AUTORA: Hola lectores! Bueno, después de tanto tiempo, no me queda otra que disculparme y esperar que me perdonéis! T.T
De verdad que siento haber tardado tantísimo tiempo en actualizar, mi única excusa es el intenso trabajo de la universidad y la falta de inspiración...
Desde luego, muchísimas gracias a aquellos que aguardaron pacientemente, en especial a Hikari14, Misari, metitus, Mei Fanel y Ghost iv... ojalá os siga gustando!
P.D. Prometo actualizar más a menudo!
TIEMPO PARA DISFRUTAR
Sentado en un acogedor puesto de comida tradicional, Ichigo quedó pasmado, viendo comer a su nueva amiga. ¿Cómo era posible que un estómago tan minúsculo pudiera acumular tanta comida?
- ¡Oye! – llamó, ya molesto.
La muchacha se desentendió del chico, y continuó observando el espectáculo que se desarrollaba en el gran altar de madera que presidía el lugar.
- ¡Oye! – repitió Ichigo, alzando el tono.
- ¿Qué demonios quieres, Kurosaki? – preguntó irritada Rukia, quien disfrutada sobremanera de los festivales tradicionales.
Ichigo le dirigió una elocuente mirada.
- ¿Quieres dejar de tragar tanto Sunomono? – exigió él, refiriéndose al plato cargado de pepinos y algas que habían pedido como aperitivo. - ¡Cuando llegue el plato principal no tendrás hambre!
El ceño de Rukia se volvió más marcado.
- ¡No me da la gana! – exclamó, antes de meterse un gran bocado de la exquisita comida en la boca. – Gracias a tus extraños gustos, esto es lo único que voy a cenar. De modo que, déjame tranquila.
- ¿Mis extraños gustos? – la alegre afirmación de la joven logró cabrearlo en serio. ¿Qué culpa tenía él de que Rukia sólo se alimentara de pepinos y huevos? ¿Es que nadie la había enseñado a comer como era debido?
- Shasimi, Dashimaki tamago… - murmuró ella. Por su tono de voz cualquiera diría que estuviera hablando de escarabajos y culebras. - ¿Qué es eso?
Por suerte, los fuegos artificiales cortaron la réplica del pelirrojo que, para entonces, hervía de rabia. Además, Rukia ya no le escuchaba, estaba demasiado entretenida estirándose desde su asiento para contemplar mejor la exhibición.
Esto consiguió deshacer todo el rencor del muchacho. La tenue luz del ambiente y los destellos provocados por la pólvora resaltaban el brillo de sus enormes ojos que, a esa hora de la noche, semejaban dos lagunas misteriosas. Para su consternación, Rukia captó su minucioso estudio.
- ¿Qué? – preguntó ella, sonriendo pícaramente. - ¿Ves algo que te guste?
Ichigo soltó un bufido, sorprendido de la escasa modestia de la fémina.
- Más bien lo contrario. – Dijo, sin un ápice de vergüenza. En los últimos días Ichigo había descubierto un interesante hobbie en bromear con ella. - ¿Sabes que si tuvieras la estatura que deberías tener, no te haría falta estirarte tanto? – en cuanto vislumbró el brillo asesino en la mirada de la chica, Ichigo sonrió, ridículamente divertido. – Podrías disfrutar de la pirotecnia sin problemas.
Ichigo consiguió esquivar el trozo de pan que le lanzó Rukia, por los pelos.
- Serás gilipollas… - gruñó la samurái, olvidando todos sus modales.
Todavía con ganas de jugar, Ichigo continuó bromeando.
- Seguro que es por culpa de tu mala alimentación. – Aguardó a que la simpática camarera les sirviera el shasimi para seguir hablando – Pero, tranquila. Para eso estoy yo aquí para ayudarte. Toma, – dijo, tendiéndole su plato – te cedo mi parte.
- ¡Vete a la mierda! – exclamó la morena. Entonces, se levantó de su asiento y salió del puesto de comida, dejando solo a Ichigo.
El joven quedó estupefacto, plantado en su asiento, mientras Rukia se perdía entre la multitud. Por un segundo, dudó en si ir a buscarla o si esperar a que se le pasara un poco el enfado. Puede que si la molestaba de nuevo ella terminara arrancándole la lengua.
Finalmente, pidió que le empaquetaran el resto de la cena y se marchó, dispuesto a encontrarla. Al fin y al cabo, su apariencia de muñequita desvalida era como un imán para todos los pervertidos del mundo.
- ¿Te gusta? – se atrevió a preguntar Ulquiorra, desconcertado por la cara de asco que mostraba su acompañante. Su cena era una delicia, no en vano, estaban en uno de los restaurantes más caros de la ciudad, pero puede que el plato de la chica no cumpliera con las expectativas.
Inoue trató de sonreír. No deseaba herir los sentimientos del moreno, que parecía decidido a invitarla a una gran ágape.
- Si… - afirmó, con muy poca convicción.
Ligeramente asustado, Ulquiorra sintió como crecían en él unas increíbles ganas de soltar una carcajada. Algo inaudito hasta el momento. El joven ya no recordaba la última vez que se había sentido tan bien, tan liberado.
- No mientas, mujer – pese a todo, su voz sonó mortalmente seria.
- ¿Eh? – Inuoe se quedó sin respiración. ¡Lo último que deseaba era contrariarlo!
Es increíble lo vital que se ha vuelto su opinión para mi, pensó ella. Notó cómo la blanca piel de sus mejillas adquiría un intenso color rojizo.
- Si no te gusta, no lo comas. – Ulquiorra tomó de nuevo la palabra. También le tendió la carta, con gesto tranquilo pero decidido – Ten, elige otra cosa. Lo que sea.
- No… - murmuró la pelirroja. Aún así, aceptó la carta y observó el menú. Para su desgracia, no encontró nada que le resultase apetecible. – Es que…
- Si no hay nada que te guste, - la interrumpió – entonces, será mejor que el chef prepare algo de tu gusto. – Concluyó, haciéndole un gesto al camarero - Garçon, s'il vous plaît!
Hablando en un francés fluido, e ignorando la expresión de pasmo de su pobre interlocutor, Ulquiorra pidió un plato de pasta de judías rojas con curri y salsa de cereza. La comida favorita de su invitada. El guerrero prefirió no pensar demasiado en la razón que lo hacía conocer semejante dato.
- ¿Sabes francés? – preguntó Orihime, extasiada.
- Por supuesto – el tono de la respuesta daba a entender lo ridícula que le pareció la cuestión. – Hoy en día, saber idiomas es algo imprescindible.
- Ya… ¡claro que sí! - se apresuró a confirmar ella.
Ulquiorra se la quedó mirando.
- Tú no sabes ninguno, ¿verdad?
Pese a todo, a Inoue la gratificó percibir risa en su profunda voz.
- A penas farfullo un poco de inglés – dijo, delatándose a sí misma.
Por primera vez desde que empezaron su relación amistosa, ambos jóvenes compartieron una sonrisa.
El corazón de Inoue no podía ir más rápido. ¡Tenía la mente hecha un lío!
Por un lado, estaba su amor de toda la vida por Ichigo. Por otro lado… esto. Los singulares sentimientos que estaban arraigando en ella la tenían totalmente confundida. La complicidad, el cariño, la seguridad, las risas… Nunca se había sentido así con nadie y su corazón no sabía controlar tantas novedades y contradicciones. ¡Estaba metida en un gran problema!
Pero, tampoco pretendía solucionarlo ahora.
- Y, oye… - carraspeó para darse tiempo a recuperar la voz. - ¿Vienes mucho por aquí? – por alguna razón, pensar en el chico llevando a otras mujeres a ese lugar le provocaba un potente malestar.
- No – la negativa fue tan rotunda que logró tranquilizarla en el acto. - ¿Por qué?
- ¡Ah! Pues, como dijiste que no eras de por aquí…
- Un… conocido me lo recomendó. – La excusa no era muy buena, pero Ulquiorra sabía que la muchacha no haría preguntas. Después de todo, lo hacía por su bien. No creía que le conviniese saber a qué se dedicaba, y se acabaría enterando si le contaba la reunión que había tenido con el jefe del clan Kuchiki en ese mismo lugar.
- Ya veo. – Aceptó Inoue, a quien comenzaban a fastidiar los múltiples secretos del moreno. – Y… Ese conocido tuyo, ¿Quién…?
- Nadie que deba interesarte – la cortó él, sin poder evitar recordar su pasado encuentro.
Ese mismo día, en un reservado del restaurante…
- ¡¿Cómo que se han ido? – exclamó Byakuya, iracundo. Luego clavó sus fríos ojos en todos los comensales. – Me estáis diciendo que vosotros… cuatro de mis mejores soldados, ¿habéis perdido a mi hermana?
Ulquiorra, Hitsugaya, Matsumoto y Madarame esquivaron la mirada del líder, profundamente abochornados.
- ¡Vamos, Byaku! – intervino Kuukaku, con intención de calmar los ánimos. - ¡Ellos no podían evitarlo! – sin hacer caso del tic asesino del jefe, Kuukaku siguió hablando - ¿Quién hubiera adivinado que alguien iba a amenazar la vida del heredero Kurosaki?
- ¡No es excusa! – afirmó Kuchiki. - ¿Cómo es eso de que han desaparecido en Fukushima? ¿Y por qué diablos no contestan vuestras llamadas? ¡Para qué os necesito si no sabéis hacer vuestro trabajo?
El más joven del grupo se decidió a hablar.
- En nuestra defensa, jefe, diremos que, para cuando llegamos, el grupo ya había partido.
- ¡El capitán Hitsugaya tiene razón! – apoyó Matsumoto. – A nosotros sólo nos quedó la opción de quedarnos y vigilar a los Kurosaki.
Byakuya bufó al aire, algo impropio de su posición social pero, la situación bien lo merecía.
- Los Kurosaki me importan un comino – afirmó, dejándolos a todos asombrados. Bueno, a todos menos a Ulquiorra, el único que conocía el plan del Kuchiki desde el principio.
- Pero, señor… entonces, ¿por qué…? – quiso saber Ikkaku.
- ¿Crees que mereces conocer la verdad? – interrumpió el otro, con su ya característica voz de hielo.
- ¿Y qué hacemos ahora, Byakuya? – al fin, Kuukaku se había puesto seria.
El líder sólo pudo suspirar y atusarse el largo cabello, reflejo de su frustración y angustia.
- Me temo que, de momento, sólo podemos aguardar noticias de ellos.
- Señor…
- ¿Te atreves a interrumpir mi cena, Kaname? – Aizen posó su copa de vino sobre la maciza mesa de madera y se giró hacia su inoportuno subalterno. – No me lo digas… los "Menos" fallaron.
- Señor… - trató de disculparse el invidente de rastas.
- Silencio – ordenó Aizen. Cerró sus ojos, como meditando, para inspirar y expirar a continuación. El hombre gruñó por lo bajo… algún imbécil se lo había recomendado para controlar su genio. Al parecer, a él no le funcionaba – La culpa es mía, ¡por rodearme de idiotas! – terminó aullando.
Iracundo, lanzó la copa contra la pared. La suerte quiso que el alcohol acabara en el fuego, logrando que éste se descontrolara e hiciese saltar chispas.
- Mi señor, - se atrevió a decir Kaname – me permite sugerir…
- Cállate – Aizen se quitó la gafas y se pasó una mano por la melena castaña. – Necesito pensar… - una vez más, volvió su atención al invidente – A estas alturas ya deben de estar a las puertas de Sakata.
- Mi señor, – Kaname lo intentó de nuevo – eso es precisamente lo que quería decirle. Los jóvenes herederos…
- ¿Sí? – apremió Aizen, esperanzado.
- Han desaparecido en Fukushima, mi señor.
Se hizo el silencio. Tanto duró que Kaname temió haberse quedado sólo en el espacioso comedor de la mansión.
Entonces, una siniestra y estridente carcajada resonó en la habitación.
- ¡Muy bien, Kaname! – exclamó el superior. – Quizá nos quede una posibilidad…
- ¿Cuáles son sus órdenes, mi señor?
- Envía a Stark – decretó Aizen. – Y, Kaname… - añadió para finalizar - esta vez, no quiero fallos, de lo contrario, no tendré piedad.
Para cuando por fin encontró a la enana, la cena de Ichigo ya se había enfriado. Algo que, ya de por sí, había empeorado su humor. Por eso, no debería extrañar a nadie su exagerada y furibunda reacción al verla reír y charlar animadamente con el atractivo dependiente de un puesto que vendía baratijas.
El pelirrojo, tras increpar al dependiente, tildándolo de timador por querer venderle una mierda de anillo por doscientos yenes, y luego haber querido quedar bien regalándoselo a Rukia, arrastró a la samurái fuera del festival.
Ignorando las protestas de la Kuchiki, Ichigo se abalanzó bajo un árbol, agotado por la búsqueda.
Situándose frente al taheño, una indignada Rukia se cruzó de brazos y frunció ceño. Así, se lo quedo observando un buen rato.
Finalmente, él le devolvió la mirada.
- No pienso disculparme – le advirtió, poniéndose a la defensiva.
- ¿Cómo? – gritó Rukia - ¡Eres un sinvergüenza! ¡Debería obligarte a hacerlo! El pobre Tsukishima…
- ¿Tsukishima? – berreó él a su vez. - ¿Te ha dado tiempo a descubrir su nombre? – movió los brazos haciendo aspavientos - ¿Y qué más? ¿También te ha dicho su dirección?
Rukia sólo pudo mirarlo con la boca abierta. ¡Nunca lograría entender a ese chico!
- ¿A ti qué te pasa? – preguntó - ¿por qué estás de tan mal humor?
- ¡No lo sé! – exclamó él con sarcasmo - ¿Quizá porque te largas, dejándome solo para irte a pasear con un desconocido?
- ¿Para irme a pasear? – repitió la morena, encolerizada - ¡El Bon Odori te ha sentado muy mal! – afirmó. Luego se dio la vuelta para marcharse y darse tiempo para relajarse.
Pero, adivinando sus intenciones, Ichigo la atrapó por la cintura y tiró de ella hasta hacerla caer en su regazo, justo como al principio de la noche.
- Perdona – susurró en su oreja. Rukia notó que el muchacho apoyaba la llamativa cabeza sobre su hombro. – No sé lo que me ha pasado – continuó Ichigo – puede que los acontecimientos de hoy me hayan sobrepasado. No tengo una buena excusa para mi mal comportamiento.
Como siempre le ocurría cuando el objetivo se decidía a ponerse tierno, el corazón de la Kuchiki cedió y se conmovió. Además, el estar rodeada por sus fuertes brazos tenía la facultad de derretirla como si fuera un helado al sol.
Pasados unos segundos, la samurái se dio la vuelta y se puso a horcajadas sobre las piernas estiradas del taheño. Todo ello, por supuesto, sin deshacer el abrazo.
Ichigo alzó el rostro, consiguiendo que sus alientos se entrelazaran. Entonces, Rukia lo besó. Fue un beso dulce, que no pretendía despertar su deseo pero que aun así lo logró. Pasaron segundos, minutos… puede que horas, saboreándose el uno al otro y dándose consuelo con las manos.
Al fin se separaron, con los alientos entrecortados y sonrojados por la excitación.
- Rukia… - Ichigo fue el primero en hablar - ¿y si nos vamos a un…?
- ¡Espera! – exigió ella, tapándole la boca con su manito. – Todavía no.
- ¿Por qué? – la interrogó él, reprimiendo sus ansias de tirarla en el suelo y hacerle el amor - ¡Rukia! – protestó al verla apartarse de él.
Sin hacerle caso, para no variar, Rukia se fijó en su reloj de muñeca y luego rebuscó en su bolsillo.
- Cierra los ojos, Kurosaki – ordenó con empalagosa dulzura.
- ¿Para qué? – gruñó Ichigo, desconfiado.
- ¡Tú cierra los ojos y extiende la mano!
Prefiriendo evitar otra discusión, el guerrero hizo caso al mandato. En seguida sintió un peso en la mano. El muchacho abrió inmediatamente lo ojos, sólo para encontrarse con una sonriente Rukia, y en su mano un interesante colgante en forma de pentágono, decorado con una calavera.
- ¡Feliz cumpleaños, Ichigo! - exclamó para, acto seguido, volver a besarlo.