¡Holi!
Bueno...Fui atrapada y consumida por el fandom de HP y tenía que sacarme esta historia de la cabeza...
Se supone que iba a ser un One-Shot pero quedo demasiado largo 0.0 así que lo dividiré en tres capítulos. Me demore un poco escribiendo este, así que no se cuando vaya a publicar la segunda y tercera parte. Y para los que leen mis otras historias... . Estoy trabajando en ellas...
IMPORTANTE: No es romance. Van a ser cercanos pero el amor es solo de amigos/familia. La historia es GEN. Osea que, parte de parejas Canon, NO VA HABER AMOR/PAREJAS/ROMANCE.
¡Ahora si...Espero que disfruten el capitulo!
Sirius subió los pequeños escalones que lo separaban de su futuro con el porte y elegancia que sus tutores habían amartillado en su cerebro.
Al sentarse en la banca, por un segundo sus ojos se conectaron con los del chico con el que había pasado el viaje a Hogwarts. El chico que, al aprender su nombre, continuó sonriendo como si nada estuviera mal con su familia. El chico que compartía su amor por las bromas y aquel que por un segundo Sirius llego a pensar, podría ser su mejor amigo. El joven que, por un hermoso instante, le hizo creer que su futuro no estaba escrito.
(Y esto, en una realidad, sería suficiente para que Sirius discutiera con el sombrero hasta que esté lo pusiera en la casa de los valientes. Esa, sin embargo, no es esta realidad.)
Luego el sombrero cayó sobre sus ojos y el joven azabache se golpeó sin compasión contra el duro muro de la realidad.
-Otro Black...- Murmuró el sombrero en su mente, buscando entre memorias y emociones, tratando de ubicarlo.
Y en aquella parte que era más que un sombrero, la anciana entendida sonrío con curiosidad. Otro Black. Sí. Pero este... Este era diferente.
-Slytherin.- Pensó el niño, sus manos agarrado con fuerza la banca de madera, su corazón destrozándose ante su decisión.
El sombrero se mantuvo en silencio, observando, conociendo, buscando. Pero aunque encontró varios signos de una mente Slytherin, el sombrero, después de su indagación, tuvo una cosa clara. Sirius Orion Black no pertenecía a la casa de las serpientes.
-No es la única opción.- Comentó. No era lo que quería decir. No realmente. Pero temía la reacción del pequeño si le dice la verdad. Que encontraría su lugar en Hufflepuff, con su lealtad y trabajo duro, o en Ravenclaw, con su brillante mente o, Merlin los proteja si confesaba esto, en Gryffindor la casa de los valientes, donde su corazón pertenecía.
-No.- El comedor estaba empezando a murmurar. Era un Black. Su casa era obvia. ¿Porque se estaba demorando tanto?
Y entre la multitud de niños confundidos, un azabache de once años, con cabello incontrolable y redondos anteojos, se permitió un poco de esperanza. Quizás... quizás su primer amigo terminaría en la misma casa que él.
-Perteneces a Gryffindor.- El sombrero dejo toda vacilación atrás, decidiendo, como lo hacía con todos los niños, ser honesto. En respuesta, esperaba ira, desagrado e incluso repulsión. Pero solo se encontró con... Tristeza.
-Lo se.- Murmuro el niño, inconscientemente hablando en voz alta, como si esto pudiese hacer entender al sombrero la realidad de sus palabras.
Si pudiera, el sombrero tendría el ceño fruncido, confuso, pues nunca un niño le había pedido ir a una casa que no deseaba y que además no era a la que pertenecía.
Y de pronto, imágenes empezaron a pasar por la joven cabeza.
Un plan maestro del que el único conocedor era el sombrero y el niño bajo el. Un plan maestro que requerirá años en completar. Un plan maestro que cambiara el curso de la historia.
Un plan maestro creado en el dolor y la desesperación de un pequeño niño, rodeando en la oscuridad, pero con fuego en los ojos.
Y, por primera vez vacilante ante su veredicto, el sombrero abrió la pequeña rajadura que actuaba como su boca.
-Slytherin.- El grito fue tan suave, tan diferente a todos los demás, que a la mesa de las serpientes le tomó un momento reaccionar.
Pero pronto todos aplaudieron, porque ahora tenían al heredero de los Black en su casa, y nadie era tan estúpido (suicida) como para no fingir siquiera un poco de alegría ante la noticia.
James Potter aplaudía con ellos, su mirada triste, e internamente preguntándose si aquellos momentos en el tren serían los únicos de su amistad con Sirius Black.
-Me sorprende que acabarás en Slytherin, querido primo.- Fueron las primeras palabras que Sirius oyó al entrar a su nueva sala común.
Bellatrix tenía los brazos cruzados, una mueca entre disgustada y burlona en su rostro.
Toda la habitación cayo en silencio, la emoción de un nuevo año siendo remplazada por la curiosidad y temor que un enfrentamiento entre dos Blacks provocaba. Los ojos de cada estudiante se plantaron firmemente en el pequeño de primer año y la extremista de último.
Sirius apretó los puños con fuerza, manteniéndolos entre su bata para dar una falsa imagen de tranquilidad. Al azabache no le gustaba ese juego. Un juego de palabras, donde ambos danzaban alrededor del otro, donde la lucha por poder se sentía en el aire. Lo odiaba. El juego de los aristócratas.
Eso no significa que no era jodidamente bueno en él.
-Soy el heredero de los Black, prima querida. Era de esperarse.- Su voz era fría, sin una pizca de emoción en ella. Enfatizó su estatus en la familia, alzando una elegante ceja hacia la mayor. Ninguna persona en la sala era ignorante ante el comentario sublime. Recuerda tu lugar.
Bellatrix vaciló. Solo por un segundo. Porque este no era el mismo primo que había visto el verano pasado. El joven frente a ella tenía la perfecta máscara pura sangre, sus movimientos y palabras tan elegantes y finos como los de cualquier príncipe. La imagen era tan alejada del Sirius que conocía, que le tomó un momento contestar.
-Pero nunca fuiste muy Black. ¿O sí?- Desgracia. Y tanto como el mensaje anterior, el significado de este fue claro para las serpientes.
-Y aun así, aquí estoy.- Heredero. A comparación, eres insignificante. Bellatrix sacó su varita, apuntándola al azabache.
Pero antes de que las cosas pudieran escalar a algo peor, Narcissa se paró frente a su hermana, una amable (falsafalsafalsa) sonrisa en su rostro.
Porque Narcissa entendía, veía los signos de un peligroso depredador y, por primera vez, no era la supervivencia de la víctima de su hermana quien le preocupa.
-Bienvenido, Sirius.- Y con ello, agarró el brazo de Bella, arrastrándola al dormitorio de mujeres para intentar hacerle entender la seriedad de sus problemas.
Aun cuando estuvieron fuera de vista, Sirius mantuvo su aire frío e indiferente, la sonrisa triunfante que trataba de aparecer en su rostro siendo forzosamente escondida tras sus grises ojos.
Sin querer, Bellatrix le había dado poder en su primer día. Sirius se aseguraría de no desperdiciarlo.
Todas las casas tenían grandes diferencias entre ellas, cada una única en su propia manera, pero esto se debía más a sus valores que a la incapacidad de imitar a las otras. Slytherin, sin embargo, tenía algo en especial que ninguna de las casa tenía y nunca podrían tener, y aún si lo intentarán no les sería posible, pues era algo tan... Slytherin que a cualquier persona fuera de aquella casa le costaría siquiera entenderlo.
Slytherin era dominado por una jerarquía. Cada estudiante tenía su propia agenda, cada uno tenía su propio grupo de amigos, su propio grupo social. Su lugar en la casa era decidido por varios factores. Pequeñas cosas como ser la estrella de Quidditch o sacar las mejores notas te daban ciertos privilegios, pero...¿El verdadero poder? Ese lo tenían los más peligrosos, aquellos que llegarían al mar de la política y nadarían sin problema. Estos jóvenes eran, casi siempre, de familias pura sangre. No porque los otros no pudieran. No. Pero estos jóvenes (nunca habían sido niños) estaban entrenados para este campo de batalla. Hogwarts solo era la primera arena.
Y entre las múltiples capas que cubrían esta jerarquía, en la punta siempre había un estudiante que, aunque todos lo sabían pero nadie lo decía, reinaba la casa.
Quien se encargaba de que Slytherin fuera en la dirección que deseaba, quien controlaba a los perfectos como marionetas. Quien se mantenía en las sombras y manejaba la casa con hilos invisibles. Quien al graduarse, subiría en la escala de poder como un cohete sin freno.
Normalmente era un joven de último año, pero aquellos que tenían un apellido respaldándolos podían llegar al trono en sexto año, muy pocas veces en quinto.
Sirius, con su apellido, podía y planeaba llegar a ese puesto en su quinto año. Antes de eso se aseguraría de obtener la lealtad de los cursos menores.
O al menos, ese fue su plan. Hasta que su hermano Regulus fue sorteado.
-¡Gryffindor!- El grito resonaba en la habitación, el silencio de todas las mesas haciéndolo más fuerte.
Nadie parecía muy seguro de cómo reaccionar. ¿Deberían aplaudir? ¿Abuchear? Era un Black entrando a la casa de los leones. No se suponía que fuera posible.
Y de pronto... De pronto una persona se levantó de la mesa de los valientes y, con una brillante sonrisa, empezó a aplaudir.
Los ojos de Sirius, al igual que los de todos los habitantes del comedor, se posaron sobre James Potter, quien aplaudía con vigor. Sus dos amigos pronto lo siguieron y en cuestión de segundos Gryffindor era una mesa llena de aplausos y virotes.
Los Slytherin, Sirius incluido, se mantuvieron completamente quietos. Todos y cada uno tenía su máscara firmemente puesta, pero más de uno era incapaz de esconder la rabia tras sus ojos.
Sirius, por su lado, estaba petrificado. Sabía lo que esto causaría. Ya podía imaginar las maldiciendo volando contra un inocente pequeño de primer año, por haber sido sorteando en "la casa equivocada". Casi que podía escuchar el grito de su madre al pronunciar el "Cruciatus".
Apretando los puños, su cara se fijó en una mirada de determinación. ¿Quinto año? No. Sirius haría Slytherin suyo y se aseguraría de que ninguno de esos fanaticos locos se acercara a su hermano.
Sin embargo... Mientras tanto...
Y al igual que toda su casa, Sirius se unió para matar con la mirada a su hermano menor. Pero por muy diferentes razones.
Lucius Malfoy no era un idiota. No. Había crecido en una casa en donde la simple acción de querer un juguete ya era una guerra de palabras con ambos padres. Si era lo suficientemente bueno, obtendría lo deseado. Si no... Suprimió el temblor que quería recorrer su cuerpo para nuevamente fijarse en lo que estaba pasando.
El heredero de los Black estaba frente a él, sus brazos cruzados y su mirada desafiante. Algo muy Gryffindor, si no fuese por la astucia tras aquellos ojos.
Lucius nunca lo admitiría, pero disfrutaba las batallas verbales con el joven de segundo. Eran mucho más desafiantes que las que tenía con personas de su propio grado.
Esta batalla, sin embargo, no la estaba disfrutando. Sabía lo que Black quería y no estaba dispuesto a entregarlo.
Black estaba tras su trono. (Y en la privacidad de su mente, se permitió sentir el miedo que apretaba su corazón, porque este era un Black y los Black siempre obtenían lo que querían, sin impórtales las consecuencias.)
-Los perfectos tienen un horario bastante... Interesante.- Comentó Black, una sonrisa inocente (burlonapeligrosadepredador) en su rostro. Lucius asintió, alzando una ceja. Pero sabía lo que el joven azabache trataba. Un ataque simple, fácil, para que aquellos que no entenderían la dura batalla pudieran saber el resultado de la guerra.
-El cual pequeños de segundo año no tienen derecho a ver.- Algunos de sus compañeros estaban sonriendo, como si ya hubiese ganado. Lucius, sin embargo, sabía que apenas empezaban.
-Oh no. No quiero saberlo. Solo me preocupa el poco tiempo que tienen para estudiar. Ya que nunca los veo en la sala común.- Alzó las manos, su sonrisa inocente aún plasmada en su rostro. Lucius se detuvo a si mismo de fruncir el ceño.
-Los años mayores son un poco más difíciles. No tenemos tanto tiempo como los de segundo. Por supuesto que no los verá mucho.- Respondió con tranquilidad. La batalla estaba siendo más fácil de lo esperado. Solo tenía que mostrar la ignorancia de un enano de segundo ante el resto de la casa.
-Por supuesto. Pero hay ciertos... documentos que no se pueden leer fuera de nuestra casa.- La inocente sonrisa se había ido, remplazada por una mirada depredadora que asustaría al mismísimo Albus Dumbledore.
Lucius frunció el ceño de forma casi imperceptible. El niño había cambiado el juego. Ya no se trataba de la escuela, estaba insinuando a algo mucho más grande.
-¿Documentos?- Cuestionó, aunque ya sospechaba a lo que se refería.
-Cartas de la familia.- Respondió simplemente, alzando los hombros, como si aquellas cartas no contuviera información sensible sobre la guerra, la política involucrada y todo lo que los padres querían informar a sus herederos. Las cartas de los séptimos años eran especialmente importantes.
Lucius se mantuvo en silencio, observando al joven. El juego se estaba volviendo más peligroso de lo esperado. Y hacía solo unos segundos estaba pensando que iba a ser fácil.
-Me sorprende que tu familia pueda enviar cartas, considerando lo... ocupados que están.- Continuó el azabache al notar que el rubio se mantenía en silencio. Lucius apretó su agarre en la varita guardada en su bolsillo.
Su familia estaba tratando de subir su estatus. Actualmente eran una casa "Noble" e intentaban ser una de las casas "Más Nobles" pues aunque la diferencia era una palabra el poder político que les daba era absurdo.
Habían logrado convencer a varias familias para que votaran por ellos, pero no habían logrado convencer a ninguna de las casas más influyentes. Si Sirius le escribía a su abuelo y lo lograba convencer de que votará o no por los Malfoy podía depender el futuro de Lucius. Ambos estaban conscientes de ello.
El rubio, disimuladamente, observó la sala común, donde la mayoría de la casa estaba acumulada. Los más inteligentes parecían haberse dado cuenta del resultado de la batalla y tras sus impenetrables ojos ya empezaban a crecer planes para tomar esto a su favor. Sus ojos buscaron los grises de su novia, quien le sonrió con simpatía y asintió.
Había perdido su lugar en la escuela, pero había ganado un lugar más prestigioso en la sociedad.
-Puedo pasarte los horarios de los perfectos.- Habló finalmente, inclinando un poco su cabeza para demostrar su derrota.
Sirius sonrío. (Depredadorburlonpeligrosopeligro)
-Aquí está el salón de transfiguración.- James le sonrío al azabache a su lado. Normalmente no se hubiera molestado con los niños de primer año, pero él era un caso especial.
Regulus Black asintió, sus nudillos blancos por la fuerza con la que sostenía la maleta. James suspiro un poco. No podía culpar al menor, después de todo ser un Black en la casa de los leones no era fácil. James había logrado convencer a su grado y al anterior de darle una oportunidad al azabache, pero los años mayores tenía más prejuicios. James sabía que él sería igual, a no ser por el joven heredero con quien había hablado el año pasado. No habían vuelto a conversar, pero James sabía que era un buen chico y por ende su hermano también lo era. O al menos eso esperaba.
Le revolcó el cabello al menor, sonriendo ante la mirada matadora que le dio, pues tras esta estaba un mar de agradecimiento.
-Todo estará bien. Buena suerte.- Le sonrío una última vez antes de girar sobre sus talones, caminando hacia su propia clase.
Mantuvo su mirada en el techo, su mente perdida. Los pasillos estaban vacíos, todos los estudiantes en sus respectivos salones. James ni se inmutó por lo tarde que seguramente llegaría, Remus y Peter lo cubrirían.
Una mano se posó sobre su boca mientras que otra lo arrastraba a una cercana aula abandonada. James lucho contra el agarre, pero este lo sostenía con sorpresiva fuerza, considerando que, por el tamaño de la mano, sabía que era un joven.
Cuando la puerta se cerró tras él, James fue liberado.
Inmediatamente el niño saco su varita, apuntándola a su atacante. La bajo un poco, sin embargo, al ver quien era. (Inocencia, ¿quizás? O de pronto lealtad hacia un animal venenoso que lo podría morder en cualquier momento.)
-¿Sirius?- Cuestionó, dándose cuenta de su error demasiado tarde. No eran amigos y según las reglas de etiqueta, no tenía derecho a llamarlo por su nombre. James no solía seguir aquellas reglas pero sabía que era más fácil tratar con Slytherins cuando el protocolo era seguido.
Aun así, Sirius no pareció enojado. Asintió en su dirección, pasando una mano por su cabello y despeinando el normalmente inmaculado peinado. James se mantuvo en silencio, esperando.
-¿Porque lo tratas tan bien?- Preguntó finalmente. James mantuvo sus ojos sobre él otro joven, precavido. Sabía que Sirius no lo atacaría sin razón, pero estaba usando su voz de pura sangre y eso era peligroso.
-¿A Regulus?- Cuestionó, aunque ya sabía la respuesta. Sirius le dio una mirada que le mostraba la poca paciencia que el otro joven tenía en ese momento.
James alzó los hombros, una sonrisa calmada en sus labios.
-Todos merecen una oportunidad. No es malo solo por su apellido.- Sirius pareció momentáneamente perder la habilidad de hablar, su boca abriendo y cerrándose sin producir sonido, como si no pudiese entender el concepto de no ser juzgado. Finalmente se compuso, aclarando su garganta antes de hablar.
-¿Algún otro motivo?- Preguntó, permitiéndose mostrar un poco de sospecha. James rodó los ojos antes de negar la cabeza.
Lo que el Gryffindor no sabía era que, con él, Sirius tenía la guardia baja. De ser alguien diferente, el Black hubiera bufado ante su respuesta, y lo hubiese interrogado hasta descubrir sus verdaderas intenciones, pero el azabache aún recordaba aquel viaje que lo llenó momentáneamente de esperanza.
Sirius asintió, mirando por la ventana, su mente lejos del salón en el que se encontraba.
-¿Por eso me secuestraste?- Preguntó James, tratando de aliviar el ambiente. Al ver la pequeña sonrisa que el normalmente serio Black obtuvo, el azabache lo contó cómo una victoria.
-Cuida de él.- Pidió en un susurro casi imperceptible. (La primera vez que se permitía ser vulnerable dentro de la escuela. Tampoco había tenido muchas oportunidades fuera de esta, pues pronto había descubierto lo peligrosos que era serlo. Pero... joder. Era su hermano y necesitaba ayuda).
La sonrisa de James desapareció, siendo remplazada por una mirada sería. Camino hasta este frente al Slytherin, extendiendo su mano como oferta de paz (amistad).
-Lo prometo.- Sirius lo observo por unos momentos antes de agarrar su mano.
(Y en una pequeña y abandonada habitación, temprano en la mañana con la brillante luz del sol que significaba un nuevo día a sus espaldas, una amistad nació. Una amistad que cambiaría al mundo y que empezó con un simple apretón de manos.)
Regulus agitó la mano, despidiéndose de sus amigos. Los Ravenclaw le sonrieron antes de desaparecer tras una esquina. El joven agarro su varita, pues aunque llevaba dos meses en la escuela y la mayoría de los ataques se habían detenido, aún caminaba con precaución cuando estaba solo. Había sido golpeado con demasiadas maldiciones como para actuar de otra manera.
Frunció el ceño al escuchar unas risas al final del pasillo, crueles y burlonas. Tomo un profundo respiro, preparándose para lo peor.
Se encontró con un grupo de Slytherins, tercer año, alrededor de dos Hufflepuff de su grado. Ambos se veían completamente aterrados, pegándose lo más posible al muro tras ellos para alejarse de los mayores. Y tras los de tercero, un joven de segundo observaba los procedimientos, con una mirada casi que aburrida.
Y ese indiferente Slytherin era nada más y nada menos que su hermano mayor, Sirius Black, a quien había estado evitando desde el festín de inicio de año. Regulus consideró girar sobre sus talones e irse de la escena, pero el valor que le había dado un lugar en la casa de los leones se hizo presente.
-¡Déjenlos en paz!- Exclamó, apretando un poco más sus libros contra su pecho. Todos dirigieron sus miradas al menor de los Black.
Casi que inmediatamente uno de los Slytherin dirigió su varita al Gryffindor, un destello brillante y sádico en su mirada. Dio un paso al frente de forma amenazadora pero una mano en su pecho lo detuvo.
Sirius alzó una ceja ante las miradas curiosas que recibió, simplemente girando sobre sus talones para dirigir toda su atención a los dos Hufflepuff, efectivamente ignorando a su hermano menor por completo. Sus ojos estaban fríos cuando alzó la varita hacia ellos, murmurando una maldiciendo que su querida madre le había enseñado.
-"Clausa Faucium"- Las manos de los tejones se dirigieron a sus gargantas, el pánico invadiendo sus rostros cuando el aire se continuaba a rehusar a llegar a sus pulmones, haciendo que el inhalar fuese increíblemente doloroso pero sus instintos de supervivencia no les permitían evitar la acción.
Regulus estaba complemente congelado, sus propias manos subiendo a su garganta, pues aunque no estaba bajo el efecto del hechizo, su cuerpo recordaba a la perfección como se sentía.
Se convenció a si mismo de que esa fue la razón por la que no hablo. Por la que no le rogó a su hermano (Su hermano. Joder su hermano. ¿Se convertirá en asesino en segundo año?) que se detuviera.
Finalmente, cuando los dos Hufflepuff parecían a punto de la inconsciencia, Sirius levanto el hechizo. Su cara seguía tan blanca como siempre, la de sus compañeros sin embargo, tanto el Gryffindor como los dos Slytherin, estaban ligeramente verdes, sus manos temblando un poco.
-Una mirada.- Murmuró, guardando su varita. -Una sola mala mirada a cualquiera de mis serpientes...- No termino la oración, pero la amenaza estaba clara. Ambos jóvenes asintieron frenéticamente, sus manos aún sobre sus cuellos, como si temieran que el aire nuevamente se les escapara.
Sirius asintió, mirando a todos los habitantes del pasillo directo a los ojos.
-Solo estábamos teniendo una agradable conversación.- Sonrío, puntualizando la palabra. Por un segundo Regulus se preguntó si se había imaginado todos esos momentos donde Sirius había sido cálido y amable y era simplemente su hermano. No un Slytherin.
Aquellos momentos antes de Hogwarts, cuando la luz de la vida aún brillaba con fuerza en sus ojos. (Y solo para sí mismo Regulus admitiría que el completo terror que tenía de que la luz también se fuera de sus ojos fue la razón por la que rogó no estar en la casa de los ambiciosos. Porque…Si podían romper el espíritu de Sirius, ¿Qué oportunidad tenia él?... Y terminó en la casa de los valientes por su cobardía. Irónico.)
Los tejones volvieron a asentir antes de correr de vuelta a su agujero, tan rápido como sus piernas se los permitían. Y Sirius, sin darle una sola mirada más, giró sobre sus talones, volviendo al nido de las culebras.
Al día siguiente, Regulus no pudo evitar observar la casa verde. Inmediatamente localizando a su hermano, noto cuan... solo se veía. Estaba rodeado de personas (Tú casa es tu familia. Tucasaestufamilia. ¿Porquenoestascontufamilia?) Pero completamente apartado de ellas. Les hablaba, sonreía con educación y asentía cuando era necesario, pero estaba solosolosolo.
Y esa noche, al mirar por su ventana, notó lo sola que se veía la brillante estrella de Sirius, la estrella de los perros, en el oscuro cielo.
Empezó con una pequeña e inofensiva broma. Un hechizo para amarrar los cordones de ambos zapatos en un solo nudo, provocando que al pararse se cayera.
La cara de Severus se había vuelto completamente roja, mientras sin éxito trataba de soltar el nudo. Sirius, por su parte, observó las reacciones del resto del comedor. Los Ravenclaws habían dejado sus libros por unos segundos antes de decidir que la fuente de entretenimiento no era lo suficientemente buena para requerir su atención e inmediatamente volvieron a sus investigaciones. (Callados. Indiferentes. ¿Dónde estaba la casa de los inteligentes y peligrosos que había creado Rowena Ravenclaw?) Algunos Hufflepuff trataban de ocultar sus risas, mientras otros observaban con desaprobación. (Oh… pero oh... Si hubiera sido un tejón el afectado la casa de los leales olvidaría la compasión, porque cualquiera que se atreviera a atacar a uno de los suyos sin razón sufriría. ¿Cuándo se había vuelto la lealtad y amabilidad exclusiva para su propia casa?) Y los Gryffindor... Los Gryffindor reían sin filtro, sus burlas llegando desde el otro lado de la sala. (¿Cuando? ¿Cuándo se había vuelto la popularidad más importante que la caballerosidad que se suponía debía destacar en su casa?). Los Slytherin... La mayoría mantenía una fría máscara y solo unos pocos se atrevieron a darle miradas burlonas a su compañero caído. (Sirius se aseguraría de meter en sus cabezas la lealtad hacia su casa, porque fuera de su sala común, los Slytherin siempre serían los culpables de todo, y si no tenían ni a su propia casa apoyándolos... ¿Qué pasaría con el hogar de los astutos?)
Se forzó a sí mismo a ignorar los tres leonés que reían con más vigorosidad.
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Pero no se detuvo ahí. Poco a poco las bromas se volvieron más pesadas. Más peligrosas. Sirius sentía las miradas de las serpientes sobre él. (Están atacando uno de los nuestros. ¿Qué vas a hacer? ¿! Que vas a hacer!? )
Pero Sirius no sabía que hacer. Esto no era como con los tejones, que habían atacado a unas serpientes por quienes eran sus padres. No. Estas bromas no tenían sentido y Sirius sabía quién era el responsable. (Nononono era un buen chico. ¿Porque hacía esto?)
No pudo ignorarlo más cuando la poción de Severus estalló, provocando que se quedara en el hospital tres días. Esto se había salido de control.
Pasando por uno de los pasillos más recorridos, Sirius agarro el brazo de James, halándolo hacia un salón vacío sin decir palabra. (Y en el camino pudo ver cómo la tensión en los hombros de los Slytherin se iba. Sirius se encargaría. Era el pensamiento que pasaba por la cabeza de las serpientes. Todo estará bien ahora. )
-¿Sirius...?- Preguntó confuso el león cuando estuvieron solos. Sirius le daba la espalda, la mano en su bolsillo apretando con fuerza su varita.
-Detente Potter.- James frunció el ceño al escuchar el tono. Era una voz que el azabache no había usado con él desde el momento en que se habían vuelto amigos. (Era un tono para sus enemigos. Para intimidar y asustar. ¿Porque estaba usándolo con James? )
-¿De qué estás hablando...?- Sirius giró sobre sus talones, apuntando su varita al pecho del Gryffindor. James dio un paso atrás, sus ojos abriéndose por la sorpresa.
-Mierda James. Detente.- Y James se atrevió a ver más allá de la varita. Vio como la mano que la sostenía temblaba ligeramente, como la perfecta máscara había caído, y los ojos de Sirius le rogaban que entendiera. Las palabras de su padre volvieron a su cabeza. ("Ten cuidado con los Slytherin." Le había susurrado el hombre a su hijo unos días antes de que partiera el tren. "Saben muchas maldiciones peligrosas." Concordó el niño, asintiendo. Pero su padre negó la cabeza. "Porque atacar a uno es atacar a todos.")
Agarraba su varita con tanta fuerza que sus nudillos se habían vuelto blancos, pero se negaba a bajar el brazo. "Por favor no me obligues a hacer esto." Las palabras que no podía decir con su boca, gritaba con sus ojos.
Los labios de James se pusieron en una firme línea blanca, girando la cabeza para observar el muro a su lado. Sirius estaba hablando sobre las bromas hacia Quejicus, las bromas que James no se permitía aceptar eran bastante crueles.
Pero no podía detenerse. No podía. Esa serpiente estaba tratando de robarse a Lily. Quería alejarla de Gryffindor y James no podía permitir eso. El "no" estuvo en la punta de su lengua, hasta que hizo el error de mirar a los ojos del Slytherin. (Su amigo. Los ojos de su amigo que le rogaban. Le rogaban que no forzará la mano del Black. Y joder, no hablaban mucho y su amistad aún era delicada, pero a veces se sentía más cercano a él joven que debería ser su enemigo que a los dos muchachos con quien compartía habitación.)
-De acuerdo.- James asintió, dejando que una suave sonrisa se posará en sus labios. El cuerpo de Sirius pareció caer un poco con el alivió y sin pensarlo se acercó al Potter, dejando que su cabeza cayera sobre el hombro del otro.
-Idiota.- Murmuro. James se congeló momentáneamente, pues aunque habían vuelto a verse desde ese apretón de manos, siempre había sido en secreto y James siempre era el que empezaba el contacto físico. Aun así pronto reaccionó, poniendo uno de sus brazos alrededor de los hombros del azabache frente a él. Una fuerte risa salió de sus labios.
-A cambio deberás ayudarme con algunas bromas.- Sintió una pequeña risa recorrer el cuerpo de su amigo y supo que había tomado la decisión correcta.
-Fuera.- Ordenó Sirius, inclinando un poco su cabeza hacia atrás. En el vagón se encontraban Gryffindors, Hufflepuffs y Ravenclaws. Todos emocionados por las vacaciones de invierno. Bueno. Casi todos.
Estaban en el expreso de Hogwarts, volviendo a Londres. Los Gryffindor parecieron listos para empezar a gritar, pero los Ravenclaw pronto agarraron a la mayoría de sus amigos, arrastrándolos fuera del compartimiento. Después de todo, había una razón por la que habían quedado en la casa de los inteligentes y no en la de los valientes.
Regulus quedo solo. Sirius entro a la cabina, cerrando la puerta tras de sí y agitando su varita para hacer lo que Regulus reconoció como un hechizo silenciador. Regulus junto sus manos, apretándolas un poco para evitar que otras partes de su cuerpo mostrará su nerviosismo. Su hermano mayor no le había hablado en lo que llevaban del año, aquel enfrentamiento con los Hufflepuff había sido la única vez que le había dado más que una mirada. ¿Por qué lo buscaba ahora? ¿Cuando volvían a casa y a lo que seguramente ahora sería el infierno del menor?
-Necesitaba a alguien en el lado de la luz, así que te pedí que fueras a Gryffindor. El sombrero consideró tu sacrificio noble, caballeroso y valiente, y por eso terminaste en Gryffindor.- Regulus frunció el ceño, confuso. Sirius lo estaba mirando directamente a los ojos, completamente serio.
Al ver que su hermano menor todavía no entendía, Sirius rodó los ojos. Camino hasta estar frente a él y se arrodilló para estar a la misma altura. Agarro su barbilla con gentileza, tratándole de hacer entender la importancia de lo que le estaba diciendo.
-Necesitaba a alguien en el lado de la luz, así que te pedí que fueras a Gryffindor. El sombrero consideró tu sacrificio noble, caballeroso y valiente, y por eso terminaste en Gryffindor.- Repitió, su agarre apretándose de tal forma que Sirius sabía se estaba volviendo doloroso, pero necesitaba que entendiera. Regulus lo miro confuso unos segundos más antes de que la comprensión se mostrará en su rostro. Cauteloso, trató de asentir, pero la mano de su hermano aún se lo evitaba.
Sirius le dio una pequeña sonrisa, una sonrisa de cariño y amor que muy pocos habían visto, una sonrisa que había desaparecido el día que llego a Hogwarts. Le dio un suave beso en la frente antes de levantarse y, revolcándole el cabello, salió del compartimento.
Inmediatamente sus amigos volvieron a entrar y tras ellos pudo ver a James Potter, a quien seguramente habían llamado cuando su hermano lo había "secuestrando".
James y Sirius compartieron una mirada que, para cualquier otra persona, sería de indiferencia y un poco de sospecha. Pero Regulus pudo ver algo más. Algo oculto y secreto entre los dos jóvenes.
Y decidió que le debía el al menos dejarle tener ese secreto. Después de todo, le acababa de salvar la vida.
A pesar de la excusa de Sirius, Regulus aún fue "disciplinado" al llegar a casa. Fue mucho menos doloroso de lo que pudo haber sido y los gritos no fueron de "eres una decepción para la familia". En vez "sacrificarse por otros no es digno de un Black!" Resonó en los muros de la casa.
Al final, el azabache termino tendido en su cama, la magia usada para su castigo previniendo que cualquier signo se mostrará de lo ocurrido. Eso no significaba que no doliera.
La puerta de la habitación se abrió lentamente y Regulus no pudo hacer más que prepararse para otra tanda de gritos y quizás otra ronda de maldiciones. En su lugar, Sirius entró a la habitación con aquella suave sonrisa que antes era tan común en él pero que ahora raramente aparecía. El mayor cerró la puerta con su cadera, pues en sus manos estaba cargando una charola de comida. El estómago de Regulus rugió con agradecimiento pero el Gryffindor sabía que eso traerá serías consecuencias a ambos si eran descubierto. Aun así, no objetó cuando su hermano dejó la bandeja sobre su mesa de noche. Hacía mucho había aprendido que discutir con Sirius era completamente inútil.
Lentamente empezó a levantarse, gruñendo un poco cuando sus costillas le hicieron saber su descontento con la idea. Sirius frunció un poco el ceño, pero se mantuvo en silencio, incluso después de que el menor agarrara la comida que había traído.
-Los Hufflepuff...- Rompió el silencio Regulus, pero fue incapaz de decir más, inseguro de cómo continuar.
-¿Los del pasillo?- Cuestiono el Slytherin, una de sus ceja alzándose un poco. Regulus se mordió el labio, sabiendo que era un error traer el tema, pero necesitando saber la razón.
-¿Porque los atacaste?- Mantuvo sus ojos firmemente fijos en su manta, temeroso a ver los cálidos ojos de su hermano volverse fríos y cerrados ante él.
En cambio, simplemente escucho un suave suspiro.
-Habían atacado a unos Slytherin de primer año.- Respondió con sencillez, como si el hecho de que unos Hufflepuff atacaran a Slytherins no fuera completamente sub-real e imposible.
Eran Hufflepuff. Los amables. Los que siempre estaban dispuestos a ayudar a otros. Los leales.
Por su mente paso la posibilidad de que los Slytherin los provocarán. Porque las serpientes siempre eran las que iniciaban los conflictos y… wow- ¿Desde cuándo había empezado a pensar así?
Los Hufflepuff eran los amigos leales y amigables. Los Ravenclaw eran los amigos en los que siempre podías contar para ayudar en un problema. Los Gryffindor eran valientes y aceptaban a todos.
Pero ninguna de esas cualidades se mostraba cuando trataban con serpientes, porque Slytherin siempre era la excepción.
-Oh.- Fue todo lo que pudo decir en respuesta, incomodo ante los pensamiento que pasaban por su cabeza.
-Iras a casa de Connor en tres días.- Comentó Sirius, efectivamente cambiando el tema. Regulus estuvo a poco de ahogarse con su comida, pues Connor era uno de los amigos que había hecho ese año. Pura sangre, pero Gryffindor.
-¿C-Como?- Su boca no parecía capaz de articular nada aparte de eso, su cerebro aun tratando de procesar las palabras.
La sonrisa que apareció en el rostro de Sirius era oscura, misteriosa y dolorosa. Fue todo lo que Regulus necesitó para saber que el precio por su libertad era alto.
-Yo me encargó de todo.- Y Regulus vio. Vio como en los ojos de su hermano su alma estaba lentamente muriendo. Como se oscurecían un poco más y la vida estaba un poco menos radiante en ellos.
Y Regulus sabía. Sabía que debía preguntar, que debía evitar que su hermano hiciese lo que fuera que tenía que hacer para sacarlo de esa casa. Pero el solo imaginar en no estar atrapado en ser libre y no sufrir bajo la varita de su madre lo detuvo. Y se permitió pensar que esta era una decisión que Sirius había tomado y Regulus no debía interferir en ello. (Cobarde. Gritaban sus adentros. Un cobarde en la casa de los leones. No era ambicioso como una serpiente y no tenía el valor de un león. Entonces...¿Qué era?) (Cobarde.)
Sirius no se arrepentía. Claro que no. Su hermano estaba a salvo, lejos de su hogar. Nada lo podía lastimar ahora.
Y aun así, por un momento, deseo no haber hecho ese estúpido trató. Por un momento quizo que su hermano estuviera en casa, adolorido, maltratado, temeroso. Pero al menos Sirius estaría con él, y no aquí.
El hombre frente a él era atractivo, con facciones aristócratas y un aura carismática que lo rodeaba. Pero eso no podía ocultar la oscuridad que salía de su alma misma y que parecía sofocar el salón, en un intento de ahogarlos a todos con su mera presencia.
-Heredero Black.- Su voz era suave, pero incluso eso no ocultaba el poder tras cada palabra.
Sirius se tuvo que recordar a si mismo toda sus lecciones, pero esto no le llevó más que una fracción de segundo, pues pronto inclinó un poco su cabeza en dirección al mayor, su cara perfectamente blanca.
-Señor Oscuro.- Respondió respetuosamente. La boca del hombre se puso en una firme línea blanca, siendo eso lo único que necesito para mostrar su infelicidad con el saludo.
Pero Sirius se negaba completamente a llamarlo "Mi señor". Él no era propiedad de nadie y no estaba marcado, además, por mucho que lo despreciara, era un Black. Y los Black nunca se arrodillaban ante alguien que no consideraran dignos.
Sirius sabía que era peligroso provocar al hombre, pero cuando este simplemente inclinó su cabeza y siguió su camino, la teoría del azabache se confirmó.
Lord Voldemort no podía poner a los Black en su contra. No cuando tenían tanto poder y manejaban a la sociedad mágica con hilos no tan invisibles. Así que, por ahora, Sirius era intocable.
(Y solo a si mismo se admitiría como sus manos aún estaban temblando al volver a casa. Como, después de eso, nunca se volvió a sentir completamente limpio.)
Empezó como una necesidad. Un recordatorio de porque hacia lo que hacía. De que en la guerra los sacrificios eran necesarios.
Observaba a sus compañeros, en todas sus clases. Miraba su felicidad, su tristeza, su frustración y podía ver grandes magos y brujas en creación, así como los que nunca llegarían a mucho tras graduarse.
Y durante ello noto cierto... Patrón. No fue intencional, y no lo estaba buscando, pero al verlo le fue imposible ignorarlo.
Remus Lupin desaparecía todos los meses por un par de días. Y cada vez que volvía lo hacía con una nueva herida.
Sirius aplasto el miedo que lo petrificó por un momento y se resolvió a hablarlo con Potter.
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-James.- Sirius susurro, no queriendo atraer la atención de los cuadros en el exterior ni de ningún profesor, pues era mucho más allá de la hora permitida y ambos jóvenes se encontraban jugando ajedrez mágico en un aula abandonada.
Noches oscuras y vacías habitaciones eran los únicos momentos en los que se podían permitir ser amigos.
-¿Hm?- James ni siquiera alzó la mirada del tablero, demasiado concentrado en su siguiente movimiento.
Sirius abrió la boca para hablar, pero ninguna palabra salió de su garganta. Dirigió sus ojos a la luna y solo cuando vio que esta estaba a la mitad, permitió que sus hombros se relajaran un poco, pero las palabras seguían atoradas en su boca.
-¿Sirius?- Cuestionó James cuando el Black paso demasiado tiempo callado. Por fin había alzado la mirada, y lo observaba con preocupados ojos avellana.
-Lupin desaparece mucho.- Comentó con vacilación, como quien simplemente no encuentra mejor tema para hablar.
Los ojos de James se achinaron un poco en sospecha y su mirada se llenó de temor.
-Tiene una salud delicada.- Replicó con cautela. Sus miradas se mantuvieron conectadas por unos minutos más y, por primera vez en la historia de su amistad, Sirius fue quien la apartó.
-Ya veo. Es tarde y tenemos un examen mañana. Buenas noches.-
(Esa noche ambos habían mentido.)
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James sintió una mano taparle la boca, arrastrándolo a una aula vacía. Esta vez ni se molestó en luchar, pues solo había una persona en toda la escuela que usaba esos métodos para hablar con él.
Escucho la puerta cerrarse tras él y, como siempre, se giró para darle una sonrisa a su amigo. Antes de que pudiera hablar, sin embargo, un brazo lo empujó contra la pared, con tanta fuerza que James supo causaría un moretón.
-¿Estás loco?- Exclamó Sirius, sus ojos un poco desenfocados mientras su mente iba a mil por hora.
Un mes. Había esperado un mes. Observaba a Lupin todas las clases y en la noche vigilaba la luna. El día de la luna llena, Lupin desapareció, como lo había estado haciendo desde primer año. (¿Cómo no lo había visto? Un demonio viviendo entre ellos.)
Y Sirius sabía. Sabía que James era consciente del hecho que vivía con... con un monstruo. Y no entendía. ¿Porque? ¿Porque trataba a un animal salvaje como un amigo?
-Sirius ¿Qué te pasa?- Exclamó el Gryffindor, revolviéndose un poco en el agarre, pues le estaba empezando a costar respirar.
-¡Es un hombre lobo!- Y tan solo decir las palabras le provocaron un mal sabor en la boca. ("Los hombres lobos no son humano Sirius." Su madre lo miró fijamente, sus ojos serios. "Son animales. Animales salvajes para usar y desechar. Al menos que lo vayas a usar, no fraternices con lobos." Un Sirius de 6 años había asentido, emocionado por complacer a su madre.)
James se quedó mudo por unos segundos antes de que un fuego brillante y protector apareciera en sus ojos. Demasiado brillante para un joven de su edad.
-¡No puedes decirle a nadie! Remus es mi amigo.- Con un empujón apartó a Sirius, sus normalmente joviales facciones completamente serías.
Sirius negó la cabeza, apretando los puños y, por primera vez en su estadía en Hogwarts, perdiendo su compostura por completo.
-¡Es un monstruo!- Gritó, tratando de hacerle entender lo peligroso que era estar cerca de un hombre lobo. (¿¡En que estaba pensando Dumbledore!? ¡Un demonio en medio de niños! ) (¿Porque James no entendía? ¡Sirius solo quería protegerlo!)
Y frente a Sirius, ocurrió algo que nunca pensó pasaría. James se cerró por completó, ninguna expresión mostrándose en su rostro. (Sirius recordó que James también era un Pura Sangre, e incluso aquellos de familia de la luz eran entrenados en el arte de la burocracia.)
Puso sus manos tras su espalda e inclinó la cabeza lo suficiente para mostrar respeto por alguien de su mismo rango.
-Fue un placer, heredero Black.- Y así, sin más, la única verdadera amistad que Sirius había tenido en la escuela, salió por la puerta sin mirar atrás.
No volvieron a hablar por el resto del año.
-Lupin.- El mencionado alzó la mirada del libro que estaba leyendo. Sirius pasó sus ojos por varias mesas para asegurarse de que no hubiera nadie de importancia. Solo unos cuantos Ravenclaw y ellos no notarían su interacción.
-Black.- Aunque lo dijo como saludo, había una interrogante en su nombre. Sirius Black nunca hablaba con Gryffindors, y ciertamente no tenía nada que hacer hablando con un Don nadie como Remus Lupin.
Sirius se detuvo a si mismo de retroceder cuando la bestia-Cuando Lupin habló. Se forzó a sonreír con calma, dejando que sus libros cayeran en el puesto frente al joven.
-¿Ya encontraste la información sobre el hechizo que debemos investigar para Transfiguración?- Preguntó casualmente. (Ni siquiera por información un Black se rebajaría a pedir ayuda, ni aunque fuese fingido.) Remus frunció el ceño, confuso, antes de asentir. Con su mentón apuntó al libro a su derecha, recibiendo una amable sonrisa (precavidatemerosapeligrosa) por parte del azabache.
Conversaron poco mientras estudiaban. Sirius se tuvo que contener a si mismo de apartar su mano cuando parecía que iba a tocar cualquier parte del otro joven, pero siguieron la tarde como cualquier otra. (Joven. Era un joven. No una bestia. No un demonio. Su mano me va a tocar. Me va a tocar. Nononono.. No. No. Era un mago. Nada más.) (Un demonio.)(¿Quién era el verdadero monstruo?)
No era una solución, pero era progreso.
-¡Sirius!- Regulus se acercó a su hermano, una casi sonrisa en su rostro. Ahora sabía que el Black mayor no lo odiaba y ese conocimiento le había quitado un gran peso de encima. Ahora podían volver a ser hermanos.
Sirius dio media vuelta sobre sus talones, alzando una ceja ante la persona que se le acercaba antes de volver a la conversación, completamente ignorando al menor.
Regulus vacilo por un momento pero, recordando lo ocurrido en navidad, siguió su camino.
-Sirius.- Ignoró las malas miradas que le estaban dando los Slytherin a su alrededor, concentrándose solo en su hermano. Si las cosas se salían de control, él lo defendería, Regulus estaba seguro.
Escucho un suave suspiro por parte de Sirius pero no fue capaz de detectar la emoción tras el. El mayor se giró nuevamente, volviendo a verlo. Todo su lenguaje corporal, desde sus ojos hasta la postura de sus piernas gritaba odio y desagrado.
-¿Qué?- Gruñó, el ceño fruncido de aquella forma de la cual los Slytherin eran famosos. Regulus se encogió un poco en sí mismo, buscando en los ojos de su hermano alguna señal de arrepentimiento por como lo estaba tratando, o alguna señal del cariño que había estado ahí en navidad, pero fue en vano. Su máscara era demasiado fuerte.
-Y-Yo...- Las palabras parecían haber desaparecido de su boca y su propósito por acercarse al Slytherin había huido de su mente.
Sirius le dio un par de segundos para responder antes de rodar los ojos.
-Ya entiendo porque quedaste en Gryffindor. Solo alguien con tal capacidad mental podría estar en la casa de los valientes.- Espetó la última palabra, su sonrisa cruel y burlona. Regulus se tragó el dolor que le provocaba los comentarios de su hermano, pensando en cómo replicar, pero para cuando algo se le vino a la cabeza, Sirius ya se estaba alejando.
(Idiota. Un Slytherin y un Gryffindor. Nunca volverían a ser hermanos.)
Era el principio de su tercer año y James se encontraba en un lugar que nunca pensó visitaría. La biblioteca.
Normalmente el Gryffindor se mantendría tan alejado de ese lugar como le fuera posible, pero cada vez que veía a uno de sus mejores amigos llegar cansado y lastimado después de una luna llena, la necesidad de encontrar algo para ayudarlo lo invadía por completo.
Sabía que no encontraría nada, pues de haber una cura para la licantropía sería noticia mundial. Aun así James Potter no era conocido por rendirse y por ello actualmente se encontraba en una de las estanterías más apartadas y olvidadas de la biblioteca, buscando algo para ayudar. (Algo que no encontraba. Algo que se ocultaba. Algo que no existía.)
Dejó que su cabeza cayera contra el estante, dando un fuerte suspiro y simplemente, por un momento, permitiéndose considerar que tal vez, solo tal vez, no había forma de ayudar.
Dio un pequeño salto cuando algo lo toco en el hombro y, con la mano sobre su corazón, se giró a ver al responsable. Evitó que su ceño se frunciera tanto en tristeza como enojo al ver la cara de su amig- De Black tras él.
El Slytherin no dijo nada, simplemente pasándole un libro negro y viejo antes de seguir su camino. James junto las cejas, confuso. Observo la espalda del otro azabache hasta que este desapareció y solo entonces dirigió su atención a lo que le había dado.
Solo una palabra estaba escrita en letras doradas en la portada.
"Animagos"
Empezó con sus observaciones del año anterior (Monstruo. No. James. Lo siento lo siento.). Podía ver cómo entre Slytherins y Hufflepuffs mayormente se ignoraban, como con los Ravenclaw compartían uno que otro asentimiento de cabezas y como con los Gryffindor siempre discutían. Sirius podía ver lo alejada que estaba su casa de las otras. Pero también... También veía los resultados cuando eran forzados a trabajar en equipo. (Como un Slytherin y un Hufflepuff siempre llegarían a la meta, habiéndolo dado todo. Porque los Hufflepuff siempre trabajaban duro para lograrlo, aunque no fuesen los primeros. Como los Slytherin daban todo su esfuerzo, porque eran ambiciosos y querían llegar de primeros. Como esta combinación hacía algo peligroso y letal. Porque los Hufflepuff eran leales y sin importa qué tipo de plan era, siempre seguirían la astucia de las serpientes.)
(Como la mente de los Ravenclaw le abría caminos de información para que los Slytherin trabajaran. Como de aquella combinación siempre se sacaba más, porque la ambición y el deseo por el conocimiento eran peligrosos cuando se juntaban.)
(Y como, irónicamente, los Slytherin siempre hacían mejor equipo con los Gryffindor. Por qué la valentía que les faltaba a las serpientes para completar sus planes más peligrosos, les sobraba a los leones. Porque la paciencia para detenerse e idear el siguiente mejor plan era la especialidad de los astutos y la debilidad de los valientes.)
(Como los Hufflepuff siempre estarían hombro con hombro junto a los Gryffindor en sus planes más peligrosos. Como los tejones siempre abrirían el camino para que las Águilas pensaran la solución para el próximo problema.)
(Como la mente de los Ravenclaw y la fuerza de los Gryffindor podía hacer un equipo letal.)
Y tanto potencial perdido por discusiones que ocurrieron hacia millones de años... Era doloroso de ver.
Tenía trece años y Slytherin estaba en sus manos. ¿Qué tan difícil podía ser adueñarse del resto de la escuela?
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Los Slytherin siempre se habían llevado mejor con los Ravenclaw. Ambas casa usaban su cabeza más que su corazón, su conocimiento más que su instinto. Por ende, Sirius había asumido que sería relativamente fácil relacionarse con ellos. Tomo un total de una interacción con una de las Águilas para darse cuenta de lo equivocado que estaba.
Mientras que en Slytherin su apellido era una bendición, en el resto del colegio era una maldición. Todos los niños de familias mágicas estaban advertidos del peligro que los Black representaban y los Ravenclaw no eran la excepción.
Sirius aprendió su lección. Las águilas no se pondrían en riesgo sin razón. Así que el Slytherin les daría una. Jugaría con la debilidad de todo Ravenclaw hasta obtener lo necesitado. (Porque no importaba si eran populares, diferentes, extraños, deportistas...Todo Ravenclaw tenía una curiosidad insaciable.)
Tomo tiempo. Los Ravenclaw eran cautelosos, sabiendo que la tentación era intencional, pero sus rápidas mentes incapaces de ignorar una gran fuente de conocimiento. Porque eso era Sirius, un heredero de una casa Antigua y Noble, por lo que tenía conocimiento de cosas que ni siquiera aurores deberían saber. Sin contar las enormes bibliotecas que tenía a su disposición, llenas de libros que se creían perdidos en la historia.
Un mes le tomo de discretas sugestiones y misteriosas sonrisas para que el primer Ravenclaw se le acercara, la curiosidad sobrepasando su vacilación. Y ese pareció ser el punto de quiebre, pues pronto varias Águilas se le acercaron con deseos de información.
Claro que no todos lo obtuvieron. No, claro que no. Solo aquellos que eran especiales, diferentes. Debían destacar de alguna manera. Debían ser la siguiente generación de genios del mundo mágico. Solo ellos obtendrían el privilegio de recibir una pizca de la información disponible, que les abría un mundo de posibilidades.
Después de eso no fue difícil hacer "grupos de estudio", en donde Águilas y serpientes se juntaban para "estudiar". (Los Ravenclaw obtenían información de las mejores mentes de Slytherin. Los Slytherin obtenían conexiones con personas que en el futuro serían importantes en el mundo mágico. Todos los sabían, pero nadie comentaba, pues todos salían beneficiados.) Y desde lejos, Sirius observaba con una sonrisa satisfecha.
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Muchos creían que los tejones era la casa de los sobrados. De aquellos que no tenían suficiente valentía para la casa de los leones, suficiente inteligencia para las águilas, suficiente ambición para las serpientes.
Pero Sirius sabía. Sabía que no era que no tuvieran aquellas habilidades, simplemente su corazón solía ser más grande que cualquiera de los otros elementos. Y esa...Esa era su arma más poderosa y su debilidad más grande.
Lo que las personas no parecían entender, era lo beneficioso que tener a un Hufflepuff podía llegar a ser. Por qué la lealtad de los Hufflepuff era absoluta y peligrosa, pues un tejón moriría antes de traicionar a sus seres queridos. Y ellos lo harían todo para conseguir la felicidad de quienes se habían ganado su aprecio y lealtad.
El punto es que obtener la lealtad de un Hufflepuff era beneficioso, pero también increíblemente difícil.
Con los Slytherin debías tener ambiciones similares para trabajar con ellos. Con los Ravenclaw debías tener los mismos intereses. Con los Gryffindor debías estar dispuesto a todo. Pero... con los Hufflepuff... Ellos no tenían ciencia. No había un plan específico para atraerlos.
Sirius no tenía un plan y eso lo estaba irritando. Por ello, cuando un Hufflepuff apareció en la reunión semanal de su "grupo de estudio", no pudo evitar que sus cejas se alzarán ligeramente en sorpresa.
El joven tejón parecía nervioso, pegado a su amigo Ravenclaw como pegamento, pero su mirada era decidida.
El resto del grupo se había detenido, curiosos ante la reacción del Slytherin de que alguien no invitado viniese.
El Ravenclaw parecía resignado, como si ya supiese que esta sería su última vez ahí, pero también portaba una sonrisa cariñosa y exasperada, como si aquello no importara con tal de que su amigo tejón no se preocupara.
Sirius dio un suspiro interno, inseguro de cómo proseguir. Lógicamente, debería echar a ambos jóvenes, darles una mala miradas y quizás una que otra maldición. Debía mantener su postura de poder. Pero... Pero eso provocaría que perdiera la confianza que los Ravenclaw habían depositado en él, probaría que era simplemente otro Black demente. Y su pequeño proyecto podría acabarse.
Observo al Hufflepuff frente a él. Justin Wilston, media sangre, extremadamente talentoso en Aritmancia, pues aunque era su primer año en la clase, se creía que ya estaba, por lo menos, con los temas de cuarto si no es que quinto año. Él nunca lo había negado ni aceptado, y Sirius apreciaba tanto su habilidad, como su deseo de mantener su conocimiento secreto.
El Slytherin se detuvo frente a ambos, cruzando los brazos y alzando una ceja.
-Estaba preocupado por lo... mucho que estaba ausente...- Murmuró el Ravenclaw, débilmente haciendo un ademán con la mano, la expresión en su cara mostrando que sabía perfectamente que era una excusa terrible, incluso más cuando era a un Slytherin a quien se la estaba dando.
-Que no se repita, John.- Comentó finalmente, girando sobre sus talones y volviendo a su grupo.
El silencio invadió el salón, todos los habitantes tratando de decidir que quería decir con sus palabras. ¿Estaba John expulsado del grupo? ¿Lo estaba volviendo un ejemplo? O ¿Estaba permitiendo que ambos se quedaran?
Justin fue el que decidió, pues al ver un grupo de cuarto año con un libro de Artmancia en mitad de ellos, tomo la mano de su amigo y lo arrastró hasta la mesa.
Hubo unos segundos más antes de que las conversaciones resumieran, todos manteniendo un ojo cauteloso tanto en el Slytherin como en el nuevo Hufflepuff.
Sirius se mantuvo indiferente, continuando su día como cualquier otro. Sabía que Justin tendría problemas para adentrarse al grupo, pues no había sido elegido por Sirius y por ende, en los ojos de algunos, no era digno de pertenecer al grupo. Además, su estatus de sangre no ayudaba en lo absoluto. Pero el Slytherin sabía que eventualmente encajaría, como encajaban todos los jóvenes extraordinarios de la escuela.
Y, al parecer, tener a uno de los suyos entre el grupo pareció ser el sello de aprobación, pues a partir de ese momento reclutar Hufflepuffs fue mucho más sencillo.
Se reunían para charlar, estudiar, jugar Quidditch e incluso a veces, simplemente para pasar el tiempo.
Fue difícil. El que todas las casas abandonaran sus prejuicios no había sido tarea sencilla. Pero, cuando el Slytherin llamaba a una reunión, los colores de sus corbatas parecían desaparecer, siendo remplazadas por magos y magas que sabían llegarían lejos y las personas a sus lados también lo harían.
Y aun así, a mitad de su tercer año, cuando había firmes integrantes de las tres casas, Sirius no se había acercado a ningún Gryffindor.
-¿Estás loco?- Exclamó James, tras haber discretamente arrastrado al Slytherin a un salón abandonado, repitiendo las mismas palabras que habían empezado el final de su amistad.
Sirius lo miro con el ceño ligeramente fruncido, mostrando su confusión. James le dio una mala mirada mientras caminaba de lado a lado del salón, murmurando para sí.
Sirius ladeo un poco la cabeza, preguntándose si Potter finalmente había perdido la razón. James, al notar que el idiota de su amigo no sabía a lo que se refería, sacó un viejo libro negro, en letras doradas estaba escrito "Animagus" y bajo eso, en letras plateadas y gastadas se podía leer "Familia Black".
Sirius suspiro, inmediatamente reconociendo el problema.
-¿Sabes en el lío que me metería si alguien descubre que tengo esto? ¿Tienes alguna idea de lo que te podría pasar si alguien descubre que me los diste?- Exclamó, agitando el libro. Sirius pasó una mano por su cabello, revolcándolo un poco, haciendo su mejor esfuerzo por mantener su mirada lejos del pequeño culpable de esa pelea.
-¿Querías ayudar a Lupin, no?- Cuestionó, alzando los hombros, tratando de quitarle importancia al asunto. Pero esto, en vez de calmar al otro azabache, solo provocó que se enojara más.
-Es un libro de la biblioteca privada de la familia Black. Joder Sirius, robaste esto ¿no? Te podrían...- No tuvo que terminar la oración para que ambos supieran que algo malo ocurriría. Sirius se tragó el miedo petrificarte que momentáneamente le congeló la sangre, ocultándolo con una sonrisa prepotente.
-Eventualmente será mío.- Comentó, guiñando un ojo para agregar efecto al acto. Si la mirada de James era algún indicador, no le había creído en lo más mínimo.
-Mierda Sirius, esto no es un broma.- Gruñó, dejando el libro sobre una de las mesas. Pero el enojo se había ido, en su lugar solo estaba resignación y una increíble preocupación.
Sirius cruzo los brazos, inseguro de cómo proseguir. No recordaba la última vez en la que alguien se había...Preocupado por él. Era casi que imposible el concepto. Y aun así... Aun así aquí estaba James, reprendiéndolo por hacer algo arriesgado y prácticamente arrancándose el pelo por la inquietud.
Dio un paso adelante, vacilando un poco antes de seguir su camino. Pronto estuvo frente al otro azabache y sin dudarlo más, lo rodeó con sus brazos. James se congeló bajo él.
-Estaré bien.- (Lo siento. Era lo que ambos sabían que quería decir, pero las palabras le eran imposibles de pronunciar, pues eran desconocidas a menos de que estuviese sufriendo bajo una maldición. Para Sirius, eran palabras de dolor. Otro regalo de ser un Black.)
James se mantuvo en silencio, tomándose unos momentos para responder el gesto, antes de que sus brazos abrazaran con fuerza al otro azabache. (Idiota.) No necesito palabras para expresar lo que quería. (Te perdono.)
(Un Black. Entrenado en el arte de la socialización, donde solo hablaba cuando era completamente necesario. Un Potter, que habla demasiado pero nunca dice nada y su silencio dice mucho más que cualquier otra palabra.)
-Bienvenido.- Anunció Sirius, una sonrisa forzada en su labios, pero perfecta a la vista de la habitación.
Algunos de los integrantes fruncieron el ceño, mientras otros apenas le dedicaron una mirada a la situación, como si hubiesen estado esperando esto. Su compañero se removió incómodo, apretando sus libros con más fuerza contra su pecho. (Un movimiento arriesgado el tráelo, pues si alguien descubría la verdad todo se iría al piso.)
-¿Qué es esto?- Preguntó Lupin, pasando sus ojos por los estudiantes más inteligente y habilidosos de la escuela, todos reunidos en un mismo salón.
La habitación en si combinaba con sus integrantes, pues aunque el castillo estaba hecho de piedra, estás paredes eran de madera, un oscuro, delicado y suave café. Los muebles eran de un claro gris, con decoraciones de un oscuro blanco, ambos contrastando a la perfección con sus muros. Dos grandes ventanas estaban al fondo y los estándares con libros y experimentos rodeaban la habitación. Las mesas estaban espaciadas por todo el lugar.
Remus podía decir con completa honestidad que, aún con tres años de bromista, jamás había visto esta habitación. Y no había muchas partes del castillo que él y sus amigos no conocieran. Se removió nervioso, sintiéndose fuera de lugar en este sitio de élites (Por qué eso eran. Lo mejor de lo mejor. La créme de la créme. ¿¡Por qué lo había traído aquí Sirius!?)
Sirius, por su parte, mantuvo su máscara de tranquilidad y seguridad. Le dio, como les había dado a todos sus integrantes el primer día, una sonrisa misteriosa, antes de caminar hacia una de las mesas. Lo observo por el rabillo del ojo, preguntándose si el primer Gryffindor que traía al grupo fallaría la prueba. (Debías ser valiente para integrante, sabio sobre varios temas, amable para compartir tu conocimiento y astuto para saber que no debías compartir. Era un delicado balance que todos los integrantes habían logrado.)
Para sorpresa de nadie, Lupin paso la primera prueba, pues no fue más de un par de segundos de haber sido abandonando que su valentía de Gryffindor le hizo acercarse a un grupo. Todavía no era un miembro, no oficialmente, pero estaban un paso más cerca de estar las cuatro casas.
(Y durante todo este tiempo, Sirius mantuvo una simple mantra en su cabeza. No es un monstruo, no es un monstruo, NoeSunMonStruo!)
-¿Estás seguro de que esto va a funcionar?- Preguntó James, su mirada clava en el libro sobre sus piernas. Sirius, aunque sabía que su compañero no lo iba a ver, alzó los hombros como respuesta.
Y es que esa era la simple verdad. Sirius no sabía si lograrían siquiera convertirse en animagos, (Débil. Cobarde. Desgracia. Jamás llegarías a nada si no fuera por el apellido con el que fuiste bendecido. La voz de su madre resonaba en su cabeza.) Mucho menos si serviría de algo. Era una suposición, en el mundo mágico, que los animagos no serían heridos por hombres lobos mientras estuviesen en su figura animal. Pero nadie nunca se había atrevido a comprobarlo. Y, al parecer, estudiantes de tercero de Hogwarts serían las ratas de laboratorio.
No por primera vez, Sirius se preguntó porque carajos estaba haciendo esto. Era muy probable que murieran en la primera noche con el lobo, y aun así aquí estaban ellos, tratando de llegar justamente a ese punto. Y ¿Por qué? ¿En nombre de la amistad?
Sirius giró su cabeza, listo para decirle a James lo idiota que era esta idea, pero se detuvo en seco al ver su expresión.
Era esperanzada, asustada pero sobre todo... Determinada.
(Sirius se permitió pensar que James era la única razón por la que estaba haciendo esto. Ignoro la pequeña voz en su cabeza que insistía en mostrarle esos pequeños momentos en los que había sentido cariño por el joven lobo, aquellos momentos donde se admitía, solo para sí, cuanto disfrutaba su compañía. Pero no eran amigos. Un Black no tenía amigos, solo aliados. Un Black no era amigo de hombres lobo.) (¿Y cuándo se había vuelto esa palabra una razón para sonreír y no para disgustarse?)
-Escuche que estás andando con sangre sucias. -Espeto Bellatrix, una horrible expresión en su bello rostro.
Sirius forzó a su cuerpo a mantenerse quieto, mirando directamente a los ojos de su prima, aunque sabía que ahora era el centro de atención en la mesa.
El almuerzo familiar de los Black. Una tradición que se hacía el primer sábado de vacaciones de verano, donde se suponía todos estarían libres. (Ninguno lo decía, pero todos sabían que solo era una excusa para juzgarse entre ellos y para presumir quien tenía más poder y estatus.)
Sirius alzó una delicada ceja, dándole una mirada burlona a la azabache mientras por dentro se tragaba su miedo.
-Ah.-
-¿Ah?- Repitió su madre en tono amenazante, sus ojos ligeramente achinados. Sirius alzó los hombros.
-No creí que se dejara llevar por rumores, prima.- Sentenció, tomando un trago de su bebida. Era el único que aún estaba comiendo.
Bellatrix gruñó, alzándose ligeramente de su asiento.
-No son rumores.- Su voz estaba cerca del grito, y solo la pesada mirada del jefe de la familia sobre ella evitó que se descontrolara.
-Ninguno es un sangre sucia.- Sentenció, una sonrisa prepotente en su boca, ignorando el mal sabor que le dejó el decir la palabra. ¿Joder, hacía cuanto no la había dicho?
-¿Mitad?- Cuestionó Arcturus, volviendo a comer. Sirius inclinó un poco la cabeza en señal de confirmación. Algunos en la mesas hicieron caras de disgusto, pero como el lord se mantuvo en silencio, la familia siguió su ejemplo.
Sirius suspiro por dentro. Había esquivado una bala, aunque a juzgar por la mirada de su abuelo, está no sería la última discusión sobre el tema.
Iba a ser un verano interesante.
(Rápido. Rápido. ¿Porque tan lento? Quiero volver a casa. Quierovolveracasa.qUieRovolVeRaCasA)
Bueno...Este es el fin del primer capitulo. Si llegaron hasta aquí...Felicidades! y Gracias :p. Espero que les haya gustado.
Dudas, comentario, recomendaciones, etc etc déjenmelo en los comentario, me encanta oír de los lectores :3
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Ciao Ciao.