Disclaimer: nada del potterverso me pertenece
PRIMERA PARTE: DINASTÍA
1
Mordedura
Los flashes de luz la cegaban. Había decenas de reporteros que pululaban en el amplio Atrio y la mujer trató de esquivarlos, algo que cada día se le daba mejor porque, a fin de cuentas, cada día era lo mismo. Desde que empezó la invasión, todo resultaba ser siempre lo ó por fin a uno de los elevadores, que se deslizó por el oscuro hueco hasta que el Atrio y los flashes prácticamente desaparecieron. Subió hasta el Departamento de Seguridad Mágica y entró en su despacho.
―Siempre es duro, ¿verdad?
Se dio la vuelta y la vio. Una mujer alta y rubia, con el cabello rizado la miraba con una sonrisa de suficiencia. Tenía las uñas pintadas de un vivo color verde y los dedos con varios anillos. Ella la detestaba con toda su alma. Era una periodista, como toda la jauría que había en el Atrio. Pero ella tenía el privilegio indiscutible de ser la corresponsal en el Ministerio y de enterarse de todas las noticias de primera mano.
―Rita ―saludó.
―Señorita Weasley.
―Acabemos con esto cuanto antes.
Se sentó en su sillón mientras Rita Skeeter sacaba una pluma larga y verde que empezó a revolotear a su lado. Lo mismo hizo con una libreta. Se sentó en una silla y se cruzó de piernas.
―Bien. Últimamente han saltado muchas noticias, pero la verdad es que me gustaría empezar desde el principio, desde que empezó la invasión.
Hermione Weasley bufó. Seguramente Skeeter trataba de reunir toda la información posible para escribir un libro superventas. Como si todas las noticias que había acumulado a lo largo de todo este tiempo no fuesen decidió dejarlo como estaba y contarle lo que quisiese. A fin de cuentas no iba cambiar nada. La Luna llena seguiría saliendo todos los meses.
Y así comenzó su relato.
Hermione se despertó. El refrescante aire veraniego de aquella mañana entró por la ventana rota. Había algunas grietas en las paredes y escombros en el suelo, pero ya le habían asegurado la noche anterior que la Torre de Gryffindor no se derrumbaría, a pesar de todos los daños que recibió durante la batalla a causa de ser una de las torres desde donde los defensores lanzaban hechizos a los mortífagos. Tras vestirse bajó al Gran Comedor. Allí, algunas personas limpiaban el lugar. Harry y Ron estaban sentados en la mesa de Gyffindor.
―¿Qué pasa? ―preguntó Hermione tras darle un beso en los labios a Ron, quien se sonrojó, más aún cuando Harry se rio por lo bajo.
―La profesora McGonagall quiere que el castillo vuelva a la normalidad a tiempo para el inicio del nuevo curso ―explicó Harry ―. Por eso todo el mundo quiere ayudar. Nosotros también queríamos, pero todo el mundo se ha negado. Según parece ya es bastante con derrotar a un Señor Tenebroso como para conseguir un poco de tranquilidad.
Hermione miró a su alrededor. Decenas de personas iban de aquí para allá, agitando sus varitas. Los escombros y cristales volaban en todas direcciones, esquivando a la gente y evitando accidentes. Estos se colocaban en sus respectivos sitios. Pero aun así, aunque el Gran Comedor no estaba igual que ayer, todavía mostraba síntomas de haber sufrido un ataque, igual que todo el castillo. De camino al Gran Comedor, Hermione vio varios andamios recién montados. En una de esas vio pasar a los profesores Flitwick y Slughorn. Flitwick llevaba unos pergaminos muy viejos mientras Slughorn comentaba algo de muros de piedra y vigas.
―Vale, pues... ¿os apetece salir a dar un paseo? ―preguntó Hermione.
―Yo he quedado con Ginny. Tenemos que recuperar el tiempo perdido. De todos modos preferiría que vosotros estuvieseis solos, ahora que estáis juntos ―dijo Harry con picardía.
La pareja se avergonzó, pero Hermione pensó que Harry tenía razón. Ahora Ron y ella estaban juntos, por lo que tenían que pasar más tiempo juntos y solos. Minutos después estaban paseando cerca de la linde del bosque, cogidos de la mano. Entonces se detuvieron.
―¿Qué tal si entramos? ―preguntó Hermione.
Ron tragó saliva. Era evidente que el Bosque Prohibido no le gustaba nada.
―¿Por qué? Estamos bien aquí.
Hermione rio.
―No va a pasar nada. La guerra ha terminado. Y lo que haya en el Bosque no debe ser peor.
Finalmente, el muchacho se armó de valor y entraron. Inmediatamente sintieron como si se hiciese de noche. Los árboles eran tan altos y tan frondosos que la luz de sol apenas se filtraba por ellos. Sólo en algunos claros se podía ver. Ambos jurarían que a veces se oían ruidos. Pequeños susurros y ramas que se movían. La mayor parte de las veces, no obstante, eran ellos mismos al pisar ramitas caídas de los árboles. Llegaron a un claro. Ron se sentó apoyándose contra un árbol, y Hermione se sentó dándole la espalda, recargando su torso sobre el pecho del muchacho. Ron hundió su rostro en el hombro de Hermione.
―Qué silencio ―dijo ella.
Ron iba a afirmar lo dicho, pero de repente se levantó y no sin razón. Habían escuchado un ruido totalmente diferente a los escuchados hasta aquel momento. Ron sacó su varita y la apuntó a unos arbustos salvajes que se agitaban de vez en cuando.
―Ron... ―dijo Hermione. Se la notaba visiblemente preocupada.
Pero Ron se puso un dedo en la boca pidiéndola silencio. No quería espantar a lo que hubiese detrás del arbusto. Cuando llegó, agitó levemente la varita provocando que el arbusto se agitase. De repente, una gran bola anaranjada salió. Ron respiró aliviado. Intentó coger al gato, pero este se escabulló hasta llegar a los pies de Hermione.
―Sólo es Crookshanks ―dijo Ron ―. ¿Crees que podremos seguir solos, o tu gato vendrá siempre? Si va a ser así, me traigo a Harry.
Pero se dio nuevamente la vuelta, pues los arbustos volvieron a agitarse. Crookshanks bufó. Entonces todo ocurrió muy deprisa. Una gran masa oscura salió de entre los matorrales y se lanzó contra el muchacho, que ni siquiera pudo realizar algún hechizo defensivo. La masa derribó a Ron y ambos rodaron por el suelo. Crookshanks saltó de los brazos de Hermione y se escabulló mientras esta sacaba su varita e intentaba aturdir a aquella cosa, pero era imposible, porque él y Ron forcejeaban entre sí y no paraban de dar vueltas. Ron intentaba quitarse aquella cosa de encima. Era enorme y olía fatal. Tenía puesta una túnica negra llena de desgarrones. Entre el forcejeo pudo vislumbrar una cara con dos ojos amarillentos que lo miraban con furia. Entonces lo sintió. Una boca, llena de colmillos, cerrándose en torno a su garganta, con los colmillos clavándose en la carne. Gritó fuertemente, pues el dolor era el peor que pudo haber sentido alguna vez en su vida. En aquel momento, ambos se quedaron quietos y Hermione pudo aprovechar el momento. Apuntó con la varita y gritó:
―¡Expulso!
El cuerpo salió despedido hacia la arboleda. Al instante, una gran sombra humeante, propia de los mortífagos, salió volando de allí. Angustiada, Hermione se acercó corriendo al cuerpo de Ron, que temblaba de manera descontrolada. Se arrodilló y trató de detener la hemorragia. De la herida brotaba sangre a borbotones y si no hacía algo pronto, Ron podría morir desangrado. Aplicó varios hechizos en la herida, pero no pasaba nada. Pensó en su botella de díctamo, guardada en el bolsito de cuentas que descansaba sobre su mesilla.
―¡Accio bolso de cuentas! ―dijo mientras apuntaba al cielo. Volvió a apuntar nuevamente y de su varita salió una pequeña esfera roja que estalló en miles de chispas.
Siguió intentando detener la hemorragia hasta que llegó el bolso. Sacó la botella de díctamo y echó algunas gotas sobre la herida, la cual acabó por cerrarse. Entonces todo se volvió nublado y sintió que se desmayaba. Más tarde despertó en la Enfermería. Esta había sido restaurada prácticamente en su totalidad para acoger a los heridos en la batalla. Miró a un lado. Allí estaba Harry, sentado en una silla al lado de la cama.
―¿Estás bien?
―Ron...
Miró a un lado de la cama, donde Harry también miraba. Tenía el cuello vendado y estaba muy pálido. Dormía plácidamente.
―Ha sido Fenrir Greyback. Después de la batalla huyó al Bosque, según parece. No lo hemos encontrado. ¿Qué ocurrió?
Hermione se levantó de la cama. Le contó a Harry todo lo ocurrido. En su interior no pudo dejar de pensar que por su culpa, por querer entrar en el Bosque, ahora Ron estaba así.
―¿Qué le va a pasar? ―en su mente se formó una terrible idea, pero el ataque no tuvo lugar bajo la Luna llena.
―Es pronto para saberlo. La señora Pomfrey ha hecho todo lo posible. Ha limpiado la herida, pero es una herida maldita.
Calló un momento. Parecía no querer decir lo que iba a decir.
―¿Qué? ―lo instó Hermione.
―Greyback aprendió a convivir con su maldición hasta el punto de controlarla, de modo que podía infectar sin que hubiese Luna llena.
―Pero Bill... ―interrumpió, aferrándose a su última posibilidad.
―Bill no se infectó, pero no quiere decir que a Ron le pase lo mismo. La próxima Luna llena no es hasta el día 11. Tendremos tiempo de prepararnos.
Hermione se apartó, sopesando lo que su amigo le había dicho. Entonces vio a alguien dormitando sobre una cama. Tenía el pelo rubio rizado. Era Lavender. Hermione miró a Harry.
―Greyback también la atacó durante la batalla, ¿no te acuerdas? Tú se lo quitaste de encima antes de que la matase.
Hermione miró a Lavender. Ella también había sido mordida. No sabía si por azares del destino, porque Greyback se cruzó en ese momento en su camino o porque había una intención oculta ante todo aquello. Ron también había sido mordido. Alguien más iba a serlo. Recordó lo que Harry le contó hace más de un año, después de las vacaciones de Navidad, acerca de Greyback, de cómo soñaba con infectar a tanta gente como pudiese y crear un poderoso ejército que derrocase la hegemonía de los magos. Se estremeció. Voldemort prometió a Greyback tantas gargantas como pudiese desear, pero ambos sabían muy bien que Voldemort jamás sería derrotado por un ejército de licántropos
. ¿Quería eso decir que, con Voldemort muerto ahora, Greyback estuviese intentado llevar a cabo su maléfico plan? ¿Quería eso decir que, intuyendo la muerte de Voldemort, había que empezar cuanto antes?