—Toma.

Ran le sonrió levemente y cogió la taza llena de humeante té que le tendía su amiga. Vio la intención que tenía de sentarse y recogió las piernas para hacerle hueco en el sofá. Kazuha suspiró, apoyando la cabeza en el respaldo.

—¿Qué hora es?— preguntó la morena dándole un sorbo a la bebida. Quemaba un poco, pero era aguantable. Además estaba muy rico.

—Pasada las doce— respondió la castaña, cerrando momentáneamente los ojos. Se sentía muy cansada. El día de hoy, con todo el estrés, había sido muy duro y parecía que tuviera una losa de cien kilos sobre sus hombros.

—Mmmm.

Ran sabía que debería estar como ella o incluso peor, puesto que ella había sido la protagonista de toda la locura de la tarde, pero realmente nunca se había sentido tan despierta a como estaba en ese momento. Si en ese momento echaba a correr, sabía que pasarían horas antes de que se detuviera con un mínimo de cansancio.

Y es que su cabeza en estos momentos se encontraba a miles kilómetros de allí. Exactamente en un joven, actualmente en la comisaría de policía, ultimando los detalles de lo ocurrido. Asegurándose de que ellos (el inspector Kowato y Asa Otoya) no quedaran impune. Protegiéndola y cuidándola como siempre había hecho.

Su pecho se calentaba cuando recordaba la mirada que le echó en el momento en el que le dijo volviera a casa, que él se ocuparía de todo. Y como, a pesar de sus protestas, consiguió salirse con la suya. Simplemente con mirarla fijamente a los ojos, su mente se obnubilaba y le era imposible pensar con claridad.

Así que allí estaba ella. Anhelando el momento en el que él volvería para correr hacia él, tirarse a sus brazos y decirle todo lo que su corazón chillaba.

—Al final se ha estropeado este día— musitó la morena, en un intento de alejar sus pensamientos de allí, porque cuanto más lo pensaba, más nerviosa se ponía por la tardanza— Habíamos pensado ir de compras y ya ves...

Kazuha parpadeó, mostrando sus orbes verdes y sonrió tenuemente.

—Aún tenemos dos días completos, Ran, no pienses así— le recordó dulcemente— Mañana nos iremos todo el día por ahí y nos compraremos un montón de cosas.

Una emoción parecida a la felicidad floreció en el pecho de la karateca, algo que, aunque hacía poco, era como si hubieran pasado siglos sin sentirlo. Sin embargo, sabía nada estaría bien por completo hasta que volviera a verlo.

—Y después podemos ir al cine.

—Claro— asintió entusiasmada la chica de Osaka— Hay una nueva película que llevo tiempo antojada de ver...

Y las dos empezaron a charlar. Aunque los temas eran banales y eso conseguía despejar un poco la cabeza de la karateca, una parte de su cabeza (y estaba segura que a Kazuha le pasaba lo mismo) no dejaba de pensar en los chicos que aún no llegaban. Sabían que tardarían, que había muchos trámites y papeleos por hacer, pero eso no quitaba la ansiedad de volver a verlos.

El péndulo del reloj de cuco de la mansión Kudo era como un arrullo para las chicas. Las manecillas se movían, imparables, mientras el tiempo pasaba.

Charlaron y esperaron, con una sonrisa en los labios, pero el corazón en un puño.

Esperaron, esperaron... tanto, que en algún momento se quedaron dormidas en el mismo sofá, cada una con un par de ojos diferentes (azules y verdes) en el fondo de su memoria como últimos pensamientos.

Oscuridad.

Silencio.

No podía respirar. Por más que mis pulmones intentaban hacer su trabajo, era como si no hubiera suficiente aire en la habitación.

¿Dónde estaba? ¿Por qué me habían encerrado?

Lágrimas surcaban mis mejillas, pero yo apenas reparaba en ellas. Lo único que quería era salir de este lugar. Algo en mi lo gritaba, lo clamaba con desesperación.

Golpeaba una impenetrable pared, una y otra vez, hasta el punto que empecé a sentir sangre en mis nudillos, sin embargo, yo no podía parar. No importaba ni la sangre ni el dolor. Mi cuerpo se movía solo, como un autómata, y este decía que no podía quedarme aquí.

Yo no debería estar aquí.

¡No, no, no!— sollozaba— ¡Ayuda, por favor! ¡Que alguien me ayude! ¡Sáquenme de aquí!

Pero nadie venía y yo seguía aquí, en la penumbra, sola, encerrada.

¡NO! ¡Shinichi! ¡Shinichi, ¿dónde estás?! ¡Te necesito!

Grité y grité, hasta que sentí como las cuerdas vocales se me rompían, hasta que noté como se me desgarraba la garganta. Pero no me detuve, porque sabía, que si lo hacía, si sucumbía a la oscuridad, algo muy malo vendría a mi.

¡Yo no he hecho nada! ¡Soltadme! ¡Shinichi! ¡SHINICHI!

—Ran...

¿Qué? Había oído una voz. Lo juraba. Había escuchado a alguien llamándome, a él llamándome. ¿Dónde estaba? ¿Por qué no lo veía? ¿Y por qué no me había sacado ya de aquí? Lo necesitaba, lo necesitaba como nunca antes lo había hecho.

¿Shinichi?—susurré, mirando a todos lados, aunque no pudiera ver ni mis dedos enfrente de mi— ¿Dónde estás? Ayúdame, sácame de aquí...

—Ran...

¡Shinichi!— mi voz se rompió.

De pronto, un fuerte estruendo se oyó a mi alrededor. Mis vellos se pusieron de punta y entonces algo empezó a empujarme hacia atrás.

Oh, no. Oh, no. La pared se estaba moviendo. La habitación se estaba estrechando. ¡Iba a morir aplastada!

No, no, no, no— susurré presa del pánico, caminando de espaldas.

No sabía como podía hacerlo pues mis piernas temblorosas apenas podían sostenerme. Sin embargo, supe que no había nada que hacer cuando mi espalda chocó contra otra superficie.

Oh, no...

¡No quiero morir aquí! ¡No!— jadeé, incapaz aguantar de pie. Mis piernas fallaron y caí contra el suelo, apenas registrando el dolor en el trasero— ¡Por favor, por favor, por favor! ¡Shinichi, ayúdame! ¡Por favor, sálvame!

—¡RAN!

Unos ojos se abrieron de sopetón, mientras los pulmones se inundaban de todo el aire posible. Se incorporó con tal rapidez que su cuerpo se resintió y sintió como este temblaba al igual que un cachorrito.

De pronto, unos brazos la rodearon y la karateca pegó un brinco sobresaltada, con un grito pugnando por salir de sus labios.

—¡Shhh, tranquila, Ran! ¡Soy yo!

¡Shinichi!

Era él. Reconocería ese aroma y esos brazos aunque pasaran vidas de por medio.

En medio de un sollozo, la joven se aferró a él y enterrando el rostro en el hueco de su cuello, descargó todo el miedo e incertidumbre que se había anidado en su pecho. Sintió como él la abrazada de vuelta, una mano en su espalda que subía y bajaba en una tierna caricia mientras que la otra estaba enterrada en sus hebras, y lentamente fue tranquilizándose. Aunque no se separó de su cuerpo, en ese momento lo necesitaba como apoyo si no quería volver a caer en el precipicio.

—Todo ha acabado, Ran— dijo él en algún momento por encima de su cabeza— Tranquila, todo terminó.

—¿De verdad?—musitó, sin poder evitarlo.

—Te lo prometo.

Un suspiro escapó de los labios de la joven. Un silencio se instaló en el lugar, uno apacible y cómodo, que, sin embargo, estaba cargado de una emoción que conseguía poner nervioso a ambos. Sentía que algo había cambiado.

—¿Qué hora es?— preguntó cuando descubrió que solo se oía el sonido de las manecillas del reloj de cuco.

—Casi las dos— respondió Shinichi.

Lentamente la karateca se separó del chico y se lo encontró vestido con la misma ropa de esta mañana, solo que con la camisa más arrugada y el pelo despeinado, resultado de las numerosas veces que seguramente se había pasado la mano por ahí. Sus ojos, dos profundas esferas azules, la miraba fijamente, como si quisiera leer lo que estuviera escondiendo en su interior.

—¿Acabas de llegar?

Cuando lo vio curvar sus labios en una pequeña sonrisa y sacudir la cabeza, sintió como su corazón aumentaba de velocidad.

—Hace un ratito. Heiji y yo os vimos tan tranquila durmiendo que decidimos no molestaros mientras nos preparábamos algo para comer. Él acaba de llevarse a Kazuha para su habitación y cuando yo iba a hacer lo mismo contigo, empezaste a murmurar cosas raras y sacudirte, así que pensé que sería mejor que te despertara— explicó con tono suave mientras pasaba un mechón de su cabello por detrás de la oreja.

—Hiciste bien— agradeció ella, notando un cosquilleo agradable en el estómago— Era una horrible pesadilla.

—¿Quieres contármela?

Ella no respondió en seguida. Tragó saliva y observando a su alrededor, descubrió que aún se encontraban en la salita, sentados en el sofá y como bien había dicho, tanto Heiji como Kazuha habían desaparecido, seguramente cada uno en sus respectivas habitación de invitados.

Respingó cuando sintió una mano rozar la suya. El corazón de ella aumentó de velocidad y desviando la mirada, se encontró con el semblante sereno del joven, aunque con un claro matiz de preocupación en el fondo de sus ojos azules. De pronto, todos los sentimientos que había estado conteniendo esa tarde, después de todo ocurrido, afloraron en ella como si de un volcán se tratase y notó como un nudo se le instalaba en la boca del estómago que no hacía más cosquillear irritablemente.

—¿Qué tal ha ido todo?— salió de sus labios, sin darse cuenta.

Lo escuchó suspirar y la extremidad que tenía libre la pasó por centésima vez en el día por su cabello. Luego, se incorporó, llevándose con él a la muchacha, la cual se movió un poco confundida. Los dedos se entrelazaron en un movimiento inconsciente y natural para ambos, como si esa fuera la forma en la que debía ser, y la joven sintió sus mejillas ruborizarse.

Creyó notar como él también lo hacía, pero tenía el rostro ladeado y un instante después caminaba hasta las escaleras que llevaba a la planta superior, por lo que no puedo fijarse bien.

Ran lo imitó y se dejó llevar, escuchando el propio latido de su corazón. Se sentía muy muy nerviosa e inquieta.

¿Qué estaba pasando? ¿En qué punto se encontraba ahora su relación? ¿Había sido verdad todo lo que creyó ver en ese instante?

Estaba hecha un lío, el cual se hizo aún más grande cuando descubrió hacia donde se dirigían. Era... ¡la habitación de Shinichi! El corazón de la muchacha se saltó un par de latidos.

Nunca había estado. Sabía donde se encontraba porque cuando de pequeña se quedaba en aquella casa, por la noche, cuando se despedían para dormir la habitación de Shinichi y la que siempre había sido suya se encontraba en pasillos diferentes. Y ella más de una vez se detuvo a mitad de camino, para su bochorno, y lo espió tan solo un poco.

Ahora, sin embargo, Shinichi había pasado el "cruce" sin vacilar ni si quiera cuando abrió la puerta de su habitación y Ran la había atravesado antes de haber digerido lo que estaba haciendo. Tiró de su brazo una vez más y en menos de un parpadeo advirtió que la había sentado en la mullida cama del muchacho.

La sangre viajó a sus mejillas.

—Mmmm, ¿Shinichi?— murmuró desconcertada y nerviosa por las acciones del mencionado.

—Un momento— pidió, dirigiéndose al enorme ropero de la habitación. Rebuscó allí durante un instante y seguidamente le lanzó un par de prendas en las narices—Toma, ponte esto, estarás mas cómoda. Yo iré al baño de fuera, mientras, a cambiarme también.

Se giró y tan solo necesitó un vistazo para captar la mirada desconcertada y avergonzada de ella.

—Bueno— se rascó la nuca— No pretenderás dormir con ese vestido, ¿no? Y obviamente no has traído ropa de recambio.

—Uhm, gracias.

Shinichi le sonrió fugazmente y se escabulló de la habitación como si de pronto, el suelo hubiera empezado a arder.

Tuvieron en pasar un par de segundo, en donde ella intentaba aclarar sus frenéticos pensamientos, para que descubriera que era exactamente lo que le había lanzado. Una camiseta antigua de cuando jugaba al fútbol y unas bermudas.

Nada mal.

Expulsando todo el aire de sus pulmones de un tirón, rápidamente se cambió de ropa y dejando el vestido bien doblado sobre el escritorio, pues tendría que ponérselo de nuevo mañana, se encaminó hacia la enorme cama. Se sentó en el centro de esta y después de recoger las rodillas para rodearlas con los brazos, sus pupilas escanearon toda la habitación con creciente interés.

Se detuvo en el amplio armario, que había sido mal cerrado por engancharse y sobresalir la manga de una camisa, el escritorio con libros y folios amontonados sin orden alguno, el portátil que si se encontraba apagado era porque se había quedado sin batería y la estantería inundada de libros que en su mayoría, daría su brazo si no era así, se trataban de misterio y suspense.

Ah, ese estúpido amante de los misterios...

Un cosquilleo floreció en su estómago, recordando los últimos acontecimientos y escondió el rostro en sus piernas, mientras sentía el calor viajar a sus mejillas.

—¿Ran?

Confusión y precaución se filtraba a través de su voz.

Alzó la mirada encontrándose a Shinichi observándola desde la entrada con el ceño ligeramente fruncido. Ella sonrió cuando lo vio sacudir la cabeza, seguramente preguntándose que estaría pasando por su mente, y se deslizó por la superficie blanda del colchón hasta apoyar su espalda contra el cabecero, aún sin extender las piernas.

¿Se sentía así más segura? ¿Menos expuesta?

Parecía que en cualquier momento su vida fuera a dar un giro de 180º. Y una parte de ella estaba aterraba ante ese pensamiento.

—¿Crees que ya es el momento para responderme?

La dulce voz de la chica retumbó en el silencio de la habitación. Esta no apartó la mirada él, quien se había sentado en el filo opuesto del colchón, y observaba las manos que descansaban entre sus rodillas como si fueran lo más interesante del universo.

O, simplemente, estaba conteniéndose para no estrechar la aparente frágil figura de la chica entre sus brazos.

—No sabes lo mucho que me ha costado contenerme durante todo este tiempo, Ran. Desde el primer momento, desde que Sonoko me llamó al móvil, desde que oí tu nombre salir de sus labios— comenzó a hablar cuando la chica creyó que no diría nada. Ella lo escuchó, expectante y casi sintiendo el corazón en la boca— Cuando todo lo del gimnasio acabó y escuché el clic de las esposas de Otoya, no podrías llegar a imaginarte el profundo alivio que me inundó.

—¿Aliviado tú? ¿Por qué? ¿Tenías miedo de tu deducción?— las palabras habían escapado de su boca antes de que se hubiera dado cuenta y no supo si lo hizo para disminuir la tensión de la habitación y para ayudarla a contener sus emociones.

Sin embargo, sirvió un poco, pues una pequeña curvatura se mostró en los labios del joven y Ran notó como su corazón se saltaba un par de latidos.

—Venga, dilo, anda, solo te ha faltado eso: "Maniático de los misterios". Prácticamente te lo he escuchado decir.

Ran rió suavemente.

Maniático de los misterios— le siguió la corriente en un murmullo. La mirada que obtuvo como respuesta consiguió estremecerla de los pies a la cabeza.

—Puede que siempre me haya jactado de mi inteligencia, Ran, y de mi increíble mente para resolver un caso pero...— se removió, avergonzado, pero en ningún momento apartó la mirada— cuando se trata de ti, si tú estás involucrada, todo lo demás deja de tener sentido.

La respiración de Ran se detuvo y no pudo mover ni un músculo.

¿Era verdad lo que estaba escuchando? ¿Shinichi estaba diciéndole lo que creía...?

—Desde el primer momento supe que tú no podías haber sido, yo lo sabía perfectamente— soltó una risa seca, llevándose una mano al rostro— Joder, te conozco desde que somos unos críos y que me corten un brazo si tú alguna vez llegas a matar a alguien, siendo tan buena, dulce y amable... Así que cuando Sonoko me llamó, contándome lo que había pasado, lo primero que pasó por mi mente fue que si lo que estaba pasando era especie de cámara oculta. Corrí como un loco para llegar al instituto, esperando que cuando llegara, tú estuvieras allí y me dijeras "¡sorpresa!" con una de tus hermosas sonrisas...

—Pero no pude...

Shinichi cabeceó, irguiéndose y con lentitud llegó hasta donde estaba la chica. Ran lo observó fijamente y el chico creyó ver la mirada asustada de un cervatillo en medio de la carretera. Ese pensamiento casi lo hizo sonreír.

—No, no pudiste. Y cuando vi a la policía rodeando el edificio, a la gente amontonada tras la cinta... Cuando quise pasar y no me dejaron... Durante un instante, sentí que el mundo se me caía encima— susurró suavemente e inclinándose, una de sus manos rozó la sonrosada mejilla de ella— Porque tú estabas allí dentro, necesitándome, y yo no podía ayudarte.

—Y a pesar de todo viniste— repuso ella en un hilillo de voz.

El muchacho sonrió y las arruguitas que se le formaron alrededor de los ojos le parecieron terriblemente adorables.

—¿Acaso lo dudaste?

—Ni por un segundo— sacudió la cabeza y soltando sus piernas, ella también acunó una de sus mejillas— Desde el primer momento supe que, pasara lo que pasase, tú vendrías a mi. Porque eres Shinichi, mi Shinichi.

El color acudió a sus pómulos ante sus palabras, pero no se retractó ni apartó la mirada. Shinichi sonrió, con su pecho lleno de fuegos artificiales, y giró su cuerpo de forma en que quedara un piernas en suelo y la otra rodilla en el colchón, mientras su cuerpo prácticamente estaba sobre la chica. Sus rostros estaban a un palmo de distancia, tan cerca que incluso notaban sus rápidas respiraciones.

—¿Soy tu Shinichi?— inquirió él en un murmullo.

Ran sintió su cuerpo estremecerse, pero consiguió la suficiente lucidez para asentir y pasar sus brazos por detrás de su cuello.

—Sí, mi Shinichi. Mi maniático de los misterios.

—Me gusta como suena eso, cariño, no sabes cuánto...

Y se adelantó lo suficiente para que sus labios se rozaran. En un principio fue una caricia superficial, casi diría que tímida, pero cuando ella entrelazó sus dedos con el pelo que le nacía en una nuca, algo explotó en el cuerpo de ambos jóvenes. Sus bocas bailaron en perfecta sincronía, como si hubieran sido hecha para este momento, y Shinichi adoró cada delicioso rincón de aquel lugar, su sabor, su forma de moverse...

Perfectamente podría perderse horas en eso y no le importaría lo más mínimo.

¿Por qué demonios había tardado tanto en darse cuenta?

—Shinichi...

—Besas increíblemente bien— musitó él cuando tuvieron que separarse por falta de oxígeno.

La respuesta, su risa, lo hizo sentir el maldito hombre más afortunado del universo. ¿Por qué tuvo que esperar a que ocurriera este maldito suceso para darse cuenta de lo bien que estaba con ella así?

—Se me hace tan raro escucharte decir esas...—comentó ella, mordiéndose el labio inferior.

Los ojos azules del detective se desviaron a aquel punto que tanto le atraía y distraídamente pensó lo mucho que le gustaría ser él el que hiciera eso.

Y ahora podía hacerlo libremente.

—Pues tendrás que acostumbrarte, Mouri, porque dudo que alguna vez me canse de mi— sonrío ladinamente y con su pulgar, liberó el labio prisionero— Tú, Ran, siempre has sido y serás mi mayor misterio y como detective que soy, es mi deber descifrarte.

—Tú lo que eres es un tonto.

—Puede. Pero, ¿puedes culparme?

Y sin dejarle responder, se apropió de lo que llevaba tanto tiempo tentándole.


Gud nai, beibes.

Llegamos al final de la historia y como comenté en el capítulo anterior, de nuevo, me disculpo por no centrarme en el "caso", para quién lo esperaba. La historia fue pensada para el desarrollo del ShinRan y ha sido en eso en lo que me he basado. En fin, espero no haberos decepcionado mucho.

¡Muchas gracias a los que hayáis llegado a aquí y espero que os haya gustado!