ROMANTICISMO MAL ENTENDIDO
—Y así terminó su amor —dijo Elizabeth con impaciencia—. Creo que ha habido muchos que lo vencieron de la misma forma. Me pregunto quién sería el primero en descubrir la eficacia de la poesía para acabar con el amor.
—Yo siempre he considerado que la poesía es el alimento del amor —dijo Darcy.
—De un gran amor, sólido y fuerte, puede. Todo nutre a lo que ya es fuerte de por sí. Pero si es solo una inclinación ligera, sin ninguna base, un buen soneto la acabaría matando de hambre.
Orgullo y prejuicio, capítulo IX.
La noche del baile en Netherfield, un observador atento podría haberse dado cuenta de que en cierto momento, el señor Collins fue visto llevando una florecilla en las manos. Una flor de campo, seguramente arrebatada de la vera de algún camino, pero hermosa en su sencillez. Lucía el señor Collins un cierto aire de melancolía que no desentonaba con su semblante debidamente atribulado, buscando sin duda a la destinataria de la ofrenda viva de su afecto.
Tal gesto sería conmovedor en extremo y romántico en grado sumo si sus atenciones hubieran sido correspondidas (si hubiera una base en la que arraigaran, como le había explicado la misma Lizzy al señor Darcy), pero desde que no lo son, ni lo fueron, ni lo serán, resultaba absolutamente ridículo. Es más, me atrevería a decir patético.
Y digno de lástima, también.
Bueno, mejor dicho, de vergüenza ajena.
O quizás todo a la vez…
Pero del ejemplo expuesto puede inferirse una conclusión irrefutable: el romanticismo, entiéndase el gesto romántico suscitado por la pasión de los afectos, sea este un soneto, una flor o la salvación anónima de la honra familiar, es solo cuestión de perspectiva…
Así que sí, si el señor Collins sigue siendo ridículamente patético o patéticamente ridículo, eso queda ya a decisión del lector…
