29º Como de costumbre...
La noche descansaba en cada rincón del colegio de magia...
Hermione se despertó en su habitación y se incorporó exaltada... Tardó varios segundos en reaccionar. ¿Lo había soñado todo? ¿De nuevo? Iba a abrir el dosel de su cama cuando rozó algo que estaba junto a ella en la almohada. Lo tomó entre sus manos y una sonrisa se dibujó en su rostro al ver de lo que se trataba: una rosa moyesii... Aquella clase de rosa que amaba y tantas imágenes le hacía rememorar. Cuidadosamente la colocó de adorno sobre la cabecera de la cama, acariciando sus pétalos con delicadeza al alejar sus dedos de ella.
Aún con la sonrisa en los labios, decidió que ya era hora de levantarse. Cuando se miró en el espejo, recordó el sueño que había tenido varias noches antes, y sin ayuda de ningún libro más se dio cuenta de que simplemente no había sido un sueño. Lo había comprobado al llegar por segunda vez desde las habitaciones de Snape a su cuarto, sin saber cómo. Le extrañaba un poco desconocer ese hechizo pero le parecía curioso, y útil, para qué negarlo... No podía evitar sentirse como una chiquilla enamorada, sus dos personalidades parecían en lucha constante, sin comprender que no se trataba de crear un conflicto, sino de intentar que se complementasen… Parte racional y parte emocional unidas por el amor. Pero era demasiado temprano para pensar temas tan metafísicos, sobre todo sin haber desayunado aún…
Como de costumbre a esa hora el gran comedor estaba prácticamente vacío. En un acto reflejo, tras la frecuencia con que lo realizaba, buscó con la mirada a su profesor en la gran mesa, pero éste, como últimamente, no estaba allí. Desayunó ligeramente, y luego, tras recoger de su habitación su bolsa con lo necesario, se dirigió hacia la biblioteca, aquel lugar tan conocido ya por ella. Por el camino, como si de un deja vù se tratase, se encontró con Snape tras doblar una esquina. Ella se detuvo, esperando que él hiciera lo mismo al acercarse. Él le dedicó una cálida sonrisa y un gesto amable con la cabeza, pero no se detuvo. Se sintió contrariada, para qué negarlo, demasiado contrariada. Temiendo volverse loca al comenzar a pensar en cosas sin sentido, simplemente alejó todas aquellas absurdas ideas de su mente e intentó comprender que lo que había sucedido era lo más normal del mundo. Al fin y al cabo no podía esperar que se estuviesen dando arrumacos por todas las esquinas. No un profesor y su alumna. No Severus Snape y Hermione Granger. No ellos dos.
Entró en la biblioteca y tomó asiento en el mismo lugar de siempre. Y como de costumbre, era la única ocupante del recinto. Algo bastante normal debido a que era domingo, y esos días de la semana normalmente se tomaban para descansar, no para estudiar (o intentarlo) aunque estuviesen a punto de ser devorados por los exámenes.
Entre párrafo y párrafo recordaba lo sucedido la noche anterior y no podía borrar la sonrisa tonta que todavía la acompañaba. Era tan absurdo y tan maravilloso a la vez... Se dio cuenta de que lo único que deseaba era estar entre sus brazos de nuevo, sentir su calor, que su perfume inundara su sentidos, que sus manos se entrelazaran...
Sin pensarlo dos veces se levantó del asiento y recogió todas sus cosas, echándose la bolsa a la espalda y saliendo de la biblioteca como si en alguna estantería se hubiera declarado un incendio.
Pronto llegó ante la puerta de las habitaciones de su profesor. Tocó suavemente con los nudillos, en lugar de utilizar la aldaba.
Su corazón latía con fuerza y no podía evitar una media sonrisa.
No pasó mucho tiempo hasta que se abrió una rendija, y Snape, casi sin mirar quien lo visitaba y observando a lo lejos del pasillo, abrió la puerta de golpe, sujetó a la muchacha del brazo y la arrastró hacia sí con rapidez, cerrando de nuevo la puerta rápida pero silenciosamente.
Poco después, Hermione tenía los ojos cerrados y se aferraba fuertemente a los costados del mago. Había apoyado la mejilla sobre su pecho y aspiraba profundamente, como había deseado pocos minutos antes, el perfume que lo envolvía. Despacio separó la túnica, que estaba desabotonada, y metió las manos por dentro, rodeando a Snape por debajo de ésta. Notó como lentamente se calentaban sus manos, que estaban heladas por los nervios. Un impulso quiso dar un paso más y sacar la camisa de dentro de los pantalones para tocar la piel del mago, pero no supo cómo, logró controlarse (hecho que agradeció). En sus más profundos pensamientos aquello no era más que un simple rapto provocado por las hormonas, y por un instante, temió que su actitud le pareciera infantil o impropia a Snape.
Él, sin embargo, respiraba despacio, sintiendo toda la mezcla de sentimientos que aquella chiquilla le provocaba. Pasó los brazos alrededor de su cintura, acercándola más a él si cabía. Su inocencia lo hacía recordar los momentos más felices de su vida, rejuvenecía su alma. Le hacía sonreir.
–Hola...- susurró.
Hermione sonrió para sí, y lo miró a los ojos. Él sonrió cálidamente, aunque se notaba que no tenía demasiada práctica en ello. Se acercó a los labios de la joven cerrando los ojos y la besó. Con tanta dulzura como la primera vez, pero con más ansiedad y pasión. Se separó bruscamente de ella, asustándola, y giró la cabeza hacia un lado, frunciendo el ceño. Hermione se preocupó.
–Tenemos que hablar...
–Si, lo sé… Siento muchísimo haber aparecido aquí sin avisar… Siento mi comportamiento infantil, yo… Pero, debes comprender que todo esto es nuevo, es algo que yo nun...
–No es por eso.– Contestó él, interrumpiéndola, a la vez que su mirada se tornaba dulce y melancólica. Ella suspiró.
–¿Entonces…?– Hermione, desconcertada, se sentó en la silla enfrente de la mesita, y él en el sofá. Igual que el día anterior, pero intercambiando las posiciones.
–Sabes todo lo que siento… Yo…– Hermione sonrió, sin olvidar la preocupación que esa situación le provocaba, pero intentando alentar a su profesor a continuar. –Más que nadie, desearía que estuviésemos juntos todo el tiempo, y cuando digo todo, estoy hablando literalmente. Pero…
La muchacha sintió que una flecha invisible entraba por su pecho y comenzaba a atravesar su corazón. ¿Pero? ¿Pero qué? ¿Qué más podía pasar? ¿No estaba todo ya claro?
–¿Todavía existe algún "pero", Severus…?– Dijo ella con gravedad en la voz. Incluso a ella le sonó extremadamente extraño.
Él la miró con incomprensión y sorpresa. Buscó las palabras más adecuadas para decir lo que debía sin herirla.
–No todo es color de rosa como quisiéramos, Hermione. No te voy a decir que no estemos juntos nunca, si es eso lo que crees. Sabes que es lo que más deseo… Simplemente debes saber que una relación entre un profesor y una alumna no está bien vista en ningún sitio.
–No… Yo…– Hermione no sabía qué decir. ¿Cómo nunca se le había ocurrido pensar en eso? De repente se sintió acalorada y avergonzada… Era tan infantil, tan poco previsora en ese aspecto. Todo lo que era como estudiante lo perdía a la hora de combatir con sus emociones.
–Simplemente, debemos tener cuidado…– continuó el mago –Vernos lo menos posible y con cautela hasta que el curso acabe. Tampoco es tanto tiempo, pequeña.
La castaña no sabía qué sentir. Le decía que no debían verse demasiado hasta que se acabase el curso (¡más de un mes!), pero a la vez la llamaba de aquella manera que encendía en su cuerpo sensaciones que jamás creyó poder experimentar.
–¿Nada que decir?– Preguntó el profesor.
–¿Lo menos posible no significa en ningún momento, verdad?– Preguntó ella apresuradamente. Las palabras ya habían salido de su boca cuando se dio cuenta de que debía haberlas pensado antes de soltarlas… Ahora Snape iba a pensar que era una adolescente impaciente incapaz de controlar sus ansias.
–Desde luego… Que no.– El mago se mordió el labio inferior y ella se estremeció –simplemente, debemos ser precavidos. Nadie, ni profesores ni alumnos, debería saber nada.
–Quien espera una semana espera una eternidad, ¿no es cierto?– Dijo ella intentando sonar tranquila.
–Yo puedo esperar, ya lo he hecho. La cuestión es que tú también puedas.- Snape la observó atentamente, esperando su reacción.
–¿Por quién me tomas? ¿Por una adolescente enamoradiza a la que se le pasa el capricho en dos días?- dijo ella dulcemente pero con convicción.
–Nunca he dicho eso.– Contestó él secamente.
–Soy capaz de lo que sea...– Hermione estuvo callada durante algunos segundos –Lo único que me preocupa en realidad es que no seamos capaces de sobrellevar esa situación. Nada más.
–No tiene por qué. Simplemente deberíamos comportarnos uno con el otro como hemos hecho siempre, como de costumbre… Quiero decir, trato frío y antipático. –Snape sonrió cómplicemente a la muchacha –Luego ya…
–Pero podríamos vernos a solas, por ejemplo, quiero decir... O sea, a ver…– Hermione se había atropellado con las palabras. Lo único que quería era quedar a solas con él de vez en cuando, pero en esos momentos seguía creyendo que él pensaba que era una chiquilla incapaz de contenerse.
–Siempre que nadie se entere, sí. Lo deseo.
Ella sonrió complacida, pero de pronto alguien tocó la puerta y su expresión cambió drásticamente.
-¡Enseguida!- contestó Snape, y le hizo un gesto con la cabeza para que se escondiera en sus habitaciones. Ella obedeció ipso facto, cerrando la puerta tras de sí, por lo que no puedo escuchar quien entraba ni de lo que hablaban.
Aquella era una situación digna de ser retratada en fotografía móvil. Hermione, conteniendo un poco la respiración, se sentó tímidamente en la cama de su profesor, intentando memorizar cada detalle de la estancia, para no olvidarlo jamás. Suavemente, pasó su mano sobre el cobertor de la cama, sintiendo su tacto no solo con un único sentido. Sonrió abiertamente, y se echó de espaldas sobre la cama, abriendo los brazos a todo lo ancho de la misma. No quería pensar más, solo sentir, vivir cada momento. No merecía la pena volverse loca pensando en lo que pasaría y no pasaría: ya estaba bastante claro. Esperaría lo que hiciera falta. Haría lo que fuese necesario. Porque Hermione Granger amaba profundamente a Severus Snape.
La puerta se abrió sigilosamente, y sin que ella se diera cuenta, Snape la contempló brevemente. Despacio, se acercó y se sentó al lado de dónde estaba acostada. Cuando ella hizo el amago de incorporarse, él la sujetó (más bien metafóricamente, porque fue solo un leve toque) y ella no se movió. Se miraron y él se echó a su lado, simplemente tomando su mano. Uno al lado del otro sobre aquella enorme cama, que recordaba a un césped en invierno. La mano del mago acariciaba la de la estudiante, intentando traspasar a través de las yemas de sus dedos todo lo que sentía: todo el amor, y toda la pasión que nunca nadie jamás ha sido capaz de imaginar. Sonrió, no comprendiendo como podía contenerse. Pero aún no era el momento.
Ella se acurrucó a su lado, apoyando la cabeza en su hombro… Más tiempo del posible fue el que pasaron así los dos, sin hablar, sin moverse, solo escuchando la respiración del otro, sintiendo la tranquilidad de simplemente poder ser con quien es amado.
Snape se giró colocándose de lado, acariciando cada una de las facciones del rostro de Hermione. Frente, nariz, pómulos, labios, barbilla… Una y otra vez. Y ella, por primera vez sintió lo que era ser aceptada y amada sin esperar a cambio nada más que lo mismo.
Pasaron así horas. Compartiendo lo más importante que puede haber entre dos personas: El silencio. ¿Por qué? Porque si existe el silencio significa que todo lo demás es sabido. Que las almas se entienden. Que la unión es perfecta… Tácitamente, llegaron al acuerdo de soñar uno con el otro cada noche, cada día, cada hora. Mientras esperaban.
Y los días pasaron. Las miradas, fugaces, las sonrisas cautelosas, los encuentros casuales, los concertados… Hablaban, se miraban, se besaban… Compartían todo. Hermione en pocos días llegó a conocer a Severus como nunca hubiese creído, y cada vez era más increíble para ella, pero también más maravilloso. Aún así, la impaciencia crecía cada día en su interior. No podía dejar de estar en él, por el mero hecho de la prohibición. Como el niño al que le prohiben tomar galletas de un bote, e intenta de todas las formas posibles alcanzarlo, en lugar de tomar las que tiene a mano, las que su madre le ha dado.
Sin embargo, para los demás, todo transcurría como de costumbre. Harry, Ron, Ginny, Luna, Neville… Se comportaban como siempre, poco a poco habían aprendido a llevar aquello con toda la naturalidad del mundo, y casi dejaron de gastar bromas en relación a la pareja. Lo único que reprochaban al profesor era que ocupara ahora parte del tiempo que antes era para ellos… Pero al fin y al cabo, ¿Quién no se sacrifica, aunque sea un poco, por amor?
Esas dos semanas pasaron rápidamente para todos, excepto para ellos doa. En clase, en el comedor, en los pasillos. Se encontraban y se miraban con anhelo, concertaban citas cuando podían, intentaban encontrarse casualmente con el otro a toda costa… Y no veían el maldito momento de poder estar juntos.
Y algo totalmente inesperado (incluso en una historia como ésta)
En el aula de pociones, Severus y Hermione discutían acaloradamente sobre qué ingrediente era mejor para utilizar en la poción para ampliar la memoria, si el romero o unas gotas de limón… Se habían quedado a solas tras una clase, por culpa de una detención que Hermione se había buscado, referida a cierta torpeza inusitada a la hora de preparar una poción. Su discusión se basaba básicamente en pellizcarse el uno al otro cuando alguno de los dos decía alguna tontería, por lo que las risas resonabas por todo el lugar… De pronto, sin previo aviso, sin tan siquiera tocar a la puerta, el director Dumbledore se presentó en el aula. No hubo tiempo para reaccionar, las manos de la furtiva pareja se separaron torpemente, Hermione tropezó y calló al suelo infantilmente, las sonrisas de sus labios se borraron y la actitud de ambos cambió radicalmente. La expresión de Dumbledore no daba crédito a lo que creía estar viendo, pero su suspiro de alivio pareció escucharse en todos los terrenos del colegio.
-¡Oh vaya! Qué lúgubres parecen las clases cuando están vacías…- dijo, y tras sonreír, se dio media vuelta y salió de la clase sin más.
Severus y la muchacha se miraron atónitos, y ella sacudió la cabeza y se levantó enseguida para ir a buscar al mago.
-¡Profesor, profesor!
-¡Oh! Hermione, que sorpresa verte por aquí… ¿Qué tal esos estudios?
-Director, yo… -La muchacha no entendía la actitud del mago, y lo único que quería era arreglar lo que él podía estar pensando.
-Me alegra que el profesor Snape le esté concediendo su preciado tiempo en darle clases particulares. Lo apruebo total y eternamente.- Dijo, guiñando un ojo y mirando a su alumna con interés.
Hermione pensó que en ese momento lo que Dumbledore debería haber hecho era irse y no comentar nunca, jamás, nada… pero en lugar de ello, seguía frente a ella, con una mirada bañada con ternura y picardía.
-Sí… clases, clases particulares. Claro…- Ella intentó hacer un amago para preguntarle algo, pero esa vez el mago sí se dio la vuelta, murmurando lo que a Hermione le pareció algo como… "Al final todo acaba siendo como tiene que ser." Ella pestañeó, y se dio media vuelta.
Si alguna vez había dudado de la complicidad del director, ahora lo tenía todo muy claro. Había dejado bastante transparente su postura ante los acontecimientos… Severus y ella comentaron lo acaecido, sorprendidos pero aliviados… Ahora ciertas piezas encajaban, sobre todo las relacionadas a las preguntas formuladas cuando la joven estaba bajo los efectos del veritaserum.
Los días siguieron pasando fugaces como el aliento acelerado del aire en otoño… Los encuentros fueron escuetos pero intensos y nadie, nunca pareció percatarse de lo que existía entre aquellos dos enamorados. Era su destino, en aquellos momentos, vivir su amor prohibido con cautela.
Como era de esperar, Hermione y sus amigos superaron los exámenes, algunos con más esfuerzo y menos buenos resultados de los deseados, pero con la misma ilusión que el primer día de clase. Un nuevo mundo, por fin se abría ante ellos, pero antes, vivirían uno de los mejores veranos de su vida… Libres por fin, ansiosos, pero ante todo, llenos de renovados planes para el futuro.
El último día de clase acababa de comenzar. Todo era alborozo en el colegio. (Exceptuando algunas calabazas gigantes que parecían haber crecido en honor a los alumnos académicamente caídos)
La primera imagen de Hermione al abrir los ojos, fue una lechuza que se posaba sobre su almohada, y que la miraba con juguetones y brillantes ojos. Una nota en su pico, con lacre verde y apretada y fina letra, fue depositada sobre ella.
La abrió, impaciente. Su corazón dio un vuelco. Casi no había tenido tiempo para darse cuenta de que aquel, precisamente, era su último día de confinamiento para su corazón, hasta que la leyó.
"Hoy, después del desayuno, en el lago, junto al árbol.
-S-."
La joven se mordió el labio inferior con más fuerza de la pensada, y de un salto, se levantó, para ducharse, arreglarse y luego bajar a desayunar. El estómago no paraba de retorcerse, como si quisiera empezar a vomitar las mariposas que se arremolinaban en su interior, así que simplemente tomó un té con leche y dos galletitas de mantequilla. No ecuchaba las voces a su alrededor, las risas, las canciones, los fuegos artificiales… Nada tenía más importancia que aquella cita. Principalmente, porque nunca había quedado en otro lugar que no fuera las habitaciones del profesor. Ni tan siquiera habían visitado Hogsmeade… Y eso la inquietaba pero la ilusionaba a la vez… Tal vez, por ser el último día…
Absorta, subió a su habitación tras desayunar e hizo el baúl con sus cosas, guardando todo con un deje de melancolía en la mirada, pero con esperanzas de su inminente e incierto futuro. Libros, ropa, más libros, apuntes, sus cartas, más libros, su colección de plumas, pergaminos, zapatos y más libros. Llegó la hora concertada, y corriendo, bajó hacia los jardines del colegio de magia, tropezando con todo alumno que osara interponerse en su camino.
Le faltaba el aire de lo apresuradamente que corrió, y cuando se paró en las lindes del lago para tomar aliento, vio la sombra de alguien que estaba de pie cerca de un árbol. Al lado de la orilla, enfrente, como la primera vez que había quedado allí con él. Pero esta vez sería diferente. No como de costumbre.
Se acercó hasta él despacio, intentando no hacer ruido.
-¿Profesor?
Snape se dio la vuelta, con total calma, como si la hubiera escuchado llegar simplemente por el sonid de los latidos de su corazón. Tenía las manos tras la espalda y tomó aire para comenzar a hablar.
-Parece que ha recibido mi nota, señorita Granger. Creo que hay algunos puntos que tenemos que aclarar.
Ella estaba desconcertada, pero enseguida, recordando lo ocurrido la primera vez que quedaron allí, intuyó que aquello era un nuevo comienzo para los dos. Como si fueran a reescribir aquella parte de su historia. Ella se dejó caer al suelo, y él se acercó y le tendió la mano, ayudándola a levantarse, como hubiera querido hacer la primera vez. Eran los actores que protagonizaban la historia a su manera, como debió haber sido en el principio.
-Bien. Los dos sabemos por qué estamos aquí hoy, ¿verdad?
Ella asintió, no pudiendo contener una risa. Ambos se sentaron bajo el árbol que proyectaba su sombra sobre algunas rocas llenas de musgo. Los rayos del sol se peleaban por pasar entre las rendijas de las ramas del sauce y las motitas de polvo parecían bailar a su alrededor.
Severus tardó mucho rato en hablar. Pero esta vez las dudas no carcomían su corazón. Esta vez era todo tan natural…
-¿Tiene alguna pregunta para mí, señorita?
Ella calló durante algunos instantes.
-¿Aquellas notas…?
-Escritas de mi puño y letra. Nacidas de mi alma. Solamente para usted.- Breve y conciso.
-¿Desde cuándo…?
-Siempre lo he sabido. Pero hubo una ocasión en quinto curso… Estando en el cuartel de la orden. La escuché hablar con tanto fervor por proteger a sus amigos que me sentí celoso. No lo entendí, me lo reproché durante meses. Pensé que estaba loco, que me habían lanzado alguna maldición, que…-tomó aire- Pero poco a poco mis sentimientos fueron ganando la batalla contra mi razón. Y hoy han ganado la guerra.
Él bajó la mirada y se frotó las manos con aparente nerviosismo.
Hermione buscó durante largo rato las palabras adecuadas. Aquella confesión la había sorprendido. Nunca se había aprado a pensar cuándo había comenzado todo para él. Pero tampoco podía marcar la frontera en relación a sus propios sentimientos.
-No creo que haga falta decir nada más, Severus. –lo miró dulcemente- Si decidí llevar conmigo la rosa fue por algo. Y no me arrepiento ni me arrepentiré jamás.
El levantó la mirada, sonriendo, y tomó las manos de ella.
-¿Para siempre?
-Para siempre.- asintió ella.
El silencio duró eones. Hasta que ambos comprendieron el significado de la palabra "siempre"
El se puso en pie, y la ayudó a levantarse. Ambos, de la mano, caminaron hasta el colegio.
-Está bien- dijo él de pronto- supongo que entonces no te importará venirte a vivir conmigo cuando acabe el curso, para intentarlo…
Ella se lanzó a sus brazos, sorprendida estupefacta, sin temer que alguien los viera, y ambos se besaron. Nadie dijo nada a su alrededor. El tiempo se paró para ellos de nuevo. Sus almas entonaban la misma canción. Como si de nuevo fuera la primera vez. Comenzando, con todo fundamento, con toda la ilusión, las fuerzas y la magia, algo que ya no tendrían que seguir ocultando. Algo que duraría para ellos eternamente. Algo tan eterno como una rosa moyesii.
-FIN-
NdA: Después dos años, he logrado terminar este fanfic. Mi más querido, temido, trabajado y amado fanfic. Me siento un poquito triste por haber tardado tanto en hacerlo. Me siento un poquito orgullosa por haber sido capaz de concluirlo algún día. Gracias por leerme. Espero seguir por aquí. -Sheamoonie-.
