Cada capítulo será corto. Básicamente porque si no tengo la sensación de "me pisan los talones" no escribo, y desde hace mucho que quiero quitarme esta idea del sistema. Si me ven por allí, oblíguenme a terminar este fic. Quería hacerlo como un two-shot, pero si me mantengo estática esperando a que por intervención divina el fic se escriba, no lo escribiré nunca (para eso mejor publicar de a poco y después reordenarlo en dos capítulos, ¿no?).

Escribo sin fin de lucro.

Disclaimer: Hetalia Axis Powers y todos sus personajes -las personas, los países, y quienes son ambos- pertenecen a Hidekaz Himaruya.

PD: Ya es cinco de marzo y no los veo contratando a bailarinas exóticas para el cumpleaños de mi esposa.


Generación a Generación

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Lo encontró.

El cabello rubió era apenas unos tonos más opaco, mas la piel continuaba teniendo el mismo color claro. Se acercó, ignorando a las jóvenes que, intaladas junto a la pared, le hacían señas. Pidió permiso para atravesar la cola frente a la boletería y le hicieron un espacio.

Siguió adelante, se apoyó a su lado en la pared y buscó un cigarro.

"Angleterre"

- ¿Tienes fuego?-

- ¿Tengo cara de encendedor?-

- Tienes cara de encenderte, sí.-

El joven bufó, riendo un poco. Buscó en un bolsillo y, con cara de extrañeza, revisó el otro. Francia aprovechó la ocasión para mirarlo con más detalle. Medía lo mismo, y sus pestañas eran largas, hasta donde el lejano foco le permitía vislumbrar. La forma de los labios la recordaba bien: finos, pálidos, formadores de un único hoyuelo al curvarse... como ése, que se está formando cuando el joven sonríe imperceptiblemente antes de negar y decirle que tiene un encendedor, pero en casa.

Francia siente que es su día de suerte.

Las calles de Londres son cada vez más iluminadas, hasta que ingresan en una multitud. El lo guía, lo espera en cada esquina y lo invita a seguir con ese movimiento de manos característico de Inglaterra. Francia piensa en la posibilidad de parar un taxi, pero antes de dar su idea él ya abre la puerta de un edificio.

- Me llamo Arthur.- Le informa cuando suben las escaleras (el ascensor está en reparaciones desde hace meses). El corazón de Francia se detiene por un segundo.

- ¿Arthur cuánto?-

- Arthur Kirkland.-

"Igual que tú".

Termina de subir las escaleras, dándose el tiempo de pensar un buen nombre.

- Francis Bonnefoy.-

- ¿Francis? ¿No François?-

El inglés lo mira, con una mano en la manilla y la otra en las llaves, antes de mover la cabeza en negativa y abrir.

- Creo que dejé el encendedor sobre la cama.- Menciona con una sonrisa que Francia conoce muy bien. Le sonríe a su vez, con una anticipación que no siente desde mil novecientos cuarenta y siete (pocos días después de enterrar a Prusia).

Hoy no porta ningún veneno.

+'+'+'+'+

El piso de un ambiente está completamente iluminado cuando despierta. El francés sigue a su lado, abrazándolo y Arthur no puede dejar de acurrucarse junto a él y la sensación de plenitud que le provoca.

¿Cómo dijo que se llamaba? Tiene el nombre en la punta de la lengua.

- ¿Ya has despertado?-

- No, y tú tampoco, sigue durmiendo mientras reviso tus bolsillos, todo esto es un sueño.-

- El mejor de los sueños que he tenido en años.-

Arthur lo empuja un poco con el brazo, luego se estira con un ligero gemido de gusto, y cuando puede pensar le dan ganas de echar a patadas a ese rollo de una noche que no deja de abrazarlo. Pero luego recuerda que ese día es domingo y que si realmente tiene ganas de echarlo, debe hacerlo ahora.

Es difícil, sin embargo, cuando el francés se ofrece a prepararle el desayuno y se levanta desnudo y sin pudor a cumplir. Apoyándose en su mano, Arthur entretiene su vista ante el cabello largo y rubio, y el vello que cubre amablemente el cuerpo de Francia. Desliza una mano por su barbilla, recordando la barba con la que su invitado le cosquilleó el hombro y la espalda la noche anterior.

- ¿De qué parte de Francia eres?- Le pregunta cuando, ya sentado a la mesa, Francia le pone al lado un plato con tostadas: lo único que pudo preparar con lo poco que encontró. Cuando lo mira suspicaz, Arthur se señala la nariz y la mueve.

Francia le pone enfrente un té negro (sin azúcar, como le gustaba a Inglaterra).

- Tengo el acento muy arraigado.- Asiente, sentándose y creando una mentira lo bastante creíble para un mortal. Arthur bebe del té, sin notar que nunca le pidió que se lo sirviera.- Vine a perfeccionar mi inglés. Si te lo propones puede ser muy interesante. ¿Y tú?-

- Doy clases de guitarra.-

- ¿No estudias?-

Arthur se encogió de hombros.

- Pasaron cosas que lo impidieron.-

- Qué cortante. Me gusta Arthur, es un lindo nombre.-

- Lástima que no pueda decir lo mismo.- Devolvió, con una sonrisa de medio lado, pensando que no se dejará convencer por unas cuantas palabras bonitas.- Sería mejor si mantuvieras un nombre tradicional y no uno introducido, pero supongo que eso demuestra que cultura es superior a la otra, ¿no crees?-

Francia sonrió, demasiado contento como para enojarse por lo dicho.

- ¿Por qué te llamaron así?-

- Al parecer era el nombre de mi abuelo, no estoy muy seguro. No es la clase de cosas que converse con mis viejos.

- Sigue pareciéndome un nombre maravilloso.-

Arthur lo miró, masticando más lento. Se llevó una servilleta a los labios y carraspeó.

- Ya es hora de que me vaya... cierra cuado salgas.-

- ¿No puedo ir contigo?- Francia volvió a la realidad un segundo, pensando que no, que no se irá, y que si lo echa volverá, e insistirá, y lo cortejará hasta que le deje entrar nuevamente.

Arthur negó con la cabeza, con aire serio. Francia suspiró, claramente derrotado, y se recostó en el espaldar de su silla. Tamborileó sobre la mesa de madera sin barnizar, miró alrededor y se quitó un anillo que llevaba puesto.

- Ten esto al menos.- Dijo, extendiéndoselo al inglés.- Supongo que no hay nada más que hacer.-

Arthur observó el anillo, analítico. Lo tomó con la punta de los dedos, centrando su atención en él. ¿Cuánto ganaría por venderlo?

- Perteneció a la persona que más amé, quisiera que lo tuvieses.-

El británico frunció la boca. Esas no eran las palabras que se esperaba de un rollo nocturno.

- No lo acepto. Si me disculpas, los domingos me junto con alguien importante.-

- Por supuesto.- Asintió Francia.- Espero volver a vernos.- Agregó, colocándose nuevamente el anillo para levantarse y salir del apartamento.

Al cerrarse la puerta tras de sí, alzó la vista, hacia un cielo que no eran más que grietas y hongos. Mas Francia no lo veía: buscaba más allá a Inglaterra, en su mente y en ese lugar que bien puede ser el cielo.

"Te encontré".