IV.
Del arte de dar regalos
Es el cumpleaños de Tomoki. Izumi decide que hacer un regalo en conjunto sería un lindo detalle. Junpei tiene gustos eclécticos y es un aliado de doble filo —ellos parecen coincidir poco en gustos— pero él es feliz con la idea de dar regalos así que es el primero en inscribirse bajo su idea. Kouichi suele ser quién la acompaña en las compras usualmente —se pregunta, superficialmente, si el haberse criado con muchas mujeres en su familia es lo que influencia esa actitud— y acepta justo después. Sabe que él convencerá a Kouji. Takuya le dice que sí, por supuesto. Pero que por favor lo deje opinar y tener voto en la elección final.
Izumi le hace creer que tiene la última palabra. Imagina que todos saben que el regalo necesita su aprobación total.
—Podríamos comprar un balón de fútbol —propone Takuya—. A Tomoki le gusta.
—Tú puedes comprarle un balón de fútbol por tu cuenta —discute Izumi. Quiere creer que suena razonable pero Takuya siempre sabe qué decir para irritarla—. La idea es que sea algo más... más completo. Y a nuestro alcance.
—Le gustan los videojuegos —les recuerda Junpei—. Tal vez podríamos comprarle ese juego que hace tiempo que quiere.
—¿Por qué es diferente a lo que yo dije?
—Porque dice que pusimos más esfuerzo que una pelota de fútbol —afirma Junpei.
—¿Tienes alguna idea? —pregunta Kouji, alzando una ceja. Él no es de hablar demasiado pero sus palabras son siempre bien pensadas—. ¿O solo nos trajiste aquí para deliberar?
—Pensé en muchas cosas pero nada me convenció. Tomoki me contó que se está mudando a Shinjuku con su familia en las vacaciones y estaba un poco triste por despedirse. Quería algo que le ayude a sentirse cómodo y que haga que nos recuerde.
Kouichi frunce el ceño. —Pensé que la mudanza sería el próximo año.
—Parece que su padre adelantó los planes.
Izumi es quien vive más cerca de Tomoki y por ello la que más enterada está de los movimientos de su familia. Después del verano, su pequeño amigo estaría más cerca de la casa de Junpei. Es un poco triste pensar en lejanía.
—Podemos ir recorriendo las tiendas y ver si algo se nos ocurre —propone Kouichi—. Aunque me gustaría que le compremos algo personalizado. Algo que vea y pueda decir que fue hecho para él.
V.
El cuidado de los hermanos
—¿Por qué tengo que ir? —pregunta Shinya. Es una protesta quejumbrosa, con el tono que solía hacer que Takuya quisiera gritar, y aún así es fácil de ignorar. Shinya ha estado de malhumor desde que sus padres insistieron en que tenía que salir más de casa —jugar menos a los videojuegos — y decidieron que Takuya debería actuar como ejemplo y llevarlo con él a todas partes. Shinya jamás se queja, honestamente. Las protestas se marchitan más rápido que las flores, con menos gracia también.
—Tienes que venir porque hoy es mi turno de elegir adónde ir y quiero visitar a mi mejor amigo.
—Kouji-niichan no va a querer vernos si está tan enfermo como dijiste —dice Shinya, sonando un poco más sereno. A veces lo único que necesita es que Takuya lo escuche—. Seguro se molestará contigo.
Significaría algo si los enojos de Kouji fuesen oasis en un desierto.
—Que se moleste.
Takuya no está preocupado realmente. Es solo una gripe pero Kouichi sonaba un poco inquieto en el teléfono el día anterior —Kouichi siempre es protector con Kouji— y Takuya quiere asegurarse que ambos están bien. Kouji no acostumbra a dejar que otros lo cuiden y Kouichi es tentativo cuando se trata de los límites de su hermano, se agobia en exceso por nimiedades. Es gracioso, en realidad, porque Takuya está completamente seguro que Kouji no le pondría límites a Kouichi. En ninguna forma. Él tampoco le pondría límites a lo que haría por su hermano.
«En vez de hablar de esto conmigo, deberías buscar una forma de ayudarlos», había dicho Izumi. Ella había ido a visitar a Kouji el día anterior para llevarle un poco de sopa casera. Kouji, seguramente, habría murmurado un agradecimiento en italiano porque ella estaba radiante al mencionarlo y porque Kouji tiene esos detalles impensables.
—Si te hace sentir mejor, Kouichi también está en la casa.
El ánimo de Shinya se enciende notablemente y Takuya sonríe para sí mismo mientras esconde sus manos en los bolsillos. Ese truco siempre funciona. A Shinya le gustan todos sus amigos —bueno, quizá Tomoki entra en la categoría de rival porque esos dos encuentran cualquier cosa para competir— pero tiene un cariño especial por Kouichi. Takuya cree que debería sentir celos pero, en cambio, algo cálido le abraza el pecho. Él también tiene un cariño especial por Kouichi, después de todo.
—¡Llegamos! —dice su hermano pequeño y se adelanta para cubrir más terreno. Takuya sonríe—. ¡Okami! ¡Kouichi-niichan!
Kouichi, que lleva al perro de Kouji con su correa, levanta la mirada. La sonrisa que aparece en su rostro es como un rayo de sol que se asoma entre las nubes.
—Hola, chicos —Los saluda. Okami mueve la cola mientras recibe con gracia los mimos de Shinya pero Takuya no se le acerca: el perro lo odia, por alguna razón—. Iba a salir a dar un paseo con Okami... Kouji insistió en que no podía perderse su paseo. Ahora no se va a quedar solo.
—Sus papás todavía están de viaje —adivina Takuya.
—Llegan mañana al parecer —confirma—. Kouji está levantado así que seguro que te abrirá. Estoy seguro que está muy aburrido.
—Por eso estamos aquí —apunta Takuya—. ¿Podrás manejar a Okami?
Kouichi ladea la cabeza un poco, de una forma que a Takuya le recuerda al gato que vivía en la esquina de su casa, y luego mira a Okami. Takuya ve que Kouichi rasca detrás de las orejas del perro.
—Él es un buen chico.
—¿Puedo ir con Kouichi? —pregunta Shinya, con su mejor mirada de inocente brillando en toda su cara.
A Takuya se le mezclan las palabras cuando Kouichi se ríe en voz baja.
—¿Ah?
—¿Puedo ir a pasear a Okami con Kouichi? ¡Me portaré bien!
Takuya despega su mirada de la de su hermano y se encuentra con que el mayor de los gemelos sigue sonriendo.
—¿Por qué no vas a saludar a Kouji primero y luego nos vamos al parque un rato? Seguro que Okami se va a entretener más que si voy solo.
La cara de Shinya se ilumina mientras corre hacia la casa. Takuya tendrá que decirle a sus padres que ha sido un buen hermano y ha logrado que Shinya fuese a jugar al aire libre. No es una mentira.
—Kouji quería que deje de estar pendiente y por eso me pidió que saliese con Okami —le dice Kouichi, luciendo un poco apenado—. Pero creo que así ganamos todos. Le gustará verte, sé que hace tiempo que no se ven ustedes dos, y Shinya-kun nos hará compañía a Okami y a mí.
—¿No te molesta? Shinya... —Las palabras vacilan—. Es un típico hermano menor y puede ser...
—No me importa —responde Kouichi con ese tono que hace imposible dudar. Su sonrisa es siempre un gesto suave, a Takuya le encanta verla pintada en su cara. No piensa mucho sobre los por qués—. Puede que sea porque Kouji y yo nos intercambiamos los roles. Él tiene la idea de que es el hermano mayor siempre. Me gusta la idea de uno pequeño.
Takuya cree que entiende un poco más por qué a Shinya también le gusta pasar tiempo con Kouichi.
—Cuando volvamos podremos preparar algunas cosas para comer —comenta, con aire pensativo. Takuya no está seguro si piensa en voz alta o es parte de la conversación—. Quizá deberíamos decirle a los demás que vengan también, ¿no te parece? Si pueden. Es la última noche que tenemos la casa para nosotros.
—Izumi lleva semanas insistiendo en una película que quiere que veamos juntos —recuerda—. Les enviaré un mensaje apenas se distraiga Kouji para sorprenderlo. Ni tendrá tiempo de fingir que la idea le molesta.
Kouichi se ríe y Takuya se felicita por una buena decisión tomada.
—Kouji-niichan dice que tengamos cuidado y no volvamos muy tarde —dice Shinya, emergiendo repentinamente desde el interior de la casa. Repite eficientemente las demandas de Kouji. Takuya reconoce el tono y la preocupación subyacente. Tiene la tentación de poner los ojos de blanco.
—Tendremos cuidado y volveremos antes de que el sol se ponga —dice Kouichi, sonriente. Es un contraste con el niño sombrío que Takuya conoció en un tren, los tres de ellos lo son, y sonríe. La mirada de Kouichi se posa en él—. ¿Algún mensaje que debamos obedecer, Takuya?
—¿A ti? Ninguno. Ya eres... tú. —Kouichi parpadea y Takuya aprovecha su desconcierto para volverse hacia su hermano menor—. Pero tú... Sé bueno con Okami y no molestes mucho a Kouichi.
—¡No soy molesto! —Es instintiva, la respuesta indignada. A Takuya le roba una sonrisa, pero la atención de Shinya está fija en Kouichi—. No lo soy ¿verdad?
—No, no lo eres.
Es suficiente tiempo en un sitio para que Okami se sienta inquieto y lo haga notar con un quejido. Takuya lo ve mover las orejas cuando Shinya se acerca con uno de sus juguetes que hace ruido. El perro mueve la cola, en anticipación.
—Es hora de irnos —anuncia Kouichi y la diversión rebosa cada palabra. Parece un poco tímido, sin embargo, cuando se vuelve para mirarlo—. Nos vemos luego, Takuya.
Shinya aprovecha la despedida. —¡No molestes mucho a Kouji-niichan!
VI.
En primeras impresiones
La lluvia la sorprende en el recorrido a la estación, a un par de calles de su casa. Izumi no tiene su paraguas —el cielo no había tenido más que unas pocas nubes de algodón cuando salió de su casa y la lluvia había sido un anuncio tardío— y si bien la lluvia no le disgusta, la cortina de agua no la invita a recorrer la distancia que la separan de su destino final. Es una lluvia que promete tormenta, que oscurece el cielo hasta que ya no hay más que negro sobre su cabeza. Tal vez debería decirle a Kouji que dejen la reunión para otro momento. Odia la idea, la resiste, porque Kouji fue quien propuso el encuentro y ella sabe que a él le cuesta dar esos primeros pasos. Es adorable en su timidez porque, en todo lo demás, no parece titubear.
Su teléfono vibra dentro de su bolsillo. La lluvia cubre el sonido.
«Está lloviendo mucho» dice el mensaje. A Izumi le saca una sonrisa el remitente. Es justo la persona en la que pensaba. «Creo que es mejor que nos veamos otro día. No necesitas salir con esta lluvia».
A veces, a pesar que lleva tiempo conociéndolo, todavía se sorprende lo atento y cuidadoso que es Kouji. Parecía frío, a primera vista. Lo fue. Sus ojos lo traicionan, sin embargo, si sabes cómo mirarlos.
«Justo pensaba en escribirte» le responde. La lluvia no suaviza la sinfonía que toca pero actúa como una melodía de fondo. «Tienes razón. Mejor esperemos un día más agradable».
«Y no te preocupes por no poder venir hoy» se lee en el siguiente mensaje. Izumi puede ver con claridad la expresión con la que Kouji escribe las palabras.
«Entendido». Contesta. Su sonrisa amanece en pleno día gris. «¿Sabes? Creo que nunca te lo dije, pero ya decidí lo que pienso».
«¿Qué?» Hasta la confusión es palpable en la pregunta. Izumi tiene el impulso de reír.
«Que eres amable», anuncia, fácil.
El recuerdo quizá es difuso para él, pero ella lo tiene presente. Una vez, en el Mundo Digital, cuando sus caminos apenas se habían cruzado, ella le había dicho que no sabía si él era amable o grosero. Que no podía decidirlo. Muchas cosas han pasado, desde entonces.
Kouji puede ser ambas cosas, sin duda, pero, Izumi está completamente segura, su corazón es tan suave, tan liviano, como una pluma.