ORFEO


Notas de las autoras:

Este fic es un AU al que estamos tratando de darle un aire mitológico/vikingo. Narraremos las historias más conocidas de Thor y Loki en la mitología y en el MCU (si, habrá historia de la serpiente que sale en Thor: Ragnarok). Las actualizaciones serán quincenales. Este fic no esta enlazado a Amor y Traición, ni a Podría Abrazarte. Cuenta con su propio tiempo y espacio.

No ganamos dinero por esto, ya saben. Créditos financieros a todos menos a nosotras.

Esperamos nos puedan acompañar en la travesía de esta historia, la cual, no tendrá 70 capítulos. Esperamos sus reviews ;)

ADVERTENCIAS: AU.


Prológo: Mellizos.

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El rey llevaba su casco bajo el brazo para que todos sus valientes aesir pudieran contemplarlo bien. Tenía los cabello completamente blancos aunque aún estaba en la plenitud de sus fuerzas, por eso algunos lo apodaban "El Viejo", entre otros nombres con que se hablaba de él (igual le decían "El Cuervo"). Pero en su cara, directo a su sabio ojo, todos lo llamaban Alfodr, el Padre de Todos.

Junto a él estaba Tyr, su dios de la guerra. Tenían con ellos diez mil aesir ordenándose en posición de combate. Habían guerreado durante larguísimos años. La batalla había comenzado en Midgard, había continuado en Asgard y ahora se decidiría en un terreno árido y duro como pocos: Jötunheim.

–Mis valientes –les habló Odín. Los capitanes de cada unidad habían dado un paso al frente, la mano en la empuñadura de sus espadas. –Mis hijos, contemplad Feigefossen, el corazón del reino de hielo.

Su voz era llevada por el viento gélido que los azotaba, elevándola por encima de sus ases, de armaduras doradas, de capas de pieles y espadas relucientes. Estaban parados sobre el mar Hérdubreid, tan sólido como tierra firme debido a que permanecía eternamente congelado. Más allá de ellos estaba la fortaleza del rey Laufey. Parecía una montaña de hielo pero había sido construida bloque por bloque por sus jötun. Seguramente, el rey de los gigantes de hielo le estaba dando un discurso similar a los suyos.

Habían sufrido numerosas bajas. Odín había perdido a su hermano, su querido Vé. Laufey había perdido a su compañero, Farbauti. Y así…

Sangre por sangre, en una cadena inquebrantable.

–Esta noche tendré el cofre de los inviernos antiguos en mis manos o cenaré con ustedes en el Valhala –les habló Odín.

Sus aesir, golpearon el pomo de sus espadas contra sus escudos ensordeciendo a su rey entre vítores.

–¿Una palabra para la reina? –le inquirió Tyr inclinándose hacía él, haciéndose oír por encima del estruendo.

Odín asintió, fiel a sus tradiciones. Palabras del rey para la reina, por si muriera. Mientras él arriesgaba la vida, Frigga le aguardaba en Valaskialf, en su reino dorado, embarazada. Odín deseaba finiquitar su guerra con Laufey de una vez y volver junto a ella. Quería conocer a su hijo, su futuro heredero, quería estar con ella cuando naciera en vez de ser informado por sus cuervos.

–Díganle a Frigga, que si muestro hijo resulta varón se llamará como mi padre, si fuera doncella se llamará como su madre –dictó. Tyr tomó nota de ello y le confió el pergamino a un mensajero.

Odín levantó su lanza, Gungnir, y se hizo silencio a su alrededor.

Él en persona encabezaba la formación en punta de lanza. Espoleó su caballo el cual se lanzó al trote hacia adelante. A su diestra, en el sitio de máxima confianza y honor estaba Tyr. Algún día, ese puesto lo ocuparía el hijo que Frigga estaba por darle. Cabalgarían juntos a la batalla y sus nombres serían temidos en los nueve.

Hincó los tobillos en los ijares de su caballo y éste aumentó su velocidad. Los cascos de sus jinetes resonaban sobre el hielo. No se movían tan rápido como lo harían en un terreno más favorable. Ante él las puertas de Feigefossen comenzaron a abrirse.

"¡Qué mejor!" Pensó Odín. Odiaría que Laufey le hiciera escalar sus muros o que lo obligara a echarlos abajo uno por uno para poder alcanzarlo.

Los jötun salieron en estampida en contra de ellos. Altos, azules, envueltos en pieles blancuzcas, sus armas de hielo eterno en las manos.

–¡Traidor! –Resonó el aullido de Laufey. –¡Traidor!

Odín lo distinguió. Más alto que los demás. No encabezaba la marcha pero estaba en el primer contingente. Laufey se había ausentado en las últimas batallas, Tyr y otros comandantes murmuraban acerca de qué quizás había muerto o había sido depuesto debido a sus derrotas. Sólo Odín conocía el motivo de su ausencia pero no se lo dijo a nadie. Por supuesto, Laufey jamás caería como no fuera en combate. Odín vislumbró los ojos rojos de Laufey fijos en él, el rey jötun parecía enajenado, fuera de sí.

Ambos ejércitos se encontraron haciendo temblar el suelo.

No fueron pocos los que perdieron la vida en el choque frontal. La formación de los aesir se rompió. Siempre había sido difícil mantenerla cuando se enfrentaban contra los jötun. Sus rivales eran demasiado grandes, demasiado brutales para que los aesir pudieran compactar filas.

El aire se llenó con los gritos de los moribundos, con el hedor de la sangre.

Demasiada sangre. En Midgard, habían combatido entre fango, hecho de la tierra que se disputaban y de la sangre, huesos y tripas de los midgardianos que tuvieron la desventura de estar en medio de ambos bandos.

El hielo no se empantanaba.

Gungnir destelló y atravesó a dos gigantes a la vez. Odín conquistó el honor de ser el primero en poner pie dentro de Feigefossen. Tyr se había rezagado pero ya luchaba por alcanzarlo. Laufey había quedado a un lado, atrapado entre las espadas de los aesir. Odín no buscaba un duelo personal con él, buscaba el cofre.

–¡Asa Odín! –bramó una voz frenándolo. –El cofre no está en el salón del trono, lo llevaron al templo.

Se lo dijo un gigante más bajo que los otros, ataviado con ornamentos plateados en las muñecas, llevaba una daga de aspecto ceremonial en una mano. Odín conocía sus rasgos, era el consejero de Laufey: Skadi.

Estaba traicionando a Laufey, ¿por qué y para qué?

–Alfodr –aquí llegaba Tyr, su espada teñida de rojo bermejo, igual que su cara. Odín no distinguía si era debido a heridas propias o a sangre ajena. Skadi ya no estaba, se había evadido de la contienda.

Odín tomó su decisión. Condujo a Tyr y a sus ases rumbo al templo dentro de Feigefossen.

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El día acababa.

El cofre de los inviernos antiguos estaba a su alcance por fin. Había sido una jornada larguísima que culminó cuando puso a Laufey de rodillas. El rey jötun, otrora aliado, se había puesto de pie sin una sola mirada para Odín, renqueaba herido en los tendones, sangraba de varios lanzazos dados, pero no se encorvó, ni pidió piedad. Le dio la espalda a los aesir y se retiró.

Odín no lo detuvo, tampoco lo persiguió. Dejó que Laufey y sus jötun recogieran los cuerpos de sus caídos y que se marcharan lejos.

Laufey y él se habían encontrado en el atrio del templo. Fue ahí que combatieron pero no a muerte. No fue a muerte. Laufey le había quitado un ojo, Odín le quitó mucho más que eso.

Sus guerreros rodearon el templo. Los jötun lo habían abandonado por completo. Tyr y él se adentraron en éste para reclamar su botín de guerra. La conquista que le pondría fin al conflicto.

El templo estaba erigido en hielo, sus columnas se elevaban tan alto que no alcanzaba a verse su final. Al centro se alzaba una escalinata concebida para pies mucho más largos que los de Tyr y los suyos. El altar era un bloque de hielo perfectamente liso, pero no había nada sobre este.

–¿Dónde está el cofre? –Inquirió Tyr.

Odín apretó la empuñadura de su lanza. Si Skadi le había mentido, le cazaría y le daría muerte con sus propias manos.

"Amado, tienes que dejar de mirar solamente con tus ojos". Escuchó el consejo de Frigga como si estuviera parada a su lado.

Su bellísima esposa, era la persona más intuitiva que Odín hubiera conocido. Muy poco escapaba a sus gentiles ojos y nadie osaba mentirle cuando ella exigía la verdad. Era sabia y fuerte como las raíces de un árbol antiguo.

"Escucha con el corazón" le decía Frigga cuando él desesperaba, cuando su astucia no daba respuestas a sus problemas.

Odín poseía seidh y era versado en su uso, aunque no solía hacer despliegues públicos con él, pues el hombre que se apoyaba demasiado en la magia parecía tramposo y su valor mermaba a ojos de los aesir.

Cerró su único ojo y dejó que su seidh fluyera fuera de él. Intuyó, tratando de hacer lo que Frigga le enseñó.

Avanzó más allá del altar hasta la pared del fondo. Apoyó a Gungnir contra el hielo y con un rayo preciso hizo saltar parte del muro revelando una habitación anexa. El cofre fulguró ante él. Estaba sobre un pedestal aguardando por el vencedor que lo reclamaría.

Iba a entrar en ese espacio para tomarlo cuando el llanto de un bebé alcanzó sus oídos.

Tyr se lo señaló con su espada.

Había un infante en el suelo junto al altar.

Los pies de Odín se movieron por sí mismos en su dirección. Se agachó dejando a Gungnir, tomó al niño entre sus manos. Estaba desnudo y parecía aletargado, su llanto apenas era audible. Abandonado para morir de hambre.

No. No dentro del templo, eso se lo habrían hecho dejándolo sobre el mar congelado. Tampoco estaba ahí para ocultarlo de los invasores y protegerlo.

Odín recorrió con su ojo las líneas ancestrales sobre la piel del niño. Esas marcas de nacimiento rezaban el linaje de cada jötun. Para los aesir todos los gigantes eran similares al grado de ser casi indistinguibles. Pero Odín los conocía muy bien. Él podía leer esas líneas.

El niño que tenía en sus manos era hijo de Laufey.

Era pequeño para ser jötun. Un niño deforme a ojos de su propia raza. Tenía un hombro oscurecido, surcado de finas venas negruzcas y su brazo colgaba anormalmente. Seguramente lo dejaron sobre el altar y cayó desde ahí. A saber cuánto tiempo llevaba solo.

Su ojo se fijó en Tyr, el cual tenía desenvainada su espada, como aguardando a que le diera la orden.

Ellos no mataban niños.

Pero a los jötun no se les consideraba personas, el recién nacido en sus manos era igual que la cría de un lobo a los ojos de Tyr. No merecía un final tan lúgubre como el de encontrar la muerte al poco de conocer la vida a manos de un aesir. Bastaría con ignorarlo, con pretender que jamás lo habían encontrado.

Odín lo puso sobre el altar y por fin lo entendió. Era un sacrificio, seguramente uno destinado a obtener el favor de las nornas en la batalla. Pero el sacrificador no había tenido las agallas de aniquilarlo. Sintió asco de toda esa situación.

–Ya no llores –le ordenó al bebé como si pudiera comprenderlo. –Es injusto, lo sé –le asentó una mano en la cabecita.

El bebé fijó sus ojos en él y cambió.

Su piel azul dejó de serlo, tornándose rosada a partir del punto donde Odín lo había tocado. Era un seiðmaðr, un cambia formas. Estaba mudando de piel para parecerle más agradable, para que le tuviera piedad. Un mecanismo de defensa inefectivo pues Odín no podía ser conmovido.

Por lo menos, hasta que los ojos del infante adquirieron tonalidad verde. Hizo un puchero más y luego se calmó como si supiera que había logrado su propósito. O quizás dejó de llorar porque Odín acababa de acunarlo entre sus brazos. No lo sostenía sólo con las manos manteniéndolo apartado de su cuerpo, como había hecho cuando el neonato era azul, sino que lo tenía pegado a su cuerpo con un brazo mientras comenzaba a desabrocharse la capa con la mano libre.

"Hela" se dijo. Estaba sosteniendo la viva imagen de Hela. Así lucía cuando nació, los mismos ojos, la misma piel. Odín jamás olvidó lo que sintió aquel día cuando la tomó en sus manos por primera vez y sintió su calor contra su pecho. Hela, su hija perdida.

–Alteza –le habló Tyr. No hizo ninguna pregunta pero Odín intuyó lo que estaba pensando.

–Alégrate por mí viejo amigo, las nornas me han concedido un hijo, otra oportunidad de escribir una historia grandiosa para mi linaje.

–Me alegro alteza –le dijo Tyr, un vasallo tan leal que ni siquiera hubo titubeos en su frase. –El cofre. –Le recordó a Odín.

El preciado tesoro de los jötun, lo que tanto había costado conquistar…

–Por supuesto –Odín ni siquiera levantó la mirada del bebé envuelto en su capa. –Tráelo.

Su rey había deseado con intensidad ponerle las manos encima de esa reliquia y probar su poder. Ahora se le había olvidado.

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Lo ocultó. Hizo que Tyr jurara guardar el secreto. Se lo llevó a Frigga.

Su reina le esperaba en sus habitaciones. Se había salido de cuentas, tenía el abdomen enorme y estaba agotada.

Se incorporó sobre sus codos para sentarse, se puso una mano sobre el vientre abombado. Sus trenzas de cabello rubio le caían sobre los hombros. Odín la encontró tan bella… siempre le deslumbraba cuando se reencontraban. No tuvo que contarle que habían ganado la guerra, ni tampoco los detalles de la batalla final, ni siquiera acerca de su ojo perdido. Un heraldo se había adelantado con tales nuevas.

–Amado, bienvenido seas a mis estancias –le dijo ella conforme Odín se sentaba en la orilla de la cama y le tendía al bebé. Frigga no lo tomó, en cambio le apoyó una mano en la cara contemplando el parche que cubría su ojo faltante. –No preví que esto te ocurriría.

–Aunque lo hubieras visto igual habría ocurrido.

–¿Te duele? –Odín negó. Los aesir tenían la cualidad de regenerarse si se les daba el tiempo suficiente para ello. Pero a veces, las mutilaciones les dejaban miembros fantasmas que punzaban recordándoles lo que habían perdido.

El pequeño lloriqueó entre ambos, recordándoles su presencia. Frigga bajó la mirada hacia él. Tenía piel azul de nuevo. Su magia de cambiaformas era muy inestable.

–Laufey ordenó que lo sacrificaran –le contó Odín, –pero en vez de ello, fue abandonado a su suerte. –Frigga lo tomó entre sus brazos por fin.

–Es un seiðmaðr –un portador de magia.

–Es un cambiaformas –añadió Odín y le puso una mano encima al bebé, el cual reaccionó a su toque mudando de nuevo el aspecto de su piel. Frigga se maravilló. El bebé frunció el ceño a punto de echarse a llorar. –Tendrá que nacer dos veces. Una en un mundo frío y oscuro, con un padre que trató de darle la muerte. Otra en este mundo dorado y lleno de luz, con un padre que hará de él un príncipe.

Odín no quería ordenarle a Frigga que lo acogiera como suyo, no quería hablarle de sus razones para rescatarlo. Quería que Frigga decidiera por sí misma ser la madre del recién nacido.

La vio descubrir su seno y ofrecérselo. Ya tenía leche pues el momento del parto estaba muy cerca. El bebé se prendió de su pecho con avidez.

–Tiene tanta hambre –murmuró Frigga.

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El rey llevaba su casco bajo el brazo para que todos sus valientes aesir pudieran contemplarlo bien. Había convocado a todo su pueblo, desde los más viejos a los más pequeños, para que se presentaran en asamblea. Los comandantes de su ejército ocupaban las primeras filas.

Hubo un toque de trompetas y sus aesir guardaron silencio.

A su diestra estaba Tyr, portando el estandarte de Asgard: dos cuervos negros sobre fondo dorado. Un hombre ya mayor pero no anciano dio un paso al frente. Era Hallinskide, el guardián del Bifrost, el de los ojos dorados. Como era el súbdito más leal del trono poseía el derecho de hablarle al rey en nombre del pueblo.

–¿Para qué nos has llamado rey? –Le inquirió. –¿Qué quieres de tus aesir?

Odín se adelantó. Lucía armadura de gala de hierro y oro, así como un manto de color blanco.

–Pueblo de Asgard –les habló con voz potente. –La reina me ha dado dos hijos mellizos –les anunció. –Ahora, ante ustedes, yo declaro que ellos son mis legítimos herederos y se los confío. Sus nombres son: Thor y Loki.

Sus hombres, Hallinskide el primero de ellos, levantaron sus espadas, mientras el resto del pueblo estallaba en un aplauso. A continuación se pusieron a cantar rítmicamente el nombre de sus príncipes.

¡Thor! ¡Loki! ¡Thor! ¡Loki!

Sus voces ascenderían hasta las estrellas.

Pensaban que así la gloria ascendería también para los hijos de su rey.

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Frigga se trenzaba el largo cabello sin perder de vista a sus bebés, puestos sobre su cama. Les habían confeccionado pequeñas túnicas a su medida, pues no era costumbre aesir envolver a los niños apretadamente. Thor dormía plácidamente. Loki estaba despierto ignorando a Eir, la cual lo manipulaba con determinación.

Eir era una baugrygr, una mujer virgen consagrada a su vocación como deidad aesir. Era la diosa de las artes curativas, y también era la compañera de Frigga.

Loki había llegado a sus manos con distocia en el hombro izquierdo y su brazo amoratado por ese daño. Era jötun y su cuerpo también tenía la capacidad de sanar con el tiempo, pero sus huesitos comenzaron a soldar en una posición inapropiada. Así que Eir tuvo que volver a romperle el brazo para acomodarlo. Bajo los cuidados de Frigga y Eir, se recuperaba de ese amargo trance.

Durante su embarazo Frigga había soñado que tendría mellizos. Se había visto a sí misma sosteniendo uno en cada brazo mientras los lactaba. Y sin embargo conforme su abdomen crecía intuía que dentro de sí solo había un bebé. Su intuición rara vez fallaba y tal discrepancia la tuvo confundida durante un largo tiempo.

Sin embargo cuando Odín llegó hasta ella llevando a Loki entre sus manos, acercándoselo con un ruego silencioso, ella comprendió por fin.

Por supuesto que tendría mellizos, uno nacido de sí misma, carne de su carne; otro otorgado por las nornas, alma de su alma.

Loki no lloró mientras Eir lo descubría. De nuevo tenía piel azul. Ese día, ambas lo hechizarían para no volver a mostrar su forma real. Lo ayudarían a mantener el disfraz de aesir con el cual se cubría cuando se sentía amenazado.

Eir desenrolló el pergamino con el hechizo necesario. La aurgiafa, una maldición para encarcelar en una forma a un cambia formas.

Frigga era una seiðkona poderosa. Para efectuar la aurgiafa se debía vencer al cambia formas y obligarlo a aceptar la maldición. Pero Loki no podía hablar, ni tenía el razonamiento necesario. Deberían dejarlo crecer como gigante de hielo antes de sellarlo como aesir, pero ni Odín ni Frigga querían que recordase siquiera lo que fue al nacer.

Los padres tenían potestad para aceptar juramentos en nombre de los hijos. Loki se alimentaba de ella, la reconocía, dormía entre sus brazos. Parecía haberla aceptado como su madre. Ojalá eso bastara.

Frigga le puso las manos encima murmurando la maldición.

–Aceptarás la forma que te confiero –le ordenó poniéndole la mano sobre la frente. Loki la miró con sus ojos rojos, le sonrió y su piel comenzó a aclararse bajo el toque de Frigga. –Acepta la piel de los aesir. Abandona las marcas de tus ancestros. –Los tatuajes de Loki se desvanecieron. –Acepta los ojos de los aesir. –La mirada de Loki se tornó verde. –Aceptarás la forma que te confiero. –Frigga fue bajando las manos sobre Loki, las dejó sobre su abdomen. Lo abarcaba por completo.

Su hijo adoptivo era intersexual, el último rastro de su origen monstruoso.

–Aceptarás la forma de nuestra raza, abandonarás tu doble género, serás solamente varón. –Ese cambio fue el más difícil de efectuar pues no se trataba solo de modificar su aspecto exterior.

El semblante de Loki se quebró percatándose de que algo le ocurría. Rompió a llorar despertando a Thor.

Frigga levantó a Loki entre sus brazos presentándoselo a Eir.

–Yo soy Eir, diosa de las artes curativas. Loki hijo de Odín, Loki hijo de Frigga, ¿te rindes a esta forma? –Le inquirió autoritariamente. Loki lloró más alto y a él se le unió Thor.

–Yo soy Frigga, madre de Loki, en el nombre de mi hijo me rindo.

–Loki, ¿aceptas ser parte de los aesir renunciando para siempre a tu herencia como jötun?

–En el nombre de mi hijo lo acepto –murmuró Frigga, sus palabras apenas y se escucharon por encima del llanto de los niños.

–Yo, Eir, te he escuchado y en el nombre de los aesir, acepto.

La aurgiafa quedó sellada. Y Loki no volvió a recobrar su piel azul, ni sus líneas ancestrales, sus ojos rojos, ni su cuerpo de jötun.

Eir le acercó a Thor a su madre, ella acunó a ambos bebés, uno en cada brazo consolándolos.

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Frigga miró a Odín presentando a los niños. Estaban en el Himinbjörg, el templo dedicado a las nornas y al Yggdrasil. Eir, Tyr, Hallinskide y todos los demás dioses, estaban presentes. Su pueblo al completo abarrotaba la plaza ante el Himinbjörg esperando para conocer a sus príncipes.

Odín levantó primero a Thor ante las ramas del árbol que se vislumbraban en el centro del templo. Lo declaró su primer nacido. Lo hacía así en deferencia a ella, dándole a entender que jamás pondría a nadie por encima de Thor, el hijo que ella le había dado.

Ella se retiró temprano de la fiesta que siguió a la presentación. Se llevó a los niños con ella. Uno en cada brazo. Dormían en su cama con ella. Las mujeres aesir tenían derecho a decidir el momento en que los hijos debían comenzar a dormir en sus propias habitaciones, de manera que ellas pudieran recibir de nuevo a sus esposos a su lado.

Los alimentó y los puso a dormir cantándoles una canción. Loki le exigía muy pocos cuidados, se quedó dormido casi de inmediato. Thor remoloneó un rato más, balbuceando, fascinándose mirando sus propias manos. Frigga le acarició un bracito sin dejar de cantarle hasta que su hijo se quedó dormido. Había heredado sus rasgos, su cabello rubio, sus ojos azules. Frigga le besó en la cabecita.

Ella no había querido desposarse con Odín, su rey vicioso y sangriento.

Frigga era una vidente, tenía constantes pesadillas acerca del reino dorado sumido en oscuridad. Había visto a la primogénita del rey subiendo al trono pero los escalones que la conducían a Hliöskjálf estaban sembrados de huesos.

Un día el rey la mandó llamar. Era la única con el don de ver el futuro en Asgard. Frigga acababa de entrar en la edad adulta, conservaba la mirada tímida de una doncella aunque tenía el cuerpo frondoso y fértil de las aesir. Cuando Odín la miró se prendó de ella.

La había convocado para aliviar las dudas que lo penaban. Marcharía a la guerra una vez más. Hela y él habían asolado Midgard, Svartalfheim, Alfheim y Nornheim. Sus ojos estaban puestos esta vez en Vanaheim. Pero el rey no dejaba de tener pesadillas que le impedían dormir y que inquietaban sus días. Quería que Frigga adivinara el futuro para él, que le ayudara a decidir si debía marchar a la contienda.

"Las visiones que el Yggdrasil me concede no las puedo revelar, pero intentaré adivinar la voluntad de las nornas acerca de esta nueva guerra" le respondió Frigga.

Usó su seidh para mirar en el fuego del templo, pero los hados estaban silenciosos. No pudo vislumbrar nada para Odín y así se lo dijo.

"El destino no se mostrará para ti. Tendrás que decidir solo".

Pero desde ese día el rey la convocó ante su trono todos los días. Muchos se dieron cuenta de la preferencia que le tenía, y aquellos que no deseaban más muerte y destrucción comenzaron a implorarle que redimiera el corazón de su rey.

Frigga le temía. A él y a Hela, la cual la miraba con profundo rencor. La culpaba por el hecho de que su padre demorara la partida hacia Vanaheim.

Finalmente Odín la pidió en matrimonio. Hela se opuso a ese compromiso.

Y Frigga también.

Rezó por obtener una respuesta a lo que debía hacer y el Yggdrasil se la concedió en la forma de una visión nítida.

"Si no accedes Asgard será destruido. Odín te necesita para enderezar su senda. Hay bondad en él y sabiduría. Será el protector de los nueve, no su destructor. Pero solo lo conseguirá si tú estás a su lado y contienes su sed de sangre y poder".

Fue así que entendió. Había nacido para convertirse en la reina de Asgard.

Se presentó ante Odín con una respuesta.

"Me casaré contigo" le dijo y él sonrió. "Pero no desposaré a un tirano, me casaré con un rey dador de paz, protector de los nueve mundos".

La guerra contra Vanaheim fue suspendida.

Hela montó en cólera e intentó usurpar el trono. Lo que ocurrió tras ello…

Para subir al trono Odín mató a su hermano mayor Cul.

Para afianzarse en el trono tuvo que morir su medio hermano Vili.

Para obtener la reina que deseaba, encarceló a su hija Hela, y luego la borró de su historia. Convirtió su nombre, sus hazañas y su herencia en anatema. Ningún aesir volvería a mencionarla jamás como si no hubiera existido.

Ahora le llevaba al hijo de Laufey y se lo imponía.

Odín creía tener el poder de moldear su historia a su antojo pero Frigga tenía miedo de lo que ocurriría.

Esa noche soñó que era otra persona (algo que a veces le ocurría cuando su seidh deseaba que entendiera a alguien). Ella era Laufey y estaba preñada, llevaba a Loki dentro de él–ella.

En su sueño veía a Odín plantado ante él–ella. Odín le decía que no habría reino, ni futuro para el hijo que esperaba. Parecía realmente enojado con él–ella.

Y Frigga le tenía miedo a sus amenazas.

–Usaré a mi hijo para herirte –repuso Laufey–Frigga. –Asa Odín, ¡en mi vientre he gestado a mi vengador!

Frigga se despertó gritando esa frase. Estaba llorosa y empapada en sudor. A su lado los niños igual se habían despertado y lloraban.

–¡Frigga! –Odín irrumpió en sus alcobas mientras ella tomaba en sus brazos a Thor, estrechándolo contra su pecho. Al ver a su esposo sintió una rabia desmedida y ganas de gritarle lo mismo que Laufey había gritado en su sueño. –¿Te encuentras mal? Te escuché…

Odín tomó a Loki de entre las sábanas y lo arrulló con gestos torpes.

–¿Por qué lo trajiste? –Le increpó ella calmándose, recordándose que lo que sentía eran resabios de su sueño, fragmentos del sentir de otro ser. Ella no odiaba a Odín, no deseaba venganza, no le tenía miedo. –¿Por qué no lo dejaste estar?

–Querrás decir: por qué no lo dejaste morir. –Odín se sentó sobre la cama y le tendió a Loki pero Frigga les dio la espalda a ambos.

Ella no solía cuestionar las decisiones de su esposo ni exigirle explicaciones. Si él quería entonces le revelaría sus pensamientos, si no, era inútil preguntarle. Pero aun así, esta vez…

–Necesito saber por qué lo trajiste. Dímelo amado o no podré quererlo como si fuera mi hijo, ni criarlo como el mellizo de Thor. Pudiste dárselo a Tyr o a Hallinskide, ¿por qué a mí? ¿Para qué quieres este bebé?

–No pensé que endurecerías tu corazón hacia él, no después de todo cuanto haz hecho.

–No tengo el corazón duro –protestó ella pero se mordió los labios. –Respóndeme.

Odín suspiró pesado.

–Lo diré pero sólo una vez y jamás volveré a repetirte estas palabras. Te he visto mientras le cuidas, sé que a pesar de este arrebato te has encariñado con él. Loki piensa que eres su madre y tú no le quitarás esa idea, no lo herirás así porque te sobra afecto para darle a ambos. –Frigga se giró y Odín le tendió a Loki de nuevo. Frigga lo aceptó por fin. Lo acunó junto con Thor y ambos se calmaron. –Cuando lo encontré en Jötunheim y lo toqué se convirtió en la viva imagen de Hela.

La madre de Hela, Angrboda, había muerto en el parto. Había sido una diosa pelirroja y de ojos castaños. Una beldad que sedujo a Odín. Hela no se parecía a ella sino a Bestla, la madre de Odín. Cabello negro, ojos verdes, piel pálida, rasgos afilados. Así fue Bestla. Así fue Cul, el hermano mayor de Odín. Así fue Hela. Así sería Loki.

–Redimirás en Loki, los fallos de tu linaje. –Odín asintió. Frigga no quería ser parte de ello. No quería que Thor se viera envuelto en los esfuerzos de Odín por reescribir su historia. Pero el niño en sus brazos, tangible y necesitado de ella, la arrastraba inexorablemente hacia ese destino.

–No llores –le pidió Odín. –Sé que ha sido un día largo y difícil. Te prometo no someterte a otro lance así. No habrá más historias que lamentar, tendremos una familia bienaventurada y honrosa.

Frigga no rezaría para preguntarle al árbol si eso sería cierto. No quería saber.

Se rindió a la voluntad de su esposo.

Le permitió quedarse con ella esa noche, con los bebés en medio de ambos, con Loki acunado contra el pecho de Frigga.

–Loki Friggason –le susurró cuando ya toda su familia dormía.

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Continuará...