Capítulo XIII
Al día siguiente, Hanji llegó.
Inspeccioné el pórtico esperando hallar a Erwin detrás de ella. La dejé entrar después de no hallar rastro de rubio.
Hanji, una mujer de mi estatura, cabello café oscuro, muy parecido al mío, y gafas de montura plateada, era una persona más bien excéntrica y espontánea.
Rivaille casi nunca hablaba de ella puesto que sus puestos dentro de la comisaria eran muy distintos, ella laboratorista y él capitán; pero cuando lo hacía fruncía el ceño más de lo normal.
Al verla llegar era imposible no sonreír. Sus cabellos alborotados en una coleta y el fleco cayendo desenfadado sobre un rostro infantil, hacían que esta persona tan extraña te agradara casi inmediatamente.
Sin embargo, no sonreí.
Ella entendió en cuanto me miró a los ojos.
- ¿Qué tal Eren?
- Hola Hanji.
Nos saludamos escuetamente aún en el pórtico. Ella se veía ansiosa. La invité a entrar, no sin mirar sobre su hombro disimuladamente.
Como era de esperarse, se percató.
- Erwin no viene conmigo.
La seguí y me senté en el sillón individual exclusivo de mi padre, de cualquiera que quisiera tener un mejor ángulo del televisor. Apoyé mi rostro en un mi mano, colocada sobre el posa-brazos y la miré.
Ignoro qué clase de expresión tenía mi cara, porque en cuanto Hanji me miró a los ojos desvió la vista.
- Necesito un par de explicaciones Hanji...
Ella lanzó un suspiro y se reclinó, como si hubiera sido derrotada. Tenía ojeras profundas y su cabello lucía más enmarañado de lo usual. La ropa que llevaba era muy formal, aunque sobre la camisa blanca y el pantalón color arena llevaba una gabardina gris, larga arremangada a la altura de los codos.
- Lo sé.
Esto me hizo pensar que quizás se encontraba en servicio aún, entonces, ¿por qué visitarme?
De pronto, lo entendí.
Lo sabía.
También sabía que Hanji sufriría, pero no me permití tener piedad con ella.
No.
Ellos no habían tenido piedad conmigo, ¿por qué si no Rivaille estaba muerto?
Si por algún motivo ella me escondió algo juro por Dios que...
- Erwin me dijo que ahora vivías aquí –dijo. Arreglándoselas para sonar tranquila y compuesta, aunque sus ojos iban de aquí a allá, sin mirarme nunca.
- Así es. Quiero estar un tiempo con mis padres –respondí, tratando de atrapar sus ojos inquietos.
- Ya pasaron dos meses.
- No es tiempo suficiente –espeté.
Un silencio atroz se precipitó sobre nosotros, como si no hubiera más que hacer que hablar de estupideces.
- Hanji, si tienes algo que decir más te vale que lo digas ahora.
Ella sonrió queda, y se encorvó, apoyando los codos sobre sus rodillas. Reclinó su frente sobre sus dedos entrelazados y, mirando al suelo únicamente, comenzó a hablar.
- ¿Conoces a Petra Ral y a Ghunter Schultz?
Por un momento no supe qué decir. Asentí, sin embargo.
- Perfecto, porque lo que voy a contarte los involucra a ellos dos, y no quiero que te confundas- se levantó y cerró las persianas de las ventanas-. Cuando salgamos de aquí, tendrás que ir con ellos. Y solo con ellos, ¿de acuerdo?
Oh por Dios, un Deja vu de nuevo. Esta vez más fuerte que los demás. Me alcé cuan alto era y me acerqué a trompicones a ella.
- ¿De qué estás hablando? No puedo dejar solos a mis padres, ese infeliz los mataría.
- Ellos estarán bien, sólo necesito que me escuches un momento...
- ¡NO! –Espeté - ¡LA ÚLTIMA VEZ QUE ESCUCHÉ A ALGUIEN ESE ALGUIEN TERMINÓ MUERTO! –comencé a gritar desesperado, no quería lo mismo para Hanji, no quería ni siquiera eso para mí mismo incluso cuando lo hube querido no hacía tiempo atrás.
Mis padres... Mis padres eran lo único que me quedaba.
- Si pudiste salvarme antes, entonces, ¿Por qué no hiciste algo cuando pudiste? ¡Ni siquiera trataste de protegerme!
No tuve que ver su rostro para saber que la había herido, y ese hecho sólo me hizo enfurecer más. Ella no había tenido que pasar por todo lo que yo. No tenía derecho a esa expresión compungida ni a esas palabras mezquinas que pronunció después.
- Estas siendo muy injusto, ni siquiera has escuchado lo que tengo que decir.
- ¡Pues adelante! – Grité, lleno una furia familiar- Deberías hacerlo ahora ya que, de hecho, no importa.
- Yo envié a Erd y a Gunther.
Me quedé pasmado ante su respuesta, pero algo dentro mío lo esperaba.
- Y ahora están muertos, por tratar de protegerte. No digas que no lo intenté porque lo hice. ¿Por qué no escapaste cuando pudiste? Tenías medios suficientes. La enredadera y las ramas secas aún estaban en la pared, pudiste haber escapado incluso antes de que a Erwin se le ocurriera que podrías treparla –tomo algo de aliento y se frotó los ojos. Me miró una vez más -. Tú fuiste el único que no quiso salvarse a sí mismo.
- Es que... Es que yo...
Recordé cómo, en una fiebre suicida, decidí que lo mejor era quedarme y esperarlo. Quería matarlo a como diera lugar, incluso cuando eso pudiera costarme la vida.
Tartamudeé y me senté de nuevo en el sillón. Todo estaba sucediendo demasiado rápido y mi estómago y cordura, ambos con equilibrio roto y estabilidad precaria, no lo resistirían.
Quise vomitar y Hanji me guío al lavabo.
- Pero ¿sabes? –Escuché su voz apagada por sobre mis gemidos y llanto entrecortado – Entiendo. Y creo que en tu situación hubiera reaccionado igual.
Salimos a la sala y no me atreví a ver a Hanji a los ojos. Ella me tomó por las mejillas y las estiró hasta hacerme sonreír. Pude ver su rostro, cansino y expectante propio de una mujer a punto de alcanzar los treinta y cinco años. Me sonrió al darme unas palmadas en el rostro. Me ordenó que fuera por lo que quisiera llevar y que más me valía que fuera poco, aunque el viaje sería largo.
Después de una larga pasa, abrí la boca para preguntar:
- ¿Estas segura de que mis padres estarán bien?
- Uno de mis camaradas, Moblit, está hablando con ellos ahora mismo. Sólo estoy esperando informes.
Busqué sus ojos y titubeé al último momento. Miré al piso sin saber cómo disculparme.
- Hanji, yo...
- No importa.
Hanji me daba la espalda. Miraba, o analizaba, concienzudamente el exterior de la ventana. Los rayos de sol de las cinco de la tarde de un jueves de mediados de mes, que señalaban el final de otro día, se colaban por las persianas que Hanji hubo corrido hacía poco y el reflejo de sus anteojos brillaban y me hacía imposible ver la expresión de su rostro. No quería pensar en lo parecido que era el día de hoy al día en el que Erwin me anunció que Rivaille había muerto. Ni siquiera podía recordar con exactitud qué era lo que estaba haciendo en ese momento. Quizás alguna tarea sin sentido. Quizás si nunca le hubiera abierto la puerta...
Quizás si hubiera sido un poco más insistente aquella vez...
- Date prisa, Eren.
- S- Sí...
Subí las escaleras hacia mi habitación con incertidumbre, deseando que aquellos recuerdos desaparecieran algún día.
Preferiblemente, en este momento.
II
- Dime Eren, ¿recuerdas qué era lo que Erd y Ouro fueron a buscar a tu casa?
El viento entraba por la ventanilla del piloto del auto de Hanji. Un viejo Tsuru gris de finales de los noventas, no tenía placas y algo me dijo que eso era intencional. Por todo lo demás, el auto estaba en óptimas condiciones. Sólo sabía que era viejo ya que ella lo mencionó.
Al salir de casa no había ni una sola patrulla apostada al final o al principio de la calle; ni en el frente de la casa, siempre estorbando la entrada a la cochera, para el auto de papá. Ni siquiera hube visto aun solo policía.
- Sí –dije al cerrar la puerta del copiloto. Recordé cuando estuve sentado en aquella silla, rodeado de desconocidos, y aun así, creí lograr escuchar partes cruciales de su conversación-. Erd no quiso decírmelo, pero tomó un paquete de papeles del sótano. Lo guardó en su chaqueta justo antes de que saliéramos de esa casa. Y luego dijo que si quería saber más tendría que matarme.
- Ya veo.
Respondió in inmutarse. Hanji puso en marcha el vehículo. Salió a la avenida principal y detuvo la marcha en el semáforo. Esperé pacientemente a que hablara. Algo que me sacara un poco de las sombras y me ayudara a entender qué le había hecho al bastardo de Erwin y por qué todo esto me sucedía. A mí, que lo púnico que había hecho mal es, quizás, ser un poco estúpido y un mucho sensible.
Una de las facetas que más me molestaba de mí mismo era la facilidad que tenía para llorar. No hacía falta que se me dijera o hiciera gran cosa. Uno podía simplemente insultar a mi madre y me echaría a llorar... Claro, antes de arrancarle una disculpa a ese alguien a puñetazos.
Un amigo de mis padres llamado Hannes se reía al verme con los puños cerrados y la cara con manchas de barro en los parques de la ciudad cuando apenas tenía diez años de edad. Se burlaba de mi ira precoz y de mi "poca tolerancia a los estúpidos", como lo llamaba él. Le decía a mi madre que no se estresara por mí, que era una etapa y que pasaría tarde o temprano.
Está de más saber que no fue así.
Con los años, mi enojo solo creció y creció. Me metía en peleas en todas partes y los pocos amigos que conservaba se movían a hurtadillas a mí alrededor, tratando de todas las maneras posibles evitar encender mi poca mecha. Pero todo paró cuando ese alguien apareció en mi vida... Y me enseñó todo lo que sé acerca de la paciencia.
Levi, escondido en el enigma de su existencia, llevaba a cuestas un pasado y un presente que siempre evitó compartir conmigo. Sin embargo, de alguna manera, me sentía unido a él.
Siempre unido a mí.
Si había tenido un mal día lo notaba casi inmediatamente. Nos sentábamos en el sillón de la sala a hablar, o cuando estaba muy cansado, nos tirábamos en el colchón mullido de nuestra cama y charlábamos en la oscuridad. Concentrándonos solamente en la respiración apacible del otro.
Nada en el mundo era más tranquilizante que su mano sobre mi cabeza, acariciando levemente los cabellos que caían perezosos sobre mi frente mientras le relataba aquello que me había sacado de mis casillas, entristecido o simplemente, lo ocurrido durante el día.
Me concentré de nueva cuenta en el presente. Quizás cuando todo esto termine, si es que termina, tendré tiempo de ahogarme en recuerdos, y la esencia cada vez más vaga de Rivaille. Ahora no había tiempo para eso.
Miré fuera de la ventana y la carretera se extendía infinita frente a nosotros.
- ¿A dónde vamos, Hanji? –cuestioné, aunque ya lo sabía.
- Vamos a tu casa.
Siguió conduciendo y pensé en lo estúpido de la situación. En menos de seis meses me he mudado tres veces. Y en ninguna casa he durado más de seis meses. Nunca creí que las cosas darían este giro cuando aquél día, le abrí la puerta a Erwin.
¿Qué estaría haciendo en estos momentos?
Ahora que lo pensaba, ya lo había conocido hacía un tiempo atrás.
Levi invitó a Erwin a cenar a su departamento y sucedió que yo también estaba ahí.
Mi presencia en su departamento era casi obligatoria debido a que, bueno, estábamos saliendo o algo así.
Recuerdo que el ambiente era algo tenso y nunca supe muy bien el por qué. Solo sabía que Rivaille rodeaba mi cintura con su brazo de forma protectora, mientras Erwin nos lanzaba miradas inquisidoras. Directamente a mí, para ser precisos.
-Hanji, estoy cansado.
- Duerme –una pausa, cambio de velocidades y de nuevo en marcha-. Te despertaré cuando lleguemos ahí.
La miré largamente. Su cabello lacio amarrado a pena en una coleta, grasoso y desmarañad, junto a sus ojeras pronunciada y tez pálida me decían que ella también estaba exhausta.
Aun así, me permití ser egoísta por una vez. Me arrebujé lo mejor que pude en el asiento del copiloto, soltándome el cinturón de seguridad. Cerré los ojos, reclinando mi peso sobre la puerta y dormité.
Cuando desperté, Hanji no se encontraba en el auto.
Solo estaba Erwin Smith y yo.
III
- ¿Es tu pequeño novio una molestia?
Levanté la mirada del periódico tan rápidamente que las vértebras uno, dos, tres y cuatro crujieron escandalosamente.
Erwin se hallaba sentado en el sillón de la sala de mi pequeño y modesto departamento. Entró usando la llave de repuesto y el único aviso de su visita fue un mensaje de texto que no respondí. Hablábamos de cosas triviales como el clima y qué maestro era más estúpido cuando, sin avisar, había decidido cambiar de tema.
Suspiré, puesto que sabía a qué se refería.
- No hables así de Eren
- ¿Por qué? ¿No dijiste que era sexo fácil? Es decir, él entra a tu casa con sus propios pies, y paga el taxi de regreso a su casa con su propio dinero, me parece que lo tienes demasiado fácil esta vez...
- Largo de mi casa.
Esas palabras dejaron mi boca incluso antes de que me diera cuenta. Yo sabía el por qué Erwin me fastidiaban tan hondamente.
Era verdad
Todo lo que Erwin decía era verdad.
Hacía poco más de un mes que no tenía sexo con él, y honestamente era porque no quería. Sin embargo, no había tocado ni un solo cabello de Eren y aun así me sentía satisfecho.
No necesitaba ningún tipo de satisfacción
Erwin se levantó de su asiento. Rodeó el sillón en el que estuvo sentado menos de treinta minutos, y salió por la puerta. No sin antes decir algo más.
- No durará.
Y temí que fuera cierto.
Dos horas después, pasadas las nueve de la noche, el timbre de mi puerta sonó.
Era Eren, traía una mochila abultada y los ojos brillantes llenos de expectativas.
- Es tarde –espeté, sin intenciones de dejar que se fuera. Me sentía cansado y mucho muy viejo para estar sin él.
- Lo sé. Deberías dejarme quedar a dormir.
Respondió tan lacónicamente que sonreí, me hice a un lado sin deja de mirar sus ojos verdes que me prometían más momentos felices que amargos.
- Pasa.
Me hice a un lado y Eren entró.
Esa noche hicimos el amor por primera vez.
Gracias por leer y por su paciencia. A los que siguen mi página de fb (mayuques) les aviso que subiré un cómic de mi autoría basado en snk (un doujinshi, pues. Pero como es América, lo llaman fanzine :3) Subo avaNces e ilustraciones, por si quieren darse una vuelta.
Por si gustan checar mis otros trabajos, minicomics e ilustración, también está mi tumblr (maboku) donde subo avances y fotos del desarrollo del dou/fanzine.
¡GRACIAS DE NUEVO POR LEER!