Aquí otro capítulo, siento la demora pero tuve que entrar nuevamente al colegio, feo colegio, en fin, nos van quedando dos capi y el epílogo, luego de terminar esto haré otro fic, no sé si continuar los que ya tengo, están demasiados botados y ya nadie se debe acordar de qué iban, por eso he tomado la sencilla decisión de hacer uno nuevo que actualizaré con una mediana frecuencia hasta el final…

Y mi beta Karla me revisó esto, pero me odia y me deja botada y sí, es cruel y mala conmigo, y me presume a sus otras amantes, pero yo igual la amo, cúlpenla a ella del retraso porque es más mala que el pan tostado y no se conecta cuando yo estoy, fin, berrinche de amantes sin amor (?) D:


Volvió levemente a la sala de su mansión entre destellos de memoria y oscuridad corrosiva, las imágenes impregnaban todo lo que pudiera distinguir como realidad, la mirada se volvió borrosa cuando trató de enfocarla en algún punto en especial, pudo ver al americano cubierto en sangre darle una mirada roída por algo de ansiedad y cansancio, sí, aún con una sonrisa. A su alrededor había un par de cuerpos, parecidos a los de unos soldados.

La magia con la que se lucía Jones había desaparecido, dando vida a un ser extraño que divagaba entre una sonrisa frenética y maniática a la de un hombre cansado, su bello traje, el que sentía a veces contra su piel cuando le abrazaba por la cadera, tenía rasgones que llegaban hasta la piel, penetrando, la sangre se derramaba hasta el suelo, mas era demasiada para ser sólo de él. No podría seguir en pie si así lo fuera.

Se llevó las manos hacia la boca evitando una arcada abriendo con apresurada impresión sus orbes jade, la respiración agitada, las manos divagaron entre su boca y la nariz, el olor a sangre diferente de todas las demás esencias lo mareaban, podía sentir cada particularidad en el aire por medio de su olfato, diferenciarlas, eran aproximadamente siete tipos, sintió un escalofrío nuevamente, seguido de escurridizos espasmos, el olor se colaba a través de sus manos, lo inundaba, se mordió los labios descontrolado, una sangre en especial le hacía enrojecer los ojos de manera macabra, ira, dolor, tristeza. No, no podían haber derramado esa sangre…

No la de él. No la del hombre al que amaba.

—¿Q-Qué me pasa? —susurró perplejo en un monologo interno, mirando con inseguridad la escena, los ojos afilados de los contrincantes, uno de los italianos ya no estaba, el recuerdo de la imagen del americano casi desgarrándole la cabeza estremeció su cuerpo en un nervio y miedo vivo.

Todo eso no estaba pasando, sangre, la mansión destruida, seres de increíble fuerza matándose en su casa, los labios que se abrían ante el olor a sangre y la nariz que se disponía en sensaciones por las fragancias. Garganta seca, ira, más rencor. Por un momento, dejó de importarle su trivial vida, por un momento, de una manera extraña pensó que la única forma en que volvería a ser feliz es entrelazando su mano, que ahora temblaba, con la de ese muchacho de rubio cabello.

Sería feliz si podía estar con él…un poco más.

—Sól-lo quería estar un tiempo más con-contigo, mi Al-Alfred…—susurró, sintiendo que todo el mundo iba tomando forma de borrones gruesos y sin delicadeza, un mal trazo de óleo, difícil de borrar.

Sí, por fin lo recordó, los labios se le apretaron… un sentimiento entre cálido y angustioso le embargó el pecho, había cometido un error de cálculos, sólo un poco, sonrió, sí, sonrió, la mirada entre soberbia y extrañada manía hacían presencia de su desdoblada personalidad en aquellos instantes, y luego, otro estupor le heló el cuerpo.

No dejaría que se repitiera, no con él… que le ama.

En tanto, en el patio trasero del jardín se escuchaba un jadeo fuerte y gemidos dolorosos, la carne abierta, pedazos de ésta sueltos, con la sangre saliendo diluida… el simple mayordomo español veía con desesperación como aquel joven italiano que hace poco tiempo atrás sólo parecía un hermoso chico, se desangraba ante una brutal pelea, le habían casi arrancado la garganta, tenía las marcas de los dedos incrustados al menos uno o dos centímetros por debajo de la epidermis, el español tuvo que concentrarse para no sentir la repugnancia que producía la horrorosa herida y la sangre que brotaba, algo fría, de color carmín opaco. El italiano apenas podía respirar, yacía sentado en los brazos del español.

La fragancia que siempre agradaba al joven amo de la casa se hacía difícil de distinguir con el olor a sangre, cenizas y humo que corría dentro de esas cuatro paredes, debió haber corrido lo más rápido que pudo, pero el exceso de bondad siempre le juega en contra al humilde Antonio, no podía dejar a ese joven allí simplemente muriendo cuando, el antes normal invitado de la familia Kirkland, lo arrojó contra la pared con brutalidad, una cercana a la del español. Se acercó con sigilo de todas maneras a ésta contra cualquier uso de su razón, los que quedaban en la pelea estaban bastante concentrados en matarse los unos a los otros como para notar el trivial acto de caridad.

Aunque claro, del otro hermano de los Vargas corrían pequeñas lágrimas, dando relevo a ese alemán en una lucha histérica, sangre, palabras amargas, sonrisas desquiciadas en especial de ese muchacho de ojos azul cielo, quien no permitía, incluso recibiendo una herida mortal, que tocaran a Arthur Kirkland.

Repetía una y otra vez que nadie lo separaría de él, nunca, jamás, que moriría si llegara a pasar eso, que si el alemán y el italiano insistían con acabar con su vida y separarlo de ese inglés los destrozaría miembro por miembro, en un momento, los ojos azules parecieron enrojecerse y con ello brillar más de la cuenta, y su cabello de hebras dorada oscurecerse, sólo un momento, fue exactamente cuando estuvo a punto de caer una viga colapsada de mármol sobre el cuerpo del dueño de aquella enorme mansión.

—Estarás bien…—susurró el español apretando el cuello del italiano con parte de una tira de cuero desgarrada de la ropa de uno de los soldados caídos, suave, sólo para detener de manera paulatina la hemorragia, mientras el hermano Vargas casi no mantenía los ojos abiertos.

—N-No…in-interfieras m-maldito bast-ardo…t-tengo que ayudarlos, a mi hermano… t-tengo qu-e ser valiente al menos u-na vez en mi maldita vida…—las fuerzas parecieron recobrar intensidad en los labios de Lovino, quien trataba de pararse inútilmente siendo detenido por el cuerpo del español que lo obligaba a apoyarse en la cobertura rugosa del árbol de la esquina.

Casi quiso aparentar una risa frustrada. Si la energía le diera para eso… era tan débil… que incluso un humano lo podía mantener al margen, sonrió nuevamente, con algo de amargura, después de todo, sólo vivía para su hermano, en cambio su hermano… sólo lo hacía para Ludwig, no tenía razón para seguir luchando de todas formas.

Quizás, aunque resultara patético, le ha llegado el fin de una manera poco diestra y vengativa, haciéndole pagar errores antiguos nacidos de miedos e inseguridades. Porque cuando dejas de importarle a alguien es cuando realmente tu vida deja de tener el sentido que tenía antes. Cerraba los ojos, estaba demasiado cansado ya.

Pero… alguien está gritando, mierda, es ruidoso, debería guardar silencio. No, no se detiene, siente suave zamarreos ¿Por qué no lo deja dormir?

— ¡Mierda tío, respira, no puedes rendirte así, joder! ¡Coño, eres un cobarde si dejas a tu hermano así! ¿No me hablaste de él, maldita sea?—la voz es fuerte, se acopla en sus oídos, casi le parece molesta. Casi le dan ganas de hacerlo callar.

¿Qué era eso?... la voz con acento español retumbaba en sus oídos nuevamente dándole cosquilleos. No, no quería escuchar esa palabra nunca más. "Cobarde", "miedoso", "que no se arriesga por sus propios sueños". Otro estremecimiento le embargó, uno que lo hizo entrar a la realidad, de la que colgaba como si fuera de un frágil hilo.

— ¡Maldita sea, no te rindas, dime… haré lo que sea para ayudarte! —la voz nuevamente se acerca, la insistencia le parece graciosa, le saca una sonrisa indeseada, toma al español de los hombros, sonriendo en una dolorosa mueca, odia deber favores, realmente lo odia, este mismo instante es un favor desagradable siendo pagado a ese aristócrata inglés.

Y luego, ante los impactados ojos del mayordomo el italiano entierra sus dientes sobre su cuello, traicionándolo, quitando parte de su vida en el acto.

En los adentros de la mansión, en aquellos instantes, el inglés ya no reaccionaba a ningún estimulo ni visual ni sonoro. El americano, en tanto, mientras luchaba, estaba sumergido en su mundo. Divagar, sutilmente, el americano sentía forzado su avance en medio de esa contienda, imparable, siempre animado, la sonrisa perfecta y la mirada cautivadora desaparecen, se vuelven humo como su sofocado respirar, se le estremece el cuerpo, una sonrisa casi moribunda sale de sus pálidos labios al recordar semejante criatura que hacía que cada día tuviera un nuevo significado, creando calidez, fraternidad, deseo y pasión en un parpadeo, sintetizados en una bella palabra sabor canela con té: Amor. Y si quieren irse a detalles: "Amo a Arthur Kirkland".

Sus suaves pasos, sus besos, su cuerpo. La manera en que se desenvuelve, la fantasiosa vigorosidad cuando hablaba de su pasado y el poder que dominaba, también a veces, cuando hablaba de su familia, el gesto retraído y esquivo que presentaba, el americano aún no sabía si era rabia o sentimientos encontrados, no sabía si Kirkland amaba o no a su familia, tampoco sabía cual era su flor favorita, ya que gusta de demasiadas, desde una simple rosa hasta una Dionaea, más conocida como Venus atrapamoscas.

Los pasos volvieron a tambalear, una arqueada le hizo botar sangre, rió a sus contrarios, era tan injusto… tres contra uno, aunque uno claro, ha quedado imposibilitado, los ojos se difuminaban en imágenes donde el color grisáceo dominaba imperialmente, parpadeó un par de veces, no, no aún, tenía que mantenerse en pie, no quería morir allí, no de esa forma, al menos, quería sentir sus labios una vez más, sujetarlo de la cadera en un amplio sillón de colores rojizos contando historias barbáricas y aterradoras que hacían entre delirios algo dementes reír a los dos, porque eran historias que ellos mismos creaban, también aquellas de las que gustan a pesar de que su ideología fuera más bien contrapuesta a las que reinaba en cada frase de ellas. Los cuentos mágicos.

En que el bueno nunca acaba mal. ¿Qué eran ellos? Nada, ni buenos ni malos. Dos pajarillos de alas negras en el amplio cielo, sin rumbo, volando entrelazados y enamorados, porque aunque no tenga categoría ni lugar de pertenencia, sólo con estar junto a él, a ese "otro", puedes decir que posees algo llamado "hogar".

Razón, lógica, naturalmente, los impulsos solían imponerse ante los cálculos de Jones cuando de amor se trataba. Suspiró nuevamente.

—El té, como pocos, se adentra en un mar peli-groso, profundo y grande, inmenso recubierto en una tacita de porcelana de mirada inocente, cuando hace contacto, simplemente se funciona, le agrada, el color trasparente del agua ha adquirido un tono zafio, y aun así tomó vida, ha adquirido esencia, una que no se desprende, ya no puedes separarlos una vez compactados…—rió nuevamente, se acomodó sus ropas un poco más.

El alemán y el italiano miraron a la defensiva aquellas palabras, pero Jones no los miraba a ellos, miraba a esa hermosa tacita en la que se había convertido ese anglosajón, y él era el té, el que se sumergió y se fundió en su interior, calido, como un beso o un cortejo de principiante, una vez juntos, no los volverían a separar.

— ¿No me lo habías di-cho tú, Arthur? Somos como el té, siempre te ha gustado ese líquido, brebaje extraño que desacostumbré por el vicio al c-afé, algo más oscuro acorde a la situación… ¿Pero sabes? No te perderé, no otra vez… es nuestro contrato, mi anhelante deseo…—y nuevamente le dedicó una risa macabra al italiano y al alemán.

—Sólo déjenme estar con él, a pesar de ser un demonio, no es de mi agrado matar…—habló con voz lenta y relajada, otra vez la sonrisa perfecta se implementaba en su rostro.

—Es un contrato, maldita sea, si pudiéramos hacer algo tan sencillo como abandonar este mugroso lugar y dejarte aquí revolcándote con ese asqueroso traidor a la orden lo haríamos, pero no podemos, sino ellos también nos perseguirán… ¡No podemos morir aquí! ¡Tengo que proteger a Feliciano aunque muera en el intento! —anunciaba fuerte el alemán, apartando un poco al italiano de menor estatura que lo reprochaba con un gesto algo molesto en su sutil rostro.

El americano sonrió, en los ojos del alemán veía una mirada similar a la suya, de cierta manera, dependiente: si ese italiano muere ya no tendría motivo para continuar viviendo, al igual que él, si es que Arthur Kirkland pereciera, allí acaba su camino, lo mismo se aplica si él muere en ese combate. No podía darse semejante lujo, sería un honor batallar contra un sentimiento tan igualitario como el suyo.

—Entonces, si mato a ese italiano… ¿Ya no me molestarías más? —se arremangó las mangas, su cara lucía más pálida y sus ojos gélidos, la sonrisa casi parecía demoníaca e irreal, la sangre parecía adquirir un color más negro, no humana, y la carne abierta se comenzaba a cerrar de una forma un tanto grotesca.

—Podría intentar lo mismo con ese maldito inglés…—acertó el alemán con una sonrisa.

—Un solo rasguño que le hagas a su piel será un brazo menos para ti…—aclamó con rudeza.

El alemán desaprieta los puños sujetándose las sienes mientras suspira, miró al muchacho confuso ante tal acto, quien no veía signos de batalla en el alemán. No aún. Ludwig se mordió los labios y trató de arreglarse el antes elegante traje sin resultado alguno. Luego, volvió a levantar la mirada contra su oponente, ese maniático, obsesivo y enamorado demonio, que, como ve, aún no usaba todo su poder.

Algo le asusta de él, quizás, si lo libera, también acabaría matando a Arthur, un error que no se podría permitir, como podía apreciar en los eventos acontecidos en esa pelea a muerte.

— ¿Por qué? —preguntó son severidad. — ¿Por qué haces todo esto por alguien como él? ¡Te ha mandado a matar, sin piedad ni compasión!

El americano sólo sonrió, sin rencor alguno, sólo su mueca algo frustrada representaba el diminuto dolor que le causaba la traición de ese ser al que amaba con toda la vida, el que aún no corrobora con él, de cierta manera, sin que salga de los labios de su maestro nada le podía parecer real, lo que le hacía escuchar a ese alemán se podría decir que era meramente su sentido común sobreponiéndose a sus sentimientos enfermizos.

— ¿Por qué dices? —repitió con una dulce sonrisa, acercándose con suavidad al cuerpo del inglés que yacía inerte sobre el suelo, acariciando la piel fría y pálida, que aún respiraba, con sus dedos. —Porque él me dio una razón para vivir cuando ya no tenía nada, porque él me amó… cuando nadie lo hizo. También porque yo lo amé y lo amaré… hasta que no pueda respirar, estúpido me llamaba él, no espero menos de ustedes…—suspiró con un gesto doloroso. —Él es todo lo que me queda, lo amo… ¿Sabes cuál fue mi último anhelo antes de vender mi alma?

El alemán suspiró en medio de ese extraño suceso, sujetando la mano del italiano que aferraba la suya y asentía con una pequeña sonrisa, miró nuevamente al estadounidense que elevaba con una alegría atípica en un ser como él. — ¿Cuál fue? —atinó a preguntar por fin.

—Seguir amándolo. Cuando cedo mi alma… puedo pedir un deseo, cuando entrego mi esencia a ese otro, pierdo todo rastro de sentimientos, eso me llevó a tomar mi decisión, sólo uno, yo… sólo pedí amarlo, tan sólo con eso era feliz, nada más, la eternidad a su lado, su héroe personal ¡Un sueño estúpido, lo sé! ¡Los años no me han cambiado! Soy un demonio, ¿Pero eso me niega el derecho a ser un maldito egoísta y enamorado estúpido?

—Lo… ¿Lo matarías todo con tal de estar con él?

—Haría desaparecer el mundo, llevarlo a su fin y que todo lo consumiera Lucifer con tal de verlo sonreír una vez más…

—Eres un estúpido…—susurró el alemán con un gesto opaco. —Será un honor acabar contigo…

—Lo mismo digo…—caminó sujetando por última vez la mano del inglés. —Que sea una pelea limpia…

El alemán asentía mientras apartaba suavemente al italiano que se negaba a retroceder. A pesar de que ese era su contrato, el alemán estaba tomando su lugar, no, Vargas no estaba dispuesto a perderlo aún, no otra vez. —Feliciano, atrás…

El italiano se negó, abrazándose al cuerpo del alemán quien acarició con suavidad las hebras castañas susurrándole pequeñas palabras de amor. —P-Pero…

—Por favor, atrás Feli, al igual que ese idiota, si tú mueres…todo esto dejaría de tener sentido...

Los dos se miraron, dispuestos a proteger a su ser especial, un suave abrazo, un beso, un te quiero, un te amo, cosas que prácticamente ya no necesitan son lo único que los mantienen en el borde, sin flaquear ante la maldad ni negar a la cordura, no, no podían quitarles eso. El primer golpe fue en un pequeño segundo, Alfred había logrado dañar el brazo izquierdo, inutilizarlo, casi arrancándolo, la carne se abría dejando ver el hueso, el gesto de dolor en el rostro del alemán era casi palpable. Nadie podía hacer tanto daño con sólo sus manos, nadie excepto ellos, monstruos como solían llamarlos. Los ojos del americano se hicieron fríos y distantes, para dar el golpe final no hace falta tener compasión, la victoria asegurada lo nubló.

La mano derecha alemana seguía activa, cruzando por debajo de su estomago, algo que le tomó milésimas de segundos notar a Jones, sus brazos abiertos para dañar la cabeza del alemán le impedían bloquear, el cálculo fue errado nuevamente, no alcanzaría a desgarrar el cráneo, el alemán le atravesaría el estomago primero, se rió suavemente, no podía creer que le había llegado el final.

Pero algo lo detiene, siente una presencia oscura y con instintos asesinos cubrir el ataque. Cabello rubio, elegancia y determinación. Esos pasos, esa defensa, no era otro…

—Oye Alfred…—susurró con una sonrisa elegante, mientras levantaba el rostro ante la vista impactada del demonio de ojos azules. — ¿No dijiste que vivirías para tenerme de nuevo? ¿Que harías que te amara, que te deseara? Eres un mocoso idiota, no hagas promesas que no puedes cumplir…—apretó con más fuerza la mano del alemán, a centímetros del pecho del norteamericano, apartándola con brusquedad con esa fuerza sobrehumana que manejaba con distinción.

—¿Qu-Qué demonios haces Kirkland? —gruñó el alemán colérico, al ver como protegía a la presa que él mismo mandó a exterminar.

—Anulo el contrato, Lud, si tratas de tocar a Alfred de nuevo… te mataré.

Las miradas se cruzaron con incertidumbre cuando los ojos del inglés se posaron con lujurio y anhelo en Jones, el estadounidense casi aguantó la respiración, luego, entrecerró sus ojos con delirio y le devolvió una sonrisa sensual, su Arthur Kirkland, el que realmente amaba, había vuelto una vez más por él.


Próximo capítulo: The truth.


Odio escribir así, o sea, puedo decirles ciegamente que adoro el frío, pero mis manos se rehúsan a amarlo, en serio, se congelan y me hacen escribir como una foca escritora con parkinson, bueno, hasta ellas se sentirían ofendidas. Quedan dos capítulos más y el pequeño epilogo, en el noveno hay relaciones sexuales, avisos desde ya. No estoy con tanto animo de escribir esto, pero lo hago por las pocas personas que lo leen, en fin, amor homosexual de Arthur y Alfred para todos ustedes 3

PD: Odio narrar cosas como peleas o capítulos así, yo por mí hubiera puesto en todo el capítulo esto: Y hay una pelea con toques US/UK hasta la muerte gaymente fashion, fin, aplausos por favor.