El tren es un gusano negro deslizandose por la inmensa alfombra amarillenta del desierto. De a ratos su chimenea suelta un negro penacho de humo. Viene de la gran ciudad y su meta final es el viejo oest. Y sus ruedas enloquecidas encienden chispas sobre las vias.
El viaje ha sido largo, demoledor. Pero los hombres en los vagones parecen no sentir el cansancio.
El tren cabecea sobre los rieles mientras el ardiente viento del desierto se cuela por las ventanillas con sus cortantes filos de arenisca latigueando en el rostro impertérrito de un joven de atleticas proporciones, ojos frios y helados como tempranos.
Iba en uno de los asientos del cuarto vagon, junto a la ventana. A su alrededor solo hombres se alzaban en cada asiento, incluso a su lado. Muchos tenian ropas normales, otras harapientas… Todos dejaban el pasado atrás y se encaminaban hacia un futuro incierto de muerte y sangre.
Y es que en 1910 el viejo oeste era la tierra de las oportunidades.
El muchacho proveniente de España se detuvo en el centro de la estacion atontado por el calor, el interminable viaje y por el cansancio. Habia hecho la ultima parte del mismo entre California y New Austin y a su alrededor el calor del oeste pesaba como una atmosfera de plomo.
La pequeña penumbra que confeccionaba su sombrero sobre su cabeza le daba una vision periferica del pequeño pueblo en donde se encontraba en aquellos momentos, ya que la sombra impedia que la luz ciegue su vista.
Comenzo a caminar lentamente, a sabiendas de su objetivo. Con cada paso que da suena un peculiar ritmo metalico. Se debe a las pequeñas espuelas que lleva en la parte trasera de sus botas. Otro de los adornos en su confección es una bandolera cruzando su pecho con municiones del rifle que lleva colgado en su espalda. Sus manos estan cubiertas por unos guantes negros grisaceos ya gastados por el paso del tiempo y lleva una funda en el costado derecho de su cintura con su revolver.
Llegó finalmente a la taberna del pueblo y abrio con ambas manos la pequeña puerta que se agito tras de si al pasar. Dentro habia muchos hombres sentados en mesas, jugando a cartas, bebiendo en compañía de doncellas y un habilidoso pianista tocando una canción atípica.
Giró su cabeza entre la muchedumbre, intentando localizar a alguien hasta que una voz lo guío:
—Señor Cid. ¡Señor Cid! ¡Aquí!
El español observo a un hombre pisando los cuarenta años, lucia un aspecto desaliñado y sucio. Estaba en un sillon bebiendo algo entre las tetas de una mujer.
El Cid rodeo una de las mesas y se acerco lentamente hacia el susodicho. El cuarenton se incorporo de su asiento y empujo a la mujer que lo insulto antes de retirarse.
—Usted debe ser El Cid.
—A veces.
—Soy Jake. Tus amigos de California me contrataron para guiarlo.
—No son amigos mios, pero es un placer, Jake.
—Ya he ensillado y preparado a los caballos. —eructó y con un ademan del brazo señalo la puerta.
Ambos salieron de la taberna y los recibio el ultimo sol del dia, estaba atardeciendo y si hubiera sido en otra instancia, El Cid realmente hubiera disfrutado semejante espectaculo. El sol se escondia en la lejania, entre las montañas.
Subieron a los caballos. El de Jake marron y el de Cid Blanco y negro. Espolearon y Jake marcó el camino yendo unos centímetros mas adelantado. Poco a poco se alejaron del pueblo.
—¿Entonces quiere ir a Fort Old?
—Asi es.
—Hace tiempo que no llevo a nadie al fuerte. Si me permite el comentario, creo que es un destino raro para alguien decente como usted.
—¿Quién ha dicho que yo lo sea?
—Lleva años abandonado, creo que lo habian construido en la guerra contra Mexico. Albergaba todo tipo de soldados. —escupió a un costado y espoleó mas fuerte el caballo. Cid hizo lo mismo para seguirle el paso.
—¿Por qué se fueron?
—No estoy seguro. He oido que fueron al norte a luchar contra los indios… o algo asi.
Se quedaron un rato en silencio mientras cabalgaban. Jake quiso romper el silencio incomodo.
—¿Qué va a hacer al fuerte?
—Busco a unos viejos amigos.
—Como ya le he dicho, no creo que encuentre a mucha gente. Y los que vera seran tan sociables como una muela picada. —se echó a reir ahogadamente. —Es decir, no soy nadie para juzgar sus amistades, pero…
—No somos amigos desde hace mucho…
A un costado del camino, entre unos cactus y yuyos se podia observar perfectamente como unos coyotes devoraban lo que quedaba de un caballo y un pobre hombre. El ruido de los caballos ni inmuto a los pequeños carnivoros.
—¿Va a pasar un tiempo en Moses, señor Cid?
—No creo. No voy a quedarme mucho por aquí.
—Bueno, si le apetece algo de compañía femenina, Moses no es un mal sitio. Estan infartables. No como en Tierra Larga. A esas chicas no se las meteria ni un borracho.
—Me temo que estoy casado.
—Como todos. —Jake casi se ahoga esta vez con la risa.
Subieron por una especie de calzada que ascendia por una pequeña montaña y doblaron a la izquierda, alli los yuyos iban en aumento considerable.
—Me contrato el comisario Ikki Fenix. ¿Curioso nombre, verdad?
—Creo que me suena.
—Dice que recibio un telegrama de unos peces gordos de California que necesitaban un guia. —al notar la mirada hostil de Cid, tosio. —No es asunto mio.
—Eso es.
Siguieron avanzando unos kilómetros mas, el camino era muy irregular y Cid notó que mucha gente abandono pertenencias en aquel lugar: habia carromatos destruidos, cercas abandonadas.
—No es muy parlanchin, ¿verdad?
—No.
Jake rió. —Me gusta hablar, señor. Soy asi. No es por nada en particular.
—Créeme, es mejor que no sepas algunas cosas.
Jake hizo caso a la advertencia de Cid y calló… pero por unos segundos. Mas adelante, nuevamente al costado del camino marcado por las carretas y caballos, un grupo de coyotes devoraban el cuerpo de un moribundo.
—Señor Cid, le aseguro que esos coyotes comen mejor que yo. No queda mucho camino, vera el fuerte cuando lleguemos a la cima de la colina.
La imagen era desoladora, nubes amarillas y naranjas, el sol ya casi oculto en el horizonte y el enorme fuerte situado frente a él. Unos cuervos volaban sobre el mismo. Era mucho mas grande de lo que imagino.
—Escuche señor: eso de ahí es Fort Old. —señaló Jake con el dedo. —Una banda entro ahí y ha tomado el lugar.
La mirada de Cid estaba clavada en el fuerte. —Entiendo.
—Aquí es donde nuestros caminos se separan, amigo. Espero que pase un buen rato. —y nuevamente la risa chillona del guia irrito al español hasta que este se perdio por donde vinieron.
Finalmente quedo en soledad, donde se sentia comodo. Observo durante un rato largo el fuerte y espoleo levemente a su montura para que avance. El unico ruido que se escuchaba era el de las hojas moverse por el viento y las patas del caballo avanzar pesadamente.
Se detuvo a una distancia prudente, bajo del caballo y camino con una mano cerca de la funda de su pistola. Freno su andar a unos metros de la gran puerta del fuerte.
—¡Sisifo!
Silencio.
—¡Sisifo, he venido a por ti!
Silencio de nuevo.
—¡Degel, todos! Salgan ahora mismo.
Finalmente una voz se hizo sentir entre la enorme estructura que hizo eco con las paredes.
—Vete, Cid. No hagas que te mate.
Cid reconocio la voz. —Nadie tiene que morir, Albafica.
De pronto, entre las columnas por encima de la puerta, salio una figura con un rifle apuntando directo al pecho de Cid. Éste lo reconocio, era Sisifo.
—¿Acaso crees que hemos nacido ayer? Siempre pensaste que era un idiota.
—Eso no es justo, Sisifo. Eras como mi hermano. He venido a intentar salvarte. A todos.
Sisifo comenzo a reirse a boca cerrada y de otras dos columnas aparecieron dos figuras mas, ambos con rifles y con Cid en la mira. Eran Albafica y Degel.
—¿Crees que necesitamos tu ayuda? —alardeó Sisifo.
—Sisifo, por favor. Quieren matarnos a todos. Puedo ayudarte.
—Nunca antes has intentado ayudarme. Solo te preocupabas por ti mismo.
Cid asintió con la cabeza, estaba perdiendo la paciencia y tenia que tragarse su orgullo para intentar que nada salga mal.
—Sisifo, te imploro que pienses sobre esto.
El arquero comenzo a reir nuevamente. —¿Me imploras? ¿Me imploras? —nuevamente risas. —Siempre has tenido mucha labia. Ahora las cosas son diferentes, Cid. Ahora yo estoy al mando. —elevó la voz. —No mas Sage y no mas tu. —observó por unos segundos a Degel que estaba a su derecha y luego volvio a mirar a Cid. —Me imploras… Yo te imploro, que vayas y les cuentes que la proxima vez envien a alguien que imponga un poco mas.
Cid lo miro con tristeza y afilo nuevamente su mirada. —Bien… —llevo su mano rapidamente a la funda de su pistola pero antes de que pueda retirarla, recibio un disparo que lo tumbo al piso de espaldas. Albafica habia apretado el gatillo.
Sisifo comenzo a reir. —Pobre Cid. —y se volvieron a internar en el fuerte, dejando el cuerpo del español para los cuervos.
Pasaron unas pocas horas, cuando la luna ya habi tomado el lugar del sol, que paso un pequeño carro de carga y se detuvo al ver el cuerpo de Cid tumbado en la arena y suciedad a medio morir con un cuervo esperando el momento para atacar.
Un hombre fornido y calvo se bajo del carro y una mujer estaba en las riendas del carro para largarse cuanto antes. El calvo agarro sin gentileza el cuerpo de Cid y lo deposito en el interior del carro y este comenzo a moverse nuevamente.
Abrio sus ojos y sintio pesadez en sus parpados. Intento moverse pero un dolor agudo se lo impedia. No sabia donde estaba, parecia ser un pequeño cobertizo caliente. Estaba tendido sobre una pequeña colcha limpia que el habia ensuciado con el polvo y sangre. No pudo pensar en nada mas ya que la puerta se abrio, dejando ver a una mujer de cabellos lilas.
—Esta usted vivo. —dijo la cantarina voz de la mujer y Cid extendio los brazos para sentir sus extremidades.
—Eso parece.
La chica se apoyo en la puerta y le miro. —¿Cómo se siente?
Cid bajo las manos y las apoyo en su pecho. —No se decirlo de forma educada.
—Yo si. Estupido es como lo decimos por aquí. ¿Qué estaba haciendo?
—Estaba… —intento sentarse y la pinchazon en su costado izquierdo del abdomen le hizo gruñir. Tenia una especie de venda cubriendo la herida. —Estaba haciendo una estupidez.
—Bueno, se pondra bien. Cuando el doctor vio que no se habia muerto dijo que se repondria. Le quito la bala hace un par de dias.
—Bien. —el español estaba sentado, intentando no enceguecerse por la luz que entraba por la puerta.
—Nos ha costado quince dolares.
—Lo siento mucho, señorita. —Cid le miro a los ojos. —Deberia haberme dejado morir.
—¿Eso queria? ¿De eso se trataba? ¿Por eso fue directo a Fort Old a enfrentarse con los peores bandidos del condado? ¿Para morir? Señor…em…
El muchacho se levanto lentamente de la cama con una mueca de dolor impregnada en su rostro. —Cid.
—Sasha Kido. —dijo la mujer con una sonrisa y se alejo de la puerta para acercarse. —Señorita Sasha Kido.
—Puede que tenga razon, señorita Kido. No lo sé.
—¿Qué hacia, entonces?
—Intentaba darle a Sisifo una oportunidad. —el español volvio a sentarse con una mano en la herida. —Por los viejos tiempos.
—¿Conoce a Sisifo?
—Lo conoci hace tiempo. A todos.
—¿Y como eran?
—Estupidos. —volvio a levantarse y estiro las piernas.
—Como usted.
—Muchas gracias, señorita. —subio su mano derecha para agarrar el sombrero y saludar pero notó que no lo llevaba puesto. —¿Ha visto mi sombrero?
La muchacha sonrio. —Si, lo he visto. —señalo en una pequeña repisa.
El Cid camino hacia la repisa, tomo el sombrero y lo coloco en la cabeza.
—¿Y ahora que? —pregunto Sasha y se cruzo de brazos.
—Ahora voy a tomarme mi tiempo e ire a por ellos con menos miramientos.
—Eso suena muy divertido, señor Cid. Es muy heroico. Como esas historias que mi hermano solia leer. —se separo de la pared y abrio los brazos. —En fin, si me disculpa, tengo un rancho esperando. —cruzo la puerta y antes de irse se volteo. —Por supuesto, si se encuentra mejor podria acompañarme luego y ayudarme a patrullar la zona. Asi podra pagar parte del dinero que hemos desperdiciado en las facturas del medico.
Cid recogio la funda de su pistola y se la coloco en la cintura. —Pues claro, y gracias por salvar mi vida.
Sasha se apoyo en la puerta de espaldas. —La proxima vez, señor Cid, le recomiendo que no intente perderla tan fácilmente. —y finalmente se retiro.
—Lo tendre en cuenta. —murmuro el hispano, terminando de ajustar la correa de la funda.
