¡Cuántos años sin leernos!
Summαry: "Sasuke pasó su vida tan maravillado por aquél encuentro, que realmente pasaron años antes de poder dejar de llamar aquello como hacer el amor."
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Musα
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Hallar tu lugar en la escuela de arte había sido simple. Tú sabías que pertenecías ahí y no tenías que hacer nada más que lo que siempre hacías. Dibujar. Pintar. Añadir líneas, círculos, cuadrados, curvas, mezclar colores, texturas, lo que fuese necesario. Darles un significado propio y callarlo mientras esperas que los extraños le den el suyo y le impliquen algo más. Algo profundo y pretencioso, tan banal y estúpido que habías preferido hacerte de oídos sordos a la hora de estar con ellos. Ellos. Familiares orgullosos y compañeros escolares, críticos, fanáticos, profesores. Si terminabas el bosquejo de un ojo, tu inspiración debía ser aquella que te recordase la mirada de la persona que había roto tu corazón y si le añadías algún detalle de más, debía ser el reflejo de algo, como el mar al que ibas a soltar las penas de la pérdida en silencio y a solas. Qué tontería, recordabas haber pensado. Tu profesor conocía una mierda de arte. Para ti en cambio era un ojo y ya. Tal vez uno que habías visto el martes pasado enmarcando el rostro del vagabundo con el que te topaste al bajar a la estación cuya figura esquelética y maneras azoradas saltaban a la vista. Tal vez el de tu madre cuando está medio despierta en la mañana después de beber whiskey toda la noche. Tal vez el tuyo al mirarte en el espejo del baño ¿Quién puede saber?
El arte sólo es un juego para ti. Puedes engañar al espectador con la simpleza de unas cuantas líneas. Eso era lo tuyo. Siempre lo había sido. Mientras trazabas en las orillas de tus libretas durante clase, en tus cuadernos de dibujo, tus libros de texto y las servilletas de tu café. Tú eres un dibujo tras otro. Un artista. Un soñador de closet y de envoltura realista. El artista que todo mundo glorificaba pero que ninguno realmente conocía. Ese eres tú.
Tú apariencia misma es una creación propio de un poder no mortal. Al menos eso te han dicho. A ti no te interesa.
Cuando la noticia de que Sasuke Uchiha logró entrar a la escuela de arte, nadie se sorprendió. No realmente. No se puede negar lo que se es, mencionó el padre de él. Fue lo más cercano que logró llegar esa relación.
Un día, mientras observabas a los demás universitarios, viste un objetivo. Una presa si se permitía expresar.
Una mujer.
Quizá no la más hermosa ni la más grácil, pero tenía algo que evitaba que tu vista se apartara. No era tu tipo, definitivamente. Ni siquiera estabas seguro de tener un tipo específico pero estabas seguro que si lo tuvieses, no se parecería a ella. Su cuerpo pequeño falto de curvaturas, sus movimientos torpes, su cabello rosa y los libros que ocultaban su rostro, no llamaban tu atención, es más, te parecían divertidos.
Era una criatura chistosa.
Quizá eso fue lo que llamó tu atención: tú falta de interés en alguien como ella.
Así que la seguiste. A una distancia segura, por supuesto. Visitaste la biblioteca, la puerta del baño de mujeres y la sala audiovisual. Pensaste un poco mientras tu mano dubitativa se posaba en la asidera de la puerta y te preguntaste si sería una buena idea. Incluso te preguntaste que hacías ahí. Estoy aburrido, te dijiste y entraste, silencioso y desconfiado, de ese territorio extraño.
Elegiste el rincón más oscuro para sentarte a observar, pero ella no aparecía por ningún lado, ¿acaso te había visto seguirla? No, fuiste muy cuidadoso. Ah, ya apareció. Traía una grabadora y una pequeña maleta. Busco en ésta y sacó un CD. Lo puso y se irguió, para proceder a desabotonar su blusa. Uno por uno, fueron separándose los botones de su ojal, como si invitasen a la mirada escrupulosa, del espectador desconocido, a pasar a echar un vistazo.
Ignorante de que estaba siendo observada, dejo la blusa y se dirigió al pantalón, el cual también desabotonó.
Y la ropa se fue, pero no del todo.
Hubiese sido una visión muy erótica, de no haber sido por el leotardo que vestía debajo.
Se sentó en el suelo y asió su maletilla, sacando de ella un par de zapatillas de ballet y guardando la ropa anteriormente retirada. Con las zapatillas puestas, se puso de pie, agarró su cabello en una coleta y calentó un poco antes de encender la grabadora. Una pieza clásica inundó el recinto y la magia empezó.
Su cuerpo comenzó a moverse al compás de las notas. Suave pero confiado. Descuidado pero grácil. Eufórico pero acompasado. Una serie de contradicciones servirían para describir su presentación. No podía dejar de verla, incluso si tenía qué; su clase había empezado hacía 5 minutos.
Pensó en salir de la misma forma silenciosa y fantasmal con la que había entrado, pero la opción no le convenció. Quería que ella supiese que él había estado ahí. Agarró su carpeta, se paró y se fue.
No miró atrás, pero alcanzó a escuchar que alguien caía al suelo.
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—Olvidaste esto ayer.
Oíste y alguien te tendió una carpeta negra. Era tu carpeta negra. Alzaste la vista –incluso si ya sabías quien era- y asentiste con la cabeza en gesto de aprobación, para luego regresar a la lectura del libro que tenías en manos. No había nada que aprobar en esa situación pero hablar no era lo tuyo. Ella podría interpretarlo como quisiera.
―Dibujas muy bien ―dijo, aún situada frente a ti ―, pero en ese último me haces ver un poco gorda.
Y rió. No fue una risa tímida, sino más bien una risa jovial, fresca, contagiosa. Del tipo que de vez en cuando escuchabas en el audiovisual, al moverse, al caerse y al descubrirte ahí.
¿Su nombre? Tenía varios nombres; para el mesero de la cafetería, era un sándwich sin tomate y un café con leche, para el profesor de historia, era la mano alzada y el debate socialista, para sus amigos, era en quien confiaban para las notas de clase los días de cruda; para el director era el reporte limpio, la calificación perfecta, el orgullo escolar; para los hombres en la calle, era poco más que un poste; y para él, ella era Sakura.
― ¿Te veré mañana?
La verdad, es que no habías olvidado nada. Accidentalmente, al menos. Era una excusa nacida de un accidente la primera vez, cuando de verdad dejaste tu carpeta a un lado del lugar que solías ocupar cada vez que la veías.
Porque hubo una segunda vez, una tercera y una cuarta. Ya no tenías la cuenta actualmente pero el número cambiaba día a día.
Ella te había encontrado y te había tendido la carpeta. Tú la habías tomado y abierto instintivamente; sólo para encontrar su nombre a la orilla del primer dibujo, junto a tu firma. Te turbó un poco el hecho que hubiese visto tu trabajo. No era como si maestros, compañeros y demás personas no hubiesen visto tu trabajo antes, pero ella era diferente. Y ese trabajo era personal. Más que ningún otro. Contenía un pedazo de ti; una ventana a tu alma, diría seguramente una persona creyente de las letras.
Ese trabajo era ella. Hoja tras hoja podrías verla. Trazos duros, trazos suaves, trazos soberbios, trazos al azar.
Su danza te decía más de ella de lo que hubieses querido averiguar, y por eso la dejaste entrar.
Habías visto su alma y ella podría ver la tuya de ahora en adelante.
A partir de ese momento, decidiste que cuando tuvieses que partir, dejarías tu trabajo de la tarde ahí, a un lado del lugar que tomabas entre la audiencia fantasma que acudía a verla bailar. Ella te buscaría después, reviviendo su primer diálogo, añadiendo un comentario, y preguntándote si asistirías al día siguiente.
Sakura necesitaba seguridad.
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―Trázame.
Te dijo una vez. ¿Qué quería decir? ¿Acaso no era eso lo que siempre hacías?
Ella era la dueña de tus lápices. De tus hojas, lienzos, pinceles, carboncillos, gises, y acuarelas.
Si tuvieses la facilidad de escribir como la tienes trazando, quizá escribirías mil y una cosas sobre ella. Bien, tal vez no tantas pero incluso en lo que no fuese sobre ella, te asegurarías de que su esencia estuviese presente.
― ¿Cómo?
Sakura tomó las manos de Sasuke entre las suyas, y las posó sobre su cintura desnuda. Ahí, en ese cuarto, en ese sillón donde la hacía sentar por horas infinitas en lo que transportaba su imagen al lienzo, Sakura le abría las puertas del cielo. Después de tanto esperar, por fin pudo tocarla. Sintió temblar sus manos; era una obra de arte, un ángel, una musa. Ni siquiera podríamos hablar de un impulso sexual. Era un encuentro sensual y erótico.
Pasó sus manos de la cintura a los pechos, subió sobre su cuello hasta el rostro y se detuvo aprendiéndose aquellas facciones angelicales que llenaban sus obras. Enredó sus cabellos en sus dedos y sintió cada hebra entre sus dedos. Bajó de nuevo siguiendo la línea del estómago y sintió el relieve de su sexo, el tierno bello ; acarició sus muslos tiernamente, para después ascender por su trasero hasta la espalda.
A partir de esa tarde, Sasuke quemó todo lo que alguna vez hubiese creado. No le importaban más los retratos al azar de extraños, las figuras inexpresivas en aquellas viejas creaciones que alguna vez le orgullecieron, ahora le parecían vacías y le enfermaban. Se convirtió en el cliché de artista sufrido más grande del mundo y no le importó. Ya no hacía arte para los demás, para el reconocimiento; ahora llenaba sus días tratando de reproducir las sensaciones que aquél cuerpo mortal produjo en él. Sakura estuvo en todas sus obras a partir de ése momento aunque físicamente el contacto se hubiese perdido años atrás.
Sasuke pasó su vida tan maravillado por aquél encuentro, que realmente pasaron años antes de poder dejar de llamar aquello como hacer el amor.
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Repito: ¡Cuántos años sin leernos!
Me entró la nostalgia. Tenía este inicio de historia desde 2012 guardado en mi computadora y revisando mis archivos lo encontré y decidí adaptarlo a un One-Shot. Extraño el fandom y los fics. No he sabido de Naruto en años, ni de los cambios o la decadencia por la que ha pasado FanFiction. Espero que aquellos que me leían todavía estén por ahí, con los jitomates en mano. Los que sean nuevos, ¡bienvenidos!