Sabine se dirigió a la puerta y la abrió. Saludó a Alexander con un gran y efusivo abrazo, él lo correspondió. Ambos ingresaron al comedor. La azabache bajó la escalera de modo tímido. Sabine se dirigió a ella y la tomó de la mano.
Alexander la miraba de modo amable, aunque no consiguió esconder la sorpresa presente en su rostro.
—Hija mía, quiero presentarte a Alexander —dijo Sabine, rompiendo el silencio.
—Hola... —dijo de modo tímido Marinette, no se movió ni un solo centímetro, intentaba esconderse un poco.
—Alexander, te presentó a mi hija, ella es Marinette.
Alexander rompió la distancia. Se acercó a Marinette y le dedicó una sonrisa. Al menos su rostro no demostraba nada malo, no parecía ser alguien insoportable.
—Hola, Marinette —extendió su mano, ambos la estrecharon —. Es un gusto finalmente conocerte, tu madre me ha hablado mucho de ti.
—También es un gusto para mí conocerte, aunque tengo que admitir que mi madre jamás me habló de ti —ambos adultos rieron debido a la respuesta de la adolescente.
—Aún hay tiempo para conocernos, solo si tú quieres.
Su rostro demostraba tanta simpatía que fue inevitable asentir ante la proposición.
Los tres estaban merendando juntos, un delicioso pastel de manjar con nueces.
—Dime una cosa, Alexander, ¿no tienes hijos, cierto? —preguntó repentinamente la azabache.
Sabine miró a su hija con sorpresa irradiando en su rostro, ¿por qué preguntaba algo así? Casi se ahogó con su pedazo de pastel.
—Ningún hijo, jamás me case.
Marinette asintió complacida con la respuesta.
—Es un verdadero alivio escuchar eso, no me gustaría tener que convivir con más jóvenes aún —admitió —. No tienes una idea de lo odiosos que son los adolescentes.
Alexander volvió a reír. Sabine simplemente negó con su cabeza.
—Tienes razón, no me lo imaginó.
Marinette había decidido dejar a ambos adultos solos. Salió de su casa y fue rumbo al supermercado. Le agradaba sentir algo más de libertad.
Haber estado en el cuerpo de su madre le otorgó más valentía, por eso se atrevió a ir sola. Además, vendían helados ahí, por eso fue. ¡Quería festejar!
—Marinette, ¡qué sorpresa verte aquí sola! —la voz de Adrien la hizo dar un pequeño salto.
—Oh... ¡sí, es una sorpresa! —respondió de modo torpe.
Genial, volver a su cuerpo significaba ser torpe de nuevo.
Adrien la miró con una ceja alzada.
—¿Cómo estás? —preguntó de modo astuto. Ya tenía una idea de lo que estaba sucediendo.
—Bien, ¿y tú? —su tono tímido fue la respuesta que necesitaba.
—Veo que ya eres tú otra vez, ¿no es así?
—Sí, volví a mi... ¡un momento! —Marinette dio un salto ante la sorpresa que le dio el rubio —, ¿tú sabías lo que pasó? —preguntó con la boca abierta.
—Sí, sabía que tú eras Sabine.
Marinette no pudo evitar sonrojarse y esconder su rostro entre sus manos. Estaba muy incómoda. Pensó que había interpretado bien a su madre, que nadie se daría cuenta del cambio.
Adrien rió, se agachó un poco y quitó las manos de la azabache de sus ojos.
—Marinette, no te sientas mal. Es solo que te conozco bien —dijo mientras despeinaba un poco su cabello —. Tienes un modo de ser tímido, y cuando te asustas corres de un modo especial, por eso sabía que eras tú.
—Sé que soy torpe —admitió la azabache.
Adrien se arrodilló frente a ella y colocó sus manos en los hombros de su pequeña amiga.
—No eres torpe, solo eres alguien especial, diferente —le respondió regalándole una sonrisa —. Así estás bien.
La azabache evitó llorar, aunque su sonrojo sí se hizo presente. Estaba más que ruborizada. Adrien no se rió por respeto a su amiga, aunque admitía que se veía tierna.
—Por favor, no le digas a mi madre que descubriste esto —le suplicó.
Adrien levantó su dedo pulgar, el cual Marinette enrolló con el suyo.
—Será nuestro pequeño secreto.
Ambos sonrieron y no pudieron evitar reír un poco.
—¿Y qué haces aquí? —preguntó Adrien mientras se levantaba.
—Oh, nada más vine por un helado —respondió de modo alegre la adolescente —. Creo que debería ir a comprarlo ahora.
—Toma —Adrien le obsequió el dinero suficiente para un helado —. Esto es solo porque eres una buena amiga —le guiñó el ojo.
Algunos días después, Marinette estaba más que feliz con su nueva vida.
En el colegio ya no la molestaban, de hecho, ahora tenía un grupo de amigos. Incluso ella era tutora, estaba ayudando a Chloé con la clase de Biología. ¡Era la tutora de Chloé! Jamás imaginó ser cercana a esa rubia egocéntrica.
Alya también tenía un avance, ya no era tan tímida y tampoco tenía tantos miedos. Incluso, había admitido tener un crush por Nino. Marinette intentaba ayudarlos.
Sabine por su parte había recibido muchos clientes nuevos. Todos ellos la felicitaban por la panadería, la comida y por ser una buena madre. Le hablaban de una crítica y un vídeo, aunque ella nunca lo quiso ver.
En el taller artístico, Luka estaba cada vez más cerca de Marinette.
—¿Tendremos nuestra salida, cierto? —preguntó de modo tímido.
¿Una salida? ¡por Dios! Eso sonaba tan bien.
—Solo si comemos helado —respondió con tono divertido, no quería parecer muy coqueta.
—Por supuesto, en un parque —respondió Luka.
—¡Me encanta! —exclamó Marinette.
—¿Qué te parece mañana, después de la presentación?
—Es una cita.
—¿Una cita oficial? —preguntó Luka con los ojos brillantes.
—Es una cita oficial —confirmó Marinette.
Ambos se sonrojaron.
Al día siguiente, la gran presentación se llevó a cabo.
Marinette cantó un solo. Su voz era hermosa, todo el mundo le aplaudía, todos la admiraban mucho.
Luka tocó guitarra en un momento, y Marinette volvió a cantar. Solo que cantaron juntos.
Hubo de todo. Bailes, canciones, teatro. Fue todo muy completo.
Cuando todo terminó, Marinette corrió con su madre. Aunque... se sorprendió porque su madre no estaba solo con Alexander, Adrien y Alya también estaban ahí. Y no solo ellos, sus compañeros también, incluyendo a Chloé.
Todos se turnaron para abrazarla y felicitarla.
—¿Qué te parece si compramos pizza, hija? —los demás aplaudieron.
—Oh, ¿no podría ser más tarde? —preguntó un poco avergonzada —. Es que...
Luka hizo su aparición posicionándose detrás de Marinette. Los demás comprendieron.
—Claro, vengan como a las seis de la tarde —aceptó Sabine con mirada pícara.
—Pero no...
—¡Nos vamos! —Marinette no permitió que Adrien terminara su oración, tomó a Luka de la mano y ambos comenzaron a correr rumbo a la salida.
—¿Quiénes eran esas personas? —preguntó Luka.
—Digamos que mis compañeros, el novio de mi mamá, y un amigo —respondió de modo casual —, en fin, ¡vamos por ese helado!
Luka extendió su mano, Marinette la tomó. Él no pudo evitar sonreír de modo sincero.
—¡Vamos! —exclamó feliz.
Ambos emprendieron rumbo a la heladería.
