Estoy haciendo esto después de tanto tiempo que dudo que alguien vaya a leerme a estas alturas. He de decir, que de haber quien lo haga me llenaría de felicidad. La verdad es que esta fue mi primera, y mas larga historia. Es como el bebé que ha dado a a paso a nuevos proyectos.

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Cap 14 : Acorralado

Pov: Antonio

Las luz de la mañana se colaba por debajo de la puerta procedente del exterior, aun asi la habitación parecía oscura y lúgubre. La situación que por un momento había parecido mejorar no hizo , si no, lo contrario. Arthur me miraba atónito, tal vez asustado. Para él , ni su agresor ni su amigo desde la infancia estaban allí, solo dos desconocidos le observaban.

De repente sentí como si todo el peso del momento recayera sobre mis hombros, y no me sentía preparado. Las cosas estos meses se habían vuelto complicadas para todos, tanto que se escapaban a mi capacidad para manejarlas.

-Arthur – le dije, indicándole con la mano que se sentara en la cama de la cual acababa de despertar. – ¿Que recuerdas exactamente?

Él me miró con la mayor mueca de confusión que los músculos de su rostro pudieron producir. Posiblemente no sabía con exactitud a que me refería con aquella pregunta. Si había perdido la memoria, para el todo estaba como lo recordaba, porque simplemente, su memoria estaba vacía.

-Te recuerdo a ti. – Suspiró con fuerza- ¿Acaso hay algo más?

Mis suposiciones eran correctas. Para él nada había cambiado. Sus recuerdos se habían reescrito por completo hasta darle a su vida un significado nuevo. Donde yo, era el eje central.

-¿Sabes dónde estamos? – Pregunté para averiguar hasta qué punto llegaba su olvido.

-En la casa de la isla, ¿no?

-Entonces eso si lo recuerdas – me sentía más aliviado.

-¿Y yo? ¿Sabes quién soy?

Alfred que no había abierto la boca, pero había permanecido atento sin pestañear un momento, se acercó al rubio con una mirada que hacia crecer en mi la más sincera compasión. Sus ojos vidriosos reflejaban el rostro de un amor que no le reconocía

-La verdad es que no. Lo siento

Arthur se disculpó sin saber exactamente porque. Debió de ver algo en aquella mirada tan profunda que hizo que se culpara por no poder recordarlo.

-Entiendo… - La decepción y el dolor nubló la poca esperanza que quedaba en su corazón. –Supongo que solo puedes recordar lo que es más importante para ti. Y ese no soy yo.

-Quizás solo recuerde aquellos que le han forzado la puerta trasera.

Me giré hacia la procedencia de la voz. Un tono tan burlón y a la vez cargado de ira no podía ser de nadie más que de Lovino.

-Estoy seguro de que debe haber una explicación mejor.

- Pues a mí no se me ocurre nada mejor.

- Si no le hubieras disparado nada de esto hubiera pasado, así que, menos bromas.

-¡Si tú me quisieras no le habría disparado!– Replicó. Y después de decirlo, se mordió la lengua, como si hubiera hablado más de la cuenta.

Iba a preguntarle más acerca de aquello cuando Alfred interrumpió.

-¡Ya está bien de discutir! Hay temas más importantes que tratar ahora que vuestras peleas de enamorados.

-¡Yo no estoy enamorado de nadie, y menos de este idiota!

-Ahora mismo eso da igual. – Señaló al inglés que no entendía de que iba el asunto y se sentía fuera de lugar. – Hay que pensar que vamos a hacer ahora. No podemos dejarle así.

Intenté pensar. Había leído muchos casos de amnesia. En películas y dramas ocurrían con frecuencia. Normalmente la recuperaban de manera natural por si solas o mediante alguna experiencia importante de su pasado que hubiese olvidado.

-De momento vamos a esperar un poco – Sugerí – Quizás necesite tiempo. El disparo fue muy reciente. Aún no está recuperado del todo.

Ambos asintieron. Tampoco estaba en nuestras manos hacer mucho más aparte de sentarnos a esperar y desear en que mejorase con el tiempo. Mirar a Lovino a la cara todavía suponía un esfuerzo para mí, para ello yo también necesitaba tiempo.

-Está bien- Accedió el americano- Esperaremos. Pero si no mejora en un par de semanas, habrá que cambiar de plan y pensar nuevas soluciones.

Tras esto Alfred se levantó y salió de la habitación, no sin antes echar un último vistazo atrás para ver de nuevo el rostro de Arthur. Cogí la silla que habían dispuesto al lado de la cama del herido, y me senté a su lado. Ahora yo era su único apoyo en un lugar totalmente desconocido. Al parecer, recordaba el año en el que estábamos, el lugar, pero no a la gente salvo a mí. Lovino fue el último en levantarse, y a diferencia del americano, no echó la vista atrás.

-Antonio – Llamó el inglés- Ahora que estamos solos…. Hay algo de lo que quiero hablar.

Le miré expectante y esperé.

Su rostro, se ruborizó.

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Pov Lovino.

Tras aquella estúpida charla que no llegó a ninguna conclusión, salvo a la más estúpida, salí a regañadientes. Me había esperado un poco antes de levantarme con la esperanza de poder cruzar alguna palabra con Antonio. La verdad es que no tenía la menor idea de que hubiese dicho de haber empezado una conversación. Pero me moría de ganas de sentir su voz cálida como cuando hablábamos antaño. Pero por desgracia, yo no podía olvidar como había hecho Arthur. Yo sabía que las cosas jamás volverían a ser como antes. Antonio y yo jugábamos en ligas diferentes, y nunca coincidiríamos.

Recuero vagamente lo unidos que estábamos cuando apenas era un crio. Incluso ya mayor, seguíamos más unidos que nunca. Y aquellas sonrisas cargadas de confianza que solo a mi me regalaba, cambió de dueño.

Me hacia el duro. Me engañaba a mí mismo haciéndome creer que era demasiado mayor para deprimirme por estas cosas. Pero a la vez, sabía que aún era un infantil, y que pese a saber que debía aceptarlo, me rehusaba.

Corrí por los pasillos, veloz. Apunto estuve de resbalarme, pero no podía pararme. Ya que Antonio no iba a hablar conmigo, no iba a perder el único amigo que había logrado en mi vida.

Sé que la había cagado al disparar al cejudo, pero aun así, todos merecemos una segunda oportunidad. O al menos, una oportunidad para disculparse. Aunque se me diera realmente mal.

Logré encontrarle en las escaleras, apunto de bajar. Le hice una señal con la mano seguido de su nombre y me esperó antes de descender.

-Eres tú.

Su voz sonaba amarga, y tenía el mismo efecto que un cuchillo alrededor de mi cuello.

-Quería hablar contigo… - Me arriesgué al todo o nada.

El simplemente se dio la vuelta bajó un escalón.

-Yo no tengo nada de qué hablar.

-Solo me quería disculpar.

Era consciente de lo estúpido que debía sonar.

-¿Disculparte? – Se rió- Tus disculpas no van a solucionar nada.

Se giró y me encaró, volviendo a subir el escalón que acababa de bajar.

-Tus disculpas no van a hacer que Arthur recupere su memoria. Tus asquerosas disculpas no van a cambiar nada.

Me quedé en silencio, sin saber que decir. Sabía que mis disculpas no podrían solucionar nada, pero aun así, esperaba que me perdonara por todo lo vivido juntos. Que me perdonara como hacían los amigos.

-Tú tienes toda la culpa. ¡Casi lo matas! –Bufó- y ahora él está vivo, pero todos sus recuerdos hacia mí, murieron.

-¡Ya lo sé! He sido un estúpido. Actué sin pensar y me arrepiento.

-No, actuaste como un crio. Lo has estado haciendo constantemente. Has sido egoísta con Antonio todo el tiempo. Lo querías para ti. Si no, para nadie.

Aparté la mirada, impotente, lleno de rabia, y a la vez, apunto de echarme a llorar. Todo lo que había querido proteger, era todo lo que ahora estaba perdiendo.

-Sabía que no ibas a perdonarme. Solo quise intentarlo.

-Tenías demasiada fe.

-Tenía un concepto equivocado de la amistad.

Sentí como aquellas palabras le llegaban. Por un momento su expresión se suavizó, pero apenas duró.

No tenía amigos. La persona que quería, ahora era incapaz de mirarme a la cara. Sabía que en el piso de abajo me esperaría una muchedumbre que me observaría con repulsión. Sabía que aquel ya no era mi lugar. Nunca lo fue, pero encontré una razón por la que aguantar. Y si ahora no me quedaba nada, solo tenía una opción.

-Me voy a marchar. –Sentencié – De vuelta a casa.

No hubo respuesta ni yo la esperé.

-Estar rodeado de estúpidos es una pérdida de tiempo.

Pasé a su lado como un fantasma, y bajé aquellas escaleras que causaban mareo, a gran velocidad. En efecto abajo nadie guardaba una mirada cariñosa para mí, ni siquiera un saludo cualquiera. Tan solo la repugnancia que había imaginado, me observaba. ¿Y qué? De todas maneras me pensaba marchar aquella misma noche. Le pediría permiso a Rusia. Si fuera necesario pedirlo de rodillas lo haría, ni dignidad me quedaba ya.

La mansión que siempre pareció estar iluminado, parecía más oscura para mí. Todo el camino hasta el despacho de Ivan parecía no tener color. La gran puerta de madera se alzaba ante mí. Llamé suavemente al principio, más fuerte tras no recibir respuesta. Esperé con la paciencia que no he tenido nunca. Y abrí.

Como era de imaginar no había nadie dentro. Suspiré abatido, las ganas que tenia de desaparecer de aquel ambiente que no me favorecía, eran inmensas. Me adentré sin permiso alguno, me recosté en el sillón que resultó ser de una exquisita comodidad y allí me quedé. Todo el tiempo del mundo, sin moverme.

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Pov: Ivan

Había recibido el aviso hacía apenas unos minutos y había corrido por todos los alrededores en busca de Yao. Tal y como me informaron, estaba siendo atacado por mi propia hermana. No había caído en la cuenta en todo el tiempo que llevábamos en la isla que los familiares cercanos como era Bielorrusia conocían el paradero y tenían acceso y permiso para acceder cuando quisieran.

En cuanto entré en acción, ella maldijo, y salió corriendo con una agilidad impropia de una persona corriente. Parecía un ninja escabulléndose entre las sombras y mezclándose con ellas.

Por un momento quise salir tras ella, pero el cuerpo inconsciente de Yao, que reposaba en sus brazos era más importante. Comprobó que tenía el pie dañado, y que aunque despertara debería cargar con el en su espalda durante todo el trayecto. Así que, ahorrándose tiempo innecesario, encaminó la marcha.

Con Natalia aquí, el lugar entero dejaba de ser seguro. Era obstinada, y cuando algo se le metía en la cabeza, llegaba hasta el final. Si ella quería acabar con Yao, tarde o temprano encontraría la manera de hacerlo. Y eso me preocupaba.

Anduve todo el camino en silencio inmerso en mis cavilaciones. Se hizo largo, y pese a ser de complexión fuerte tuve que parar varias veces a descansar. La respiración de Yao chocaba en mi nuca , y de alguna manera aquello me reconfortaba. Me recordaba que estaba vivo y que había llegado a tiempo.

Justo cuando la tarde ya caía, divisé por fin la casa, y al poco rato ya había llegado.

Entró y dando evasivas a los países que le preguntaban, fue directamente a su habitación, y allí lo recostó. Extrajo unas vendas de un botiquín de emergencia que guardaba en el cuarto de baño y enrolló el pie desnudo del inconsciente. Una vez acabé, suspiré. Aquello apenas era nada. Una leve contractura que se recuperaría con descanso y nada de esfuerzo físico.

Le apagué las luces salvo la lámpara de mesa, por si se despertaba. Cuidaba cada detalle. Cerró la puerta silenciosamente y le dejó a solas. Su habitación era la más segura de la casa. Tan solo disponía de una ventana con unos barrotes decorativos, pero resistentes, y una única puerta de entrada.

Me disponía a ir a cenar, puesto que la hora ya lo requería cuando me di cuenta de que una luz asomaba por debajo de mi despacho. Siempre estaba apagada, e incluso yo, pocas veces entraba en esa habitación. Le llamaba despacho, pero la verdad es que ahí lo último a lo que iba era a trabajar.

Me acerqué cuidadosamente y sin hacer ningún ruido. Me asomé creyéndome invisible y una voz me sobresaltó desde el otro lado.

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Pov: Lovino

Hacía rato que escuchaba al estúpido ruso caminar de puntillas por el pasillo. ¿Acaso se creía que era sordo? Se acercó a la puerta y lo vi pasmado con cara de bobo.

-Que te puedo ver – Le recordé

Parecía que hubiera entrado en una especie de mundo fantasioso donde el era una sombra o un mago con una magia de invisibilidad infalible. Pero aquel mundo a duras penas se mantenía, porque se veía a medio kilómetro de distancia.

Sin contestar, entró sin más. A fin de cuentas era su propio despacho.

-Quería hablar contigo. Es urgente.

El ruso asintió y se sentó en una esquina de la mesa ya que yo ocupaba la única silla de la sala.

-¿De que querías hablar?

- Sé que ya dijiste en su momento que no se podía – Tragué saliva por alguna razón, me intimidaba- Pero me gustaría poder irme de aquí. No pinto nada. Y ten por seguro que si tu plan era divertirnos todos juntos, eso es lo último que he conseguido.

Clavó su mirada en mí, fría por naturaleza y esbozó una suave sonrisa.

-Es interesante que me pidas eso. – Dijo sin más.

No le entendí, así que proseguí.

-Desde que estoy aquí solo me han pasado mierdas. Y quiero irme cuanto antes.

- ¿Qué te ha pasado?

-Eso a ti no te importa – dije arrugando el ceño – Simplemente déjame escapar de este asqueroso lugar, y todos contentos.

-Si no me cuentas la causa de tu ida , no te dejaré ,marchar.

Parecía que lo hiciera para molestarme. O simplemente era un cotilla y nadie lo sabía. La cuestión es que algo me dijo que si no le contaba todo obedientemente, me iba a pudrir en ese lugar junto con el resto de idiotas. Resignado le resumí lo sucedido los últimos días y de como todo se me había ido al traste. Lo que los residentes opinaban de mi y lo incomodo que me sentía viviendo en aquel lugar en el que yo no tenía ningún significado.

El simplemente asentía y rara vez dijo algo. Parecía que no le importara un pimiento todo lo que le contaba. Cuando acabé el silencio casi me hizo atragantar. ¿Cómo puede ser tan incómodo compartir aire con una persona? Aunque más bien parecía, que el aspirara todo el aire y a mí me dejara a las puertas de la asfixia.

-Entiendo…

- ¿Y entonces?

Su parsimonia era estresante para mí. Llevaba toda la tarde metido en esta habitación esperando su llegado y lo último que quería ahora era entretenerme con conversaciones innecesarias.

-Te dejaré marchar con una condición.

Esperé que expusiera dicha condición.

-Quiero que te lleves a Yao contigo.

Aquello fue algo que me pilló por sorpresa. Pensé en preguntarle sus motivos. Pero siendo sinceros, nada me importaba menos.

-Yo me llevo lo que tú quieras, con tal de que me dejes marchar.

Sonrió levemente de nuevo y se levantó de la mesa. Lo cual me hizo deducir que no había nada más que hablar.

-Mañana al amanecer, a primera hora. – Dijo- Sin que nadie se entere.

Y desapareció.

Desconocía de donde iba a sacar el medio de transporte, ni cómo iba yo a pilotarlo. Pero no quería pensar en ello. Quería escapar de aquel lugar a toda costa. Estaba seguro que aun después de su ida, nadie notaria la ausencia ni le echaría de menos.

Me levantó de aquella silla, que pese a ser increíblemente cómoda, se había vuelto muy incómoda tras horas de uso. Antes de cerrar la puerta tras de mi pensé que lo único que lamentaba dejar atrás era a su hermano. Le preocupaba como le harían las cosas sin él, y sin Alemania.

Suspiró.

Mañana era el gran día.

Después de volver a casa, se había prometido no volver a ver a Antonio en la vida. Resignándose a vivir su vida lejos de él.

Gracias por leer hasta aquí quien lo haya hecho.

Es un poco corto, porque la verdad he de ponerme al día de mi propia historia. Ahora apenas me acuerdo de lo que yo misma escribí. Me la leeré e intentaré retomar la marcha. Se que lo digo mucho, pero esta vez me pondré seria x3

Preguntas:

¿Que tiene que decirle Arthur a Antonio?

¿Se irá Lovino?