Saludos a todos:
Por ser ésta la ocasión que es, me limitaré a decirles que cuanto debo decirles está al final. Por lo pronto, no los entorpezco. Bienvenidos a la lectura.
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Reticente, Paul contempló la imagen que le devolvía el espejo de cuerpo entero. No tardó en fruncir el ceño y arrugar la nariz.
Dejó escapar un suspiro resignado. Tampoco podía hacer gran cosa, así que…
Con desgana, se acomodó el cuello por enésima vez y buscó algún mechón rebelde que justificara unos minutos más antes de… antes de hacer lo que tenía que hacer.
Y volvió sobre los puños de la camisa. Y se preguntó si acaso llevaba corbata. Si bastaría con la loción. Si había sido prolijo con el afeitado… ¿Desde cuándo cada detalle tenía tal grado de importancia? Casi se rió de la preocupación que le devolvía el espejo que delineaba sus afiladas facciones. ¿Había lustrado los zapatos? Sí, brillaban casi con gratitud. Cuándo había sido la última vez… ¿Desodorante? Minutos atrás, después de la ducha… ¿Iba a seguir? La próxima vez tendría que hacer una lista e ir marcando punto por punto. Y así, con todo, casi con seguridad habría algo que olvidaría incluir… y así, con todo, en tal situación aquello parecía demasiado bueno para ser verdad….
Y estaba hablando de él mismo. Mejor dejar las ilusiones de lado.
Casi decepcionado de sí mismo (como si hubiera esperado gran cosa en el pasado) volvió sobre la prenda que no alcanzaba a cubrirle los pies. De hecho, si acaso llegaba a la mitad de las pantorrillas, se habría sentido medianamente afortunado. Tampoco podía esperarse demasiado, así debía ser y nadie le miraría los pies y de no ser así… qué, ¿creerían que había lustrado los zapatos sólo por placer? Más le valía notar la diferencia, porque de otro modo…
Volvió sobre la tela negra. Seguía oliendo a suavizante, a lavado reciente. ¿Había sido iniciativa suya? No, jamás habría dado con las medidas exactas. Con toda certeza, de haber estado en sus manos la pobre prenda no habría sobrevivido ni siquiera la primera semana de uso y posterior lavado. Por suerte para ella, aquella sería la primera y única vez que Paul Siderakis la usara. Y con eso contaba Joe… aunque la idea de arruinar la prenda sólo para ver su cara le resultaba en extremo tentadora…
Pero tenía que conocer demasiadas oraciones relacionadas con resistir a la tentación… como si no bastara el hecho mismo de que se tratara de Joe…
¿Cuánto hacía ya? Una semana a lo menos. ¿Dos? No, una. Que todavía se le escapara la precisión de las variadas unidades de tiempo…
Pero más allá de rumiar sobre la mera existencia de los minutos, kamikazes de Dios, ya podía complicarse con horas, con días… siete días, sí. Siete días hacía ya de lo que Joe había insistido en llamar la "cena de bienvenida". Exagerado de mierda. Dramático como él solo. Pero qué más se podía esperar de un romántico que había ido a buscar al amor de su vida al País del Sol Naciente, arrastrándose desde la entrada del campo donde vivía la familia de su novia, por todo el camino de tierra… de rodillas, el muy… de rodillas desde la entrada a la casa misma para vergüenza de… para vergüenza de todos, incluyendo la conservadora familia de la novia y a la novia misma. ¿Cómo carajos le habían permitido casarse después de semejante ridículo? ¿Cómo carajos había recibido un sí de ella después de eso?
Bastante difícil le resultaba respetarlo a diario y tenía que enterarse de esa historia… ¿Cómo tomarlo en serio, ya no como abogado sino como ser humano después de algo así?
Así, con todo, Paul supo mantener el acostumbrado semblante cuando cruzó el umbral y se vio en la casa de la familia de su amigo por primera vez en… ¿Varios años? Tal vez no fueran tantos, pero no se atrevía a contabilizarlos. Sí creía recordar que se trataban de los necesarios para sorprenderle el crecimiento de los dos retoños de la familia, los pequeños Paul y Andy, nombres occidentales para unas caras en las que encajaban tan bien como un líder comunista en la Casa Blanca. Idénticos a su madre, de su padre… ¿Qué podían tener además de los nombres, uno idea suya y otro una deuda con Siderakis?
Tanto Joe como Hatsuko lo recibieron con idéntica efusividad… salvando las diferencias culturales y continentales, claro. Pero incluso tratándose de una japonesa inmediata (suponiendo que semejante término existiera en algún lado), el fuerte abrazo que le diera Hatsu (demasiado largo) lo descolocó tanto o más que el que recibió de los niños y en especial de Joe. Cabrón emotivo, ni falta hacía llorar, ahí estaban todos conteniendo las lágrimas y haciéndolo sentir como el hijo pródigo que ya no había sido ni jamás le interesó ser, ni en casa ni en cementerios.
Padre mío, fumador empedernido…
Y tras las conversaciones banales de rigor, siguió la cena donde se tocaron los verdaderos temas de interés. De interés para los anfitriones, porque si bien tampoco moría por saberlo, Siderakis hubiera preferido ahondar en el crecimiento de los chicos (asombroso), su educación (espartana, porque ni falta hacía llevarlos a clases durante el invierno japonés), su vida matrimonial (algo le decía que Hatsu sometía a Joe con eficacia) que tener que someterse a un verdadero interrogatorio una vez los pequeños abandonaron la mesa en dirección a la sala.
Que cómo era trabajar como profesor de universidad, preguntaba Hatsu. ¿Acaso Joe no llevaba años ejerciendo la docencia? La diferencia era, según ella, que él sí podía ser un profesor y Paul, en cambio… muchas gracias Hatsu.
Que si en verdad había abandonado el puesto mencionado, soltaba Joe. Que sí, hasta donde recordaba, respondía Paul, a menos que su jefe inmediato entendiera la carta de renuncia como una declaración de amor y teniendo en cuenta su fama, poco y nada le habría extrañado.
Si volvería a las consultas particulares… tenía que pensarlo. Si volvería al apartamento que había abandonado… tenía que pensarlo, pero ya se había acostumbrado a dormir una noche entera sin que sus vecinas lo despertaran con la discusión de turno, así que parecía más cercano a descartar la posibilidad. Si había abandonado el trabajo en la firma coreana… todo lo contrario, incluso le habían ofrecido un puesto mejor, pero aquello implicaba hacer algunos sacrificios, de manera que todavía barajaba la posibilidad. Y como era de esperar, esa respuesta no les había terminado de agradar.
Que si en el plano amoroso, si al fin…
–Acabo de regresar, chicos, incluso en eso me estoy… poniendo al día.
Y como era de esperar, no tardó demasiado en palpar el arrepentimiento en su fuero interno tras captar las miradas cómplices compartidas por el matrimonio. O tomaba la batuta o el interrogatorio volvería con más fuerza…
Y por primera vez se alegró de tener una excusa… esa excusa en particular para cortarle las alas a ambos:
–Joe, sé que tal vez no sea el mejor momento, pero dado que estamos aquí…
–¿Cómo quieres que te salve el trasero esta vez, Paul? ¿Uno de tus antiguos pacientes al fin decidió demandarte?
–Antes uno de los tuyos me pediría ayuda para olvidarte.
–¿Y así quieres que te haga un favor?
–Si quieres empezar a saldar tu deuda eterna conmigo…
–¿Hasta cuándo seguirás con eso?
–¿Hasta cuándo dijo el sacerdote? ¿Hasta que la muerte los separe?
Y como era de esperar, Joe dejó caer la cabeza con fastidio al tiempo que Hatsu hizo un vano intento por contener una carcajada. Como si recordárselo no hubiera bastado, ahí tenía a su primogénito, si bien la nomenclatura Paul Tetsuo estaba lejos de ser del agrado del primer Paul, Siderakis. Pero como era el padre…
–Bien Siderakis, empieza a hablar antes de que me arrepienta.
Y así lo hizo el psicólogo. En realidad, formular la petición no le tomó demasiado, apenas unos segundos. Pero bastaron para que la pareja lo mirara con franco desconcierto, teniendo que ser Hatsu la primera en hablar:
–Que tú quieres…
–No me hagan tener que repetirlo, ¿sí?
–¿Es en serio?
–Incluso yo me esforzaría más con una broma, Joe.
–Entonces…
–¿Puedes o no?
–Tendría que contactar con un juez conocido… mover y cobrar favores, pero creo que sí, si es para esa fecha…
–De ser posible.
–Creo que puedo hacerlo, pero… ¿Para qué lo necesitas?
–Nada… nada que lamentes.
–Viniendo de ti esa promesa…
–No te lo estoy prometiendo Joe, sólo… nada que te haga lamentarlo ni que afecte tu supuesto buen nombre.
–¿Seguro?
–Tengo mejores formas de joderte, incluso si planeo hacerlo no sería mediando un favor –casi desesperado, Siderakis tragó el agua del vaso de un sorbo–. Así que… ¿Puedes o no?
–Si me sacas lo de la deuda eterna… es muy difícil que te lo niegue.
–Eso quería oír.
Y ahí estaba, días después. Joe había cumplido su promesa. Obligando a Paul a contemplar su reflejo en el espejo de cuerpo entero, resignándose de una buena vez.
Estuvo a punto de decir "nada ilegal" esa noche, pero se mordió la lengua a tiempo. Con o sin favor, estaba bastante seguro, sin ser un entendido en materia legal más allá de una que otra pena, que lo que estaba a punto de hacer podía ser tachado de cualquier cosa menos de esta dentro del marco legal, al menos en ese estado. En ése y en casi todos los estados. Tenía constancia de una honrosa excepción, pero entonces habría sido más caro de lo que ya era.
Como fuera, daba igual. Había aceptado. Movido por la conciencia que no sabía que conservaba. Movido por el orgullo. Para bien o para mal, mentira o verdad, a nadie más que a él le correspondía ese papel. Incluso se atrevía a decir que lo merecía por derecho. El derecho del sudor. El derecho de la culpa. El derecho de tanto y tanto… tanto que le había tomado, carajo.
Un nuevo suspiro antes de abrir la puerta, dejar atrás su reflejo y encaminarse a su destino, una vez se aseguró de que no olvidaba nada.
Nunca en la vida deseó tanto como esa vez no merecer lo que merecía. Al fin lo recibía. Y mayor gracia no le causaba.
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–Clyde… no respiro…
–Ah, lo siento, deja que…
Dicho y hecho, McBride acomodó el cuello de su amigo. Una vez estuvo seguro de haber hecho lo que debía, contempló el resultado. Su mejor amigo no lucía más tranquilo ni de lejos, pero algo le decía que podía respirar un poco más. Esbozando una confiada sonrisa (confianza que estaba lejos de lo que sentía en ese segundo), acomodó las solapas del traje militar de gala.
Para Clyde tenía gracia. Algo le decía que si los superiores de su amigo se llegaban a enterar… quizás eso no colaboraba en el proceso de tranquilizar a ambos, mas el primogénito McBride estaba más consciente de su papel en todo aquello.
–Excelente –sonrió el chico, devolviéndole Lincoln el gesto con un enorme esfuerzo.
–¿Tú crees? –A Clyde le sorprendió y enterneció a partes iguales cuán fragil había sonado en ese segundo.
–Por supuesto, ¿crees que te mentiría?
En lugar de recibir una respuesta, el joven tuvo que conformarse con su mejor amigo de la infancia… Dios, de la infancia, ¿cuánto hacía ya de ese comienzo? La sola idea lo aterraba por alguna razón. Verse ambos tan lejos en el tiempo y de pronto, ambos de pie junto a esa mesa en aquel pequeño salón, McBride con sus mejores ropas mientras Lincoln a duras penas conseguía reunir la actitud necesaria para llenar el atuendo militar que, según parecía, requería la ocasión.
–Clyde…
–Dime, amigo.
–Gracias –aquellas palabras desconcertaron al aludido, obligando al joven Loud a completar una idea que ni siquiera estaba seguro de haber hilvanado del todo–. Es decir, por acompañarme, esto… esto no es… entiendo que tú…
–Lincoln –cualquiera que los conociera se habría sorprendido. Incluso habría alzado una que otra ceja con franca incredulidad. Clyde McBride colocando ambas manos sobre los hombros de su mejor amigo con actitud paternal. Muchos habrían temido un próximo maremoto ante tal cuadro–. ¿Crees que vine aquí a juzgarte?
–Clyde…
–No es… reconozco que no es lo que esperaba, de hecho… de hecho creo que todavía no me lo creo, pero lo que importa es lo que tú quieres –dirigió al único varón del clan Loud una mirada inquisitiva–. ¿Es esto lo que quieres?
–Más que nada en la vida.
–Si es así, te apoyaré hasta el fin, ¿me oyes?
Toda respuesta se resumió en los brazos de su amigo estrujando a McBride con tal fuerza que por un breve instante temió por la integridad de sus costillas. Con todo, se las ingenió para devolverle el gesto, esperando que Lincoln fuera capaz de contener las lágrimas en un momento así. No es que la imagen tuviera importancia… bueno, no es que la imagen tuviera importancia la mayor parte del tiempo, siendo esa ocasión una de las excepciones.
Siempre había estado para el chico Loud del mismo modo que el chico Loud había estado para él. En lo bueno, en lo malo. Los hermanos que no pudieron ser por genética lo eran por… ¿Palabra? ¿Obra? Daba igual, si el vínculo databa de… ¿Cuándo? ¿Tenía importancia a esas alturas? De todos modos, ahí estaba Clyde, honrando esa suerte de juramento con su presencia y su apoyo, sin importar cuán disparatado pudiera parecer todo aquello.
En realidad, Clyde quería creer que ya empezaba a acostumbrarse. Qué más podía sorprenderlo después de la decisión de Lincoln de unirse al Cuerpo de Marines… bueno, ahí tenía el nuevo extremo alcanzado, algo fuera de toda expectativa, de todo marco… de todo en general. Todavía tenía dificultades para determinar en qué momento se había sentido más… ¿Desconcertado? ¿Descolocado? ¿Alelado? ¿Todo eso y más? De hecho, en ambas ocasiones había creído que se trataba de una broma…
Una creencia que se diluyó mucho antes de siquiera consultarlo, tras la contemplación de la mirada suplicante y decidida de Lincoln Loud.
Obligando a Clyde a tragarse todo. Reticencias, temores, desconciertos, incluso prejuicios… él, el hijo de dos padres, con prejuicios… sí, hasta a él mismo le costaba creerlo, los había descubierto tras oír lo que le pedía su mejor amigo, pero por el mismo motivo había hecho lo posible por buscar el agujero más oscuro y profundo de la Tierra, cavar más y enterrar todo eso ahí.
Porque su mejor amigo merecía eso. Merecía cualquier esfuerzo de su parte. Eso y mucho más.
–Te vas por años al frente y vuelves con más sorpresas… en verdad no te cansas, ¿eh Lincoln?
–Créeme, esto me sorprendió también a mí.
–Como sea… haré esto con una condición.
–Clyde…
–No vuelvas a largarte a un sitio así, por lo que más quieras…
Con dificultad, Lincoln soltó el agarre sobre Clyde, el mismo que volvió a palmear los hombros de su amigo antes de dedicarle una última sonrisa de aliento, echar una ojeada al reloj y abrir la boca:
–Sabes que no quisiera dejarte solo, pero se nos hace tarde y tenemos trabajo por delante.
–Seguro, yo… los espero aquí.
–Más te vale –McBride vaciló antes de irse, dedicándole a su amigo lo que parecía ser una insólita mirada burlona–. Estuviste en el frente… ¿Cuánto? ¿En serio esto te pone más nervioso?
–No puedes hacerte una idea –replicó el joven Loud, esbozando una sonrisa trémula.
–Supongo que no –y dicho esto, Clyde fue corriendo hacia las puertas en el fondo del salón, perdiéndose tras ellas y dejando al soldado con su uniforme de gala y una enorme piedra en el pecho.
Lincoln no se atrevía a contemplar su propio reloj ni el vacío salón decorado para la ocasión. Las flores. La mesa junto a la que se hallaba de pie. Algunos asientos vacíos "para decorar, ya que estamos..."
Supuso que de haber tenido la ocasión de contemplar otro rostro, familiar o no, se habría sentido peor. No tiene sentido, se decía. En teoría no tendría ningún valor, jamás lo tendría… y en el fondo, sabía que, en la práctica, todo el valor residía en… en las personas mismas. Quizá de haberse tratado de algo más… ¿Formal? ¿Legal? De haber sido tales las circunstancias no habría experimentado tal grado de angustia.
Pero Clyde tenía razón. Había estado en el frente. Había regresado para contarlo. Tal vez todo aquello no había sido más que la antesala, el entrenamiento necesario para afrontar semejante situación.
Y si era el caso, valdría la pena. Tenía que valerlo. Cada maldito segundo.
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–Muy bien, date la vuelta
Así lo hizo Lynn, contemplando la imagen que le devolvía el espejo. Más allá de la impresión que le provocaba su reflejo, era incapaz de adoptar una mejor expresión. Y así pareció entenderlo quien la acompañaba.
–¿En serio vas a tener esa cara en el día más importante de tu vida?
Un fantasma. Eso parecía. Con esa ropa y su rostro desprovisto de color. Sentía que se desmayaría en cualquier momento. Absurdo en todo sentido. ¿Cuántos más habría tras esa jodida puerta? Casi nadie, apenas los necesarios para recrear la pantomima con cierta convicción. Y así y todo, bastaba una persona para darle a toda esa parodia el verdadero sentido, el sentido que buscaba. El único sentido que podía darle su sola presencia.
–Lynn…
Fue el llamado y el reflejo de su acompañante a su espalda el que la hizo consciente, de pronto, de su verdadero estado. Estaba luchando por contener las lágrimas. No quería arruinar el trabajo hecho sobre su rostro, pero no estaba del todo segura de cuánto más podría resistir así.
–Es estúpido, lo sé –se oyó decir la muchacha, sin dejar de apreciar su reflejo–. No deberíamos estar haciendo esto, ¿verdad?
–Lynn…
–Es ridículo, esto… esto no servirá de nada, incluso es…
Antes de poder seguir hablando, sintió que un par de fuertes manos la volteaban, obligándola a contemplar esos fieros e indignados ojos que en otras circunstancias apenas si la habían inmutado y que en ese instante, fuera a causa de su estado de ánimo o de otros factores, bastaron para remover algo en lo profundo de su inseguro ser.
–¿Vas a medir la importancia por el número de asistentes? –Sonaba profundamente ofendida. Cada palabra. Obligando a Lynn a parpadear y buscar las palabras adecuadas:
–Yo… quiero decir…
–Tras esa puerta te están esperando, ¿lo recuerdas? –Los dedos sobre sus hombros adquirieron más fuerza en su agarre. Casi lastimaba a la deportista, lo cual de por sí era difícil de conseguir–. Tras esa puerta… en el fondo de ese salón hay alguien que espera por ti, ¿hay algo más importante que eso en este momento? ¿Algo podría importar más?
Un segundo más y comenzaría a derramar lágrimas. No. Lynn se obligó a sacar las fuerzas de donde no las tenía. Era cierto. Era tan cierto que poco y nada tardó en sentirse ridícula por sentir así. Porque era cierto. Ahí estaba toda la importancia, todo el peso, todo el valor que necesitaba. Todo lo que justificaba aquello estaba presente en el fondo de ese salón. Por algo no había dado al responder afirmativamente esa pregunta tan disparatada que le hiciera. Por algo no había medido en las hipotéticas consecuencias de sus actos ni creía que las mismas pudieran importarle más en un futuro.
Al fin y al cabo, no se trataba de la manera ideal, pero estaba viviendo un sueño que no creyó que pudiera cumplir un día, de una u otra forma. Y todo cuanto valía la pena aguardaba por ella tras esas puertas, en el fondo del salón.
Haciendo un supremo esfuerzo, la deportista tragó el nudo en su garganta y se obligó a encontrar su propia voz:
–Gracias.
–No tienes que…
–No, gracias… gracias por todo –miró esos ojos fieros hasta unos instantes atrás, mismos que le devolvieron la mirada con extrañeza–. Esto para ti… esto para ti debe ser difícil y… no te culparía si tú no entiendes y quisieras irte, yo…
–Voy a estar siempre que me necesiten –fue la respuesta recibida, al tiempo que ese par de manos se posaba sobre sus mejillas y le dedicaba una sonrisa–. Claro que todo esto es una locura, ¡es lo más loco en lo que he participado nunca!
–No me lo recuerdes…
–Eso es lo emocionante, a lo que están dispuestos a llegar por esto –pareció dudar un momento antes de continuar–. Está bien, no sé si lo entiendo ni si llegue a entenderlo un día, pero… creo que lo entienda o no es lo de menos, ¿verdad? Son ustedes y… eso es lo que cuenta.
–Tú…
–Yo nada, ¿me oyes? Por el momento puedo vivir sin entender mientras… bueno, mientras sean felices.
Lynn estuvo a punto de perder el férreo autocontrol que a duras penas mantenía en pie a costa de morder su labio inferior hasta casi dañarlo irremediablemente. Así habría sido de no ser por el par de oportunos golpes en la puerta que concitaron la atención del par de personas presentes en esa sala. Sin esperar respuesta, la puerta se entreabrió, dejando al descubierto la cabeza de Clyde McBride. Parecía apurado.
–Eh… siento interrumpir, pero… pero ya estamos en la hora y…
–¡Cierto! –Perdida la fiereza y la ternura en esos ojos, adquirieron cierto matiz de alarma antes de dirigirse nuevamente a la deportista–. ¿Alguna petición especial?
–Sólo… haz lo que sabes hacer mejor.
–Tú dalo por hecho, ¡y lo dejarás sin aliento! –Sin añadir más, salió corriendo y casi arrollando a Clyde en el proceso.
Una vez seguro, el joven McBride se adentró en la sala y contempló a la chica con admiración. Por un ridículo instante, Lynn se sintió cohibida ante la mirada del joven.
–Tiene razón –dijo el chico tras la breve inspección–. En verdad lo dejarás sin aliento.
–Gracias Clyde –Y ya más tarde Lynn podría reprocharse por sonar tan tímida–. Entonces… ¿Comenzamos?
–Cuando gustes.
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Al dar los primeros pasos, adentrándose en el salón, Lynn no fue consciente de las notas que inundaban la estancia.
La distancia desde la entrada a la mesa que aguardaba al fondo era reducida, pero dada la velocidad de los pasos y la duración de la melodía, tardaría un poco más de lo deseado. Del brazo de Clyde McBride, fue capaz de sobreponerse a la dificultad de andar con un calzado al que no estaba acostumbrada. Concentrada como estaba en cada paso… demasiado. Demasiado en el apoyo que le brindaba el chico, de modo que se obligó a mirar el fondo, el destino, el punto que guardaba por ella.
Todo lo importante.
Sintió Lincoln que en cualquier momento las rodillas lo traicionarían. Se derrumbaría ante esa contemplación. Ante lo que jamás creyó que vería. Aquello que tendría el privilegio de observar. Todo lo que tendría que pasar para llegar a un momento así. Rodeado por asistentes invisibles. Inundado por esa melodía, esa ronca voz amplificada que tan bien conocía y que parecía resonar en sus músculos, sus nervios, cada miserable hueso.
Clyde, por su parte, sonrió con satisfacción. No podía ser de otra forma. Sabía que Lincoln se quedaría alelado ante la contemplación de Lynn luciendo un sencillo vestido blanco, apenas una sutil capa de maquillaje y un elegante peinado. No necesitaba más. Más habría sido un disfraz. Una máscara. Un exceso. Se trataba de algo íntimo. Algo de los dos. De nadie más. Nada de apariencias. Ellos dos. Como había sido desde el comienzo, a pesar de todas las adversidades.
Lynn vestida como una novia. Sencilla y elegante novia. No era el vestido más espectacular. No se trataba de una modelo de revista ni de la mayor producción. Pues apenas si habían conseguido el salón en ese edificio en particular y se habían asegurado de que nadie fuera a asomar la nariz. Apenas si habían logrado tener la decoración que diera señales de la importancia de la ocasión. Ya habría tiempo para comida y demás. Por el momento, Clyde prefería deleitarse con los recuerdos. Con aquella apresurada visita que le hiciera Lynn en busca del origen del Loco Lincoln. El Loco Lincoln, años después, develando las razones tras sus decisiones más locas. McBride luchando contra todo lo que jamás creyó que albergaría, decidiendo que le importaba más la felicidad de su amigo que… cualquier otra cosa, la que fuera…
Y en ese segundo, acompañando a Lynn hasta esa mesa en el fondo… no, hasta Lincoln, el mismo que parecía haber olvidado cómo se llamaba o qué demonios hacía ahí con el uniforme de gala y sudando frío, embobado ante la contemplación de la chica que caminaba hacia él con paso vacilante, pero decidido a un tiempo.
Detalles que Luna, por su parte, tampoco pudo pasar por alto. Daba igual qué tan complejo fuera el arreglo de esa canción en particular, la que eligieran para dar comienzo a aquella ceremonia. Si acaso se le podía considerar como tal, sin importar que los participantes lucieran tal elegancia, ella misma incluida, sentada en un taburete y haciendo lo que mejor sabía hacer.
Deslizando los dedos, cuerda tras cuerda, acorde tras acorde… palabra tras palabra. La verdad. La verdad tal como era. La verdad que, sin quererlo, se había alojado en el fondo de su alma. Sin estar del todo segura de haberla asimilado del todo. Estaba ahí, con los ojos cerrados. Con los ojos abiertos, abandonando por instantes la concentración y viendo cómo Lynn caminaba hacia Lincoln. Cómo Clyde al fin entregaba a Lynn y cómo Lynn y Lincoln se miraban lo que parecía ser una eternidad antes de sentarse frente a la mesa al tiempo que Clyde ocupaba su sitio a unas sillas de distancia.
Le bastó a Luna verlos. Verlos verse. Un segundo. Un segundo que, no le hubiera extrañado, fuera mucho más en cualquier escala, fuera de tiempo o de peso. De significado… por significado no se quedaba corto. Y en el fondo, muy en el fondo, Luna comprendió que esos detalles que no entendía, esos enormes detalles, seguirían ahí y no los entendería tal vez nunca. Y sin embargo, aquello no podía importarle menos, pues eran su familia. Eran lo que eran. Y esa mirada, que tan rápido había llegado al fondo y por un segundo estuvo a punto de hacerle perder el hilo de la canción, la había convencido.
A veces las cosas son. A veces no hay una razón. A veces no nos gusta. A veces no lo entendemos. A veces sólo son. Y a veces no es necesario saber o entender más. A veces es mejor así.
No necesitaba nadie más que esa mirada entre ambos para aceptar lo esencial: Estaban donde tenían que estar. Hacían lo que tenían que hacer.
Y tal vez el resto de la familia no lo entendiera cuando se enteraran, pero Luna ya lo había decidido. Estaría con ellos sin importar qué. Tocar para ellos en ese momento era el primer paso para demostrarlo.
Además, era una buena excusa para…
Dios… se veía tan ridículo que al verlo aparecer, la rockera tuvo que contener una carcajada.
Paul acababa de aparecer del otro lado de la mesa con paso rápido y además incómodo. Vistiendo la negra toga de los jueces que en él más parecía un anticuado vestido oscuro. Dejando sobre la mesa lo que parecía ser un ajado libro y una pequeña caja forrada en terciopelo. El cabello peinado hacia atrás, resaltando su delgadez y afiladas facciones. Dejando escapar el aliento que llevaba contiendo desde quién sabía cuándo.
Los chicos habían insistido de mil maneras. Tenía que ser él. No podía ser alguien más quien lo hiciera. Porque desde el comienzo… bueno, se sabía.
Y habría dicho que no. era muy capaz. Hasta que Luna intercedió por ellos. Y como era de esperar, no pudo decirle que no. Que tardara un poco ya era otra cosa, pero no quitaría lo esencial: Él terminaría vistiendo la ridícula toga, relamido como nunca antes e intentando imaginar qué tenía que hacer en semejante ceremonia, sin importar cuán simbólica fuera la misma.
Intentando convencerse que, para los novios y los testigos, aquello tenía valor. Por mucho que, vestido así y a punto de hacer eso, se sintiera tan cómodo como una vaca en una carrera de caballos.
Desde su posición, Paul le dedicó a Luna una mirada rabiosa. Ésta, por su parte, se limitó a lanzarle una sonrisa coqueta al tiempo que le guiñaba un ojo, haciéndolo palidecer y tragar saliva sonoramente.
El mensaje no podía ser más claro:
"Y muy pronto seremos tú y yo los que estemos así, Sid".
Intentando hacer desaparecer la sombra de lo que parecía ser cuestión de tiempo, Paul dirigió una mirada a los escasos presentes y se largó a improvisar:
–En su día, el famoso filósofo José Ortega y Gasset definió el enamoramiento, o el amor si se prefiere simplificar las cosas, como un estado de imbecilidad transitoria, un estado de angostura mental, de angina psíquica –y como era de esperar, tales palabras cayeron como piedras tanto sobre los novios como sobre los testigos–. Como estudiante de sus postulados y dadas las circunstancias, me atrevo a cuestionar lo transitorio, ya que de por sí es una imbecilidad que estemos todos aquí haciendo esto –Clyde, en su asiento, se apretaba los párpados con los dedos, avergonzado, mientras Luna apoyaba la frente en la guitarra eléctrica y los novios parecían desearle con una mirada, si no todos los males posibles, el peor de una amplia gama–. Damas y caballeros… sí, supongo que debí empezar por ahí, ¿verdad? Sean bienvenidos –y ya qué más daba, el desaguisado para Paul había comenzado hacía ya muchos años, fregarla un poco más no haría daño a nadie–. Contrario a lo que puedan imaginar, los pocos que somos nos encontramos aquí… para acompañar a estos jóvenes a lo que algunos pueden calificar de mil maneras, desde imbecilidad hasta ilegalidad, pero que no quita los hechos: Se trata de lo más valiente que jamás tendremos la oportunidad de presenciar, ni qué decir de participar, así que podemos sentirnos honrados.
El psicólogo se permitió respirar en lo que todos pudieran tardar en asimilar lo oído y sentirse desconcertados, en especial Lincoln y Lynn, firmemente tomados de la mano, contemplándolo sonrojados como si tratara de esa vaca con ínfulas de caballo de carreras. O continuaba la improvisación o perdería el hilo de cualquier cosa buena que pudiera decir. O rompía el silencio o Luna volvería a dirigirle la mirada que parecía decirle cuánto esperaba en el futuro.
Qué bueno que no sabía que ya había pasado por una joyería para comprarle…
Concéntrate.
–A cuántos les ha faltado el valor para hacer lo más insignificante y aquí están estos chicos, pasando por sobre lazos y leyes, haciendo lo que creen que debe hacerse –dirigió una mirada a los muchachos antes de sonreír con cansancio–. Por Dios que ha costado, ¿eh? Gracias por permitirme ser yo quien cierre esto.
Vana ilusión, lo sabía Paul. Pero en el fondo, para él aquello también era simbólico. Que ellos intercambiaran promesas, sortijas y votos a espaldas del mundo. Que él se permitiera creer que todo aquello no era más que el punto final cuando ahí estaba Luna Loud para recordarle lo contrario. Cuando ahí estaban Lincoln y Lynn, acompañados de dos testigos y el peor maestro de ceremonias que pudieran haber escogido y el único en quien sabe cuántos kilómetros a la redonda que habría aceptado tomar parte de algo así, a espaldas de las leyes, el mundo, la familia, la sociedad y sin cobrar.
Nadie más lo sabría y el psicólogo, por sobre los testigos, tendría que cargar con esa cruz. Porque no sería lo mismo el consejo de un gran amigo o una hermana presente que el de un profesional. Y dudaba que algún profesional le produjera a esa pareja algo de confianza como para abrirse.
Medio trabajo ya estaba hecho. Medio en el mejor de los casos. Confianza… cómo no. Todos sabían que ya no les quedaba otra. Y tampoco era cuestión de desaparecer otra vez. Conociendo su suerte, estaba seguro de que Luna no tardaría demasiado en volver a encontrarlo y hacerle ver el absurdo de sus decisiones.
Pero al final, más que aceptar nada, el psicólogo lo sabía. Lo sentía. Para la pareja. Para Clyde. Para Luna. Para él mismo. Todo era cuestión de aceptación. Ergo, todo era cuestión de cansancio.
¿Y quién no se cansaría de jugar una partida con el Amor, el rival más jodido de todos?
¿Y cómo no lo iba a ser siendo un cabrón de ingenio infinito?
Saludos a todos:
Si han llegado hasta aquí, espero de corazón que esto haya sido de su agrado. En parte porque quería... establecer con estas líneas cierto contraste con otra ceremonia similar presentada aquí misma. Y también porque quería... desmadrarla también, jejeje.
Recuerdo como si fuera hoy cuando este fandom en inglés se iniciaba y en español apenas si había una historia (maestro jedi). Empezar era una locura, casi un suicidio, a esas alturas cualquier escritor en español se podía considerar un loco dentro de esta sección y ahora hemos llegado a las cien historias. Es para no creerlo.
Recuerdo haber terminado Familia y haberme planteado hacer una secuela. Recuerdo haberlo descartado porque parecía absurdo. Y de pronto, sin pensarlo, ya la tenía entre manos y más lejos de lo que me atrevía a creer. Ha sido un camino duro, tanto en el proceso de escritura como en otros aspectos más personales que han influido, pero llegar ahora a esta meta es algo que me emociona. Porque nunca había escrito una secuela (más allá de tres capítulo anexos a otra historia, nada ambicioso) y ustedes recibieron ésta con los brazos abiertos, algo que jamás me atreví a imaginar. Tal vez porque no es secuela del todo, la verdad no lo sé y ahora no es como que tenga importancia.
Quiero agradecer una vez más a todos los que me han brindado su apoyo en algo tan descabellado que no imaginé que terminaría. A todos por sus lecturas, seguir o marcar como historia favorita este intento de divertirlos. En especial, gracias a Fipe2, dvxtrem, Chiara Polairix Edelstein, mi amiga y consejera Gozihr Izaro, Ntian, KevDovaFire, Steven002 D, sgtrinidad9, Julex93 y al grandioso UnderratedHero. Gracias a todos por la oportunidad que me han brindado. Gracias de corazón por ayudarme a llegar hasta aquí.
Gracias, en resumidas cuentas, a todos por todo. Ha sido un gusto compartir este trabajo con ustedes. Nos leemos en el futuro si así lo quiere Dios.
