Summary: La infancia de dos niños que por coincidencias de la vida fueron experimentando pasó a paso su amistad, la lealtad por la familia y el amor adolescente.

Disclamer: Los personajes le pertenecen a la Señora Meyer, yo los usó cuando tengo tiempo e imaginación para escribir, por supuesto sin fines de lucro.

NOTA: Muchas gracias a Millaray por la ayuda en este capítulo.

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-¿Pero te vas a curar mami?.-

-No lo sé cielo, qué más quisiera yo.-

-¿Puedo hacer algo para ayudarte mami?- dije, porque no sabía que era esa rara enfermedad.-

-Sólo quererme hija mía, s-sólo quererme mucho y tenerme paciencia- mencionó mientras sus ojos cansados se cerraban de a poco.

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La vida muchas veces te daba golpes insospechados. Crecías a una manera espantosamente rápida y madurabas de igual manera. Tus perspectivas variaban con el pasar de los días, más debía adaptarme a todos los sucesos nuevos según podía asimilarlo. La enfermedad de mi madre había sido una de ellas.

Sabía que no me daría grandes detalles mi madre de lo que le pasaba, y que el médico que la trataba tampoco lo haría por considerarme menor de edad (a mí juicio no por ello tonta) pero las opiniones las buscaría por otros medios. Carlisle podría ser una fuente de información, que aunque omitiría detalles, era lo más cercano a la verdad por el momento. Esa misma tarde iría hasta su casa a hablarle.

De momento las cosas con Edward estaban como muertas. Seguíamos queriéndonos, pero de alguna forma cada uno actuaba de manera un tanto distante con el otro. En verdad lo entendía. Pero no lo aceptaría del todo.

Carlisle que estaba al cuidado de Edward esa tarde acepto gentilmente explicarme las cosas. Con Edward también en el despacho. Si se dio cuenta de nuestra ligera tensión, no dijo nada, pero su mirada era sabía.

-Bueno Bella, ante todo seré lo bastante honesto contigo, porque sé que eres una niña madura para tu edad. La enfermedad de tu madre es compleja. ¿Has notado alguna vez si ella se marea? – Yo solo asentí con mi cabeza- ¿Vómitos?- También volví a asentir- Esos son los síntomas más comunes, que comúnmente se confunden con el embarazo. ¿Hay algo más de que te hayas dado cuenta?- Negué con mi cabeza- Lo más probable es que tu madre no te dijo nada más para no preocuparte. La enfermedad de Meniere afecta el oído, para resumir, provoca mareos y vértigos que pueden ser largos o cortos en tiempo. También tiene episodios de Hipocausia que se asocian al vértigo, esto quiere decir que tu madre va a ir perdiendo poco a poco la audición del oído afectado o puede que ambos, depende del daño que haya afectado los ruidos graves pero con el tiempo, todos los sonidos. Estas etapas se presentan en forma de triadas, para que entiendas, pueden ir y venir, no se sabe nunca cuando van a llegar, aunque tu mamá esté bien, se le pueden presentar.

-P-pero ¿por qué a mí mamá?- pregunté pasmada.

-No lo sé Bella, según los estudios, esta enfermedad se presenta en cualquier edad, pero más que nada adultos y personas de mayor edad, así que tu madre fue una de las escogidas por la vida.

-¿Y debe tomar muchos remedios?-.

-Al principio sí. Hay que lograr estabilizarla ya que este es solo el principio de la enfermedad, por lo cual hay que probar que remedio es el indicado para ella, cuando esté se encuentre, se le da permanentemente.

-¿Tiene cura tío?-.

-Por ahora no mi querida niña, sólo podemos controlar la enfermedad con medicamentos, dietas y cambios en su estilo de vida, con eso podemos hacer que trate de tener una calidad de vida como la de antes o algo parecido.

-¿Se va a morir mi mamá?-.

-¡No Bella!, para nada, sólo que ya no te va a escuchar como antes, tienes que aprender a hablar fuerte sin gritarle, ella va a estar más sensible de ahora en adelante, pero te va a seguir queriendo de igual forma. ¿Sabes que para lo que necesites estamos Esme y yo aquí para ti cierto?-.

-Sí, g-gracias tío- Fue todo lo que pude pronunciar, en silencio salí del despacho.

¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué mi mamá? ¿Por qué ella y no otro? No podía entenderlo. Si mamá era joven aún, tenía buena vida, ¿por qué le habría venido a ella?. Las lágrimas no tardaron en bajar por mis mejillas. Tenía rabia, con el mundo, con papá que no estaba, con Riley y su sonrisa tonta, con Edward por no hablarme, con mamá por no decirme que hacer, ¡Con el mundo entero!

-¿Mamá que hago?- musité al viento mientras contemplaba por la ventana como las primeras gotas lluvia caían desde el cielo gris.

Al día siguiente, Carlisle nos llevo al hospital a Edward y a mí. Pareciera que tía Esme estaba mucho mejor, por lo que pronto le darían el alta médica para que pudiera regresar a casa y cumplir ahí el resto del reposo que le quedaba.

Caso distinto fue mi madre. En la cama se veía aún más pálida de lo que la recordaba el día anterior. Su mirada estaba como perdida, mirando a la nada, pero al parecer no oyó el ruido de la puerta cuando entre a la habitación. En la mesilla de noche se encontraba un vaso con agua y varias pastillas de colores. Pero ella no me miraba pesé al tiempo que llevaba en la habitación. Podía apreciar claramente como en sus brazos había rastros de color morado producto de alguna intravenosa en su piel que ahora no estaba. ¿Tan grave era la enfermedad que no me escuchaba?

-¿Mamá?- musité con voz fuerte, recordando que debía de hablarle fuerte pero sin llegar a gritarle.

-¿Mamá?- repetí con más fuerza, mientras la pena comenzaba a salir entre mi garganta.

-¿Bella?- su voz sonaba distinta, la pena relucía en ella. Pero lo que más me impacto fueron sus ojos, los que antes siempre tan castaños y vivaces, ahora convertidos en una sombra de lo que recordaba. El brillo y la alegría habían desaparecido, mientras que la pena al parecer la consumió sin que yo me diera cuenta a tiempo. ¿Cuánto tiempo mi madre aguanto esto sin decirme? Las preguntas bullían dentro de mi cerebro, pero tampoco le iba a preguntar ni a profundizar más su dolor con mis inquietudes.

-¿Cómo estás mami?- dije lo más tranquila que pude.

-Aquí hija, bien, mejorando día a día- mencionó, pero ella no se creía sus palabras.

-¿No te has mareado mucho?-.

-Un poco hija- dijo mirándome con unos ojos cristalinos, tratando de retener lo que serían las lágrimas.

Era impactante ver como una mujer joven, y sobre todo mi mamá, pudiera estar terminando de esta forma, acabándose en vida y no habiendo una cura definitiva para ello más que kilos de pastillas. Pero si algo había aprendido en estos días era que mis emociones debían pasar a un segundo plano de ahora en adelante, llámenme tonta o ingenua, pero la sensibilidad y nervios de mi madre estaban en juego, si en algo podría contribuir a su estabilidad, lo haría.

La charla con mi madre no duro mucho más. No daba para más teniendo en cuenta la situación. El médico, un otorrino laringólogo la había ido a visitar, explicándole que aún no le darían el alta tan rápido como a tía Esme; mi madre solo suspiró y se deje caer pesadamente en la cama cerrando sus ojos. Después de eso me fui de aquella habitación y empecé a vagar por los pasillos del hospital. No me di cuenta del tiempo que había transcurrido hasta que llegue a la parte de los pacientes con cáncer.

Adentro habían muchas camas y personas, hombres y mujeres, pálidos, algunos sin pelo en sus cabezas o más flaquitos. No sabía mucho de la enfermedad, a lo más que era muy destructiva para la salud y a veces, morías sin tener una cura definitiva. Pero de nada valía cuestionarse, era la vida y contra ella no se podía luchar, solo aceptar y tratar de convivir con ello.

-¡Hola!- dijo una voz animada detrás de mí.

-Hola- musité tímida ante el desconocido que había frente a mis ojos. Cáncer. Su pelo era fino y corto, casi al ras de la cabeza, su piel pálida, sus ojos de color azul intenso rodeados de nada, sin pestañas ni cejas, y sus labios de un color violeta pálido. Pero su sonrisa fue lo que me hizo hacer una involuntaria a mí.

-¿Qué haces por estos lados?- dijo con una sonrisa que no se alejaba de su rostro.

-Caminaba y llegue hasta aquí- dije suavemente.

-¿Problemas?- susurró inclinándose levemente hacía mí.

-Mi madre está enferma, no tiene cura y estoy asimilándolo, me cuesta mucho- mencioné mientras mi mente viajaba hasta la mujer que estaba en la habitación.

-Lo siento. Verás siempre la primera vez que te enteras es difícil, te cuesta asumirlo y uno tiende a cerrarse en uno mismo. A mí me paso cuando me dijeron de esto, pero sabía que sería por algo, ya que soy creyente que las cosas pasan por un bien mejor en el futuro, que en el momento no sabemos que es, nos desesperamos, perdemos la fe en Dios, cambia nuestro carácter y todo eso, pero viene algo mejor, ya sabes como reza el dicho "Detrás de la tormenta, viene la calma"-.

-¿Y cómo puedes estar tan seguro de eso?- dije algo insegura.

-Pues verás, cuando me descubrieron esto, llevaba como 2 años de casados con mí adorada esposa y el Señor nos ha bendecido con mellizos en camino. ¿Comprendes cuando te digo que las cosas pasan por un bien mejor?- musitó el joven del cual aún no sabía el nombre.

-Sí, pero, ¿por qué estás tan tranquilo?- musité algo extrañada.

-Porque estoy feliz de poder tener hijos con la mujer que amo antes de que las cosas empeoren más-.

-¿Y sí las cosas salen mal? ¿Qué va a pasar con tu esposa e hijos?-.

-Una de las cosas que aprendes con el tiempo, es a vivir el día a día con esperanza y fe, mañana siempre puede ser un día mejor- musitó con otra sonrisa mientras sus ya de por sí pálidas mejillas se coloreaban un poco.

Pensé cada una de las palabras que me dijo el joven mientras deshacía mi camino hasta la planta en donde se encontraba mi madre, fue en ese entonces cuando me percate de que no le había preguntado el nombre al chico, por lo que corrí, sí corrí, para tratar de buscarlo. Pregunté y pregunté por ese joven, di sus características, pero nadie lo conocía ni había visto nunca, pareciera como si la tierra se lo hubiese tragado.

Seguí mi camino hasta la habitación de mi madre, pero antes pase a ver a tía Esme. Al entrar algo en mi corazón se rompió. Tía Esme y tío Carlisle contemplaban la tarde por la ventana muy abrazados; transmitían amor por donde se les mirase. ¿Por qué mi padre no estaba con mi madre ahora? ¿Ya no la quería por estar enferma?.

Volví a emprender el rumbo hasta la habitación de mi madre. Al llegar me impactó ver a Edward conversando animadamente con ella. Percibía en el rostro de mi madre una alegría que horas antes no tenía, a lo mejor lo que le faltaba no era preocuparse más de la enfermedad sino distraerse de ella. Qué gran lección de aprendizaje me había dado Edward sin siquiera hablarme, aunque lo hubiese preferido, pero si él no quería hablarme, dejaría pasar el tiempo hasta que se le pasara el enojo conmigo por haberle fallado.

Esa noche, cuando ya estaba en casa, pude sentir el vacio, el silencio y sobretodo, esa amiga que salía desde mi mente a hacerse presente, la soledad. Misteriosamente tío Carlisle solamente me había dejado en la casa y se devolvió a la suya, solo despidiéndose de mí y sin más se fue.

Subí a mi habitación con un vaso de leche y unas cuantas galletas en un plato. No me apetecía comer, pero mi organismo necesitaba recuperar fuerzas de vez en cuando. Lentamente me senté en la cama y empecé a mirar el vaso de leche. Era muy interesante, con burbujas hasta el tope, de un color blanco puro que llegaba a dar envidia que muchas cosas no tuvieran esa pureza y fueran tan hermosas.

Un suave golpe en mi ventana me hizo girarme hacia ella y lo que vi me dejo en schok. ¿Qué hacía Edward arriba de una escalera mirando por mi ventana? No lo pensé mucho más y corrí hasta abrirla, Edward pareció descansar una vez que toco piso en el suelo de mi habitación.

-¿Qué haces aquí?- pregunté preocupada- ¿Paso algo en el hospital?-.

-No mi Bella- pronunció con aquella voz suave.

-¿Entonces?- dije algo alarmada.

-Bueno, me preguntaba cómo estaba mi novia, y ya que no habíamos hablado, decidí venir mejor, es más tierno, además te he extrañado Bella-.

-Yo y-yo creía que ya no querías hablarme Edward- mencioné mientras sus brazos me acogían cálidamente.

-No seas tontita mi Bella, ¿cómo crees que viviría yo sin ti?-.

-P-pero n-no sé qué hago mal, me siento mal, no sé qué hacer, estoy confundida, no sé nada- musité contra su pecho mientras las lágrimas corrían libremente ahora por mis mejillas.

-Ya Bella, tranquila, yo voy a estar contigo siempre, no creas que por cosas del pasado yo dejo de quererte. Ahora debemos mirar hacia adelante, hay que estar juntos y afrontar la enfermedad de tu mamá, pero debes tratar de estar bien, ¿ya?- dijo mientras besaba mis labios suavemente.

Sentía como gran parte de la calma volvía a mí. Edward era mi medicina, mi todo, mi calmante natural. Con él todo era más fácil, sería más fácil de llevar la enfermedad de mi madre y en todo caso, nuestro amor crecería y se fortalecería.

-¿Qué piensas Bella?- preguntó su suave voz.

-En que eres importante para mí, no sé qué haría sin ti. Siento que si no te tengo, no puedo hacer las cosas bien, no funciono y no tengo las fuerzas necesarias. Sé que soy muy pequeña para tener sentimientos tan profundos, pero creo que nunca he sido normal- terminé diciendo mientras me apretaba más a su torso.

-Eres una de las chicas más cuerdas que conozco, eres tierna, comprensiva, con gran corazón, además eres mi pequeña novia, que tiene un novio que la quiere por sobre todas las cosas y espera estar con ella para siempre, en lo bueno y en lo malo.

-¿Por qué eres tan perfecto Edward?- dije con una sonrisa.

-A tus ojos soy perfecto, pero tengo fallas como todo ser humano, pero espero que me guíes para arreglar mis errores, ¿de acuerdo?-.

-Siempre-.

Lentamente nos fuimos hasta mi cama. Yo por mi parte fui al baño a cambiarme y ponerme un pijama, no sabía con que iba a dormir Edward, pero solo me bastaba con tenerlo a mi lado.

Salí ya con mi pijama de ovejitas y pude ver como Edward estaba sacándose la ropa, al principio me asombré, pero luego vi que debajo quedaba con un pijama azul con celeste. Mentalmente suspiré. No habría accidentes esta noche al menos.

-¿Vienes?- pronunció Edward mientras extendía su mano y se acostaba en mi cama. Quedaba justo, pero se veía tierno ante todo.

-Siempre- dije mientras me acercaba hasta la cama. Entré y pude notar como las sabanas aún estaban heladas por lo que acerque mi cuerpo aún más al de Edward quien inmediatamente me envolvió con sus brazos.

Me reí internamente mientras acariciábamos nuestros helados pies para hacerlos entrar en calor. Poco a poco el calor fue tranquilizándome, los nervios estaban más calmados y tenía la seguridad de que esta noche al menos habría alguien que me arropara y me cuidara, pero sobre todo, alguien que me abrazara tan solo por quererme.

-Duerme mi Bella que yo te cuidare- fui lo último que escuche antes de dormirme entre el calor de Edward.

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Holas! Disculpad la demora, pero los estudios están complicados. Gracias a las que aún comentan la historia, lo aprecio realmente. A las lectoras fantasma y las que solamente agregan a favoritos también se les agradece.

Como pudieron ver este capítulo es más que nada de transición, para explicar un poco la enfermedad.

Nos vemos en la próxima entrega.