«El infierno se ha desatado en el centro de la sabana que era su mente. El vicio, la duda y el rompimiento hacen de sus emociones, un rompecabezas. El demonio ya no está para hacerle daño, pero tampoco está para salvarle. Entonces, al ángel, se le llena el corazón de oscuridad.»
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«Sálvame si me convierto en mis demonios»
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Abro los ojos y me doy cuenta que estoy solo. Observo todos mis alrededores, Kacchan no está en ninguna parte. Pese a que hay un silencio sepulcral, no me siento intimidado y la sensación que recorre mi cuerpo está lejos de parecerse a la que me invadió la mañana que me levanté en el hotel.
No odio a Kacchan y, creo que tampoco le temo. Después de todo lo que hemos pasado para llegar hasta aquí, sólo puedo pensar en cuanto ha sufrido, en cuanto me necesita; después de anoche, sólo puedo pensar en que él puede ser realmente tierno y que, además, no me importa que sea un villano.
Todo lo que hizo, lo hizo por mí.
Me deslizo fuera de la cama porque necesito darme una ducha y suelto un quejido cuando mi cadera se queja. Siento que mi cuerpo rechina como una máquina vieja. Mis articulaciones parecen bisagras oxidadas. Una vez que estoy debajo del chorro de agua, las tensiones desaparecen y los músculos se me relajan. Cierro los ojos y busco en mis recuerdos alguna pista del Izuku que fui una vez.
Recuerdo mis temores, recuerdo mi niñez y recuerdo los abusos de Kacchan; también recuerdo mi sueño de ser un héroe..., un sueño que ahora parece tan lejano. Ni siquiera puedo reconocerme, no sé qué hago aquí, enamorado de un criminal, en lugar de volver a casa despavorido para llorar a mi madre y organizarle un entierro decente. Ya no hay metas, ni sueños tímidos..., ni All Might.
De mí, del Izuku que se supone que soy, no queda nada.
Doy vuelta a la llave y la cascada sobre mi cabeza se detiene. Me quedo unos segundos en el centro de la ducha, todo mojado y confundido. Confundido porque no me entiendo y es como si yo fuese un extraño. Pero entonces recuerdo la voz de Kacchan susurrándome todas esas promesas mientras me besaba y de pronto me da igual quién pueda llegar a ser.
Sé que Kacchan me está transformando lentamente en alguien completamente diferente y desconocido, pero no me importa.
Convencido de que —pese a todo lo que ha sucedido— voy a seguirle a donde sea, corro la cortina con mi convicción firme y tomo la toalla para secar la humedad. No tengo nada para ponerme salvo la sucia playera de Kacchan, así que me encojo de hombros y la deslizo por mi cuerpo, encima me coloco la chaqueta que Kirishima-kun dejó olvidada en una silla del comedor. Mis piernas siguen desnudas y mis pies descalzos, así que mis dientes castañean mientras me abrazo a mí mismo en mi camino hacia la habitación.
Escucho un sonido.
Me detengo en medio del pasillo para mirar hacia la puerta de entrada. Tal vez son Kacchan y Kirishima. Doy un par de pasos hacia el pórtico, pero antes de que pueda poner mi mano en la manivela, la puerta se abre abruptamente y me empuja, logrando que caiga sentado en el suelo.
—¡Kacchan!, debiste llamar si habías... —Las palabras se mueren en mi boca cuando alzo lentamente la cabeza y me doy cuenta que... no es Kacchan.
En el umbral de la entrada se encuentra un sujeto vestido completamente de negro, usa botas para la nieve y una gabardina de solapas altas lo cubre hasta las rodillas; su cabello es de un rubio pálido y su cara está cubierta por una máscara muy parecida a la de Overhaul.
Jadeo. Por alguna razón me quedo paralizado mientras él me observa a través de los agujeros de su máscara. En cuanto mi cerebro termina de procesar la amenaza, me levanto rápidamente y corro en dirección opuesta.
¿Qué debería hacer? ¿Hay armas en esta casa? ¡Kacchan no está!, ni Kirishima, y yo no tengo un bendito Quirk para defenderme. Mi respiración es un caos y todo mi cuerpo ha entrado en estado de alarma.
¡Tengo miedo!
Escucho unas risas y una secuencia de pasos en el suelo me advierten que aquel sujeto me persigue. Agarro el borde de la mesa donde hay una lámpara de lectura y la derribo para ponerle dificultades en el camino, pero él sólo salta por encima de ella y antes de que pueda sostener el alfeizar de la puerta de la habitación, él me sostiene por la cintura y me levanta sin mucho esfuerzo.
—¡Suéltame! —Comienzo a repartir golpes y patadas y cuando mi atacante se cansa de luchar, gruñe fastidiado y me avienta contra la pared.
Mi cabeza recibe un fuerte golpe, la herida de mi frente se abre, inundando la gaza con mi sangre. Mareado y un poco confundido, limpio el líquido caliente de mi cara y trato de arrastrarme lejos de él, pero entonces me agarra por el cabello e impulsa mi cabeza contra el suelo
—¡Ah!
Él vuelve a reír, lo hace como si mis quejidos le divirtieran. Su voz sale amortiguada por la gruesa máscara con forma de cabeza de ave. Mis puños aterrizan en su pecho repetidas veces, pero es como si todas mis fuerzas se hubiesen drenado con ese golpe. Estoy débil. Su mano, cubierta por un guante de cuero, se enrosca en mi cuello justo debajo de mi mandíbula y empuja hacia arriba. Atrapo sus antebrazos en un afán de que me suelte. La respiración se me atasca, pataleo contra su abdomen duro, pero él no se inmuta en lo absoluto.
Muerdo mis labios cuando empiezo a sofocarme. Lágrimas caen en cascadas por mis mejillas y lo miro suplicante, haciendo un firme esfuerzo por sostenerle la mirada. No sé qué demonios está pensando, pero al parecer no le gusta lo que ve, porque cuando mi cuello se expone, exhibiendo todo un patrón de puntos rojizos y púrpuras, él chasquea su lengua sonoramente y me vuelve a impulsar con fuerza contra la pared.
Muerdo mis labios para contener el nuevo estallido de dolor. Me quedo inmóvil, abrazando mi abdomen luego que su rodilla aterrizara en él. Me hago una bola en el suelo y resisto cada golpe lo mejor que puedo mientras trato de procesar todo lo que sucede.
¿Es que le doy asco?
¿Es debido a las marcas que Kacchan dejó en mi piel?
No lo sé, no tengo la menor idea de por qué me ataca, ¡sólo quiero salir vivo de ésta! Estiro mis brazos para impulsarme lejos en un tonto y débil intento por escapar de su golpiza, pero él me agarra por los tobillos y me arrastra por el suelo como si fuese un muñeco de tela.
—¡No! ¡Suéltame! ¡Déjame ir! ¡Por favor! ¡No sé dónde está Kacchan! —Presiono las uñas en la madera para tratar de frenarlo, empero, él sigue arrastrándome mientras la sangre de mis dedos dibuja ocho líneas escarlatas que trazan un camino hacia la cocina, donde él me suelta para arrinconarme—. ¿Q-qué q-quieres? —Mi voz tiembla tanto que estoy seguro de que no entendió ni una palabra. Retrocedo cuando él queda en cuclillas en frente de mí, me impulso con mis piernas hasta que mi espalda se topa con las estanterías debajo del fregadero y mientras pasan los segundos con su espeluznante mirada clavada en mí, temo lo peor—. ¿V-vas a matarme?
Él sacude su cabeza, pero esa negación sólo me intimida más. Si no va a matarme, entonces... ¿piensa torturarme para que le revele el paradero de Kacchan?
—¡Suéltame! —Pataleo enérgicamente cuando vuelve a agarrar mis tobillos, sin embargo, no tira de ellos para arrastrarme como hizo antes, sino que los separa hasta que mis piernas están completamente abiertas bajo su mirada—. ¡No!
Chasquea sus dientes una vez más. Es un sonido fuerte y retumba como un trueno en mis huesos. Está enojado, y no entiendo por qué. Él sólo cierra su puño y me golpea en la mejilla. Mi pómulo reacciona con un acuchillante dolor, las punzadas llegan hasta mis sienes, la piel de esa zona me palpita y mi labio —ahora roto— suelta un hilo de sangre que moja mi barbilla.
Las punzadas de dolor y el desasosiego me llevan a un estado de aturdimiento donde no puedo hacer nada para impedir que el sujeto me recueste en el suelo y sostenga mis rodillas separadas, esta vez con la intención de humillarme... más.
Un dedo, forrado en cuero, se abre paso entre mis piernas. El intruso rodeado del grueso material penetra en mí y me saca un grito de dolor mientras me arqueo y me doblo y ruego porque se detenga. El cuero no sede, no resbala en medio de las capas de piel demasiado sensibles y aun así empuja con fuerza hasta que entra. Me quema... duele... chillo por la molestia, la incomodidad y el daño, pero no le importa. Saca un poco su dedo y vuelve a empujar con fuerza.
—Para por favor... ¿Qué haces...? —lloro y sostengo su brazo con mis manos, pero él gruñe, me aparta con rudeza y sigue en su faena. Entonces, agarra mis caderas y me da la vuelta sin mucho tacto. Ahora, sobre mis manos y rodillas, el atrapa mi piel desnuda con una mano mientras me penetra con la otra.
Sé que no lo hace por algún tipo de placer. Tampoco para arrancarme el paradero actual de Kacchan. Lo hace porque me quiere humillar y lastimar y ser el principal espectador. ¿Pero por qué?
Más lágrimas calientes descienden por mis mejillas. No puedo creer que me esté pasando esto. Mis manos ya no me sostienen por los temblores y caigo de cara al suelo, mi cabeza ladeada con la mejilla presionada contra los tablones de madera. Su mano empuja fuerte dentro de mí y chillo, pero esto sólo lo regocija. Aunque no puedo ver su rostro, estoy seguro de que está sonriendo.
El pánico se arraiga en mi cuerpo como un monstruo, se instala en mi vientre y hace nudos mi estómago. Una sensación helada se aferra a mi espina dorsal, me estremece de forma dolorosa y la quemazón en mi piel, intensificada en las zonas donde él me toca, provoca en mí una llama que poco a poco se expande hasta que parece que todo mi cuerpo está cubierto de brasas ardientes.
Aprieto mis dientes hasta que los escucho crujir mientras el asco por esas manos enguantadas se intensifica.
Pierdo la visión.
Pierdo la escucha.
Pierdo todos mis sentidos de golpe.
Sólo estoy consciente del odio, de la repugnancia arraigada en mi garganta, del agotamiento y de que estoy harto de ser tratado como un maldito juguete. Es indescriptible esta sensación, como si otro yo por fin despertara. Esa parte de mí que había tratado de mantener a raya por todos los medios.
Dejo de ser consciente de lo que sucede a mí alrededor, incluso dejo de ser consciente de lo que ese monstruo le hace a mi cuerpo. Me aferro al odio como un náufrago a la tabla y saco fuerzas de la locura que muere por salir de mi interior.
Cierro mi puño e impulso mi codo hacia atrás con toda mi fuerza, golpeo a mi atacante en la cara y mientras él se queja con un gruñido, me levanto rápidamente para tomar el cuchillo que dejé en la meseta, junto a la lata de frutas en conserva. Él se levanta también, su altura sobrepasa la mía y la anchura de sus hombros me advierte que es mucho más fuerte que yo, pero no le temo.
Ya no.
Él levanta su mano, apuntándome con su palma como si fuese a hacer algún tipo de ataque, pero de pronto yo soy más rápido. La adrenalina envía electricidad suficiente para impulsarme hacia él con el cuchillo extendido. Mi atacante apenas tiene tiempo de reaccionar dando un paso hacia atrás. Estiro mis brazos, ambas manos sosteniendo el cabo de madera y empujo con todo el peso de mi cuerpo hasta que siento el metal atravesando las capas de ropa, piel, y músculos.
Él suelta un quejido ahogado y cae hacia atrás. Por la forma en que se ha quedado rígido mientras lo apuñalaba, intuyo que no se esperaba que yo culminara mi ataque. Tal vez no me creía capaz. Aun así no me detengo, sigo empujando mi improvisada arma hasta que cae de espaldas y yo aterrizo sobre él, a horcajadas. Su respiración es débil y el agarre que había iniciado en mis muñecas se afloja hasta que sus brazos caen laxos a los lados de su cuerpo. Su cabeza se ladea despacio, como si se hubiese dormido.
No estoy seguro de que sea suficiente para detenerlo, su ropa es bastante gruesa y es posible que esté fingiendo para que baje la guardia y entonces tomarme de nuevo, por lo que empujo el cuchillo más profundo, sintiendo como hace resistencia en su recorrido a través de la piel y los músculos y tal vez un órgano.
Algo me salpica en la cara cuando el cuchillo hace contacto con algo dentro de él que estalla como una bolsa de agua, el líquido se mezcla con mis gotas de sudor y me llena de asco, pero no le presto atención. Mis ojos están fijos en el hombre debajo de mí. Tengo miedo de que en cualquier momento decida dejar de estar quieto para atacarme con su Quirk.
Entonces escucho voces. Mi nombre. Alguien me llama. El susurro de una secuencia de pasos acercándose llega hasta mis oídos y me tenso creyendo que es otro enemigo; sin embargo, mi respiración se afloja lentamente una vez que veo a Kacchan ahí, de pie en el umbral de la entrada. Sus ojos hacen un rápido recorrido alrededor, las pupilas dilatándose cuando ve todo este desastre. No obstante, los nervios dentro de mí se acentúan cuando su expresión se vuelve comprensiva y sus ojos, llenos de asombro, se suavizan.
¿Qué es lo que acaba de entender? ¿Por qué parece que en el fondo de su mirada hay un deje de temor? ¿He hecho algo malo?
—K-Kacchan...
Él abre la boca para decir algo, pero los pasos apresurados de alguien más lo detienen y una vez que Kirishima se une a él debajo del alfeizar, siento que mis temores se intensifican. El rostro de Kirishima está lleno de horror cuando me ve.
—Deku, ¿qué has hecho?
El olor del antiséptico se me cuela por la nariz y me taladra el sentido del olfato. Siento que cada molécula de mi cuerpo pesa una tonelada; mi cabeza palpita de dolor, mis extremidades se sienten adoloridas y tensas, y el ambiente húmedo y sucio hace que mi estómago se revuelva.
Por un momento me lleno de pánico, creo que me he quedado ciego porque no puedo ver absolutamente nada, pero entonces me percato que algo cubre mis ojos, que presiona mis párpados para mantenerlos cerrados —tal vez una venda, o un antifaz— y que mis manos y piernas están restringidas por alguna especie de atadura.
Estoy perdido, desorientado y me siento lento y pesado; sin embargo poco a poco los espacios vacíos de mi memoria se llenan: La noticia de la muerte de mamá, la lucha con Kacchan bajo la nieve, nuestra reconciliación, el hombre de la máscara, el ataque, el cuchillo, la sangre... La muerte... Kacchan está muerto... ¿Y yo lo maté?
Un grito ahogado escapa de mí. Los vellos de mi cuerpo se erizan cuando el terror se detona como una bomba en mi cabeza. La sensación de malestar incrementa mientras trato de eliminar esos recuerdos y llenar mis pensamientos con los retazos de memorias que he perdido.
Me sacudo violentamente, lucho contra mis ataduras hasta que me corta la piel. El calor punzante y la quemazón me advierten que estoy herido y que sangre aún fresca me moja por todas partes, pero no me detengo. Caigo de lado en el suelo, me muevo inútilmente, busco a tientas algo que pueda liberarme, me sacudo de ida y vuelta, y sin embargo no llego a ninguna parte. Estoy débil, aturdido, pusilánime.
Mi mente está en blanco. Sólo puedo dar vueltas alrededor de la noticia desgarradora y alucinante que aún no puedo procesar.
Kacchan está muerto y yo lo maté.
Pero no hay nada que pueda cambiar ese hecho.
Trato de llenarme con esa idea, trato de consolarme a mí mismo. No. Más bien, trato de justificarme. Él me atacó. Él me golpeó. Él me humilló. Él era mi enemigo.
«Pero era Kacchan».
Dice una voz en mi cabeza y pese a que trato de ignorarla, ella vuelve para torturarme.
«Lo asesinaste con tus propias manos. Eres peor que un villano. Eres peor que un asesino. Eres un monstruo».
Sacudo la cabeza para negar. '¡No es cierto!' Le grito a esa parte de mi mente, pero ella no me escucha.
«Está bien, Kacchan es tu héroe, él vendrá para rescatarte».
Dice, pero no puedo creerle, ni siquiera puedo pensar con coherencia.
«Kacchan es tu héroe».
Sacudo mi cabeza otra vez.
«Pero no vendrá».
Lágrimas salen de mis párpados prisioneros. Un sonido se me escapa, una mezcla entre gemido y sollozo.
«No vendrá porque lo mataste».
Entonces vienen más recuerdos.
Es verdad. Kacchan es mi héroe, porque luchó hasta el final para protegerme. Pero es otro Kacchan... ¡No! Es mi Kacchan, al que amo. Pero... mi Kacchan no es un adulto... ¡Es verdad, Kacchan murió! ¡Yo lo maté! No, no lo maté, él me salvó. Me ha estado protegiendo todo este tiempo. Incluso al final, él siguió a mi lado. La casa explotó de repente, pero Kacchan y Kirishima se lanzaron sobre mí para cubrirme del impacto.
«El Quirk de Kirishima es realmente útil».
La voz de mi cabeza vuelve a molestar.
«Un Quirk como ese podría hacerte el compañero ideal para Kacchan».
'Kirishima-kun es un buen compañero para Kacchan'. Intento decirle, pero la mordaza en mi boca sólo hace que salgan mugidos inentendibles.
«Eres un inútil».
No quiero ser un inútil. Pero es verdad. Lo soy. No pude hacer nada luego de la explosión, cuando llegaron más hombres de Overhaul preguntando por su amigo extraviado... Kacchan. Él era uno de sus hombres. ¿Pero por qué? ¿Cómo entraron en contacto? ¡No puede ser verdad! ¡Kacchan no es un villano! ¡Kacchan quería ser un héroe como All Might!
Ambos Kacchan son villanos... Ambos tienen el mismo destino... ¿Por qué?
«Porque Deku desapareció de repente»
¡Yo no desaparecí! Yo sólo escogí... escogí... cumplir mi sueño... estar a su lado. Tomé una decisión... Una mala decisión.
«Y por eso tu madre fue asesinada».
¡No!
«Por eso tu mejor amigo escogió el bando equivocado».
¡No!
«Por tu culpa, Kacchan es un villano».
¡No!
«Eres un estúpido Quirkless que sólo trae problemas, consecuencias, desgracias...»
¡No es cierto!
Golpeo el suelo con mi frente. Lo hago una, dos, tres, siete veces, como si así la voz se fuese a detener. Pero no lo hace, me sigue torturando por los siguientes minutos, culpándome, haciéndome responsable de cada maldita mala decisión.
«Afróntalo. De no ser por ti...».
¡Calla!
La voz por fin se detiene.
Quiero escapar pese a mis restricciones y mientras uso a mis rodillas y mis hombros como material de empuje, me arrastro por el suelo como un asqueroso insecto. Apenas avanzo unos pocos pasos, el sonido del metal arrastrado y el dolor en mis tobillos hace que me detenga en seco. El miedo aumenta considerablemente y, de pronto, me encuentro tanteando con mis pies en los grilletes que se aferran a mi piel, al parecer conectados a una cadena.
El horror se apodera de mi cuerpo a una velocidad impresionante, la desesperación hace que un agujero se instale en la boca de mi garganta y entonces grito. Grito por el terror. Grito por la angustia. Grito por ayuda mientras tiro con fuerza de mis piernas, la cadena tensándose y los grilletes clavándose como cuchillas en mi piel, de por sí lastimada. La cadena se tensa con cada sacudida, tal vez está clavada al suelo o a la pared pero no me importa.
Grito, pero mi voz sale amortiguada por la mordaza. Nadie me escucha, o pretenden no escucharme.
Los gritos son sustituidos por sollozos aterrorizados, y se transforman en gruñidos, gemidos lastimosos provocados por el intenso dolor que lentamente recorre todo mi cuerpo al despertar por completo de ese estado de semiinconsciencia en el que me encontraba.
Los recuerdos de lo que pasó después de la explosión llegan dando bandazos. La lucha contra los hombres de Overhaul se reproduce como una película a través de mis párpados cerrados y veo la espalda de Kacchan justo delante de mí. Su piel llena de golpes y quemaduras, su torso desnudo y su mirada llena de fuego, cubierta por la convicción de que me protegerá a toda costa.
La lucha se desató demasiado rápido. Kirishima daba pelea por un lado, Kacchan por el otro y yo sólo podía mirar desde el suelo cubierto de nieve y escombros. También recuerdo mis gritos y recuerdo las alas negras en la espalda de Kacchan. Aquel maravilloso tatuaje que cubre sus omóplatos en su totalidad.
¡El tatuaje!
Mi cerebro trabaja a mil por segundo y mi respiración se atasca cuando recuerdo a una de esas alas derritiéndose, rodando por la piel de Kacchan como tinta mojada. Le grité, creyendo que estaba herido y él se extrañó por esto.
'Tus alas... la derecha... se derrite...' Le había dicho. Y él sólo me frunció el ceño y dijo: 'Sólo tengo tatuada un ala, Deku. Porque mi otra ala eres tú.' Después de eso siguió dando pelea contra los dos secuaces que habían aparecido de la nada, exigiéndole el paradero de esa tal Eri.
El tatuaje es la clave, estoy seguro. Trato de buscar alguna otra pista en mis memorias nebulosas, pero no recuerdo qué sucedió luego. Ni siquiera recuerdo si Kirishima sobrevivió. Y Kacchan...
Temo lo peor.
Lucho de nuevo, ésta vez siento con más claridad que la humedad cae en forme de gotas desde mis piernas hasta el suelo y soy consciente que se trata de mi sangre, pero no me detengo, porque si lo hago, terminaré aovillándome en el suelo mientras lloro como una cría indefensa.
Llorar no soluciona nada.
Pasan segundos. Minutos. Horas... Antes de que alguien se digne a presentarse en donde estoy. Para cuando ese momento llega, estoy completamente histérico. El aire me falta, me siento mareado, aletargado, torpe. Necesito salir de aquí. Necesito saber que Kacchan y Kirishima están bien. Y necesito ver a Overhaul para golpear su cráneo contra el suelo hasta que estalle en pequeños fragmentos.
Unos pasos repiquetean por el suelo, se acercan a mí y se detienen justo a un lado de mi oreja, que está presionada en el piso. Unas manos me agarran por mis ataduras y a pesar de que de ese modo me lastima, tira de las cadenas para separarme del suelo y me avienta contra la pared en una posición de sentado. Muerdo la mordaza para no quejarme. Aprieto mis dedos en puños, tanto, que las uñas se me encajan en la piel. Sin embargo me mantengo quieto, sereno, tranquilo.
—Ah, Black Vacuum, mira que nos has dado problemas. —Dice el hombre con un pesado suspiro que me golpea directamente en la nariz y hago una mueca. Sé que no habla conmigo y que tampoco se refiere a mí. Sé que habla de Kacchan. Por el tono de su voz, también sé que soy la carnada.
Mi garganta arde de tanto gritar, mis ojos se sienten hinchados debido a las lágrimas, mi cuerpo entero vibra cada pocos segundos debido al pánico y mi respiración es un silbido jadeante. Empero, me mantengo tan firme como soy capaz, haciendo lo posible por no intimidarme.
El hombre ni siquiera se inmuta. Aunque no puedo verlo, lo sé porque vuelve a suspirar de un modo casi perezoso.
—En unas horas soltaré tus ataduras para darte de comer, después volveré a encadenarte. —Dice, como esperando algún tipo de reacción.
No la tiene.
No necesito verlo para saber quién es. Su voz lo ha delatado. Es Overhaul quien me mantiene prisionero y quien ahora acaricia mi cabello como lo haría con un animal herido. Concentro toda mi energía en no moverme, en no reaccionar. La persona que quiero matar con mis propias manos está justo delante de mí, pero no puedo hacer nada.
Aun así, me mantengo quieto, porque sé que llegará el momento.
La venda es retirada de mi rostro. Me cuesta algunos segundos de dolor acostumbrarme a la nueva iluminación, pero una vez que lo consigo, sostengo la curiosa mirada de Overhaul lo más firmemente que puedo. Sus ojos dorados se vuelven estrechos por un segundo, como si me evaluara, y yo lo evalúo a él.
Tengo miedo.
Más bien, estoy aterrado.
No obstante, sé que él puede ver en mi expresión el punzante deseo que tengo de enterrar mis pulgares en sus cuencas oculares hasta dejar nada más que dos agujeros.
La máscara no me deja ver el resto de su cara, sin embargo sé que está sonriendo. Por alguna razón le regocija —o de lo contrario le divierte— mi convicción.
—No te preocupes, Midoriya Izuku. —Su voz está contaminada por la risa contenida—. Una vez que termine con él, te lo dejaré medio vivo para que lo mates... también.
Reacciono antes de que mi cerebro me recuerde que sólo es una provocación. Me inclino hacia Chisaki como si quisiera estrangularlo, pero el dolor y la quemazón en mis brazos me recuerdan que sigo atado y a su merced. Quiero escupirle, soltarle todo un vómito de amenazas y maldiciones, pero la mordaza sigue ahí, impidiendo el movimiento de mi lengua.
Chisaki levanta las manos con las palmas hacia afuera, como una señal de rendición.
—Para ser un Quirkless sin ningún tipo de habilidad, tienes una gran sed de sangre, mocoso de mierda. —Él se levanta de su posición en cuclillas, sacude sus pantalones cuidadosamente y acomoda sus guantes desechables en son de amenaza. Entonces ríe, como si hubiese encontrado algo divertido en mí—. Sí, ese idiota lo hizo de nuevo.
No sé de qué demonios está hablando hasta que hace su recorrido hasta la puerta oxidada y se detiene en el umbral.
—Me gusta la intensidad de tu mirada, tal vez... —Deja la frase flotando en el aire cuando niega con su cabeza, como si se retractara de sus propios pensamientos y sale, dejando el espacio con una desagradable sensación de frialdad.
Una vez más estoy solo, luchando contra mis demonios internos.
Una vez más estoy solo, en medio de la oscuridad.
Continuará...