Descargo de responsabilidad: Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling.

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Capítulo 1: Duplicidad.

La Cámara de los Secretos se encontraba en silencio. Hacía solo unos momentos, un muchacho de pelo negro acababa de matar al basilisco que solía residir en dicho lugar. Si eso no fuese suficiente emoción por un día, el joven, Harry Potter, utilizó uno de los colmillos del rey de las serpientes para destruir el diario que poseyó a la otra persona que se encontraba con él, la pelirroja hermana de su mejor amigo, Ginny Weasley, quien se encontraba tirada en el suelo, boca arriba e inmóvil. El color comenzaba a retornarle a la cara, pero no había señal alguna de que la consciencia estuviese lista para aparecer.

Tras un momento dolorosamente interminable de duda, Harry se acercó a la chica. Cuando la alcanzó, se arrodilló a su lado y la sacudió ligeramente. No hubo respuesta… Lo intentó nuevamente y obtuvo, infortunadamente, el mismo resultado. Fawkes, el fénix de Dumbledore, cuya presencia había quedado olvidada, sobrevoló en círculos al rededor de los jóvenes, para después posarse frente a Harry, dejando a Ginny en medio de ambos. El ave emitió un cántico suave y tranquilizador, el cual continuó hasta que los nervios del muchacho se calmaron totalmente. Sin saber cómo lo sabía, Harry se puso manos a la obra.

«Recuéstala contra la pared, de tal manera que quede sentada, y tómala de las manos», repetía en su mente mientras seguía aquellas instrucciones. Al haberlas completado, las siguientes llegaron a su mente. «Entrelaza tus dedos con los de ella, cierra los ojos y concéntrate en la imagen de Ginny despertando. Puede que se tarde un poco, pero no dejes, por ninguna circunstancia, de enfocarte en ello». Harry no supo cuánto tiempo pasó. Pudieron ser minutos u horas. Cuando la convicción lo empezaba a abandonar, un cansancio que no sabía que sentía lo atacó y, antes de que se diese cuenta, todos sus sentidos, pensamientos y consciencia se desvanecieron.

Un niño de cabello azabache, de aproximadamente cinco años, se encontraba cocinando por primera vez. Él, nervioso e inexperto, se quemó la mano con el aceite que freía los huevos cuando intentaba sacar uno con la espátula. Su tía se le acercó y, en lugar de reconfortar al infante, le gritó y lo regañó porque la comida se estaba empezando a quemar.

Una niña pelirroja de entre cuatro y cinco años lloraba porque se sentía sola. A pesar de que tenía seis hermanos mayores, era rara la ocasión en la cual alguno de ellos jugaba con ella, ya que, en palabras de uno de ellos, ya ni se acordaba de cual, «Éste es un juego para hombres». Sólo Bill, el mayor, se preocupaba en pasar tiempo con la niña. Sin embargo, él estaba en la escuela la mayor parte del año.

El mismo niño, ahora de ocho años, se dejó caer pesadamente en el colchón viejo que hacía las veces de cama en la alacena de abajo de las escaleras, la cual había sido su «habitación» desde que tenía uso de razón. Le dolía casi todo el cuerpo. Hoy, inequívocamente, había sido el peor día de su existencia. Para empezar, su primo lo había perseguido junto con su pandilla para golpearlo. Sin saber cómo lo hizo, se encontró en el techo de la cafetería de la escuela tras saltar una papelera en su huida. Tras ser regañado enfática y ruidosamente por varios de sus profesores y el director de la escuela, su tío lo había ido a buscar con la cara más llena de ira y desdén que el niño jamás había visto. Cuando llegaron a casa, la peor paliza que había sufrido hasta ese momento tomó lugar. Su tío siempre lo golpeaba en zonas que no quedasen expuestas por la ropa para evitar sospechas. Y, como si el dolor no fuese suficiente castigo, las comidas de la próxima semana se le fueron retiradas.

La pelirroja, ahora de seis años, se escabulló, en medio de la noche, de vuelta en su cuarto. Ya se había vuelto una rutina. Tres o cuatro veces por semana, esperaba a que los demás habitantes de la casa se fuesen a dormir y se dirigía lo más silenciosa y sigilosamente que podía a donde su familia guardaba las escobas y se ponía a practicar sus habilidades de vuelo. Si sus hermanos se negaban a enseñarle, ella iba a aprender por su cuenta.

Recuerdos de su infancia y de lo que asumía era la de Ginny inundaron la mente de Harry. Era una experiencia total y absolutamente desconcertante para el muchacho, ya que las memorias venían acompañadas de las emociones y sensaciones experimentadas en los momentos en los cuales se llevaron a cabo. Eso no sería particularmente extraño si fuesen sólo las reminiscencias del azabache… Sin embargo, al éstas incluir también las de la pelirroja, la situación era inquietantemente natural, como si él mismo las hubiese vivido. Aunque en ese momento no lo sabía, la dueña de las remembranzas foráneas estaba experimentando exactamente lo mismo que él. Ambos jóvenes revivieron, en cuestión de minutos, sus vidas y la del otro hasta el último instante en el cual estuvieron conscientes.

Lentamente, luego de asimilar el torrente de información que acababan de recibir, los sentidos comenzaron a volver a ellos. Primero fue el tacto y, con él, la primera señal de que algo inexplicable estaba pasando se hizo presente. Los dos jóvenes sentían sus cuerpos como siempre. Sin embargo, el segundo juego de extremidades, torso y cabeza que sentían como si fuesen propios no era normal. Ginny sentía que algo a lo cual no sabía cómo describir se encontraba situado en medio del segundo par de piernas. Por su parte, Harry sentía que una prenda lo apretaba ligeramente en el pecho, hombros y espalda alta extra, junto con un peso adicional en la segunda cabeza. A su vez, notaron como sus cuatro manos se agarraban entre sí; una de las grandes sostenía una de las pequeñas.

Segundo fue el olfato. Con este sentido no hubo mucho cambio, más allá de que Harry podía oler un perfume floral adicional al aroma de humedad típico de un sitio con poca ventilación y Ginny, por su parte, notaba una mezcla entre madera, sudor, fango y sangre. El primero de estos olores era reconfortante, aunque, en combinación con los demás, no podía evitar el sentirse intranquila.

Posteriormente, el oído volvió y, con él, la extraña sensación de escuchar dos respiraciones aceleradas a la vez, desde distintos ángulos. Ambos sabían que una de ellas le pertenecía a cada uno y, por la razón que fuese, sabían que los jadeos restantes pertenecían al otro.

La vista fue el último sentido en retornar. Sin embargo, ninguno se dio cuenta de este hecho por unos momentos, ya que continuaban con los ojos cerrados, tratando de encontrarle lógica a la duplicidad sensorial que estaban experimentando. No fue hasta que Fawkes emitió un canto alegre que ambos abrieron los ojos. Lo primero que notaron fue la mirada curiosa del otro. Orbes chocolate y esmeralda se fijaron entre sí, hundiéndose en el color y emociones del otro. Tras unos segundos, notaron que, además de ver a su acompañante, podían verse a sí mismos desde el punto de vista del compañero.

«¡¿Qué está pasando?!», pensaron ambos al mismo tiempo.

«¿Harry, eres tú?», considerando la extrañeza de la duplicidad sensorial que estaba experimentando, Ginny no estaba particularmente sorprendida por la telepatía aparente.

«¿Ginny? ¿Cómo nos estamos comu…?», el muchacho no pudo completar su pensamiento. El dolor más profuso e insoportable que jamás había sentido atravesó la frente del azabache, concentrado principalmente en su cicatriz. Un grito escapó las bocas de ambos. Cerraron los ojos e intentaron soltarse las manos para tratar de aliviar el sufrimiento haciendo presión en la zona, pero sus cuerpos simplemente se negaron a responder. Tras unos tortuosos segundos, el dolor desapareció tan repentinamente como apareció. Cuando lograron espabilarse, notaron que la cicatriz de Harry estaba sangrando. Ginny dirigió su mirada a la frente del muchacho y, con horror, se dio cuenta de que, junto con la sangre, un líquido negruzco y viscoso brotaba de la ahora abierta herida.

—¡Harry! —La chica estaba empezando a entrar en pánico. Si las memorias del joven no le mentían, ese líquido era perturbadoramente similar al que salió del diario de Tom Ryddle inmediatamente después de haber sido perforado por un colmillo de basilisco—. ¡Lo lamento… Es culpa mía que estés aquí y que… —Un sollozo la interrumpió. El joven, impulsado por los sentimientos de culpa y descorazonamiento que provenían de la chica, tiró suavemente de sus manos, acercándola lo suficiente para poder abrazarla.

—Tranquila, Ginny, no es culpa tuya. Tom… es el único responsable de lo que pasó —memorias de lo que un joven Voldemort había hecho hacer a la pelirroja pasaron por su mente. Mientras que las lágrimas de la muchacha caían en el hombro de su túnica, una mezcla de sentimientos se hicieron presentes en las mentes de ambos: Dolor, desconsuelo, indignación, ira, resolución y, a pesar de todos los eventos causados directa o indirectamente por Tom Ryddle, alivio. Ninguno de los dos sabía el porqué, pero un anhelo subconsciente había sido satisfecho.

—M-me v-van a expulsar… —dijo Ginny, llorando—. He esperado t-tanto para estar a-aquí y ahora…

—No lo van a hacer, no los dejaré. Nada de lo que pasó fue tu culpa y se los haremos saber —consoló Harry, acariciándole la espalda suavemente. Sólo el imaginar que la joven que tenía entre sus brazos no volvería a Hogwarts con él para el próximo año lo hacía sentir terror absoluto y no sabía la razón. En ese momento, se juró a sí mismo que haría todo lo posible para que no los separasen. Ginny, al notar la resolución del azabache, comenzó a calmarse lentamente.

«Gracias, Harry», pensó la chica, devolviendo el abrazo.

«De nada, Ginny», respondió el muchacho, dándole un pequeño apretón.

—Vámonos de aquí —dijo Harry en voz alta cuando consideró, luego de examinar el estado emocional de su interlocutora, que ésta se había recompuesto lo suficiente.

No fue hasta después de que se separaron e intentaron levantarse que notaron una inconveniencia de su, a falta de una mejor palabra, situación. Puesto que disponían de la información sensorial del otro, el simple hecho de moverse a distintas velocidades los hizo marearse y trastabillar hacia la pared.

—Uy, creo que tenemos un problema… —dijo Harry— ¿Cómo se supone que vamos a caminar sin caernos? —Ginny consideró el dilema en el cual estaban inmersos por unos momentos.

—Lo único que se me ocurre es que nos concentremos específicamente en nuestros sentidos y ver si, así, podemos andar.

Tomándose de las manos para tener un soporte, sin importar lo inestable que éste fuese, los dos jóvenes dieron unos pasos tentativos. Tras unas cuantas pérdidas de equilibrio, las cuales casi terminan en desastre, lograron caminar medianamente normal. Sin embargo, descubrieron, por las malas, que si no estaban en contacto físico, perdían la concentración; Harry casi se fue de bruces al intentar recoger su varita. Asegurándose de que la mano de Ginny seguía firmemente en la suya, el muchacho se inclinó, nuevamente, para recuperar tanto el Sombrero Seleccionador, el cual le pasó a la pelirroja, y la espada de Gryffindor para, sin más nada que los detuviese, comenzar su salida de la Cámara de los Secretos.

—¿Cuánto tiempo crees que dure esto? —inquirió Ginny, dubitativa—. ¿O nos quedaremos así para siempre…?

—No lo sé… —respondió Harry—. Si esto es permanente, tendremos que practicar. Digo, por alguna razón, esta «situación» no me parece particularmente desagradable, pero creo que vamos a necesitar el poder movernos independientemente, así sea sólo para ir al baño.

En ese instante, ambos se dieron cuenta de tres cosas muy importantes… Primero y principal, gracias a que compartían sentidos, iba a ser absoluta y totalmente imposible el no ver o sentir cuando el otro se estuviese bañando. Segundo, debido a que poseían las memorias del compañero, conocían perfectamente el cuerpo del otro. Tercero y más sorpresivo aún, no les parecía la gran cosa. Sí, era vergonzoso que un miembro de distinto sexo los viera en sus momentos privados, pero el daño ya estaba hecho, puesto que los recuerdos estaban ahí, a la espera de ser llamados. Además, no era como si pudiesen hacer algo al respecto. Puede que necesitasen concentrarse en las acciones propias para realizarlas semicorrectamente, pero eran conscientes de lo que el otro hacía y pensaba en todo momento. Era extraño, pero suponían que eso debía de ser parte de lo que sea que les estaba pasando.

La caminata hacia la zona derrumbada del túnel transcurrió sin ningún inconveniente. El par de jóvenes anduvo mayormente en silencio, lo cual no significaba que no hubo conversación, ya que, al compartir pensamientos, era prácticamente imposible no dialogar entre sí. Los únicos ruidos eran sus pasos, ocasionalmente el crujido de los huesos de algún animal muerto, y el aleteo de Fawkes, cuya presencia había sido olvidada tras el regreso a la consciencia de los chicos y la subsecuente adaptación a su nuevo estado. Ahora que la sorpresa inicial había desaparecido casi en su totalidad, Harry y Ginny empezaron a notar las sutiles diferencias entre la información proveniente de los sentidos del otro en comparación con los propios. Para empezar, la chica tenía mejor vista que el muchacho, sin importar que éste usase lentes; todo se veía más nítido. Por su parte, la agudeza del oído del azabache era más pronunciada —Ambos llegaron a la triste conclusión de que esto se debía, principalmente, a que Harry debió desarrollar la habilidad como un mecanismo de autodefensa durante su infancia—. El resto de los sentidos estaba más o menos a la par, aunque, considerando la situación en la cual se encontraban, no tenían manera de estar seguros.

—¿Cómo vamos a explicar esto? —preguntó Harry, nervioso—. Digo, no creo que la idea de que yo conozca todo sobre ti les guste mucho a tus padres o a tus hermanos…

—Em… Honestamente, no tengo idea. Podríamos ignorarlo simplemente, a menos, claro, que alguien lo pregunte, supongo. Ya si alguien trae a colación el tema, no hay por qué ahondar en los detalles.

—Es tu familia, Ginny. Si crees que eso es lo mejor, no voy a objetar —La chica le sonrió.

Los jóvenes continuaron su camino hacia la zona derrumbada del túnel. Luego de unos cuantos minutos, llegaron a su destino. Por lo que podían ver, Ron estaba terminando de despejar el pasadizo. Al ver a su hermana, el pelirrojo dejó caer el fragmento de piedra que tenía en las manos y se abalanzó sobre la chica.

—¡Ginny! ¡¿Estás bien?! ¡¿Te pasó algo?! —El muchacho abrazó fuertemente a su hermana. Tanto la víctima del apretón como el azabache gruñeron.

—Ron, déjala respirar —dijo Harry, tratando de respirar pese a que sus vías aéreas estaban despejadas.

«Bueno, por lo visto, vamos a experimentar los dolores o incomodidades del otro como si fuesen propios», pensó el muchacho de ojos verdes.

«Era de esperarse, considerando que compartimos el tacto», respondió la chica. «Uh… em…». Harry notó a donde estaban yendo los pensamientos de la joven.

«Oh, eso… Em… Tendré que prepararme mentalmente para...».

—¿Harry? ¿Ginny? ¿Les pasa algo? —La voz preocupada del pelirrojo interrumpió sus cavilaciones.

—Eh, sí, Ron, estamos bien… —respondió Harry, espabilándose.

—Algo extraño nos ocurrió allá atrás y no tenemos idea de qué es ni de por qué pasó. —explicó la menor de los Weasley—. No es nada malo, Ron —continuó la chica al ver que su hermano iba a preguntar algo—, o eso creemos.

—Le vamos a preguntar a Dumbledore cuando lo veamos —finalizó el azabache.

—Eh, está bien… —dijo el pelirrojo, desconcertado—. ¿De dónde sacaste esa espada, Harry?

—La saqué del Sombrero Seleccionador —respondió Harry, indicándolo con la cabeza—. Fawkes lo trajo. Te contamos la historia después, estamos cansados y no tenemos ganas de decirla dos veces —finalizó. Ron asintió.

—Sí, se ven terrible…

Luego de una discusión mayormente infructuosa con Lockhart, en la cual descubrieron que éste había perdido la memoria debido al encantamiento que le había salido por la culata al intentar usar la varita rota del pelirrojo, el grupo se dirigió a la salida del túnel. Cuando pasaron por la piel del basilisco, Harry le dio un apretón a la mano de Ginny al notar que ésta había empezado a temblar ligeramente. De hecho, si no fuese porque el azabache compartía sentidos con la joven, no se hubiese dado cuenta de la incomodidad de la chica. Al llegar a su destino, un problema asomó la cabeza para saludarlos.

—¿Cómo vamos a subir esta tubería? —inquirió Ron, frunciendo el ceño—. Digo, no podemos simplemente treparla, está demasiado resbaladiza e inclinada para eso… —En ese momento, Fawkes los sobrevoló mientras emitía un cántico suave y, al notar que había conseguido la atención del grupo, se posó en el hombro de Ginny y extendió el plumaje de su cola.

—Creo que quiere que lo tomemos de las plumas —dijo Harry.

—¿Tú también lo entendiste? —preguntó Ron, sorprendido—. No sabía que los fénix se comunicaban mentalmente con la gente.

—Qué pájaro más extraño tienes ahí, jovencita… —Antes de que Lockhart pudiese continuar con su comentario, el pelirrojo tomó la mano del profesor y la puso sobre el plumaje del ave, al mismo tiempo que él, su hermana y su mejor amigo hacían lo propio. Llamas cálidas los envolvieron. El ser transportados por medio de flamas era curioso; el fuego no los lastimaba, pero las caricias que proveía eran desconcertantemente suaves. ´No pasó más de un par de segundos antes de que apareciesen en la oficina de McGonagall, en la cual se encontraban Dumbledore, el señor y la señora Weasley, y la dueña de la habitación, los cuales se quedaron callados al ver el arribo de los, hasta hacía unos instantes, desaparecidos. El silencio se estiró por varios momentos, como si el más mínimo ruido fuese a hacer que ellos desapareciesen cual espejismos. Fue la profesora McGonagall quien, tras parpadear unas cuantas veces, rompió la silente quietud.

—Bueno, creo que nos deben una explicación… —dijo, fijando su mirada en Harry y Ron—. Además, quisiera saber por qué un profesor permitió que dos alumnos de segundo año lo acompañasen en, por lo que veo, fue una excursión peligrosa —añadió, fulminando con la mirada a Lockhart, quien estaba totalmente confundido debido a que le estuviesen reprochando algo de lo cual no tenía idea.

—Eh, profesora —comenzó el pelirrojo, dubitativo—, él perdió la memoria cuando el encantamiento que intentó usar con Harry y conmigo le salió por la culata.

Antes de que alguno de los jóvenes pudiera decir algo más, la señora Weasley salió del aparente estupor en el cual se encontraba inmersa y, sin aviso ni premeditación, se abalanzó sobre su hija para abrazarla con fiereza, haciendo que tanto la receptora del afecto como el azabache gruñeran ligeramente.

—¡Ginny! ¿Qué te pasó? ¿Estás bien? —El asalto de preguntas hubiese continuado si no fuese por la intervención de Dumbledore.

—Creo que deberíamos tomar asiento y dejar que los jóvenes nos expliquen lo sucedido —Tras esa declaración, el director conjuró sillas suficientes para acomodar a los recién llegados. Antes de sentarse, Harry y Ginny, aún agarrados de la mano, se dirigieron al escritorio de la oficina y depositaron el Sombrero Seleccionador, la espada de Gryffindor y el diario de Tom Ryddle, para, después, acomodarse en sillas aledañas—. Pueden empezar por donde más conveniente crean.

—Todo comenzó cuando escuchamos el anuncio de que Ginny había sido llevada a la cámara… —Así, Ron y Harry explicaron cómo supieron lo que el monstruo de Slytherin era, gracias a Hermione. Luego, relataron tanto la manera en la cual descubrieron dónde estaba la entrada a la Cámara de los Secretos, la confrontación con Lockhart en la cual aprendieron los orígenes deshonestos de las historias del profesor y el subsecuente descenso por el lavamanos en los aseos de Myrtle «la Llorona». Cuando llegaron al incidente con la varita rota del pelirrojo y el derrumbamiento parcial del túnel, Harry continuó con el recuento de lo ocurrido, desde el encuentro con el cuerpo inconsciente de la chica y la conversación con Tom Sorvolo Ryddle, hasta la batalla contra el basilisco, la destrucción del diario y la herida casi fatal del azabache, oportunamente curada por Fawkes.

—Aquí es cuando algo que no entendemos pasó… —dijo Harry, dirigiéndole una mirada rápida a la joven cuya mano seguía firmemente en la suya.

—Yo no me despertaba… —continuó Ginny.

—La palidez se fue, pero no se movía… Cuando me empecé a preocupar, Fawkes se comunicó, creo, y me dijo lo que tenía que hacer para despertarla. Al intentarlo por unos minutos, perdí la consciencia.

—Lo primero que recuerdo es ver las memorias de Harry, desde su infancia hasta la confrontación con Tom…

—Y yo vi sus memorias, también… Fue bastante extraño.

—Cuando nos despertamos, notamos que compartíamos sentidos y mentes. No se nos ocurre una mejor manera de describirlo… —Tras esta última declaración, un silencio incómodo cayó sobre la oficina. Por lo que podían discernir, la señora Weasley estaba pálida, el señor Weasley y Dumbledore parecían pensativos, McGonagall lucía asombrada, Ron más desconcertado no podía estar, y Lockhart no les estaba prestando atención; prefiriendo la observación de todo aquello que se encontraba en la habitación. Harry, al ver que nadie decía nada, decidió proseguir.

—Cuando nos intentamos mover, nos dimos cuenta de que tenemos que concentrarnos en lo que estamos haciendo para no marearnos, junto con que se nos hace más fácil cuando estamos en contacto físico.

—¿Sabes qué es esto, Albus? —inquirió la señora Weasley. El aludido frunció ligeramente el ceño, pensando.

—No he escuchado de nada hasta este nivel… Lo más parecido que hay, según tengo entendido, son los enlaces de alma… —respondió el profesor tras varios segundos—. Sin embargo, éstos solamente hacen que los enlazados puedan comunicarse mentalmente y que sepan si el otro está en peligro. Lamentablemente, este tipo de conexión es extremadamente raro y difícil de realizar, ya que la magia requerida es compleja y no muchos tienen el poder mágico como para realizar un enlace estable… —En ese momento, Fawkes emitió un cántico y, por la expresión de Dumbledore, le informó de algo referente al diario, puesto que dirigió la mirada al objeto—. Voy a analizar el artefacto que poseyó a la señorita Weasley para ver si éste tuvo algo que ver con lo que les está ocurriendo —añadió, volviendo a fijar su mirada en Harry y en Ginny. Cuando lo hizo, notó que la túnica del azabache estaba manchada por el mismo líquido viscoso que el diario.

—Albus, creo que deberíamos llevar a los jóvenes y al profesor Lockhart a la enfermería para que sean revisados y para que descansen —dijo McGonagall, interrumpiendo las cavilaciones del director.

—Tienes razón, Minerva. Madame Pomfrey debería echarles un vistazo.

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Notas del autor:

¡Hola, gente! Éste no es mi primer fanfic ni nada por el estilo. Es, sin embargo, el primero que decido publicar. La idea para esta historia viene del cliché de la parte anglosajona de la comunidad de fanfiction: «soul bond» 'enlace de alma' o 'vínculo de alma' y, más específicamente, de la posiblemente abandonada saga The Meaning of One de Sovran, disponible, en inglés, en SIYE. Ergo, la idea no es mía y no tomo crédito alguno por ella. A su vez, en el futuro, es posible que ciertas cosas que suelen suceder en este tipo de fic, pasen aquí, ya sea porque creo que es inevitable —Considerando la temática— o la idea es simplemente buena y la quiero aprovechar. En cualquier caso, las historias de las cuales pude haber tomado elementos están en mi lista de favoritos.

Por otro lado, más referente a la escritura, me trataré de apegar lo más posible a las convenciones del español, es decir: comillas angulares, rayas y demás. También quiero aclarar que hace bastante tiempo que no leo fanfics de Harry Potter en español, así que den por hecho que habrá discrepancias entre mi vocabulario y el de otros autores. Siéntanse libres de corregirme o darme sugerencias, que apreciadas serán.

PD: El separador lo tomé del primer capítulo de Saving the Savior de Epeefencer.

Publicado el 05/10/2017.