CAPÍTULO XVI.
MUY PARECIDO AL AMOR…
Y el conducía sin mirarla, sin ver que ella se derretía, que su corazón hervía cien grados Celsius por su cercanía, por volver a estar con el en el mismo planeta. Y trataba de no quedarse pegada observándolo, pero no podía desapercibir su rostro, su cambio, su tristeza, el frío que bañaba su cara y lo volvía tan lejano, tan otro, tan un Sesshomaru que no conocía, que no era el que ella moría por ver.
—Entra. —La invitó Sesshomaru con un poco de ternura, un poco conmovido y con ganas de que no volviera a salir, deseando que ella sintiese lo mismo. Cuando ella puso el primer pie dentro, la casa volvió a tener vida. El tardó en encender la luz. Verla a oscuras era como si sus sueños se hubiesen materializado. La sombra que lo atormentaba durante las noches estaba de vuelta.
—¿No enciendes la luz?
La luminiscencia se esparció e iluminó el sonrojo taciturno de las mejillas de ella. Estar en ese apartamento era estar en el pasado. Era recordar las peleas, los gritos, los portazos, y mucho más inevitable, las primeras charlas, los abrazos, esas palabras que se repetían y repetían sólo para que las memorizara.
La nostalgia era más dura con ella. Estaba decidido hacía mucho que aquella no era su casa, pero no podía dejar de sentirse en su hogar. Había resuelto que no quería regresar, pero quería quedarse allí, con el. Con un Sesshomaru que no había visto hacía meses y que ahora era un extraño, un conocido de antaño que le causaba curiosidad.
—Viejos amigos, ¿no? —Se burló de su ironía, con la pena de haberlo extrañado tanto y admitir que sólo ese lazo los unía.
—¿Qué dices?
Lin se volteó a verlo. Estaba parado en media de la nada, con su porte alto y servicial. —Me alegra que seamos buenos amigos. —Repitió sin mejoras.
Sesshomaru no supo qué responder a eso. Trató de que una sensación abismal lo dejara en parsimonia pero eso no sucedió, y una atmósfera cortante se tomó la sala. —Sí… Supongo que sí. —Escupió despacio.
No quería que lo confundiera más. No quería que moviera su mundo de esa forma cuando ya había solucionado todo e iba a casarse en un mes. No quería escuchar que estaba haciendo todo mal. Pero ella no diría eso. Ella jamás se metería en sus problemas porque ambos eran parte del pasado del otro. Así lo sentía. Así era.
—Voy por un jugo. —Se volteó para no quedarse mirándola como un idiota. —Puedes ponerte cómoda.
Realmente había cometido un error en meterse en aquel baúl, en aquella casa embrujada con el encanto de ese hombre. Es que todo de el estaba impregnado en cada cosa, en cada mueble, en cada rincón, cortina o artefacto. Sesshomaru estaba en todas partes. Suspiró. No quería sentirlo así, tan intensamente. Caminó torpemente hasta el sillón y se lanzó cansada de todo.
¿Qué estaba haciendo? ¿Qué sacaría? No había gracia. Sólo se estaba haciendo daño a si misma. Insistía en tenerlo presente en su vida, cuando no correspondía, y era triste, y sentía lástima de si misma, porque en su soledad sólo había espacio para pensar en el, y en la de el, ella no estaba.
Observó todo el lugar, la débil Luz, la ventana abierta que se llevaba su aroma, las revistas de la mesa del centro del living. Abrió los ojos tanto como pudo y una ola de incertidumbre la dejó tiesa en su sillón. Esas eran las revistas de ella, no podía equivocarse. Escuchó su corazón nervioso latir desmesurado y su estómago darse una vuelta y volver a su lugar. Estiró la mano y tomó un ejemplar.
Vio aquella foto que había tomado Alonso dos semanas después de conocerlo, aquella en la que tenía dos o tres meses de embarazo y no se notaba más que por sus senos dilatados. ¿El la había visto? ¿La había comprado para verla?
No quería hacerse la ilusión errónea de que el también la añoraba, pero aquello, en aquel living de el, en esa mesa que era de el, en esa casa que era la de el, no la iban a dejar. Quiso ignorarlas pero era tan imposible como no darle importancia a la botella de agua ardiente que estaba sobre la mesa, y a ese vaso semivacío que seguramente había sido llenado muchas veces.
Fijó su vista en una papeleta que había tirada en el piso. Era una fotografía magullada y arrojada a cualquier parte, y era de ella. Le dolió, porque mientras ella lo extrañaba, el no había encontrado nada mejor que hacer que lanzar su trabajo a la basura, en vez de apoyarla, en vez de guardarlo aunque fuese de recuerdo. Al parecer, ella no era un buen recuerdo. Cerró los ojos para no ver más.
—¿Qué…? —Se asustó el, cuando entró en escena con un vaso de jugo y una taza de café en una bandeja. Vio que ella había visto las revistas que nunca pensó en esconder porque nunca pensó que ella estaría ahí de nuevo.
—Es curioso… —Musitó tranquilamente para que el no notara que estaba dolida.
—No las tiré a la basura porque… —Quiso aclarar el rápidamente para que no malentendiera. Dejó las cosas en la mesa y se dirigió hacia ella, pero con un gesto inexplicable que el percibió, no pudo ni acercarse a tres metros de distancia.
—No te preocupes. Si no quieres que esté aquí puedes decirme. No voy a enojarme. —Le sonrió. No podía odiarlo. Nunca iba a poder odiarlo. Y de todos modos ya daba lo mismo. Estaba cansada de sufrimientos con argumentos desconocidos, de dolor sin causa y consecuencias ni pecados.
—No malentiendas, por favor. —Le pidió él.
Lin lo ignoró. —Tal vez sería bueno que me fuera, Sesshomaru.
—No lo creo… Quiero hablar.
Ella lo miró molesta. Siempre era tan egoísta e importaba sólo lo que el quisiera. —Yo no… No debiste invitarme.
—¿Por qué?
—Porque no quería regresar.
—Yo quería que regresases. —Insistió, no podía controlarse. Había una euforia iracunda que quería entrar en el.
Volvió a reír. —No es cierto.
—Compré todas tus revistas. —Dudó avergonzado como un chiquillo. —Me alegra que hayas tenido éxito. —Es que era tan bella que era imposible pasar desapercibida. Lucía tan linda en esas fotografías, que había tenido que arrugarlas y romperlas para sacárselas de la mente.
—Es bueno para mí. Me gusta hacerlo, es… entretenido. Me divierto mucho.
Sesshomaru se sentó en el sillón. Tenía que irse, pero no le importaba, quería contarle todo, quería decirle que estaba bien, que lo había extrañado, que se moría por verlo, que cuando miraba a la cámara pensaba en el y por eso le brillaban los ojos, que cuando tenía que reír recordaba cómo reía con el, que cuando tenía que llorar evocaba el momento en que no lo vio nunca más… y la foto salía perfecta, y todos la aplaudían y la alababan, hacía a los demás felices cuando ella estaba rota por dentro, cuando ya no soportaba un minuto más, cuando sabía que sólo hacía falta seguir la luz para estar del otro lado de la vida y dejar de sentir esa sensación tan vacía. Quería contárselo todo, aunque a el no le importase.
—Conocí muchas personas, y son excelentes y simpáticas, me han apoyado mucho y me han ayudado a salir adelante. Son… muy buenos amigos.
Ella hablaba y el se sentía culpable, porque ella había tenido que buscar y encontrar a otras personas para que hicieran lo que el le había prometido. Ayudarla, protegerla, apoyarla siempre… todo eso lo habían hecho otras gentes, mientras el estaba ocupado rogando que no volviera a aparecer y echándola de su vida.
—Lo lamento…
—¿Qué? —Se descolocó. En parte por su costumbre de interrumpirla, de pensar en sus asuntos cuando ella le contaba algo importante, y por esa mirada de culpa que ella podía leer a la perfección. Un brillo insistente gritaba que el tenía algo atragantado.
—Lamento haberte echado. Yo…
—No me echaste. Me fui sola. —Le aclaró.
Sesshomaru ironizó. —Darte la espalda es lo mismo que decir: "¡Fuera de aquí!"
—No es lo mismo para mí.
—¿Siempre vas a ir en contra mía? —Bromeó. ¡OH, Dios! Era la misma de siempre. Estaba ahí. No había desaparecido. Le gustaba que fuese así. La sentía más cerca.
—No, es sólo que… Si me hubieras echado no habría logrado nada.
—¿Por qué?
—No lo sé, tal vez hubiera estado deprimida o algo así —confesó, evadiendo su mirada. Quería escapar.
Silencio, asqueroso silencio. Morir de dolor es morir de un sentimiento profundo, no mueres de lo que no te importa.
—De todas formas te di la espalda y te dejé a tu suerte. No salí en tu busca. —Murmuró incómodo.
Lin le restó importancia. —Salí decidida y no con la cola entre las piernas.
—¿Me odiaste?
—Tal vez...
—Yo creo que sí.
—Odié necesitarte tanto. —Escapó de sus labios sin filtro. Maldijo en silencio. No quería que el supiera esas cosas. No quería verse débil porque había dejado de serlo, pero ¡era su punto débil! El era la maldita espina que no la dejaba tragar el destino desde aquella noche.
Ella lo había necesitado. No podía tolerarse por no estar. Seguramente Kohaku estaba… ¿O no? ¿Es que acaso no se había ido con el? Con el padre de su hijo, con el hombre de su vida.
—¿Y Kohaku?
—No está.
—¿Dónde está?
—No lo sé.
—¿Por qué?
—Porque no es importante en esta historia.
—Es…
—Yo soy la madre, y lo llevo conmigo a todas partes. —Interrumpió cortante.
—¿Desapareció? —Quiso saber si era tan canalla para abandonarla. Tan canalla como el. Al menos Sesshomaru no lo había procreado.
—Desaparecí yo.
—¿Por qué?
—¡¿Sólo sabes preguntar el porqué de las cosas?! —Se alteró. ¿Por qué ocupaba ese estúpido tono tan… suave y tan ¡relajado!?
—Debiste tener una razón…
No lo pensó dos segundos para responder. —Odio la lástima de otros. Tampoco la necesito así que no tenía que quedarme con el.
—¿Cuándo te fuiste, fuiste donde el? —Tenía que saberlo porque estaba su duda impregnada desde que se fue. Ella se puso en una posición muy relajada y lo miró desafiante, como cuando lo había conocido, pero esta vez era diferente. No lo odiaba como en el pasado, sólo…
—Deja de preguntarme cosas. Yo no estoy fisgoneando sobre tu vida.
—Sería genial si lo hicieras. —Admitió. ¿Es que ella no lo había extrañado ni un poco?
—No es necesario. —Pasó por alto todo lo que antes hubiera querido saber de el. ¿Para qué saber? No era su asunto, no era su vida. Mientras más se metiera donde no cabía, más le costaría salir.
—¿No hay nada que quieras saber? —Ansió.
—Sé lo suficiente.
Sesshomaru tomó café y trató de que no le afectase. Se sentía rechazado, como el amigo de antaño que ella decía. Se sintió sin importancia y descubrió que quería tenerla.
—Te mueres por saber… —Acusó, como un niño, jugando con su café para no mirarla. Sesshomaru se había transformado en un chiquillo caprichoso que, en realidad, no sabía lo que quería.
—¿Y si te digo que no?
—Tendrás que escucharme.
Ella lanzó una carcajada irónica al cielo. —¿Y si te digo que sí?
—No te contaré nada. —Musitó fríamente.
—¿Por qué haces esto? —Se descompuso. Algo andaba mal, no era el Sesshomaru de antes. Tenía ahora un rostro gélido, virulento. Sesshomaru tenía rabia contra ella.
—¿Quieres que te invite a mi boda?
Oh, eso no lo iba a tolerar. Se había pasado de la raya. Dejó el jugo encima y lo observó con rabia:
—Creo que debería conocer a ambos para asistir. Conocer uno, y a medias no basta.
—¿Qué dices? Me conoces bien… —Tomó su café, nuevamente, rehuyendo su mirada. No podía decir aquello. Ella no lo conocía en verdad, a pesar de que se había acercado demasiado hasta casi sentir sus sentimientos. El era un mentiroso... Por eso estaba tan confundido con ella. Porque se había mostrado en esencia sin obtener nada más que desvelos.
Sesshomaru estaba mintiendo y estaba consciente de ello.
—No te conozco, no sé qué esperar de ti. —Resolvió. El podía en ese momento salir con cualquier cosa y ella no sabría cómo actuar. Nunca había sabido como actuar con el. —No quiero ir a tu boda.
—¿Por qué?
—Porque es tu vida y no me interesa. —Saboreó el rico sabor a frutilla con gusto a venganza. Si el quería herirla, si la había invitado para jugar ese juego cruel entonces…
—Sí te interesa.
—Es parte de un pasado que ya pasó.
—A mi me interesa la tuya. —Tenía ganas de pelear, de hacerla enojar sin ninguna razón. Necesitaba bajar toda esa adrenalina que se le había ido a la cabeza. ¿Es que ella no se sentía igual que el? Amaba pelear con ella, amaba todo de ella y le daba lo mismo todo.
—Entonces es asunto tuyo.
—Es asunto tuyo también.
—Estás loco…
—Voy a casarme con Kagura Touma.
Esperó una respuesta de Lin, una lágrima prófuga, una mueca dolorosa, un corazón roto, mas nada apareció en su rostro.
—¡Muchas felicidades! —Logró pronunciar sin ironía. Sesshomaru no supo cual fue la intención de decir eso. ¿Cuándo había aprendido a esconder sus sentimientos, o a lograr que el no los viese?
—Me ama.
—Eso es bueno, Sesshomaru. —Disfrutó cada letra de su nombre salido de sus labios.
—¿Por qué eres tan intransigente? —Inquirió terco como una mula.
—¿Intransigente qué?
—¿Por qué no lo admites?
—¿Admitir qué? —Lin ni siquiera se inmutó. Su juego lo destruyó a el mismo.
—Que… Que… ¡me voy a casar! —Resbaló lentamente hasta quedar sentado en el piso, la miró hacia arriba.
—A eso no hay que admitirle nada. Sólo queda un mes. —Se acomodó en el sillón burlándose de el.
—Voy a ser feliz. —Le recriminó.
Jaque. El iba a ser feliz, se lo estaba diciendo en su cara. Le dolía, le dolía tanto que…
—Yo también.
Sesshomaru detuvo su impulso de maldad y se odió. No iba a ganar nada diciéndole eso a ella. Ni siquiera sabía por qué lo hacía y de todas formas se mentía a si mismo. No iba a ser feliz. No iba a ser nunca feliz con una mujer la cual no le producía ganas de tomar su mano, de abrazarla, ni de meterse en su cama.
—¿Por qué vas a ser feliz tú, si me caso yo?
—Porque tú vas a ser feliz.
Y ella ganó, y el se sintió hundir en su propia mierda. —Pero si no me quiero casar, Lin. ¿Cómo podría ser feliz?
—¿Por qué me dices eso a mi?
—No lo sé.
—¿Por qué armas una boda entonces? —Era inconsecuente. ¡Era absurdo!
Tardó. —Porque quiero amar. —Inventó, y resultó ser esa la respuesta correcta.
—¿No la amas ya? —Preguntó con el corazón en la mano.
—Eso sería ideal ahora, sobretodo ahora… —Sobretodo ahora que ella estaba en frente de el, con los labios pintados de frutilla y en los ojos su reflejo de hombre equivocado.
¿Por qué decía eso? Se moría de las ganas de saber. El se iba a casar con la mujer de la fotografía que veía durante horas, emborrachándose y llorando. ¿Ahora decía que le gustaría amarla? ¡Nadie sufre por alguien que no le importa! ¡Era tan mentiroso! ¿Por qué tenía que hacer eso con ella?
—No lo parece.
—¿Dudas de mi?
Lin se levantó con su vientre siempre creciente, fue hasta su habitación caminando lento y a Sesshomaru casi se le cae la vida verla entrar ahí, moverse de esa manera tan espléndida por su habitación, por su casa, por su guarida deshecha y maltrecha. Estaba tan linda de madre, con su femineidad a flor de piel y ese cuerpo adulto que lo mataba.
Ella volvió hasta donde estaba el, sin que el pudiera despegar su vista un momento de ella, de su rostro tan imperceptible, de…
—No puedo dudar de esto. —Se arrodilló en frente de el y le enseñó el cuadro. Esa era la prueba irrefutable de que el amaba a una mujer ya. Y que la amaba tanto que su vida estaba detenida quién sabía en qué.
Sesshomaru se quedó en silencio. Ella sabía su karma. Estaba confundido como un adolescente. Estaba descubierto.
—Ella no tiene nada que ver. —Musitó, y puso el cuadro de Kaguya, meses antes de su boda frustrada boca abajo.
—Te vas a casar con ella. La amas demasiado como para no querer. —Le informó, con las palabras mullidas y el llanto atribulado, a punto de hacer que su corazón se rompiese.
—Me voy a casar con su enemiga.
—¿Cómo dices? —¡No entendía nada!
Sesshomaru se debatió en si decirle o no, pero se lo dijo para callarle la boca.
—Ella murió. —Lin no fue capaz de decir nada. El la tomó del brazo, la acercó a el y la miró a los ojos, tan violentamente, tan potente, tan duro… —Está muerta por MI culpa.
Y la fuerza de su mirada no la asustó, no la hizo si quiera pestañear. ¿Era por eso que el lloraba? ¿Era por eso que el sufría, y se embriagaba, y se hacía daño a si mismo, y vivía en esa soledad maldita, alejándose de todos; volviéndose un huraño, tornándose en un insensible, antisocial, cruel y así de…arruinado?
—¿Por qué no dices nada?
—Murió… —Armó sin sentido alguno. No sabía qué pensar de el, ¿odiarlo por no decirle? ¿Abrazarlo y decirle: ¡OH, por Dios, ahora entiendo todo, al fin te entiendo, Sesshomaru!?
¿Quererlo todavía más?
Era horrible. Y el decía que ella ya no estaba por causa de el. ¿Qué había hecho el? ¿Cuántas cosas más escondía detrás de esa máscara maravillosa?
—¿Tu… causa?
—Sí…
—¿Por qué?
Sesshomaru bajó los ojos y desarmó el contacto de su muñeca.
—Por egoísta, por estúpido, por ciego…
—Cuéntame… —Insistió cuando él no le respondió.
—¿Para qué?
¿Para qué contar aquella vieja historia de una bestia hiriente como el? ¿Para que ella supiera lo canalla que era y se marchara para siempre asustada, huyendo para salvarse la vida?
Ella no tenía que saber nada de aquello, no tenía que enterarse de Kaguya, de su prometida, de la mujer a quién había escogido para compartir su vida sólo para destruirla. Ella no tenía que saber que había muerto y que el no había hecho nada por impedirlo. Que ella estaba enferma y el no se dio cuenta hasta que era inevitable, que el había causado su muerte por su estúpido descontrol y pasión juvenil.
Lin no tenía que saber esas cosas para verlo en el presente. No era necesario que le contara cómo había creado al maldito hijo que había dejado en su vientre cuando ella estaba enferma, como ella lo esperó feliz y en secreto mientras su sangre se envenenaba, cómo ella eligió correr el riesgo para salvar la vida del hijo del hombre que amaba, y cómo el nunca notó nada, hasta que luego de tres meses en el lugar dónde ella se dio sentencia de muerte, murió su primer y único hijo, llevándose consigo la vida de ella y también la de el.
—Por favor… —Le pidió Lin, sinceramente. No quería que tuvieran lástima de el, pero ella…
Lin era diferente, ¿verdad? Era la persona más extraña que había conocido, si esperaba algo de ella, ella hacía lo contrario, no había cambiado, no lo odiaba incluso después de tratarla como a un estorbo y darle la espalda. Lin era distinta a todos, por eso había podido calar dentro de el. Por eso no se la podía quitar de la cabeza. Por eso empezaba a ser tan importante como Kaguya.
—Tenía Leucemia y no lo sabía. Fue tan rápido que… —Recordó. —Que ella apenas lo supo. Era extraño en su edad, pero era muy delgada y comía poco.
—Tú no tienes la culpa de eso. —Dijo ella.
—Claro que sí. Yo la embaracé.
Sesshomaru era padre. O iba a ser padre. Se sintió comprendida, ella también iba a ser madre. Entendió un poco su dolor. Si su hijo muriese ella…
Pero Sesshomaru padre de otra… Sesshomaru con su pasado descubierto, Sesshomaru con una vida hecha en dónde ella no tenía lugar…
—Ella no sabía que estaba enferma y cuando lo supo no quiso la quimioterapia. Si la tomaba dentro de los primeros tres meses podía producirse un aborto espontáneo. Ella dijo que correría el riesgo para salvar a mi hijo.
—¿Y tú?
—No lo sabía. —Rió. —Debí haberlo sospechado cuando llegó llorando y me pidió que nos fuéramos de viaje, así, de repente… Nunca pensé que podía estar enferma, ella ya era muy blanca y la palidez le venía bien, pensé que sangraba de la nariz por el calor, que estaba delgada porque estaba a dieta, como siempre… o que le dolían los huesos de cansancio porque… ya sabes: Era como nuestra Luna de miel antes del matrimonio. Así dejé pasar cientos de síntomas evidentes hasta para un estúpido.
—Sesshomaru…
—Un día tuvo una hemorragia y la llevé al Hospital, murió luego de tres días junto a nuestro hijo.
Mientras tanto, Kagura, temiendo lo peor, trataba de mantener la compostura y no sentirse humillada ante la familia de un futuro esposo que no estaba.
—¡Kagura, querida! —La saludó Izayoi en al entrada. Kagome la vio entrar y fue hasta donde InuYasha alarmada. —Viene sola. —Musitó.
—¿Qué?
—No está Sesshomaru.
—No… —Rogó InuYasha, sabiendo que todo se había quebrado de antemano.
—¡Chicos… vengan! —Los llamó, educadamente la madre de InuYasha.
Kagura entró avergonzada, sintiéndose el hazmerreír. Se forzó a sonreír. —Sesshomaru vendrá en un rato, tuvo problemas en su librería.
—Ah… Quiera Dios que no se tarde… —Agregó Izayoi. —Ven, querida…
Todos fueron hasta la sala. Cuando Inu Taisho entró y vio que su hijo mayor no estaba supo que él ya no volvería a aparecer.
Lin sonrió. —No es tu culpa.
—Ella dijo lo mismo, pero no es cierto. Podría haberla llevado a los mejores médicos, pero todo fue tan rápido y tan sencillo. Te enfermas, te embarazas, escoges, mueres.
—Era su decisión. Aunque hubieses querido no hubieras podido hacer nada.
—Pero podía.
—¿Por qué no respetas las decisiones de los demás? —Inquirió moleta. Era tan terco, para él sólo valía lo que él decía y lo de los demás no le importaba. Las decisiones de las personas eran nada para el. —Ella quiso jugársela, tú no tenías nada que ver.
—Lo hizo para salvar un hijo para mí. Un hijo que nunca le pedí.
—Y nunca se lo agradeciste, por eso digo que eres un patán.
—¿Qué? —Levantó la cara y se encontró con el rostro duro de ella.
—¿Se lo agradeciste alguna vez?
Una ventisca lo golpeó en la cara. No, jamás lo había hecho, y ella murió viendo como él se odiaba y la odiaba un poco también.
¡Era una maldita escoria!
Lin le sonrió como nunca lo había hecho, como si ella lo hubiese perdonado por Kaguya.
—Ya pagaste por eso suficiente.
—¿Pagar por qué?
—Por cualquier culpa que tengas que pagar.
—No es cierto, soy un canalla, tú lo has dicho cientos de veces.
Ella lo ignoró. —…Yo también he llorado así.
—¿Cómo? —Preguntó inocentemente.
—Como la lloras tú. —Lo contempló profundamente y el la observó también queriendo
explotar. —Ya la lloraste bastante. —Ella puso la palma de su mano sobre la de el con cariño, con toda la calidez del mundo. —Olvídala…
Olvídala. Curioso mensaje. No era necesario. Esa sonrisa hacía que olvidase todo. Esa sonrisa hacía que se volviese gelatina. Esa sonrisa era el Sol que necesitaba para levantarse.
—Ya lo hice. —Escabulló sin pensar.
—¿No te sientes culpable ya?
—Tengo otros asuntos por los cuales sentirme culpable, más actuales.
—¿Y Kaguya?
—Es el pasado.
—Pero es tu pasado… —Insistió, sin entender. No podía entender, era tan impredecible.
—Todos tenemos un pasado al que no queremos volver.
—¿Ya no te atormenta?
—Siempre hay cosas que nos atormentan, asuntos sin resolver, cabos sin atar, cosas que quisimos hacer y que nunca hicimos.
—Pero pasan… ¿verdad? —Dijo con un dejo de melancolía. Ella había querido hacer tantas cosas con el, pero ya no se podía. Había pasado el momento.
—Y no se puede volver atrás. Hay que vivir con eso, y olvidar. Tratar de hacer las cosas bien desde luego.
Lin sonrió extrañamente. —¿Por eso te vas a casar con Kagura Touma?
—Es su hermana.
—Es un golpe bajo...
—¿Cómo lo sabes?
—Es obvio, odiaría que mi hermana se casara con mi ex. —Trató de bromear ella.
—Me voy a casar con ella para hacer algo por mi vida, sabes… tengo 29 años… voy a cumplir treinta y todavía no hago nada bueno.
—¿Quién te apura?
—Todos.
—Pero no la amas, ¿por qué casarte con ella?
—Es la única que quiere estar conmigo sabiendo todo lo que pasó.
Ella lo pensó mucho. —No puedes saberlo... —No podía afirmar aquello. Podía haber alguien que se moría por estar con el para siempre. Podía haber alguien que fuera capaz de darlo todo por una palabra de el.
—Tomaré el riesgo. ¿Qué harás tú?
¿Con respecto a qué? —Seguiré con mi vida.
—Pero estás aquí.
—Sólo de visita, ya debo irme.
—No quiero que te vayas. —Lanzó Sesshomaru.
—Eres el pasado que no quiero recordar. —Ella escudriñó su rostro y se ancló al ámbar profundo de el, porque no había nada que necesitara más en la vida. Sesshomaru, a su vez, observó el chocolate acongojado de su mirada espectacular y no pudo despegarse de ella.
Si ella pudiese olvidar todo lo malo que él le había hecho sería… —Quiero que lo olvides. —Farfulló con voz casi inaudible, hipnotizado por ella, por sus labios rojos, carnosos y húmedos, por sus pestañas extensas y su piel morena que se veía tan suave, que se olía tan deliciosa y debía saber tan exquisita. Quería que nada hubiera pasado ni en la vida de el ni en la de ella.
Todos querían tantas cosas, ¿verdad? Tantas cosas imposibles, cosas inevitables, cosas no correspondidas, cosas sin causa, sin razón y sin consecuencia. Ella quería que el no se casara. Que la mirara de repente y le dijera que se quedase con el para siempre, que la quería de nuevo, que el tampoco soportaba vivir solo, que la necesitaba… pero eso no significaba que por desearlo tanto y sólo por eso, ocurriera. Podía desearlo con toda la fuerza de su alma y sin embargo, no iba a suceder, porque la vida era así, más difícil, más cruel, sin revanchas, sin flash back al pasado, sin treguas, de modo que quien la vivía se quedaba también sin esperanzas. La esperanza era un ideal de niños. Con esperanza no lograba hacer nada, no le servía para ser feliz.
No era fácil olvidar, aunque lo estaba logrando poco a poco. Sola, sin la ayuda de nadie, sin compartir su karma con nadie. En ese momento estaba brotando tardíamente, luego de años humillada, luego de tormentos, luego de tanto dolor. El sabor amargo de ese dolor todavía le obstruía el aire, le envenenaba la boca, le quemaba el gusto. El pasado era calculador, y no daba tregua. Era tan difícil de dejar atrás.
Él no podía pedirle aquello. No a una Lin que se sentía tan sucia, tan tonta, tan usada y abusada, y engañada; tan indigna y fea. Tan sola. No podía pedirle eso cuando se estaba muriendo de miedo.
—Olvidar el pasado es mucho más complejo, ¿sabes? —Sesshomaru sabía que había tocado un tema difícil con su boca enorme y desubicada. Era un ególatra. Era obstinado con ella y le hacía siempre daño.
—Podría ser mucho más fácil… —Quiso decir, si te esforzaras, pero calló. No tenía el derecho. No sabía si ella se había esforzado más allá de lo que hicieron juntos.
—Lo llevo aquí. —Indicó. Sesshomaru vió como su dedo rozaba su boca y bajaba sin llegar a tocar por su cuello e iba más abajo, y más abajo, y entendió. Llevó su mano hasta la de ella y la detuvo cuando iba a llegar a la parte baja del vientre.
—No sigas.
—Lo llevo en mi piel. —Lo miró enojada y retiro la mano. —Lamento que no me sea tan fácil. —Exclamó lacerante.
—Siempre quise ayudarte.
—Pero te fuiste ¡y no es fácil dejar de tener pesadillas con hombres que te tocaron como hacen los amantes! ¿Sabes qué se siente? —Sesshomaru se asustó de su reacción feroz. —¡Repugnancia, asco… tanto miedo!
No pudo articular nada. No tenía nada que decir a aquello. Todo lo que decía se iba en su contra. ¡Por Dios! Si todo fuese más fácil, si ella no fuese una persona tan complicada. El siempre había querido ayudarla, nunca pudo perdonarse por abandonarla. ¡Sólo quería que ella estuviese bien! Y ahora decía esas palabras que… que no había dicho nunca antes y que le rompían el corazón en mil pedazos, y hacían que se sintiera como una mierda de persona por no haber llegado al fondo de aquello cuando había tenido la oportunidad hacía meses.
—¿Sabes cómo se siente esperar un hijo de alguien que no te ama? ¿Sabes qué se siente no recordar nada? ¿Sabes qué se siente estar sola? —Lo acusó enojada. Él no podía comprenderla. No podía ayudarla. No podía olvidar como el decía. Tenía que irse de allí porque el la lastimaba, porque el era tan ingenuo, porque el siempre quería entrometerse en dónde no había lugar a nada.
—Sí. —Murmuró y la sílaba monótona causó eco en la cabeza de Lin.
Evitó su escrutinio. —…Son soledades diferentes.
—Es lo mismo.
Lin se levantó del sillón y buscó sus cosas lentamente. Abotonó bien su abrigo y pasó una mano por su cabeza complicada, igual como lo hacía el cuando estaba intranquilo y nervioso.
—¿Ves que es lo mismo? Por eso te vas… —Bufó Sesshomaru. Lin, que estaba de espaldas se detuvo en medio de la casa. Tenía miedo, sentía un temor de ser descubierta que no había sentido antes y quería huir, mas no era capaz de salir de esa casa que antes le había pertenecido tanto como el. Tomó aire muchas veces pero eso no apaciguó la incertidumbre de su pecho y de poco se hizo más necesario, tan necesario que de repente se sintió morir, mareada, botada, estúpida, susceptible de el, como antes, como siempre, deseando que la quisiera y diciéndole que la odiase, que la dejara ser libre cuando su libertad estaba en la paz que le daba el. Quería ese aire que venía de el, de vida, de cariño, y quería más y más y más, y luego, lo quería a el. Y eso era enfermo… iluso, el era inalcanzable, era imposible, era…
Era el error de su vida. Enamorarse de el era el error de su vida, y todavía no lo admitía y ya le quemaba, y ya la destrozaba, porque estaba harta de estar sola y necesitarlo, de clamar en silencio e inconsciente por un hombre que no le iba a pertenecer nunca, de desear lo imposible, y de querer siempre lo equivocado cuando la vida había predispuesto otra cosa para ella, otra cosa que nada tenía que ver con sus ilusiones de pequeña. Algo muy lejos a la felicidad que le robaba el.
Y el aire se le acababa en ese lugar, y la vida se le iba, y el dolor se la tragaba, y entonces sólo quería irse, sólo necesitaba un poco de aire. Aire puro, aire que no llevara a Sesshomaru hasta su nariz y la pusiera en contacto con su esencia.
—Necesito… —Se dirigió hasta la ventana como alma que se lleva el diablo al infierno y la corrió para lanzarse a la baranda del balcón. Necesitaba pensar, para que se volaran todas las sensaciones que él despertaba, para dejar de confundirse, para saber qué estaba ocurriendo, qué le estaba ocurriendo a el. ¿Por qué se tenía que comportar así?
¡No era lo mismo, maldita sea!
—No quiero verte más.
Eso era imposible. ¡El no lo iba a permitir! Ahora que estaba de vuelta…
-Vete entonces. —Artículo duramente desde su sillón, a tres pasos de la ventana abierta y el aire gélido que parecía que venía de la tormenta en la que ella estaba convertida lo golpeó. La estaba echando. ¡La estaba echando! ¿Por qué tenía que tratarla así? ¿Por qué no podía abrasarla como antes si lo quería tanto? ¿Si lo necesitaba de esa forma tan engorrosa? El no entendía como ella se sentía, tan… tan…
—Nunca te sentiste solo porque nadie te ama. —Manifestó contando las luces de la ciudad, todas encendidas, de diferentes colores; y tratando de esconder la respiración lejana de el en el bullicio de ahí abajo, donde había gente que vivía la vida sin preocuparse de nadie, mas que de ellos mismos. Donde había gente que luchaba por obtener un mínimo lugar en el mundo.
Sesshomaru Taisho observó su cabellera, su espalda, sus manos… ¿Cómo no iba a haber al menos una persona en el mundo que la amase? Era una locura. El mismo no había conciliado el sueño durante meses porque ella estaba lejos, porque ella estaba sola, porque el estaba sin ella, porque se había impregnado en su vida, en su mañana, en su tarde, en su noche, en sus sueños, en sus sentimientos, en su cabeza, en su cerebro, en su corazón, en sus entrañas, en su piel. Recordó aquella remota noche en el restaurante en que probó sus labios por arrebatado, por no poder dilucidar frente a su mirada, frente a su postura férrea y a su carácter explosivo, frente a ese chocolate caliente que jugaba junto a sus pupilas intensas y profundas, que decían tanto, que a veces decían nada, o querían decir demasiado, que solían bañarse en salmueras por los caprichos de una vida que era inconsecuente, que estaba equivocada, que había tomado mal curso, y que había arruinado la inocencia de ella que era la más inocente a pesar de todo.
Había una persona que la amaba y que no lo sabía aún, que no lo quería admitir, ¿verdad? Una persona estúpida y orgullosa, hiriente, hostil, subyugadora, testaruda y estúpidamente tonta. Una persona que se moría siempre por abrasarla, y besarla, y decirle al fin y al cabo y de una vez por todas que todo, absolutamente todo había acabado, que empezaba de nuevo, que no le importaba si ella estaba sucia. Que empezaran juntos, que ese era su lugar en la maldita vida, que no se marchara nunca y que no podía vivir sin ella.
Pero era cobarde. Pero no quería consentirlo. No quería hacerle daño con sus desatinos, con su descontrol, con su furia tremenda, con su soledad enfermiza y sus vicios inoportunos. No quería que ella sufriese lo que el sufría. Sólo quería que estuviese bien, y feliz, y había decidido antes que si era feliz con otro hombre y con una nueva familia, en otro lugar… que se fuera, la había dejado a su suerte y a regañadientes porque había querido que se fuera con Kohaku. Pero eso no había pasado y había regresado. No había servido de nada. Su punzante sacrificio de dejarla a otro no había funcionado y se había atormentado por nada.
Y entonces aparecía de repente, sin previo aviso en una vida que trataba de convencerse que ella sólo sobraba, y le decía que no había nadie en la pavorosa vida que la amara. ¡Si el la amaba tanto que era imposible amar más! La amaba tanto que le dolía, la amaba tanto que se le salía por los poros, que se le escapaba en el aire que exhalaba, en el olor que destilaba, en las lágrimas que se le escabullían y en las ojeras que se le formaban debajo de los ojos de tanto pensarla. La amaba tanto que nunca la había podido olvidar, a pesar de bañarse día y noche para borrarse sus abrazos, a pesar de besar otros labios para quitarse el tacto de los suyos, a pesar de ventilar la casa mil veces para que el viento se la llevase, para que su presencia se marchara, para que se fuera para siempre y lo dejara morir de viejo y de solo, en paz, de una puta vez.
Nunca lo había logrado, por eso la había llevado casi a rastras a tomar un misérrimo jugo de frutilla roja y dulce como su boca, como su exquisita boca que estaba tan lejos, tan reahuyente de el, tan empecinada en otras cosas que no eran el.
—Si me sentí solo. —Escuchó como ella lloraba sin atreverse a voltear. Tenía su mano tapando su boca y abrazaba su cintura. Miró a otro lugar. —Porque TÚ no me amabas. —Declaró a la distancia. Lin dio un paso y se volteo, apoyándose en la baranda.
¿Qué rayos estaba insinuando ahora? ¡¿Hasta cuando le daría ilusiones y falsas promesas y esperanzas de amor?! ¡Era tan malo! ¡Era tan hiriente! ¿No se daba cuenta que le dolía, ¡que le desgarraba el corazón con cada letra!? Que acababa con ella cada vez que abría la boca para decir esas… esas mentiras. No quería verlo ahí, no quería que estuviese allí, quería…
Vio con pavor como él se levantaba y dejaba el sillón atrás, cómo buscaba sus pupilas aterradas y daba un paso y otro, avanzando y avanzando hasta estar en el balcón donde estaba ella, sin detenerse, sin dejar de asecharla. Y estaba anacrónicamente frente a sus ojos, mirándola como nunca antes lo había hecho. Mirándola como siempre había querido, abrumándola, queriéndola, apoyándola… El se rió sanamente de cómo ella retrocedió hasta que el metal no lo permitió, y ella sufrió, porque quería que estuviera tan cerca como para no volver a separarse y tan lejos como para no dañarla, aquél era su miedo, miedo a sufrir, a admitir y luego llorar, a no poder volver a la vida sin el.
—No quiero que sigas. —Rogó ansiosa.
—¿Seguir con qué? No estoy haciendo nada. —Puso sus manos en el fierro por ambos lados de su cintura.
—¿Por eso te acercas así? —Lo acusó. ¿Qué ganaba con acortar la distancia de esa manera? ¡No ganaba nada con obligarla a respirar su aliento!
—No importa. —Parló conmovido, hipnotizado.
Su risa burlona no iba a desaparecer, ¿verdad? ¡Se estaba burlando de ella¡ ¡Claro que importaba si se acercaba así! ¡A ella le importaba! ¡Por Dios! ¡Se iba a hiperventilar ahí mismo y él no iba a ayudarla! Su corazón iba a explotar y todo por sus caprichos!
—¡Déjame en paz!
—¿No entiendes que yo también estoy solo? —Lin quiso llorar de impotencia. ¡No estaba solo! ¡Iba a casarse en un mes y unos días! ¡Iba a ser de otra maldita mujer que no era ella!
—No estás solo. Tienes una mujer ya… —Le informó para que el se alejara, porque que el lazo de el ámbar encendido a las brasas no podía desatarla, y le quemaba por dentro, le picaba, le ardía en la garganta, le ardía en el rostro y le ardía en el cuerpo.
Sesshomaru la miró como a la alborada del día en que nació, como a una madre, como a una amiga y como una mujer, como la mujer que el quería, como la mujer amada, la mujer de la vida, porque la amaba y ya no podía hacer nada. Porque había perdido la guerra contra el mismo, porque ya no tenía fuerzas para convencerse de que sólo la quería. La amaba, la deseaba, la necesitaba, la añoraba, la veía en todas partes. ¿Es que aquello no era estar loco por alguien? —No es la que yo quiero.
Se le escapó un sollozo. No podía resistir esa tortura de tenerlo en frente, tan cerca, tan hermoso y sin poder tocarlo, sin saber que era suyo, sin poder amarlo. —¿Qué demonios quieres entonces?
No le respondió. La escrutó con fervor y Lin… Lin se abalanzó sobre sus labios con locura, con devoción enfermiza, con todo el sentimiento que tenía guardado en su pecho desde el alejado día en que él había ido por ella al orfanato, que había ocultado detrás los gritos y reproches sin fin, que había tratado de evadir detrás de el silencio, del llanto, detrás de otros problemas, tras su dolor interminable. Y el le correspondió. No había necesidad más grande que la de sentirlo ahí, que la de que el supiera que ella agonizaba por dentro por no poder estar con el, porque era de otra, porque no podía ser de ella. Enlazó sus brazos en su cuello porque la vida se le iba si no lo tocaba, si su piel no sentía la suya, si estaba un minuto más sin tenerlo, y el… el le respondió.
Le dedicó una última sonrisa antes de dedicarse a buscar las fuerzas para irse de allí, pero Sesshomaru tomó su muñeca suavemente, la acarició con uno de sus dedos, y la miró con mar de sentimientos que era más grande que el universo, y Lin volvió a perder el rumbo, y los objetivos, y los sueños, y todo, porque en el instante en que él comenzó a acortar la distancia de nuevo, y a estar cada vez más cerca, más cerca, más cerca… quedó prisionera del bálsamo gutural, bochornoso, apabullante que era el murmullo de su beso. Y el olvidó las fronteras porque sabía que si lo había besado una vez, lo amaba tanto como el la amaba a ella, con fuerza, con ímpetu, con locura, con todo el tiempo que habían estado separados, no disfrazó la lágrima lacerante que lustró su mejilla, porque ya no podía ser más feliz… Lo tenía todo. La tenía a ella.
Y sus labios se unieron a los suyos como recordó los sueños que se olvidan al despertar, y el contacto era tan suave y enloquecedor que de repente ya no lo quería dejar nunca más. Su lengua se adentraba en su boca como su presencia y encendían un bailoteo lento, parsimonioso, suave, un roce que despertaba las neuronas, que excitaba todo el cuerpo, que despertaba los sentidos y hacía tamborear el corazón. Y la pesarosa vida había dejado de agobiarla. Y había encontrado su lugar, su casa, su hogar, la zona a la cual pertenecía. Ése era su lugar, con el, en sus brazos, en su vida.
Entonces ella dejaba de ser una extraña, dejaba de ser una chiquilla, dejaba de ser nadie, y era la mujer de el, dejaba de pertenecerle a la tristeza. Y lo amaba tanto que no era suficiente, lo amaba tanto que lo necesitaba como necesitaba respirar. Lo amaba tanto que era inaguantable. Lo necesitaba tanto que era un desastre sin su ayuda, que le hacía falta, que sólo quería regresar con el, verlo en la mañana y sonreírle, darle los buenos días y un beso de saludo, en los labios, en el rostro, en el cabello, hasta cansarse, hasta que ya no le quedaran fuerzas, hasta que no pudiera amarlo más. Y Sesshomaru se volvía un loco, y exploraba su lengua, y se iba sobre ella y con sus manos tocaba su mejilla, su cabello, su rostro, su cuello, como un desesperado, como si fuese a desaparecer de un momento a otro, como si estuviese ahí sólo por un segundo, como si fuera la persona que más amaba. Y es que tal vez, el la amaba de esa misma manera, ¿verdad? Y se sintió tan feliz…
Y quiso llorar de la emoción, de la extenuante revelación, de un sueño inconsciente hecho realidad. De una vez por todas tenía a ese príncipe medio indeciso que la rescataba de todos sus problemas, venía con ella aquél Robin Hood que le tendía la mano, ese Superhéroe que protegía a la damisela en peligro. Sonrió, besó sus mejillas, su cara, sus ojos. No quería que acabase jamás, que el la rechazara y le dijera: "¡Oh, por Dios, Lin! Esto es un grave, un gravísimo y desastroso error".
Entonces despertó. Abrió los ojos avergonzada, con ganas de morir por su estupidez y por su descontrol ingenuo, él la estaba mirando unido a ella, frente con frente. El estaba… ¿feliz? No estaba enojado ni indignado. Estaba feliz, no podía equivocarse.
—¿Qué quieres? —Le preguntó Lin, para asegurarse que no era una fantasía. ¿Qué quería a fin de cuentas?
Sesshomaru enrolló sus brazos en su espalda y la apegó aún más si es que se podía. —Que me quieras… —Y estaba emocionado, sentía su pecho palpitar de tal forma que sus ojos querían lagrimear.
Kagura Touma se quedó sin aliento, cuando regresó furiosa porque su prometido la había plantado en la ceremonia en la que sería presentada como la futura y feliz esposa del hombre que amaba desde que lo vio de la mano por primera vez con su hermana gemela. No le había contestado el teléfono porque estaba con ella, porque al fin y al cabo había ido a buscarla, porque no había aguantado más y ella no había podido retenerlo, ni enamorarlo, ni conquistarlo, ni lograr que la amase aunque fuese la cuarta de lo que amaba a su hermana, o aún menos de lo que amaba a esa chiquilla. No lo había logrado porque la amaba demasiado, porque ella no tenía oportunidad con su recuerdo en la casa, con sus revistas sobre la mesa, con sus fotografías por todas partes, en la sala, en la habitación, en la cocina, en la cabeza de el, en sus bolsillos, en sus pensamientos, en su carne. Ella no tenía alternativa con ella en ese balcón con el, correspondiéndole, amándolo tanto como el a ella. Ella no tenía opción.
Salió del departamento sin meter bulla como había entrado, aunque si hubiese hecho un escándalo de todos modos ellos no lo hubiesen notado. Lo que más le dolía de todo aquello era que lo sabía, era que siempre tuvo presente que el estaba enamorado de otra. Trató de retener el llanto desconsolado que se le escapaba por todas partes. Lo sabía cuando el dormía, cuando se quedaba hasta tarde mirando las estúpidas fotografías, cuando el no quería arrancar el cuadro de Kaguya de su habitación. Sabía que no cabía una tercera mujer en su vida. Sabía que no tenía lugar y que no correspondía. Pero era terca y obstinada, testaruda, e insistía en que el alguna vez se enamoraría de ella, y la amaría con esa obsesión loca y sin sentido que ella tenía por el. Lloró porque todo era tan falso que su vida era una completa mentira, y porque no era capaz de entrar y reclamar a su prometido para evitar una humillación. No iba a sufrir la vergüenza de ser la engañada. Sólo aceptaba haberse engañado ella misma y era suficiente.
Se asustó. Gimió de terror porque nunca le había pasado aquello, el le estaba sonriendo y se reía con calidez. Se asustó porque nunca se había sentido tan cerca de una persona que casi parecía que la complicidad los hacía uno solo.
De repente la soledad se había vuelto un frío recuerdo de antaño.
Sonrió. —Pero si ya te quiero.
Sesshomaru la besó como si no hubiese un mañana, de tantas veces que había querido hacerlo y había tenido que resistirse. De tantas veces que había tenido que luchar con sus instintos y con el autocontrol para no hacerla suya, para dejarle su espacio, para no comérsela a besos, para darle su tiempo, para convencerse de que no le interesaba.
—Te amo. —Se escuchó y nunca se supo si la fuerte declaración era de el, que lo tenía atragantado durante tanto tiempo, o de ella que lo sentía tan fuerte que tal vez su sentimiento se materializó en fonemas que salieron al aire en frecuencia modulada.
Lin sintió como el intensificaba ese contacto que al fin era real, que había deseado tanto sin saberlo, y adentraba su lengua dentro de su alma, y besaba su corazón, y abrazaba todos los dolores que podían existir, y curaba las llagas y… Sesshomaru dejó de acariciarla y admirarla y tenerla, y se perdió en su mirada, en el regocijo de escuchar aquello, de saber que todas las malditas heridas que lo habían atormentado estaban sanadas; en la noticia de saber que el pasado era pasado y el presente era hermoso y aseguraba un futuro feliz. Feliz al fin y al cabo.
—A los dos…
Los ojos de Lin se volvieron Sol, su cuerpo se volvió vida, su hijo se transformó en dicha y su corazón dejó su aspecto roto, porque al fin, después de tanto y tanto sufrir, obtenía una sonrisa, obtenía Luz y esperanza, porque el pasado era pasado de una vez por todas, y había dolido lo suficiente como para olvidarlo y seguir renovado hacia adelante. Al fin la vida le había dado una tregua, para que sus lágrimas dejaran de manchar la tierra y estaba feliz, estaba plena, estaba linda, maravillosa, lista para comenzar de nuevo con un hombre que era más de una decena de años mayor que ella que también se había vuelto grande, adulta, mujer, pero que había dejado pequeño cualquier percance y había llegado a su vida como por arte de magia, en la peor de las situaciones, en el peor de los momentos, justo cuando sus heridas sangraban más que las montañas con sus ríos tormentosos y cuando estaba a punto de rendirse.
Sesshomaru la miró a los ojos, acarició su vientre que tenía más de ocho meses de más y que iba a explotar en cualquier momento, y comprendió, que la revancha que estaba obteniendo era su última oportunidad, y bastante había deseado cosas imposibles, querer traer el pasado al presente y añorar cosas que ya no existían. La vida continuaba en todo su esplendor, y había derrochado los mejores años de juventud por una causa perdida, por una culpa cruel del destino. Aceptó que los errores se cometían a diario, y que condenarse por ellos era ser mezquino a las demás cosas buenas que llegaban por azar, como Lin, como Lin y su carácter explosivo que no podía controlar con odio, como esa chica que de tanto tratar de sanar lo había sanado a el.
Después de todo, las grandes pruebas de la vida, se superaban mejor en parejas que sólo se podían formar cuando la amplitud del amor fuera tan grande que superara todas las barreras, todas las condenas, todas las heridas, todos los malos entendidos, todos los gritos, los odios, los engaños, los vicios, los reproches, los mal amores, las culpas, las distancias, las mentiras, y los sentimientos omitidos que no saben estar guardados.
FIN
A todos los que se tomaron el tiempo de leer esta historia, muchísimas gracias por esperar tanto tiempo. Este es un fanfic que empecé a mis 13 y terminé a mis 18. Tenía pensado editarlo y convertirlo en algo mejor, pero aprendí que no debo sentir vergüenza por cómo escribía en aquella época, sino orgullosa por los pequeños avances que logro cada día. Lo único que lamento es que tuvieran que esperar tanto para poder ver un final feliz.
Este fanfic se centra en una historia de amor entre dos personajes orgullosos y llenos de defectos se encuentran para complementar sus vidas. Espero que todas aquellas personas que hayan sufrido algún tipo de abuso sexual puedan sacar algo bueno de esto y recomenzar sus vidas desde un punto saludable, en donde el pasado ya no sea el protagonista, sino la verdadera esencia de cada uno. Soy parte de este gran grupo de personas y esta fue mi forma para sacarlo fuera, un regalo para otros, una historia de amor en donde sí se puede ser feliz. Hoy, a mis 26 años, me declaro inmensamente feliz y capaz de amar y ser amada.
Esperando haber tocado sus corazones, me despido con un abrazo y un beso para cada una de las lectoras.
Actualmente, pueden leerme en mi blog personal triple w, claudiagazziero punto com.
¡Hasta pronto!
