Los personajes fueron creados por Thomas Astruc. No me pertenecen en lo absoluto.
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Epílogo
"Descubriéndonos"
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Cuando volvió la primavera, Marinette supo que la intranquilidad la cargaría hasta el final de la estación, las flores que atiborraban los extensos parques de París no supieron distraerla de su preocupación, ni las agradables temperaturas, ni el festejo progresivo que se iba instalando en la ciudad; con el estómago un poco más apretado con el pasar de los días, veía en el calendario la cercanía abrumante de esa fecha especial; el día en que Nathanaël rendiría, por segunda vez, el examen de admisión a la Escuela de Bellas Artes.
Aunque, si lo analizaba detalladamente, Nathanaël nunca tuvo la oportunidad de dar el examen de ingreso en primer lugar; el joven se había visto incapaz de presentarse, cuando vio a su abuela perecer ante la enfermedad que cargaba hacía tantos años.
Marinette se volvió más insistente por las horas de estudio de Nathanaël, repitiendo que estudiara los contenidos una y otra vez, para que se le quedasen adheridos a la cabeza. Lo llamaba en sus días de descansos para que estudiara y, en una y que otra ocasión, iba a espiarlo por las noches, durante sus guardias nocturnas, sólo para asegurarse que Nathanaël estuviera cumpliendo con el horario de estudio y, en caso de no hacerlo, darle una reprimenda. Incluso, para la sorpresa de Nathanaël, Marinette se negó a salir juntos tan seguido, sólo para darle más tiempo al joven artista de prepararse. Y es que ella guardaba aún, con ese escozor dejado por el dolor, el temor de arrebatar a Nathanaël la oportunidad de estudiar en la casa de estudios de sus sueños. No quería errores, no quería accidentes, ni percances que podrían perjudicar al chico otra vez.
Si lo permitía, ella jamás se perdonaría a sí misma.
La angustia estaba devorando la calma natural de Marinette, y Nathanaël lo notó; entonces supo que lo mejor era conversar las cosas, antes que la muchacha sufriera un ataque de nervios por la ansiedad. Esperó que llegara la noche para hablar. Cuando oscureció y el reloj marcó la media noche, Marinette hizo acto de presencia en su habitación, vestida de Ladybug.
—Holap —sonrió, Ladybug apareció sentada en el alfeizar del ventanal, sonriente y picarona—. ¿Qué tal, chico guapo?
Nathanaël elevó la comisura de sus labios, sentado frente al escritorio, al oírla llegar. Giró el asiento hacia ella, divertido con la personalidad que tomaba su novia siendo la heroína de París; acostumbraba ser más coqueta y bromista, como si ambos estuviesen todavía intentando cortejarse.
—Todo muy bien, gracias por preguntar. ¿Qué tal tu día, Ladybug? —continuó él, siguiendo el juego para el gusto de ella.
—Muy tranquilo, la ciudad de noche es bellísima. Afortunadamente ningún ciudadano ha sido atacado hoy por un akuma.
—Son buenas noticias.
—Excelentes, diría yo —respondió ella—. Chico guapo, ¿qué estáis haciendo?
Nathanaël suspiró.
—Estudiando, verás, me ocurre algo muy curioso, ¿sabes?
Ladybug ladeó la cabeza, intrigada. El pelirrojo arrojó los libros y su cuaderno de apuntes sobre su cama.
—¿Qué cosa?
—Tengo una novia loca que no me deja tranquilo —dice, Nathanaël, poniéndose de pie y caminando hacia ella—. Está tan preocupada por mí, que incluso cedió esos días en que nos vemos, sólo para que yo estudiara más.
—Oh... —Ladybug siguió al joven con la mirada, levantando un poco su cabeza cuando él quedó justo frente a ella—. ¿Es eso un problema para usted?
—Por supuesto...
—¿Por qué? Ella debe amarte mucho para preocuparse por ti de esa manera —habló, Ladybug, bajito.
Nathanaël suspiró ante el comportamiento de su novia, se justificaba a pesar de estar consciente de que no era saludable para ella tomar tantas preocupaciones.
—Lo sé, pero es testadura como una mula y no comprende que yo quiero estar con ella. Que no la veo hace días y, cuando nos hablamos, ella solo quiere hablar unos minutos y luego se va, porque prefiere dejarme tranquilo para estudiar.
La mujer, todavía sentada en su lugar, ladeó ligeramente su boca.
—Eres más guapo calladito —resopló, no muy contenta.
—Y tú eres más guapa sin la máscara...
La joven sonrió, como se sonríe al escuchar algo tibio para el corazón. El pelirrojo acercó su mano a ella y retiró lentamente la máscara, hasta despejar por completo el rostro femenino; el azul de los ojos de Marinette contrarrestaba con la noche teñida de su cabello...
Para Nathanaël, Marinette era día y noche a la vez.
—Te echo de menos, ¿sabes? —confesó Nathanaël, ya sin seguir el juego—. No tienes que hacer tantos sacrificios por mí.
—Hum... —Marinette miró sus propias manos sobre su regazo; no muy convencida por las últimas palabras de Nathanaël.
—Estaré bien —Nathanaël se puso de rodillas frente a Marinette, mirándola a los ojos—. No tienes que tomar mis preocupaciones todo el tiempo, Marinette, no es bueno para ti. Te he notado angustiada estos días y no es bueno para tu salud.
—Es que yo... —la joven suspiró, desviando la mirada—. No quiero perjudicarte, Nath, no quiero que falles otra vez... Tú... te has esforzado más que nadie y no quiero que nada te impida hacer lo que tanto amas. Sé que no debo culparme por no haber atrapado el akuma hace un año atrás, pero no he podido evitar pensar en todo este tiempo, qué hubiera pasado si lo hubiese atrapado antes...
Nathanaël exhaló todo el aire de sus pulmones y esperó un momento, levantando su mano, acarició la mejilla de Marinette. No le gustaba verla preocupada o entristecida.
—No tenemos que pensar en eso, Marinette, ya es parte del pasado. Aún duele, lo sé, pero ahora estoy completamente seguro de que ese examen lo aprobaré, cree en mí.
Cree en mí...
Marinette recién comprendió que su comportamiento estaba hiriendo a Nathanaël indirectamente; al no depositar su confianza en las capacidades de él. La vista se le nubló un momento y de pronto se sintió tonta.
—Entiendo... Lo siento. Sí creo en ti, Nath, podrás lograr todo lo que te propongas...
Nathanaël se llevó el dedo índice a los labios, pidiendo silencio y ella se interrumpió.
—Es mi padre, nos puede oír —susurró, una vez de pie.
Marinette lo imitó, apegándose a él, con el alma sobrecogida.
Se quedaron calladitos, Nathanaël serio y Marinette divertida con la situación, parados en la ventana, esperaron que el padre del joven volviera a entrar a su habitación. Se escucharon sus pasos, el ruido de la llave de la cocina y sus bostezos. El ruido de sus pies subir hacia el cuarto piso los hizo suspirar aliviados.
—Uf, eso estuvo cerca —rió Marinette, tapando su boca con ambas manos, emocionada y dando pequeños saltitos. El joven se volvió a ella y simplemente sonrió, el flequillo rojizo descendiendo elegante hasta topar con su mejilla.
—Si nos descubren, tendremos que cavar nuestro propio hoyo.
—¿Tú crees? Yo creo que visitarte por las noches es emocionante —confesó ella, alegre—. ¡Es excitante! Es como estar en esas escenas románticas de las novelas de Alya...
—¿Ah, sí? —cuestionó Nathanaël, repentinamente interesado por lo revelando por su novia—. ¿Y qué sucede en esas visitas?
—Pues, generalmente es el chico quien se escabulle por la habitación de la chica, entonces entra y se miran. Ella parece muy sorprendida y se da cuenta que tiene sentimientos muy profundos por él y él... —Marinette tomó las manos de Nathanaël e hizo que rodeara su cintura con ambos brazos—. Entonces él la abraza así, porque quiere estar lo más cerca posible y ella pone sus manos en el pecho de él y...
—¿Se acuestan? —se atrevió a decir Nathanaël.
—¡Cielos, no! —chilló Marinette y el joven cubrió su boca con una mano, callándola en el acto—. Ups, lo siento —musitó.
—Intenta no gritar.
—Tú fuiste quien me provocó —exclamó ella en voz baja, ruborizada—. ¿Desde cuándo puedes decir esas palabras con tanta facilidad?
Nathanaël se encogió de hombros, aún sujetando a Marinette de la cintura.
—No lo sé, puede ser por los cuadros que he visto, existen muchos que emplean el sexo de forma poética y artística, Marinette.
Ella sintió que le bullían los oídos, abrió ligeramente sus ojos, impresionada.
—¿Y tú has visto esos cuadros?
Él asintió.
—Huh...
No se esperaba eso de Nathanaël.
—Entonces... ¿qué sucede en tus novelas? —volvió a decir él.
—P-pues... —Marinette casi había olvidado de lo que estaba hablando. Con las mejillas encendidas volvió a hablar—. Se dan un beso apasionado, luego otro y otro y...
Sintió tanta vergüenza que fue incapaz de continuar, se llevó las manos al rostro, sólo para descubrir que su piel estaba caliente. Reprimió un gritito como una colegiala.
¡Era una pervertida!
—¿Qué clase de novelas lee Alya? —rió, Nathanaël.
—Deja, son románticas... Los hombres nunca entenderán, porque…
Marinette se descubrió el rostro y se interrumpió, la mirada de Nathanaël cambió drásticamente; se volvió profunda y, de pronto, se sintió absorbida por él. Los brazos del joven se cerraron alrededor de ella y el calor de la piel de Nathanaël atravesó la tela de su traje; se miraron un momento antes de que él la besara con el mayor ardor, expresando todo en cada beso. Marinette sintió que le estallaría el corazón, mientras Nathanaël experimentaba el umbral de sus sentidos dispararse de placer.
Besar a Marinette era un privilegio y un placer, sentir su boca, su piel a momentos, sus manos alrededor de su cabello, el aroma de cuello cuando, en ocasiones, depositaba un beso travieso allí. Marinette era refugio, calor y ternura; y Nathanaël se descubrió inexplicablemente atraído por sentirla un poco más con cada día.
—Ay... —ella se sobresaltó y se cubrió el rostro—. Estás muy intenso hoy —murmuró, avergonzada.
Nathanaël no dijo nada, se limitó a apoyar su frente en el hombro de ella.
—¿Me dejas tomar un respiro?
—C-claro —titubeó él, recién percatándose de cómo se estaba comportando. Sintió su rostro arder, inspiró hondo y se obligó a mantener fría la cabeza.
Se quedaron así un rato, antes de que Marinette, ya con los latidos de su corazón más calmos, hallara su voz.
—¿Q-quieres salir?
—¿A dónde? —preguntó, Nathanaël, levantando la cabeza.
—¿Quieres ir al río Sena?
El joven sonrió, era el lugar favorito de Marinette; inexplicablemente aquel lugar se había teñido de nostalgia para ambos, porque todo comenzó allí...
—¿No me estás engañando? ¿O sí? —se cruzó de brazos, Nathanaël—. ¿Cómo sé que no es una broma y lo único que quieres es llevarme de nuevo a los libros?
Marinette rió brevemente.
—Es la verdad —sonrió—. Tienes razón, he sido una pesada con eso, pero... lo hago porque te quiero y quiero lo mejor para ti.
Nathanaël se llevó una mano al pecho y se frotó allí.
Auch...
—¿Qué pasa? ¿Te sientes mal? —dijo ella, preocupada.
—No, es que se me acaba de clavar algo aquí dentro cuando dijiste eso. Creo que me robaste el corazón, otra vez...
La joven le devolvió la mirada, divertida, le dio un empujoncito en el hombro antes de subir al alfeizar y sacar su yo-yo.
—Es hora —extendió su mano—. Ven, Nathanaël.
—Esto es poco romántico, ¿sabes? —dijo el muchacho, ya a su lado, sobre el alfeizar—. ¿No es el hombre quien usualmente lleva a la damisela entre sus brazos?
—Son detalles sin importancia —convino, Marinette, moviendo su muñeca—. Además, tú me has salvado antes... ¿recuerdas?
Nathanaël rodeó la cintura de Marinette y le dio un besito en la frente, antes de despejar su rostro de esos cabellos rebeldes. Ella sintió su corazón apretarse.
—Y lo volvería hacer... —contestó él.
—Ugh —balbuceó ella—. También me estás robando el corazón —murmuró, con una expresión llena de dramatismo.
La sonrisa arrogante de Nathanaël le sacó a Marinette una carcajada.
—¡Eres un creído! Sostente bien, ¿ok?
Ambos saltaron al mismo tiempo y Ladybug, sin el antifaz cubriendo su identidad, fue suspendiéndose entre los edificios antiguos de París. Sentía el pecho de Nathanaël sobre su espalda y la tensión de su cuerpo cada vez que tomaban mucha velocidad y altura.
—Debo ser muy pesado —dijo él, cuando faltaba poco para llegar al río Sena—. ¿Sientes tus brazos cansados? ¿Quieres descansar?
—Estoy bien —responde Marinette, lanzando su yo-yo hacia otro edificio continúo—. Ya llegaremos...
Cuando ambos se elevaron en el cielo, se vieron las brillantes aguas del río, que avanzaban con lentitud. Marinette aterrizó en la catedral Notre Dame, en los torreones más altos, donde ningún ojo curioso los pudiera divisar. El viento cálido les despeinó el cabello y Marinette decidió dejarlo suelto.
—Llegamos —la heroína de París hizo su característica pose.
—Definitivamente me gusta más Paris cuando es de noche —respondió Nath, mirando el paisaje parisino desplegarse ante sus ojos, las luces moteadas cruzaban toda la ciudad, como pequeñas estrellas que iban trazando caminitos hacia una fuente de luz más grande, la Torre Eiffel.
Marinette se sentó en el borde, dejando sus piernas al aire. Nathanaël se situó junto a ella y le sonrió.
—¿Por qué te gusta tanto estar en el río Sena?
—Pues... —Marinette no pensó que le haría aquella pregunta, bajó su mirada hacia su regazo, echando la mirada hacía años atrás—. Recuerdo que aquí, tú siendo Evillustrator, me invitaste a tu cumpleaños...
Nathanaël hizo una expresión que Marinette no pudo descifrar.
—Ah, ¿fue cuando Chloé vio mis dibujos?
—Sí, hiciste algo muy bonito para mí, esa noche, ni siquiera te había traído un regalo o algo por el estilo. Sólo había ido para salvarte del akuma... Recuerdo que tocabas una linda melodía y solo querías charlar... Fue muy tierno.
Nathanaël negó con la cabeza—. No tengo recuerdos de ese momento, lo siento.
—Mejor —convino, Marinette—. Chat... es decir, Adrien me ayudó a salvarte y te enojaste conmigo.
—¿Te hice daño? —preguntó él, asustado.
Marinette no supo cómo decirle que casi se hundía en una barca.
—Un poco... —al ver el rostro alarmado del joven, se apresuró a decir:— Las emociones negativas son intensificadas cuando eres poseído por un akuma, no tienes discernimiento. Y sólo se actúa por impulsividad, el razonamiento se ve algo opacado; sin embargo... me sorprendió que tú fueras capaz de mantener promesas siendo akumatizado, sin buscar venganza... Nunca quisiste dañarme, solo te había herido...
—Los akumas son un misterio, ¿no?
Marinette asintió.
—Todavía me cuesta comprender qué son...
Se quedaron un momento callados y Marinette retomó el tema de conversación, se inclinó hacia Nathanaël y dejó su mano sobre la de él.
—Me gusta el río Sena porque aquí comenzó mi descubrimiento —dijo ella, con un tono de voz afectuoso y sincero.
—¿Descubrimiento?
—Sí, cuando fuimos escogidos como compañeros para la presentación de los castillos, hiciste que me diera cuenta de que no sabía demasiado de nuestros compañeros de clase, porque estuve mucho tiempo sólo fijando mi atención en Adrien... Teniendo diecisiete, no vi mayor avance desde mis trece años... Abriste mis ojos, Nath. Y me dispuse desde ese día conocerte mejor y...
—¿...Y?
Marinette se sonrojó un poco, se llevó un mechón de cabello tras la oreja, atolondrada.
—Terminé enamorándome de ti.
Nathanaël abrió un poquito sus ojos.
—Me gustó tu sinceridad, tu tranquilidad y tu timidez... —La joven apretó sus puños, nerviosa de lo que diría él—. También tu talento y tu seriedad...
Nathanaël sintió que le estallaría el pecho.
—Estás haciendo que quiera ser cursi contigo, Marinette —rió él y ella se unió a su risa, la joven apoyó su cabeza sobre el hombro de Nathanaël y contemplaron el paisaje de luces que se desplegaba frente a ellos.
—Tú también abriste mis ojos, Marinette —dijo Nathanaël, minutos después—. Me motivaste a ser más confiado de mis habilidades y no menospreciarlas, ser más abierto y no encerrarme en mis pensamientos. Gracias por eso, me ayudaste a crecer. Creo que también aquí, en este río, empezamos a descubrirnos, ¿no crees?
Marinette lo observó atentamente y, con la brisa de verano colándose entre sus cabellos, con su mente y corazón en un mismo sentir; no sopesó demasiado las palabras que diría, porque por primera vez concibió que diría lo más honesto en sus diecinueve años de vida.
—Siempre... Quiero estar contigo siempre, Nath —suspira, como si una parte de ella se hubiese marchado con cada palabra, sintió que le faltaba el aire y el corazón tembló en su pecho.
Él sonrió con infinito cariño, antes de besar su frente.
—Yo también. Quiero estar siempre contigo, Mari.
Se miraron y ese acuerdo tácito y mutuo los enlazó más de lo que imaginaron.
Cuando se despidieron, en el mismo alfeizar del ventanal, con un besito breve y un hasta pronto, no comprendieron hasta entrada la noche que se habían confesado de una manera mucho más diferente de lo que habían hecho antes; era la primera vez que admitían, ambos, querer estar siempre juntos como un compromiso. Y que el pasar de los años, no detendría nunca cuánto se querían y respetaban.
Marinette dio un salto en la cama y Tikki estuvo al borde de caer; la joven se paseó inquieta, con el pecho bullendo de actividad allí dentro, con las manos en el rostro e impresionada de sí misma y de Nathanaël. Y a su vez, Nathanaël miraba el cielorraso de su habitación, sin lograr pegar un ojo siquiera, ansioso y avergonzado.
Ambos comprendían que sus palabras habían hecho estragos en el otro.
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—Marinette, deja ya de mirar la hora, es temprano aún —dijo, Sabine, sirviendo un poco de zumo de naranja—. Y deja tu pie tranquilo, por favor
La joven se detuvo en el acto y la risa de Sabine hizo sonreír a su esposo.
—Lo siento, mamá, es que...
—Lo sé, lo sé, Nathanaël está rindiendo su examen; tienes que estar tranquila, así le demostrarás a Nathanaël que confías en sus capacidades.
—La base de una relación es confiar en las decisiones del otro —aconsejó su padre—. Siempre que éstas sean razonables, ¿no es así, querida?
—Así es, amor mío.
La joven se mordió el labio inferior, mirando su taza de leche con galletas. Resultaba obvio para Marinette pensar que sus padres poseían más experiencia cuando se trataba del amor y del avance de una relación, su matrimonio mantenido hasta hoy era la clara muestra de ello, además del profundo respeto y confianza que se profesaban mutuamente. Recordó la noche cuando estuvo con Nathanaël en el río Sena y no pudo evitar sonrojarse, después de aquella confesión, no podían ambos evitar ponerse nerviosos.
La joven suspiraba a menudo, sacando risas por parte de Alya cada vez que la escuchaba; entonces le lanzaba una broma y Marinette se ruborizaba hasta las orejas, avergonzada por la suspicacia de su amiga.
—¿Puedo preguntarles algo?
—Claro, cariño —respondió su padre, leyendo el periódico como de costumbre.
—¿A qué edad se casaron? ¿Cómo supieron que era el momento indicado?
Sabine se trapicó con el agua que bebía en la cocina y Tom sin querer rompió la hoja al pasar a la siguiente página. Hubo un silencio atronador y ninguno de los dos supo cómo continuar. Sabine se sentó junto a su esposo, dando una mirada de soslayo que dejaba entrever a su marido que retomara la conversación; tanta fue la perplejidad para el pastelero, que tuvo que recibir una patadita reactiva bajo la mesa.
—B-bueno... Es difícil responder esa pregunta, hija mía.
—¿Por qué?
Sabine sonrió.
—Porque tu madre y yo nos distanciaba casi un continente entero. Son situaciones que suelen no ser cotidianas. Cuando ella volvió después de meses comunicándonos solo con cartas, supe que de verdad no quería sentirla lejos de mí y decidí proponerle matrimonio, porque estaba dispuesto a cuidarla, amarla y respetarla siempre. Es... casi como dar un salto de fe, nunca podremos decir con toda seguridad que estamos listos para algo, "ese tiempo indicado" siempre dependerá de cuánto quieres algo o a alguien. El matrimonio es más que solo querer a esa persona.
Marinette abrió sus ojos y su corazón se contrajo entre el mediastino de sus pulmones, abrumado, al escuchar esa palabra en particular
—¿S-siempre?
Sabine decidió tomar la palabra:
—Tu padre dijo bien, muchas veces, Marinette, el amor no suele ser fuegos artificiales, sino que llega tan suave y despacio que resulta difícil expresar lo mucho que amas a esa persona cuando te das cuenta. Sabes que ese hombre es el indicado cuando hayas calma en tu corazón al estar con él, cuando puedes confiar plenamente en él, no existen secretos y resulta ser un amor bondadoso y gentil —Sabine colocó una mano sobre la de Marinette, mirándola a los ojos—. Tú solamente amas una parte de esa persona en este momento, cuando decides compartir el resto de tu vida con ese hombre, sabrás que el amor es mucho más que sentir cosas agradables en tu corazón, se basa en el perdón, el conocerse mutuamente y entregar todo de ti.
Marinette sintió el calor expandirse por su rostro, pestañeando un poco, intentó retirar la abrumadora sensación que la embargó. El amor que sentía por Nathanaël se estaba expandiendo caliente por su pecho.
—Yo tenía veinte años cuando me casé con tu madre —rió Tom, cruzado de brazos—. Recién estaba aprendiendo cómo se trabajaba en las pastelerías, ¿recuerdas amor?
—Recuerdo que siempre te pedía cuidar tu ropa del aceite —sonrió Sabine—. Y me asustaba cuando llegabas quemado por los hornos.
—Nada que impidió convertirme en un experto —se jactó el hombre, con grandes carcajadas llenas de orgullo pastelero.
—Mamá, ¿qué edad tenías tú?
—Diecinueve... Era una joven muy ensoñadora —rió.
Vaya...
Marinette había cumplido esa edad hacía un mes. Nathanaël era mayor por unos meses. Ambos tenían diecinueve años.
—Ahora bien, ¿por qué nos preguntas esto, hija mía? —quiso saber Tom y ella se puso nerviosa.
Marinette negó con la cabeza vehemente, se tomó un sorbo de jugo de naranja y se paró de la mesa.
—¡Por nada! Y-yo iré a la escuela, tengo el último examen hoy y... —Le dio un beso a su padre y a su madre en la frente, antes de salir por la puerta, tanto fue su nerviosismo, que tropezó en el umbral y estuvo a punto de caerse.
—Já, ¡qué torpe soy! ¡A-adiós! ¡Los quiero!
El portazo retumbó en la sala y el silencio posterior resultó apremiante y necesario para razonar. Sabine tomó un sorbo de su café, con una sonrisa difícil de precisar.
—¿Crees que... —comenzó Tom, algo inquieto por el tema de conversación.
—Oh, no, querido —negó su esposa, intentando tranquilizarlo—. No creo que Nathanaël le haya propuesto matrimonio a nuestra hija...
Tom suspiró.
—… pero sí pudo ocurrir que ambos se hayan dado cuenta que más de un año de relación sin formalidades ya fue suficiente. La familia de Nathanaël y él mismo se ven bastante serios, no creo que a Nath le agrade compartir tanto con Marinette sin sentir que se haya comprometido con ella más seriamente.
Tom daba golpecitos en la mesa con sus prominentes dedos.
—Y si deciden casarse, ¿qué haremos? No quiero que la luz de mis ojos se marche tan pronto de casa, ¡eso es imposible!
—Tranquilo, querido, sólo son suposiciones. Bebe tu café antes de que enfríe, no querrás estar sin ánimos en el trabajo, ¿verdad?
Tom se acercó la taza a los labios, tomó un sorbo e hizo una mueca de disgusto.
—Ug, está frío.
Sabine suspiró; el amor era también calentar más agua y preparar más café, cuándo su esposo se distraía leyendo el diario.
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Manon balanceaba sus piernas al compás de la música, tarareando por lo bajo, inspirada y entusiasmada mirando cómo el chico, a su lado, trazaba de forma tan bonita y elegante el lápiz sobre el papel. La pequeña terraza que los padres de Marinette instalaron en el balcón, se convirtió en el lugar favorito de Manon para dibujar junto a su artista favorito.
—Whoa —suspiró, al ver la silueta de una bailarina de ballet frente a sus ojos—. ¡Te ha quedado muy bonita! ¡Quiero otro dibujo! Este lo pintaré, ¡quiero uno donde ella esté sentada atando sus zapatillas de ballet!
Nathanaël sonrió, entretenido, dibujar para los niños nunca dejaría de ser aburrido; solían maravillarse con la sencillez y lo simple de los dibujos. Y admiraban más el trabajo que había para lograr aquella forma, resaltando lo positivo, más que lo negativo. Volvió a tomar una hoja blanca, empezando otra vez. Junto a él estaba Marinette, un poco celosa, porque toda la atención estaba en Manon. Cada vez que la niña veía el pelirrojo en la casa de su cuidadora, se abalanzaba a él, lo saludaba con un besote en las mejillas y lo arrastraba a sus juegos de princesas, príncipes, reinos perdidos por la maldad y reyes holgazanes. Era entonces cuando Marinette tomaba un papel más pasivo en sus conversaciones, limitándose a comer helado y viendo a su novio hurtado por una niña de casi once años.
Ella suspiró, como enamorada esperando a su amado, después de tanto tiempo de espera.
—Tranquila —Nathanaël se recargó en su hombro, juguetonamente, sentado en la cerámica junto a ella—. Estoy aquí, ¿quieres un dibujo también?
Marinette imitó la sonrisa del joven, maravillada otra vez por cómo se relucían sus ojos turquesa bajo la luz del sol. No importaba cuánto se lo dijera a ella misma, pero los rasgos de Nathanaël se veían tan delicados y elegantes, masculinos y agradables de observar, que podría quedarse minutos enteros apreciando como caía su cabello a cada lado de su rostro, la forma de sus gestos y miradas.
—Hey, Nath, ¿por qué haces eso?
—¿Qué cosa? —preguntó, él, sin apartar la mirada de su novia.
—Todas las chicas que me has dibujado, tienen el rostro de Marinette.
Nathanaël abrió sus ojos y se volvió, solo para ver lo evidente. Marinette no aguantó la curiosidad y se abalanzó a observar, tirando su tronco sobre las piernas de Nath.
Tomó uno de los bocetos y se sonrojó, vio los demás sintiendo su pecho arder.
—¿Por qué lo haces? ¿Tanto os gustáis?
—¡Manon! —chilló, Marinette, incorporándose—. Eso no se dice, ¡es de mala educación!
—¿Qué? —protestó ella—. ¡Yo no dije nada!
—Manon tiene razón —interrumpió, Nathanaël con la tranquilidad acostumbrada—. Me gusta mucho, Marinette y no hay otra chica más bella que ella. Por eso dibujé su rostro. Tiene una mirada angelical que ya no se encuentra tan a menudo... y una linda sonrisa, ¿no crees, Manon?
La susodicha no daba crédito de lo que escuchaba.
—¡Puaj! —exclamó, Manon—. Son demasiado cursis, como mis padres. Iré por un vaso de jugo.
Se puso de pie y se fue a la cocina corriendo. Y los dos se quedaron a solas en el balcón, la brisa de verano despeinó el cabello de Nathanaël, emanando ese rojo tan intenso que recordaba al atardecer. Marinette miró de soslayo los dibujos, en algunos, la bailarina llevaba el cabello suelto y apenas acariciaba la parte baja de sus hombros descubiertos.
—Es verdad —dijo él, pensativo, mirando los bocetos dispersos por la cerámica. En todos ellos anidaba la sonrisa de Marinette.
—¿En serio crees que soy bella?
Nathanaël la miró a los ojos y Marinette sintió la profundidad de su mirada atravesar su corazón.
—He tenido muchas ganas de dibujarte, Marinette... ¿modelarías para mí?
La joven abrió ligeramente sus ojos, sintiendo la sangre bullir por sus oídos, sorprendida de la solicitud.
—Pe-pero yo...
Nathanaël estiró su mano, tomando entre sus dedos los mechones negruzcos, desatados y revueltos, que tanto le gustaba tocar. El cabello de Marinette lo volvía loco.
—Todo este tiempo he podido dibujar todo lo que me rodea, menos a ti, Marinette. Tú eres hermosa...no dudes de ello jamás.
Y allí dentro, donde residía su corazón, se volvió más tibio que nunca.
Sólo Nathanaël decía palabras tan llenas de amor.
—C-claro, sí —apretó la tela de su falda, ansiosa—. Q-quiero modelar para ti.
Nathanaël elevó la comisura de sus labios, complacido, y ella amó su sonrisa.
—Ven por la tarde, mis padres y mi abuela irán a ver una obra. Te espero —se inclinó y le dio un beso tibio y corto.
—¿A dónde vas? —preguntó, Marinette, al verlo ponerse de pie.
—Tengo que ir al trabajo, el señor Tenard me entregará mi paga... —contestó, mientras buscaba su bolso. Cuando lo halló, lo colgó sobre uno de sus hombros.
Marinette se levantó deprisa, tomó al joven del cuello de su camisa y le dio otro beso, desbordada de amor; sintiendo que todo en ella se rendía ante él.
—Iré —suspiró.
—Te espero en la tarde, entonces...
Él la miró una última vez y entró, se despidió de Manon y se marchó. Marinette lo observó desde el balcón, hasta que su silueta fue desapareciendo por la lejanía.
Ya sentía a Nathanaël con demasiada intensidad en su ser; que solía cuestionarse si tal ímpetu residía en lo prudente...
—Vaaayaaa... —dijo, Manon, apareciendo a su lado con un vaso en sus manos—. Como dice mi madre, de verdad el amor te pegó fuerte y grande.
Marinette, con el mentón apoyado sobre sus brazos y sin prestar atención a las palabras de la niña, se limitó a contemplar la inmensidad de la ciudad con cierto aire de nostalgia y pesadez. No importara lo que Nathanaël hiciese, ella quería estar con él, ahí, siempre. Por primera vez se sentía tan segura de sus sentimientos, tanto así, que llegaba a rozarlos con la yema de sus dedos.
—Cuando te enamores, Manon —dijo ella, mirándola con infinito cariño—. Comprenderás lo hermoso que es el amor. Es algo que necesitamos siempre, es como nuestro alimento, como la luz y el agua que las flores necesitan para crecer y florecer. El amor nos permite ser más felices y compasivos.
La muchachita, con esos enormes ojos ámbar que admiraban a Marinette con asombro, sacó conclusiones apresuradas; supuso que sus padres se habían sentido de la misma manera y que, gradualmente, terminaron casándose por no ser capaces de contener todo ese enorme amor. Y por ello decidieron concebir un pequeño bebé, ¡que era ella, por supuesto!
—Los hijos... los bebés son producto de ese amor, ¿verdad?
Marinette asintió, ajena a los pensamientos de la niña.
—Hay tanto amor que se convierte en un bebé. Ocurre en tu caso, por ejemplo, Manon. Tus padres se amaban y naciste tú.
—Tú amas a Nathanaël, ¿no es así? —dijo Manon, se llevó un dedo a los labios, meditando.
—Sí, lo amo mucho.
—¡Pues claro! ¡Allí está! —interrumpió la niña, con alegría y sencillez—. Pronto tendrán un bebé y será uno grande, ¿no? Si tanto es ese amor, el bebé será mucho más grande —continuaba Manon, extendiendo sus brazos para así demostrar y enfatizar sus palabras.
Marinette abrió sus ojos—. Oh, n-no, estás confundiendo las cosas. Para tener un bebé se debe...
La joven se interrumpió, frenando su lengua a tiempo.
—¿Qué? —Manon ladeó la cabeza.
—Oh, no, no es nada. Quizá sí, pronto tendremos uno —las mejillas le ardieron y se sintió como una chiquilla de quince otra vez. La timidez de Marinette hizo estallar en risas a Manon.
Era imposible que tuviesen un bebé, pensaba Marinette, puesto que no había hecho el amor, aún.
¿Cómo sería tener un bebé...? ¿¡Y de Nathanaël!?
La imagen de Nathanaël rodeando entre sus brazos a un pequeño de cabello negruzco y ojos turquesa, apareció en su mente y ella se estremeció de pies a cabeza. Sintió latir su corazón más deprisa.
Marinette se llevó las manos al rostro, acalorada con la sola suposición. Fue mala idea seguirle a corriente a la pequeña, puesto que, cuando bajaron ambas muchachas a comer algo antes de que Manon partiera nuevamente a su hogar, la pequeña no aguantó más tiempo para comentar a los padres de Marinette su nuevo descubrimiento, mientras cenaba:
—Por cierto, tía Sabine y tío Tom, Marinette y Nathanaël tendrán un bebé por que se aman mucho, ¿no es así, Mari?
Marinette se atragantó con la hogaza de pan que tragaba y su padre, que estaba justo frente a ella, escupió todo el café que bebía.
—¡Puaj! —chilló Manon, asqueada.
Sabine se mantuvo serena pese a todo, aunque su expresión era un poema.
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Llegó por la tarde, con la ansiedad alimentándose de sus nervios, despojándola de toda tranquilidad. Le picaban la yema de sus dedos y no pudo evitar, antes de marcharse, observarse en el espejo, intrigada todavía por las palabras honestas del muchacho. Saber que Nathanaël la dibujaría, además de encontrarla hermosa y merecedora de retratar, era algo que le costaba comprender. Marinette nunca fue consciente de su físico hasta que conoció a Nathanaël más profundamente y la confianza entre ambos se había vuelto más palpable y presente, en ocasiones, él mismo le decía lo bonita que se veía. El joven tenía una percepción de la belleza que distaba del común de la gente, él veía belleza en las palabras de Marinette, en sus expresiones, en el tono y la melodía de su voz, en sus gestos, en la forma de balancear su cuerpo, cómo caía el cabello sobre su hombro..., cómo fijaba la mirada y cómo se concentraba.
Marinette veía belleza en otras cosas; veía belleza en la textura de una tela, en un bordado, en cómo se acoplaba un vestido al cuerpo... Después de que descubrió a Nathanaël, se maravillaba con la armonía de colores que significaba la presencia de Nathanaël para ella...
Cuando el joven abrió la puerta, luego de escuchar los tímidos golpecitos de su novia, se miraron y ella supo que este encuentro sería distinto a los que acostumbraban a tener. Nathanaël le dio un beso en la frente en el vestíbulo de la casa, antes de decirle que se dirigiese al estudio, Marinette apenas y pudo articular un hola, sin controlar su risa de niña atolondrada.
Nathanaël sonrió divertido al verla nerviosa, mientras se dirigía a la cocina.
Cuando Marinette subió al tercer piso y entró en la habitación del joven artista, descubrió una silla en el estudio en donde pintaba y dibujaba, la luz del ocaso recortaba el borde de la madera; penetrando a sus anchas por el pequeño cuarto. El calor de los rayos del sol acariciaban su rostro y la piel descubierta de sus hombros.
—Tranquila, no voy a comerte —la voz de Nathanaël sonó tras ella, burlona y contenta—. ¿Quieres té? —le ofreció el tazón humeante.
—G-gracias — ella titubeó, recibiéndolo, sin poder evitar mostrarse nerviosa—. No estoy acostumbrada a esto, ¿sabes?
—Lo sé —sonrió él—. Y yo tampoco, es mi primera vez.
—¿Por qué yo? —preguntó, Marinette, de pronto, todavía parada junto a la puerta. Observó a Nathanaël caminar, se sentó tras el caballete que sostenía un lienzo. Sus ojos y su frente sobresalían apenas.
Nathanaël no respondió en seguida, la observó con atención y ella se sintió nerviosa bajo su detallado y apasionado escrutinio. Se removió inquieta en su sitio, esperando la respuesta del joven.
—Porque últimamente me estás volviendo loco, Marinette —suspira, como su estuviese agotado de contener la respiración—. Estoy casi las veinticuatro horas del día pensando en ti, todas las chicas de cabello oscuro me ponen nervioso de verlas, pensando que serías tú, no me puedo concentrar en el trabajo y, cuando duermo, sueño que te hago mía de mil y un maneras...
La joven bajó la mirada hacia su taza de té, impresionada con la última revelación, sintiendo que sus orejas ardían.
—Entonces...
—También te has apoderado de mis dibujos —sonríe él—. Quiero pintarte, de verdad, ya no quiero bocetos sin terminar.
—¿Qué quieres que haga?
—Siéntate, allí, en esa silla. Y sólo se tú.
La orden era sencilla, pero tan complicada a la vez. ¿Cómo ser ella si ni siquiera era consciente a veces de cómo se comportaba con él? Marinette apretó sus labios, dejó la taza de té sobre una mesita y se sentó en la silla.
—¿Así? —preguntó ella.
Él rió y el vaivén de su risa fue caricia en los oídos de Marinette, tan delicado y atractivo como un susurro en la oreja.
—Así no, Marinette, estás demasiado rígida.
—¿Lo parezco?
—Sí, tus hombros están muy tensos, sólo... sé tú. Intenta charlar algo conmigo, mientras buscas una forma en el cual te sientas más cómoda.
Hubo un silencio, el visillo de las cortinas se hinchaba por el viento suave y cálido del verano y se oían las voces y las carcajadas, a lo lejos, de niños jugueteando quién sabe qué. La tranquilidad sobrevino como un manto tibio sobre el cuerpo de Marinette.
—Nath...
—¿Sí?
—Hoy hablé sobre el amor con Manon —sonrió ella, mirando el atardecer a través de la ventana. El ocaso se derramaba por el cabello de Marinette como pintura ocre.
—¿Fue una buena conversación? —devolvió él, mientras preparaba el carboncillo.
—Sí, tú y yo tendremos un bebé.
Nathanaël detuvo el filo a centímetros de la piel de su pulgar, estuvo a punto de cortarse ante la impresión. No recordaba haberlo hecho con Marinette, ni siquiera le había puesto un dedo encima en todo el tiempo de su relación.
—¿Qué?
—Manon comprendió que el amor que sus padres sentían mutuamente, era tan fuerte y grande, que su padre lo derramó en su madre y se convirtió en un bebé —Marinette se desató la trenza que llevaba sobre uno de sus hombros—. ¿Y sabes lo que me ha dicho? Dijo que tú y yo tendríamos uno pronto, porque nos amábamos.
Sus miradas se encontraron y Nathanaël sintió una punzada en su corazón.
—¿Quieres ser madre?
El cabello de Marinette había crecido mucho desde el otoño... Las ondas dejadas por la trenza coronaron su rostro, dándole una apariencia mayor que de una chica de diecinueve años. La joven apoyó uno de sus brazos sobre el respaldo de la silla que estaba frente a Nathanaël y dobló sus piernas hasta dejarlas en el asiento. Puso su cabeza sobre su brazo y cerró sus ojos.
El vestido blanco que llevaba, se deslizaba delicadamente por su cuerpo, resaltando cada concavidad y convexidad.
Sí, Marinette era muy bonita.
—Supongo que algún día lo seré... —contestó, ya lista y quieta. Y, para la sorpresa de Nathanaël, Marinette situó la mano libre sobre su vientre, como si dentro de ella ya latiese otro corazón, uno más pequeño y débil, pero no por eso menos hermoso y valioso.
Nathanaël sostuvo el lápiz de carboncillo y se dispuso a dibujar, sintiendo que en su pecho bullía un sentimiento indescriptible, que ya llevaba con frecuencia visitándolo, cada vez que escuchaba a Marinette hablar sobre el futuro. Nunca había oído a Marinette hablar sobre la maternidad, pero no era mentira de que la joven, en más de una ocasión, se quedaba observando, perdida en el espacio-tiempo, trajes de boda, ceremonias de matrimonio o esas parejas que ostentaba anillos en sus dedos anulares y cargaban un pequeño bebé. Cada vez que era testigo de eso, sentía apretado el estómago, como si una voz desde lo más profundo de sus pensamientos, le recordara que era un don nadie, sin estudios aún y sin dinero suficiente para darle a la mujer que más amaba, todo lo que ella anhelaba.
La felicidad de Marinette se convirtió en su prioridad, desde que prometió protegerla, cuidarla y amarla, esa noche en la torre de Notre Dame.
Nathanaël sí pensaba en el matrimonio, últimamente con más frecuencia que en meses anteriores. Después de cumplir un año y cuatro meses de relación con Marinette, no veía el propósito de alargar más la relación sin un compromiso serio. Estaba completamente seguro de que quería compartir con Marinette más que sus tardes libres...
Inmerso en esos pensamientos, no se dio cuenta cuando la noche se pegaba tras las ventanas. Marinette se había quedado dormida y, cuando la vio temblar en sueño, detuvo el dibujo. Nathanaël se puso de pie, cerró la ventana del estudio y tomó a Marinette entre sus brazos, acostándola en su cama y arropándola con sus frazadas.
—¿Nath? —susurró.
—Estoy aquí.
—No te vayas... quédate, aquí, conmigo... —Marinette se hizo a un lado, dándole espacio en la cama.
Él suspiró, inquieto.
—Marinette, no me pidas esto...por favor.
—¿Por qué no?
—Soy un hombre, Marinette, ¿no escuchaste lo que te dije? Te deseo desde la punta de tus cabellos, hasta la punta de tus pies... No me pidas esto, no seas injusta conmigo —suplicó.
La joven lo contempló en medio de la oscuridad, la luz del exterior se colaba apenas por el visillo de las cortinas y su rostro se veía angustiado, pero ansioso a la vez.
—Te quiero... —musitó ella, estirando sus brazos hacia él—. No me importa lo que quieras hacer conmigo, yo ya te entregué mi corazón.
—No haré nada que tú no quieras —murmuró, Nathanaël y ella asintió sonriendo con genuino afecto.
Nathanaël se inclinó con suavidad y la besó; un beso demasiado tibio e intenso para desear simplemente las buenas noches. Marinette se rindió a los brazos de Nathanaël, a sus caricias pausadas y serenas, cuidadosas y cálidas. Se entregaron todo el amor que tenían al otro y no se avergonzaron por descubrirse mutuamente, más allá de lo físico, más allá de sentir el placer... Se volvieron uno y quedaron atados para siempre.
Cuando amaneció al día siguiente, después de vestirse y desayunar, ambos concibieron que algo profundo y nuevo habían cultivado.
—Pensé que tus padres verían una obra —dijo Marinette, mientras se peinaba el cabello.
—Sí, pero mamá me dejó un mensaje de que pasarían la noche en casa de mis tíos, ellos también asistieron a la obra...
Una taza de leche con café se situó frente a la muchacha, era como si vivieran juntos, en una vida de casados; el nuevo descubrimiento la llenó de entusiasmo.
—Já —ella sonrió, ilusionada por su pensamiento, tomando la taza entre sus manos—. Es como si fuésemos un matrimonio joven.
Nathanaël bebió un poco de su taza, antes de mirarla a los ojos; admirado porque Marinette irradiaba una felicidad mucho más intensa de la que acostumbraba.
—Te gustaría... ¿te gustaría serlo? —dijo de pronto.
Marinette se detuvo, buscó en los ojos de Nathanaël alguna duda o burla, pero sólo halló seriedad. Le tembló el labio inferior, sin dar crédito a lo que estaba escuchando.
—¿Q-qué? —titubeó, casi temiendo de que la taza con leche cayera de sus manos—. Esas no son bromas, Nath-
—No estoy bromeando, estoy siendo totalmente serio.
Hubo un silencio.
—Probablemente estás pensando que somos jóvenes —continuó él, como si nada—. ¿Y eso qué? Nadie se casa siendo un "adecuado" o experimentado-
—¿De verdad me quieres tanto para casarte conmigo?
—Sí, y más de lo que imaginas —confesó Nathanaël, girando su taza humeante de leche con café—. ¿No es el amor lo que basta para casarte? No me imagino compartiendo mis días con otra muchacha, Marinette.
La joven sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.
—Si crees que estoy siendo insistent-
—¡No! —lo interrumpió, agarrando su brazo—. Sí. Sí quiero.
Ahora Nathanaël se quedó callado, apretó uno de sus puños, decidido y siendo sacudido por una ola de determinación.
—Si quedo como el mejor seleccionado en la Escuela de Bellas Artes, este próximo viernes... ¿te casarías conmigo?
—¿Y si no lo logras? —devolvió ella.
—Entonces esperaré un año hasta convertirme en alguien digno de ti y no me dejarás ponerte un dedo encima otra vez.
Marinette rió.
—¿Digno? Ya lo eres, Nath.
—No es suficiente, tengo que ser un hombre competente y con valor o sino...
Marinette levantó una de sus manos y la puso en su mejilla—. No importa tus logros académicos o cuánto dinero ganes, Nathanaël, me enamoré de ti por lo que eres, tu corazón, tus buenos sentimientos y tu bondad. No por tus pertenencias, lo material va y viene, se destruye o se pierde...
Se apreciaron con infinito cariño, sintiendo en sus corazones palpitando el acuerdo tácito habían establecido; como una ilusión prometedora que ya deseaban alcanzar.
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Marinette estaba en los jardines de la Escuela de Bellas Artes, no habían pasado más de cinco minutos desde que Nathanaël ingresó al edificio, para saber los resultados del proceso de selección y admisión, y ya paseaba inquieta, mordiéndose las uñas y mirando su reloj de mano a cada segundo.
¡Sentía que los nervios le devorarían el corazón!
Y no sabía qué diría si Nathanaël no conseguía los resultados que él quería.
—Estaos tranquila, hija mía, todo saldrá bien —aconsejó la abuela de Nathanaël sentada en la banca, junto a ella estaban los padres del joven artista.
—Oh, yo estoy bien —saltó Marinette con excesivo entusiasmo—. Bien estoy, es sólo que...
—Te preocupa —completó la madre del pelirrojo, divertida y enternecida por ver la genuina preocupación de la novia de su hijo—. Ay, los jóvenes, son tan inocentes y sencillos de leer —suspiró.
—Tienes que confiar que todo saldrá de maravillas... —aconsejó la abuela, sonriente.
Marinette detuvo sus pasos, contemplando la gran entrada que seguía desprovista de actividad, todos los estudiantes que habían rendido las pruebas y las entrevistas de ingreso, ya habían llegado para escuchar los resultados.
—Sé que Nathanaël ha quedado en esta escuela, él merece más que cualquiera estar aquí —confesó Marinette—. Él me hizo una promesa y yo, sé que estoy siendo caprichosa o egoísta, pero sólo quiero que él haya sido el mejor de todos, porque así podremos..., podremos...
Dejó la frase a medias, porque el sonrojo y el ardor de sus mejillas la delataron.
—¿...podremos? —cuestionó el padre del susodicho, repentinamente intrigado.
Marinette se rió, atolondrada, mientras levantaba sus brazos e intentaba buscar las palabras adecuadas para evadir el repentino y creciente interés de la familia de Nathanaël.
—¡No, no es nada! ¡Dijo que sería sorpresa!
Marinette no tenía que decir nada para que los tres adultos, expertos en el amor, sospecharan que se casarían; sólo eso explicaba que Nathanaël estuviese ahorrando frenéticamente las últimas semanas. Además de, por supuesto, el par anillos que su madre había encontrado escondidos entre las cosas del chico, mientras ella ordenaba su cuarto.
Pero hicieron la vista gorda de ello, sólo para no arruinarles la sorpresa a ambos.
—Esto, tomaría solo unos minutos, ¿verdad? —insistió Marinette, ahora dando golpecitos repetidos y constantes con el pie, asustada de que tardara tanto el joven en salir.
—No estamos seguros —respondió la anciana—. Nathanaël nos pidió esperarlo aquí.
Pasó una hora y el nudo que Marinette venía sintiendo en su estómago desde el día anterior, no hacía más que crecer. Intentó distraerse, mientras veía a unos niños jugar, cerca de la pileta.
—Ahí viene Nath-
La voz de su madre avisó, Marinette se volvió y vio al muchacho salir de la gran entrada del edificio. Marinette no pudo esperar más, corriendo apresurada y ansiosa, fue por él. La madre de Nathanaël se puso de pie también, pero la anciana la detuvo.
—Creo que es mejor esperar, hija mía, esos dos necesitan estar solos.
Cuando Marinette lo alcanzó, Nathanaël la recibió entre sus brazos, levantándola y haciéndola girar. La joven soltó un gritito y risas, emocionada, mientras se apegaba más a él. Cuando los giros finalizaron, se observaron atentamente, con la respiración irregular.
—¿Quedaste?
Nathanaël puso frente a sus narices una tarjeta de identificación, enseñando su nueva credencial como estudiante de primer año de la prestigiosa Escuela de Bellas Artes de París y ella se quedó sin habla.
—He sido el mejor, tuve la puntuación más alta, Marinette...¡lo logré!
—Oh, Nath —Marinette apretó la credencial contra su pecho, llorosa y feliz por él, sin poder creer que este momento que tanto anheló y soñó había llegado—. Ahora por fin... ahora por fin caminaremos a la par por nuestros sueños.
Y rompió a llorar, incapaz de contener la felicidad que se desbordaba en su pecho; Nathanaël la estrechó entre sus brazos, con los ojos empañados por las mismas lágrimas de alegría que derramaba Marinette.
—Pero ahora lo harás siendo la señora Kurtzberg —dijo él, de manera burlona, intentando hacerla sonreír. Pasó sus manos por las mejillas de Marinette, secando las lágrimas saladas.
—Sí —ella rió—. Me preguntó qué dirán nuestros padres cuando les contemos...sobre nuestros planes.
Nathanaël se encogió de hombros.
—Pues, lo sabremos hoy —respondió y se dieron un besito otra vez.
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Ahora no importaba lo que viniera, ni lo difícil que fuera, estando juntos, amándose por sobre todas las cosas, descubriéndose cada día, ¿qué los detendría?
Porque Marinette y Nathanaël comprendieron que las debilidades de uno se acoplaban a las fortalezas del otro.
Y volverían a levantarse, pese a todo, a curarse sus heridas mutuamente y avanzarían juntos, una y otra vez.
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Muchas gracias por seguir esta historia.
Muchas gracias por estar siempre presentes, leyendo y dejando sus bellas palabras de apoyo. Llegar al final de esta historia, entre Marinette y Nathanaël, no hubiese sido posible sin ustedes.
Adiós, los quiero mucho.