Disclaimer: Los personajes de Saint Seiya The Lost Canvas no me pertenecen, son propiedad de sus respectivos autores: Masami Kurumada y Shiori Teshirogi. Fic sin fines de lucro.
Flores de Sangre.
Capítulo VIII:
Crisis.
—Mira las estrellas, Pefko. Algún día, iremos a pescar algunas.
—¿Cómo haremos eso, señorita Agasha? —la joven sólo rio.
—Con un telescopio ¿recuerdas? —respondió, acariciándole la cabeza—, allá afuera hay muchas estrellas que esperan a ser observadas por nosotros.
—Es cierto, señorita Agasha —Pefko bostezó y comenzó a cerrar los ojos lentamente —. El cielo es muy bonito y las estrellas nos cuidan ¿no es así?
—Así es, ellas cuidarán y darán luz a tus sueños —afirmó Agasha en voz baja, mientras sonreía contemplando como el pequeño niño al que abrazaba cálidamente, ahora se dejaba llevar lentamente por un sueño reparador.
Recostados en la cama que perteneciera a Albafica, ambos habían podido contemplar el cielo nocturno a través de la ventana. Las estrellas piadosas de los miedos más primitivos del hombre lloraban su luz en contra de la abundante oscuridad del universo. Paisajes semejantes siempre habían sido la medicina ideal contra la desesperanza y Pefko y Agasha lo estaban comprobando en esos momentos. Luego de haber contemplado un rato las estrellas ahora sentían que su luz les había bañado de tranquilidad.
Por su lado, Albafica permanecía sentado sobre el camastro, cruzado de brazos y pensando en qué es lo que haría ahora que Agasha se encontraba débil. Sabía que debía llevarla con su padre en dado caso, antes de que la situación se complicara. Además, debía reportarse al Santuario, pues ya había estado mucho tiempo descuidando su puesto, pese a que Sage le había asegurado que no había problema en ello.
Suspiró.
Ὅσον ζῇς, φαίνου,
(Mientras vivas, brilla)
μηδὲν ὅλως σὺ λυποῦ·
(no dejes que nada te entristezca
más allá de la medida)
El Caballero de Piscis se quedó mirando la escena de manera curiosa. Agasha cantaba para que Pefko durmiera tranquilamente, como si se hubiera dado a la tarea de cuidarlo como una madre.
πρὸς ὀλίγον ἐστὶ τὸ ζῆν,
(porque la vida es corta, por cierto)
τὸ τέλος ὁ xρόνος ἀπαιτεῖ.
(y el tiempo exige su tributo).
La canción terminó. Agasha silenció, pero luego, con una sonrisa divertida, miró como Pefko yacía profundamente dormido, pero debido a que no tenía buena posición para respirar, su nariz silbaba ligeramente. Aquel curioso sonido fue lo único que se escuchó durante algunos segundos, antes de que tanto la pequeña florista como el Santo de Piscis se miraran y rieran levemente. Agasha no tardó en acomodar al niño para que durmiera a plenitud y lo cobijó. Luego, besó su frente con mucha ternura.
—Es una linda canción y tú cantas muy bien —comentó Albafica.
—Gracias —respondió Agasha, ligeramente ruborizada por la fiebre—, es una canción que me enseñó la señorita Euterpe. Dijo que es una canción que había sido legada en su familia.
—Ya veo… —respondió Albafica, limitándose a asentir. Seguía pensando cómo procedería a partir de ese momento. Ya no le quedaban alternativas, tanto para seguir ahí como para salvar a Agasha o cuidar de Pefko. Su semblante meditativo no pasó desapercibido por la florista.
Agasha se sentó en la cama, dejando a Pefko más espacio para que el alumno de Luco durmiera más cómodo. Luego miró a Albafica con atención.
—¿Seguro que quiere dormir en el camastro? Si quiere puede usar la cama del señor Luco…
—No, Agasha —le interrumpió Albafica, saliendo de sus pensamientos—, tú y Pefko necesitan descansar. Yo estaré bien ¿de acuerdo?
—Está bien… —Agasha suspiró, luego tosió levemente. Albafica se preocupó al verla así y se apresuró a acercarle un pañuelo.
—¿Te encuentras bien? —cuestionó. La joven tomó el pañuelo y se cubrió, para luego asentir gentilmente.
—Descuide, sólo que supongo que ha sido un día duro para todos —luego le sonrió ampliamente, todavía más ruborizada.
—Será mejor que te vayas a acostar —sentenció Albafica, levantándose—, te prepararé una infusión de quinina y una compresa de agua.
La mirada del Santo de Piscis era decidida, y por el tiempo que llevaban conviviendo, Agasha comprendió que lo mejor que podía hacer era obedecerlo. Miró una última vez a Pefko, acariciándole el cabello cariñosamente. Sonrió enternecida por la expresión tan dulce que el pequeño mantenía aún en ese estado de fragilidad.
Agasha se dirigió a la habitación de Luco. Se sentó en la cama, su espalda pegada a la cabecera de la misma. Unas cuantas mantas le cubrían las piernas y otra más le cubría los hombros. Se soltó el cabello pues sentía que ya le dolía la cabeza. Luego miró al techo e inhaló profundamente el aire, con cuidado, tratando de no lastimar más a sus pulmones ya acribillados por la tisis.
Frunció el ceño.
—Tienes que hacerlo Agasha. Tienes que decírselo —se dijo así misma, tomando con las manos las cobijas y apretándolas ligeramente, tratando de ignorar el temblor de sus trémulos brazos; temblor que no sabía a qué clase de sentimiento pertenecía, si a lo débil que se sentía o al miedo que la atormentaba.
Pero ella sabía que debía ser franca y aclarar las cosas. Tenía que hablarle a Albafica con la verdad. Ahora que sus recuerdos habían regresado, las cosas para ella se presentaban con mucha más claridad y le sorprendía que el Santo de Piscis se negara a aceptar la situación por entero, como para decir que no importaba el hecho de que hubiera olvidado un acontecimiento así de importante de su vida.
—Aquí tienes —le dijo el alumno de Lugonis, entrando y colocando la infusión de té en la mesita que estaba dispuesta a un lado de la cama.
—Muchas gracias, Señor Albafica — Agasha sonrió y tomó el té, sintiendo como el calor aliviaba a su cuerpo por dentro, como si se dedicara a ofrecerle un masaje amable luego de un largo y exhausto día.
Seguido de eso, Albafica salió de la habitación, para regresar con una jícara con agua tibia y una pequeña toalla. Las colocó de igual forma en la mesita y se sentó a un lado.
—Tan pronto termines de tomar el té, colócate esta compresa en la frente y recuéstate. Ya es algo tarde y necesitas dormir —pidió Piscis, exprimiendo la toalla y colocándola en la mesita.
Agasha asintió, dando un profundo suspiro. Albafica por su lado, se levantó, disponiéndose a salir de la habitación.
—¡Espere! —pidió Agasha, antes de que el joven saliera por completo. Este por su lado, dio media vuelta, mirándola ligeramente extrañado.
—¿Qué sucede? —cuestionó, preocupado —¿Te sientes mal? ¿Te ocurre algo?
—No, no es nada de eso… —se apresuró a aclarar la niña —, es sólo que… sigo pensando que es extraño que haya olvidado lo que ocurrió aquella ocasión, hace ocho años —ladeó la mirada. Albafica por su lado, sonrió.
—Tranquila, ya te dije que no es nada. Algunas veces soy algo despistado…
—No —le interrumpió, con la voz temblorosa. Piscis amplió un poco la mirada al verla hacer aquello, algo poco propio de ella —, no es algo trivial. Yo… yo… —apretó con fuerza la taza de té que sostenía entre sus manos—, yo sé porqué lo olvido. Yo sé la razón.
—¿De qué hablas Agasha? No entiendo… —El joven frunció el ceño, observando como la niña apretó los ojos, y un par de rebeldes lágrimas acontecieron entre sus pestañas, bajando rotundamente por sus mejillas sonrosadas.
El corazón de la florista tembló… pero completamente convencida de que era mejor hablar con la verdad, se dispuso a aceptar que gracias a las palabras que pronunciaría a continuación, quizá estaba por perder la amistad que tanto trabajo le había costado forjar con el Santo de Piscis.
Pero era preferible. Su corazón noble no se permitiría el lujo de una mentira, ni construiría la relación entre ella y Piscis a base de rodeos inútiles.
—Por mi culpa… —comenzó, llorando y aferrándose a su taza de té, como si fuera el único soporte que la anclara al mundo, protegiéndola del abismo al que estaba a punto de caer. Albafica seguía confundido.
—¿Tu culpa? ¿De qué hablas, Agasha? No has hecho nada malo —dijo, tratando de tranquilizarla con sus palabras, pero eso sólo pareció perturbarla más, ya que ella negó inmediatamente.
—¡No, fue mi culpa! —Albafica se sorprendió del temblor descontrolado en las manos de la niña— ¡Sí usted no hubiera usado el anillo en mí, habría podido salvar a su maestro Lugonis!
Albafica sintió un escalofrío cuando la oyó decir aquello.
—¿Qué? No… claro que yo no pensaría… algo así —se llevó una mano al rostro pues sintió que vomitaría. Un mareo repentino se apoderó de él. El aire que respiraba dentro de aquella cabaña entraba por su nariz como una vapor tóxico que ultrajaba su salud, siendo capaz de provocarle aquella nausea desde la primera vez que estuviera ahí, cuando eran lirios blancos los que poblaban el campo y fuera un hombre con el rostro de Lugonis el dueño de la casa.
—¡Lo lamento mucho, señor Albafica! —continuó Agasha, con un río de lágrimas desbordado sobre su rostro. Pero Piscis no supo cómo reaccionar, no había palabras en su boca y un sonido hueco y extraño se extendía sonoro en su mente, como impidiéndole pensar.
—Necesito ir a fuera, de repente me he sentido algo mareado —le dijo a Agasha, como ignorando sus lágrimas, no por frialdad, sino porque algo extraño estaba desarrollándose dentro del interior de Piscis. Agasha había traído a colación sentimientos que él mismo había desterrado de su corazón. De repente le pareció que su sangre era arena, y dentro de él había un desierto que separaba su piel de sus huesos.
—¿Señor Albafica? —cuestionó Agasha, mirándolo preocupada, todavía las lágrimas coronando sus ojos como estrellas fugaces. Sin embargo, Piscis no escuchaba nada. Su cabeza comenzó a doler, de súbito demasiados recuerdos se habían congregado en su mente que sintió que la cabeza estaba ardiéndole. Salió de la habitación, cerrando la puerta. Agasha apretó los ojos y lloró desconsoladamente.
El alumno de Lugonis se apresuró a salir de la cabaña. Necesitaba aire. No entendía muy bien porqué el estar en esa isla y en ese lugar, siempre le hacía surgir una fragilidad infantil que había enterrado años atrás. Cuando Luco lo llevó hasta la cabaña, en sus sueños los recuerdos de su maestro se amontonaron como una lluvia de pétalos rojos. Cuando volvió para cuidar de Agasha, en las noches el insomnio se dio a la tarea de protegerlo de esos mismos sueños.
Cuando dormía no podía controlar sus lágrimas. Fue esa la razón que provocó el temor y preocupación en los pequeños de Pefko y Agasha.
Pero pese a todo, seguía sin entender. ¿Qué clase de poder tenía ese lugar para extraer de él toda esa sensibilidad con tanta facilidad?
En lugar de ir a la costa, se dirigió al campo. Sin embargo, sus pies le fallaron, su cuerpo se tensó. Sin lograr hacer nada, cayó al suelo, donde fue recibido por el extenso pasto. Su cosmos parecía una estela de luz inquieta dentro de él. Le pareció increíble que no pudiese controlar su cuerpo ni su propio poder. Por más que intentaba moverse, sus extremidades no le respondían, como si su alma estuviese encerrada en un cadáver.
¿Cuándo había sufrido una crisis semejante? No lograba recordarlo con claridad.
Un hilo de sangre se dibujó desde sus labios hasta su barbilla. Al sentir el cálido líquido venenoso resbalar sobre su piel logró atrapar un recuerdo. Su primera crisis así. Cuando había perdido a su maestro. Cuando asesinó a Lugonis.
Sin poder evitarlo, la arcada llegó, haciéndolo vomitar. Por un momento estuvo a punto de ahogarse con su propia sangre.
Jamás en su vida se había sentido tan estúpidamente frágil.
—X—
Pefko se despertó gracias a una ligera tos que le atacó en medio de sus sueños. Tenía un poco de fiebre, sin embargo, lo ignoró. Se incorporó de la cama y fue a revisar como se encontraba Agasha. La jovencita estaba sumida en un profundo sueño. Se aproximó hacía ella y le acarició el cabello.
—Yo la salvaré, señorita Agasha —susurró —, lo prometo.
Luego salió de la habitación, todavía algo adormilado. Se acostó en el camastro y se cubrió con las cobijas. Escondió sus pañuelos debajo de su almohada y se dispuso a volver a dormir. Estaba realmente agotado. Sus pequeños pulmones dolían, pero todavía eran capaces de hacer guardia a los latidos de su corazón.
Mientras tanto, en la ventana en donde instantes antes estuviesen contemplando las estrellas él y Agasha, un dulce ruiseñor vino a posarse para contemplar la estancia. Sus ojos brillantes miraron a Pefko. Luego extendió sus alas para emprender el vuelo al concretar que la persona a la que buscaba no estaba ahí.
A lo largo del cielo nocturno, su plumaje se encontró con el viento que daba vida a su vuelo, mismo que le guio hasta el campo donde yacía Albafica, inconsciente.
—Su corazón —susurró Afrodita—, creí que quería salvar a esa niña, pero siento demasiada duda sobre él… ¿Cuál será su verdadero deseo? —sin pensarlo demasiado, dejó atrás su apariencia de ave frágil para convertirse en la diosa del amor. Con cuidado acunó el rostro de Albafica entre sus manos, colocando la cabeza del joven sobre su regazo para que pudiera descansar. Amablemente le limpió la sangre que estaba esparcida alrededor de todo su rostro —, eres igual que Lugonis y Zander. Siempre sufriendo a solas y en silencio.
—X—
El Santuario, Atenas. 7 años atrás.
Las escaleras parecían interminables, especialmente para alguien que regresaba de misión y no quería hacer otra cosa más que aplastarse en cama y descansar. Pero las cosas no eran así de sencillas y Manigoldo sabía que ante todo debía reportar el resultado de su misiva con el Patriarca.
Sólo bostezó y se llevó una mano al cabello, peinándoselo. Lo cierto es que todo él estaba hecho un desastre, por lo que le pareció divertida la forma en como intentó arreglar su cabello vuelto estropajo simplemente para intentar mostrar un mejor porte. Pero finalmente ¿a quién engañaba? la tarea que le había encomendado el patriarca no le había resultado tan fácil, aunque finalmente logró vencer. Eso era lo importante ¿no?
Terminó por subir las escaleras que llevaban de Piscis al Templo Papal. Le pareció extraño el no haber visto a Lugonis ahí, cuidando de su puesto, algo que sucedía ya desde hace algunos días.
Se adentró al vestíbulo del templo. Ya sólo faltaba abrir aquellas enormes puertas y todo estaría listo… Sin embargo, algo inesperado lo alertó.
Una explosión de cosmos proveniente del Salón del Trono. Antes de que pudiera hacer algo las puertas se abrieron, y el cosmos expulsó a alguien tan rápido que Manigoldo apenas alcanzó a entender que se trataba de Albafica, quien se estrelló contra una de las columnas. Una enorme herida que recorría su pecho sangraba considerablemente.
—¿Albafica? —cuestionó Manigoldo. —¿Qué sucedió? —preguntó, apresurándose hacía él. Pero incluso estando así de lastimado, Albafica no perdió de vista su más importante tarea.
—¡No te acerques a mí, Manigoldo!
—¿Qué? Pero… —no fue capaz de terminar la oración porque una mano se posó sobre su hombro. Cuando Manigoldo volteó la mirada se encontró ahí con Sage quien mantenía un porte más serio de lo común y negaba con la cabeza, dándole a entender a su sucesor que mantuviera su temple.
Albafica se levantó como pudo y se arrodilló, a una distancia considerable, ante Sage.
—Lamento mucho las molestias que le he causado, Su Ilustrísima —sus ojos se escondieron entre los flequillos azules manchados de sangre—, le suplico que me de unos momentos para sanar mis heridas en la estancia de Piscis. Luego de eso yo mismo vendré a limpiar este desastre, mientras tanto no permita que nadie se acerque a esta sangre venenosa que se ha regado por el suelo.
—Está bien Albafica, ve —dijo Sage, serio. Seguido de eso, el joven se apresuró a retirarse a la estancia que anteriormente hubiese cuidado su maestro. Mientras tanto, los ojos de Manigoldo miraron la escena de una manera incrédula.
—Oye viejo ¿qué pasó aquí? —cuestionó extrañado—, no me digas que fuiste tú quien causó esas heridas en Albafica.
—Claro que no he sido yo —señaló Sage, dando la vuelta para regresar al trono. Manigoldo le siguió.
—¿Entonces qué fue lo qué pasó? —al adentrarse en la estancia, el Santo de Cáncer observó que en medio de la misma se encontraba la Caja de Pandora de la Armadura de Piscis.
—Lugonis murió. Eso pasó —dijo Sage, sentándose en el trono —Albafica vino a entregar su armadura.
—¿Qué? ¿Lugonis? —Manigoldo estaba impresionado y al mismo tiempo perturbado por aquella noticia — ¿Cómo pasó eso?
—Albafica lo mató.
Luego de esta noticia, Sage alzó la mirada y se encontró con el porte de Manigoldo, completamente intrigado y confundido. Simplemente suspiró con tristeza, antes de comenzar a dar su explicación.
—Es el destino de Piscis. Para que el sucesor de la armadura adquiera la sangre venenosa, primero debe pasar por el ritual de Lazos Rojos, que consiste en que el maestro y discípulo intercambian una gota de sangre para transferir el veneno. Al final quien obtenga la sangre más peligrosa será aquel que sobreviva —miró a Manigoldo seriamente —, si Lugonis murió significa que la sangre de Albafica se volvió más peligrosa y mortal. Él es, por derecho, el nuevo Caballero de Piscis.
—¿Entonces por qué dejó su armadura aquí? —Manigoldo todavía no lograba comprender.
Sage miró amargamente a la Caja de Pandora de Piscis.
—Cuando Albafica vino aquí para darme informe de todo lo que había ocurrido, le pedí que, como último requisito, ya sólo quedaba que llamara a la armadura para que ésta le aceptara como su nuevo portador —cerró los ojos—, así lo hizo, pero el cosmos de la armadura y de Albafica chocaron, por eso él salió herido.
—¿La armadura lo rechazó? —cuestionó de inmediato, Manigoldo —, ¡Eso es imposible!
—Y lo es —Cáncer observó el semblante agobiado de Sage—, aunque estoy seguro de que Albafica también piensa lo mismo: que la armadura lo rechazó. Empero, no fue así lo que sucedió en realidad, mas bien fue el cosmos de Albafica el que inconscientemente rechazó la armadura.
—Pero… —Manigoldo ya no supo qué decir.
—A fin de cuentas, es enteramente comprensible que Albafica ahora mismo rechace la armadura de su maestro, que también fue como un padre para él. Ver la armadura y recordar lo que tuvo que hacer para obtenerla lo han sumido en un conflicto interno, ya que Albafica era completamente ingenuo a lo que sucedería una vez él y Lugonis concluyeran el ritual.
—X—
Cuando Albafica terminó de curar sus heridas y de limpiar él mismo el desastre que había dejado en la recámara del Patriarca, se dirigió al jardín donde estaba el túmulo de su maestro.
Se sentó frente a la lápida que rezaba cruelmente el nombre que titulaba al único hombre que pudiera haber llamado alguna vez como un padre. Lo peor del asunto es que la piedra cargaba con más dignidad el peso de ese nombre de lo que él era capaz de hacer.
—Buenas noches, maestro —habló Albafica, intentando sonreír —, lamento traerle malas noticias, pero parece que al final la Armadura de Piscis no me aceptó como su portador — lo dijo con una voz tan fantasmal que apenas y él se escuchó así mismo —, qué triste ¿verdad? Al final todo fue en vano…
Sus lágrimas terminaron encontrándose con las rosas que adornaban la tumba de Lugonis.
—¿Sabe, maestro? Debo admitir que me siento un poco enojado. ¿Por qué no me dijo todo lo que iba a pasar si yo aceptaba el ritual? ¿No le parece que fue un poco egoísta de su parte?
Tensó la mandíbula. Apretó los ojos. El viento le revolvió los cabellos. Las primeras gotas de lluvia acariciaron sus lágrimas.
—Pero entiendo su situación. No era fácil para usted decirme la verdad… no quería poner trabas a mi destino como Caballero, no quería ser un impedimento para que yo me volviera más fuerte.
Se llevó una mano al rostro. De repente se sintió mareado, pero lo ignoró.
—También debo ser sincero con usted —tomó una gran bocanada de aire antes de continuar—, admito que, por un momento, me arrepentí profundamente de haber usado el anillo que me dio esa nereida con la niña hija del vendedor de flores de Rodorio. Si yo hubiera guardado ese anillo… probablemente lo hubiera podido salvar a usted ¿no es así?
Su cuerpo comenzó a tensarse.
—Pero no puedo culparla a ella. Es una niña hermosa, muy enérgica y recurrente. Las sonrisas que me regaló cuando estuvimos juntos en el barco y la manera en cómo sus ojos me miraban, agradeciéndome a cada instante, me hizo entender que el que hubiese usado el anillo en ella había valido la pena. Su derecho a vivir no se lo puede prohibir nadie, y estoy seguro de que usted se hubiera sentido asqueado si yo hubiera guardado el anillo en lugar de salvarla.
El veneno inundó su boca. Terminó desparramándose por el suelo. La lluvia se encargó de limpiar su rostro de la sangre y lágrimas que habían cubierto su nívea piel.
—¿Entonces porque no dejo de sentir este odio? —logró murmurar. De repente, se le hizo imposible moverse.
Fue cuando Albafica entendió. Se sentía traicionado y el odio se apretaba alrededor de su corazón. Pero sabía que no podía culpar ni odiar a Lugonis, mucho menos a Agasha. ¿Entonces en dónde debía vaciar todo eso que sentía?
Fue como colapsó. Más y más sangre se derramó de su boca y él no podía moverse, por más que intentara. Por un momento creyó que se ahogaría, que no hacía falta llorarle más a Lugonis porque pronto le vería.
Porque entendió que se odiaba así mismo. Odiaba su destino. Y la crisis que sufría era el producto del conflicto de su cosmos, que rechazaba su sangre maldita, rechazando con ella su destino y el campo de batalla de esa lucha no era otro más que el cuerpo de Albafica.
Continuará…
NdA: La canción que canta Agasha se titula "Epitafio de Seikilos" es la canción más vieja de la que se tienen registros de la Antigua Grecia.
Próximo capítulo final. ¡Muchas gracias por sus comentarios!