La Loca de la Ciudad
Resumen Extendido: En toda ciudad, es personaje indiscutible el 'loco de turno'. En esta, no es la excepción. Aida Huglund se ganó este título por mérito propio: caza 'fantasmas' a media noche, persigue hadas por el bosque y sus costumbres son más que extrañas. Y claro, eso súmale su aura de misterio. No sorprende que medio pueblo quiera ingresarlo al manicomio, la otra a la cárcel y, por supuesto, Mathias, que quiere saber por qué Aida colecciona frasquitos vacíos bajo el muérdago. Universo Alterno.
Disclaimer: Hetalia no me pertenece, por supuesto. Ni tampoco cualquier tipo de obra aquí mencionada.
Nombres:
*Aida Huglund: Fem!Noruega
*Henna Vainamoinen: Fem!Finlandia
*Emil Steilsson: Islandia
*Mathias Densen: Dinamarca
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Curiosidades
Existen muchas cosas de Aida Huglund que al pueblo le llamaron la atención. Una de ellas fue su vivienda. Cuando compró la villa abandonada cerca del lago y rodeada de bosque, pensaron que debía de estar algo chiflada por adquirir esa casa ruinosa. Por el precio que pagó por ella podía haber conseguido un departamento en el sector bohemio de la ciudad, al lado de todos los servicios y comodidades. Pero no, ella tenía que escoger la casa mugrienta abandonada desde que los nazis se fueron de Noruega.
'Si no me quiere vender esa casa, me iré a un vendedor menos escrupuloso que usted' fue lo que le dijo al de bienes raíces. Este cedió ante la 'petición' de la extraña señorita; era eso o que ella se fuese con alguien más. El negocio no iba viento en popa y necesitaba cualquier venta, aunque fuera de esa calidad.
Todos pensaban que la casa no aguantaría para el invierno. Sin embargo, la joven contrató a un grupo de albañiles y constructores de Oslo a que le restaurasen la vivienda. Ahí fue la segunda anormalidad. Los trabajadores no duraban el mes en sus faenas. Todos alegaban lo mismo: en esa casa existían fantasmas. Les cogían el casco, desaparecían sus pertenencias o, cuando pintaban las paredes, sentían la respiración entrecortada de alguien bajo sus cuellos. La gran mayoría renunció, mas Aida no se sorprendió de ello. Hasta despidió a algunos que se negaban a cruzar el antejardín, y los despechaba de vuelta a la capital mascullando entre dientes 'No soy material de miedosos y cobardes'.
Por supuesto, terminó la restauración. Y el pueblo quedó sorprendido que la muchacha le dio otra vez el aire de elegancia que caracterizaba a esa vivienda antes que quedara maltrecha. La pintura amarilla, la madera restaurada, las ventanas blancas y la chimenea arreglada. Incluso construyeron un pequeño muelle que daba hacia el lago y en el lugar donde estaban las bases de un viejo establo construyeron un cobertizo, quién sabe para qué.
Alguien así tiene que tener mucho dinero, pensaron. ¿En qué trabajaba Aida? Cuando ella llenó su ficha de residencia, firmó: 'Aida Huglund – Médico forense graduada con honores de la Universidad de Oslo'. Sin embargo, la morgue de la ciudad señaló que jamás recibió una solicitud de trabajo de Huglund. 'Con el currículum que presenta, la contrataríamos inmediatamente', admitió la institución. Si alguien le preguntaba por qué ya no ejercía la profesión, ella simplemente afirmaba 'No es de tu incumbencia', seguido de una mirada de los mil demonios. Asunto concluido. O casi, porque si estaba comprobado que Huglund no tenía un empleo… ¿Cómo conseguía dinero? Eso daba para discusión.
Según varios residentes, encontraban a Huglund de 'una belleza especial'. Decían que su aura era hipnotizante y algunos intentaron conquistarla con los artilugios más descabellados. Todos terminaron en fracaso y uno de los conquistadores maldecidos. No murió el desdichado; su perro sí. De ahí que nadie osaba a cruzarse por la casa amarilla y solo unos pocos conversaban con ella.
Uno de estos era Berwald Oxentierna. Ejercía como abogado y era dueño de la única librería del pueblo. Solía ayudar a la chica cuando iba a comprar libros. Este consideraba la venta de libros una de sus aficiones y agradecía que por fin alguien se dignara a comprar libros que no fueran best-sellers ni novelas eróticas. Ninguno de los dos eran conversadores, pero el sueco era una de las pocas personas que Aida permitía tener cerca.
La otra era la prometida de Oxentierna, Henna. La mujer solía ayudar a Berwald en la librería y era común toparse con Aida en el lugar. Henna dice que Aida no está loca ni nada por el estilo. Solo necesita su espacio y ya está. La finesa era veterinaria y orientaba a la chica a movilizarse en la ciudad, cosa que Huglund apreciaba.
El último era el repartidor de diarios, Emil Steilsson. El adolescente obtuvo ese trabajo para ganar un poco de dinero; en un año más quería irse a estudiar a la capital y unas monedas de más no estaban nada mal. Él era el único que entró a la casa de Huglund (y vivió para contarlo). Mantenía un hermetismo acerca lo que se encontraba dentro de la villa, pero a diferencia de Henna que creía firmemente que Aida simplemente era temperamental, Steilsson decía que 'Aida es más chiflada que una cabra, pero es bueno que la tengamos en el pueblo. Quién sabe cuándo necesitemos de un forense'.
Y se iba. Con el resto de la gente, eran conversaciones esporádicas.
No necesariamente esto sean las características de alguien 'loco'. Puede ser que Aida sólo sea excéntrica, quedando sólo ahí. Pero lo 'mejor' estaba por llegar.
Asombro causó en el pueblo el día en que le dijo al dependiente de la tienda de ultramarinos, el señor Bonnefoy, que tuviese cuidado con los duendes. Bonnefoy no tomó en cuenta la advertencia de la mujer y en su lugar, la invitó a un café, sin éxito. Ella auguró que por culpa de ellos, caería de la escalera de su casa y se torcería el tobillo. Dicho y hecho. Días más tarde, Bonnefoy traspilló con un paño sacado de alguna parte y se torció el tobillo. El hombre intentó hablar con Aida. Ella lo rechazó alegando que no hablaba con insensatos.
También cuando el guardabosque la sorprendió en el bosque a mitad de la noche, vestida con un traje extraño y extraños artilugios, Aida increpó al hombre. 'Dejadme en paz. Estoy cazando hadas y las estás ahuyentando'. El guardabosque rió en un principio, juraba que la chica le tomaba el pelo. Pero cuando vio que esta no estaba de broma, quedó de piedra. Aida Huglund en verdad cree en la existencia de hadas. De ahí que varios se mofaban de ella e incluso no faltaba aquel que le lanzaba brillantina de colores intentando recrear esas 'hadas' que veía.
En fin. Aida es todo un fenómeno. Ya sea por lo desconocido de su pasado, su comportamiento confrontacional y sus extrañas costumbres la hicieron reina del título 'Lunática Huglund'. El pueblo estaba 'acostumbrado' a que la mujer dejara amuletos colgados de las paredes, que le regalase ajos a la gente e hiciera 'círculos mágicos' con las rocas de la playa. No quedaba otra.
No obstante, varias personas que no soportaban a la mujer; buscaban alguna excusa para deshacerse de Huglund. Debía de ser un muy buen plan; Huglund no tenía ni un pelo de tonta y sabía que algunos le deseaban mal (por eso se llenaba de amuletos protectores).
Faltaba tiempo. Pero el día en que vieran a Aida Huglund irse derechito a la casa de locos o encaminada a la cárcel por alguna tontería, sería el único día en el que dormirían tranquilos.
Aida fue a ultramarinos a comprar nabos, otras verduras y latas de conserva. Estacionó su bicicleta al lado de un farol y entró a la tiendecilla. Bonnefoy se puso en guardia; desde el asunto de su pie se cuidaba mucho de esa bella y rara señorita. No vaya a ser que le presagie algo peor. Aida recorrió los pasillos cogiendo las latas y metiéndolas en el canasto. Bonnefoy estaba muy tenso. '¡Que se vaya rápido esta mujer! ¡Bruja!'
Aida adivinó el estado del vendedor y quiso seguirle el juego. Andaba aún más lento por el pasillo y devolvió algunos de los productos de la canasta, además de titubear a propósito. Todo para incordiar al dependiente. Este se reprendía de no poder prohibirle el paso de la mujer a su tienda. Aida ya tenía mala reputación para Bonnefoy y nada podía quitar esa mancha.
-Dadme un cuarto de kilo de nabos. Y medio kilo de tomates. Apresúrate, cojo.
La chica le puso ese mote a Bonnefoy después de su caída. Bonnefoy gruñó. Él es un enamorado de las féminas, pero esa es un verdadero dolor de cabeza. 'O de pie' habló consigo mismo. Pesó las verduras y las dispuso en dos paquetes. Aida le entregó las latas que quería comprar y, aparte, le entregó el dinero a Bonnefoy. Este, lo más rápido que pudo, le extendió el cambio. '¿Puede irse ya? Está espantando a los clientes'.
Pero no, había Aida Huglund para rato. Esta comenzaba a dudar acerca de llevar o no la lata de guisantes. ¿Llevar mejor el tarro de melocotones?
-Cambia la lata de guisantes por la de melocotón. Rápido.
-Es más cara.
-Pago la diferencia. –Huglund no malgasta saliva – No te quejes, que el empleado está para el cliente.
El hombre gruñó más fuerte y le entregó la lata de melocotón. Aida guardó lo más lento que pudo los paquetes de hortalizas y las latas de conserva en su canasta. Cuando disponía irse, la canasta se volcó. Bonnefoy rió internamente por lo desafortunado del acontecimiento. Huglund lanzó un improperio y comenzó a recoger los alimentos. Se dio cuenta que el tarro de melocotones faltaba. Revisó por debajo de los estantes teniendo la esperanza de que rodase hasta ahí. No estaba. 'Otra vez me están molestando…' Huglund estaba dispuesta a exigirle otra lata a Bonnefoy. La seguridad de su tienda apestaba.
Sin embargo, cuando se incorporó (Bonnefoy no le ayudó en la búsqueda de la lata de melocotones), se topó con su tarro. Esta era sujeta por una mano enguantada. Miró a quien pertenecía y era de un hombre que debía estar en la treintena, de eterno cabello desordenado y de los ojos más azules que Huglund vio en toda su existencia. El hombre no paraba de mirarla con una sonrisa idiota.
-Así que vos eres Lunáti- gracias a una advertencia de Bonnefoy, que con señas le indicó que no mencionara el mote- digo… Aida Huglund. Eres muy conocida aquí.
Huglund miró para otro lado. Odiaba tener que hablar con gente que no entendía su forma de pensar. Y la llamara con motes estúpidos.
-Arréglate la corbata. La tienes mal anudada. –Aida extendió su brazo para arrebatarle al rubio su tarro de melocotones. Maldijo haber cambiado los guisantes por los melocotones. De no haber dudado, ahora estaría en camino a casa. El hombre alzó su brazo para que Aida no cogiera lo suyo.
-Yo soy Mathias Densen. Encantado. –El hombre no se dio cuenta que Aida se veía muy incómoda.
'Tiene una cara de idiota que no te cuento' –fue lo primero que pensó Aida. 'Y sospecho que esta no será la última vez que me tope con este sujeto', fue lo segundo.