Renuncia de derechos: Cazadores de Sombras y todo su universo es de Cassandra Clare (y de algunos otros, como en Las Crónicas de Magnus Bane, en las Historias de la Academia de Cazadores de Sombras y en los Relatos del Mercado de Sombras). Lo demás es mío, por lo que me reservo su uso.

Advertencia: la presente es conocida como «historia fantasma» y forma parte del universo de «Las Armas del Destino / The Fate Weapons» («LAD/TFW»), conformado hasta ahora por «La aguda espada de dos filos» («Lae»), «Matados a espada» («Mae») y «La espada, el hambre y la peste» («EHP»), las cuales se recomienda leer antes (preferentemente, en ese orden). Cronológicamente, se ubica poco antes del final de «Lae». Habrá insinuaciones al por mayor de lo publicado de Cazadores de Sombras hasta la fecha, dando unas cuantas patadas al canon en el proceso; por lo tanto, sobre aviso no hay engaño.

Dedicatoria: a todo aquel que haya sentido que no tiene un lugar en el mundo, para que se dé cuenta de las personas que le dan uno en su corazón.


«Mazo, espada y saeta aguda, tal el hombre que da contra su prójimo falso testimonio.»

Proverbios, 25: 18.


I. Loto – Amor distanciado.

«I, I want to cry… I can't deny… Tonight I wanna up and hide…

And get inside… It isn't right… I gotta live in my life…»

Determinate, Lemonade Mouth.

Diciembre de 2024.

Antes de seguir caminando, Astrid inhaló profundamente.

El viento le helaba las mejillas, pero ya apenas las sentía. Hacía más de una hora que estaba de pie delante de la puerta del edificio, primero esperando a que disminuyera la afluencia de gente y luego, por el miedo que le daba lo que pudiera pasar.

Sí, como pocas veces, Astrid Trueblood estaba asustada.

Diciéndose que ya era demasiada espera, dejó escapar el aire con cierta brusquedad, para ver cómo una nubecilla de vapor era violentamente borrada por el viento. A continuación, miró a ambos lados, cruzó la desierta calle y fue hacia su destino.

Las puertas automáticas se abrieron en cuanto la detectaron, lo cual Astrid hallaba curioso, pues llevaba encima una runa de sigilo y una de glamour. Era como si le recordara que todavía había cosas en el plano mundano que podían verla, por más que ella no lo quisiera. Sin embargo, en esa ocasión fue de ayuda, puesto que oficialmente, no eran horas para estar allí y habría llamado demasiado la atención si forzaba alguna otra puerta.

Recordaba el lugar, así que fue hacia su destino a paso firme, sin dejar de vigilar a su alrededor. Aprovechó el camino para quitarse los guantes, pues no le gustaba llevarlos si sentía que podía necesitar usar las manos. Para evitar ruidos y atención innecesaria, subió por las escaleras, agradeciendo por enésima vez los entrenamientos del Instituto, que le daban la condición física ideal para semejante odisea. Cualquier otro de su edad se habría sentido fastidiado.

Pensando en gente de su edad, Astrid esperaba el no haber causado problemas al salir de repente del Instituto. No tenía patrulla asignada; además, había dejado atrás a su parabatai. No era raro que ella y Brunhild hicieran cosas por separado, causando así muecas de extrañeza en otros dúos de parabatai, pero de eso a desaparecer sin ella…

Bueno, no había «desaparecido», no literalmente. Brunhild (y probablemente Sigfrid) debían tener una idea bastante certera de dónde estaba.

Al llegar a la planta indicada, Astrid volvió a respirar hondo, al tiempo que veía a su alrededor, con el gesto discreto y elegante que había desarrollado tras años de entrenamientos y patrullas. Era lo mejor para tantear el terreno sin dar la impresión de que lo hacías.

Viendo el camino despejado, la joven siguió su camino. La iluminación había sido disminuida, debido a la hora, pero eso no sería un problema si llegaba a un punto más oscuro de lo normal.

Finalmente, estuvo delante de la puerta que buscaba. Solo entonces, Astrid se vio de nuevo asaltada por el temor, sin estar segura de qué reacción provocaría su presencia.

En fin, al mal paso, darle prisa. Llamó suavemente, pero procurando ser oída.

—Adelante.

La respuesta se escuchaba apenas, pero era firme. Sin más, Astrid abrió la puerta y asomó la cabeza, preparando una pequeña sonrisa mientras susurraba.

—¡Hola!

Le correspondieron el gesto enseguida, cosa que la animó solo un poco. Cuando le hicieron señas de que entrara, Astrid no tardó en obedecer, cerrando con cuidado tras de sí.

—No habías venido antes —le reprocharon en broma.

—Lo sé, lo siento. En mi trabajo, rara vez hay días libres.

—¿Qué haces?

—Primero dime cómo estás, ¿sí?

Astrid fue a ocupar una silla, cruzando enseguida la pierna y cuidando no descubrir su espada en el proceso. Puede que no estuviera patrullando, pero le era insensato no salir armada del Instituto.

—Mejor. ¿Y tú?

—Como siempre. ¿Qué has hecho, aparte de estar aquí?

—Vinieron los chicos. Me están enseñando a jugar ajedrez. También trajeron cuentos nuevos.

En la mesilla de noche de la habitación, había una pequeña pila de libros. Astrid les echó un vistazo rápido y asintió.

—Buenas elecciones —alabó—. ¿Te han dicho cuándo sales?

—No. ¿Tú no sabes?

—No, lo siento.

—Está bien. ¿Cuándo vuelves a venir?

Astrid apretó los labios solo un segundo, pero el gesto fue visible y, por lo visto, elocuente.

—¿Ya no vas a venir?

—¡No, no! Solo que… Pronto voy a salir de viaje. Estaré fuera mucho tiempo.

—¿Cuántos días?

—Muchos.

—¿Nos veremos otra vez?

Astrid volvió a apretar los labios, esta vez sin molestarse en disimular.

—Yo quiero creer que sí —respondió finalmente—. Procuraré buscarte un cuento nuevo, ¿está bien? Uno que no hayas leído antes.

—Si no puedes, no importa.

—Sí podré, ya verás.

—¿Me puedes traer un libro con «La sirenita»?

—¡Ese te lo sabes de memoria!

—Pero los chicos no quieren traerme mi libro.

No era difícil deducir la razón, pensó Astrid. Ella tampoco querría leer en aquella habitación la agonía final de la sirenita, al transformarse en espuma de mar porque su amado se casó con otra.

—Veré qué puedo hacer. Ahora duerme. ¿Te desperté?

—No puedo dormir. Me da miedo.

—Oh, vaya. ¿Quieres que me quede hasta que te duermas?

—Sí, por favor.

Así se hizo. Astrid permaneció sentada muy quieta, mientras la otra respiración se iba haciendo cada vez más lenta y acompasada, aunque en un par de ocasiones, unos espasmos casi la mataron del susto. Finalmente, cuando vio que el sueño había hecho su trabajo, se puso de pie con sumo cuidado, para no hacer tintinear ninguna de sus armas, antes de dejar la habitación.

Solo estando en el pasillo, Astrid se permitió llorar.

—&—

La oficina de correos era pequeña y se hallaba medio escondida al final de la calle, por eso era ideal para pagar allí un apartado postal, si lo que querías era privacidad.

Fue la siguiente parada de Astrid esa noche. Había tardado más de lo esperado en cortar el llanto, pero no pudo evitarlo. Todo el asunto le rompía el corazón, por lo que era un milagro que pasara días, a veces semanas, sin pensar en ello. De eso daba gracias a Brunhild y Sigfrid, que seguían cubriéndole las espaldas, aunque no ganaban nada con ello.

«¡No nos debes nada, Astrid! ¡Por el Ángel! ¿No somos tu familia también?»

Recordando el último exabrupto de Brunhild respecto al tema, Astrid no pudo evitar sonreír.

A diferencia de su visita anterior, en la oficina de correos Astrid se permitió usar un par de runas de apertura, así como rehízo la de glamour, dándole algo más de potencia. Sabía que había una cámara de videovigilancia, pero si se colocaba en cierto punto, nadie la notaría y, gracias a la runa fortalecida, de llegar a grabarla pensarían que era una especie de fantasma.

Ojalá no se les ocurriera subir ese video a internet, pensó Astrid con fastidio.

Centrada en su tarea, fue al apartado postal que le interesaba y lo abrió con cuidado, hallando que tenía un paquete pequeño y cuadrado, así como una carta. Sacó todo y dejó en su lugar un sobre amarillo tamaño carta, para luego cerrar el apartado y dejar en la puerta la seña de que había correo qué enviar. A continuación, dejó la oficina tan cuidadosa y silenciosa como había entrado, deseosa de ver lo que le habían enviado.

El paquete era del libro que había ordenado hacía una semana, justo a tiempo. De haber llegado después, no habría podido recogerlo. La carta, por otra parte, esperaba que le diera buenas noticias, aunque no tuviera muchas esperanzas. Buscó con la mirada y localizó cerca una parada de autobús, así que fue allí y se sentó en el largo banco, antes de quitarse los guantes con manos temblorosas para poder abrir el sobre, que abultaba más de lo usual.

Querida Astrid:

¿Cómo estás? Nos alegró mucho tu última carta, aunque tuvimos que esperar hasta la noche para leerla a gusto.

La escuela va bien. Todavía cuentan cuando tus amigos vinieron, se han vuelto nuestra leyenda. Es difícil olvidar a un par de chicos de su edad con tatuajes, la verdad.

Ivar insiste en que te recuerde su cumpleaños, pero le dije (creo que por quinta vez) que quizá no puedas venir, así que por poco me rompe la cabeza con ese mazo de Thor con el que le gusta jugar. Menos mal que acabó por entenderlo, pero quiere que sepas que vio en televisión un nuevo muñeco de Loki que saldrá en esas fechas. Dime que yo no fui tan descarado pidiendo regalos de cumpleaños, por favor.

Gunnar sigue enfurruñado, pero creo que no tardará en darse cuenta de que tú tuviste razón la última vez que hablamos. Sabes cómo es, así que no presiono, solo intento que repase como es debido la conversación, a ver si por fin se hace la luz en esa cabeza suya. En serio, ¿él es mayor que yo? No parece.

Ahora que recuerdo, ¡muchas gracias! No creí que pudieras mandarnos ese libro, pero de verdad, de verdad queríamos leerlo. No estoy seguro de qué voy a hacer y menos voy a hablar por Gunnar, pero te prometo que los dos lo vamos a pensar muy bien, porque no queremos irnos ahora.

Es que… no sé si para cuando leas esto, ya habrás podido ir al hospital, pero te diré lo que Gunnar ha podido escuchar (a escondidas, claro): Nora quizá no llegue a su próximo cumpleaños. No queremos que sea cierto, pero la última vez que fuimos a verla se veía tan pequeña… El médico dijo algo de un trasplante, pero no lo pueden hacer con papá ni con mamá. De nosotros, dijeron que era peligroso por no tener la edad. ¿No podrías hacerlo tú, Astrid? ¿No podrías…? Sé que es pedirte mucho, pero es Nora. Por Nora, cualquier cosa.

Espero que podamos verte pronto.

Abrazos:

Christian.

P. D. Enviamos tarjetas para ti de una vez, ¡feliz cumpleaños!

Astrid no quiso sacar las tarjetas de cumpleaños en ese momento, por temor a llenarlas de lágrimas. El problema no era la Ley, porque ella ya la rompía lo suficiente como para que la hubieran encerrado en la Ciudad de Hueso una docena de veces, por lo menos.

No, lo que la mortificaba era que, aunque quisiera, ningún médico mundano en su sano juicio iba a aceptar a una extraña como donante de una niña, por más buena voluntad que demostrara.

Estaba atada de manos. Si no hallaba una alternativa, iba a dejar morir a su hermanita.

—&—

Lo mejor para quitarse el mal sabor de boca, pensó Astrid, era un buen trago.

En Oslo, los locales dirigidos por subterráneos eran pocos pero bien conocidos y, por desgracia, algunos estaban en la mira del Instituto por numerosos altercados que se salían de control, casi causando que los mundanos se dieran cuenta de algo. Por fortuna, Astrid prefería cierta garantía de privacidad, así que fue a las cercanías del Ayuntamiento, donde era muy difícil que algún subterráneo quisiera líos con un cazador de sombras.

Algunos creían que el Nobel's era regentado por algún mundano con Visión obsesionado con los premios del mismo nombre, pero nada más lejos de la verdad… por lo menos, si eras alguien de confianza.

—Buenas noches, ¿qué te sirvo?

—Un tarro de cerveza, por favor. Del más grande.

—A la orden. ¿Vas a hacer una redada hoy?

—No, no. Estoy de paso, nada más. ¿Acaso debería hacer una redada?

La respuesta que recibió, una carcajada cantarina, hizo sonreír a Astrid fugazmente, pero al segundo siguiente, volvió a su seriedad de antes, en tanto echaba un vistazo a su alrededor.

El Nobel's se veía como cualquier otra noche, con los clientes yendo y viniendo entre las mesas, saludándose entre sí y de vez en cuando, vociferando sobre las últimas noticias. Eran casi todos subterráneos, aunque algunos mundanos se distinguían aquí y allá, por sus ropas y por su ligera reserva al toparse de frente con algún ifrit o hada visualmente impactantes.

Por extraño que pareciera para otros, Astrid hallaba relajante aquel ambiente.

—Aquí tienes, me tomé la libertad de traerte un sándwich.

—¿Por qué?

—No pareces haber comido en horas, hija del Ángel. Un espécimen como tú no es fácil de encontrar, hay que preservarlo.

—Hay un montón de cazadoras de sombras como yo, por lo que sé.

—A esas no puedo encantarlas con una sonrisa y un buen servicio.

—Déjalo ya, Siggi. Lo dices solo porque te he pasado unas cuantas travesuras.

—¡Exactamente!

Astrid meneó la cabeza, sonriendo de forma condescendiente a la mujer de piel clara y largos cabellos color azul cobalto que le pestañeó coquetamente, antes de guiñarle un ojo e irse.

En cualquier otra circunstancia, no le habría importado seguirle el juego, pero Astrid no estaba de humor. Tras otro vistazo del entorno, dio cuenta de la mitad de la cerveza, antes de admitir que sí tenía algo de hambre, por lo que mordisqueó una esquina del sándwich.

—Vaya, vaya… ¿Qué nos trae esta noche a semejante diosa?

—Si te atreves a sentarte aquí para molestar, puedes ahorrártelo, Henrik.

El recién llegado era un tipo alto y musculoso, de abundante cabello castaño claro y unos ojos azules que, según Brunhild, recordaban al mar de enero, helado y engañosamente calmo. Era bastante atractivo, físicamente hablando, pero Astrid debía coincidir con su parabatai en cuanto a la desagradable sensación que la recorría cuando el tipo miraba a alguien con enfado. Nadie quería ser el blanco de su disgusto, por lo que sabía, así que procuraban estar en buenos términos con él, cosa que normalmente, no era difícil.

—Escuché que pasaste por el hospital mundano hace rato.

Astrid, como pudo, procuró mostrarse lo menos sorprendida posible, cosa que consiguió al beber un largo sorbo a su tarro.

—¿Desde cuándo los hospitales mundanos son de tu interés, Henrik?

—Algunos de los nuestros trabajan allí. No te preocupes, fuiste muy discreta. Si te vieron en esta ocasión, fue pura casualidad.

—¿Alguno va a pedirme algo a cambio de no decir nada?

—Me convencieron de no hacerlo. Si es cierto lo que oí, eres mejor de lo que creíamos, Astrid Trueblood.

—Gracias. Es todo un halago, viniendo de ti.

—También me pidieron que te dijera que, si estás disponible en tres días, por la noche, pueden echarte una mano si tú les ayudas también.

Astrid, que en ese momento estaba por dar otro mordisco al sándwich, no completó la acción, mirando a Henrik con el ceño fruncido.

—Explícate —pidió, intentando que no sonara a exigencia.

—Hay una manera de hacer ciertas cosas en el hospital sin que los mundanos se enteren. O por lo menos, para ellos no será tan raro que sucedan ciertas cosas. En este caso, todo lo que te piden es que ayudes a resguardar la fiesta que haremos en una semana en el Mercado de Sombras. Habrá de todo y tú eres de las pocas del Instituto que conoce el área. ¿Qué dices?

Astrid, por un segundo, hizo caso a los sermones del estricto padre de Brunhild y Sigfrid, en el sentido de que los subterráneos pocas veces eran de fiar y que sus favores eran cobrados muy caros. Sin embargo, el imaginar que Nora ya no pudiera verla ni hablarle, era demasiado doloroso como para dejar pasar la oportunidad. ¿Qué hacía entonces?

—Si acepto, necesitaré apoyo —aclaró, antes de advertir—, y también que nadie, excepto la gente indispensable, se entere de esto. Es en serio, Henrik. ¿Te convendría acaso que la Clave sepa que tengo alguna relación con mundanos?

La cara de Henrik, relajada hasta el momento, mostró enseguida su seria consideración del asunto. Astrid estaba convencida de haber jugado bien sus cartas, dado que parte de ser bien recibida en el Nobel's era el estar en buenos términos con él y Siggi.

—No habría problema si son los mismos de siempre —acabó por acceder Henrik, frunciendo el ceño al proseguir—, pero ¿de verdad ellos no…?

Astrid, por primera vez en horas, pudo sonreír de manera sincera y segura.

—Si se los pido yo, serán tumbas. Lo juro por el Ángel.

—&—

Una semana después, Astrid estaba hecha polvo, pero al mismo tiempo, se sentía feliz.

Sin embargo, todavía le quedaba algo con qué lidiar.

—¿Se puede saber en qué estabas pensando? Si tan mal te sentías, debiste dejarle la misión a alguien más.

—No me sermonees, Barb. Yo no soy Hildie ni Fridden.

—¡Ah, sí, ellos! No creas que los he olvidado. Me sorprende que te dejaran hacer esto, ¡Hildie es tu parabatai, por el Ángel! ¡Pensé que te cuidaría mejor!

Astrid hizo una elocuente mueca. ¿Acaso de verdad Barbara se creía lo que acababa de decir?

—Ahora, jovencita, quiero que duermas. Vendré a traerte algo de comer en unas horas.

—¿No puede Hildie…?

—Si Harald no la ha castigado, la mandaré a ella, pero lo veo poco probable. Anda, duerme.

Astrid asintió de mala gana, viendo a Barbara salir de la enfermería a paso veloz, pero no es que pudiera dormir en ese momento. Necesitaba saber si todo su esfuerzo había valido la pena, pero tal como estaba…

—Si no estuviera enfadado, diría que has hecho un buen trabajo, Astrid, considerando las circunstancias.

—Ay, no, por el Ángel, Fridden, ¿ahora toca tu sermón?

El joven recién llegado, si Astrid lo comparaba con algo, era con algunas de las representaciones mundanas del dios nórdico Thor, pues era bastante alto y de aspecto fuerte, con un cabello rubio brillante y unos ojos azules penetrantes.

—¿Tengo razones para sermonearte? —inquirió el rubio, yendo lentamente a ocupar una silla junto a la cama de Astrid—. Nos pediste apoyarte en la vigilancia de la fiesta del Mercado, Astrid, pero no se nos ocurrió que fuera porque no estarías en condiciones de hacerlo por tu cuenta, o solo con Hildie.

—Fridden, eso no…

—Padre no nos dejará en paz por semanas —cortó el muchacho y Astrid, por su tono, supo que él estaba haciendo lo posible por no exaltarse de más—, sobre todo cuando ya teníamos todo listo para el aprendizaje. ¿Tienes idea de lo que va a costarnos convencerlo de que esto fue un hecho aislado? Ya bastante nos peleamos con él últimamente como para que intente que no nos marchemos…

—Harald no sería capaz…

—Astrid, con todo respeto, pero no es tu padre. No tienes idea de cómo puede ponerse.

—¡Ah, claro que no! —Astrid no se molestó en ocultar la ironía en su voz—. ¿Cómo podría saber eso? No vivo aquí desde que mi propio padre me diera por muerta, ¿cierto, Sigfrid?

—Astrid, yo no…

—¡Sí, sí lo dijiste! O por lo menos, lo pensaste. No te culpo, sé que lo eché a perder, ¿sí? Es solo que… Mira, cuando Hildie se desocupe, ¿se los puedo explicar? No fue intencional, se los juro, no fue…

—Ya, es suficiente. Me lo imaginaba.

—¿Tú qué?

El rubio esbozó una sonrisa, pequeña y torcida, una que Astrid relacionaba más con su parabatai que con él.

—¡Me engañaste! —soltó con indignación.

—No del todo. Sí estoy molesto contigo, pero no era mi intención recordarte…

—Ya lo sé, Fridden. De todas formas, no es algo que pueda olvidar realmente.

—Igualmente me disculpo, Astrid. Sabes que nunca te heriría de forma intencional.

—Fridden, si te sigues disculpando, se lo diré a Hildie y me va a dejar practicar mis tiros con arco de nuevo contigo.

—Eso es un golpe bajo. De acuerdo, lo dejaré. Voy a averiguar si Hildie no está castigada y vendremos a cenar contigo, ¿está bien?

—Está bien.

—Con tu permiso, entonces. Por cierto, sonó tu celular hace un rato, te lo he traído.

—¡Gracias, Fridden!

El rubio asintió y dejó el mencionado aparato en la mesita de noche, antes de marcharse.

Eso fue lo mejor, pensó Astrid distraídamente. En cuanto leyó el mensaje de texto que le había llegado, solo pudo echarse a llorar.

«Procedimiento exitoso, señorita Trueblood. La niña evoluciona favorablemente. Usted siga los cuidados que le indicamos o tendrá otro percance como el de hoy. Felices fiestas.»

—&—

—¡Pudiste haberlo dicho desde el principio! ¿Qué habría pasado si…? ¡Por el Ángel, Astrid, soy tu maldita parabatai! ¿Eso no cuenta para nada?

—Hildie…

—¡No te atrevas a defenderla ahora, Sigfrid Sølvtorden! ¡Ella no tuvo que tragarse el podrido discurso de padre! ¡No tuvo que oír, de nuevo, que no eres adecuado porque…!

—Momento, ¿Harald se aprovechó de esto para irse contra Fridden otra vez? ¿Pero qué tiene en la cabeza?

—¡Yo qué sé! Pero ya te imaginarás que no me quedé callada y quiso castigarme, claro, pero le recordé amablemente que ya soy mayor de edad, así que podría irme de casa si quisiera.

—¡Se lo dijiste en serio!

—¡Claro! Sabes cómo me pongo cuando padre parece un troglodita de la Edad Media.

—Chicas…

—Deja, Fridden. Yo habría hecho lo mismo que Hildie.

Mientras Sigfrid de encogía de hombros, Astrid se preguntaba qué sería de su vida como cazadora de sombras sin él y su parabatai. Seguramente, no habría durado ni una semana en ese mundo, y entonces ¿a dónde habría ido?

En ese instante, comenzó un intenso diálogo entre Sigfrid y su hermana, pero Astrid apenas les puso atención.

Había dejado a su familia mundana cuando se le ofreció la oportunidad de aprender sobre aquellas cosas que, a lo largo de su infancia, todos le decían que no existían. Fue un alivio saber que no estaba loca, pero al decirles que no volvería a casa tras entrar a la Academia, su padre fue terminante: si se iba, iban a fingir que ya no existía. Fue terrible que su padre no confiara en ella, en sus ganas de seguirlos viendo a todos pese a lo que dictaba la Ley, pero más terrible fue comprobar que él había hablado en serio. Antes le dijo la verdad a Sigfrid, el rechazo de su padre nunca podría olvidarlo, pero tampoco había permitido que la detuviera: si él no quería saber de ella, sus hermanos eran otro caso y hasta la fecha, incluso la pequeña Nora sabía cómo contactarla sin que nadie se enterara.

—Entonces, ¡oh, poderosa aprendiz de valquiria!, ¿cómo está Nora?

—¡Funcionó, Hildie! Me avisaron hace rato. ¡Sabía que no perdía nada haciéndome las pruebas!

—Me sorprenden un poco esos métodos mundanos de curación —comentó Sigfrid con aire reflexivo—, pero admito que eso dice mucho de ellos, ¿no les parece?

—No se rinden fácilmente, eso es seguro. ¿Crees que podremos conocerla cuando volvamos?

—Hildie, eso… que el trasplante funcionara no significa que… Mira, si todo va bien, tal vez…

—¡Está hecho, entonces! Le gustan los cuentos, ¿verdad? Y las muñecas. Podemos conseguirle algo en Londres.

Astrid sonrió débilmente, pero más por cansancio que por otra cosa.

—Le prometí un cuento que no conozca —indicó.

—Si no conoce todavía «La reina de las nieves», deberías dárselo —sugirió Sigfrid, con una sonrisa tímida cuando añadió—, porque te has convertido en su Gerda, Astrid.

Las chicas intercambiaron miradas, antes de mirar a Sigfrid y dedicarle una radiante sonrisa.

Astrid, en ese momento, supo que su alocada vida de cazadora de sombras no le impediría seguir queriendo a sus hermanos, aunque tuviera que velar por ellos estando lejos.

Quererlos de esa forma, pensó, era mejor que olvidarlos.