Capítulo 1

—Tengo treinta y dos años y estoy harto de que me persigan como uno de los solteros disponibles de Sydney —dijo Emmett McCarty, millonario propietario de Sistemas de Seguridad McCarty, mientras se recostaba en el asiento de su escritorio, cruzándose de brazos.

Su mirada era aguda, directa, controlada y con un leve toque de irritación que Rosalie no habría apreciado si no hubiera llegado a conocer tan bien esa enigmática cara durante los últimos seis meses.

—Entiendo que eso pueda resultar bastante agobiante al cabo de un tiempo —dijo Rosalie—. Todas esas mujeres saliendo de detrás de las plantas para acosarte, diciendo que quieren un hijo tuyo, y todo por tu dinero. No quiero decir que tú no tengas tu atractivo por ti mismo.

Se alisó la falda y deseó que el pulso que sentía en su garganta no fuera visible bajo su blusa.

Él era atractivo, de acuerdo. Más de lo que, en su opinión, era justo y razonable. Con su pelo oscuro, su piel bronceada y sus interesantes rasgos, que se mezclaban a la perfección con su voz aterciopelada. Incluso olía bien, de una manera que hacía que Rosalie deseara hundir la cara en él y aspirar su aroma durante un siglo o tres.

Ese pensamiento le produjo un familiar vuelco en el pecho, justo donde se encontraba su corazón.

—No es que haya habido hordas de mujeres escondidas tras las plantas —dijo él con una sonrisa—, pero ya he tenido mi ración de atención no deseada. Y, al contrario de lo que los medios parecen creer, no disfruto viendo mi nombre en todas las listas de los diez solteros más deseables. Francamente, es una molestia sin la que podría vivir.

—Sobre todo si te instalas en esa nueva etapa de tu vida más centrada y sosegada que quieres.

Rosalie esperaba sonar inteligente, comprensiva. Cualquier cosa menos completamente ajena al objetivo que él pretendía alcanzar con esa conversación.

Dejando a un lado todos los sentimientos que despertaba en ella, luchó por ignorar el modo en que su camisa se ajustaba a su pecho musculoso. Lo cual, probablemente, la situaba en la misma categoría que todas esas mujeres que se escondían tras las plantas.

Para tener unos músculos así tendría que trabajar en el gimnasio regularmente. Se lo imaginó sudando, haciendo pesas en algún gimnasio de moda de la ciudad, y tuvo que reprimir un gemido.

—¿Planeas anunciar a la prensa un gran cambio de vida para que te dejen en paz? Algunos actores se interesan por las religiones budistas durante un tiempo. Algo como eso seguro que supone un disuasivo, dado que te apartará del mercado para cualquier posible relación.

—Es una opción interesante —dijo él, y la mirada que le dirigió hizo parecer que pensaba que Rosalie tenía piedras en la cabeza—. He de confesar que no había considerado el entrar en ningún tipo de sacerdocio para solucionar estos acontecimientos, pero gracias por la idea.

—La verdad es que no puedo imaginarte de celibato —dijo Rosalie, y entonces se preguntó por qué no mantendría la boca cerrada. Los encaprichamientos producían eso en las personas. Les hacían decir cosas que normalmente no dirían.

En cualquier caso, no tenía sentido tener ese encaprichamiento. Él no era su tipo, y desde luego no estaría interesado en ella. Los jefes millonarios no se interesaban por las advenedizas de la oficina. No en el mundo real. No importaba lo ensimismadas que pudieran estar esas advenedizas con su jefe. ¿Pero qué había hecho que Emmett hablara de sus cosas personales en esa mañana de enero, en su despacho que daba al puerto de Sydney? Su vida personal había sido el tema estrella durante los últimos cinco minutos. Planes, aspiraciones, intenciones. Todo privado, nada que ver con los negocios.

Hacía que Rosalie se sintiera incómoda. ¿Qué tenía ella que ver con su «asentamiento y su nueva etapa en la vida»?

—¿Realmente estás en todas las listas?

—En todas. Aparentemente nadie puede imaginarme siendo feliz estando solo.

—Supongo que debe de ser un halago estar en todas las listas de solteros. Las mujeres que leen esas listas querrían… —«pasar horas y horas haciendo el amor contigo»— llegar a conocerte mejor, seguro. Si tuvieran la oportunidad. Ya sabes, mujeres agradables. Las que no se esconden detrás de las plantas.

«Rosalie Hale, cállate», pensó ella. «Antes de que acabes metida hasta el cuello en este asunto».

—Quizá tengas razón —dijo él con esa sonrisa asesina suya que la volvía loca—. No puedo decir que haya pensado mucho en ello.

—Oh, no. Supongo que no.

—Tú y yo hemos trabajado muy de cerca durante los últimos seis meses, desde que te trasladaron aquí para sustituir a mi ayudante personal.

—Me lo he pasado bien —dijo ella. Aquel cambio de tema era desconcertante. Rezaba para que no fuese a decirle que ya no la necesitaba. No podría soportar la idea de no verlo cada día, de no hablar con él, de no reír con él—. Es un trabajo genial. Valoro la oportunidad que se me brinda de involucrarme en la compañía a este nivel.

—Y la verdad es que tu empresa hizo muy bien en recomendarte para el puesto. Lo has hecho perfectamente —dijo él, y sacó un archivo del cajón de su escritorio para echarle una ojeada antes de dejarlo caer sobre la mesa.

Rosalie vio que se trataba de su archivo personal y su corazón se aceleró. Iba a mandarla de vuelta a su antiguo trabajo. ¿Por qué?

—De hecho no has hecho nada malo desde que comenzaste tu trabajo hace tres años y medio. Tu archivo es impecable.

—Gracias —dijo ella—. Lo hago lo mejor que puedo.

—He llegado a conocerte, Rosalie. Eres honesta, directa, y se puede confiar en ti.

Ante eso, Rosalie se sintió en desacuerdo. Había trabajado duro, y había sido completamente transparente en todos los aspectos. Pero se preguntaba qué pensaría él si supiera que estaba escondiendo secretos ante la ley y, además, pagando a un chantajista.

—Trato de hacer mi trabajo lo mejor que puedo. Estoy comprometida con McCarty's.

—Y yo estoy comprometido con los planes que tengo para el futuro, Rosalie. Quiero que lo tengas claro.

—Claro. Sí.

—He dicho que quiero cambiar de vida. Lo del soltero de oro es un tema aparte —dijo él, despreciando a cientos, probablemente miles de mujeres—. Lo que me importa es asentar mi futuro como quiero que se asiente. En resumen, mi plan es el matrimonio. Casarme con una mujer apropiada, de mi elección.

—¿Matrimonio? —dijo ella. De todas las opciones, ésa era la última que se le había ocurrido—. Estoy segura de que el matrimonio te resultará muy útil si lo que quieres es asentar tu vida.

Según asimiló la idea, un sentimiento de celos y posesión surgió violentamente de su interior. No quería que se casara. No quería ver a cualquier mujer colgada de su brazo a todas horas. Ya era suficientemente horrible que ella no pudiera tenerlo. Ya lo sabía. ¿Pero acaso tenía que restregárselo por la cara?

De pronto lo supo. Sólo podía haber una razón para que le estuviera contando todo eso. Debía de querer que ella lo ayudara a hacer que ocurriera. Había resaltado su eficiencia y demás cualidades, así que sería lamedor para eso también.

Hombre maldito. ¿Cuánto se suponía que debía aguantar una ayudante temporal con un estúpido cuelgue? Al parecer, mucho.

Levantó su libreta, agarró el lápiz con fuerza y dijo:

—¿Qué tipo de ayuda puedo proporcionarte? ¿Tienes ya a alguna mujer en mente? ¿O quieres que te redacte una lista de posibles candidatas? Se me ocurren algunos nombres, y podría revisar las columnas de sociedad para buscar más.

«¿Quieres ver radiografías de sus dientes? ¿Las medidas de sus caderas? ¿Quieres oír su opinión sobre la cirugía estética y liposucción para posibles futuras referencias? Puedo conseguir todo eso y mucho más». Quizá si se mantenía frívola no le entrarían ganas de llorar.

—¿Qué atributos en particular estás buscando?

—No —dijo él—. Deja que te explique el resto.

Hizo una pausa. En cualquier otra persona Rosalie habría pensado que era vulnerabilidad lo que veía en esos ojos color avellana. ¿Pero Emmett McCarty? ¿Vulnerable? La idea era absurda. Él no sufriría de ese tipo de ataques. No lo permitiría.

—El tema es —prosiguió Emmett—, que no creo en el romance. He observado muchas relaciones y he visto lo que ocurre cuando la gente cree que está enamorada. Sus personalidades se alteran. Van de lo sensato a lo irracional, al parecer, de la noche a la mañana.

—Ya veo —más allá de esas dos palabras, Rosalie no supo qué más decir.

—Sí —dijo él cruzando los dedos sobre su archivo. Aquel gesto pareció incluso posesivo, pero Rosalie desechó esa idea tan pronto como apareció. Estaba fantaseando. Cómo despreciaría eso su jefe.

—Cuando las personas creen que están enamoradas —continuó Rosalie—, cualquier pensamiento cuerdo desaparece. Las cosas sencillas se convierten en las más complicadas sobre el planeta. Si la pareja se despierta gruñona una mañana, ya se preocupan de que sea el final de la relación. Mienten porque tienen miedo de que la otra persona se desenamore si son demasiado sinceros.

A Rosalie le dio un vuelco el corazón antes de darse cuenta de que aquello no iba de ella. En cualquier caso ella no era una mentirosa.

—Bien. Veo que obviamente no quieres ese tipo de complicaciones en tu vida —dijo ella, con la esperanza de que su tono no delatara lo sorprendida que estaba ante su actitud.

—Correcto. Lo que quiero es una mujer sensata que no se deje llevar por los absurdos altibajos sentimentales. Alguien a quien sea capaz de tolerar a mi lado durante décadas. Una mujer que respete, como yo, que el concepto de estar enamorado es una ilusión.

—Tolerar. Sí, bien. Nada de estar enamorada —dijo ella. Ése se parecía más al hombre para el que trabajaba. El toque de vulnerabilidad había desaparecido. Escribió las palabras: debe ser capaz de tolerar a un marido que no la quiera.

Haciendo un esfuerzo, se contuvo de hacer mención alguna a la liposucción o a los dientes. Entonces, con una seguridad nacida de una esperanza ciega, añadió:

—Encontraremos a alguien apropiada para ti. No te preocupes.

—Ya he encontrado a una.

«¿Quién es? Le cortaré el cuello». Rosalie apretó el lápiz con fuerza, rasgando la hoja de papel de la libreta. Levantó la mirada y fingió una expresión de calma que no sentía.

—¿De verdad?

—Sí —dijo él con aire complaciente—. Como sabes, Rosalie, estoy muy satisfecho con tu trabajo.

Ya estaba otra vez con lo mismo.

—Lo aprecio mucho.

—Hemos puesto a prueba nuestra habilidad para llevarnos bien. A veces no hemos estado de acuerdo en algunos temas, soluciones a determinados problemas, maneras de actuar en algunos asuntos.

—Es cierto. Pero siempre hemos encontrado el modo de solucionar las cosas.

—Exacto. A veces he sido seco contigo. Otras veces te habrás sentido frustrada conmigo. Pero hemos superado las crisis, las fechas tope, los días en los que todo salía mal. Lo hemos llevado bien porque los dos somos personas directas y, sobre todo, porque ninguno de los dos hemos mezclado nuestras emociones con los aspectos laborales. Admiro eso en ti, Rosalie.

—¿Ah, sí?

—Tienes la cabeza fría —dijo él asintiendo con la cabeza—. Miras las cosas de manera sensata. Los temas de negocios se basan en la sensatez y en criterios ajenos a los sentimientos, al igual que el matrimonio que tengo en mente.

—Me… alegra que pienses así —dijo ella. «Me alucina que pienses así, que tengas una visión tan cínica del amor, que creas que las personas se devalúan de algún modo cuando permiten que sus emociones entren en juego»—. Estoy segura de que te sentirás muy cómodo con el tipo de relación que tienes en mente —«con cualquier pobre mujer que creas que encaja con tus criterios».

—Entonces quizá sea mejor que te diga a quién tengo en mente.

—Por favor.

—Tú, Rosalie, resulta que eres la mujer en la que había pensado para llenar ese hueco en mi vida.

Las palabras atravesaron sus tímpanos, con la salvedad de que su cerebro sólo las absorbió hasta cierto grado. Lo único que sabía era que él quería casarse y que ya había elegido a la mujer. No tenía necesidad de mencionarle todo aquello a ella, rompiéndole el corazón en mil pedazos.

Una chispa de furia se encendió en su interior. ¿Y qué? A ella ni siquiera le importaba.

—Seguro que eso sería exactamente… ¿Qué?

¿Acaso tenía cera en los oídos? Era la única explicación para haberlo entendido mal.

—Perdón, pero creí que acababas de decir…

—Lo he dicho —dijo él inclinando la cabeza para mirarla de arriba abajo a través del mechón de pelo negro que cubría su frente, mientras esperaba a que ella dijera algo.

Y lo dijo. Y tuvo que hacer un esfuerzo para evitar que su mano alcanzara aquel mechón para colocárselo en su sitio de nuevo. Le había pedido que se casara con ella.

¡Qué maravilloso! Casarse con el jefe, el hombre de sus sueños. Su estómago dio un salto mortal. El pánico cobró vida en algún lugar de su cerebro y amenazó con devastar todos sus sistemas. No comprendía nada.

—Bien. Ya veo. Crees que yo sería la mejor opción para el puesto de señora de Emmett McCarty Cullen, ahora que has decidido que debería haber una, ¿no? Una señora McCarty, quiero decir.

Incluso mientras hablaba, esperaba que él se riera y le dijera que se trataba de una broma o algo así. Pero no se rio. Su jefe realmente acababa de pedirle que se casara con él.

Trató de ordenar sus pensamientos. Tenía que haber un modo de comprender eso. De hacer que tuviera sentido. Él quería casarse con ella. De repente. Sin ninguna señal previa. Era fantástico, increíble, terrorífico.

—¿Por qué?

—¿Por qué tú, Rosalie?

Sí. De todas las mujeres a las que podía habérselo pedido, ¿por qué pedírselo a ella? Rosalie se limitó a asentir con la cabeza.

—He llegado a conocerte y me he dado cuenta del trofeo que podrías ser. Te quiero a mi lado.

—Ya veo. Un premio. Sin sentimientos, claro —dijo ella.

Era cierto que tenía un cerebro como una computadora, pero ésa era una pequeña e insignificante parte de ella. También era emotiva, cariñosa, sentimental. Menuda manera que había tenido él de describirla.

—También eres encantadora, y capaz de enfrentarte a cualquier tarea de anfitriona que se ponga en tu camino.

—Gracias —dijo Rosalie tratando de mantener el sarcasmo oculto. Pero había algo insultante en aquella afirmación sobre su carácter. En el hecho de que aquel hombre pensara que a ella le encantaría que la vieran como una especie de esposa y muñeca que estaría a su lado sin hacer ruido.

—Tendrías todo lo que desearas, claro, dentro de lo razonable. Siendo mi esposa disfrutarías de un estilo de vida adinerado.

Todos esos millones ofrecidos así, sin más. ¿Acaso no tenía idea de lo que estaba ofreciendo? Ella no era avariciosa, pero él no podía saber eso. No podía saber lo desesperada que estaba en el asunto del dinero en ese momento.

Sin embargo nada era lo suficientemente valioso como para sacrificar sus ideales sobre el amor y el matrimonio. Ni siquiera el modo más conveniente para solucionar sus problemas de dinero. Claro, que no iba a aprovechar para ganar dinero casándose con él. Además, sus esfuerzos para salir de esa situación estaban dando sus frutos. Lo estaba consiguiendo. Lentamente.

—No sé qué decir —o quizá no sabía cómo decirlo, o si habría consecuencias al decirlo. ¿Cómo reaccionaría si lo decepcionaba? Era la opción más sensata. A pesar de todo, su corazón protestaba, pero reprimió esa reacción.

—¿No lo sabes Rosalie? Creo que dirás que sí —dijo él antes de apartar la mirada de ella—. Es una oferta válida. Una que creo que comprenderás y apreciarás.

—¿Crees que diré que sí?

Una parte de ella se sentía tentada. La parte que seguía sintiéndose atraída por él, contra todo pronóstico. Pero persistía un hecho irrefutable. Un hecho que resultaba ser importante para ella. Emmett no la amaba.

Rosalie levantó la barbilla en actitud desafiante. Ella tampoco lo amaba. O quizá un poco… pero no. Realmente no lo amaba. En absoluto. Se sentía atraída hacia él, pero eso no era lo mismo.

—Teóricamente —dijo ella mientras dejaba la libreta y el lápiz sobre el escritorio—, si dijera que no, ¿qué ocurriría?

—Examinando todas las posibilidades, ¿verdad, Rosalie? Nunca puedes reprimir esa cabeza.

—No, la verdad es que no. Es intrínseco a mi naturaleza.

Ella siempre había sido la pensadora, la que se preocupaba por las consecuencias, mientras que Alice vivía la vida al límite, sin importarle nada.

Las hermanas tiza y queso, solían llamarlas sus padres. Alice seguía viviendo la vida sin red de seguridad. Y Rosalie aún se preocupaba y se enfrentaba a las consecuencias.

De ahí la absurda decisión de Alice de «tomar dinero prestado» de su jefe para crearse un estilo de vida de altos vuelos que creía que impresionaría al hombre con el que quería casarse.

Pero Alice había perdido el control sobre el «préstamo». Había logrado engañar al senador Jasper Whirtlock finalmente, pero un mes antes de que se celebrara la boda, el hombre para el que ella había estado trabajando descubrió lo que había hecho y pensó que sería la oportunidad perfecta para chantajearla.

O le pagaba cantidades de dinero que superaban con creces lo que ella había robado, o revelaría la situación no sólo a la policía, sino también a la prensa. Alice iría a la cárcel por malversación y, como estaba a punto de casarse con ella, la carrera del senador se hundiría hasta un punto del que probablemente no podría salir.

Alice había ido llorando a su hermana, claro. Confesando todo y rogando ayuda. Eso había sido hacía más de un año, y Rosalie aún seguía ingeniándoselas para salir del lío, con un pago final que tendría lugar en tres meses.

No le gustaba que Alice le hubiera ocultado la verdad a Jasper, al igual que no le gustaba que su hermana hubiera depositado toda la responsabilidad financiera en ella. Pero ya era demasiado tarde. No había vuelta atrás.

—Si declinaras mi oferta de matrimonio, volverías a tu antiguo trabajo de oficina —dijo Emmett, llevándola de vuelta a la realidad—. Tras la discusión de hoy, preferiría seguir trabajando con alguien que sea menos consciente, por así decirlo, de mis aspiraciones personales. Claro, que no espero una respuesta negativa.

¿Qué se suponía que debía hacer ella? «Podrás arreglarlo, Rosalie. Siempre sabes lo que has de hacer». Las palabras de Alice retumbaban en su cabeza.

—¿Por qué mandarme de vuelta al antiguo trabajo si digo que no? Supondría un recorte de ingresos importante para mí. No me parece justo.

Ahora que tenía sus sentimientos un poco más bajo control, le frustraba el hecho de estar intentando ser noble, pues no tenía ni un ápice de mercenaria en su cuerpo. Y ahí estaba Emmett, amenazando con retirarle la nómina si no se casaba con él.

Como ayudante administrativa del jefe, ganaba cinco veces su salario normal, y necesitaba cada centavo.

—Jane no regresará hasta dentro de bastante tiempo.

—Lo sé —dijo él—. Igual que tú sabes que este puesto nunca ha estado garantizado. Podrías encontrarte de vuelta en tu antiguo empleo en cualquier momento, por cualquier razón, o por ninguna razón, si yo decidiera que quiero hacer un cambio —añadió, y se echó hacia delante con un respingo—. Vayamos al grano. ¿Cuál es tu respuesta?

¿Acaso tenía opción? Sería una locura aceptar, pero ¿cómo iba a decir que no? Necesitaba el dinero extra.

—Lo que has descrito —dijo ella—, no suena como un tipo de relación muy confortable.

—Oh —dijo él con una chispa en los ojos—. Creo que ambos estaríamos perfectamente confortables.

Aquella afirmación la dejó sin aliento. Ella reaccionó sintiendo una ola de calor por todo el cuerpo. Puede que hubiera conseguido dominar sus emociones, pero sus hormonas parecían más difíciles de controlar.

—Nunca me di cuenta de que… —se detuvo, y la sensación de pánico fue aún mayor.

Las cosas comenzaban a escapar de su control. Era como si se hubiera subido por accidente a una montaña rusa en lo alto de un edificio y el aire amenazara con tirarla.

—No tenías por qué darte cuenta —dijo él posando las manos sobre el escritorio. Unas manos grandes y fuertes que jamás la habían tocado, a excepción de unos leves roces al entregarle informes.

Unas manos qué, si se casaba con él, recorrerían su cuerpo como tantas veces ella había imaginado.

—Habría sido un error hacértelo saber antes de que yo hubiera tomado la decisión de casarme contigo.

—Lo comprendo. Supongo que hay que ser precavido en este punto —dijo ella, casi sin saber lo que estaba diciendo, pero ella también tenía que ser precavida si pretendía encontrar una solución que no acabara en desastre.

Eso suponía que tenía que superar el pánico, hacer que su corazón dejase de golpear con fuerza en el pecho y que sus sentidos dejasen de dar vueltas como locos.

—Me has pillado por sorpresa con todo esto.

Incapaz de mira esa cara enigmática un minuto más, se levantó de la silla y se acercó al ventanal que daba a la bahía. El mar en el puerto de Sydney parecía calmado.

En contraste, Rosalie era un manojo de nervios en ese momento. Nervios, estrés y desilusión.

—¿Realmente no deseas amor? ¿Una unión de corazones además de mentes? —preguntó dándole la espalda, dirigiendo las palabras al reflejo de Emmett en el cristal—. ¿No crees que a veces pueda ocurrir? ¿Al menos a algunas personas?

—No. El amor, el tipo de amor al que te refieres, no es más que una ilusión. La gente quiere creer en un ideal de cuento de hadas, creer que un sentimiento transitorio puede mantener a salvo el matrimonio. En realidad, los matrimonios sobreviven o no, dependiendo del nivel de determinación de la pareja para conseguirlo, y sobre todo, de su conveniencia.

—Qué triste —dijo ella en voz baja, y luego se giró hacia él, buscando la razón para un punto de vista tan implacable—. Tus padres están divorciados, ¿verdad? ¿Es por eso que…?

—No pienses que tuve una niñez desastrosa, Rosalie. No es verdad. Sí, mis padres son la prueba de que lo que digo es verdad, pero yo habría llegado a la misma conclusión por mí mismo. Dadas las estadísticas de divorcios, es la única cosa lógica que se puede pensar.

—¿Y la lógica lo es todo? —dijo sorprendida. ¿Es que se había dejado llevar tanto por la racionalidad que ya no veía el lado emotivo de la vida? Ella no quería creer eso. Tenía que haber un hombre con sentimientos ahí dentro.

¿Esperando a ser rescatado por el amor de una mujer? ¿El amor de Rosalie? Tenía que estar loca para intentarlo. Doblemente loca para intentarlo en esas circunstancias.

—Eso es —dijo él—. La compatibilidad es lo que cuenta. Si dos personas pueden trabajar juntas en pos de los mismos objetivos, eso las convierte en un equipo fuerte. Nosotros tendremos eso, Rosalie, y seremos felices. Estoy seguro de eso.

—Felices —dijo ella. Pero el amor podía existir. Él se equivocaba. Rosalie buscó su cara aristocrática, se enderezó y se obligó a sí misma a aceptar los dictados del destino y de su situación.

Nunca llegarían a casarse, se aseguraría de eso, pero tendría que aceptar la idea de momento. Tomó aliento y trató de que no le temblara la voz.

—Acepto tu propuesta.