AMOR AL CAER EL CREPÚSCULO
Disclaimer: Los personajes no me pertenecen; son de la autoría de J. K. Rowling. Yo solamente cree la historia.
CAPÍTULO XXVII
TORMENTOSOS RECUERDOS I
Blaise Zabini se encontraba en la oficina de Nueva York. Desde que la compañía que los Slytherin manejaban se había vuelto famosa habían abierto sucursales aquí y allá. Desde el centro de Londres, pasando por Tokio, Finlandia y Nueva York. Después de la Guerra lo único que ellos querían era comprender ¿Qué hacía especiales a los muggles? No tenían magia y varitas para facilitarles la vida, pero no parecían haberse detenido por ello. Buscaban siempre la manera de hacer más fácil su vida. Y esa oficina era la más lógica explicación a todas sus preguntas.
Pero eso no era lo que le preocupaba realmente. En su oficina en el último piso del One World Trade Center eran los tormentosos recuerdos que acudían a su mente. Sentado en el sofá de cuero negro que parecía diseñado para un César, los recuerdos acudían a su mente como si los viera en un pensadero y lo aguijoneaban una y otra vez. Casi era como si los volviera a vivir.
Hacía ya tiempo que no volaba a Nueva York, esa oficina (aunque después de la caída en 2001) de alguna manera no era la misma. Con su remodelada estructura parecía más sobria, clásica, elegante. Siempre se la recordaba; aunque nada que ver con una furcia como aquella. Sin embargo, saber que seguía siendo el mismo espacio en que alguna vez fue suya le atormentaba. Seguía recordándole su aroma. Su piel. Su cuerpo.
Se sentía estúpido. ¿Por qué no podía olvidarla? Se había casado con Pansy, y aun así el recuerdo de esa hechicera lo perseguía. ¡Malditos fueran los Weasley!
Recordaba como poco antes de la caída del 11 de septiembre justo la noche anterior Ginebra había estado allí, en un sillón similar. Algo masoquista, pues había comprado un similar a ese que tenía; y sin embargo recordaba con fría naturalidad. Su cuerpo, la estrechez de su cintura. Como se perdía contando los pequeños lunares de su espalda y las pecas de su cara. Recordaba nítidamente como una y otra vez había sido suya. Y, lo que más le dolía.
Le dolía recordarla, por supuesto, pero lo que más le dolía era su orgullo. Porque aquella pelirroja lo había pisado una y otra vez. Y él, como idiota enamorado (que en aquel entonces era), -resoplo, lo había permitido. ¡Merlín bendito! El habría puesto su fortuna a sus pies, si tan solo Ginebra –como la copa que bebía- hubiese aceptado estar a su lado.
-Suspiro observando el paisaje a lo lejos. Si ella lo hubiera querido a él. Si tan solo ella no hubiese sido una maldita caza fortunas… el habría puesto a sus pies el mundo. Pero, como era lógico, ella había elegido a Potter, había elegido tener fama y fortuna. ¿Qué mejor título que ser la esposa del jodido-estupido-con-suete-niño-que-vivió? Y sin embargo, a pesar del daño que ella le había hecho, por alguna razón que él no alcanzaba aún a comprender, jamás la había delatado. Quizás… solo quizás…
Sorbió un poco más de Gin Tonic, permitiéndose recordarla por una última vez al tiempo que, el frio liquido bajaba por su garganta. Pues esta vez decidió terminar su agonía. Ginebra jamás seria suya. Eso lo tenía sobre entendido; y como buen Slytherin que era, debía comenzar a entender que la venganza era un plato que se servía frío. La vida le estaba dando la oportunidad de mostrar quien era realmente Ginebra Weasley (hasta dentro muy poco, Potter) y verla hundirse en la miseria. Pues eso merecía. Ya no la amaba, por supuesto. Pero de alguna manera sentía que le debía eso a ese pequeño bebé que ella había perdido y un tanto a San Potter. Sentía que les debía un poco de honestidad y de sinceridad por las bajezas que esa mujer cometió en el pasado.
Decidido a terminar con todo, por su cuenta, junto todos los documentos que inculpaban a la pelirroja, las fotos, los videos, las facturas. Tomando la última entre sus manos sonriendo cínicamente, pues para sus adentros se preguntaba ¿Qué le habría dicho a Potter para jamás quitarse el pequeño dije con forma de corazón y diamante? ¿Potter sabría que había sido él, quien en un ataque de enamoramiento se lo había entregado simbolizando su amor por ella y por su hijo perdido? Maldijo su suerte no sin antes pensar en su pequeño bebé. Si tan solo ella no hubiese perdido a su hijo. Una punzada aguijoneo en su pecho. ¿Y si no hubiese sido un aborto espontaneo como tantas veces le había jurado Ginebra? Una corazonada le señalo ir a la clínica donde el imbécil de Weasley quería que Hermione abortara. Tenía el presentimiento de que iba a llevarse una non grata sorpresa. Pero dado que iba a destapar la cloaca, pretendía asumir todas las consecuencias de sus actos. Pues aunque le doliera admitirlo, apenas un mes después de que la pelirroja había perdido a su hijo, se había embarcado en un matrimonio con Potter. ¿Podía ser lógico pensar que quizás, ella había provocado el aborto? Pensar en que quizás por ello, se había negado rotundamente a ir a San Mungo. Apretando fuertemente sus nudillos, bloqueando sus tormentosos recuerdos, termino con su trabajo. Unos cuantos hechizos de protección y limpieza después, todo volvió a quedar como si el jamás hubiese pisado esa oficina.
Justo había terminado de aplicar el último hechizo de limpieza, fue cuando un patronus de Narcissa lo había requerido urgentemente en el castillo. Sus sentidos le decían que no era nada bueno, por lo que olvidándose inclusive de ir a la tan famosa clínica, opto por volver de inmediato por red flú a Londres. Allí también tenía una clínica ese imbécil muggle. Ya se daría cuenta donde comprobar la identidad del mismo. Era bastante casualidad que los médicos se llamaran igual y ejercieran la misma profesión, y si algo le había dejado la guerra, era que no existían casualidades, sino causalidades, y ahora era su trabajo comenzar a armar ese rompecabezas que había venido aplazando itinerantemente y cuantas veces le había sido posible.
Tomando una bocanada de aire maldijo entre dientes. Al menos, con suerte que era un día de celebración en esa ciudad nadie lo había visto entrar, por lo que pudo usar polvos flú y viajar de inmediato vía chimenea al castillo.
D&H
Algunas veces, Theo se preguntaba ¿Qué sucedería si jamás hubiera tenido a Daphne? Se consideraba bastante afortunado, puesto que le había tocado ser cómplice y confidente de sus amigos. Recordar cómo había sufrido Draco, Blaise y Pansy le hacía sentirse malditamente afortunado. Afortunado de tener a una mujer como Daphne, quien a pesar de aún no le había dado el tan preciado heredero que todo sangre limpia esperaba, ella había compensado muchos años de sufrimiento y soledad. De dolor por una pérdida irremediable e irreparable.
Daphne había sido su remanso de paz obligatorio. Todavía recordaba la tristeza en los ojos de Daphne cuando había acudido en su auxilio. Y él, ¡A Merlín, gracias! Había decidido ayudarla. Después de que Astoria (quien era otra historia) –pensó se había casado con Draco, sus padres no contentos con la fortuna que habían obtenido del ventajoso contrato matrimonial, ahora querían empujar a Daphne a otro igual matrimonio concertado, solo que esta vez, el elegido no era sino un mortífago ruso que, aunque millonario, un demente sin alma y corazón.
Esa había sido la mejor elección que había hecho –pensó para sí mismo. Aún recordaba los ojos llorosos de ella. Sus preciosos ojos azules asomaban un inmenso pánico y tristeza. Cuando le conto como había escuchado a sus padres decir en cuanto aumentarían su fortuna. Daphne le había contado entre lágrimas como sus padres hablaban de ella como una mercancía sin valor, con rabia enumero las desventajas de su actual esposa, según sus padres: su edad, su poca prudencia para no contradecir a su esposo, que Astoria tuviera al mejor partido de todo Londres Mágico la convertían a ella en una carga para ellos.
Al recordarlo Theo se sentía impotente. Nunca había hecho algo en su vida por alguien. Por el contrario, él era un misántropo solitario y no necesitaba a nadie. –Al menos de eso se convencía día a día-. Sin embargo, el ver así de quebrada a Daphne había despertado algo de conciencia en él.
Rompiendo la copa de brandy que tenía en sus manos, recordó como describió Daphne a aquel hombre, uno más bien tosco, parecido en mucho a Igor Karkarov, el director de Dumstrang, con sus dientes podridos y el olor a licor nauseabundo que destilaba con su mera presencia. Con coraje sintió su sangre correr. A medida que Daphne le describía como ese hombre si es que se le pudiera llamar así le había hablado de lo que deseaba hacerla suya. El terror en los ojos de Daphne al tiempo que le contaba como la desnudaba de a poco con la mirada, y el asco en sus finas facciones cuando ese maldito se había atrevido a besarla. Pero sobre todo, recordó la ola de odio que sintió cuando ella le había confesado que aquello lo había dicho frente a sus padres y ellos lucían encantados con aquel ser despreciable. Obligándola a recibir tales atenciones.
Más despreciables eran ellos por tratar de hacer un acto tan atroz como aquel. Él no se consideraba un ser magnánimo, estaba lejos de serlo. Pero los Greengrass eran una maldita basura. Haber obligado a Daphne a pasar por aquel calvario merecía un castigo.
Si no había estado convencido antes de ayudarla, cuando ella le conto aquello, al verla tan desvalida y sintiéndose tan insignificante. Tanto como para suplicar su ayuda o la de cualquier otro Slytherin él había tomado la determinación de ayudarla. No la amaba, por supuesto, pero esa parte, la de ser un Slytherin y sus principios le habían empujado por completo hacia ella.
Cada día a partir de su llegada, a partir de ese simple sentimiento. –Te ayudare, no supliques, eres Slytherin, y serás mi esposa. La señora Nott-. Bien habían valido la pena. Daphne a diferencia de Astoria era una mujer no solamente hermosa, sino especial en más de un sentido.
Recordaba el odio que sintió hacia sus padres. Lucía y Cristopholus Greengrass no merecían ni una mísera conmiseración al saber cómo estaban vendiendo a su hija al mejor postor. Puesto que, según lo que había averiguado después de hablar con ella, a sus padres bien les valia que el marido fuese un viejo senil, que un maldito violador o torturador. Daphne debía soportarlo todo, con tal de que ellos tuvieran su maldita vida de lujo y suntuosidad. Querían llegar a la escala más alta, socialmente hablando y el hecho de que Daphne hubiera sido una mujer y no un varón como ellos esperaban, la condenaba a pasar las peores penurias. Pues si bien Daphne tenia todos los lujos que una señorita sangre pura debía ostentar, lo cierto era que más de una vez mientras estaban en Hogwarts, él la había consolado. Incluso aquella noche que paso en su habitación tratando inútilmente de tranquilizarla al tiempo que ella era un enorme mar de lágrimas.
Tomando una bocanada de aire retomo el hilo de sus pensamientos. Después de esa tarde, cuando había hablado con ella, la mando de regreso a su "hogar" y le dijo que se preparara. El iba a tenerla. Iba a tomarla por esposa de acuerdo a las leyes mágicas sangre pura.
No era ningún estúpido. Por ello se preparó antes de siquiera presentarse ante los padres de Daphne. No era Malfoy, cierto. Sin embargo su fortuna bien podía competir con la de los Malfoy. Pero sabía que eso no era suficiente. Investigo al imbécil que pretendía tener a Daphne.
No era más que un demente del que ni su nombre merecía recordar, con arcones llenos de oro, cierto pero aún así un hombre bien entrenado en las artes oscuras. No por nada era los ojos en Rusia de Voldemort. Sin embargo, su misantropía bien estaba valiendo de algo en aquella ocasión, se había dedicado a buscar en los viejos libros de los Nott.
Había buscado un arma que fuera lo suficientemente buena para que los Greengrass y ese maldito no tuvieran ninguna oportunidad de poder decir no al compromiso. Por lo que había investigado, aquel despreciable ser seguía los principios sangre pura a cal y canto y sin cuestionar.
Se había acercado incluso a Azkaban. Thadeus Nott se había alegrado –pese a su encierro- que su hijo aún lo buscara. ¿La amas? –Había cuestionado su padre. Pero le contesto de la única manera posible. ¿Importa? Tú tomaste a mi madre con y sin su constentimiento. ¿Por qué habría de importar si la amo o ella me ama a mí? La deseo porque es adecuada para tener una familia y preservar nuestro linaje. Eso es lo que verdaderamente importa ¿O me equivoco, padre? – Había respondido en aquel instante. En ese instante vio el orgullo reflejado en sus ojos. Sobre todo se enorgullecía de que su hijo exigiera como cualquier buen sangre pura su derecho sobre lo que él deseaba. Por lo que recordaba su padre realmente lucia feliz de que el fuera un sangre pura hasta la médula (si tan solo su padre supiera) y lo ayudo dándole indicaciones para encontrar un viejo libro en la mansión Nott.
Aquel libro bastante empolvado y con pasta de cuero de dragón contenía la historia de su familia, desde tiempos inmemoriales. De cómo, ¡valga la ironía! llevaba el nombre del primer Nott que dejo de ser un juerguista oportunista amasando una pequeña fortuna y casado con la primer Lovegood, que le dio el paso a la riqueza y la fortuna.
Pero todas esas historias eran basura. Y no fue sino hasta que encontró una vieja deuda de Caleb Greengrass quien se había comprometido a dar por esposa a una de las mujeres de su familia, en el momento y tiempo que los Nott exigieran a cambio de haberlo salvado de la horca en 1548.
Theo se extasió. Aún recuerda ahora con tranquilidad, como le había enviado una lechuza Draco, donde le pedía estar como testigo para evitar un duelo. Era lo último que necesitaba.
Fue un 20 de junio cuando casualmente Theodore Nott llego a casa de los Greengrass dispuesto a hablar con Lucía y Cristopholus solicitando su permiso para cortejar a Daphne. Bien sabia el que no era más que un farol tirado para llegar al verdadero plan. Sacar a los Greengrass de la vida de Daphne. Si bien eran sus padres, también había pensado en su castigo. Podía comprarlos, cierto. Pero esos no merecían tener a Daphne ni mucho menos obtener un beneficio después de como la estaban tratando. Él se encargaría de ello, por supuesto.
Recordó la mueca de burla en las facciones de Cristopholus. Acudió por cuatro días seguidos, siempre acompañado de Draco o de Blaise. Necesitaba testigos de asistencia y justo eso estaba consiguiendo para evitar que los Greengrass tocaran un solo sickle de su fortuna.
Lo hizo todo de manera legal. Acudió al domicilio de Cadmius en Rusia y le planteo la situación. Incluso pidió su perdón y mostro los documentos oficiales al mortífago donde se establecía aquel acuerdo. Había sido menos difícil de lo que esperaba ya que el mortífago se alegró que un servidor de su señor aún respetara las viejas tradiciones, por lo que con gusto devolvió su promesa de matrimonio. No sin antes una cuantiosa partida de los Greengrass. No lo necesitaba, por supuesto. Pero galeones eran galeones.
Cuando la quinta visita ocurrió, todo fue acompañado de los Malfoy. Eran viejos amigos y Thadeus pese a su encierro ya había hablado con Malfoy. Los Greengrass tenían dos opciones, perdían una hija o la fortuna de los primeros. Por lo que con testigos de asistencia habían logrado que entregaran a Daphne con los ojos llenos de rabia por la pequeña fortuna que ya habían tenido que pagar por ella. Y más aún, por las artimañas urdidas por Nott para privarlos de hasta el más miserable sickle.
Lucía y Cristopholus Greengrass habían maldecido a su hija si bien, no sacándola del árbol genealógico, si pidiéndoles que se olvidaran de ellos. Pues para ellos no era nadie. Un simple error que los había obligado a unirse en matrimonio, pero únicamente eso.
Por supuesto, Daphne la había pasado terrible, sin embargo, Narcissa y Pansy habían estado con ella. La habían ayudado a preparar la boda y todo había salido como un auténtico cuento de hadas muggle, inclusive con la presencia de los padres que la habían despreciado y que obligados por las circunstancias se habían visto obligados a pedir perdón.
PIES PARA QUE LOS QUIERO, SI TENGO ALAS DE IMAGINACIÓN Y PUEDO VOLAR
(Frida Khalo)
Dejen su review
No pierdo el hilo de la historia. Es solo que hay muchas cosas que contar y a veces simplemente no encajan una con otra y tengo que acomodarlas pero espero que les guste.
Con un cariño muy especial para Salesia.
Hasta el próximo. Como ven esta es la primera parte. Aun nos faltan recuerdos de otros pocos personajes, pero lo dejamos para después. Los quiero.
Besos a todos
Serena Princesita Hale