Los personajes de Candy Candy le perteneces a Mizuki e Irigashi

Esta historia está escrita sin fin de lucro.

Legión Andrew – GF 2017

El Gigolo – Por Liovana Y CandyFann

Epilogo

Dieciocho meses después…

Albert miró su reloj nerviosamente, ajustándose por enésima vez la corbata de seda gris. No había tenido ocasión para ponerse uno de sus viejos trajes Armani hechos a la medida, preguntándose a sí mismo cómo ese atuendo le había parecido cómodo en el pasado.

"Si ajustas ese nudo una vez más, terminarás arruinando la corbata," le dijo George, sonriendo al notar el nerviosismo de su amigo. "Cálmate Albert. Ya sabes que antemano que todos los invitados nos esperan fuera y nadie va a fugarse."

Esbozando una sonrisa ladeada, Albert se volteó para encarar a su mejor amigo. "Esta es la primera vez que hago algo como esto, George. Quiero que todo sea perfecto y la ceremonia concluya sin ningún problema." George sonrió ajustándose el capullo de una rosa blanca en la solapa de su chaqueta. Los últimos dieciocho meses había cambiado la vida de su joven amigo, y ahora Albert parecía brillar con la felicidad que compartir su vida con Candy le otorgaba a diario.

"Tienes razón, mi amigo," admitió George dándole un par de palmadas en la espalda a Albert. "Ocasiones como estas no ocurren todos los días. Pero bien, vamos. Apuesto a que todos los invitados ya estarán preguntándose dónde diablos estamos." Diciendo esto, ambos caballeros abandonaron la cabaña que Albert compartía con Candy, dirigiéndose hacia un claro a la orilla del lago done una espectacular carpa blanca había sido erigida para acomodar a un pequeño número de invitados y miembros de familia.

Albert y George se apresuraron al ver una brillante limusina plateada abriéndose camino hacia el lago para detenerse justo al borde de una alfombra blanca que se extendía y terminaba bajo un arco de rosas dentro de la carpa. El chofer abrió la puerta, ofreciéndole una mano enguantada a la joven viajando dentro del vehículo. Caminando a paso raudo, Albert pronto estuvo de pie al lado del chofer. "Gracias, yo le ayudaré," le dijo al hombre con una sonrisa, tomando la pequeña mano y colocándola sobre su antebrazo.

"Te vi corriendo desde la cabaña," ella susurró debajo de su pesado velo blanco. "Ahora que eres un granjero a tiempo completo parece que has olvidado algo tan simple como lo es ver bien la hora en tu reloj."

"Mis vacas y caballos no se preocupan mucho por las limitaciones del tiempo," respondió divertido, cubriendo la pequeña mano descansando en su brazo con la suya. "No te enfades por favor... aun no me has permitido que te diga lo bella que luces hoy."

"Es el día de mi boda," la chica se rió entre dientes mientras ambos caminaron sobre la alfombra hacia el altar donde los esperaba el ministro que realizaría la ceremonia. "Toda novia tiene el derecho de verse espectacular el día de su boda."

Albert se agachó rápidamente para susurrarle al oído. "Bien, en ese caso luces resplandeciente."

"Gracias. Tú también te ves muy guapo hoy... Cenay."

Caminando lentamente, Albert no pudo evitar recordar como ambos habían caminado de esa manera, lado a lado, años atrás cuando ella era solamente una chiquilla delgaducha y triste y él un gigolo decepcionado por los giros de su vida. "Gracias Kanda. Aunque nunca te adopté formalmente, siempre te he considerado como mi primera hija. Tú me enseñaste cómo cuidar de alguien que no fuera yo mismo y a comportarme como un adulto responsable. Me has hecho ser un hombre mejor... y gracias a ti ahora sé que puedo ser un buen padre para el pequeño Bert y el nuevo bebé que llegará en unos cuantos meses."

"Has sido el mejor padre que una chica como yo podría haber deseado, Cenay," respondió Kanda con emoción, parpadeando para despejar un par de lágrimas que se le acumularon en los ojos almendrados. "Tú me salvaste de una vida de esclavitud y dolor, aunque no fue fácil para ti hacer lo tenías que hacer para mantenernos a flote."

Los ojos de Albert se clavaron en los hermosos ojos oscuros de Kanda por un momento y luego levantó su rostro para buscar la mirada alegre de su esposa. Con casi cinco meses de embarazo, Candy, a pesar de que apenas podía mantener al pequeño Bert, ya de nueve meses, en su regazo, lucía feliz, sonriéndole a su marido con ternura. "No…no fue fácil. Pero valió la pena," le dijo, acercando la mano de la chica a sus labios para darle un tierno beso antes de ofrecérsela a Kurt, el prometido de Kanda y el hombre que en cuestión de minutos sería su esposo. "Cuídala mucho, por favor, Kurt," le pidió al joven con una sonrisa trémula. "Esta chica es un tesoro y Candice y yo estamos muy contentos de recibirte como miembro de nuestra pequeña familia."

El joven médico sonrió. "Por supuesto, señor Ardley," respondió tomando la mano de su novia y dándole un afectuoso apretón. "Me considero un hombre afortunado porque esta asombrosa mujer ha aceptado ser mi esposa. Le prometo que no lo defraudaré, señor."

Parpadeando para despejar un par de lágrimas de sus ojos, Albert se dirigió al asiento vacío al lado de su esposa, tomando al pequeño Bert de los brazos de Candy. El pequeño comenzó a babear sobre la corbata de su padre, aferrándose a la punta de esta y metiéndosela con todo y mano a la boca. Chasqueando los labios, Candy trató de liberar la carísima corbata de seda fuera del agarre de las manitas regordetas de su hijo, mas este simplemente gruñó enfadado.

"Déjalo, mi amor," le susurró Albert, moviendo sus piernas para que Bert rebotara de arriba abajo. Riendo, el bebé pronto se olvidó del atrevimiento de su madre y comenzó a balbucear felizmente. "De todas formas tu y yo ya estamos casados. Ahora que lo pienso, así como veo las cosas, no tengo que usar otra corbata odiosa hasta el día en que mis sobrinos se gradúen de la Universidad o decidan casarse."

"Tampoco es como que hubieras llevado puesta una corbata el día de nuestra boda," murmuró ella, mirándolo con diversión. "Llevabas puestos unos pantalones vaqueros negros y una camisa negra de lino, si mal no recuerdo."

"Y tú lucias deslumbrante con tu vestido blanco de maternidad," él respondió, contemplando con ternura el vientre creciente de su esposa. "Tenías cinco meses de embarazo, tal como estás ahora, y dijiste que no querías esperar a que pudiéramos organizar una ceremonia en Chicago. Por eso decidí llevarte a Las Vegas cuando tu divorcio de Terry fue finalizado y, veinticuatro horas más tarde, con la ayuda de un ministro vestido como Elvis, tú y yo nos convertimos en marido y mujer. Cuatro meses después, Bert vino a enriquecer nuestras vidas y pronto la pequeña Rose se unirá a nuestra pequeña familia. Desde ese día, todo ha sido como un sueño perfecto."

"Todavía no puedo creer que Terry tuvo la audacia de montarme casi una tragedia griega cuando le pedí el divorcio," Candy masculló bajo su aliento, acariciando su barriga y a la hija que sabía llevaba en su vientre mientras observaba la ceremonia con distracción. "Él se negó a firmar los papeles hasta que le dije que estaba embarazada de tu hijo."

"Por suerte te quedaste embarazada la noche que hiciste aquella cita para verme… de lo contrario ese cretino hubiera esperado meses para firmar los papeles y yo le tendría que haberle quebrado las piernas pulgada a pulgada hasta convencerle de que te otorgara tu libertad." El orgullo detrás las palabras de Albert, y la sonrisa descarada que las acompañaron, no pasó desapercibido por su esposa.

"Si… eres todo un espécimen de hombría, Albert Ardley. Pareces un cavernícola cuando hablas de nuestro primer embarazo," sonrió ella, dándole un codazo juguetón en las costillas. "A Terry casi le dio soponcio cuando le mostré la ecografía de Bert a las doce semanas de embarazo. Jamás se imaginó que yo iba a decidir dar por terminada la farsa que fue nuestra unión tan pronto."

El pequeño Bert soltó la corbata de su padre, parándose en su regazo para luego jugar con el capullo adornando la solapa de su traje. Riendo, Albert le entregó el pañuelo de seda que llevaba en el bolsillo del traje, y Bert lo tomó encantado de una sola manotada. "¿Y qué tal está el 'gran' señor Grandchester en su nueva profesión como el director du jour en Hollywood?"

"Mi madre dice que su primer proyecto ha sido todo un éxito," dijo Candy con una risita perversa. "Supongo que ahora que es director, no tendrá que esperar a convencer a una virgen sin experiencia para lograr que una chica se acueste con él. Aunque tuviese un lunar en vez de un miembro, todavía tendría hordas de mujeres de rodillas y dispuestas a hacer 'lo que fuese necesario' para actuar en una de sus películas," añadió, revoleteando dramáticamente sus rubias pestañas.

Acariciando una mejilla sonrosada de su hijo, Albert tuvo que sofocar una carcajada para no interrumpir el momento en el que el ministro leía una breve lectura durante la ceremonia. "Bueno, talvez su buena fortuna no dure por mucho tiempo. No olvides que por el momento Susanna Marlow lo tiene por los huevos."

"¡Albert! ¡Shhh!" dijo Candy, ahogando su propio ataque de risa. "¡No quiero que Bert aprenda a repetir esas cosas! Además, según dice mi madre, Susanna acaba de anunciar un embarazo 'sorpresa', y quiere obligar a Terry a contraer matrimonio lo más pronto posible. Por el momento está en un estado de shock y se ha negado a someterse a las demandas de Susana, pero el padre de ella es un accionista muy poderoso en varios estudios de cine, así que no creo que pueda permitirse el lujo de hacer enfadar al señor Marlow. Quién sabe… talvez ese embarazo termine reformando su comportamiento y se convierta en un padre responsable."

Albert se inclinó hacia el oído de su esposa. "Talvez. Aunque yo también estaría sorprendido si mi novia de dos meses estuviera anunciando un embarazo de seis semanas a los noticieros… más sabiendo que tengo una salchicha de coctel en la lonchera."

"¡JA!" se carcajeó Candy repentinamente, tornándose un rojo purpura al notar cincuenta pares de ojos, incluyendo los de Kandy y Kurt, sobre ella. Azorada, se aclaró la garganta, tosiendo un par de veces. "¡Mil disculpas!" se apresuró a decir, propinándole a su esposo un pellizco en el muslo cuyo resquemor él disimuló a la perfección con una pícara sonrisa. "La niña… me ha pateado el hígado y me ha hecho cosquillas. No volverá a pasar."

Cuando todos nuevamente posaron su atención en la pareja ante el altar, Candy le lanzó dagas de hielo a su marido con la mirada. "Esto lo pagarás muy caro, señor Ardley," siseó entre dientes. "Poco faltó para que me orinara de la risa y estropeara el día especial de Kanda y Kurt."

El pequeño Bert se sentó en el regazo de su padre, tranquilamente chupando el pañuelo chorreando baba. "Cinco meses atrás quisiste hacerme pagar caro por una broma que te hice y quedaste embarazada, ¿recuerdas? Deberías saber que cada vez que tratas de cobrarme una bromita te sale el tiro por la culata, señora Ardley."

Candy le sacó la lengua. "Te saliste con la tuya, Albert. Ahora no podré regresar a trabajar hasta que los bebés cumplan cuatro años por lo menos. Siendo tan cercanos en edad, ambos estarán en pañales al mismo tiempo. No podría comprometerme a trabajar un turno nocturno sabiendo que estarías haciendo malabares con dos pequeños en casa."

"¿Y si te pidiera tres más?"

Candy lo fulminó con la mirada. "Necesito tener por lo menos un par de años de descanso, un tiempo donde me pueda ver los pies nuevamente antes de considerar tu petición. ¿Qué te pasa? Últimamente has estado muy misterioso y no creo que sea a causa de la boda de Kanda. ¿Por qué quieres tener un equipo de fútbol tan pronto? ¿Acaso tenemos prisa?"

"No. Claro que no," dijo él, deslumbrándola con una de sus sonrisas devastadoras. "Y no esto siendo misterioso adrede, mi cielo. Pero he estado pensando y el hecho de que te quedes en casa cuidando a nuestros hijos en la granja no significa que tienes que dejar de trabajar. Da la casualidad que George ha recibido una oferta muy interesante de una de sus 'amigas'…"

"Quieres decir ex clientes, ¿no?" le preguntó la rubia a su esposo, entrecerrando los ojos con perspicacia. Al notar el inconfundible tono de celos en su voz, Albert no pudo evitar sonreír. Tras años de ser un objeto sexual para muchas personas, ahora su esposa se mostraba posesiva cada vez que la conversación giraba en torno a los contactos de George y a su pasado, ya que ambos temas estaban intrínsecamente entrelazados. Le gustaba esa sensación de pertenecerle a alguien… y que esa persona fuera esa pequeña rubia que lo deslumbró con su inocencia no dejaba de sorprenderle a diario.

"Las clientes de George raramente pedían mis servicios, Candy," le susurró a su esposa al oído, dándole un rápido beso en la curva del cuello que la hizo estremecerse de una manera placentera. "Esta mujer, Verónica Woods, está a la cabecera de una editorial y le ha dicho a George que estaría muy interesada en publicar mi historia. La señora Woods está dispuesta a ofrecer un modesto adelanto de cien mil dólares… y si tú quieres, puedes ayudarme a escribir el libro. Después de todo, formarás parte de la historia principal."

Candy tomó al pequeño Bert de los brazos de su esposo, desabotonando el frente de su vestido discretamente para amamantar a su hijo.

Un libro.

Gracias a las excelentes inversiones de Albert ya no necesitaban el dinero y podían darse el lujo de decir 'no' a una oportunidad como esa…

Sin embargo, la joven tuvo que admitir que escribir un libro sería un proyecto muy interesante para ambos, algo que no la llevaría fuera de casa y la mantendría sumamente ocupada entre cambios de pañales.

Finalmente, Candy, después de pensárselo por lo que a Albert le pareció una eternidad, esbozó una sonrisa ladeada. "Suponiendo que decida ayudarte a escribir ese libro, ¿podría saber cuál sería la historia principal?"

"Tú, por supuesto," declaró Albert, deslizando su brazo sobre el respaldo de la silla de Candy para poder abrazarla, estrechándola levemente contra su cuerpo. "Sería una historia de redención, pero sobre todo se trata de una historia de amor; el amor que sentí naciendo por ti desde el primer día en que te conocí…cuando no era nadie más que un gigolo y tú una chica que no encajaba en su círculo social."

Candy miró con ternura los ojos azul cobalto de su hijo, una réplica exacta de los ojos de su padre. Alzando su rostro, observó detenidamente cada rasgo cincelado de su marido… un hombre a quien amaba sin importarle su pasado, un hombre que la aceptaba tal como era. Suspirando, la joven buscó aquella mano grande y varonil que la acariciaba cada noche tal como si fuera su primera vez, dándole un pequeño apretón. "Tuviste razón cuando nos conocimos, mi amor. Encajamos… a la perfección."

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-FIN-

Muchísimas gracias a Liovana, por tejer esta historia conmigo – en las trincheras y en el mundo virtual, eres Legionaria hasta el tuétano.

Gracias a todas las chicas que han leído en silencio y a las que han compartido sus comentarios, sin su apoyo las historias quedarían inconclusas.

Mil gracias especialmente a:

Elen Harket

Elico01

Loren ríos

XANDRA

Candy777

Blanca 73

Keyag

Mayra Exitosa

Carito Andrew

Josie

Chiquita Andrew

Mary Andrew

Azulrita

Rore

Mercedes

Glenda

Eydie Chong

Katnnis

Saray Gazel

Leihej

Alebeth

Isairan