Disclaimer: Hetalia no me pertenece a mí, sino a Himaruya.
Advertencias en este capítulo: palabras feas que los niños buenos no deberían decir. Prusia loco.
Personajes en este capítulo: Francia, España, Alemania, Italia del norte e Italia del sur.
Capítulo uno: el infierno prusiano
Ruidoso, dicharachero, egocéntrico. Así solían definir Francia y España a su buen amigo Prusia. Desde hacía unos días, en cambio, notaron que cada vez era menos ruidoso y casi nada dicharachero.
— Mi asombroso servidor no se merece todo este sufrimiento — espetó molesto, tomando otro trago de la cerveza más barata que servían en aquella taberna de mala muerte.
…Al menos continuaba siendo egocéntrico. La fuente de todas las desgracias que torturaban la mente del pobre Prusia, era, ni más ni menos, su ordenador portátil. Un día, cuando estaba a punto de actualizar de nuevo su blog con fotografías de Gilbird, un poco — un litro — de cerveza se vertió sobre el aparato y lo estropeó por completo. Desde entonces Prusia estaba en un sinvivir. Los días se habían vuelto oscuros y su vida carecía de sentido.
Francia y España se intercambiaron miradas preocupadas, preguntándose a sí mismos qué podrían hacer para levantar el ánimo de su viejo compañero de parranda. El sonoro eructo de Prusia los despertó de sus cavilaciones, logrando que regresasen a la penosa realidad.
— ¡A la mierda todo! — se levantó de golpe, alzando su jarra de birra —¡Aún hay muchas cosas que puedo hacer!
— ¡Ese es el espíritu! — España la dedicó una de sus cálidas y fulgentes sonrisas — Puedes aprovechar tu tiempo libre y, ya sabes, podrías venir a mi casa como turista y gastarte todo el dinero que quieras. ¡Hasta podrías comprar deuda española!
— Exactamente — secundó Francia, sacando pecho —. Aprovechando la circunstancia, podrías pasarte por casa de tu tito y catar los mejores vinos del mundo. Y comprar deuda, también.
Si las miradas pudieran matar, tanto España como Francia estarían ardiendo en los avernos o, peor aún, comiendo un desayuno preparado por aquella ceja que respondía al nombre de Inglaterra.
— ¡Estáis haciendo publicidad descaradamente! — los señaló con el dedo, ofendido por la falta de lealtad de los que un día fueron aliados suyos.
— No, no mezcles conceptos — Francia pasó un brazo amistosamente por el hombro de Prusia —. España, aquí presente, y yo sólo queremos animarte. Eso es lo que hacen los amigos.
— Amigos… — Prusia bufó con retintín, apartando bruscamente el brazo de aquel gabacho inmundo. De pronto, iluminado por la palabra «amistad», se levantó una vez más, mucho más animado — ¡Ya sé! ¡Iré con Italia al cine!
— Sí, estará ansioso por ver una película contigo — contestó Francia, evitando reírse. Suficientemente educado era el pobre Veneziano por no haber mandado al cuerno al pesado de Prusia.
La semana transcurrió con más pena que gloria. España se figuró que Prusia ya estaría de nuevo correteando por las calles tal y como lo haría un chiquillo de diez años, mientras que Francia apostó por una depresión de caballo por parte del prusiano. Dado que la curiosidad los estaba consumiendo, decidieron hacer un hueco en sus apretadas agendas e ir a Alemania.
La recepción en la casa de los hermanos teutones no fue tan buena como se esperaron en un principio. Quien abrió la puerta, Alemania, no parecía estar por la labor de soportar a los amigos pesados de su hermano mayor.
— ¡Que no vinimos a pedirte dinero, sino que queremos ver a Prusia! — explicó Francia una vez más, ya harto de la falta de confianza profesada por Alemania.
Alemania posó su mirada recelosa sobre España, quien simplemente respondió con una sonrisa boba, pero que a ojos del alemán resultó maliciosa. Siempre le habían dicho que aquellos dos no eran trigo limpio, por lo que era inevitable que se sintiera incómodo con ellos delante.
— Está bien — dijo tras mucho pensar —. Podéis pasar.
Tras derrotar al can Cerbero, España y Francia se adentraron en el inframundo, también conocido como «casa de Prusia». Como era de esperarse de una casa alemana, la decoración era de un gusto pésimo, al menos eso pensó Francia nada más entrar. Se dirigieron al cuarto de Prusia, pero a la mitad del trayecto sintieron escalofríos. Algún ente superior les estaba alertando de que estaban en un lugar peligroso. Tragaron saliva al mismo tiempo y España — Francia no se atrevía — abrió la puerta de la habitación donde supuestamente se hallaba Prusia.
Para su asombro, no se encontraron con un prusiano hiperactivo ni con uno extremadamente plomizo, sino con el ser más patético del mundo. Allí, llevando una camiseta interior vieja y un par de calzoncillos de corazoncitos, estaba Prusia, echado en una cama sin hacer y con una cerveza en mano. Francia rápidamente se tapó la nariz, mientras que España se abanicó con su propia mano. Una mezcla nauseabunda entre sudor, alcohol, grasa y flatulencia impregnaba el ambiente.
Y Prusia sonreía estúpidamente, como si fuera la persona más dichosa sobre la faz de la tierra. Se acarició su ya voluminosa barriguita cervecera, eructando una vez más con tanta intensidad que España pensó por un momento que hubo un terremoto.
— ¿P-Prusia…? — preguntó España señalándole con el dedo, aún sin creerse del todo quién era la persona que estaba ante él.
— ¡Qué bueno veros, chicos! — intentó levantarse, pero la pereza acabó venciéndole y se echó de nuevo en la cama — ¿Tanto echabais de menos a este asombroso servidor? — se limpió unas migas de galleta que manchaban su mentón — Soy increíble, lo sé.
—¿Increíble? — Francia continuaba tapándose la nariz para escapar de aquel hedor prusiano — ¡Pero si das asco!
— Prusia, tú antes molabas — la mirada de España expresaba pena, casi parecía que estaba en un entierro —. Quién te ha visto y quién te ve.
— Cierto — asintió Francia —. Ya no eres ni la sombra de lo que llegaste a ser un día.
— Nosotros te respetábamos, tío — España parecía defraudado, aunque su seriedad se vio opacada por el semblante asqueado que tenía por culpa del olor del cuarto.
Cada una de las palabras de sus supuestos amigos le sentaron como una daga clavada directamente en el corazón. ¿Acaso aquellos dos muertos de hambre estaban insinuando que él no era asombroso? Se reiría de ellos en su cara si no fuera porque tenía un diente manchado de chocolate y no quedaba estético.
— ¡Sois unos envidiosos, eso es lo que pasa! — Prusia se levantó como malamente pudo, su barriguita moviéndose cual flan — ¡Fuera de aquí!
Francia iba a realizar algún comentario divertido e ingenioso al respecto, pero una lata lanzada contra su bella faz se lo impidió. España, aún más atónito, vio que Prusia estaba cogiendo la botella y estaba dispuesto a arrojarla de un momento a otro.
— ¡Francia, corre! — gritó a todo pulmón, esquivando la botella vacía.
Dicho y hecho, ambos salieron de aquella habitación endemoniada como alma que lleva el diablo. En cuestión de segundos estaban en la cocina, jadeando exhaustos. Se miraron el uno al otro, conscientes de que habían logrado escapar de una muerte segura.
— ¿Estás bien? — preguntó España, señalando la frente de la otra nación.
— Eso creo — respondió tras jadear una vez más —. Maldito Prusia — se acarició la frente —, ¡¿cómo puede ser tan bruto?
— ¿Ha sucedido algo? — Alemania apareció de la nada, provocando que Francia y España pegaran un brinco con el susto.
— ¡Tu hermano nos lanzó latas!
— ¡Y una botella! — añadió España.
Para la sorpresa de Francia y España, Alemania no pareció sorprenderse con aquellas declaraciones. Debía de parecerle normal que su hermano mayor se dedicase a atentar contra las vidas de sus camaradas de aquella forma tan vil.
Desolados y decepcionados, ambos abandonaron aquel país maldito para ir a uno mucho mejor: Italia. Se dirigieron a la capital, donde vivían los dos hermanos italianos, y los llamaron para ir a tomar algo para «olvidar durante un momento las presiones», según Francia. Veneziano aceptó encantado, mientras que Romano se mostró bastante más reacio en un comienzo. Si no fuera porque no quería dejar a Francia a solas con su hermano y con España, no habría ido. Tampoco era que le importase demasiado el bienestar físico o psicológico del español.
O quizás sí, pero una cosa era pensarlo y otra era admitirlo abiertamente ante gente tan chismosa como Veneziano y Francia que podían malinterpretarlo todo.
España, ni corto ni perezoso, se dispuso a contarles a los hermanos italianos todo lo sucedido en casa de Prusia con pelos y señales. Francia aportó también su granito de arena para exagerar la historia aún más, describiendo al prusiano como un monstruo sediento de sangre que escupía lava por la boca. Italia del norte se aferró aterrado a su hermano, compadeciéndose del pobre Alemania por tener que soportar a tal bestia parda.
— Es decir — Romano apartó bruscamente a su hermano —, el cervecero se ha convertido en un vago de mierda porque se le jodió el ordenador, ¿no?
— ¡Eso es! — España aplaudió la gran capacidad de su ex secuaz para esquematizar —¿Qué podríamos hacer por Prusia? — suspiró, preocupado por su amigo — No quiero que acabe así…
— ¿Y si le compramos un ordenador nuevo? — propuso Francia, siendo ignorado por completo.
— ¿Por qué te preocupas por él? — bufó, bebiéndose de un trago su copa de vino — ¡Si es un parásito!
— ¡Roma, no digas eso! — lo regañó, frunciendo el ceño, pero sonriendo tras escuchar la palabra parásito —Prusia es un buen chico y, sobre todo, nuestro amigo, ¿verdad, Francia?
— Exactamente — levantó un poco su copa, sonriendo con elegancia —, por eso mismo deberíamos comprarle otro ordenador.
— Ve, Alemania debe de estar pasándolo muy mal al ver a su hermano mayor así… — miró a Romano, asustado — ¡Yo sufriría si te viera hecho fosfatina, fratello!
— ¡Pues que se jodan, por patateros! — cruzó los brazos, tan ceñudo como de costumbre — Y tú, España, ¡cambia de amistades, joder! Hay mucha gente que es mejor que el cervecero — clavó tímidamente la vista en su copa, ya vacía.
Veneziano esbozó una sonrisa tan estúpida al escuchar aquel comentario que Romano no pudo evitar darle un pisotón en el pie para que no realizase ningún comentario al respecto. Pero su hermano pequeño, tonto como era, no pudo reprimir las ganas de humillarlo en público.
— Fratello, con «mucha gente» te refieres a ti mismo, ¿verdad? — preguntó resplandeciente.
— ¿Es eso cierto, Romano? — España no cabía en sí de júbilo.
— ¡Claro que no, coño! — se puso rojo como un tomate, fulminando a todos los presentes con la mirada — ¡Y estábamos hablando del chico salchicha, así que no cambiéis de tema!
— ¡Comprémosle un dichoso ordenador a Prusia! — exclamó una vez más, cabreado por la falta de atención.
Mientras Francia notaba cómo se le hinchaba una vena, los hermanos italianos y España se dispusieron a idear algún plan que solucionara todos los problemas de Prusia. De pronto, Romano chasqueó los dedos y poco a poco se dibujó una sonrisilla ladina en su rostro.
— Ya que se hizo un guarro de mierda al rompérsele el ordenador, ¡regaladle uno nuevo! — propuso orgulloso, consciente de que tenía una mente prodigiosa.
— ¡Qué buena idea! — contestó Veneziano, admirando la grandeza que pocas veces mostraba su hermano.
— ¡Ese es mi Romano! El jefe está orgulloso de ti — le dio una palmadita en la espalda, rezumando felicidad por los cuatro costados —. Si yo siempre supe que eras un genio.
— ¡Pero si me copió la idea! — Francia, iracundo, mordió una servilleta, provocando que Italia del norte se asustara un poco — ¡Dijo lo que estuve diciendo yo todo el maldito tiempo!
— Vamos, Francia, no seas crío — España lo regañó con un tono extrañamente maternal, aún acariciando la espalda de Romano.
La jornada continuó con una charla insustancial sobre fútbol y, cuando el atardecer estaba a punto de caer, Francia y España regresaron a sus respectivos hogares. Al cabo de dos días volvieron a reunirse en Alemania. Francia le había dicho a su amigo español que se encargara él de comprar el ordenador. Craso error. España era más pobre que las ratas y tenía poco gusto, lo cual fue obvio nada más ver el portátil que eligió para Prusia.
— ¡España, ¿pero de dónde has sacado este trasto? — abrió el maletín y contempló horrorizado el ordenador.
— Se lo compré a China por cien euros — se encogió de hombros, ligeramente avergonzado —. Mi jefe no me dejó gastarme más dinero. Intenté robarle a él su portátil, pero me pilló.
— ¡Pero si yo iba a pagar la mitad, bobo! — suspiró, preguntándose cuán ruidoso tuvo que ser su amigo y vecino a la hora de intentar robar el portátil para que su jefe lo cachase con las manos en la masa — Espero que al menos funcione.
— ¡Descuida, ya lo probé yo en mi casa! — sonrió decidido, cerrando de nuevo el maletín — Vale de sobras para entrar en el feisbu.
Un mal presentimiento invadió una vez más el cuerpo de Francia mientras España seguía hablando y hablando sobre su aventura ilegal en la Moncloa y lo sorprendido que estaba su jefe al verle robando como un vulgar caco.
— Y entonces le dije que ganamos la Eurocopa sub 19 y me invitó a un café — finalizó su explicación con una gran sonrisa.
Francia lo miró perplejo ante las parrafadas inconexas que acababa de soltarle España. Con toda la esperanza que podría caber en sus almas, ambos se dirigieron al hogar del Hades prusiano. Esperaban recuperar a su amigo y volver a tomar algunas copas con él tal y como hacían antaño, cuando Prusia aún conservaba la dignidad.
Llamaron a la puerta, deseando que Prusia fuese el que abriera. Sin embargo, Alemania fue el que asomó lentamente la cabeza por el marco. Frunció el ceño casi al instante al percatarse de que aquellos dos volvían a hacerle una visita inesperada.
— Buenos ojos te vean, Alemania — Francia le dio una palmadita en el hombro —. Venimos a ver a tu hermano, ¿nos dejas pasar?
— ¿Qué es ese maletín? — señaló el maletín que sujetaba el español.
— Un portátil para Prusia — contestó España, levantando el susodicho maletín —. ¡Es nuevecito!
Alemania, muy a su pesar, los dejó pasar una vez más en su residencia. Francia volvió a sentir un escalofrío. Se detuvo en medio del pasillo, pero al notar que España continuara como si nada sucediese y admirando lo limpia que estaba aquella casa, tuvo que proseguir hasta el cuarto de Prusia. Tal y como se esperaban, la antigua nación estaba tirada en el suelo comiendo galletitas saladas. Llevaba puesto su pijama color patata y contaba con tres latas de cerveza — dos completamente vacías — a su vera.
Al percatarse de la presencia de sus enemigos mortales, Prusia se puso en guardia, escondiendo sus galletitas por si intentaban robárselas. Gruñó.
Prusia, el que un día fue una de las naciones más poderosas de Europa, les gruñó como un chucho pulgoso.
— Vaya, mirad quiénes han vuelto con el rabo entre las piernas — abrió una lata de birra —. Si son el gabacho y el… el… — intentó pensar un insulto para España —¡el españal! ¡Ja! — exclamó orgulloso por haber creado un insulto demoledor — ¿Dónde está tu catedral ahora?
— ¿De qué habla? — preguntó España en voz baja, rascándose la cocorota.
— ¿Qué más da? Tú síguele la corriente.
Francia se acercó a Prusia lentamente, extendiendo un brazo para que se levantase. No obstante, Prusia no sólo no hizo lo esperado, sino que se apartó prudencialmente de su invasor.
— Prusia, venimos en son de paz — dijo Francia con un tono sereno —. Sé buen chico y levántate.
— ¡Y una mierda!
— Venga, tío, estamos arrepentidos por lo del otro día, así que te compramos un ordenador. ¿Nos perdonas?
Nada más escuchar las palabras de España, Prusia se levantó — Francia juraría que hasta le desapareció la barriguita cervecera de sopetón — y corrió para coger su maletín. Miró a sus amigos del alma querida sonriente, sus ojos magenta cargados de emoción. La frustración se desvaneció, ¡su vida ya había vuelto a su cauce!
— Mi opinión respecto a vosotros ha cambiado para mejor — abrazó su maletín y sacó rápidamente el portátil —. Ahora ya sois casi tan geniales como el popó de Gilbird.
— ¿Nos está llamando caca de pájaro? — Francia se mostró incrédulo, casi ofendido por aquella declaración.
— Qué va, es sólo que los alemanes tienen una forma extraña de dar las gracias — explicó España, poniendo los brazos en jarra y observando a Prusia con una gran sonrisa en el rostro.
Francia se preocupó seriamente por la salud y estabilidad mental de España. Pasar tanto tiempo con una persona tan germanófoba como Romano no podía ser bueno, no podía.
Lo que ni Francia ni España sabían era que acababan de crear un monstruo.
Notas: Subiré el próximo — y último — capítulo en cuanto lo escriba.
En el próximo capítulo: feisbu, sartén, piano, feisbu y… feisbu. El resto es secreto.
¡Hasta el próximo capítulo! ;3