Capítulo 3: La venganza de Alois.
–Puedo ver la grieta en el suelo, y puedes estar seguro de que haré mi mejor esfuerzo para no tropezarme con ella.– Dijo Ciel sarcásticamente, liberando su brazo del agarre de Sebastián y caminando rápidamente frente a él.–Lo creas o no, de verdad puedo VER a través de este ridículo vendaje. Con el ojo que NO fue atacado por una cuchara.
Sebastián suspiró, pero no trató de tomar el brazo de su joven amo de nuevo. –Si se tropieza, no tendrá a nadie que culpar además de a usted mismo– Le dijo a Ciel, quien volteó sus ojos (Tristemente, este sarcástico movimiento no fue visto a causa de la venda). –En cualquier caso, estoy sorprendido de que usted deseara salir así.
Ciel gruñó. Sebastián pensó en esponjosos gatitos.
–Quiero chocolate, vamos a comprar chocolate. – Dijo, como si le estuviera explicando el ABC a un niño de 8 años. –Tu probablemente metiste la pata solo para molestarme, así que NOSOTROS vamos a comprar el correcto tipo de chocolate, y TU no vas a burlarte de mi falsa ceguera, o mato a tu gato. Y lo haré. No pienses que no.– Amenazó Ciel. Sebastián lucía divertido, pero luego fingió una expresión escandalizada.
–¡Oh no! ¿Usted, joven amo, matará a un inocente gatito? ¿Qué pensaría Lady Elizabeth si-
Como no era lo suficientemente alto para abofetear a Sebastián sin tener que pararse en la punta de los pies, Ciel lo pateó con rapidez en la barbilla, con uno de sus puntiagudos zapatos de tacón. –Si hablas de nuevo sin que yo te haga una pregunta directa, no solo mataré tu gato, sino que me lo comeré también. ¿Entendido?
Sebastián sonrió, Ciel estaba siendo un mocoso, y era algo lindo. – Perfectamente.
–Muy bien. Ahora, iremos a comprar algo de chocolate.– Ordenó Ciel, y tomó varios largos pasos en dirección a la calle, antes de chocar repentinamente con alguien, ya que no miraba hacia donde iba. Sebastián amortiguó una risa tras su mano.
–Oh, no, ¿te choqué?– Preguntó una ligera y dulce voz. –Lo lamento mucho, ¿estás bien? Oh, Dios, ¿eres ciego?– Dijo la dueña de unos ojos azul cielo, y de un largo cabello rubio que enmarcaba la cara de la chica de una manera inquietantemente familiar.
–No, no, estoy bien.– Ciel dio varios pasos hacia atrás, y se topó con Sebastián, quien parecía estar teniendo un silencioso ataque de risa. –Um. Me voy. Lo siento. ¡Adiós!
Lo admitiera o no, Ciel no disfrutó la sensación de tener una cuchara en su cuenca ocular, no deseaba repetir la experiencia, y no estaba asustado de Alois Trancy. Ahora bien, el PORQUE Alois estaría desfilando por las calles vestido como una sirvienta, iba más allá de su imaginación. Alois nunca usaría un vestido, ni mucho menos caminaría por allí así. ¿O sí? ¿Lo haría? Quizás.
La rubia parecida a Alois frunció el ceño, y cruzó sus brazos. –Lo menos que puedo hacer es escoltarte hasta tu destino.– Dijo, no sin amabilidad. En realidad era algo atractiva. Bonita. O algo así. Solo un poco. Estaba usando un traje de mucama púrpura con blanco y su rubio cabello estaba recogido en unas colas altas tras su banda para el cabello. Ella tenía una linda, uh, figura (no es que Ciel se fijara en esa clase de cosas) y esos ojos azul claro. –Por favor, ¿a dónde vas?– Preguntó ella.
La tienda de chocolates madam.– Sebastián parecía haber superado un poco su risa. –Por favor, acompáñenos. Mi joven amo es muy terco, y, como ve, está teniendo algunos problemas al caminar.– Explicó.
La chica sonrió simpáticamente. –¡Por supuesto! ¿Puedo saber, por favor, el nombre de su joven amo?
Ciel respondió antes que Sebastián pudiera hacerlo. –Ciel Phantomhive.
–¡Oh mi Dios! ¿Tú haces todos esos maravillosos juguetes?– La chica no se puso toda efusiva cual Lizzy, solo sonrió de nuevo. –Que maravilloso. ¿Puedo, por favor, tomar su brazo?
A pesar de su extraño parecido a cierto rubio psicótico no deseado, Ciel no podía evitar que le gustara. Un poco. Solo un poco. Ella es linda. Eso es todo. –Um. Está bien.
–¡Yay!– Animó la chica, y unió su brazo con el de él. –Estamos bastante cerca de la tienda de chocolates de todos modos. Vamos, Claudia.– Bajó su voz, secreteando. –Esa es mi prima. Es muy gruñona.
Ciel trató de convencerse de que todo era una coincidencia. Falló. –Um. Cierto. Bueno, estoy, uh, algo apurado, así que si pudieras mostrarme el camino…
–¡Por supuesto! – Dijo con alegría, arrastrándolo con sorprendente fuerza. –De todas maneras, ya casi llegamos. Otra cuadra más y estamos en la tienda.
–Uh, genial.
–Lo es.– Asintió ella. –Sigan moviéndose, ya casi estamos allá. Claudia y.. ¿tu mayordomo?
–Sebastián.– Suspiró.
Ella asintió de nuevo. –Sí, Sebastián. No se preocupen, sígannos. Mira-oh. Lo siento. Bueno, ¡Puedo verla!– Señaló hacía el frente, y Ciel también la vio pero no podía decírselo. –¡Vamos, vamos!– Lo arrastró un poco más, y entonces paró para empujar la puerta de enfrente. Dentro solo había lo que buscaba Ciel. Chocolate.
–Mm, huele bien. ¿Qué vas a comprar?
–Estaba buscando– Ciel dudó, porque no tenía idea. –Um. ¿Chocolates rellenos y cosas por el estilo?
Ella parpadeó por un momento, luego sonrió. De nuevo. –¡Trufas! ¡Te buscaré unas con gusto!– Caminó hacia el mostrador, justo cuando la puerta se abría de nuevo, y Claudia y Sebastián entraban, con Sebastián estando aún en alguna especie de risa secreta. La chica se volteó con sorpresa, sosteniendo la recién comprada bolsa de dulces. –Compraré estos para Ciel. Claudia, ¿podrías pagarlas? Déjame envolverlas para ti en la parte de atrás, ¿de acuerdo?– Otra vez la sonrisa. –¡Incluso les pondré una nota! No espíes ¿Okay?
Ciel asintió. Sebastián continuó riendo tras su mano. Claudia fue hacia el escritorio para pagar por el chocolate.
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En la parte de atrás de la tienda de chocolates, Alois rió conforme envenenaba una bolsa de trufas (con el brebaje que le había ordenado a Claude comprar, porque, obviamente, no podía solo dejar ir a Ciel sin tomar venganza) y escribió con esmero una tarjeta para agregarle a su regalo.
–Y Ciel definitivamente se enamoró de mi– Rió.– Desearía tener una cámara o algo por el estilo.
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Ciel y Sebastián se aproximaban a la mansión Phantomhive (La cual, obviamente, no había sido quemada. ¿Por qué habría de quemarse? ¿De qué rayos estás hablando?) Ciel aún sosteniendo la bolsa de dulces mientras miraba a Sebastián, quien parecía haber visto algo muy divertido.
–No era Alois. Alois no sonríe así. Alois no tiene PECHOS. Para empezar, ¡Alois no andaría por allí en un disfraz de mucama!– Discutió en voz alta. – Y sí me COMERÉ estos dulces, Sebastián. Así es, antes de la cena. ¡Y tú no podrás hacer nada al respecto!
Sebastián se encogió de hombros. –Como diga, joven amo– dijo mirando por la ventana. –Cuando lleguemos puede comerse su chocolate en paz.
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La primera trufa sabía bien. Era dulce, y estaba rellena con una mezcla de chocolate y crema da mani. Estaba bastante bien. La segunda sabía un poco extraño, la mermelada de fresa estaba algo pasada, pensó Ciel. Para la quinta trufa, Ciel quería vomitar. Con nauseas, sacó la nota que había sido muy bien escondida bajo seis o siete de los chocolates.
Mi Querido Ciel,
Sé que ya habrás comido al menos una trufa antes de leer esta nota. Por si acaso, la puse DENTRO de la bolsa. En fin, estoy seguro que has comido una ya, así que no veo porque esconderte esto-las he envenenado. Diviértete vomitando toda la bilis de tu estómago por dos semanas. Considéranos a mano.
Con mucho amor,
Alois Trancy
Y diez minutos después, Ciel estaba inclinado sobre el inodoro, con Sebastian sosteniendo su cabello conforme vomitaba todo el contenido de su estómago, a excepción de los ácidos. Una vez que la primera tanda terminó, se las arregló para decir tres palabras. –Te odio TANTO.
Sebastián no estaba seguro si estaba hablando de Alois o de él, pero conociéndolo, de seguro iba para ambos.
N/T: Y eso es todo.
Me parece que en resumidas cuentas.. Alois salió ganando.. Pobre Ciel.. Si le hiciera caso a Sebastián estas cosas no ocurrirían.. Pero de seguro no le pasarían cosas tan divertidas todo el tiempo (divertidas para nosotros claro)
Anyways.. Gracias de veras por los reviews y a todos aquellos que leen :3