Bleach no es de mi autoría, le pertenece a Kubo Tite. Historia original, escrita por mí.
UNIVERSO ALTERNO, ubicado en el periodo Edo.
Nota: spoiler de capítulos recientes del manga.
Introspección: día a día, la ira y el odio lo alentaban a ser el más fuerte. Lo único que deseaba era limpiar el nombre de sus padres, y acabar con el perjurio de sus nombres. Para lo único que la necesitaba, era para estar un paso más cerca de su venganza. Jamás se imagino que llegaría a amarla...
Sumary: Venganza, era su ley. Amarla... era su destino.
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Lycoris Radiata
(Flor del infierno)
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Por Ireth I. Nainieum
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Capítulo XII
El arquero sin arco y el demonio andando
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"La luna llena.
No importa a donde vaya, el cielo me es ajeno"
- Chiyo Ni -
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El viaje al norte resultó más complicado de lo esperado. El habitual deshielo no vino como se esperaba, sino que tuvo un considerable retraso en las altas montañas, los ríos estaban casi secos, así como los arroyos, en esa calurosa estación de verano. Esa fue la razón, por la cual los buscadores de agua no se daban abasto en suplir las altas exigencias de los viajeros. El calor y el pronto estío iban en aumento, y nunca antes estuvo privado de las comodidades que conocía. Aplastó un mosquito que le irritaba.
—¡Malditos bichos! —rugió un oficial a lo lejos.
Desde que pasaban las noches en el bosque y al pie de la fogata, centenares de mosquitos los rodeaban. Algunos todavía luchaban, otros más ya se habían rendido y sus cuerpos estaban cubiertos de asquerosas pústulas. Un oficial de bajo rango se presentó en su solitaria carpa, con un tazón de comida en sus manos.
—¿Tofu…? —Arrugó el ceño—. ¿No hay algo más?
—Todos comemos tofu, General —el pelirrojo le dijo, e hizo un hosco movimiento con su cabeza hacia Rikichi para que se retirara—. Tanto los de arriba, como los de abajo —dijo desinteresado entrando a la carpa, como cada tarde para comprobar cómo estaba.
Si bien, llevaban ya casi dos semanas de viaje, cada día antes del anochecer acampaban. Sin embargo, Ichigo no debía de preocuparse por montar su tienda, alguien más siempre lo hacía, y al mismo tiempo en la mañana era levantada. El Capitán Abarai, así como casi toda la Sexta Escuadra viajaban hacia la parte norte de la nación. Ambos se miraron con franco recelo e Ichigo dejó caer desanimado su caldo. Suspiro resignado, de nada le serviría el quejarse.
—¿Quién hizo esa regla —le dijo encogiéndose de hombros, mientras se bebía de un solo sorbo el nada apetecible caldo—, Capitán?
—El General Kuchiki Ginrei…
—¡Ah! —Fue lacónico al contestar y le extendió su plato al Capitán—. Más —le dijo irritado. El bermejo se acercó, él no era ningún mandamás, pero... no podía negarse al mismo tiempo—. Gracias —terminó por decir Ichigo, una vez que Renji tomó el tazón. El cual quedó ensimismado mirándolo con los ojos como platos—. ¿Qué...? —Refunfuño—. ¿Hice algo mal o qué? —preguntó después de una pausa, no una muy larga, pero sí lo más que se podía esperar y luego frunció el ceño.
—Lo lamento —se dispensó el Capitán que salió a grandes pasos de la tienda del General. Le dio el tazón a Rikichi—. ¡Quiere más!
—¿Quieres jugar? —le preguntó tímido el niño.
El pequeño que fue cuestionado, se tiró rápidamente al suelo al comprobar quien le había dirigido la palabra. Su frente fue enterrada en el lodazal en donde estaba, impactado de que alguien de su alta alcurnia se tomase el tiempo para dirigirle la palabra.
—¡No debería de estar aquí, Kurosaki… —guardó silencio por un instante, al no saber bien como llamarle— Kurosaki-sama! —terminó por llamarle.
—Juega conmigo, por favor —le suplicó una vez más el niño.
Lentamente el niño con el rostro agachado levantó el rostro manchado de lodo, y el pequeño ante él comenzó a reírse de su persona; y al poco tiempo en niño en el suelo se le unió.
—¿Kurosaki-sama…? —dijo limpiándose el rostro con su gastada vestimenta, aún riéndose entre dientes.
Era la primera vez que lo trataban como un niño. Si bien, fue el General Kurosaki quien lo llevó a Engetsu, este lo dejó en manos de su Tercer oficial, un hombre llamado Aizen. Que solía emplearlo como su lacayo personal. Nunca tenía tiempo para sí mismo, ya que debía de cumplir las duras exigencias de su ahora «señor»
—¡Por favor! —le repitió.
Solo atinó a cabecear, las palabras no fueron capaces de formularse en sus labios. Estuvieron jugando por horas el beigoma (1), en los cuales atentamente el mayor le dejó ganar sin el menor problema. Pero, cuando el pequeño niño saco de entre su yukata una diminuta bolsita —tejida a mano— llena de canicas de varios colores, sus ojos brillaron con deseo, cuando su vista se fijo en una particular. Era un cristal de color rojo, el cual competía con el tono de su colorida cabellera. Ichigo observó aquello e hizo una propuesta por demás caótica.
—¿Quieres jugar ohajiki? (2) —dijo Ichigo, lo que obligó a Renji a mirarlo con los ojos desorbitados. Ese era un juego considerado solo para las niñas.
Pero… ahí estaba esa preciosa canica roja y no pudo negarse. Minutos después, cuando estuvo a punto de coger la tan anhelada canica —dada su fácil vitoria contra el niño— alguien irrumpió.
—¡Abarai! —le reprendió una voz.
Por consiguiente, Renji dejó caer la canica. El par de niños respingó del susto, era el Tercer Oficial el que había llamado al pelirrojo. No obstante, este hombre no iba solo, el General Kurosaki le acompañaba. El cual bajó de su caballo y fue directo hacia su hijo, parecía furioso, fuera de sí, como si fuese a golpearlo. Pero, nada más estuvo ante su hijo y se agachó para abrazarlo.
—¡Casi haces que me de un infarto! —Masculló en su abrazo—. ¡No vuelvas a hacer eso nunca más! —lo alejó para mirarlo—. ¿Entendiste? —lo sujetó con fuerza de sus hombros.
—Estaba jugando con mi amigo —se liberó de la aprehensión del adulto y señaló al pelirrojo—, papá.
Isshin volteó hacia Renji, que mantenía la vista fija en el suelo y estaba por demás nervioso. Estaba seguro que iba a golpearlo.
—¿Tú amigo? —hubo duda en sus palabras.
—Si —se apartó de su padre—, y me ganó está —cogió la canica roja del suelo—. Toma —le dijo extendiendo su mano hacia el bermejo para que la tomara—. ¡Toma! —repitió al verlo aún en la reverencia.
—Cuanto te llaman debes atender, Abarai-kun —retumbó la fuerte voz del General, con una inusitada amabilidad.
Lenta y pausadamente —además de estar aterrado—, el niño pelirrojo se irguió.
—Ganaste, es tuya —Ichigo depositó en sus manos la canica roja.
—¿Kurosaki… sama…? —balbuceó Renji.
—Si un Kurosaki dice que ha perdido, ha perdido, Abarai-kun —Isshin alzó en sus brazos a su hijo, mientras esbozaba una radiante sonrisa—. Debes de sentirte honrado en recibir el presente de un Noble —tanto el adulto como el pelirrojo se miraron—, por más insignificante que sea… debes entender una cosa, Abarai-kun… Hoy, has forjado un lazo eterno con mi hijo, al aceptar el obsequio en tus manos y en el futuro estás obligado a guiarlo —proclamó como una profecía al pasar a su lado.
Su ancha espalda estaba recargada contra un grueso tronco muerto. Su mano izquierda cubría la totalidad de sus facciones, hacia el resto de los shinigamis que le miraban en la distancia cuando lo vieron salir de la carpa del General Kurosaki. Ninguno hizo nada, ninguno farfulló nada. Les era por demás difícil el aceptar al hijo de un traidor como su nuevo General, más nada podían hacer tampoco, estaban obligados a servirle, más no deberle fidelidad absoluta. Continuaron cenando en total silencio al pie de la inmensa fogata que se consumía en el centro del campamento. De pronto, su mano derecha golpeó con tal fuerza el tronco que el cuervo que dormitaba voló molesto.
—¡Maldición! —murmuró contra sí.
Más de veinte años que no recordaba ese día, el momento en que conoció al hijo del entonces General Kurosaki. Cuando se enfrentó con él en Shishinabeya (3) no lo reconoció, estaba fuera de sí por el ≪supuesto insulto de Rukia≫. Justo ahora se rio de sí mismo. A pesar de todo… de que los sueños de la vida que ansiaba se esfumaron como la neblina entre sus manos, sabiendo que Rukia nunca sería suya… —llevó su mano al interior de su uniforme y de ahí extrajo algo en su puño cerrado— nunca pudo odiarlo. Ese sentimiento por más que lo deseo con zozobra, jamás se materializó. Casi, como si las proféticas palabras del General Kurosaki Isshin estuviesen obligadas a ser cumplidas. Renji extendió su mano y admiró la canica roja que aún poseía, como el más invaluable de sus tesoros.
≪Estaba jugando con mi amigo≫. Las inocentes palabras de un niño.
≪Hoy, has forjado un lazo eterno con mi hijo al aceptar el obsequio en tus manos y en el futuro estás obligado a guiarlo≫. La inequívoca verdad.
Exhaló tan profundo que su pecho le dolió, alzó su rostro y vio la hermosa luna llena en todo su esplendor, que les brindaba toda su luz. Y el manto celeste cubierto de infinitas estrellas. Imágenes que le remitieron a una sola persona en su mente.
—≪Rukia…≫ —murmuraron débilmente sus labios.
Decir su nombre ya no le resultó tan doloroso como hacía meses. De hecho, cuando lo pensó detenidamente, se dio cuenta de varias cosas. La primera, nunca fue amor lo que sintió por ella, sino el mero capricho por tenerla y ser su escalafón para dejar de ser simplemente un ≪niño bastardo≫. Si se hubiese matrimoniado con ella, habría dejado su apellido y habría adoptado el ilustre nombre del Clan Kuchiki. Segundo, Ichigo en sí no era el culpable de los hechos del pasado, en sí fue una víctima más de aquel terrible día. Y fue su padre —Isshin—, el que le salvó la vida —a Renji— y por siempre estaría en deuda con sus descendientes.
La rueda del destino ya había comenzado a girar nuevamente.
Desde esa distancia, Renji lo vio salir de su carpa y sentarse junto al fuego —sobre un solitario tronco—, como un niño tímido pidiéndoles permiso a sus mayores para hacerles compañía; buscando el no estar solo. El pelirrojo comprendió lo difícil de su situación, ser nombrado General —sin tener la debida experiencia para guiar una Escuadra—, el recibir su reinstauración como Noble en el Teikoku (4) y el que a su vuelta al Seireitei tomaría bajo su mando al Clan Kuchiki, todo ello sin haber cumplido siquiera los veintidós años… sin olvidar claro está, el hecho de que por algunos aún era el hijo de un traidor. Los shinigamis a su alrededor le miraron con recelo y los murmullos cesaron. No estaban acostumbrados a compartir sus alimentos con un alto mando entre ellos, e Ichigo percibió, la misma sensación que cuando se reunía con los Nobles, los cuales solo le hablaban por cortesía y por la necesidad de pedirle algo. Él nunca… Algo le obstaculizó la calidez de las llamas que hasta un momento percibió. Elevó su rostro y se encontró de frente con el pelirrojo tatuado.
—¿Se puede saber que estás haciendo? —soltó con desparpajó el bermejo, con una inusual confianza que entre ellos no existía.
La atónita tropa les miro estupefacta, más de uno dejó caer su tazón de alimento ante ese tono tan imperativo y esa negada formalidad. No se esperaba que un Capitán le hablase así a su General, aún si este se consideraba indigno para el puesto. Fu entonces que el rostro de Ichigo adoptó una mueca de puro enfado.
—¡No lo estás viendo, ciego tatuado! —le espetó arrugando el entrecejo.
—¿Ciego tatuado? —Repitió Renji con la vena latiéndole en su sien—. ¡Yo solo veo a un ratón asustado!
—¿Quieres que te demuestre que no soy un maldito ratón asustado, Renji? —le chillo furibundo su nombre al levantarse. Su tazón fue a dar al suelo.
El pelirrojo se sorprendió —solo por un instante—, al ser llamado por su nombre. Vio un fuego en los ojos de Ichigo, todo lo contrario al frío hielo en la mirada de su previo General; ese joven era imperioso y destellaba una abrasadora fuerza que le caló sus huesos. Esbozó una sonrisa, esa era la misma pasión que lo abrumó al mirar al General Kurosaki Isshin por primera vez. Con total calma, Renji colocó sus manos en los hombros de Ichigo y lo obligó para que se ocupase en el viejo tronco.
—Cuando alguien nuevo llega, debe presentarse a los demás —le dijo mientras se sentaba a su lado, en el suelo y señalaba al frente con su índice extendido—. Debe decir sus aspiraciones para su futuro, en este caso los futuros logros de la Escuadra —usó el tono de voz más neutro que pudo entonar—. Solo así, estos hombres te seguirán hasta la muerte.
La ira de Ichigo desapareció y fue remplazada por el asombro. Los shinigamis reunidos estaban más que aturdidos, aquello era una gran mentira. No existía esa regla en su Escuadra —el presentarse ante los demás—, sencillamente no era habitual la familiaridad de Ichigo hacia ellos.
—¿En… serio…? —tartamudeo avergonzado, actuando tímido como si hubiese cometido una travesura y luego miro a sus hombres—. Bueno… —se puso de pie y aclaró su garganta, bastante incómodo— Mi nombre es Kurosaki Ichigo —dijo con sumo orgullo—, y desde hace unos días soy su nuevo General y… —volteó hacia Renji por demás inseguro— ¿logros para la Escuadra…? —el bermejo cabeceó—. Pues… —regresó su atención al frente, mientras rascaba su nuca—. ¡Hacer de esta Escuadra la mejor del Teikoku, enaltecer el nombre de sus predecesores y ganarme sobre todo —tomo aire desde lo más profundo de su estómago—, su entera confianza shinigamis! —inclinó medio cuerpo hacia ellos.
Nunca antes, nadie de su estirpe y posición había mostrado sus deseos y respetos hacia sus hombres. Algunos eran tratados como esclavos —la gran mayoría—. Sin embargo, alguien no pudo resistirse y se soltó a reír, en instantes el resto le imitó. Un muy acongojado Ichigo les miro, y antes siquiera de que pudiese explayar su ira hacia el pelirrojo, este habló.
—Bien hecho, Ichigo —Renji lo tuteó con familiaridad—. Acabas de ganarte la aprobación de tu tropa —el Kurosaki le miro con odio—. Esos hombres te serán fieles hasta el día de sus muertes —le murmuro en el medio de la risa.
—¡Te parece gracioso que se burlen de su…!
—¡Nosotros, la Sexta Escuadra juramos lealtad eterna hacia nuestro señor, General Kurosaki! —le gritaron al unisonó, mientras Ichigo miraba atentamente como los shinigamis llevaban su frente hacia el suelo y en esa postura continuaron repitiendo su juramento.
—Ahora eres y serás siempre uno de de los nuestros —Renji dijo e Ichigo volteó hacia él—. Vivirás y morirás como un shinigami.
«Hoy, has forjado un lazo eterno con mi hijo al aceptar el obsequio en tus manos y en el futuro estás obligado a guiarlo». La madera en el fuego siguió crujiendo, y el negro humo se alzaba en hacia el cielo.
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Un camino cada vez más escarpado y montañoso vislumbraban los viajeros y para algunos, —incluido Ichigo— era la primera vez que viajaban tan lejos. La ruta se hacía cada vez más estrecha, y los pinos comenzaban a cubrir todo ante sus ojos. Pasaron a las faldas de un enorme volcán durmiente, cuya punta estaba cubierta de nieve. Y la relación entre el General y sus hombres se fue haciendo cada vez más estrecha. Ichigo no dudaba en compartir sus alimentos con los shinigamis, y estos a su vez le trataban como a uno de los suyos.
—¿Entonces no lo ha escuchado, General? —preguntó Rikichi confundido—. Creí, que el Capitán se lo había dicho. Él fue el único superviviente de la masacre de su…
Fue silenciado de inmediato, cuando un oficial a su lado le golpeó en las costillas, sabiendo que la indiscreción no sería bien recibida. Ichigo se puso de pie y miro fríamente a sus hombres, ninguno fue capaz de devolverle la mirada. Sin más, se dirigió con paso duro hacia la carpa del Capitán. Se lo encontró a la luz de una lámpara, estaba acabando unos reportes urgentes que no quiso dejarle al General, el cual llegó hecho una furia y desperdigó los documentos por el suelo, ante la atónita mirada del pelirrojo. Su trabajo de horas quedó desecho. Frunció el ceño el bermejo, más le valdría al estúpido una razón válida para su pulla. La asesina mirada que le daba, opacó cualquier palabra de sus labios.
—¿Cuándo ibas a decírmelo, Renji? —le espetó fuera de sí.
Poco a poco entre el General y su Capitán una apura confianza se fue acrecentando, decir que eran buenos amigos justo en ese momento sería mentir. Su tolerancia el hacia el otro había aumentado considerablemente. Sin embargo, lo más curioso de su reciente «amistad» es que insultaban como si llevaban años tratándose.
—¿Qué cosa? —dijo despreocupado volviendo a organizar sus papeles, prefirió no enfadarse. Bueno, al menos no por el momento.
—¡Qué viviste en Engetsu!
Renji dejó caer sus papeles y lo miró con el rostro blanco.
—¿Quién te…? —dejó de preguntar, al llegarle a su mente cierto pequeño e indiscreto oficial que ya se las pagaría irremediablemente. Sobó su sien por un momento, y luego suspiro muy hondo. Hubiese preferido no tener nunca esa conversación—. ¿En qué te beneficiaría el que te lo hubiera dicho? —le dio la espalda.
—¿Entonces... es cierto? —a Ichigo le tembló la voz.
—Si —respondió con una seriedad que para nada le pegaba, al momento de encararlo visualmente.
—¡Entonces, tú sabes como mi padre fue asesinado! —soltó con urgencia. Con tanta aprehensión que el bermejo le miro impactado, y asustado ya que retrocedió un paso.
—¿No… lo sabes…? —murmuró el pelirrojo cubriéndose parte de su boca con su mano izquierda.
—¡Dímelo, Renji! —le suplicó—. ¿Cómo murió mi padre?
—No necesitas saberlo —por un solo instante, el pelirrojo sopeso la posibilidad de decírselo. Pero, lo pensó mejor y negó lentamente con su cabeza. Luego, simplemente intentó desviar la atención de aquellos ojos que ardían en el deseo. Hecho que le resultaba por demás difícil ya que Ichigo continuaba a su lado—. Realmente, no necesitas saberlo.
De improvisó el inexperto General se abalanzó de llenó contra su Capitán, y le tomó con tanta fuerza de su hakama que le deshizo el complicado nudo de su uniforme. Le aplastó el rostro contra la mesa donde antes estuvo trabajando, todo fue tan abrupto y rápido que no tuvo tiempo de reaccionar, hasta que el tintero manchó su rostro y las gotas del líquido negro comenzaron a caer lentamente al suelo. Su brazo derecho estaba doblado en un peligroso ángulo que fácilmente lo quebraría con un movimiento más, completamente imposibilitado para moverse, a menos que estuviese dispuesto a pagar las consecuencias.
—¡No te lo estoy pidiendo, te lo exige tu General! —pronunció rabioso con los dientes apretados.
—¿Cómo recuerdas a tu padre? —inquirió en esa incómoda postura, intentado inútilmente el liberarse del fuerte amarre que le sostenía.
—¿Qué...? —la pregunta lo dejo por demás desconcertado. Pero eso solo lo hizo enfurecer más—. ¡A ti que rayos te importa cómo le recuerde!
—¡Es importante! —Finalmente logró liberarse al hacer uso de una llave del hakuda—. ¡Si nadie te lo ha dicho, o lo has escuchado es porque no necesitas saberlo! —le gritó—. ¡Créeme, la imagen de ese hombre fuerte y orgulloso que fue tu padre es lo único que necesitas tener en la cabeza, Ichigo! —terció arrugando el entrecejo, la tensión en su rostro y voz era evidente. Renji apretaba fuertemente sus puños y ahora también sus dientes.
—Renji… —le suplicó mucho más calmado Ichigo.
—Lo siento… —el temple de su mirada le hizo a Ichigo el ser consciente de que no habría oportunidad para una réplica de su parte— Eso me lo llevaré a la tumba.
—¡Vi la muerte de mi madre ante mis ojos! —Murmuró Ichigo dolorosamente, dejándose caer pesadamente sobre el suelo—. ¡Debo saber cómo murió, Renji!
—¿Cómo le recuerdas? —volvió Renji a preguntar, esta vez mucho más calmado. Casi parecía comprensible con la aprehensión de Ichigo—. ¿Cómo le viste por última vez?
Hubo un muy largo silencio, tan pesado, tan asfixiante que resultaba difícil el respirar.
—Imponente, gallardo, fuerte… —le respondió.
—Y esa es la imagen que debes de tener de él —pasó a su lado—, Ichigo… —le dijo deteniéndose en la entrada de su carpa— deja a los muertos tranquilos, tu deber es preocuparte de los vivos y… de restaurar el honor del nombre de tu padre —salió. Y debido a ello no pudo ver el rostro de sorpresa del joven General que los guiaría. Los shinigamis escucharon todo el ajetreo, no obstante, ninguno fue capaz de devolver la mirada hacia el Capitán. Solo ahí, temblaba de terror un joven oficial. La imponente sombra del Capitán opaco por completo al novato—. Te encargarás de la limpieza de los uniformes de toda la Escuadra, ¡tú solo! —la tensión era tal, que hasta las aves del bosque dejaron de cantar.
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El único puerto para acallar, estaba en el Norte. Un enorme barco de velas rojas llegó a las faldas de la imponente Décimo Primera Escuadra. Desde abajo, solo se podía ver una enorme fortaleza de piedra blanca, cuya cara principal daba a un enorme barranco que parecía no tener fin. Solo una enorme torreta se mostraba como un elemento atípico en la estructura, y de ahí corrían terribles rumores; o al menos, eso había escuchado durante su largo viaje. «Ese akuma Zaraki, pasa el día y la noche mirándonos desde arriba». Alzó su vista, era imposible el afirmar esas palabras, aún con su buena visión le sería imposible el comprobar lo dicho. Si es que realmente Zaraki Kempachi estaba ahí, cosa que honestamente dudaba.
—¡Papeles! —masculló aburrido el shinigami en el escritorio, un sujeto no muy agraciado y con un particular bigote que enmarcaba en su pequeño rostro. Recibió los documentos que le fueron entregados por el antes mencionado—. ¿Un compatriota…? —Habló lleno de asombro, no era común que los foráneos fuesen de su propia nación—. ¿Cuánto tiempo ha estado fuera? —inquirió con recelo temiendo que fuese un espía.
—Algunos años, más de quince —le aclaró.
—¿Y justo vuelve ahora? —rascó suspicaz su barbilla.
—He terminado mi viaje, shingami —respondió con voz neutra.
—¿Su viaje? —fijo su entera atención en la fina empuñadura de la katana que él pensaba que portaba—. ¿Qué hizo fuera?
—Aprender los secretos de…
—¡Aramaki —le gritaron a lo lejos, y el aludido hizo una mueca de desgano al reconocer el timbre de voz—, deja de holgazanear! La fila es larga —le chilló un oficial de buen aspecto y algo por demás afeminado el cual llegó a su lado—. ¿Hay algún problema? —le quitó los papeles del recién llegado y los examinó cuidadosamente—. ¡Déjalo pasar! —le ordenó.
Yumichika se alejó y regresó hacía la mercancía que entraba y a la cual le prestaba su debida atención. Sin embargo, no pudo dejar de mirar al hombre que entraba al Teikoku, sin maletas de viaje. Solo su katana. Su nombre, por alguna razón pareció tener un significado a sus oídos. Estaba seguro que no era la primera vez que lo escuchaba, más no podía recordar de donde precisamente parecía conocerlo.
—«Ulquiorra Cifer» —repitió en voz baja al mirarlo de soslayo.
El puerto en el distrito Zaraki —de donde el infame General tomó parte de su nombre—, rebosaba en actividad aquella tarde de verano. Los pescadores regresaban con sus mercancías, mismas que más tarde serían vendidas por todo el lugar. Había infinidad de variedades marítimas que no había visto en años, que la nostalgia lo invadió. Luego de tantos años fuera de su nación, y a pesar de la similitud entre sus culturas, volver al Teikoku lo reconfortó. Se detuvo en un puesto de anguilas y se comió tres órdenes en rápidos bocados. Fue entonces que lo vio. Los habitantes se apartaban ante la entrada de la Sexta Escuadra, a la cabeza el grupo iba su General. Una jugada irónica del destino hizo que la mirada de ambos hombres se cruzará, por solo una fracción de segundos que marcarían sus destinos. El joven volvió su atención al frente, y no miró más hacia atrás. Ulquiorra se contentó con esbozar una media sonrisa.
—Es él —señaló un sujeto que comía a su lado, y le hablaba a un amigo suyo sentado junto a él—. Es de quien todos hablan en la Ciudad Estado.
—¿Él…? —Preguntó impresionado, sorbiendo fuertemente el resto de la salsa de su plato—. No se le ve muy fuerte.
—Los rumores dicen que lo es. Entrenó con el Maestro de la Zanpakutō, Urahara Kisuke. Derrotó al Teniente Madarame, al Capitán Abarai y al General Kuchiki…
—¿Hablas del Kettou? (5) —interrumpió entusiasmado.
—… y estuvo entrenado personalmente con el General Ukitake —continuó haciendo caso omiso a la interrupción.
—¿Y, a qué ha venido? —dijo el segundo—. ¿A pelear con el General Zaraki? —bufó.
Ulquiorra pagó por sus alimentos, ya había escuchado más que suficiente. Así que ese joven era el hijo de Kurosaki Isshin, el hombre que le había dado el título como Maestro de la Zanpakutō. El hijo del traidor al Teikoku, como se le conocía y como había llegado el rumor a las tierras tan lejanas donde él se encontraba. Cuando estaba en Joseon* se enteró de la muerte de su mentor. Y años después, en su duro entrenamiento en Catay*, lo escuchó: «Kurosaki Ichigo está vivo». Palabras que le aceleraron el corazón, y fueron la premisa para anticipar su regreso. Quería luchar contra él, como lo había hecho en contra de su progenitor y comprobar si a través de la sangre de los Tsuki no kanshu (6) fluía el fuerte espíritu de los guerreros, de los descendientes del gran Dios Tsuki. Sus pensamientos opacaron sus acciones, y terminó golpeando irremediablemente a una pequeña mujer.
—¡Fíjate por donde caminas, batto! (7) —espetó la joven, pasando urgida a su lado.
Ulquiorra volteó hacia la joven dama, una chiquilla rubia pecosa de muy mal genio. Bastante mal educada y con un pésimo porte para tan fino quimono que usaba. A leguas se le notaba lo incómoda que estaba, y lo vio. Algo inusual, a lo que los demás en Zaraki no le prestaban la menor atención. La parte inferior de sus telas estaban completamente empapadas y rasgadas. «Mojadas» —se dijo. Miro hacia arriba, el cielo estaba completamente despejado y poco a poco comenzaba a tornarse tenuemente de color naranja, y el suelo estaba completamente seco. Él venía del puerto, y estaba más que seguro que no la vio esperando con él. Sus sentidos le alertaron, que aquella mujer no era como cualquier otra en el pueblo. No… ella era diferente, tal como él.
Nada más ingresó en la habitación que se le designó en el ryokan (8) y se quitó con prisa el pesado quimono amarillo que usaba. Las telas le eran por demás un obstáculo a sus ágiles movimientos, no estaba acostumbrada a pórtalos y desconocía como Lisa podía sentirse tan a gusto con tantas telas que la incomodaban. Observó que el fino quimono estaba arruinado, y sonrió con gusto. Sabía bien que el estúpido de Shinji se cabrearía —porque él se lo había dado—, y eso le dio más gusto que nada más, ahora ella tendría su pequeña sonrisa contra el rubio que le dio la noticia.
—¡Hiyori! —le canturreó de forma idiota.
—¿Qué quieres, estúpido? —no le prestó atención al hombre. Estaba bastante ocupada en los últimos detalles de su investigación—. ¡No me molestes! —lo apartó bruscamente, revisando nuevamente su más reciente invento a las faldas del arroyo que circulaba por el Palacio Imperial.
—Una carta del Kōtei (9) —dijo por demás serio, ya sin ese brilló de bribón en sus ojos.
Los pequeños y rosados labios le temblaron, nunca desde que llegó a servirle al Kōtei había ella recibido un llamamiento de su parte. Él siempre la había dejado hacer prácticamente lo que quería. Con mano temblorosa tomó el escrito y lo leyó. Hirako la tomó de su barbilla y llevó a su rostro la diminuta cara de la joven. Por un instante, se plació en mirar el desconcierto de sus ojos y luego la dejó, completamente sola. Aquello, no lo entendía.
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• Lycoris Radiata •
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Acababa de terminar de limpiar las lápidas de esas tumbas abandonadas y sin nombre. Vertió humildemente un poco de agua y luego vació una botella entera del mejor sake que obtuvo de una de las bodegas del Castillo Mugetsu, finalizó todo con una breve oración de su parte. Para la gente que la rodeaba no había explicación alguna para sus confusas acciones, no cuando ya era reconocida como una hija del Clan Kurosaki. Sin embargo, para ella era otra historia. Su verdadero origen reposaba ahí, bajo la tierra, después de todo… ella fue la hija de un par de esclavos. Colocó con sumo cuidado una flor de color rojiza, la flor del infierno… la lycoris radiata.
—¿Ojousan (10) Kurosaki? —inquirió inseguro.
Momo se giró muy lentamente, hacia el hombre que la había llamado. Se trataba de un hombre rubio, el mismo shinigami que antes la había ayudado. Le sonrió solo por cortesía, se sintió invadida en su momento íntimo.
—Capitán Kira, hacía tiempo que no le veía.
Y era cierto, desde que la ayudo con Ragiku no había tenido la fortuna de encontrárselo, pese a que la Tercera Escuadra residía en el Seireitei.
—Es verdad, ojousan —respondió con excesiva formalidad—. ¿Qué hace en este sitio? —inquirió al verla sin escolta alguna.
Izuru Kira pertenecía a la baja Nobleza, por ello sus predecesores compartían el cementerio con los habitantes comunes de la Ciudad Estado. Inclusive los esclavos reposaban en dicho lugar, claro, que en tumbas sin nombres; ya que no tenían siquiera ese derecho. Y la alta Nobleza poseía sus propios mausoleos para su reposo eterno. Él, había escuchado que la cripta del Clan Kurosaki estaba siendo restaurada, así que el encontrársela ahí era por demás incierto.
—Vine a presentar mis respetos —respondió mirando las lápidas—. Les debo mi vida.
El Capitán intuyó erróneamente que ella tal vez hablaba del día de la masacre del Clan Kurosaki.
—Mis más sinceras disculpas, por mis preguntas ojousan —inclinó medio cuerpo.
Hija de esclavos… vendida al Yoshiwara (11) por la vieja ama de sus padres. Las deudas de un abuelo al que nunca conoció, orillaron a su familia a saldar su deuda. Hijos, nietos y nueras fueron vendidos y revendidos por todo el Teikoku (12); y ella corrió con el infortunio de ir a tierras lejanas. Perdió por completo el rastro de sus padres y cuando les busco —años más tarde—, descubrió con dolor que ellos habían muerto hacía muchos años. Sola y sin nadie a quien recurrir, decidió quedarse a servir al Clan Kurosaki…
Fue llevada a la Kurēnhausu (13) por una anciana maloliente, y vulgar que ansiaba desesperadamente el poco oro que obtendría al vender a la chiquilla. Momo llegó aterrada a ese lugar, había escuchado los rumores sobre lo que sucedía tras esas puertas cerradas y aquel mundo que ahora sería el suyo. Ahí conoció el deseo y el desenfreno total de los muchos hombres que llegaban en busca de las prostitutas; y duramente comprendió el destino que le amparaba. Cuando menos, la vida fue generosa de alguna manera con ella, tuvo la fortuna de convertirse en la kamuro (14) personal de la Tayū (15) más famosa de aquel entonces, es decir la hisuisairen. (16) Una verdadera dama en la extensión de la palabra, siempre la trato más como a una hermana pequeña que como a una criada. Sin embargo, la desesperación de apoderó de ella cuando un viejo hombre posó sus ojos en su persona e hizo lo impensable —en una mujer como ella—, huyó… mientras todos dormitaban, se escapó. Durante tres días vagó por los bosques, alimentándose solo de la comida que pudo robar de la cocina. Algunas tenían éxito, desgraciadamente Momo no fue una ellas. A la cuarta mañana de su travesía fue encontrada por los lacayos, la golpearon con brutalidad. Ignorando el hecho de que era solo una niña. Suplicó, imploró y lloró por misericordia, más nadie la escuchó, o eso, ella creyó. Hasta que… Uno de los hombres fue a dar al suelo. Impávida, contempló asombrada una ancha espalda —no muy prominente— que la estaba protegiendo. Cuando observó con mayor detenimiento, solo podía mirar la cabellera naranja. Ese joven volteó hacia ella y le extendió su mano.
—No voy a lastimarte —le dijo, con la voz más dulce que ella escuchó.
—¡Mocoso estúpido! ¿Tienes idea de la basura que está detrás de ti? —le gritó a viva voz uno de los agresores, que terminó perdiendo sus dientes frontales debido al golpe que recibió llano en el rostro.
—¡La única basura ante mis ojos son ustedes! —exclamó fríamente, sin dejarse intimidar en lo absoluto por los adultos.
Un aplauso irrumpió el momento.
—Te dejo solo un momento y montas una escenita —chascó su lengua con fastidio. Más no había reproche alguno en su voz.
—Me dijiste: «eres fuerte, porque tú deber es defender a los que son más débiles que tú» —le contestó con arrogancia.
—¡Y debes hacerlo! —recalcó el adulto que antes aplaudió.
—Gracias… —finalmente Momo habló.
El señor de la kurēnhausu llegó acompañado de más lacayos, y justo a su lado una hermosa mujer les seguía. Era tratada casi como una diosa.
—¡Maldito chiquillo te apalearé hasta que me sangren las manos! —le gritó escupiendo al hablar, tenía las cuencas de sus ojos desorbitados. Alzó su bastón e intentó golpear a Momo, sin embargo Ichigo se interpusó extendiendo sus pequeños brazos—. ¡Estúpido! ¡Tú! —Le gritó al misterioso adulto de cabellera negra que acompañaba al niño—. ¡Apártalo o mis hombres también les darán el mismo merecido! —algunos de sus lacayos se mostraron amenazantes luego de las palabras.
Ahora fue el turno de él, para ir a dar al suelo. Sangraba en demasía por la nariz y su labio roto. Un silencio abismal se formó de inmediato, cuando la negra espiral tatuada se mostró ante los ojos de aquellos hombres.
—¡Vuelve a dirigirte a mí de esa manera y te cortaré la cabeza, —desenfundó la zanpakutō y la colocó en el cuello del hombre—, basura!
—¡Katanakaji! —el sujeto llevó de inmediato su frente al suelo, al igual que sus sirvientes. Implorando el perdón del ilustre hombre al que habían injuriado terriblemente—. ¡Gran señor yo…!
—¡Silencio! —alzó Kaien la voz demandando afonía.
—Esto es más que suficiente para pagar por el precio de ambas —arrojó al suelo una bolsita llena de oro, mientras admiraba por el rabillo de su ojo a la hisuisairen, que contemplaba atenta la chiquilla.
—¡Mi gran y honorable señor! —Dulcificaba sus palabras de manera asquerosa, contando el dinero en la bolsita—. Puede llevarse a la niña —le dijo al mirarlo—, pero la hisuisairen ya ha sido vendida.
—¿A quién, ha sido vendida? —arrugó Kaien el ceño.
—Al Maestro de la Zanpakutō, a Urahara Kisuke.
Un leve murmulló a penas y se escuchó a través de los labios de la hisuisairen, un leve «gracias», ella dijo.
Kaien llegó hasta donde estaba Momo, y con sumo cuidado limpió los rastros de las lágrimas que rodaban por sus mejillas. Luego suspiro muy profundamente.
—Muéstrame que eres un hombre de palabra, Ichigo —se puso de pie, para observar fijamente al niño ante él—. Ella será tu responsabilidad, desde hoy, y hasta el día de tu muerte.
—Por favor, permita a este humilde servidor suyo el escoltarla a casa, ojusan Kurosaki —le suplicó Kira.
Momo solo sonrió en respuesta. Mientras salían del cementerio, resbaló; más la pronta ayuda del Capitán la salvó. Un roce de manos, una mirada robada y dos corazones que se entregarían.
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• Lycoris Radiata •
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La mayoría de los hombres ya estaban bebidos, y más de uno dormido en la larga mesa donde estaban. Renji sugirió pasar la noche en el caluroso puerto, más que nada porque estaba intranquilo. Miro de soslayo a Ichigo que fervientemente se negaba a beber, sin más se levantó y dejó la mesa. Aquella sensación incómoda no podía apartarla, terminó por vagar en las barcazas.
—Sabía que mis ojos no me engañaban.
Un hombre calvo y bastante tomado llegó a su lado e invitó al pelirrojo a beber con él. Más el bermejo declinó amablemente la oferta.
—¿Cómo está el General Zaraki?
—Excitado… no lo había visto tan contento desde que peleó con el General Kurosaki —bebió un largo sorbo de sake, y limpió con la manga de su uniforme el rastro de licor que se escapaba por su labios—, el padre de Ichigo —aclaró para evitar confusiones—. Dice que «saldará una deuda pendiente» —llevó inconsciente su mano izquierda hacia su ojo derecho, simulando el famoso parche del infame General—. Me comprendes, ¿cierto? —Lo miro por el rabillo de su ojo—. Es fuerte… —le dijo— quizás más que su padre.
—Nunca peleaste contra el Maestro de la Zanpakutō, no puedes asegurarlo —le dijo inquieto, tanto que el calvo lo percibió pese a su estado de embriaguez.
—Has cambiado, Renji… —murmuró levantándose con dificultad—. Tu nuevo General te ha cambiado —Renji no dijo nada, simplemente fijo su vista en el cielo llenó de estrellas—. ¿Estás recordando aquel día…?
—Entre los escombros del viejo Castillo Engetsu —dijo el pelirrojo—, fui rescatado de la muerte —se levantó y caminó hacia el paramo más oscuro que podía verse, sin decir nada más se aparto.
—Has cambiado, Renji —repitió una vez más Ikkaku—. Y todo gracias a Kurosaki Ichigo…
La calle era tan oscura, como su más amargo recuerdo.
No sabía si ya había amanecido, ni siquiera si aquellos terribles hombres continuaban ahí. Solo sabía, que cuando casi la muerte ya lo cobijaba en sus brazos, el General Kurosaki —Isshin— llegó a defenderlo. Su corazón se llenó de esperanza, al creer que todo terminaría ahí, que la presencia del ilustre General serviría para mediar y salvar la situación, más no fue así… Lo cogió con fuerza de su pequeño brazo, y entre los gritos, los llantos y el fuego lo llevó a una de las bodegas.
—¡Quédate ahí! —le dijo con prisa—. ¡Tranquilo, todo estará bien! —explayó luego de verlo temblar, y no debido al frío.
Sus palabras fueron mentiras… Nada estuvo bien. Los lamentos fueron en aumento, cuando vio desde ahí, como la bodega de estiércol fue quemada y los gritos de aquellos que ahí se escondían resonaban con fuerza esa noche. Intentó cubrir sus oídos, mientras imploraba a los dioses su benevolencia para los que estaban muriendo quemados. De pronto, la bodega en donde se escondía corrió con la misma suerte. Una llamarada voraz comenzó a iluminarla oscuridad de sitio, sintió mucho miedo y quiso escapar, pero afuera solo le esperaba la muerte. Tragó saliva con dificultad, apretó sus puños y decidió quedarse a morir ahí, tal como aquellos que perecían a la distancia. Sin más, el techo cedió y todo se volvió negro…
—¡Ahí hay alguien! —escuchó en la lejanía la voz de un hombre que gritaba.
Despertó abruptamente, cuando comenzó a escuchar ruidos aledaños a él, y los trozos de madera eran apartados con prisa. Un pánico atroz se apoderó de él, cuando entendió que estaba vivo. De pronto, alguien lo liberó de su encierro. Renji forcejeó y lanzaba golpes al aire —sus ojos estaban cubiertos de cenizas, a penas y podía mantenerlos abiertos—, meras sombras contemplaba. Podía percibir claramente el furioso latido de su corazón, finalmente uno de sus puños fue atrapado.
—Tranquilo, hijo —una voz le dijo con suma amabilidad y Renji se detuvo. Esa no podía ser la voz de su asesino—. ¡Agua y trapos! —ordenó.
Su rostro fue límpido y la realidad de lo sucedido lo inundó de inmediato. Casi todo fue reducido a cenizas, ya nada quedaba de la majestuosidad de Engetsu, millares de cadáveres divisó a la distancia en una improvisada tumba que algunos shinigamis hacían. Una mano fue colocada sobre su hombro, y eso lo hizo voltear. Se trataba de un anciano, de mirada cansada y rostro compungido. Llevaba un haori blanco, y era un General.
—Solo el oficial Aizen ha sobrevivido, General —llegó un hombre de porte tan elegante como el del mismo General.
—Es lamentable, Byakuya —suspiró Ginrei.
Renji volteó hacia donde un shinigami herido era llevado a una improvisada carpa para ser tratado. Por sobre ellos, a metros a la distancia en la única estructura de pie, yacía el hombre que le había salvado la vida. Las rodillas del niño no lo resistieron, y se dejó caer pesadamente al piso. Avergonzado, en lo alto estaba el cadáver del General Kurosaki. Le habían colgado, y su cuerpo entero yacía cubierto por innumerables puntas de flechas; tantas, que nadie se atrevió jamás a contar.
De manera infructuosa, Ichigo intentaba que sus hombres se comportasen, sin embargo todo esfuerzo resultó inútil. Renji regresó y solo pudo enmarcar una sencilla sonrisa, al ver los inútiles esfuerzos de su General. No importaba como, él iba a cumplir su promesa. Mientras amanecía, la Sexta Escuadra marchaba a las faldas del gran edificio de la Décimo Primera Escuadra, no obstante, esa ocasión el Capitán les guiaba. Ichigo sintió una extraña sensación, como si se estuviese metiendo a los dominios de un demonio y se le puso la piel como de gallina. Miró las altas y casi impenetrables paredes, cubiertas de gruesas manchas marrones.
—¿Qué es eso, Renji? —preguntó Ichigo.
—Sangre —respondió escueto—. Mantente alerta —le advirtió llegando finalmente a su destino.
Unas gruesas y pesadas puertas de metal fueron abiertas de par en par, solo para recibir a la Sexta Escuadra. Fueron tiradas por lo menos por una veintena de shinigamis de bajo rango, y ellos entraron. El patio central era enorme, tanto que la tropa entera de Ichigo cupo perfectamente sin estar apretada, al mismo tiempo que los oficiales presentes se movían con soltura dentro. En un momento las puertas fueron cerradas y un sepulcral silencio reinó de inmediato. Renji descendió de su caballo e Ichigo lo imitó. Un par de soldados llegaron por sus bestias y se las llevaron. Los hombres del General Kurosaki se apartaron quedamente, dejando solo al General y su Capitán. El nerviosismo se apoderó rápidamente del Kurosaki, más que nada, porque el pelirrojo no hacía nada. Movió con disimulo su cabeza, y vio ahí en la distancia, haciendo guardia al shinigami que una vez derrotó hacía más de un año. Al Teniente el General Zaraki, hombre que solo mostraba una arrogante y sórdida sonrisa en sus labios.
—Por fin ha llegado… —masculló alguien en un trecho distante. Y de inmediato Ichigo intentó percibir la fuente de origen de aquel tenebroso timbre de voz—. ¿Eres tú… el hijo de Kurosaki Isshin? —ese hombre observó como el joven alzaba la vista, hacia una alta pared a su lado. Y le sonrió—. ¿Qué pasa contigo? No te quedes mirando como un idiota —le siseó peligrosamente.
Ichigo sintió muy claramente, como una zampakutō fue enterrada en su pecho sin que él pudiera hacer absolutamente nada. Por un instante creyó que había muerto. Renji le miro de soslayo, sabiendo bien lo que vendría. Llevó muy lentamente su mano hacia su katana, más luego la retiro. El joven General, tenía serias dificultades para respirar, su mano fue dispuesta sobre su pecho con nerviosismo y comenzó a sudar frío.
—¿Qué? ¿Qué diablos ha sido eso? —se decía aún ensimismado y solo para él—. ¿Ha creado una ilusión con sus ansias de matar? ¡Pero… era tan real…!
—¿Eres Kurosaki Ichigo? —le dijo atrás de él.
—… ¿Cómo sabes mi nombre? ¿Quién eres tú? —soltó girándose muy de prisa, alertando sus sentidos.
—¿Eh? ¿Es que Abarai no te habló de mí? —Contempló de reojo al Capitán y luego chascó su lengua con fastidio—. Eres un hombre conocido e importante, Kurosaki Ichigo. Eres el hijo del hombre que me hizo esto —levantó y le mostró el hueco en su ojo derecho. Ahí, donde debía haber un ojo, nada existía—. Y estoy aquí para matarte. ¡Soy el General Zaraki Kempachi!
Ichigo volteó con disimulo hacia su Capitán, más este ya se encontraba con el resto, alejado a la distancia.
—Este tipo es completamente distinto a los demás, a los que me he enfrentado —pensó Ichigo—. Puedo sentir muy claramente sus ansias de matar.
—¿Y bien? Te he dicho que he venido para matarte. Aún no has dicho nada, ¿eso significa eso que estás listo para empezar?
Una grulla que voló muy cerca de ellos distrajó la atención de Ichigo.
—¡Oh…! ¡Se ha quedado embobado! —chilló una voz infantil, misma que le devolvió a la situación cuando la sintió sobre él—. Ken-chan te ha asustado, ¿verdad? —Le miro con sus grandes ojos—. ¡Pobrecito! —le dijo sintiendo lastima por él.
Ichigo cogió a la niña y la lanzó hacia Zaraki, el cual la tomó entre sus brazos.
—¡Se ha enfadado! —ladró la niña una vez que el adulto la colocó en el suelo.
—¡Estúpida, es culpa tuya! —dijo Kempachi, haciéndole una seña a Yumichika para que se la llevase.
Con prisa, Ichigo se armó de su zanpakutō, aprovechado ese breve momento que ella le dio. Sin embargo, temblaba… llenó de miedo, ante aquel extraño hombre.
—No está mal —le halagó Zaraki—. Tu pose es buena, pero tienes muchas zonas desprotegidas. Tus ojos, son iguales a los de tu padre —paseó con goce su lengua sobre sus irritados labios—, llenos de determinación y con la extraña la falsedad de que puedes ganarme. Aunque eres muy inferior para mí. ¿Qué te parece esto? Te daré una oportunidad —mostró con determinación y superioridad su pecho—. ¡Córtame por donde quieras, y no te contengas?
—¿Cómo…? ¿De qué diablos estás hablando? ¡No pienso atacar a alguien desarmado! —Le tembló su voz—. ¿Crees acaso que soy idiota?
—Para nada, solo pretendo darte ventaja. Es muy amable de tu parte el no querer atacar a alguien desarmado… pero deberías de guardar tu amabilidad para otra ocasión —explicó demasiado calmado Zaraki—. Matar o morir, son solo formas de pasar el rato —explayó a un impactado Ichigo, que consideraba la vida como lo más sagrado. Luego de recibir aquel regalo de la mano de sus padres—. ¡Vamos, cuello, estómago, ojos! ¡Donde quieras! —Su timbre de voz se llenó de júbilo, ante la consternación del joven—. Incluso podrías matarme de un solo golpe. ¿Pero de que tienes miedo? ¡Adelante! —le gritó.
—¡Tu lo has querido! —Ichigo se abalanzó de lleno contra Kempachi—. ¡Luego no te quejes! —clamó a viva voz.
Zaraki Kempachi le esperó. No obstante, Ichigo no fue capaz de hacerlo. De atacarlo de manera desalmada, a él, a ese monstruo que ansioso lo esperaba. Blandió su zanpakutō, pero se detuvo en el último instante. Shiba Kaien nunca le enseñó a tomar ventaja de la situación, cual fuese el caso. La decepción en el rostro del General fue evidente, cerró sus ojos desilusionado. No, él no se parecía en lo absoluto a su padre, Isshin no habría dudado en atacarlo y matarlo.
—Me has decepcionado —murmuró Kempachi—. Ahora me toca a mí.
—¿Por qué… por qué no pude? —Ichigo no había escuchado las palabras del General, estaba ensimismado en sus pensamientos.
—Pareces muy sorprendido —Zaraki retiró la zampakutō de Ichigo—. ¿Tanto te cuesta entenderlo? —el joven lo miro—. ¡Tú, no puedes ser el hijo de ese gran hombre que fue Kurosaki Isshin, él no conocía la piedad! —cogió el filo de Zangetsu y lo apartó hacia atrás—. Deja que te diga porque no fuiste capaz de atacarme, es muy simple… ¡eres débil, eres cobarde, eres el hijo de un traidor! —Fue un momento muy tenso entre los Generales—. ¡Eres basura… ni siquiera puedo comprarte contra Kuchiki! —Escupió molesto a la tierra—. No puedo creer que me haya pasado la noche esperando para esto. Es muy triste, ni siquiera me divierte —alzó en lo alto su katana—. ¡Muere! —gritó.
Las pupilas de Ichigo se dilataron, y toda su vida pasó frente a sus ojos. No obstante, la imagen más nítida de todas fue la pequeña lámpara en lo alto de su Castillo en la Ciudad Estado, y la mujer que le esperaba. No, él no iba a morir. No ahora, no ahí, no a manos de aquel akuma (17). Él iba a volver a casa, a los brazos de su esposa.
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Sintió como unas delicadas, pero fuertes manos recorrían su pecho. Pero no con deseo, sino más bien le arañaban. Todo lo veía borroso, la habitación estaba por demás oscura, los únicos rastros de frágil luz era la poca que se filtraba a través de los gastados huecos de las ventanas de madera. Atento concentró su vista en la mujer que lo acariciaba.
—¿Yoruichi-san?
La morena le rasguñó adrede, por lo que Ichigo soltó un chillido de franco dolor.
—¡No puedo creer que sigas vivo! —le murmuró ocupando el asiento contiguo a la alta cama donde descansaba—. Si Rukia-chan estuviese aquí no te lo hubiera perdonado —comenzó a fumar con insistencia de su fina kiresu (18), mientras apartaba la vista del joven General—. Ella espera ansiosa tu regreso —le dijo con toda la intención de hacerlo sentir mal.
—¿Cómo está él? —preguntó con la boca arenosa, evitando el severo escrutinio de su mirada.
—Zaraki no morirá por eso —resopló molesta, arrojando la ceniza al suelo—. Creí que todas tus preguntas a mí serían a causa de tu esposa —soltó arisca.
Ichigo sintió un desagradable dolor en sus labios partidos, en realidad él tenía miedo de preguntar y de no tener las fuerzas necesarias para resistir a su retorno al Seireitei. Faltaba aún mucho tiempo, y la espera se le hacía eterna.
—¿Ella…?
—Rukia-chan se encuentra bien —le cortó la pregunta al levantarse, colocó su kiresu en su asiento y luego caminó hacia las ventanas; las cuales abrió de par en par para dejar filtrar por completo los rayos del sol. Molestando en el proceso al hombre en cama—. Ora por ti todos los días y espera tu pronto regreso —se recargó en el marco de la ventana y aguardó un poco a la reacción del General.
—Ya veo… —le dijo sentándose con dificultad sobre la cama, y las sábanas cayeron. Tocó su pecho y percibió las vendas que prácticamente rodeaban su cuerpo.
—¿Estás decepcionado? —Inquirió con inquina—. ¿O esperabas otra noticia?
Un lindo pajarillo rojo se posó delicado uno de los dedos de la Diosa de la velocidad.
—Esperaba… —llevó decepcionado sus manos a su rostro.
—Cuando vuelvas, puedes encargarte de tu trabajo —recitó apartando a la avecilla y caminando hacia la puerta—. Ya sabes —dijo ante el desconcierto del joven—, hacer un hijo —soltó una carcajada cuando lo miró adquirir el mismo tono del pajarillo.
Yoruichi suspiro tras la puerta, Iemura ajusto sus anteojos de mala gana. Era su función la de cuidar de los heridos —él mismo trato las heridas del General Zaraki—. Pero, ella se opuso a que Ichigo fuese tratado por sus manos. Fue testigo del peligroso y casi mortal combate entre los hombres, admiró la valentía de Ichigo, y al mismo tiempo la maldijo. Kempachi solo buscó provocarlo y el joven tontamente cayó entre sus garras. De no haber sido por su milagrosa suerte, estaba más que segura que ella hubiese acompañado una caja al Seireitei y no al marido de Rukia. Indiferentes el uno con otro, cada uno siguió su propio camino. La señora Shihōin recibió órdenes del Shōgun de partir al Norte, a mediar la situación entre los Generales y sobre todo, de asegurarse de traer con vida a Ichigo. Por una parte, no comprendía la orden de enviarlo a Zaraki, y por otra su extrema preocupación por su seguridad. Sin embargo, antes de partir, ella le juró a Rukia que le devolvería a su esposo. Llegó al hermoso jardín zen de la escuadra, cuando un cabello tintado llamó su atención.
—Capitán Abarai —lo llamó y el hombre se la acercó haciéndole una reverencia.
—¿Qué puedo hacer por usted, señora? —murmuró.
—¿Puedo creer que tienes la misión de ayudarlo a volver a casa? —preguntó muy seria.
Renji meditó un largo tiempo su respuesta.
—¡Por supuesto, señora Shihōin! —replicó vigoroso llevando su frente al suelo.
—Él debe volverse más fuerte —expresó ella con fuerza al alejarse.
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• Lycoris Radiata •
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Una cabaña a lo lejos… perdida en la inmensidad del bosque, rodeada de hojas teñidas de tonos dorados. Silenciosa testigo de dos jóvenes amantes, que llenos de placer se entregaban el uno al otro. Besó con suma ternura su hombro descubierto, y ella tembló en el acto.
—Me haces cosquillas —soltó un risita.
—Eres hermosa —le dijo embelesado.
Momo volteó hacia él con una dulce mirada y le sonrió. Fundieron sus labios en un largo beso una vez más, antes de volver a entregarse al llamado acto del amor.
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• Lycoris Radiata •
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Hecha solo para él, de la más fina materia en la tierra. Una auténtica zanpakutō se blandía elegantemente entre los árboles. Tras un sólido movimiento de sus manos, el enemigo invisible al que enfrentaba murió en el acto. A su espalda, un aplauso congratuló su victoria. Lentamente empuñó su arma y gustoso recibió el trago de agua que ella le daba. Secó el sudor de su frente con la palma de su mano.
—Gracias —murmuró sin aliento—, Unohana.
—Debería descansar un poco —sugirió ella.
—Mi herida ha sanado bien —tocó su vientre, sintiendo la cicatriz—. He perdido mucho tiempo, y ahora debo entrenarme y estar listo para lo que viene.
Era el último día de Septiembre, y hasta la lejana tierra de Inuzuri llegó la noticia del viaje del General Kurosaki y de su asombroso empate con el General Zaraki. Esa fue la pauta que obligó a Byakuya a dejar la cama, el respiro no le haría más fuerte. No fortalecería su cuerpo, descansando y pensando en su venganza contra Ichimaru, ni contra Aizen. Su hija estaba en peligro, sin su marido. Él iba a protegerla, como una sombra.
—Todo está listo —ella dijo.
Byakuya decidió usar el nombre de su propia Zanpakutō, llamándose a sí mismo como « Senbonzakura ». En Inuzuri le creían un desertor, un shinigami sin dueño y le evitaban. Solo la señora Unohana le había aceptado a él y a los hijas de nadie —Karin, Yuzu—, y ahora decían que él era su amante.
—¿Está segura de dejar esta tierra que ha sido su hogar por años? —el preguntó.
—Ya no es seguro, ni para mí, ni para las niñas… —pronunció incentivando el misterio alrededor de las jovencitas. Por alguna razón, creía que no era la primera vez que las veía—. Mis secretos, sus secretos ya no están a salvo en Inuzuri.
Las dos jovencitas tenían un porte que como él no podían ocultar. Físicamente no se parecían a Unohana, así que dudaba que fuesen suyas. Las hijas bastardas de algún Noble, lo creía más posible. Después de todo, era común que los poderosos rechazasen a sus hijas, más si estás eran dos en un mismo parto. Se decía que traían las desgracias. Yuzu, era en extremo amable con él y le trataba con sumo respeto; inclusive pasaba horas escuchando sus explicaciones sobre el uso correcto de las armas. Karin era un poco más seca en su trato con él, pero al mismo tiempo estaba más que interesada en lo que él hacía, y en más de una ocasión la pilló observando atentamente como pulía su Zanpakutō. Y ahora, la enseñaba a usar el arco. Hanatarō, por otra parte siempre estaba asustado de su presencia y le evitaba.
—¿Cuándo podríamos partir? —inquirió él, mientras bajaban la colina.
—Hoy mismo, si así lo deseas.
Byakuya detuvo su paso, al ver caminar a una mujer junto a él llena de niños que les miraba con morbo.
—Mañana antes del amanecer, partiremos hacia el Seireitei.
La casa donde Hisana una vez vivió continuaba al final de la calle, tan solitaria como en antaño —y quizás un poco más—. El pueblo se concentró en crecer hacia el polo opuesto. Retsu cerró la puerta de su hogar y Byakuya se acercó con una lámpara en mano que la arrojó, y esta con prisa comenzó a devorar la vieja madera. Cuando ya estaban en la colina, escucharon los gritos del pueblo que clamaban por los que supuestamente dormían dentro. Los cinco se reconfortaron son silenciosas miradas dentro de la carreta en la que viajaban, ahora solo le quedaba un camino hacia dónde dirigirse.
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Viajaban con solo dos viejos caballos muy cargados, por lo que su paso era muy lento. Ya llevaban dos semanas de viaje, y Byakuya sentía que a penas y habían avanzado. Atravesaron el puente que una vez lo dejó varado en Inuzuri sin ninguna dificultad. Sin embargo, Tempu —el caballo más viejo— ya no quiso continuar. Los había dejado encallados en un pequeño pueblo.
—Esto es lo más lejos que llegará —dijo al ver al cansado animal, postrado en el suelo. Su tono de voz se percibió irritado—. Esperen aquí —les dijo tomando una de las cajas más pequeñas de la carreta.
El pueblo resultó por demás activo en comercios dedicados al venta del arroz, después de todo resultó ser parte de la ruta de este. Yendo de un sitio a otro, escuchó hablar sobre un extraño hombre que todo lo compraba; fuese valioso o no. Apretó contra sí la sencilla caja de madera cuando finalmente encontró el sitió. Era una vieja casucha, por la que no habría dado más que una moneda de oro, pero en cuanto ingresó, vio un sitio lleno de tesoros. Todo ahí tenía un precio y una vez comprando no se vendía. Picoso incienso lo hizo estornudar en más de una ocasión.
—Pasa viajero —soltó el hombre al final de la casa, estaba sentado en el suelo bebiendo sake—, que no puedo verte desde tan lejos.
Byakuya dudo por un momento, luego se acercó hacia ese extraño hombre. Raro, en todo el sentido de la palabra. Tenía una cabellera negra como la de él, pero que había amoldado en formas que hasta ese momento pensó imposibles. Tenía unas gruesas gafas por demás llamativas y una vestimenta un tanto afeminada. Love también examinó a ese viajero en particular. Tenía un porte que solo había visto en Hirako, cuando este se mostraba serio e inflexible con sus demandas. Aunque su vestimenta para nada le ayudaba, las gastadas y roídas ropas no opacaban para nada su presencia en la habitación, tampoco la coleta que recogía su cabello. Es más, Love se sintió pequeño compartiendo el mismo espacio que él. No, aquel no era un hombre del pueblo.
—Vendo esto —dijo Byakuya extendiendo la caja hacia Love.
El hombre la tomó y alzó su rostro tan rápido que lastimó los músculos de su cuello. Reconoció el objeto que le era entregado, la bufanda tejida por el mismísimo Tsujishirō Kuroemon III y obsequiada al Clan Kuchiki. Nunca le conoció en persona, nunca le habían dicho como era físicamente él, mas lo comprendió de inmediato, Love no era ningún tonto.
—¿Tu nombre? —exigió el vizard.
—Senbonzakura —respondió.
Love, le entregó tres cajas de un tamaño mayor que la que recibió llena de monedas de oro.
—No compensa el precio, pero sé que le servirá para su largo viaje… viajero… Su secreto está a salvo conmigo —le dijo mostrando una máscara blanca, mientras hacía un guiño de silencio.
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• Lycoris Radiata •
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El plato de comida fue retirado intacto de su habitación. Rukia vio salir a una criada con la bandeja de comida intacta, y la mujer le negó suavemente con la cabeza. La joven señora solicito el permiso a su hermana adoptiva para ingresar. Momo estaba recostada en el futon, ya era más de medio día. Y comprendió porque no comió, ella estaba dormida; suspiró con desganó y salió. Se encontró con la dura mirada de Ishida, estaba tan molesto que no hacía el menor intentó por ocultarlo. Él sabía perfectamente lo que Hinamori tenía.
—Me podrías llevar un poco de té al despacho privado de tu marido —solicitó amable.
Rukia comprendió muy bien que necesitaba que se alejara de ahí.
—Por supuesto —le dijo al retirarse.
Uryū ingresó sin solicitar ningún permiso. Él mismo la llevó de vuelta al Castillo, cuando se la encontró a medio vestir en compañía del Capitán Kira. La ira se apoderó de él, y golpeó con tanta fuerza al rubio que hasta su propia mano sangró. Y desde ese día ella estaba en cama. Salió con prisa hacia el despacho de Ichigo, sin embargo no fue Rukia quien le llevaba el té, sino Orihime.
—Estás muy tenso —le dijo entregándole la taza.
—Estoy preocupado —respondió sin poder mentirle.
—¿Sabes lo que Momo-chan tiene? —cuestionó.
—Espera un niño.
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Kūkaku tenía el entrecejo arrugado, y la molestia era completamente evidente en su fino rostro; más cuando depositó la ceniza en su fino cuenco y luego de un solo movimiento partió en dos su kiresu favorita. Terminó arrojando los trozos hacia el rubio, el cual estaba en una postura por demás sumisa; su frente tocaba el suelo desde hacía más de cinco minutos. No iba solo, su General le acompañaba.
—Está en todo su derecho de asesinarlo —dijo fríamente el General, impasible y sin pudor alguno—, yīshēng (19)
La Shiba miro de soslayo al Quincy, esperando su respuesta. Estaban en una reunión por demás apresurada en el Rasen-jō (20) durante una celebración privada que la dama organizó.
—No puedo dejar a un niño sin su padre —murmuró Ishida con voz ronca, llena de despreció—. Su Capitán deberá desposarla —ordenó.
—Así será —replicó el General que no dejó la menor duda en su voz—. ¿Pero como planea hacerlo? Una boda apresurada llamará la atención de todos. Esperar más tiempo hará su estado evidente —aclaró.
—Creo yo, que puede prescindir por un tiempo de su Capitán, General Ichimaru —decía seriamente la Shiba, mientras se servía más sake y miraba de reojo al rubio—. Momó viajará de vuelta al Oeste, a Karakura; su Capitán allí le alcanzará —suspiró—. Hablaré con el General Shunshui, me debe un par de favores —comentó muy seriamente bebiéndose todo el sake— . Y una vez ahí se casarán, y luego volverán a la Ciudad Estado una vez que la criatura nazca.
—Sin ningún problema, señora Shiba —respondió el General, que salió de ahí seguido del rubio.
Aizen observó a Gin volver a la reunión, así que cauto se acercó a él luego de aplaudir ante el actor que los entretenía.
—¿Dónde te habías metido, Gin? —Aizen murmuró ante una falsa gracia que caracterizaban.
—Estaba arreglando unos asuntos —respondió al ver salir a su Capitán, por supuesto que Aizen también le miro—. No es nada que deba preocuparle, General Aizen —suspiró melancólico al darle un vistazo rápido a Rangiku que por ahí pasaba—. Ya me he hecho cargo del asunto —dijo al mirarlo.
—Creeré en tus palabras, Gin —sujetó su hombro—. No lo olvides… lo que más quieres proteger, está en mis manos —se alejó luego de citarle su advertencia.
Ichimaru lo observó recibiendo el sake que Rangiku le brindaba y tembló llenó de temor. Si, él solo buscaba el mínimo descuido para arrebatarle todo por lo que había trabajado en esos largos años lejos de ella. Volvió a lamentarse, el haberlo conocido aquel día.
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• Lycoris Radiata •
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El blanco caballo le llevó hasta la ciudad, sus pesados cascos irrumpieron la serenidad del sitio, las calles estaban completamente vacías y solo pudo mirar a los borrachos en las esquinas. Era un mundo completamente diferente el que veía ante sus ojos —a pesar que era de noche—. Esa larga avenida era más ancha y llena de nuevos establecimientos de los que recordaba. Por una parte se sintió como un forastero en su propia tierra… y eso lo hacía excitante. Relamió sus labios con gusto. Ordenó al animal dirigirse hacia el único sitio que estaba seguro que seguiría igual, y estuvo en lo cierto. El color rojizo del Yoshiwara le dio la bienvenida, así como los peces dorados que nadaban. Pronto llegó un chiquillo que le prometió salvaguardar su corcel con su propia vida, a cambio de comida. Ulquiorra se adentró, pasando de lado de innumerables hombres que ahí aguardaban la hora de la puja de las cortesanas, otros más entraban y otros salían. Miro la placa con el texto grabado « Kurēnhausu», y un hombrecillo poco agraciado se le acercó.
—Busco a la hisuisairen —demandó Ulquiorra.
El hombre le miro largo rato antes de responderle, sobra decir que estaba asustado.
—La hisuisairen fue vendida, mi señor —comentó incierto, dándole un vistazo rápido a sus lacayos que estaban ahí cerca.
—¿A quién?
—No está permitido el nombrarle —masculló en voz baja retrocediendo, poco a poco la servidumbre rodeó a Ulquiorra—. Ni yo, ni nadie en esta ciudad puede nombrarle —abrió de un portazo las puertas de su negocio y con una mirada dura le ordenaba que se marchará—. No quiero problemas, por favor ¡váyase! —terció, no deseaba molestias. No esa noche, que el General Aizen le visitaba.
Ulquiorra salió, sin la menor intención de ocasionar algún problema. Aquel tipo sin saberlo, le dijo más de lo que necesitaba.
—«Urahara Kisuke» —se dijo y masajeó su sien cansinamente, ahora debía de encontrarlo.
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• Lycoris Radiata •
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Un cielo sin luna se mostraba, lleno de infinitas estrellas. Una hermosa dama disfrutaba de té en el pasillo, mientras escuchaba el cantar de los grillos esa hermosa noche. Pronto, una brisa acarició su rostro y ella cerró sus ojos dejándose llevar por el mimo que la naturaleza le brindaba. Suspiró con pesar y llena de cansancio. ¿Cuántos años habían pasado desde que conoció al padre Ichigo…? ¿Quince, veinte años…? Ya ni siquiera lo recordaba. Solo tenía presente en su mente que era una chiquilla él día que le vio por primera vez, a él, y a los otros dos Maestros de la Zanpakutō.
Estaba sentada en el centro de la habitación, en un zabuton con el más exquisito quimono que alguna vez uso, y vio. Habían tres hombres ahí reunidos, el primero era un rubio de aspecto desaliñado que le miraba de arriba abajo con desaprobación, mientras exhalaba una y otra vez de su kiresu. El segundo era un mozuelo, no mayor que ella, completamente ajeno a la situación. Se entretenía observando la calle y el pasar uno y otra vez de la gente. Y el último, simplemente estaba entretenido devorando los bocadillos. Era un hombre de barba negra y mirada cálida. Ella tragó saliva con dificultad, miro tres huevos a su alrededor —uno para cada uno, ella pensó—, sus manos le sudaban y temblaba llena de pavor. Su tayū se había divertido a posta suya, no le había explicado en la absoluto en qué consistía el ritual del mizuage (21), solo le dijo que entre tres hombres la disfrutarían. Los nervios afloraron en su piel, cuando el mayor de los reunidos —Isshin— se levantó y se acercó a ella. Cerró sus ojos esperando lo peor, luego de algunos minutos en los que nada sucedió se aventuró a abrir sus ojos.
—Tranquila, no pasa nada —Isshin le sonrió para tranquilizarla—. Tú serás nuestro papel.
—¿Papel…?
—Si —Isshin cabeceó—. En tu cuerpo, tatuaremos nuestros secretos.
Nell se levantó asustada, estaba tan pálida que sus piernas nos soportaron su peso. Había escuchado historias de las perversiones de los hombres, pero aquello escapaba a lo que alguna vez se imaginó. Su tayū, solamente le dijo que aquella noche ella prestaría sus servicios, por primera vez.
—¡Te lo dije, es una chiquilla! —Soltó el rubio irritado, bebiendo un gran sorbo de sake—. ¿No había otra mujer por la que se ofrecía su mizuage?
—El General Shunsui está con ella —respondió un tercer hombre, de tez pálida y mirada penetrante.
—No vamos a lastimarte —susurró afable y luego suspiró al sentarse cómodamente sobre el suelo ante ella—, pequeña. Solo necesitamos un sito para guardar nuestros secretos.
—¿Secretos? —inquirió sujetando con fuerza el quimono que usaba.
—Nuestros más grandes secretos… —dijo Isshin mirándola fijamente.
La hisuisairen se volvió famosa por el simple hecho de haber sido vendida a tres hombres. Se pagó tanto oro, que Nell obtuvo su propia habitación, y el más recelo de privacidad que le podían dar. Ningún hombre o mujer podían mirarla desnuda, y cada día, luego de aquella noche algunos de los tres Maestros de la Zanpakutō irían a visitarla. Pero no para disfrutar de su cuerpo, sino para marcarla. Dolorosas horas de sesión pasó con cada uno de ellos, donde su hermosa piel fue tatuada. Ella tenía quince, cuando todo inició. Y poco antes de que el General Urahara cayera en desgracia, el rubio la compró. Completando el intrínseco ciclo de los grandes maestros. El último con vida, obtendría el secreto del resto.
Las largas mangas del quimono resguardaban las marcas, mientras Urahara y ella bebían a la luz de la luna. El rubio brindó en su nombre, se levantó y se marchó. Nell suspiro, aferrándose a su ropa. Faltaba poco… muy poco… para que un duelo a muerte entes los maestros con vida diese inicio y así… un nuevo cicló comenzaría.
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• Lycoris Radiata •
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Terminó con el pesado calentamiento de la Décimo Primera Escuadra, esa fría mañana. Se levantó del piso, estiró sus tensos músculos. Ahora, solo contaba los días para volver a casa, al lado de su esposa, ansiaba estrecharla entre sus brazos y perderse en la inmensidad de su femineidad. Sus músculos del vientre estaban rígidos y se flexionaban arrítmicamente al compás de su respiración, hizo una seria de pesadas exhalaciones antes de desenterrar a Zangetsu de la arena; comenzó a maniobrar diestramente su espada en el aire. Estaba en la playa más alejada, en lo bajo de un peñasco —sobre el cual era difícil caminar—, intentando mantenerse lo más lejos posible del General Zaraki. Luego de tan duro enfrentamiento, y su casi agonizante recuperación optó que lo mejor para vivir muchos años, era mantenerse lo más apartado de él. Y en buena manera agradecía la intromisión de los piratas —hacía ya casi un mes—, que lo habían obligado a marcharse. Inhaló una vez más el aire, desde lo más profundo de sus pulmones, para controlar su respiración. Esa nueva técnica que estaba desarrollando, aún no era capaz de dominarla.
—«Cada técnica tiene su propio nombre, si ya has hecho el Tamashī no keiyaku (22) escucha a tu alma» —Kaien una vez le dijo.
En realidad, Ichigo solo maniobraba la Zanpakutō en el aire, como sus instintos lo habían preparado. Pero, luego de la pelea con Zaraki descubrió la urgencia de conocer el nombre de ese ataque. Él deseaba forjar un lazo irrompible con su katana. Uno que incluso superase las barreras de la vida y la muerte.
No supe «que» lo orilló a levantar la vista… un barco en llamas se acercaba al puerto. Sus pupilas se dilataron con horror cuando constató que esa era la nave del General Zaraki. Se colgó a Zangetsu en la espalda y con prisa subió el barranco, al llegar a lo alto miró acongojado. Había más de una barco ardiendo. Corrió al puerto al igual que varios más, para cuando llegó era bajado con prisa el gravemente herido General, así como su Teniente. Yumichika gritaba desesperado las órdenes para los oficiales, mientras el resto de la Décimo Primera Escuadra y la suya realizaban infructuosos esfuerzos por apagar las llamas y rescatar a los heridos. Les llevó más de medio día el contener el incendio y salvaguardar a los hombres, su rostro estaba prácticamente cenizo, era un día frío no obstante estaba demasiado acalorado por la situación. Estaba descansando en una piedra, observando las ampollas en sus manos cuando Renji se le acercó y le dio un poco de agua. Ichigo se sentía como un pequeño niño indefenso, acorralado, que quería correr a los brazos de su madre. Le faltaban solo dos días para volver a la Ciudad Estado… y ese hecho lo cambiaba todo.
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Desde el mismo peñasco, una chica rubia lo observó todo. Chistó y frunció el ceño antes de alejarse al otro lado del puerto. En el interior de una cueva, había algo, una tenue esperanza para el Teikoku, algo que solo ella tenía. Lo observó de arriba abajo, de izquierda a derecha; cuando un águila entró volando y le soltó desde el aire un preciado paquete. No necesito leer nada, total, ese documento seguramente estaría vació. La tropa del Kōtei finalmente llegaba, y ahora era su turno de poner todo en marcha.
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—¿Cómo sigue Kempachi? —preguntó Ichigo entrando en el privado del General, miro seriamente a los reunidos esperando la respuesta—. ¿Acaso él…?
—¡No! —chilló exasperado Yumichika, conteniendo el aliento.
—Su vida peligra —explicó Iemura—, si logra sobrevivir las siguientes noches, podremos esperar que viva —exclamó desanimado, casi no creyendo sus propias palabras.
—¿Qué sucedió? —pidió muy serio Ichigo.
—Vandenreich —soltó Renji que estaba recargado en la pared, evitó la mirada fija de su General, en su defecto miraba hacia un punto vació de la habitación—. Los extranjeros…
—¿Vandenreich…? —preguntó Ichigo. Era la primera vez que escuchaba esa palabra—. Creí, que había ido a enfrentar a los piratas.
Yumichika pifió hastiado con un grosero movimiento de su lengua, e insulto a viva voz a los mencionados. Para cuando se calmó un poco él habló.
—Eso es lo que tú y los demás creen —soltó arisco y con tanta amargura en sus palabras que alertaron a Ichigo—. Durante años la Vandenreich han intentado invadirnos, no hay tales piratas —le dijo.
—¿Pero…? —Ichigo pegó tal brinco que asusto a los reunidos.
—Tranquilízate —dijo el pelirrojo—, y escucha. Esa es la razón por la que has venido. Continua, Yumichika —le ordenó.
—En un inicio, la Vandenreich intentó comerciar con el Teikoku, sin embargo, pronto salió a la luz sus verdaderas intenciones. Y fue sabia la decisión del antiguo Kōtei de cerrarles los puertos, por una sola razón… —explicaba indicando con índice en lo alto
—¿De qué…? —interrumpió Ichigo.
—… de que sucedería lo mismo que con otras naciones —continuó haciendo caso omiso a la interrupción—. Varios pueblos han caído en sus manos, y ahora han fijado su atención en nuestra tierra.
—Ese es la verdadera razón de la existencia de las Escuadras, General Kurosaki —Renji habló—, y es el un secreto para el pueblo. Nada de lo que aquí se diga debe citarse tras estas puertas —explayó como una clara advertencia—. La tranquilidad en el Teikoku, se debe a nuestro silencio.
—¿No debería el pueblo saberlo? —cuestinó el joven General.
—Existimos para protegerles, Ichigo —dijo un malherido Zaraki, recuperando la consciencia.
El hombre fue inmediatamente el centro de atención de los reunidos. Con un paso lento entró en la sala de guerra, y tuvo que ser ayudado para que no desfalleciera. Tenía una gran herida en el frente de su pecho que ahora rebosaba en carmín, producto de su esfuerzo.
—¡Vienen hacia acá! —les advirtió con urgencia.
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Fue un balde de agua fría, poco podrían hacer en ese momento en que la moral de la Décimo Primera Escuadra fue diezmada, y la Sexta Escuadra no estaba preparada para una batalla. Revolvió nervioso su cabellera. «Naves como nunca vimos… demonios que escupían hierro y fuego», repitió en su mente las palabras que Zaraki dijo antes de desmayarse. Cogió una vez más el documento recabado de los pocos sobrevivientes. Las cifras eran indecisas, algunos decían eran millares de naves las que venían, otros cuantos, decían que no eran más de cien. No obstante, había algo que todos tenían en común, el terror en sus ojos. Estaba ante una maqueta del puerto, ideando una certera estrategia. Sin el General Zaraki, la defensa pasaba directamente a sus manos. Le restaban unas veinte naves, pero si hacía caso a la advertencia las pocas que le quedaban correrían con la misma suerte y serían fácilmente destruidas.
—«Vuelve al Seireitei y diles… diles… que estén preparados por si no logramos detenerlos, Renji… y dale esto a Rukia por favor»
Pasaba de la medía noche del tercer día, y estaba a la luz de las velas, insomne y por demás preocupado. En cuando el pelirrojo se marchó, dio claras instrucciones para que los habitantes de Zaraki fueran desalojados, serían resguardados por la Sexta Escuadra. La Primera Escuadra permanecería como línea de defensa. Renji tardaría cuando menos siete días en llegar a la Ciudad Estado —yendo a marcha forzada—, sin embargo, al ejército le tomaría cuando menos un mes en llegar. Y si no era capaz de detenerles, entonces… entonces…
—¿A qué le tienes tanto miedo, estúpido?
La irreverente voz de una mujer lo sacó por completo de sus cavilaciones. Era una inflexible rubia, menor que él que vestía como la típica mujer ninja. Su primera pregunta, fue «¿cómo logro entrar?», ya que era una de las habitaciones más recelosamente custodiadas.
—Podría ordenar que te cortarán la cabeza por llamarme así —frunció el ceño molesto, mostrando toda su amenazadora figuran ante ella intentando asustarla—. ¡Lárgate! —Imaginó que sus palabras la asustarían, más no fue así. En su defecto ella se adentro más y recorrió aburrida la maqueta.
—Muy pocas opciones para un enfrentamiento —juzgó rápidamente la formación—. ¿No era acaso tu padre un gran estratega? —le dijo mirándolo con suma indiferencia.
La mención de su progenitor en los labios de la desconocida lo enfureció, de inmediato sujeto con fuerza de su pequeño cuello. No hizo presión —por el momento—, más lo haría si ella continuaba hablando.
—¡No le menciones, maldita! —siseó.
—Eres enérgico, tal como el estúpido de Shinji lo dijo.
Palabras suficientes para que Ichigo la soltara, la mención del blondo le hizo calmarse.
—¿Quién eres? —él dijo.
La joven rubia movió uno de los barcos —representativos de la Décimo Primera Escuadra—, hacia el acantilado y ahí le prendió fuego ente los asombrados ojos de Ichigo.
—Yo, no existo —a penas despegó los labios al murmurar, y se colocó sobre el rostro una blanca máscara—, y nadie me ha visto. Eres patético, estás lleno de miedo —comentó mientras veía como el barco se hundía—. ¿Tienes alguna estrategia?
—Varías, pero todas son imposibles —confiaba en Hirako, pero… ¿podría ceder ante ella?
—¿Qué necesitas para ganar?
—Más barcos —respondió Ichigo inflexible.
Hiyori esbozó una sonrisa de complacencia.
—«Más barcos» —repitió colocando más en el agua de la maqueta, alrededor de unos veinte.
—Más… —dijo él con la boca seca.
Intrigada la pequeña rubia colocó otra tanda igual de naves.
—Tienes ahora sesenta, ¿y? —lo miro expectante.
Como si hubiese recibido un premio, Ichigo se aproximó a la maqueta y ante una escéptica mujer, elaboró perfectamente una extraordinaria estrategia. Hiyori abrió sus ojos con mesura, su táctica era perfecta, una defensa y ofensiva bien elaborada. Claro, si el elemento clave se hacía presente —los barcos necesarios—. Lo miro con los ojos desorbitados, mientras él solo admiraba su anticipada victoria.
—«¿Por qué confiarle el mayor de los secretos del Kōtei —reclamó inflexible Hiyori
—Lo sabrás cuando estés con él —respondió Hirako»
Ahora lo entendía, ella no era tonta, al menos como los demás intuían. No le era indiferente el hecho de que el Kōtei tuviese sus propios espías dentro y fuera del Teikoku. Porque él ya sabía de la invasión de la Vandenreich, por eso ella se había estado preparando durante años.
—Geobukseon —ella murmuro.
—¿Geobukseon? —él repitió.
—El ejército del Kōtei está a tus servicios —un hombre dijo llegando, vestía completamente de blanco y en su ojo izquierdo llevaba un parche—. Los Arrancars te saludan —exclamó realizando una media reverencia.
Las pupilas de Ichigo se dilataron en demasía, al ver ingresar a un singular y único trío de personas. El primero de ellos, fue el alto mando de los Arrancars, el segundo era Hirako y por último, más no por ello la menos importante, era Rukia. Su luz en su camino.
—Veloz como el viento, apacible como el bosque. Feroz como el fuego. Firme como la montaña —murmuraba en voz baja, adelantándose varios pasos a los hombres—, así eres tú, Ichigo.
El General Kurosaki, corrió a estrechar en sus brazos a su esposa.
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Capitulo XIII
Los cinco anillos
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Notas de la autora:
+ Ichigo no recuerda a Renji en su infancia, ya que solo jugó una vez con él y nunca le preguntó su nombre.
+ Catay, era el nombre antiguo con el que se conocía a China durante la Edad Medía por Europa. Así mismo, Joseon era el nombre antiguo con el cual era conocida Corea.
+ La descripción de la pelea entre Ichigo y Zaraki, será descrita más adelante.
+ Una sincera disculpa por la demora.
Glosario:
+ (1) Beigoma, los niños compiten entre ellos haciendo que sus peonzas sean más fuertes, lijando los extremos para que sean más bajas, haciendo muescas en zigzag o haciéndolas más pesadas añadiéndoles cera.
+ (2) Ohajiki, son una especie de canicas japonesas de tamaño y forma de una moneda de 100 yenes. El juego consiste en empujarlas ligeramente con los dedos para golpear el resto de las piezas. Si se tiene éxito, el jugador retiene las ohojiki que haya golpeado, siendo el ganador el que tenga finalmente más canicas.
+ (3) Shishinabeya, un restaurante donde se come jabalí.
+ (4) Teikoku, imperio en japonés.
+ (5) Kettou, duelo japonés.
+ (6) Tsuki no kanshu, guardianes de la luna (literalmente en japonés)
+ (7) Batto, murciélago en japonés.
+ (8) Ryokan, es un tipo de alojamiento tradicional que originalmente se creó para hospedar visitantes a corto plazo. Hoy se utilizan como hospedajes de lujo para visitantes, sobre todo occidentales
+ (9) Kōtei, emperador japonés.
+ (10) Ojousan, señorita en japonés.
+ (11) Yoshiwara, barrio del placer de Tokio.
+ (12) Teikoku, imperio en japonés.
+ (13) Kurēnhausu, "Casa de la grulla" literalmente en japonés
+ (14) Kamuro, aprendiz de oirán.
+ (15) Tayū, entre las oirán había un rango jerárquico para cada cortesana. Era a cortesana de los daimyō, y sólo los más poderosos podían esperar una oportunidad para considerarse un cliente habitual.
+ (16) Hisuisairen, "Sirena de jade" literalmente en japonés.
+ (17) Akuma, demonio en japonés.
+ (18) Kiresu, es el término japonés para la pipa japonesa antigua.
+ (19) Yīshēng, médico en chino.
+ (20) Rasen-jō, castillo de la espiral (literalmente en japonés)
+ (21) Mizuague, ceremonia que consistía en la venta de su virginidad al mejor postor.
+ (22) Tamashī no keiyaku, "Pacto de Almas" literalmente en japonés.
+ (23) Geobukseon, es una galera desarrollada en Corea en el siglo XV. También conocida como "barco tortuga"
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Nos vemos
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