Disclaimer: Los personajes de The Hunger Games pertenecen a Suzanne Collins, yo simplemente los uso con fines de entretenimiento.


Katniss había hecho una especie de tregua con Peeta, durante los siguientes seis meses, aunque esto no disminuía la cantidad de problemas que parecían tener poco a poco. Katniss estaba demasiado segura que Peeta la estaba engañando de nuevo, sólo que no tenía pruebas... A veces Peeta era demasiado violento, a tal grado que para sentirse segura Katniss se fue a dormir a la habitación de su hija. Ahí no podía dañarla.

—Mamá —le susurró Willow una noche mientras la sostenía—, te quiero mucho.

—Yo te amo mucho —le contestó con un beso en la frente.

—¿Tú me vas a regalar juguetes?

—Todos los que quieras. Es más, mañana iremos a comprarte lo que quieras.

Willow negó con la cabeza y luego sonrió, la pequeña ya tenía planes con su padre.

—Eidan tiene un partido mañana —le informó con una sonrisa. A Willow le gustaba ver jugar mucho a su hermano— y papá me quiere llevar. ¿Tú vas a ir?

Katniss no tenía ni idea de dicho partido, sólo sabía que Eidan siempre regresaba a casa contento por haber podido anotar un gol en su entrenamiento, ella no había cambiado con él, seguía mostrándole su cariño tal como el primer día. Eidan no tenía ni una culpa de la actitud de su padre

—No creo —susurró con una mueca— pero me vas a contar todo. ¿Verdad?

—Sí.

Le volvió a dar un beso en la frente y se taparon con la sábana.

—Ahora vamos a dormir.


—He visto que le has llamado a Finnick —le dijo Peeta entrando a la habitación con el ceño fruncido—. ¿Me explicas?

—Willow sigue yendo a las clases de natación —contesto indiferente— dado que su padre fue demasiado egoísta para inscribirla en algún equipo.

—Willow no tiene la capacidad que Eidan.

—Con el paso del tiempo puede ir adquiriéndola, no nació siendo una profesional —dijo y dejó el par de blusas sobre la cama—, yo no nací con la habilidad del tiro con arco, estuve practicando durante mucho tiempo para al fin ser buena.

—La inscribiré en el club.

—Ya te estabas tardando.


Peeta no se podía concentrar en el partido que estaba jugando su hijo. No podía dejar de pensar en que estaba haciendo todo mal, no desde hace unos días, si no desde años.

¡Por dios! ¿En qué clase de hombre se estaba convirtiendo? Su doble personalidad cada vez lo estaba dominando, siquiera su pequeña Willow era capaz de ejercer el mismo sentimiento de antes.

La vio sentada, estaba aburrida, hacía mucho tiempo que no le prestaba la atención necesaria. Su hijo era el centro del mundo, era hombre y tenía su preferencia a él a pesar de que Willow fue su primera hija. La niña de sus ojos como solía decirle cada noche que la acostaba, en el pasado por supuesto. Ahora era un bastardo con ella sin querer.

Con un sentimiento de paternidad que le llenó el corazón, rodeo a su hija y la abrazo.

—Te quiero, papá —le dijo.

Sintió que los ojos le escocían, no quería llorar frente a todos sus amigos. A pesar del rechazo que había tenido a su hija, ella lo seguía queriendo incondicionalmente. Era cuestión de tiempo para que él abriera los ojos y amará a sus progenitores, sin ninguna preferencia.

Tan pronto como Eidan anotó su tercer gol, Peeta pareció olvidarse de su hija, uno de sus compañeros le ofreció un vaso de cerveza y él aceptó con gusto, observando a su hijo correr de un lado a otro para anotar un cuarto gol. Estaba emocionado, sonriendo. Sus amigos le felicitaban por lo bien entrenado que estaba Eidan

—Papá —le llamó la pequeña casi una hora después—, papá, necesito ir al baño.

Peeta le retiró la manita y no la miró.

—No molestes —contestó fastidiado—, tu hermano aún no termina. Cuando acabé te llevó.

Willow quería llorar. Así que sin su padre se diera cuenta se escabulló para buscar los baños. Su mamá le había enseñado la diferencia de sanitarios con los iconos, el de la mujer era rosa y azul del hombre. Sintiéndose más pequeña de lo normal, entró.

Deseaba que su mami estuviera ahí con ella.


Peeta alzó a su hijo cuando el partido terminó. Habían ganado. No dejaba de abrazar a su hijo.

—¿Y Willow?

Esa pregunta regresó a Peeta al mundo real. Soltó a Eidan, se la encargó a Clove, la esposa de Cato. Corrió buscando a su hija, el pánico se adueñó de él, no dejaba de tener feos pensamientos.

Seguramente ella estaba en el baño.

¿Porque diablos no la había llevado? Entró al baño de mujeres, no le importaba que las que se estaban retocando el maquillaje le gritaran malas cosas.

—Willow —tocaba las puertas de los sanitarios, estaban vacíos todos. A lo mejor, quizás había ido al parque que estaba al otro extremo.

La buscó entre los columpios, bajó las llantas que estaban para que los niños se escondieran, le preguntó a varias madres que ahí estaban pero todas negaron, nadie la había visto. Quizás Willow había buscado irse a casa, así que corrió al estacionamiento, probablemente buscando ayuda. Sacó su teléfono para llamar a Katniss...

Se le fue el aire cuando vio a un par de paramédicos levantando algo, en los siguientes segundos la ambulancia personal del club se paraba y bajaban más paramédicos, miró a su alrededor, un carro detenido y algunos agentes de la paz, así como también vio a un hombre que movía sus manos sin parar... se acercó, deseando con todas sus fuerzas que no fuera su pequeña. Era improbable, de eso estaba seguro.

Era su culpa. ¡ERA SU MALDITA CULPA!

Cuando vio que los paramédicos colocaban a su hija en una camilla y la subían a la ambulancia.