Disclaimer: Los personajes de Pandora Hearts no me pertenecen. Son propiedad de Jun Mochizuki, y esta es una actividad que realizo sin ánimo de lucro.


Capítulo 5.

De situaciones embarazosas y conversaciones forzadas.

Las luces del local se le antojaron más oscuras que la última vez que había estado, quizás avivado por el recuerdo del tremendo dolor de cabeza con el que salió del recinto debido al misterioso «desvanecimiento» que había tenido. Desvanecimiento que él achacaba al efecto de recibir el golpe de un jarrón, botella o mueble contra la nuca con todas las fuerzas que la encantadora Lottie había podido depositar en él. Parecía increíble que una simple cabaretera pudiese tener tantísimas energías, aunque, por supuesto, teniendo en cuenta que estaba destinada a pasar la noche satisfaciendo a hombres ya fuese física o visualmente, sin lugar a dudas estaba justificado. Lo que no, la reacción que había tenido al ver a la chica, pero no tenía intención de ponerse a discutir eso con nadie, ni consigo mismo ni con ella. Tenía mejores asuntos que atender.

En ese momento, terminar la copa de vino afrutado que le habían servido hacía unos minutos y pensar en alguna estratagema para poder dar con la chica del pelo castaño, ahora que habían regresado al burdel. Su vida en el campo le apartaba de semejantes lugares, motivo por el que no había podido volver antes, pero había aprovechado la situación para introducirse en la comitiva que ahora mismo le rodeaba por todas partes.

Y es que Ernest había considerado impropio que su joven hermano llegase virgen al matrimonio, de modo que le había, literalmente, arrastrado junto a Vincent, Gilbert y otros amigos, de nuevo a aquel bonito cabaret en aras de solucionar lo que él consideraba un auténtico problema. Oz, presente cuando habían hablado del tema, no había necesitado insistir demasiado para poder unirse, ya que Ernest no podía darse el lujo de rechazarle tan abiertamente a una «velada de caballeros». De modo que allí se encontraban, en una mesa un poco más grande que la vez anterior, con las mismas vistas, prácticamente las mismas caras de preciosas mujeres que vendían su cuerpo a los cinco sentidos de sus espectadores.

Justo en ese momento estaba bailando una bonita muchacha con el rostro aniñado, los ojos azules y una hermosa melena de color miel, realizando unas bellas piruetas al ritmo de la música. Todo el mundo estaba prestándole atención, salvo él mismo, quien aparentaba estar mirando sin hacerlo en realidad, y Elliot, que parecía querer perderse dentro del vaso con licor que apretaba entre los dedos y que aún no había llegado a probar. Oz sonrió, divertido, al adivinar el sonrojo de sus mejillas; resultaba evidente que le resultaba tan desagradable como a Gilbert su estancia allí, aunque la mueca desapareció pronto.

En lo más profundo de su fuero interno no estaba demasiado conforme con la idea de que el futuro marido de su hermana estuviese allí, en un burdel, a expensas de 'estrenarse como un hombre'. No pensaba hacer referencia a sus propios pensamientos en el círculo que le rodeaba, puesto que aquello no se consideraba una infidelidad como tal y se habrían reído de él abiertamente —que no era algo que le preocupase, en realidad, pero no le gustaba perder el tiempo en cosas que no iban a llegar a ningún puerto—.

De hecho, era realmente habitual que los hombres de la alta sociedad se desahogasen de sus impulsos sexuales acudiendo a locales como en el que estaban, pero eso no quería decir que Oz estuviese de acuerdo con ello. En todos los años en los que había tenido esposa, nunca, jamás, había acudido a un sitio así, aunque ella no hubiese podido atenderle debido a sus continuos achaques por tener un cuerpo tan débil y enfermizo. No había sido hasta que su lecho había quedado vacío porque la muerte se la había llevado cuando había empezado a considerar el alguna vez dejarse caer en brazos de alguna prostituta.

El único consuelo que tenía era que sabía a ciencia cierta que Eliot, jamás de los jamases, iba a volver a pisar un local así. No necesitaba mantener una conversación con él al respecto para saberlo. Su rostro era toda la prueba que necesitaba.

Vincent parecía entretenido, por otro lado, mas el mayor de los Vessalius no estaba realmente seguro de que su mente se encontrase allí, porque sus ojos parecían algo opacos incluso bajo aquella leve iluminación. Se trataba de alguien misterioso sin lugar a dudas, el joven Vincent Nightray, y desde que había aparecido en su casa, semanas antes, la idea de que su hermana tenía algún tipo de relación con él se había instalado en su cabeza para no desaparecer, llegando a solapar incluso asuntos que en ese momento se le hacían bastante más urgentes. Sin embargo aún no había tenido oportunidad para hablar con ella del asunto, o quizás, simplemente, no había encontrado el valor suficiente como para sacar el tema, ya que la expresión que había adoptado al verle no se le borraba de la cabeza. Como si la sola idea de encararle le provocase un profundo terror.

El sonido de los aplausos, que indicaba el fin de la función de la joven rubia, le sacó de sus pensamientos, y bebió un poco de su copa antes de unirse de forma distraída al jolgorio que buscaba felicitar a la muchachita por su actuación. Ernest empezó a cuchichear con sus amigos mientras Gilbert y Elliot buscaban refugio en la mirada del otro, deseando por encima de todas las cosas poder escapar de ese ambiente perfumado que parecía resultarles asfixiante. No podía culparles, desde luego. Los lugares como aquel debían de estar fuera de su concepción del mundo.

—Entendería que quisiese molestar a mi hermano, pero no comprendo por qué tortura a Elliot con cosas que conoce no son de su agrado —tuvo que contener el respingo que quiso dar en el momento en que la voz de Vincent sonó a su lado, casi como un susurro.

Giró el rostro hacia él mientras dejaba el cristal reposar sobre el mantel de terciopelo, mostrando su tan ensayada sonrisa. En ningún momento se había percatado de que hubiese cambiado de sitio con la persona que anteriormente estaba a su lado —ni siquiera sabía de quién se había tratado—, tan absorto estaba en sus divagaciones.

—Eso mismo estaba pensando yo en estos momentos —comentó a la par que extraía un pañuelo de uno de los bolsillos de su chaqueta y se lo pasaba por los labios para quitar los restos de vino—. En realidad no comprendo mucho los motivos que empujan a vuestro hermano Ernest a hacer las cosas que hace, pero supongo que desentrañarlos es uno de los pequeños placeres de esta vida.

Vincent le devolvió el gesto, pero Oz no sintió que de verdad aquello fuese una sonrisa. No destilaba alegría, ni siquiera conformidad. Era sólo una mueca vacía en un rostro de porcelana, y al percatarse de ello un escalofrío le recorrió la espalda. Sin embargo, no lo demostró ni un ápice. O eso quiso creer. No conocía hasta qué punto los ojos dispares de aquel hombre eran capaces de ver el alma de la persona con la que estaba interactuando.

«Menudas cosas piensas» se reprochó a sí mismo, notando, sin embargo, un sudor frío en la nuca.

—Y dígame, señor Vessalius. ¿Por qué ha decidido unirse a nosotros en esta noche? —continuó con la conversación, desviando la mirada ligeramente al mantel burdeos que coronaba la mesa elegantemente. Oz no pudo evitar pensar que había algo femenino en la forma que tenía de moverse, incluso de pestañear, y eso le desconcertaba mucho—. ¿Es que acaso es usted dado a este tipo de contubernios?

—En absoluto —respondió en seguida, intentando recuperar la compostura—. Pero incluso alguien tan sereno como yo puede añorar el calor de una mujer en el lecho, y me parece normal buscarlo, aunque sólo sea por unas horas.

—Y con retribuciones a cambio.

Tenía la impresión de que le estaba juzgando, pero decidió no comentar nada al respecto. Dio buena cuenta de su vino, nuevamente, percatándose de que la joven Lottie subía de nuevo al escenario, como todas las noches, para deleitar al público con su voz y sus sensuales bailes, que dejaban más bien poco a la imaginación. El recuerdo de la joven de pelo castaño tomó fuerza en su memoria, y determinado a dar con ella, terminó su copa con presteza, dejándola sobre la mesa con toda la delicadeza que sus modales le permitieron. Justo en ese momento, la bonita muchacha rubia que había actuado segundos antes pasaba por su lado, azorada, agradeciendo las innumerables felicitaciones de todos los hombres ricos y de negocios que intentaban poner sus manos sobre su joven y tersa piel. No le costó demasiado a Oz averiguar que ninguno de ellos era de su agrado, así que, cuando su frágil brazo pasó cerca de su asiento, lo tomó con suavidad, casi tanta como con la que había depositado el cristal sobre el mantel, y le besó en el dorso de la mano y en los dedos para atraer su atención.

Evidentemente la muchachita se sonrojó hasta la raíz del pelo, lo que le demostró que era realmente nueva en esos affaires y que sería relativamente sencillo despistarla para seguir con sus propósitos. El por qué se había obsesionado tanto con ella escapaba a su comprensión, pero dentro de su mente sabía que si no conseguía averiguar quién era y qué hacía allí, se volvería completamente loco.

—Disculpad mi atrevimiento, pero no podía dejar pasar por mi lado la belleza que ha conmovido mi corazón sin haber dado muestra alguna de mis sentimientos.

—Oh… señor, por favor, no digáis eso. Yo…

—¿Acaso dudáis de vuestros encantos, milady? Estoy seguro que cualquiera de mis acompañantes podrá atestiguar que mis palabras son ciertas —esto lo dijo en un tono un poco más alto para atraer la atención de los pocos comensales que no estaban ya con los ojos fijos en ella—. ¿Verdad, Ernest, que pocas veces habéis contemplado a una florecilla de tamaña hermosura, incluso cuando aún no ha abierto del todo sus pétalos?

El mayor de los Nightray allí presentes la miró de la cabeza a los pies, como si en lugar de ser una persona el blanco de su atención se tratase de un cuadro o una escultura, quitándole el carácter humano que podría haberla definido; apreciándola como a un mero objeto, nada más. La jovencita intentó disimular —sin éxito para el hombre que tenía su mano grácilmente sujeta— su estremecimiento de pies a cabeza durante el proceso, dando muestra clara de que se trataba de alguien sin experiencia, casi nueva en esos asuntos, puesto que carecía del descaro propio de sus compañeras, y eso hizo que Oz en el fondo sintiese una tremenda lástima por ella. Se preguntó acerca de su vida, de su familia, de las circunstancias por las que había terminado allí, vendiendo su cuerpo a desconocidos cuando podía estar haciendo cualquier otra cosa mucho más honrada.

—Es bastante bonita, desde luego. Una pena que tenga que malgastar su talento y sus virtudes en un lugar como este.

No supo a cuento de qué venía, ni por qué tuvo esa impresión, pero le pareció que cada palabra que había salido de sus labios iba dirigida a ella, y no a él, y estaba pintada con el mayor de los desprecios, como si quisiese humillarla. Hundirla. Destrozarla por dentro. Aquello le hizo fruncir levemente el ceño. Tenía muchas acepciones para describir a Ernest Nightray, pero nunca lo habría imaginado siendo cruel con una muchachita a la que ni siquiera conocía. Ese comportamiento era más propio que lo dirigiese contra él o contra su pobre hermana —que en esos momentos aguardaba en casa mientras su padre se ocupaba de los gastos de la fiesta—, por culpa de ese ridículo odio ancestral que se profesaban ambas familias. Porque Ernest no conocía a esa chica de antes.

¿Verdad?

Volvió a la realidad cuando reparó en el leve temblor de la mano blanca que aún estaba sujetando. Giró el rostro hacia ella, percibiendo claramente que la pobre estaba guardando la compostura con toda la dignidad que le era posible, aunque resultaba evidente que le costaba. Parecía que ni siquiera recordaba el hecho de que era Oz quien la retenía a su lado, y no la mirada azul y severa de Ernest Nightray.

Tiró suavemente de sus dedos, finamente decorados con algunos anillos sencillos, y recibió su desconcertado rostro con una hermosa sonrisa, suave, seductora, que invitaba a seguirle a los rincones más oscuros, más prohibidos del mundo. El leve sonrojo que cubrió sus mejillas tras eso le hizo sentirse satisfecho consigo mismo, siendo consciente entonces de que le había allanado el camino para la proposición que tenía pensado hacerle desde que la había visto moverse entre el público, casi inocente y candorosa.

—¿Puedo acompañaros a un sitio más privado, milady? Me gustaría pasar algo más de mi tiempo a vuestro lado.

—Yo… bueno… —lo único que necesitó fue un vistazo al resto de la mesa para responder, de una forma ya más decidida—. Claro, milord. Para mí será un auténtico placer —esbozó una encantadora sonrisa, aguardando a su lado mientras él se ponía de pie y se despedía de todos los que estaban en la mesa.

Hasta luego, dijo, aparentemente satisfecho, y aún de la mano de la jovencita rubia, se perdió por una de las puertas que daban a las habitaciones superiores del local. El resto que quedó en la mesa empezó a parlotear unos con otros, con la excepción de Vincent, Gilbert y Elliot, estando este último demasiado ofuscado en lo que él consideraba su propio problema como para atender a la rabia que parecía estar ardiendo dentro de su hermano mayor. Vincent simplemente paladeaba su copa de vino, y Gilbert pedía a gritos con los ojos salir de allí.

Pero ninguno pareció tener la más mínima intención de levantarse y regresar a casa tan pronto. Sobre todo porque la idea principal, que había sido evitar que Elliot llegase virgen al matrimonio, aún no se había llevado a cabo. Regresar a ese tema pareció distraer lo suficiente a Ernest como para que dejase de maldecir la sangre de los Vessalius y le levantase el ánimo, haciendo que, por otro lado, el más joven de los Nightray quisiese ser comido por la tierra en cualquier momento.

—¡Vamos, Elliot! ¡No deberías desaprovechar una oportunidad como esta! —dijo uno de ellos, uno cuyo nombre desconocía por completo, mientras los demás se echaban a reír, incluido Ernest.

El muchacho alzó los ojos en busca del único que sabía que haría algo por ayudarle, ya que se encontraba en la misma situación, prácticamente, pero Gilbert no pudo transmitirle nada que no fuesen ánimos, en ese momento, porque él tampoco sabía qué hacer para salir de allí. Tan desesperado estaba que desvió la mirada hacia Vincent, quien sólo sonreía enigmáticamente con la vista puesta en el rostro de una jovencita sinuosa que se paseaba entre los comensales como un gato.

Fue su insistente mirada la que hizo que ella torciese el rostro hacia donde se encontraban, aproximándose con una mueca ladina y seductora, contoneando excesivamente las caderas. Gilbert la reconoció en seguida. Se trataba de Charlotte, la chica con la que Oz había subido la vez anterior que les habían arrastrado hasta ese lugar. A diferencia de la otra ocasión, llevaba el pelo suelto y un hermoso vestido de terciopelo negro que insinuaba más que mostraba, con exquisitos encajes y entallado perfectamente en su estrecha cintura.

Tras saludar de refilón a todos los miembros de la reunión se sentó sobre el regazo de Vincent y le besó en los labios, dejando la marca de su carmín sobre ellos. Empezaron a murmurarse cosas que ninguno entendió, pero más de uno y de dos no tardaron en comenzar a decir, entre gritos jocosos, que algunos, desde luego, tenían más suerte que otros. Aquellos comentarios hicieron que la joven se girase de nuevo hacia ellos riendo, topándose por el camino con la mirada inquieta de Elliot, que no hizo sino atraer más a la muchacha.

—Es un placer volver a verles, mis señores. Sin embargo encuentro una cara nueva entre las que ya conozco. Una cara esquiva y encantadora. ¿Quién es, señor Nightray? Por el delicioso lunar que posee bajo el ojo puedo aventurar… ¿su hermano menor?

—Mi querida Charlotte, tan perspicaz como siempre —dijo, alzando su copa en su honor—. Se trata de mi hermano Elliot. Contraerá matrimonio dentro de poco y nunca ha estado con ninguna mujer, así que hemos pensado que sería una buena idea que alguna de tus preciosas chicas hiciese algo al respecto.

—No es necesario —farfulló atropelladamente el mencionado, demasiado nervioso. Incluso le sudaban las manos. Su respuesta lo único que hizo fue provocar una carcajada entre la mayoría de los que le rodeaban, consiguiendo molestarle muchísimo más—. ¡Dejad esta mierda de una vez! —golpeó la mesa con el vaso y fue a levantarse para marcharse, sintiéndose humillado.

Sin embargo, las suaves manos de Lottie, que se había puesto de pie a la par prácticamente que él, como previendo su reacción, le detuvieron, haciendo que se le erizasen todos los pelos del cuerpo. Le llegó un suave olor a frutas, y su tacto era sedoso, casi tanto como el de la ropa que llevaba. Sus ojos felinos, rojos, le hicieron sentirse cohibido, y consiguieron solapar un poco la rabia que le había hecho reaccionar así en ese momento.

—Por favor, suélteme, señorita.

—Qué encantador es, señor Nightray. Creo que ya sé quién podría ocuparse de él… —su comentario le hizo ponerse todavía más nervioso.

—Por favor, déjeme —insistió, con algo más de brusquedad.

Vincent, que parecía completamente ajeno a lo que estaba sucediendo desde que Lottie se había levantado de su regazo, en el fondo disfrutaba ante la inútil resistencia de Elliot a sus encantos femeninos. Mientras deslizaba sus labios venenosos hacia la copa que se sostenía grácilmente entre los dedos, llegaba a la conclusión de que el único motivo por el que no había cedido aún a sus encantos era porque se trataba de un cabezota redomado, y aún no había descartado el que se soltase bruscamente de ella y saliese corriendo del local, maldiciendo a todos.

Lo cierto era que, de entre todos los miembros de esa familia de pacotilla en la que aún seguía únicamente por el bienestar de Gilbert, Elliot era el único que de verdad le gustaba. Resultaba graciosa su forma de ser, tan irritado y aparentemente indiferente ante todo lo que le rodeaba; pero sobre todo, el verdadero motivo por el que le caía en gracia, era porque de niños había hecho muy feliz a Gil, aceptándolo prácticamente como era, sin mirarle como si fuese una alimaña.

Por eso en esos momentos, mientras Lottie hacía su magia, no podía evitar sino sentir pena por él, porque cada segundo que pasaba sin marcharse de allí no hacía sino provocar que, tarde o temprano, terminase prendido en la telaraña de sábanas rojas que la muchacha tenía en su habitación.


El pasillo donde estaban todas las habitaciones de noche le recibió con una solemne tranquilidad, con un taimado silencio que enmascaraba cada acción que estaba teniendo lugar detrás de todas esas puertas de madera oscura, que se erigían como guardianas perpetuas de cuantos oscuros secretos se estuviesen desvelando al otro lado de su superficie. Las alfombras y las paredes, que bailaban entre el rojo y el dorado, sólo eran iluminadas tímidamente por las lámparas que lo recorrían en toda su longitud, creando sombras de monstruos inexistentes en las esquinas. Todo estaba inundado con el mismo perfume que la otra vez que lo había recorrido, embriagador e intoxicante, pero decidió no dejarse llevar por sus aparentes encantos para sucumbir a la tentadora idea de regresar con ese dulce pajarillo y dejarse ir en sus brazos. No, él estaba ahí para buscar a la chica del pelo castaño y los ojos azules.

Mientras avanzaba, lento, procurando no hacer ruido para no alertar a nadie de su presencia en el exterior, se sintió estúpido y joven de nuevo a partes iguales. No es que se considerase viejo, ni mucho menos. Sólo tenía veinticinco años, prácticamente la cumbre de su madurez, pero la muerte de su esposa, la mala relación con su padre y el tener que cuidar solo a su hijo habían causado en él un deterioro que le habían hecho olvidar los placeres de la vida en los que se introducía cuando no era más que un chiquillo un tanto desarraigado y pendenciero. Caminar a escondidas por ese pasillo para ir a buscar a una desconocida hacía que la sangre le bullese y le hiciese olvidar todas las cosas que provocaban que su alma se partiese lentamente debajo de la carcasa que se había creado para que nadie le viese sufrir.

También hacía que se sintiese poco más que un imbécil, porque no era capaz de entender el motivo por el que, desde que la había visto semanas atrás, no había sido capaz de dejar de pensar en ella ni un solo momento. La evocaba constantemente, vestida de negro, con esa mirada desafiante y altanera, con su larga melena que parecía suave, delicada al tacto. Quería saber quién era. Quería conocerla. Quería seguir sintiéndose fascinado por su simple presencia. La perseguía en sueños confusos y ahora ahí se encontraba, siguiendo su estela a través de las pisadas perdidas de una alfombra que no aparentaba estar desgastada, pero que se encontraba tan deshilachada como las muchachas que la recorrían día a día para trabajar.

Como la pequeña Clarisse, que en ese momento descansaba plácidamente en su habitación mientras él se dedicaba a perseguir sus quimeras. Rememoró brevemente su rostro de porcelana, sus ojos de muñeca y sus rizos rubios rozándole suavemente la piel de las manos, cuando le había dirigido al cuarto que utilizaba para atender a sus clientes. Era mucho menos ostentoso y obsceno que al que le había conducido Lottie en su última instancia, y por ello, lo había encontrado más cómodo, más agradable. Le había parecido que iba acorde con lo poco que sabía de ella mientras se perdía en los dulces dibujos que decoraban sus paredes.

—¿Un poco de vino? —le había ofrecido con esa vocecilla encantadora y suave.

—No, gracias, milady. Ya he bebido suficiente en el piso inferior —con las manos en los bolsillos se dirigió al precioso tocador que había a mano derecha, donde probablemente se entretenía para esconder las 'marcas de amor' que dejaban sobre su cuerpo—. Es un hermoso lugar.

—Gracias, milord la había notado un tanto inquieta en esos momentos, casi ansiosa. Probablemente aún no se había acostumbrado a ello, pobrecilla—. Bueno, ¿quiere… quiere que comencemos?

Al girarse la había visto sentada sobre la cama, tímida, sonrojada, y su deseo por ella se había incrementado. Sin embargo, durante el ascenso hacia ese lugar, se había percatado de que en las sombras de su rostro bailaba su bella, su frágil Marianne, a la que había querido como a pocas personas, pero a la que nunca había llegado amar. Eso le había frenado considerablemente a la hora de continuar con lo que ella pensaba que pretendía hacer allí, cosa que había agradecido muchísimo, porque si no, todo habría sido mucho más complicado.

De rodillas frente a ella, había tomado sus manos para asegurarle que no tenía ningún tipo de intención semejante para con ella, aunque su cuerpo clamase por lo contrario, ya que su primera intención al pedirle estar en privado era alejarla de la fría y despiadada mirada de Ernest Nightray. La simple mención de su nombre la había hecho estremecer como si de la llama de una vela expuesta a un vendaval se tratase, cosa que hizo que las sospechas que crecían en su interior hubiesen aumentado considerablemente, para luego llevarse una tremenda sorpresa que lo sumió en una leve desazón de la que aún era presa mientras caminaba, escondiéndose en las esquinas para no ser descubierto.

¿Quién habría podido imaginar, hasta que ella hubo abierto la boca para narrarlo prácticamente entre lágrimas, que Ernest la había estado pretendiendo tiempo atrás, antes de que su familia quebrase y se viese avocada a la miseria, haciendo que ella terminase en semejante lugar? Lo que más escalofriante le había parecido eran las insinuaciones de que quizás él había tenido algo que ver con todo eso, simplemente porque sus padres se habían empeñado en impedir que existiese algún tipo de compromiso o relación entre ellos.

Oz aún dudaba que eso fuese del todo verdad, porque, aunque creía capaz de todo a un hombre como él, quería creer que en su corazón no habitaba sólo la negrura que parecía querer consumirle, el odio que le quemaba por dentro y que acabaría destruyéndole. Ernest era capaz de amar porque se lo demostraba con sus hermanos, y era eso lo que le hacía pensar que quizás había otro ente, mayor, más poderoso, con más contactos, detrás de esa trágica historia. Y que probablemente Ernest tampoco supiese mucho al respecto, por la forma que había tenido de reaccionar ante ella.

Sin embargo no le había dicho nada, no queriendo hacer que floreciese en ella la ilusión para que al final sus temores resultasen verdaderos. Se había limitado a sentarse a su lado para intentar consolarla. Clarisse, que era como se había presentado, aunque probablemente no se trataba de su nombre real, había terminado correspondiendo su amabilidad con algunas respuestas que buscaban saciar su curiosidad sobre la joven a la que había venido a buscar desde un principio.

—Ninguna sabemos cómo se llama. No habla con nadie ni se dirige a nadie. Sólo la conocen la señorita Lottie y el señor Fang. Lleva viviendo aquí unos meses, pero no trabaja ni hace nada que no sea pulular por los pasillos e intentar escaparse constantemente, por lo que no tenemos ni idea de por qué la mantienen aquí. Algunas chicas dicen que es alguien importante que está siendo perseguido o que la han secuestrado, pero yo no lo creo así porque siempre parece muy tranquila, cuando la vemos deambular sin rumbo. Creo que intenta marcharse por otros motivos.

—Comprendo. ¿Dónde podría encontrarla? —su pregunta la había desconcertado bastante.

—¿Quiere ir a buscarla?

—Te mentiría si no te dijese que es la razón por la que he venido hoy. Siento haberte usado, mi dulce Clarisse —la chica había sonreído tristemente, empero había negado con la cabeza suavemente.

—No tiene nada por lo que pedir perdón. Al menos… al menos ha sido bueno conmigo. Pero, ¿puedo preguntarle por qué? Si no sabe quién es.

Ignoraba qué expresión había puesto al decir lo que salió de sus labios, pero por la reacción de Clarisse, sin duda debía de haber lucido un semblante como pocas veces había mostrado desde el día en que había venido al mundo, porque la chica había parecido profundamente conmovida por sus palabras.

—Sé que parece extraño, pero dentro de mí siento que no puedo hacer otra cosa sino buscarla.

—Vive en el pasillo de la derecha, al fondo, en la última habitación, una antigua que no utilizamos para nada.

Lo cierto es que le habían salido del corazón. Se sentía tan intrigado por ella, aún más ahora que sabía que su presencia allí era de lo más inusual. Clarisse se había ofrecido a acompañarle, pero Oz se había negado en rotundo, alegando que lo mejor era que le esperase allí para poder recibirle una vez terminase de intentar hablar con ella. La muchachita, con intención de ayudarle, había decidido dejar colgando del pomo una estola rosada, para que así fuese capaz de reconocer la habitación sin ningún problema.

Y ahí se encontraba ahora, frente a una puerta desvencijada que permanecía oculta a simple vista, con el corazón latiéndole apresuradamente en el pecho, porque por primera vez la joven misteriosa no iba a ser capaz de huir de él ni de sus preguntas. ¿Se desilusionaría? ¿Se sentiría aún más atraído, como las polillas al fuego? La incertidumbre le estaba matando y al mismo tiempo incentivaba todo su ser.

Se acercó silenciosamente porque no quería alarmarla ni alertarla de su presencia. ¡A saber si era capaz de encerrarse en otro lugar donde no pudiese alcanzarla! El corazón le aleteaba furioso en el pecho. No sabía cuánto tiempo había perdido intentando llegar hacia allí, pero tampoco podía tardar demasiado en regresar, no fuese a ser que Lottie o el llamado Fang quisiesen ir a verla por cualquier motivo y lo encontrasen allí, con ella. Desde luego no resultaba lo más apropiado. Al menos sabía que se encontraba allí gracias a la rendija bajo la puerta, mediante la cual se podía adivinar algo de luz proveniente del interior.

Se aferró al pomo al llegar, notando que su determinación se quebraba un poco justo en ese momento. ¿Y si estaba equivocado? ¿Y si debía dejar que ella continuase vagando en sus sueños como una ilusión para enterrarla allí, en lo más profundo de su ser? Quizás ya era perfecta tal y cómo él la veía, como una sombra, como un destello fugaz que había sido capaz de captar su atención en apenas un segundo.

«No…»

Giró la mano, escuchando el leve chirrido que acompañaba a ese gesto mientras la puerta cedía ante su empuje. Primero asomó poco más que la mitad de su rostro, pudiendo atisbar algo de la habitación: de madera, a penas con más muebles que una cama, un armario, una mesa con su silla y una diminuta mesita de noche, donde brillaba la llama de un candil. En el techo se adivinaba un gran tragaluz que permitía que el candor de la luna penetrase en el cuarto. Y justo sobre el colchón, con la mirada perdida más allá de las estrellas, se encontraba ella, ataviada con un sencillo camisón blanco, únicamente coloreado por el intenso castaño de su larga melena. Únicamente atendiendo a las líneas de su rostro de porcelana, cualquiera podía llegar a pensar que estaba ahí estática sin sentir nada, probablemente aburrimiento, lo que más. Pero incluso a esa distancia, podía percibir en el brillo de sus ojos oscuros la intensidad de todas sus emociones.

Temeroso de interrumpir la magia del momento estuvo a punto de retroceder, de marcharse y dejarla ahí, sobre la cama y en la imagen fresca de su memoria. Pero el destino, que la había colocado justo frente a él, no pensaba permitirle abandonar tan pronto. Al cambiar el peso de una pierna a la otra, el suelo, algo desvencijado por esa zona, crujió, alertándola de la presencia de alguien donde él se encontraba.

—¿Fang? —su voz sonaba cansada, hastiada. Al ver que no respondía, continuó—. Espero que no seas tú, Lottie, porque lo cierto es que no me apetece nada verte.

Oz no pudo evitar sonreír al percibir el deje molesto que teñía sus palabras, e insuflado por una fuerza desconocida, decidió dejarse ver. Ni hubo terminado de abrir la puerta del todo para decir dos palabras cuando le recibió un sonoro grito proferido por ella, además del aparentemente inofensivo golpe de un almohadón contra su cara.

—¡AH! ¿¡Quién eres tú!? —vaya, estaba claro que no le había reconocido—. ¡Lárgate de aquí! ¡Esta no es una habitación de esas!

De no haber sido porque estaba empezando a chillar un poco más de lo debido, y que probablemente sus gritos no iban a ser confundidos con los de una cabaretera, habría tenido más tiempo para sentirse desconcertado por tan extrañísimo recibimiento. Pero su cuerpo fue más rápido que su mente mientras tiraba el objeto al suelo, cerraba tras de sí y se abalanzaba sobre la cama para hacerla callar, aunque fuese cubriéndole la boca con la mano.

—¡Si no te marchas te juro que te tiraré la silla a la…!

No pudo terminar de decirlo porque, efectivamente, Oz la había inmovilizado contra el colchón con su cuerpo, considerablemente más grande, más fornido que el de ella, y le estaba impidiendo emitir ningún sonido mientras intentaba mandarla callar con leves susurros.

—¡Shhh! ¡Por favor, guarda silencio! ¡Ni quiero yacer contigo ni quiero hacerte daño! ¿No te acuerdas de mí?

Sus ojos verdes brillaron a la luz del satélite, otorgándole un aura casi celestial a su hermoso rostro masculino, y si bien era cierto que al principio no consiguió ubicarle, su sonrisa nerviosa, acompañada de esa mirada que bailaba entre la calidez y la picaresca, le sirvieron para que regresase a su mente la imagen casi diluida del joven señor al que había encontrado en los bosques mientras estaba en una partida de caza.

Oz se sintió aliviado al ver el reconocimiento reflejado en su mirada. Muy levemente comenzó a aflojar su agarre, liberando también su boca, suspirando al notar que a pesar de todo, ella había decidido no seguir gritando. O a lo mejor seguía demasiado sorprendida como para reaccionar violentamente, como había hecho segundos antes.

—Eres tú… —dijo al fin, incorporándose un poco. De pronto, pareció terminar de encajar las piezas del puzle—. ¡Eres tú! —Oz se apresuró en volver a cubrirle la boca antes de que decidiese alzar todavía más la voz.

—¡Shhh! ¡Por favor, no grites! —La chica forcejeó hasta que consiguió liberarse de él, haciéndolo, por cierto, no de la forma más ortodoxa del mundo—. ¡Maldición! ¿¡Pero dónde te han enseñado a comportarte así!? —preguntó, dolorido, mientras se frotaba la zona que acababa de morder.

—¿¡Y a ti dónde te han enseñado a tratar así a una señorita!?

El joven señor Vessalius estuvo realmente tentado de alzar una ceja, puesto que no parecía comportarse con los modales de una señorita de ninguna manera, al menos por lo que había podido ver. Pero como no quería recibir más golpes, prefirió, simplemente, eludir esa pregunta. Resultaba mucho más fascinante y entretenido observar la línea de su rostro, perderse en la profundidad de sus ojos, que bailaban entre el azul oscuro y el violeta, dependiendo de la luz que los enfocase. Demonios, era realmente hermosa. Mucho más de lo que podía recordar de su breve encuentro en el bosque. ¿Era realmente su belleza lo que le había incitado a seguirla hasta allí?

—¿Pasa algo? —su voz, desconfiada, rompió el hechizo que ejercía sobre él su semblante.

—No —contestó al fin—. Es sólo que se me hace extraño. Realmente estás aquí. No fue una ilusión cuando te vi parada al otro lado de la puerta.

—Oh… —fue lo único que salió de sus labios. Estaba claro que había olvidado ese incidente también, aunque le había dado la impresión de que le había reconocido en ese momento—. Es cierto, Lottie casi te abrió la cabeza con un jarrón en ese momento.

«Sabía que no me había desmayado…» pensó, rozándose con las yemas de los dedos la zona en la que había recibido el impacto.

—Sí, he de decir que casi lo consiguió. Y no porque no le pusiese empeño —bromeó. La chica, que aún le observaba con algo de desconfianza, se recluyó junto al cabecero de la cama, apretando las piernas contra su cuerpo—. No temas. De verdad que no voy a hacerte... —en ese momento se dio cuenta de que la estaba tratando con demasiada familiaridad, lo que se le hizo extraño, puesto que nunca se había sentido tan libre a la hora de hablar con nadie— hacerle daño alguno. Ni a molestarla. Sólo quería comprobar que se encontraba aquí.

La joven alzó una ceja, extrañada, y aunque relajó levemente los músculos de su cuerpo, no cambió de postura.

—¿Por qué ahora me hablas de otra forma? —el que continuase tratándole de tú le desconcertó, al igual que su sonrisa traviesa—. No parecía importar mucho cuando has entrado.

—Bueno, he de reconocer que mis modales quedan un poco de lado cuando alguien intenta matarme lanzándome cosas a la cabeza —se colocó en la orilla de la cama, observándola en la lejanía—. Pero si no queréis…

—Háblame… o hábleme como le parezca, noble señor —hizo un amago de reverencia sobre el colchón—. Sinceramente, no me importa. Lo que sí que me gustaría saber es qué haces exactamente aquí.

—Ya se lo he dicho. Sólo quería comprobar que de verdad estaba aquí. Que el otro día no me la había imaginado al otro lado de esa puerta.

—¿Y eso por qué? ¿Acaso querías averiguar si estaba a la venta? —continuó preguntando, mordaz, insistente, impertinente—. Pues me temo que te vas a llevar un chasco.

—El primer día que nos conocimos no me trataba con tanta confianza, milady.

—El primer día que nos vimos no estábamos en un burdel, sino en medio del bosque.

—¿Y ese es motivo suficiente? —se exasperó un poco al verla alzar los hombros, como si nada de eso le importase, al mismo tiempo que se sentía fascinado precisamente por el mismo detalle. No había conocido a muchas jovencitas así, precisamente—. Pues me resulta incomprensible.

—Como lo es para mí el que os hayáis tomado tantas molestias, milord —remarcó especialmente el final de la frase—. Incluso si de verdad lo que queríais no era yacer conmigo —repitió—. Porque al menos eso tendría algo de sentido para mí.

—Estamos empatados, pues, en cuanto a desconcertar al otro se trata.

Mantuvieron un breve silencio durante el cual lo único que hicieron fue estudiarse concienzudamente, aunque quizás con motivos diferentes.

Ella buscaba algún signo, algo que le ayudase a descifrar las verdaderas intenciones de aquel tipo, puesto que no se fiaba de la gente que ostentaba altos cargos y títulos —debía de serlo si andaba por allí; no era un lugar en el que admitiesen a cualquiera—. Solían ser demasiado pendencieros y demasiado poco sinceros; sin embargo, en sus ojos verdes sólo brillaba la curiosidad que parecía despertar en él, cosa que ni comprendía ni le gustaba. Era extraño e incómodo, porque los hombres solían huir de sus malos modos.

Él, por su parte, disfrutaba simplemente observándola, intentando grabar en su cabeza cada línea y cada gesto, y demonios, seguía sin saber por qué. No era tan hermosa como otras mujeres a las que había tenido el lujo de ver, como la propia Sharon Rainsworth. Tampoco era grácil, delicada ni le inspiraba algún sentimiento de amor o pasión. Sólo era… diferente. Lo sentía en cada poro de su piel, en cada milímetro de su ser. Y eso le atraía como la polilla al fuego. Únicamente esperaba no terminar tan achicharrado.

Como los minutos se sucedían y ninguno de los dos hablaba, la joven empezó a notar que la incomodidad que él despertaba en ella por lo intenso que era su interés por ella aumentaba paulatinamente. Se revolvió un poco en su sitio antes de mirar a la puerta, con la esperanza de que alguien apareciera para que él dejase de mirarle así, como si fuese algo fascinante y exótico.

—Deberías irte, noble señor —dijo al fin, intentando no vacilar ni temblar al hacerlo; intentando aparentar fortaleza, cosa que no pasó desapercibida ante él—. No creo que sea una buena idea que te encuentren aquí hablando conmigo.

—¿Y por qué no? —sonrió al verla fruncir el ceño. Parecía no ser nada difícil irritarla—. Está bien, está bien. Me marcharé. Con una sencilla condición —ella suspiró, hastiada, antes de preguntarle cuál era—. Tu nombre.

Parpadeó, extrañada, notando algo raro dentro de su ser. ¿Su nombre? Le observó, recelosa, debatiéndose sobre si hacerlo o no. Sobre si decírselo o no. Su apellido era algo peligroso que podía terminar trayéndole problemas a los dos, y aunque no le conocía, tampoco quería que el negocio de Lottie terminase fracasando por sufrir daños colaterales. Pero como él tampoco parecía muy dispuesto a abandonar su estúpida habitación si no le daba algo con lo que rumiar, optó porque no importaba demasiado si conocía sólo su nombre de pila. ¿Qué daño podía hacer?

—Alice. Me llamo Alice.

—Alice —pareció deleitarse con cada letra. Qué hombre tan peculiar…—. Es bonito. Alice. ¿Alice Sin apellido? —tuvo que reírse levemente al verla fruncir el ceño—. Entonces serás Sólo Alice.

—Gracias. Y ahora…

—Sí, sí. Me marcho. Gracias por no llamar a nadie ni por destrozarme la cabeza con la lámpara. No creo que hubiese podido sobrevivir otro ataque furtivo.

Alice murmuró un 'de nada' mientras lo observaba levantarse y dirigirse hacia la puerta de la habitación más rápidamente de lo que ella había esperado. Quizás había esperado que él reaccionase de otro modo, de forma más caprichosa, presionándola para revelarle la identidad del nombre de su familia o incluso queriendo prolongar su estancia allí. ¿Se encontraba decepcionada? A lo mejor sí. Desde luego, era lo más interesante que le había sucedido en días, desde que prácticamente la encerrasen bajo llave en semejante lugar. Aún así se sorprendió al encontrarse alzando la voz para preguntarle algo más.

—¿Y a ti tengo que seguir llamándote noble señor?

Sonrió satisfecha al ver que le tomaba por sorpresa su repentino interés; ni siquiera se molestó en borrarla cuando él giró el rostro hacia ella para encararla.

—Oz.

—Menudo nombre más extraño —él le devolvió la sonrisa—. Igual que tú.

—Lo sé. Es una de mis muchas y maravillosas cualidades. Hasta más ver, señorita Sólo Alice. Os dejaré para que sigáis hablando con la luna.

Antes de que la chica hubiese podido decir nada más, la sombra de Oz se perdió más allá de la puerta y del pasillo que le había recibido, quedándose ella perpleja y con la sensación de estar sola más acusada que nunca. Tardó un poco en reaccionar, pero de pronto se arrepintió de haberle pedido que se marchase, puesto que su presencia había aliviado un poco el aburrimiento, el tedio de pasarse las horas de la noche ahí encerrada, sin poder tratar con otro ser humano. Su lado egoísta fue el que le hizo saltar como un resorte de donde estaba para dirigirse hacia la entrada, pero al atravesarla se percató de que la figura alta del joven había desaparecido, y tan sólo quedaba el espectro de su presencia. Frustrada por haber perdido tan buena oportunidad de entretenerse e incluso, quién sabía, de escaparse, se encerró, en esta ocasión con pestillo, exenta de ganas de tratar con nadie más, al menos durante un rato.

Por su parte, Oz no tardó en volver a localizar la habitación en la que Clarisse debía de estar aguardándole. Desde luego se dijo que tenía muchísima suerte al no haberse encontrado a nadie por los pasillos, claro que todo el mundo debía de estar de lo más entretenido, y probablemente a nadie le interesaba quién podía estar pululando por allí. Aún así, se cercioró una vez más de que no había un alma alrededor antes de abrir la puerta e introducirse en el interior del cuarto. Cerró tras de sí antes de echar un vistazo y darse cuenta de que la jovencita se encontraba tirada sobre la cama del fondo, presa de un dulce sueño que no la atormentaba.

Conmovido y apenado por tener que despertarla, se acercó a ella, meciéndola suavemente tras ponerle la mano en el hombro. Susurró varias veces su nombre, sorprendiéndose al verla sonreír con dulzura mientras murmuraba algo que le dejó completamente fuera de combate. Sin embargo no dejó de hacerlo hasta que la jovencita abrió los ojos, parpadeando como si se tratase de las alas de una mariposa, tardando unos segundos en enfocarle y reconocerle del todo.

—Milord, ya habéis vuelto —se irguió un poco. Hizo ademán de frotarse los ojos, pero entonces pareció recordar que llevaba maquillaje y se abstuvo de hacerlo—. Pensé que os demoraríais un poco más. ¿Habéis conseguido dar con ella?

—Sí. Muchas gracias por tu ayuda, mi dulce Clarisse —la chica se sonrojó encantadoramente, y de pronto Oz se sintió terriblemente tentado de besarla—. Sin embargo tienes razón, apenas si ha pasado tiempo, y si regresase ahora lo único que recibiría a cambio son burlas —dijo, pensando más en voz alta para sí mismo que para ella.

Fue la reacción de la chica, que se sonrojó un poco, la que le hizo darse cuenta de que había insinuado algo que no había pretendido. Sí, sabía que si bajaba ahora empezarían las chanzas y las burlas con respecto a lo poco que había durado con la muchacha; no obstante tampoco había querido decir que quería… rellenar el tiempo que faltaba haciendo 'uso de ella'. Por eso se puso de pie y empezó a rondar por la habitación, o al menos lo pretendió, hasta que sus brazos finos se aferraron a él, deteniéndole en su caminar.

—Milord, si usted quiere… Si usted… Ya lo he hecho otras veces y… y no me importaría.

—Clarisse —respondió, tomándole de las manos con una sonrisa suave—, una joven hermosa como tú no debería malgastar su tiempo intentando seducir a estúpidos hombres ricos como yo. Prefiero que aproveches tu tiempo descansando un poco más.

—Pero usted no es como los otros… es joven, apuesto y amable. A mí… incluso me gustaría —un escalofrío le recorrió la espalda, pero prefirió ignorarlo, no queriendo echar por tierra su esfuerzo.

De modo que le besó en el dorso de ambas manos y la obligó a sentarse sobre la cama. Probablemente ella lo interpretó de otra manera, porque cuando posó sus labios sobre su frente, en una muestra más de cariño que otra cosa, se sorprendió y le miró, horriblemente confundida.

—Me halaga que pienses así de mí, pero no quiero que le busques en mi rostro y en mi cuerpo, Clarisse —la chica tardó unos segundos en darse cuenta de a qué estaba haciendo referencia, porque cuando lo entendió, palideció de golpe.

—¡No! Quiero decir… no… no es… yo no…

—Le llamabas en sueños, Clarisse —eso la dejó completamente desarmada, arrancándole una sonrisa al joven, quien cogió la silla de la cómoda y la colocó al lado de la cama—. Anda, duerme. Me quedaré aquí un rato más, pero te despertaré antes de marcharme, ¿de acuerdo?

La muchacha asintió tímidamente antes de recostarse y cubrirse con sus sábanas de satén. Con la cabeza ya apoyada en la almohada, susurró un leve gracias, acompañado de una dulce sonrisa que se le grabó a Oz en lo más profundo de su ser. Sin apartar la vista de su semblante relajado, ya que no tardó demasiado en caer en los brazos del sueño, decidió que la ayudaría a salir de ese mundo como fuese, porque una criatura tan maravillosa e inocente no podía marchitarse entre esas paredes, atendiendo a favores de pervertidos que sólo pretendían saciar sus apetitos con ella. Todo por una negativa ante la idea de un compromiso.

Y antes de que sus pensamientos se desviasen inevitablemente hacia Alice y el extraño encuentro que habían protagonizado —la sola idea provocaba que aflorase una sonrisa en los labios, promesa de que ahora sí que no iba a poder olvidarse de ella en lo que le quedaba de vida—, en sus pensamientos retumbó una vez más el nombre que la había escuchado murmurar mientras su mente divagaban entre lo que era real y lo que no.

«¿Cómo puedes culparle de tu desgracia y buscarle mientras duermes? Ah, Clarisse. Me pregunto si en su cegadora rabia Ernest es capaz de comprender que todavía le amas…»


N/A: Cuando pienso que nunca voy a superar mi record de impuntualidad a la hora de publicar, me sorprendo a mí misma una vez más. No hay excusas. Empecé a escribir este capítulo en verano, pero se me atascó tantísimo que no podía ni abrir el word sin sentirme mal. La semana pasada lo retomé y las palabras empezaron a fluir solas. Ahora, a cambio, tengo un capítulo de más de siete mil palabras y mis más sinceras disculpas para todos vosotros. Entiendo que más de uno y de dos haya decidido ignorarme por tanta inconstancia; no hay rencores ni nada por el estilo. Sólo tristeza. A los que habéis decidido quedaros: gracias. Insisto una vez más en que NO TENGO INTENCIÓN DE ABANDONAR ESTA HISTORIA. Tardaré diez meses en actualizar, pero no tendré intención de dejarla nunca. Quiero terminarla.

Una vez hecha la ronda de disculpas, breves comentarios. Sí, Ada y Eliot no salen mucho en los últimos capítulos, pero porque su presencia tendrá más importancia a partir de la boda, a la que, por cierto, no queda mucho. Por eso estoy aprovechando estos huecos para hablar de personajes como Oz o Vanessa, ya que tienen su importancia dentro de la trama principal, aunque luego pretendo que salgan menos, al intentar centrarme más en la pareja principal. Aunque, como podéis ver, uno u otro siempre estarán en escena, de algún u otro modo. Tenía pretensiones de que Oz se topase con Alice, y al final me he encontrado haciéndolo mucho antes de lo que había pretendido en un principio. Y poco más que comentar.

Espero que os guste. Como siempre, vuestros comentarios serán más que bien recibidos. Y muchísimas gracias por todas las molestias que os tomáis para conmigo.

¡Muchos besos!