MUCHACHA TERRÍCOLA


"Y tu nombre, pequeño… es Vegeta, ¿verdad? ¿Por qué no vienes? Si no tienes un lugar a dónde ir… ¡Te serviré mucha comida! Me imagino que comes igual que Goku, ¿o me equivoco? Pero no te permitiré que te enamores de mí, aunque me encuentres muy atractiva."


Capítulo 1: Vulgar


Tanta vulgaridad, mundana, impensable. Tan inconcebible e irreverente, tan escandalosa e imprudente que no podía ser real. La vio guiñarle, un gesto tan coqueto que nadie nunca antes le había dirigido en ningún espacio de la galaxia, como si no fuera capaz de imaginar todos los horrores que había hecho realidad con sus propias manos.

Definitivamente algo tenía que estar mal, ella lo había visto personalmente matar a Zarbon. La recordaba, suspirando como una quinceañera cuando lo conoció, para luego gritar de terror luego de su transformación. Incluso había estado presente cuando los namekianos se percataron de que faltaba una aldea completa y él mismo reveló entretenido que se debía a que él los había asesinado. Ella estaba loca si creía que podía confiar en él después de todo aquello. Probablemente lo estaba, a esa mujer le faltaba un tornillo.

Pero qué más daba si le faltaba uno o veinte. Tenía razón en algo, él no tenía nada. Ni un lugar en el que dormir, ni una nave, ni comida. Y había pasado tanto tiempo en el espacio, matando para comer y para encontrar refugio del clima que no parecía tan mala idea simplemente aceptar su ofrecimiento. Después de todo, ahora su único propósito era volver a ver a Kakarotto y para hacerlo tendría que esperar que los namekianos convocaran al dragón y lo trajeran a la vida nuevamente. Lo más conveniente sería estar cerca de ellos llegado el momento, tenía que ver con sus propios ojos la transformación.

La Corporación parecía lo suficientemente grande como para mantenerse alejado de todos esos humanos escandalosos. Y con suerte pasaría la mayor parte del tiempo entrenando en algún lugar lejano y podría no ver a nadie en absoluto durante los siguientes meses.

Levitando sobre el domo de la Corporación Capsula, la vio poniéndose un casco y sacando algo de su bolso. Arrojó un pequeño objeto a unos cuantos metros y una nube polvorienta se esparció en el aire. Cuando se desvaneció reveló la presencia de una motocicleta que no estaba ahí hacía un momento. Ella se subió, ajustó las correas de seguridad de su casco y se marchó.

Asumió que de eso se trataba todo ello, la mansión, los robots, las naves y autos voladores que había visto. Eran científicos.

De la madre no estaba seguro, aunque asumió que de ella había sacado lo escandalosa.

Ya habían pasado dos semanas desde que había revivido en Namek y transportado a la Tierra con la magia del dragón. Había estado entrenando en el desierto a cientos de kilómetros de la Corporación, bajo el inclemente sol del Medio-Oriente. Las entrañas le dolían de hambre, no sabía cuántas horas había pasado allí luchando con un enemigo invisible que tenía el rostro de Kakarotto. Se sentía débil, por lo que decidió emprender el vuelo de regreso con la esperanza de que no hubiera nadie en la cocina.

Silenciosamente apoyó los pies en el césped del patio trasero. Alzó la vista y sus mejillas ardieron, abrió los ojos bajo su ceño petrificado. La inesperada silueta semidesnuda de la mujer deambulaba por el patio, junto a la piscina, bebiendo un refresco despreocupadamente en el camino a una reposera. Bien podría estar desnuda, pensó sin darse cuenta.

Ella se recostó boca abajo y se desabrochó el brasier. Vegeta abrió los ojos sobresaltado. ¿Qué tan vulgar podía ser!

Repentinamente, ella bajó sus gafas y lo miró a los ojos con una expresión de irritación.

—¡Espero que no te estés haciendo ideas extrañas!

Una palabra se ahogó en su garganta. Gruñó aún con el rostro encendido en llamas y se volteó a lo que realmente le importaba. Tenía que comer algo.

El rubor tardó mucho más tiempo del que hubiera deseado, realmente le molestaban esas palabras. ¿De qué ideas estaba hablando? No sabía si realmente le perturbaba más la pregunta o la respuesta. De sólo pensarlo volvía a sentir sus mejillas ardiendo y se frustraba por sentirse tan susceptible a sus estupideces.

Bah… ¿Qué podía esperar? Esa mujer no estaba cuerda.

Otras semanas pasaron, el tiempo se le hacía eterno, interminable. Aquel día estaba experimentaba el frío despiadado de la Antártida, azotado por una ventisca tan impetuosa que se sentía como cientos de piedras golpeándolo simultáneamente. Había regresado muy entrada la noche, tan tarde que lo único que se oía en esa parte de la ciudad era el canto de algunos insectos nocturnos. Dentro de la Corporación no se oía más que el eco lejano de sus pisadas, marcando el trayecto que más familiar le era, el camino al refrigerador.

La habitación se iluminó con la luz artificial de la nevera y encontró una bandeja repleta de comida; pollo, arroz, ensalada, puré de papas, pastas, sopa, bistec. Vio una pequeña nota con su nombre escrito arriba de la fuente, pero la ignoró completamente. Ya la había visto antes en varias ocasiones. Estaba seguro de que aquella mujer era la responsable de dejarle lo suficiente para cuando volviera. Era extraña.

Sacó la bandeja y se sentó en la mesa a comer. Su figura volvió a presentarse y él frunció notablemente el ceño y cerró los ojos. La mujer deambulaba en una camiseta y ropa interior por la cocina, bostezando y estirando los brazos. Se talló los ojos y lo miró, repentinamente le sonrió.

—Sabes que puedes calentar la comida, ¿verdad?

No le contestó, tampoco abrió los ojos. Evitó observarla así, medio desnuda, pero no pudo hacer mucho cuando la escuchó acercándose a él. Abrió ligeramente los ojos y sintió el trozo de pollo que masticaba estancarse en su garganta cuando se encontró con su trasero sobresaliendo detrás de la puerta del refrigerador. Se golpeó el pecho rápidamente y tosió. Ella se puso de pie con un cartón de leche entre las manos y lo observó preocupada.

—¿Acaso los saiyajin no mastican al comer?

Se sirvió un vaso de leche mientras él trataba de recuperar la compostura. Su rostro ardía nuevamente, fastidiado por la forma desvergonzada en la que ella se desenvolvía por la cocina. Ante su mirada desconcertada, la mujer se acercó y se inclinó ante él para tomar un plato. Lo llevó sin decir nada hasta un pequeño aparato sobre la pared y lo introdujo allí, luego presionó una secuencia numérica y el aparato se encendió.

—Aquí puedes calentar tu comida cuando no llegues para la hora de cenar —le dijo sonriente y al finalizar el ciclo, volvió a alcanzarle el plato—. Buen provecho, Vegeta.


N/A: Para los que esperan actualización de Entre sus Manos, no se preocupen. El siguiente capítulo está en proceso y es bastante largo. Necesitaba un descanso y desconectarme de él pero, por alguna razón que no sé, me dieron ganas de escribir unos pequeños capítulos sobre los dichosos tres años. Ya tengo unos cuantos escritos y son bastante cortos, es que amo escribir de ellos dos y quería dejarles esto entre actualizaciones. Espero que lo disfruten.