30 Vicios.
1. Inicio.
Cuando era más pequeño siempre se preguntó por qué no tenía la clase de amigos que con el tiempo se convertían en tus mejores amigos. Con los que jugabas todas las horas del día que te eran permitidas, te ensuciabas de barro hasta el cuello y creabas un mundo que no existía fuera de los límites de tu mente. Porque aunque viviese en uno en el que no necesitaba inventar nada, era lo que se suponía que hacían los niños. Tener amigos imaginarios, enemigos imaginarios, novias imaginarias y castillos imaginarios. Todo lo que diese de sí la imaginación de un niño de apenas ocho o nueve años.
No es que fuese un niño solitario. Simplemente era demasiado intenso como para que ningún niño aguantase su ritmo. Eso era lo que decía su madre. Pero James no entendía como con menos de diez años podías ser intenso. Esa era una palabra que solo describía los besos en los libros que su madre solía leer cuando creía que nadie miraba o el color del cielo en los días claros y soleados de verano. Un azul intenso.
Una persona no podía ser intensa.
Se colocó bien las gafas y abrió la puerta de un compartimiento. Llevaba más de diez minutos buscando uno. Estaba ocupado por otro niño de primer año. Aunque no tuviese la misma sensación de desazón que había invadido a James al comprobar en los cinco primeros minutos que no todo era como se había imaginado. Se sentó frente a él y le tendió la mano sonriente.
- James Potter. Es mi primer año.
- Sirius Black. Lo mismo.
Fue en la fracción de segundo en la que se miraron a los ojos en la que James se dio cuenta de que tal vez no era el único que estaba asustado y excitado al mismo tiempo. Aquel niño de pelo negro que le caía descuidadamente sobre la frente le sonrió como si le divirtiese aquello y James pronto se vió contagiado por el buen humor que desprendía de repente.
Y pensó que tal vez ahora todo empezaría a ser real. Los amigos, los enemigos, el castillo y con el tiempo, si tenía suerte, la novia.
Fin.
