"―Eh… sí.
Eso fue todo, el único comentario que recibí respecto al día anterior. De haber sabido que nadie diría nada no habría actuado toda la jornada como un paranoico.
Pero la curiosidad me carcomía por dentro, y el único que tenía la respuesta era el castaño neo-nazi."
Capítulo II: Mentiras
―¿Listo para irnos, tío?―La voz de Stan rompió el hilo de mis pensamientos. Sacudí la cabeza y le miré. Estaba cruzado de brazos con la maleta ya echada al hombro. Me pregunté cuanto tiempo llevaría esperando.
―¿Eh?―Decir que estaba perdido era quedarse corto, me había sumido en mi propia mente, intentando resolver por mi mismo el rompecabezas que se me planteaba, y el mundo real había pasado a segundo plano por varias horas. Aquello empezó más o menos cuando descubrí que Stan no sabía que estaba enamorado de él. Ni Wendy. Ni Craig. Ni Bebe, que además tuvo la amabilidad de recordarme que tenía un buen trasero. Si ella supiera…
―Kyle.―Pronunció mi nombre con seriedad, probablemente movido por la impaciencia. ―Las clases han terminado hace diez minutos―Dijo aquello con énfasis, como si pretendiera subrayas lo buen amigo que era al quedarse allí plantado ni más ni menos que diez minutos―y no queda nadie aquí. Si es alguna táctica tuya para que me quede a estudiar después de clases pues…
―¿¡Diez minutos!―Me levanté de mi pupitre de sopetón. Mi plan de alcanzar al culón al final de clases iba a irse al traste. Salí corriendo, dejando atrás mi maleta, con todos los libros de texto en su interior. ¡A la mierda! Tenía asuntos más importantes que atender. ―¡Nos vemos luego, Stan!―Atiné a gritar mientras desaparecía en dirección a la salida, recolocándome el ushanka verde mientras me deslizaba por los pasillos recién limpiados.
Si no me caí fue por alguna especie de milagro. Cuando salí el frío me golpeó de lleno el rostro y, cómo no, mi objetivo había desaparecido. Cartman era uno de los primeros en marcharse, seguido por un ingenuo Butters que salía llevarle las cosas a no ser que Kenny se metiera para impedirlo.
Suspiré, no desanimado, sino fastidiado. Estaba tranquilo gracias a que mi secreto seguía siendo secreto, pero mi intuición me decía que la cosa no podía acabar ahí. Él tramaba algo, no tenía duda alguna. Y yo me moría por saber a qué absurdo chantaje recurriría esta vez.
Y también me moría por descubrir qué haría yo para salir de esta, y no era la primera vez. Era extraño pero era cierto; no estaba intranquilo sino emocionado, era como un juego de estrategia entre él y yo. Algo con lo que llevaba viviendo años y años, formaba parte de los motivos que me hacían levantarme cada mañana. "¡Buenos días! ¡Veamos cómo le pateo el trasero a ese culón hoy!" Era parecido a eso.
Me pellizqué la palma de la mano, ¿pero qué carajos estaba haciendo? ¿Yo, llegando a pensar que la presencia de Cartman era importante en mi vida? Si no hubiera sido demasiado raro, me habría abofeteado a mi mismo allí en medio. Si algún día Cartman desapareciera de mi vida yo sería feliz, y mientras tuviera que resignarme procuraba tomármelo con filosofía, aquello fue lo que me dije para excusarme conmigo mismo.
Decidí volver adentro antes de congelarme allí en medio. Puede que si tenía la genial idea de coger el abrigo sobreviviera hasta llegar a casa.
Cuando me di la vuelta de nuevo hacia la puerta me detuve un momento, sorprendido. En ese momento Eric Cartman salía de la puerta por la que yo había salido hace un rato.
Él no reparó en mi presencia con el mismo 'entusiasmo' que yo, y se limitó a observarme sin expresión durante unos escasos segundos, para luego caminar sin decir nada. Pasó a mi lado y fue cuando noté que tenía el ojo izquierdo morado.
―¡Eh, espera!―Le urgí, caminando a su lado.
―Oh, judío estúpido, discúlpame, no te había visto. Supongo que es por lo poco que importas.-Ya empezaba, con esa sonrisa socarrona y esos intentos incansables de hacerme perder los estribos. En una situación normal me habría irritado y en seguida habría entrado en su juego, pero esta vez, al escuchar su voz tan clara, a mi mente llegaron sus palabras, plasmadas en la pantalla del ordenador.
"Kyle, tu eres perfecto"
Ahora había podido imaginarlo de forma aun más detallada, pero no es como si quisiera que él realmente dijera eso… Al menos sirvió para recordarme porque estaba caminando por las nevadas calles de South Park junto a mi némesis.
―¿Qué te ha pasado en el ojo?―Comenté, por el simple hecho de no saber cómo empezar mi interrogatorio respecto al día de ayer y a su misteriosa amabilidad conmigo.
―¿Por qué no te metes en tus propios asuntos? No te interesa.
―Si no me lo dices asumiré que Kenny te ha pegado por abusar de la amabilidad de Butters, y compartiré mi conclusión con quien me dé la gana.―Utilicé las mismas palabras que él había usado ayer en su mensaje privado, con la esperanza de ver su reacción, pero pareció darle igual.
―Hijo de puta, a mi nadie me pega, soy prácticamente el tipo más fuerte de todo South Park―Rodé los ojos. "Si, claro" pensé. ¡Cualquiera podía con el culón! Bueno, lo cierto es que yo hacía años que no… pero Stan, Kenny e incluso Wendy sí.
―Total, que Kenny te pegó, ¿no?―Alcé una ceja. No iba a permitirle huir del tema en cuestión.
―Que no, carajo. Fue un accidente, Butters estaba cargando mis libros, se giró y me dio con los libros en la cara…―Antes de que terminara la frase, yo ya estaba partiéndome de risa. Sabía que el pobre Butters jamás haría algo así a propósito, pero era gracioso imaginar que esta vez hubiera sido así.
Al ver que yo seguía descojonándome en el sitio, el castaño agilizó el paso para dejarme atrás. Tosí un par de veces al casi atragantarme para alcanzarle mientras me consumía en una risa sofocada.
―¿Entonces has estado el resto del tiempo en la enfermería lloriqueando para que te permitan faltar el resto de la semana?―Era otra de las cosas que también imaginaba fácilmente.
Tardó varios segundos en contestar y negarlo todo, pero era obvio que una vez más adivinaba sus movimientos a la perfección.
Después permanecimos en silencio un rato que se me hizo eterno. El momento en el que nuestros caminos se separaban estaba cerca y yo no había encontrado la forma de abordar el tema que me carcomía la cabeza. ¿Qué se supone que debía decirle? ¿"Gracias por no decirle a todo el mundo que soy gay"? Además, ¿Por qué tenía que empezar yo aquella conversación? ¡Si era él el interesado en chantajearme! Que dijera ya lo que quería y deshiciera el nudo que se me había formado en el estómago.
Mientras pensaba en todo esto no me di cuenta de que temblando de frío, cosa que de súbito paró. Miré a Cartman atónito cuando me echó su abrigo sobre los hombros. Percibió en mi mirada la confusión, porque se apresuró a darme una explicación como si lo que había hecho fuera totalmente normal.
―Yo llevo de todo y tu no llevas nada, así que ayúdame y no seas rata.―¿Yo no…? Palidecí y di un respingo.
―¡Mierda, los libros!―¿Cómo se suponía que iba a hacer mañana el examen del Sr. Garrison si no podía estudiar? Me giré, dispuesto a volver a la carrera para recuperar mis cosas, pero un agarre en mi brazo me lo prohibió. Cartman me retenía en el sitio.―Oh, es cierto, perdóna…―Comencé a quitarme su abrigo, suponiendo que era eso lo que quería.
Negó con la cabeza.―Que estúpido eres, pelirrojo. Para empezar seguramente ya habrán cerrado el instituto. Te dejaré estudiar en mi casa si mañana me das la mitad de tu almuerzo.―Ofreció.
Fue la invitación más rara que había recibido de alguien como él. Podría haber pasado horas mirándole intrigado, planteándome aquello en mi fuero interno. Todo el mundo sabía que Cartman nunca tendría un gesto amable, mucho menos conmigo. Seguramente no debí haber aceptado tan rápido como lo hice y de la forma tan simple. Asentí y continuamos andando.
South Park, Colorado. Miercoles 13, 04:14 p.m.
―¡Má! ¡Ya estoy en casa!―Anunció Cartman, entrando antes que yo y dejándome la tarea de cerrar la puerta. Nadie respondió, así que ambos llegamos a la conclusión de que Liane Cartman no estaba en casa, sin embargo había tenido el detalle de dejar la calefacción puesta para cuando su hijo llegara a casa, y fue lo que más agradecí.
Tenía la sensación de que el día avanzaba demasiado lento, y al mismo tiempo que las horas se me escapaban. Cartman me indicó que subiera a su habitación y obedecí. Él estaba en la planta de abajo, haciendo quien sabe qué, y yo allí a solas en su cuarto.
Su cama me pareció un asiento más cómodo que cualquier silla, y me pregunté cuando fue la última vez que estuve allí. Encontré gracioso el hecho de que aun utilizara una colcha de Terrance y Phillip, a todos nos seguía gustando aquello tanto como a los ocho años.
Entonces mi mirada se encontró con su ordenador portátil, indefenso sobre la mesa. Mis conocimientos sobre informática no eran los más avanzados, pero si lo bastante pulidos como para entrar en su ordenador y cotillear sin ser notado. No sé que esperaba encontrar, pero una vez más la curiosidad fue la que movió mi cuerpo. Extendí la mano para coger el aparato cuando Cartman entró y me retiré de sopetón como acto reflejo, prácticamente abalanzándome sobre la cama de nuevo.
―Eh, judío estúpido. ¿Se puede saber qué haces? Toma.―Me tendió los libros de texto y se sentó en la cama, alejado de mí.
Estuve callado, inmóvil, jugueteando con mi labio inferior. Estaba dudando, vacilando, comiéndome el coco.
―Cartman.―Hablé por fin, articulando cuidadosamente.―Ayer tu, en el ordenador…
―¿De qué hablas? Ayer no pillé ese aparatejo de mierda, estuve estudiando mientras Stan me instalaba la nueva actualización del World of Warcraft.
Stan… ¿¡Stan! ¿Quería decir aquello que…? Empezaba a sentirme mareado con todo aquello.
Nota de la autora: Siento haber tardado tanto en actualizar, pero tengo líos con el instituto, ¡hoy intentaré actualizar todas las historias!~
