en sus oídos. Lincoln había hecho algo tan malo, tan ruin que arruinó por completo su relación con Lucy. Lynn no quería sacar conclusiones apresuradas, pero todo el asunto le daba mala espina. No quería pensar lo peor de su hermano y sin embargo, todo apuntaba a un escenario que creyó jamas ocurriría en su familia.

Dejó a Lucy y fue de regreso a la habitación de Lincoln, él seguía en el mismo lugar, solo que en una posición diferente, con su espalda encorvada y el rostro enfrentando la pared. No se movía mucho, y eso delato que seguía despierto.

Lincoln era de la clase que necesitaba moverse al dormir, al igual que ella.

–¿Sigues despierto?–, preguntó en voz baja, recibiendo como respuesta el movimiento aletargado desde debajo de las cobijas.

Tuvo que suponer que la escuchaba.

–Lucy me dijo algo gracioso–, entonó Lynn sentándose a los pies de la cama.

–¿Si?, ¿qué dijo?–, preguntó Lincoln desde debajo de las cobijas.

Lynn se mordió el labio inferir y contempló decirle a Lincoln que ya sabía cuál era su problema con Lucy, pero no lo hizo porque estaría mintiendo y a decir verdad estaba demasiado fatigada como para mentir de forma exitosa. Lo que le quedaba era analizar lo que tenía, el que el novio de Lucy resintiese a Lincoln, y usar eso para preguntar con más detalle.

Por el momento descansaría.

–Es una tontería, mejor lo discutimos mañana–

Lincoln la atajó a medio camino, antes de que pudiese levantarse por completo y luego la hizo sentarse.

–¿Qué fue lo que te preguntó, Lynn?–, insistió de manera seria, –¿Qué fue lo que te dijo?–

Puede que la cercanía influyese esa noche junto con su propia vulnerabilidad, la cual le recordó una noche muy similar a la que estaba viviendo, con su hermano hecho un ovillo mientras que ella trataba de consolarlo sin dar rienda suelta a los extraños pensamientos que solían manifestarse en su ser. Una idea peligrosa tras otra que se rehusaba a visitar por temor a lo que impondría en su peculiar relación con Lincoln.

Un secreto que ella pretendía desconocer para mantenerse a si misma y a su hermano a salvo, ahora podía confirmar lo que ya sabía.

– Lo que me dijiste, ¿fue en serio verdad?–

Una pregunta en apariencia inocente, pero llena de peligrosas implicaciones que cargaban la amenaza latente de alterar su mundo. Lynn había puesto a rodar la bola, ahora era el turno de Lincoln de patearla o dejarla pasar.

No va a responder–, susurraba una insidiosa voz en su cabeza, –Me va a evadir, se hará el desentendido o algo…–

–Por supuesto que es cierto–, le dijo con toda honestidad, –Es una de las pocas cosas de las que he estado completamente seguro en toda mi vida, pero eso no cambia nada, ¿verdad?–

–Vete a dormir Lynn–, le pidió, –Es tarde–

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Su sueño como dibujante pudo haber terminado de forma menos que agraciada, pero no por ello había dejado de lado su pasión por su medio predilecto para contar historias. Lincoln, al ver que su talento no yacía en sus manos comenzó a analizar sus amadas historietas ya no solo en los trazos ni los colores que antes dominaban su visión, ahora, prestaba atención a la historia, a la batalla constante del bien contra el mal y como está era representada en unas pocas páginas.

En los comics modernos, tal arte se hallaba en desuso. Los héroes ya no eran un vehículo mediante el cual se expresaba la lucha de un personaje, ya no existían grandes tragedias ni romances, ni valerosos campeones ni terribles villanos, siendo estos reemplazados por escenarios cotidianos en los que escritores poco inspirados plasmaban sus insípidos sueños. No había nada por lo que luchar, por lo que morir, un ideal que mantener, en definitiva, eran una manifestación patente del mundo autocomplaciente al que pertenecían sus autores. Tal vez por ello amaba tanto sus ediciones clásicas de Ace Savvy, las que dibujase su héroe hasta el día de su muerte. Representaban a la perfección aquel conflicto propio de la humanidad, la pelea por la que todos pasaban día a día.

Quizás era por la nostalgia, por la añoranza de los viejos días antes de convertirse en el Lincoln adulto que estaba tan hundido en la basura como la gente a la que despreciaba que veía a esas historias como un faro en la oscuridad, y que se entregaba a ellas con total fascinación.

La idea de orquestar su propia tragedia vino de esas historias. Tenía a un héroe, a una doncella, y a un villano. Tan solo restaba iniciar la trama y desde allí darle curso hasta su culminación.

Un par de llamadas desde un teléfono desechable, unas cuantas fotografías y textos, conversaciones privadas y la idea, tan solo la idea de que algo sucedía, algo grave, algo impensable.

Algo que enloquecería a un hombre enamorado, y que lo impulsaría a pelear.

Aquella idea implantada de un cruel hermano mayor abusando de su inocente hermana, y que esa hermana, temerosa por su familia y por el héroe aguantaría estoica los avances de aquel abominable hombre, sacrificando su virtud y su corazón en el proceso. Obviamente, el héroe no sabría que en realidad todo se trataba de una maquinación diseñada por el villano con tal de salvar a la joven, que creyendo poder redimir al monstruo se habría decidido a amarlo.

Mas, el monstruo sabía bien que la decisión de ella jamas fue libre, y cada día que pasaba era un vil recordatorio de que no la merecía. Pero la joven era obstinada, y no se daría por vencida fácilmente.

Era necesario el atacar el problema en la manera que un monstruo de su calibre lo haría.

Al final, ella se lo agradecería, esto era lo que Lincoln se decía a si mismo mientras esperaba por la llegada del "héroe".

–¡LOUD!–

No esperaba verlo tan pronto, por lo que al momento de sentir el primer puñetazo difícilmente pudo contrarrestarlo o tal vez… tal vez no quiso hacerlo, tal vez ya no le importaba o puede que solo sintiese curiosidad sobre cómo se sentía el estar del otro lado. Fuese cual fuese la respuesta a Lincoln no podría importarle menos con tal de que todos cumpliesen su rol.

No estaba allí para justificarse con nadie. Solo quería dar un mensaje.

Nada más importaba.

–¡Voy a matarte!–

Un héroe con el cabello rojo por las llamas de su ira, un héroe que no descansaría ni se detendría ni dudaría a la hora de proteger a quien amaba. Lincoln no podía concebir una situación más perfecta para que Lucy recapacitase. Le mostraría que estaba equivocada y así al fin entraría en razón.

Tan solo tendría que aguantar una paliza y luego devolverla, hacerlo parecer real, hacerla creer que estaba en problemas antes de tornar la situación a su favor y forzar a Lucy a elegir.

Comenzó a contar los golpes, estaba de espalda contra el suelo, cubriéndose el rostro con los antebrazos y esperando a que se cansara, entre medio de estos podía notar el cabello rojo encendido fundiéndose con el tono de piel.

Nunca antes lo había visto tan molesto, y a decir verdad, comenzaba a hartarse.

¿En dónde estaba su hermana?, no se suponía que tardaría tanto en llegar.

Solo en cuanto los golpes comenzaron a perder potencia se decidió a terminar con esa tontería. Fue más sencillo de lo que planeaba. Esperó una ventana, que se detuviese a recuperar el aliento para luego, propinarle un gancho bajo la barbilla que de seguro lo hizo ver estrellas. A partir de ese punto bastó con girarse y usar su peso, torcerle un brazo y listo, ya no podía pelear.

Lo tenía de cara contra el suelo, lamiendo el asfalto, haciendo de su súbita derrota una experiencia por demás degradante, aunque claro, no la sacó barata. Todo le dolía, incluso el pensar se estaba volviendo difícil.

Por un instante se sintió culpable por utilizar al hermanito de su amigo, más que nada sabiendo que su amistad terminaría en cuanto Rocky y Lucy regresasen a casa y tuviesen que dar explicaciones, mas, era un precio justo que pagar, un precio francamente despreciable si con ello podía rescatar a Lucy.

Puso más presión sobre el hombro, escuchó satisfecho como las articulaciones comenzaban a crujir, ahora, si tan solo pudiese hacerlo llorar sería perfecto, ya luego le daría una ventana para que lo derrotase.

Alguien lo pateó desde atrás y volvió a caer, dejando de lado el brazo de su atacante, rodando por el piso como un saco de cemento mojado. Lincoln se puso de pie lentamente, sabiendo que no soportaría por mucho más tiempo. Una vez se levantó escupió la sangre agolpada en su boca, viendo por el ojo que no tenía cerrado producto de los moretones como una chica de cabello negro ayudaba al muchacho a ponerse de pie y a la vez lo contenía, evitando que la pelea siguiese.

No es exactamente lo que quería, pero servirá

Lucy lo observaba con tanto amor, con tanta… dedicación, que le hacía difícil incluso el acto de respirar.

Su vida era una puta comedia en la que él era el payaso triste, y todos reían de su actuación sin darse cuenta de que no actuaba. Bien, podía vivir con eso, viviría con eso y de paso, les daría lo que querían.

Con toda la dignidad que le quedaba le sonrió a su hermana que seguía limpiando la sangre del rostro de Rocky, sangre que le pertenecía a él, su sangre.

Escupió las palabras con especial gusto, olvidando por un instante el dolor físico en favor de la agonía mental.

–Eres igual a ella–

Podría haberla abofeteado sin siquiera acercarse al mismo efecto. Fue… fue sublime.

Lucy al fin lo estaba viendo por lo que era. Todo el amor que sentía, todo el cariño que profesaba por su hermano se esfumó en un abrir y cerrar de ojos y en su lugar tan solo quedaba un negro rencor.

El monstruo que antes salivaba frente a la idea de Lucy ahora gruñía hambriento al ver la hiel en los ojos de la joven de labios pálidos.

Sus entrañas volvían a estar vacías, el dolor de siempre, la soledad, las ansias. Todo volvía a Lincoln. Como si se tratase de una tempestad que arrasaba con todo a su paso, los restos de un naufragio eran conducidos a las rocas, para ser tragados por las aguas.

Eventualmente volverían a estar en calma, y todo sería olvidado salvo por sus palabras.

–Eres igual a Lynn–, gimió con una sonrisa torcida, –Igual a ella Lucy, igual a ella…–

Era… era un animal herido tratando de morder la mano de la persona que quería ayudarlo. Al menos eso quería creer Lucy, y solo por eso, solo porque en ella aun residía una noción de cariño por su hermano fue que logró convencer a Rocky de marcharse.

Entretuvo la idea de quedarse allí, con él. Lincoln la necesitaba más que nunca, y temía que si lo dejaba por su cuenta haría algo estúpido, sin embargo, no podía dejar a Rocky por su cuenta, en especial por algo de lo que ni siquiera estaba segura si existía o no.

–Ve a casa Lincoln–, le pidió, –Por favor, solo vete, y hablaremos después–, añadió susurrando.

Creyó con ello haber dicho suficiente, lamentablemente, no pudo prever el modo en que Lincoln interpretaría esas palabras, y es que al fin, había recibido la respuesta que esperaba. Lo que le quedaba de raciocinio confabuló en su contra, de modo tal que las piezas encajaran de la manera en que él deseaba interpretarlas.

Lucy se marchó, al igual que Lynn, al igual que Luan, al igual que todas.

Era lo normal, era lo que debía suceder porque nada de lo que sentía era normal, y sin importar lo mucho que quisiese creer lo contrario la realidad le demostraba la extensión completa de su error. Era… era un idiota por haber alimentado esa fantasía por tanto tiempo, por creer que algo cambiaría el deseo perverso que germinaba en su corazón.

Lucy creía que podía salvarlo, al igual que Lynn, pero ninguna de las dos se daba cuenta de que él no necesitaba ser salvado.

Faltaban muchas horas para el amanecer, tenía mucho, mucho tiempo para reflexionar.

Se abandonó a las quietas calles de Royal Woods, con el corazón agitado, imbuido por todo aquello que constantemente trataba de olvidar.

Pero ese bello espejismo, esa promesa silenciosa no lo abandonó, ni siquiera cuando el monstruo volvió a salir para forzarlo a confrontar la verdad. Ya llevaba demasiado tiempo pretendiendo para aminorar su culpa, nada de lo que pudiese hacer bastaría para redimirlo y por eso… por eso tendría que hundirse solo.

Se marcharía lejos de casa a buscar un buen lugar para caer derrotado y con algo de suerte nadie de su familia estaría cerca para detenerlo. Tan solo aguantaría hasta que Lily fuese una adulta y después de eso se daría por vencido, lo que sucediese a futuro le tenía sin cuidado.

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Tan solo la noche anterior soñó con la bisabuela Harriet, no se veía feliz.

Yacía sobre su cama en ropa interior, al igual que todas las noches. Afuera, una ligera llovizna empapaba el resquebrajado pavimento mientras que uno que otro valiente se habría paso por las oscurecidas calles aledañas, ocultando en cada bocina lejana los quejidos ahogados de las fundaciones de la ciudad. Lincoln llevaba viviendo en ese edificio no más de un año y debía admitir que le encantaba. Su departamento no era un lugar elegante, de hecho, era un sitio barato con pocas comodidades cuya única ventaja era la cercanía con su nuevo empleo, pero aún así estaba relativamente aislado, lo que a él le venía de maravilla. Aparte de eso no había mucho que pudiese decir sobre su vida actual, al menos no sin retrotraerse a las circunstancias que lo llevaron a mudarse lejos de la familia, manteniendo las comunicaciones a raya mientras que resolvía sus conflictos personales en la jaula que construyó para si mismo.

Eres igual a ella–

Las heridas debían de estar frescas, razonó, mientras que afuera, el viento helado formaba escarcha sobre los delgados cristales que lo separaban del exterior.

La herida seguía abierta y su negativa vehemente a enfrentarlas no haría nada por acallar la recriminación que pesaba sobre su alma.

Eres igual a Lynn–

Se levantó de la cama y fue a la pequeña cocina a prepararse algo de café, de la variedad soluble que conseguía por un par de cupones en conjunto con el jabón y otros pertrechos necesarios. El liquido amargo y caliente quemó sus labios y llenó su barriga ahogando los temblores propios de quien se siente culpable.

Debía ahogar también a los demonios que habitaban en su interior. La soledad, la lujuria, la ira… todo lo que en su persona vivía, todo lo que lo definía no existía sino para hacerle daño.

–Sigues siendo una reina del drama, ¿no es así Loud?–, se dijo a si mismo sacudiendo la cabeza.

Enjuagó la taza y la dejó en el mismo estante en el que guardaba sus enceres de cocina. Tenía suficiente para si mismo y para nadie más, más que nada, porque la idea de traer invitados a su pequeño refugio jamas se cruzó por su cabeza.

Lo mejor era que nadie supiese en donde se encontraba, tal era el curso de acción lógico para salirse del embrollo que era vivir en Royal Woods.

La bestia en su interior tenía suficiente combustible para soportar una eternidad en ayuno, no era necesario añadir más.

–Te mintió ese día–, murmuró el monstruo observando desde las sombras del departamento, –Todo lo que dijo fue una mentira, sabía que te estaba haciendo daño y no se detuvo–

El monologo interno que tanto lo aterraba estando en casa había desarrollado su propia voz, la cual se esmeraba en recordarle a Lincoln lo miserable y patético que era.

–Y tú también mentiste Lincoln, y no, no fue por amor, nunca fue por amor y eso lo sabes–

Estaba tan cansado que a veces no deseaba otra cosa que desconectarse de si mismo y apagar su cerebro, tragar un frasco de píldoras y quedarse en piloto automático. Ahogaría a los demonios por siempre de estar por su cuenta, pero siendo que a Lana, Lola, Lisa y Lily todavía les faltaba madurar se vio obligado a resignarse una vez más, solo en caso de que lo necesitasen.

Pegó el cuerpo contra la ventana, dejando que el frío del cristal traspasase su piel hasta el entumecimiento. Sus nervios, vellos capilares, parpados, todo en conjunción con el latir cada vez más lento de su corazón que se apagaba hasta alcanzar un estado de aparente calma.

Deseaba ignorar el zumbido que venía de la cocina, con ese molesto potpourri de tonalidades metálicas que pretendía imitar una canción popular. El infernal aparato quebraba su intento de escapismo, anclando sus pies a la odiada tierra, allí, sobre los tablones desunidos de su piso.

–Por favor detente…–

Habría ido a dar a un limbo, convirtiéndose en una figura incompleta que terminaría por desvanecerse.

–Te ha estado llamando nuevamente, ¿vas a contestar?–

Lincoln reconoció el desafío de inmediato. Contestar ese teléfono y enfrentarse al desastre que había dejado a su paso, la gran pelea con la que rompió por completo el corazón de Lucy y que le demostró a Lynn la clase de hombre en la que se había convertido.

Debía ser un completo desquiciado para admitir que aquel panorama le excitaba, porque así era.

Necesitaba más, quería… ¡quería asfixiarse en el rencor de sus hermanas!.

No podía soportar la decepción que les había causado, era demasiado cargar con la angustia de esas personas cuando ni siquiera sabía qué hacer con la propia.

–Debo ser un masoquista por hacer esto–, rió antes de aceptar la llamada.

Pero no era Lynn o Lucy con quien acabó hablando.

Se sintió como un tonto, ni siquiera había visto el identificador.

–Hola–

Dolía, más que nada porque se trataba de alguien contra quien no podía enfrentarse, alguien que no tenía nada que ver. Por ello, recurrió a los trucos habituales y dejó enterrada su faceta melancólica. Allá en casa no necesitaban a un pobre perdedor sintiendo pena de si mismo, allí en casa esperaban buenas noticias, esperaban paz y tranquilidad y un oído atento.

Cada vez le costaba más trabajo ofrecer aquello que antes daba con tanta libertad, ¿pero qué más podía hacer?, era su responsabilidad, el papel del cual jamas debió apartarse.

Ninguna tiene nada que ver, tú eres el del problema Loud. El que hayas involucrado a tu familia no es otra cosa que tu asqueroso egoísmo–

Aquella era la verdad. Nadie podía salvarlo, no existía cura para lo que le sucedía.

Estaba por su cuenta, al igual que esa primera noche perdido y asustado.

Su angustia lo puso de rodillas, y en su derrota, se dedicó a escuchar aquella dulce voz que no conocía del fracaso patético que era su hermano mayor. Lincoln sabía que ella nada podía hacer por su persona, y sin embargo, por un instante logró engañarse a si mismo. Logró creer en un futuro que jamas se realizaría, similar al pasado que añoraba, el tiempo inocente en el cual su rol estaba definido.

Ahora, perdería su lugar en el mundo, ya nada lo definía y eso lo aterraba más que cualquier otra cosa. Prácticamente era un animal acorralado y dado su historial eso no era positivo para nadie.

La incertidumbre… no existía nada peor que desconocer lo que le deparaba el futuro.

¿Qué hacer?, esa era la gran interrogante, ¿cómo deslizarse de una piel a otra sin su acostumbrada muleta?, ¿cómo navegar por la vida sin ser una carga para su familia?, allí estaba en esa mazmorra diseñada por su propia mano, erigida sobre una traición singular que en su momento le pareció brillante, hasta que se dio cuenta de lo infantil que era.

Supongo que tampoco dormiré esta noche–, pensó, escuchando con atención a su hermana menor, acurrucado en la oscura habitación que nadie llegaría a conocer.

Y tan hundido estaba en su miseria, tan consumido por sus malas decisiones, que jamas escuchó el sonido de tacones recorriendo las escaleras, ni vio las luces de un vehículo aparcando afuera de su departamento.

Se alejó lentamente del cristal, viendo a Lincoln en el reflejo en lugar de la máscara de ardilla.

–Demasiado infantil, ya era hora de que vieses lo que en realidad existía allí–

Era un cambio favorable en su opinión. Ya no necesitaba utilizar ese recurso tan gastado cuando la diferencia entre uno y el otro era mínima. Un día, sin mucho pensarlo, Lincoln se vio a si mismo al espejo, se vio a si mismo con mucha atención y luego, al cerrar los ojos y abrirlos nuevamente, se encontró con alguien idéntico a él.

Fue en ese momento que todas sus dudas desaparecieron, y su ansiedad fue reemplazada por una constante calma.

Se sentía… desconectado de si mismo, como si todo lo que ocurría a su alrededor fuese parte de un sueño o una simulación.

Ciertamente era un sueño extraño, y no sabía si quería o no despertar…