Masquerade


Antes de nada, quiero daros las gracias a todos los que habéis leído y comentado este fic que hoy llega a su final. Me habéis ayudado y animado muchísimo con vuestras palabras. Así como quienes habéis añadido la historia a favoritos. ¡Muchas gracias de corazón a todos y todas! En especial quería mencionar a Littner-Yoko, Kath's cats, Sly Warrington, Shulii, Renkouen y Maii. (a la mayoría de vosotros ya os contesté por privado) :D

En este último capítulo hay cambios de narrador, aunque no creo que tengáis problemas con eso (narrará Levi, luego lo hará Mikasa y finalmente un narrador en tercera persona). Para terminar, me gustaría decir que no estaba muy segura de cómo acabar con el fic. Tenía pensado este final y a última hora no me convencía la idea pero no me cuadraba que ocurriera cualquier otra cosa. Por suerte, al final me ha quedado algo distinto según lo escribía y a mi parecer, es bastante aceptable. Aunque bueno, ¡ya me diréis vosotros y vosotras qué os parece! Espero que no os decepcione y siento haber tardado un poquito en subirlo :P

¡Un saludo y que disfrutéis de la lectura!


Capítulo 3 (Final)

La decisión


Abrí mis ojos apesadumbrado, sin poder creer lo que veía. Asustado, sorprendido y tremendamente cabreado. Tanto que habría sido capaz de arrancarle la cabeza a la primera persona que se me cruzara en mi camino.

Su hermosa piel blanquecina y lisa estaba marcada por un montón de cardenales de diversos tonos morados, la mejilla estaba algo más hinchada de lo usual y su ojo izquierdo rojizo, con sangre reseca cerca del párpado. Aquellas magulladuras tardarían días en curarse y regresar a la perfección de siempre.

Mis dedos comenzaron a temblar desenfrenados, temiendo dañarla con el tacto. Presté atención a sus labios carnosos, heridos por habérselos mordido, probablemente mientras le daban la paliza. Sus ojos me evitaban y por mucho que la buscara con la mirada no lograba dar con ella.

-¿Ha… sido él?- pregunté intentando contenerme. La rabia se abría paso en mí quemándome por dentro. Imaginarme la escena en la que Mikasa era brutalmente golpeada no me ayudaba a calmarme y sin darme cuenta había empezado a clavarme mis propias uñas en la palma de la mano.

No hubo una respuesta, no con palabras pero tampoco lo necesité para afirmarlo.

-Es… complicado.

En aquel instante me di cuenta de que estaba conteniendo las ganas de llorar. Su respiración era agitada y rápida, trataba de aguantar todo lo posible para no derrumbarse ante mí, para demostrarme que era fuerte. Sin embargo, ella no era consciente de que para mí siempre lo había sido. No la conocía de mucho tiempo ni sabía demasiado acerca de su vida pero sentía una conexión especial por la joven ante mí. Un vínculo peculiar y único que ambos compartíamos y en el que la complicidad era absoluta.

Retiré la mano para agarrar su cintura y atraer su cuerpo hacia mí. Me acomodé sentándome en el tronco del árbol con ella a mi lado, haciendo que apoyara su cabeza en mi hombro. Tapé con suavidad sus ojos con la mano dándole a entender que podía desahogarse todo lo que necesitara, indicándole que no necesitaba seguir aguantando más.

Resistió, se contuvo varios segundos más, pero finalmente la angustia pudo con ella y el recuerdo de una mala experiencia la obligó a sollozar con todas sus fuerzas. Al principio, solo derramó lágrimas pero más adelante incluso llegó a soltar algún que otro grito desgarrador que me destrozaba.

Desde mi posición observé su melena negra caer sobre su cara aún tapada con mi mano. Su delgado cuerpo tiritaba en mis brazos y yo traté de grabar esa imagen en mi cabeza para recordarla en el momento en el que le fuera a dar su merecido a aquel malnacido.

-L-lo siento Levi- dijo al de un rato un poco más calmada. No entendí del todo a qué venía aquella disculpa, quizás creyó que con aquello me incomodaba. –Verás, no es la primera vez que ocurre pero hoy me he dejado llevar.- me contó. No podía creerme que aquel cabrón le hubiera puesto las manos encima tantas veces y que nadie le hubiera dicho nada al respecto.

Mi cuerpo se tensó y recordé la cantidad de alcohol que había consumido hacía un rato, pues no eran normales las ganas que sentía de despedazar a ese hombre. Quería hacerle pagar todas y cada una de las heridas externas o internas que pudiera haberle hecho a Mikasa. Le haría sufrir lenta y dolorosamente, suplicaría por su vida y se arrepentiría de haber nacido. De haberse atrevido a dañar a alguien como ella.

En algún momento debí empezar a apretar mi mandíbula con fuerza y a tensarme de manera exagerada, porque de repente sentí la mano de Mikasa acariciando mi mejilla pidiéndome con ese gesto que me tranquilizara. Me observaba a pocos centímetros, preguntándose si había sido adecuado contarme aquello al ver mi reacción.

-No hace falta que te preocupes por mí, ya estoy bien- se puso en pie con cuidado alcanzando la máscara negra del suelo. Dejándome un vacío al lado, sintiendo de nuevo el frío de la noche. –Será mejor que regresemos, Eren debe estar buscándome como un loco y si nos pillan estaremos en problemas.- continuó empezando a andar de vuelta al camino de piedrecitas.

-¿Cómo puedes aceptar algo así?- la regañé. Se estaba dando por vencida, continuaría permitiendo aquello. Así, dejándole a él hacer lo que quisiera con ella. Se detuvo sin querer girarse a mirarme a los ojos, admitiendo que yo tenía razón pero indispuesta a aceptarlo.

Hice caso al impulso desenfrenado en mi interior, ese que me incitó a moverme rápido, atrapar su cuerpo con brusquedad y aprisionarla contra el tronco del árbol. Nuestra altura era parecida pero en aquel momento debía parecerle un monstruo enorme capaz de causar grandes estragos porque su mirada atemorizada rompió algo en mi interior.

Era miedo lo que veía. Sin darme cuenta de ello la estaba reteniendo contra su voluntad, probablemente recordándole a aquel miserable de Jean, haciéndole pasar de nuevo por ese momento que tanto deseaba olvidar. Y entonces me sentí el hombre más mezquino y ruin del jodido mundo entero.

Aflojé el amarre de sus muñecas permitiéndole que me golpeara si así lo quería. Quizás un buen puñetazo podría hacerme sentir mejor en ese instante pero no se movió de su posición. Bajé la cabeza avergonzado y furioso conmigo mismo, martirizándome al ponerme a la par del desgraciado de Kirschtein.

-Levi…- escuché que decía a mi lado. Un susurro suave y nada agresivo. Totalmente diferente a lo que podría esperar tras haberme comportado así con ella. Me arrepentía de haberme dejado llevar por un impulso de rabia, no solía hacerlo nunca.

Estaba tan furioso conmigo mismo que comencé a morder con fuerza mi labio inferior tratando de descargar la ira en mi interior. Hasta que sentí sus dos manos delicadas posarse en mis mejillas, sujetando con cuidado mi cara entre ellas. Ante esa gesto me fue imposible no levantar la mirada para observarla entre avergonzado y desconcertado.

Sus ojos brillaban con intensidad, toda huella de lo que había contemplado antes había desaparecido mostrando ternura y comprensión en su lugar. Estaba tan atrapado en aquel color profundo que olvidé donde me encontraba y todo lo que teníamos a nuestro alrededor. En ese momento únicamente estábamos ella y yo.

Por un instante pude advertir como comenzaba a cerrar los ojos a medida que acercaba despacio su rostro al mío. Me dejé llevar imitando sus acciones, esperando a poder sentir al fin sus labios sobre los míos. Cuando ocurrió, una corriente eléctrica recorrió cada rincón de mi cuerpo, como si acabara de encontrar la fuente que daba vida a mi ser y sentido a mi existencia.

En nada se parecía a los besos que pudiera haber compartido con otras mujeres, aquellos habían sido vacios de emociones y de deseo. Puramente desinteresados con el único objetivo de calmar nuestra sed. Sin embargo, por primera vez, con Mikasa fui capaz de ir más allá, de descubrir un nuevo mundo.

Primero un leve roce de labios, un beso inocente y tímido en el que ambos tratábamos de conocer un poco más al otro. Tal y como pensé la primera vez que la vi de cerca bañada por la luz de la luna, sus labios eran carnosos y suaves, y estaban salados por las lágrimas que había derramado. Poco después, el beso se volvió más profundo, más intenso. La necesidad de explorar cada rincón de su boca avivaba mi desesperación. Necesitaba más, al igual que un nómada del desierto ansiaba el agua para saciarse.

Llegó un momento en el que pensé que únicamente era yo quien se sentía así, pero mis dudas desaparecieron de inmediato en cuento ella me permitió intensificarlo. El ritmo también había cambiado, ambos nos movíamos acompasados como si bailáramos en total sintonía en la fiesta de máscaras. Un baile preciso, apasionado y tan compenetrado que solo nosotros podíamos llevar a cabo.

Hice que retrocediera hasta que su espalda chocó con cuidado contra el tronco del árbol tras ella. Nos detuvimos unos instantes para coger aire pero no transcurrieron ni tres segundos hasta que nuestros labios volvieron a unirse como dos imanes atraídos entre sí. Llevé mis manos hasta su cintura con cuidado juntando nuestros cuerpos hasta que no quedara ni un solo espacio. Noté sus caricias en mi cuello, luego en la nuca, hundiendo sus dedos en mi cabello, acercándome aún más a ella para seguir profundizando un beso que no parecía tener fin.

Era imposible cansarse de ello, cada instante percibía nuevas sensaciones junto a ella. Jamás había experimentado tal grado de compatibilidad con otra persona, sentía que nos entendíamos a la perfección y nuestros cuerpos también reaccionaban de manera asombrosa el uno con el otro.

Me detuve un momento para mirarla a los ojos, aparté algunos mechones de pelo de su rostro colocándolos tras su oreja, de manera que pudiera analizar con detalle cada expresión en su cara. Estaba sonrojada y con la respiración agitada. Minutos antes había pasado por alto todas las magulladuras en su cara pero en ese momento que volvía a fijarme en ellas sentía tristeza por su estado y unas ganas impresionantes de alejarla de ese cerdo.

Me acerqué a su rostro observando como ella cerraba sus ojos de nuevo esperando a que nuestros labios se sellaran en un beso, pero se sorprendió al no obtener aquello que deseaba. En vez de eso, decidí posar leves y suaves besos sobre cada una de las magulladuras de diferentes tonos sobre su piel de porcelana. Por un instante sentí el alivio en ella, y una pequeña sonrisa afloró en sus labios, agradecida por una muestra de afecto y cariño que probablemente no se esperaba recibir por parte de nadie. Aún menos de un hombre como yo. La verdad era que ni siquiera yo mismo me creía capaz de actuar así ante nadie.

Cuando terminé tras haberme tomado mi tiempo, nos mantuvimos un rato en silencio contemplándonos sin mediar palabra alguna. Conectando únicamente con nuestras miradas. Gratitud, aceptación y alivio era lo que me transmitía, mezclado con otros tantos sentimientos y emociones que me confundían un poco. Muy parecidas a las que yo mismo sentía en mi interior y que no era capaz de identificar a causa de ser la primera vez que las experimentaba.

Mikasa decidió acortar de nuevo la distancia entre ambos dándome un último beso breve y después juntándonos a ambos en un abrazo. Rodeó mi cuello con ambos brazos apoyando su barbilla sobre uno de mis hombros. En ese momento automáticamente rodee su cintura con fuerza no queriendo dejarla ir nunca más.

Una pequeña alarma se encendió en mi interior cuando supe que el abrazo comenzaba a llegar a su fin. Y como siempre, no estaba equivocado.

-Levi, no te imaginas lo agradecida que estoy contigo.- me susurró tranquila, habiendo tomado ya una decisión. –verás, cuando mis padres murieron los Jaeger se hicieron cargo de mi adoptándome como a una hija más. Me cuidaron y me trataron con cariño. Sin embargo, cuando Grisha comenzó a trabajar mano a mano con los Kirschtein las cosas empezaron a ir a peor para nuestra familia. Es cierto que hubo avances médicos muy importantes durante aquellos años pero esas medicinas que hoy son capaces de salvar tantas vidas requieren de sustancias que únicamente los Kirschtein son capaces de conseguir.

-Y a cambio de eso pidió tu mano- contesté anticipándome a ella. Asintió suavemente con la cabeza.

-Exacto. Mi madre adoptiva, Carla, también padece esa enfermedad y además, muchas personas estarían en peligro. Por eso debo hacerlo. Siento que es lo correcto y lo mínimo que podría hacer por ellos, por haberme convertido en quien soy ahora- no noté ningún tipo de resentimiento en sus palabras, ni siquiera enfado por tener que ser ella quien cargara con ese destino. Comprendía lo que quería decir por mucho que estuviera en desacuerdo y a pesar de mis ganas por querer impedirlo a toda costa.

-La noche que nos conocimos, Jean supo que estuve charlando con alguien aunque no tenía evidencias de quién podía ser aquella persona. Pero durante la cena creo que sacó sus conclusiones él solo y bueno… odia que sea demasiado cercana a otros hombres.- he ahí la causa de tal paliza. Aquel cabrón había decidido darle una lección a Mikasa por haberse acercado a mí. En parte, me sentía culpable de haber provocado aquello, si en un principio no me hubiera interesado en ella habría podido evitar parte de su sufrimiento. Pero a aquellas alturas era demasiado tarde para intentar alejarme de Mikasa, sentía que nuestros destinos estaban entrelazados de alguna manera y que no podía dejarla ir. –por eso, lo mejor será que no nos volvamos a ver.

A pesar de la delicadeza con la que había mencionado esas últimas palabras, para mí fue como si me hubieran perforado mil agujas en tan solo un instante. Estaba dispuesto a buscar una solución por complicado que pareciera. Sabía que su decisión no era por egoísmo o por evitarse más sufrimiento, pues era una joven capaz de hacer frente a lo que fuera que le hicieran, pero no podía pasar por alto el dolor de su familia. Así que lo haría por ellos.

-No hay nada que…- intenté detenerla. Para entonces nuestros cuerpos ya se habían separado y ella había comenzado a andar hacia la salida del jardín.

-Ya te lo dije aquella noche, Levi. ¿Recuerdas? No hay opciones para mi, estoy atada a este destino.- contestó aceptándolo. Pero me dio la impresión de que por primera vez ella lo estaba asimilando todo con otra actitud muy diferente.

La seguí en silencio pensando en algo que pudiera decirle, una contestación que la convenciera, otra solución en la que ella no tuviera que cargar con ese peso. Pero por mucho que pensara no se me ocurría nada.

Un buen rato después vislumbramos a Eren al final de la calle esperando impaciente. En cuanto vio a Mikasa a mi lado corrió apresurado hasta ella. A aquellas alturas fui capaz de comprender la actitud arisca de Eren hacia Jean, posiblemente estuviera al tanto de la decisión que su hermana había tomado y no sería partidario. Conociéndolo, debía sentirse impotente al no poder evitar que fuera ella quien cargara con el peso de toda su familia. Sin embargo, estaba convencido de que su frustración no podía ni tan siquiera compararse a la impotencia que sentía yo.

-Siempre hay elección. Yo la encontraré para ti. Para nosotros.- dije al fin en voz baja cuando ambos estuvieron lo suficientemente lejos de mi. No estaba dispuesto a darme por vencido.


Los días pasaron tan despacio que su recuerdo dolía, sin embargo, mi decisión fue definitiva y no iba a dar marcha atrás. No había opciones para mí ya que cualquier otro camino implicaba el sufrimiento de personas importantes a mí alrededor. Personas que lo habían dado todo por poder ayudarme cuando no me quedaba nada.

-Mikasa, la cocinera ha dicho que le lleves esto a nuestra madre.- Eren entró en mi cuarto después de haber tocado dos veces seguidas, pero no esperó a que yo respondiera y eso se debía a la confianza que nos teníamos. Siempre me había tratado como a una verdadera hermana a pesar de que no lo era. De ahí la hostilidad hacia Jean cuando anunció nuestro matrimonio. Estaba segura de que sería capaz de hacer cualquier cosa por impedirlo, siempre había sido muy impulsivo, capaz de darlo todo por proteger a los suyos. Por desgracia, todo aquello se le escapaba de las manos a alguien como Eren y hasta él se había percatado de ello. Por lo que se mantenía al margen en lo posible.

Aquella noche en la que me escapé no se atrevió a preguntarme nada, probablemente porque conocía lo sucedido y no me culpaba por haber querido huir. Debía sentirse como un carcelero devolviéndome a mi prisión, llevando a cabo algo que odiaba con toda su alma. Pero sabía que yo no lo culpaba por ello. De ahí su frustración y sus repentinas arremetidas contra el muro de piedra que rodeaba nuestra mansión. Se había dejado los nudillos en él en varias ocasiones y había sido yo misma quien lo había curado después cuando se tranquilizaba.

-Vale, iré ahora mismo.- dejé sobre el tocador el cepillo de pelo con el que me había arreglado mi larga melena y arrojé sobre el tocador con desgana una flor blanca en forma de broche que Jean me había regalado para que la llevara en la boda. Jamás pensé que llegaría a odiar tanto un objeto insignificante como aquel que presagiaba una vida desdichada e infeliz para mí.

Al principio creí que no sería para tanto, que con el tiempo me acostumbraría a su presencia y que acabaría queriéndolo, enamorándome de él. Jean era un hombre apuesto y atractivo capaz de conseguir todo lo que se proponía. Sus primeras amenazas y advertencias me acongojaron y cuando llegaron los primeros golpes seguidos de una disculpa supe que aquel hombre se había convertido en un monstruo insensible. Estaba dispuesto a apartar de su camino a quien fuera sin importarle lo que sucediera. No reconocía aquella crueldad en él, pues ya no se trataba del mismo hombre que había conocido.

Cogí de las manos de Eren la bandeja de plata que contenía un plato de comida recién preparada y la medicina que debíamos darle a nuestra madre. También solíamos aplicarle una pomada en las zonas del cuerpo que le dolían por los efectos secundarios de la medicina. Había logrado mejorar desde que mi padre encontró un remedio pero el efecto no duraba eternamente por lo que era necesario seguir administrándosela hasta encontrar otra cura más adecuada.

Contábamos con personal de sobra, aún así, mi hermano y yo preferíamos encargarnos personalmente de llevarle la comida a nuestra madre y ocuparnos de sus cuidados. Un trato más cercano podría ayudarla también en su salud.

-¿Tú que harás ahora?- pregunté curiosa. Sabía que de no ser por algún asunto externo de importancia Eren se habría ocupado de llevarle la comida a Carla.

-Iré a una reunión de esas que tanto me gustan- bufó cerrando la puerta de mi cuarto tras de mí y dirigiéndome una última mirada. –cuando vuelva te contaré como ha ido.- con un asentimiento de cabeza cada uno nos dirigimos en dirección contraria hacia nuestros destinos.

Cada vez Eren frecuentaba más reuniones de negocios relacionados con Jean y mi padre. Y no solo eso, también asistía a cenas y galas que tanto le disgustaban. Además, parecía ser que Jean le había encargado ocuparse de ciertos preparativos relacionados con la boda, posiblemente, a sabiendas de lo mucho que le molestaba ese asunto. Aprovechándose de que no podía negarse a ello aunque quisiera.

Toqué la puerta del cuarto de Carla con suavidad y una de las doncellas me abrió desde dentro. Según me había indicado había estado limpiando un poco la habitación y en cuanto yo me adentré salió fuera excusándose y desapareciendo por el pasillo.

-Buenas tardes, madre, ¿cómo se encuentra?- pregunté dejando la bandeja sobre la mesilla de noche y acercándome a su cuerpo. Las persianas estaban levantadas y entraba algo de luz que no deslumbraba demasiado.

-Buenas tardes, querida.- la ayudé a incorporarse y después procedí a ayudarla con la comida pero ella me detuvo. –tranquila, hija, puedo hacerlo yo sola- su mano agarró con firmeza la cuchara y empezó a tomarse la sopa. –estoy mejor, un poco más y podré bajar al comedor para almorzar junto a vosotros- intentó sonreír despreocupadamente pero las marcas que la enfermedad había dejado en ella la delataban.

Era cierta su mejoría pero aún así, me había dado cuenta de que trataba de quitarle importancia para que no nos preocupáramos. Se pasaba los días descansando en su habitación reposando esperando encontrarse mejor al día siguiente. Por suerte, las horas agonizando se habían terminado.

Recogí el plato y me hice con un balde de agua templada, jabón y varias toallas limpias del cuarto de baño. Generalmente yo misma me encargaba de asearla con cuidado, incluso con la ayuda de alguna sirvienta.

-Es hora de darle un pequeño baño- sugerí. Ella asintió y me ayudó a desvestirse con cuidado. Colocamos las toallas alrededor suyo para no mojar las sábanas y pasé lentamente la esponja húmeda por su cuerpo. Prestaba especial atención a aquellas zonas en las que aún tenía heridas y manchas negruzcas, temiendo que la presión le provocara dolor.

-Gracias por todo, Mikasa- me detuve en seco sorprendida. No esperaba encontrarme con su mirada triste observándome atentamente. Mi madre también se había enterado del matrimonio que Jean había exigido a cambio de suministrar la sustancia con la que mi padre creaba curas para las enfermedades como la de ella, por eso, se sentía tremendamente culpable y yo lo sabía. –no mereces esa vida, y aunque es nuestro deber protegerte, te hemos fallado como padres.

-Está equivocada, madre.- me negué manteniendo la calma. En alguna otra ocasión había tratado de sacarme el tema pero siempre nos interrumpía alguien. –todos habéis hecho mucho por mí. Me habéis dado un hogar, una familia y todo el cariño que he podido desear. Así que no tome esto como un favor de mi parte, sino como algo que cualquiera de nosotros haría con tal de ayudar a su familia.- quería que entendiera lo mucho que los apreciaba y que para nada me arrepentía si con eso lograba salvar su vida.

-Estoy segura de que algún día serás muy feliz, Mikasa. A pesar de las desdichas a las que debas enfrentarte por el camino- dejé que me abrazara con cuidado y sin demasiada fuerza. Un abrazo reconfortante que tanta falta me hacía aquellos días eternos de soledad.

Cuando terminé de asearla la ayudé a acomodarse de nuevo en su mullida cama y después me dirigí a mi cuarto con intención de encerrarme allí hasta la hora de cenar. Desde hacía unos días no había vuelto a tener contacto con el exterior, me mantenía encerrada en aquella inmensa casa a petición de Jean. Por eso, mi hermano era como una brisa refrescante cada vez que acudía a mi cuarto y me contaba los chismes más disparatados de la alta sociedad.

Tomé asiento en la butaca junto a la ventana observando el gran jardín al exterior, comenzaba a anochecer, por lo que me percaté de que había pasado más tiempo del que imaginaba aseando a nuestra madre.

Y entonces, la melancolía regresó a mi volviendo a sumirme en mis propios pensamientos, aquellos de los que tanto ansiaba escapar y que sin embargo, no podía evitar encontrar en todo momento.

Las estrellas del cielo comenzaban a adquirir un brillo embriagador que irremediablemente me recordaban a él. A la forma en la que me miraba. Desde bien joven había sido consciente de todo lo que ocurría a mí alrededor pues mis sentidos me habían mantenido alerta a lo largo de los años. Mis rasgos exóticos y poco frecuentes llamaban la atención de la mayoría de los hombres y esto solo se acentuó en el momento en el que comencé a frecuentar fiestas y fui presentada formalmente como la hija de Grisha Jaeger.

Infinidades de pretendientes pidieron mi mano, sin embargo, todos y cada uno de ellos me admiraban como a una muñeca de porcelana a la que mantener en perfectas condiciones tras una vitrina. Una mujer delicada y hermosa con la cual poder levantar murmullos allá a donde fuera: Un simple objeto. Por eso, mientras se me brindó la oportunidad de rechazarlos, así lo hice. Hasta el día en el que los Kirschtein aparecieron en nuestra vida.

Pequeñas charlas, breves encuentros y meriendas acompañadas de té debieron despertar un apasionante interés en Jean. Apreciaba la forma en la que me trataba, pues percibía el cariño que me procesaba en cada acto y movimiento. Aquel hombre me amaba, por ese motivo, cuando me propuso matrimonio pensé que entendería y respetaría mis propios sentimientos. Eso creí.

La actitud de Jean cambió poco a poco. No fue la obligación de contraer matrimonio con él lo que me disgustó, pues a sabiendas de que era un buen hombre habría aceptado sin dudar permanecer junto a él por el bien de mi familia. Pero el día en el que me levantó la mano, el momento en el que su amor incondicional traspasó el límite y se convirtió en una obsesión por mantenerme a su lado, en ese instante, el respeto y toda la confianza que había depositado en él se vinieron abajo.

Después, apareció Levi, como si mis ruegos hubieran alcanzado a la hermosa luna. Levi Ackerman me respetaba, me trataba como a una igual, me aceptaba tal y como era. Lo supe desde el momento en que se dirigió a mí arriesgándose a ser rechazado, aceptando esa posibilidad.

Su presencia despertaba cada uno de mis sentidos, me permitía sentirme libre, lejos de esta enorme prisión. Todos aquellos libros que había leído hasta el momento cobraron sentido en cuanto me encontré pensando en él detenidamente. Su tez blanca y sus rasgos perfilados y duros reflejaban su pasado a la perfección. Un hombre bien distinto al resto, capaz de nadar a contra corriente si así lo deseaba. De luchar con sus propias armas, sin engaños ni tapujos. Noble y honorable. Respetuoso. El hombre del que me había enamorado en nuestros pocos encuentros y en el que no podía parar de pensar día y noche.

Así, también era el hombre que debía sacar de mi corazón para poder afrontar con fuerza el destino que me esperaba. Levi me amaba a mi tanto como yo a él, de eso no me cabía duda. Cualquiera en mi posición se percataría de ello, de esa conexión especial que ambos compartíamos. Pero solo resultaría más doloroso alimentar esos sentimientos. Nuestros caminos estaban marcados y ambos debíamos hacer frente al futuro por separado. Por eso, cuanto antes olvidáramos todo lo sucedido, menor sería el tiempo en sufrimiento. Eso era lo que pensaba los primeros días, hasta que mi fuerza de voluntad comenzó a tambalearse al darme cuenta de que ya había pasado casi un mes y seguía pensando en él incluso más intensamente que al principio.

Tomé el libro que más a mano tenía y mientras la brisa acariciaba mi larga melena me dediqué a leer hasta que el último rayo de sol desapareció. Después, me adelanté a las sirvientas que vendrían a arreglarme para la cena y me di un largo baño tratando de relajarme. Escogí el atuendo más cómodo que encontré en el armario; un vestido más plano de lo habitual con un corte inferior y un corsé menos ajustado de color rojo.

Entonces, creyendo que las doncellas entrarían de golpe en mis aposentos en cualquier instante para avisarme de que la cena estaría lista, me sorprendí de ver a Eren entrar de sopetón sin llamar antes.

-¡Mikasa!- cerró la puerta tras de sí y echó el pestillo al tiempo que recuperaba el aliento. –menos mal que aún sigues aquí. Toma- se acerco hasta mí y me tendió un sobre blanco con mi nombre escrito en la parte delantera. Era una letra elegante y alargada, fina y delicada que únicamente podía pertenecer a una persona. Aquel que se negaba a abandonar mis pensamientos y mis sueños.

Lo supe, desde la primera carta que me envió. Pero no podía permitirme recibirlas o leerlas. Mucho menos contestarlas y avivar las llamas.

-Eren, ya te dije que no quería volver a ver una carta suya nunca más- contesté borde y tajante. Las primeras veces la tentación de conocer su contenido sobrepasaron mis fuerzas pero al ver que no dejaban de llegar cada semana, a pesar de que no contesté ni una sola, comenzaban a hacerme dudar. Y eso era algo que en mi estado no podía permitirme. Por ese motivo, le prohibí a mi hermano que me hiciera llegar más de aquellas cartas, sin embargo, aquella noche por algún motivo había regresado con una de ellas y eso hacía que mi curiosidad aumentase.

-Lo sé y así lo he hecho hasta ahora, Mikasa- contestó mirándome seriamente. Algo me inquietaba. –pero en esta ocasión es diferente, hermana. Esta carta es realmente importante y no puedo hacer otra cosa más que dártela.- respondió convencido de lo que decía. Tomó mis manos advirtiendo la sorpresa en mi cara y la depositó sobre ellas.

Mis manos temblaron cuando noté el tacto del papel entre mis dedos. Sujeté el sobre ante mí, siendo observada con detenimiento por Eren. Lo miré sin saber muy bien qué hacer y entonces reaccionó de forma brusca.

-Lo siento, te dejaré sola para que puedas leerla en privacidad. Asegúrate de esconderla en un lugar seguro donde nadie pueda encontrarla, si Jean se llegara a enterar…- ahí estaba de nuevo su rostro frustrado y furioso por tener que ceder ante los Kirschtein.

A pesar de que Eren me dejó sola, me mantuve en la misma posición durante minutos eternos, planteándome ambas posibilidades. ¿Realmente sería urgente el contenido de aquel mensaje? ¿Le habría sucedido algo a Levi? Las dudas me invadían y cada vez que me decidía a abrirla me retractaba al de unos segundos.

Al final mis propios sentimientos se vieron aplastados por el deber y la responsabilidad que tenía que asumir. Leer sus palabras solo me harían más daño, ya fueran hermosas o dañinas, no me harían ningún bien. Así, arrugué el sobre con rabia y lo arrojé contra la ventana. Estaba enfadada con él por hacerlo todo más difícil, por no dejarme continuar por el camino que había sido decidido para mí. Por hacerme sufrir.

-¡Señorita! Es hora de cenar- llamaron a la puerta sobresaltándome. Me levanté de golpe estirando el vestido que llevaba puesto y acompañando a la doncella hasta el salón en el que Jean, Eren y mi padre esperaban para comenzar a cenar.

Los primeros platos aquella noche fueron más sabrosos de lo habitual y se notaba que los cocineros se habían esmerado en elaborarlos a la perfección. Recordando que en pocos días la boda se llevaría a cabo.

-El cordero está exquisito, ¿no creéis?- preguntó Jean llevándose un trozo de carne a la boca y cerrando los ojos para concentrarse por completo en el sabor del manjar que estaba probando. Sin embargo, a parte de un asentimiento silencioso de mi padre no obtuvo ninguna otra respuesta. -¿Qué opinas tú, querida? ¿No crees que sería estupendo añadirlo al banquete de nuestra boda? A los invitados les encantará.

-Estoy de acuerdo- contesté inquieta. A Jean no le gustaba que le hicieran el vacío. No temía que volviera a golpearme pues esto en muy pocas ocasiones se había dado y solo ocurría cuando charlaba en exceso con otros hombres ajenos a la familia. Sus celos le nublaban el entendimiento, aunque para nada excusaban sus actos.

-Entonces le diré al cocinero que lo añada a la lista- y así transcurrió la cena en la que mayormente era Jean quien trataba de sacar conversación para evitar largos silencios, pero a diferencia de mi, mi padre y mi hermano no estaban demasiado dispuestos a seguir sus estúpidas conversaciones.

Mientras, las palabras de Eren retumbaban en mi interior. Me sentía culpable de haber tratado así aquel trozo de papel en el que Levi me mandaba sus palabras. Me sentía despreciable por haberlas tratado de aquella manera sin ni siquiera saber de qué se trataba. Y entonces un gran agobio me sobrecogió, necesitaba salir corriendo, y asegurarme de que se encontraba bien. De que no había ninguna urgencia y que aquella carta solo era otra más en la que me preguntaba cómo estaba y cómo había pasado mis días desde la última vez que nos vimos. Me hablaba muy poco de sí mismo y la mayor parte siempre solía tratarse de quejas dirigidas a Erwin y una de sus amigas llamadas Hange a la que no tenía el placer de conocer en persona. El resto de líneas iban enteramente dedicadas a mí.

Traté de ocultar mis prisas por alcanzar la habitación y en cuanto subí las escaleras y me separé del resto me apresuré en agarrar el pomo de mi puerta e introducirme en el interior.

No me molesté en encender la luz, ni siquiera reparé en que debía cerrar la puerta con pestillo para evitar interrupciones peligrosas que pudieran traerme problemas. Mi necesidad por saber qué decía superaba el poco autocontrol que me quedaba.

Busqué el papel arrugado que había ido a parar bajo la colcha de la cama y lo abrí de inmediato aprovechando la luz que se filtraba a través de la ventana. La luna sería la única testigo de todas y cada una de mis expresiones al leer aquellas palabras que tanto deseaba escuchar.

Querida Mikasa,

Hace más de dos semanas que no te escribo nada, a pesar de no haber recibido respuesta a alguna de mis otras cartas, espero que estas palabras puedan llegar a ti. Podría pasarme días enteros, largas horas tratando de expresar todo lo que siento al mantenerme lejos de ti y al ver cómo tu decisión parece volverse inamovible con el paso de los días. Sin embargo, aún guardo un poco de esperanza y me aferraré a ella hasta mi último aliento. Por ese motivo, espero que tú tampoco te rindas y que no permanezcas atada a las cadenas que un día te pusieron. Esas que te mantienen encerrada cual pájaro enjaulado y que te asfixian en todo momento.

Mikasa, todo este tiempo no he hecho otra cosa que tratar de buscar una solución que nos permita permanecer juntos. Y por fin lo he conseguido. Aún tenemos una última oportunidad. Esta noche se presentará ante ti la posibilidad de dejar atrás tu cruel destino y tomar mi mano hacia un lugar mejor. Uno en el que podrás encontrar la libertad tan deseada y la felicidad que tanto te mereces.

Confío en que mis palabras lleguen a ti. ¿Confiarás tú en mí?

Siempre tuyo.

Levi.

No me di cuenta de que estaba llorando hasta que mis lágrimas cayeron sobre el papel. Sus palabras me habían sorprendido enormemente porque una vez más me demostraba que realmente comprendía mis sentimientos y me transmitía verdad. Levi había sido el primero y el único en cavar tan hondo en mi. En uno pocos encuentros habíamos logrado compenetrarnos a la perfección. Encajábamos como dos piezas que habían permanecido separadas y distanciadas durante mucho tiempo pero siempre unidas por un fino hilo irrompible.

Sabía que me arrepentiría de leer el contenido, pues tras hacerlo me sentí más confusa de lo que estaba antes y además, había despertado de nuevo mis esperanzas, aquellas que habían persistido con tanta fuerza desde antes de conocernos y que traté de eliminar la noche que tomé aquella decisión. Esperanzas ante las que no me permitía sucumbir.

La puerta se abrió de golpe, tal y como me temí que pudiera ocurrir en algún momento. Sin embargo, me resultó extraño que una de las doncellas se presentara de forma estrepitosa y repentina en mi habitación, como si tratara de ocultarse de alguien que pudiera estar siguiéndola por los pasillos.

Me alejé un poco de ella situándome en el otro extremo de la cama por precaución. Echó el pestillo y mi cuerpo se tensó de inmediato al tiempo que trataba de alejar cada uno de los pensamientos negativos que se abrían paso en mi mente.

-¡Uf! Por fin lo he logrado- dijo entre suspiros quitándose la ligera katyusha blanca que sujetaba su cabello y girándose de modo que pudiera ver su rostro con más claridad. Jamás había visto antes a aquella mujer pero me transmitía una cercanía y confianza muy parecida a la de Levi en su día. -Eres Mikasa, ¿verdad?- se dirigió a mí con voz armoniosa. La mujer llevaba el pelo marrón cobrizo recogido en un moño alto y de uno de los bolsillos interiores de su atuendo sacó unas gruesas gafas que se colocó sobre el puente de la nariz.

-¿Quién es usted?- pregunté tratando de mantener la calma tanto como me fue posible. La mujer se acercó a mí con rapidez pegando su rostro al mío tanto como le fue posible.

-Vaya, ahora entiendo que el señor gruñón se fijara en ti- sonrió amablemente tratando de retener la emoción de sus propias palabras. La palabra "gruñón" me había recordado a Levi y su peculiar manera de quejarse de lo que le disgustaba. Quizás cabía la posibilidad de que aquella mujer lo conociera.

Me dispuse a preguntarle una vez más cuál era el motivo de su precipitada y peculiar visita pero antes de hablar me cortó por sorpresa.

-¿¡Qué es lo que haces ahí parada!?- preguntó alarmada agarrándome las manos y obligándome a levantarme junto a ella al tiempo que sacaba otro conjunto de doncella como el que llevaba puesto. –No me digas que has cambiado de opinión… porque dudo que ese enano encuentre a alguien que lo aguante- continuó hablando sola. A aquellas alturas no me quedaba ninguna duda de que se trataba de Levi. Y que probablemente aquella mujer estuviera ahí por la oportunidad que le había mencionado en la carta.

-Usted… ¿ha venido a llevarme hasta él?- pregunté casi afirmándolo.

-Algo así. Es la forma más segura que se nos ha ocurrido para poder sacarte de aquí. No te imaginas lo pesado y amenazador que puede llegar a ser Levi, sobre todo cuando se trata de ti.- me contó con total soltura y estuvo a punto de provocarme una pequeña carcajada de no ser por la opresión que sentía en el pecho, pues no estaba segura de querer seguir con el plan que ellos habían trazado.

-Perdone pero yo… no creo que deba ir. Ya hablé de ello con el señor Ackerman y le expliqué también mis motivos. Pensé que respetaría mi decisión- me mantuve firme creyendo que aquella mujer se largaría si le hacía saber que mi respuesta a la carta de Levi era negativa. Pero estaba equivocada.

-Puedes llamarme Hange, Mikasa, no es necesario tanto formalismo.- respondió con una sonrisa. En esta ocasión su semblante se tornó serio y maduro, dejando todo su entusiasmo de lado. –escúchame, tanto Erwin como yo conocemos cual es la situación de tu familia y por supuesto, el papel que juegas tú en toda esta historia. Por eso mismo, puedo prometerte con total certeza que nosotros nos encargaremos de que se solucione adecuadamente. Nadie de tu familia saldrá perjudicado con tu decisión.- a pesar de que en un principio me pareció una mujer alocada, tenía las ideas muy claras y confiaba plenamente en ella y en su juicio. –te doy mi palabra, Mikasa.

No me faltó escuchar nada más. Sus palabras me infundieron el valor necesario para dejar de pensar en lo correcto y en las mil cosas que podrían salir mal. En vez de eso, decidí confiar en ella y dejarme llevar por mi intuición y mis ansias de libertad. Sobre todo, porque sabía que todo aquello no terminaría ahí, porque sabía que podría regresar tarde o temprano junto a mi familia con total normalidad.

Hange sonrió al verme decidida y empezó a ayudarme con la nueva vestimenta.

-A pesar de ser tan joven tiene agallas, señorita. Estoy segura de que tu y yo nos llevaremos muy bien.- contestó dándome su visto bueno una vez me vestí, permaneciendo oculta por aquellas ropas con las que difícilmente se me reconocería.

Salimos de la habitación con normalidad y bajamos las escaleras secundarias que solo usaba el personal, así no llamaríamos la atención de nadie. A excepción de varios sirvientes atareados, no nos encontramos con nadie más. Sin embargo, mi corazón latía a gran velocidad cada vez que vislumbraba una sombra cerca de nosotras. Temía que se tratara de Jean y que me reconociera. Porque sabía que lo haría, por muchas capas de ropa o maquillaje que llevara encima.

-Tranquila, Jean no aparecerá, tenemos todo controlado.- sus susurros me aliviaron un poco aunque seguía alerta ante cualquier imprevisto. Hange me guió hasta el cuarto de la lavandería, el cual tenía una puerta trasera al jardín. –a partir de aquí tendrás que seguir sola, Mikasa. Nosotros nos ocuparemos de Jean y del resto. Levi te espera en el parque de la otra noche.- me quedé unos instantes observándola, preocupada por lo que estaba a punto de hacer, por cómo podría acabar todo aquello y al mismo tiempo agradecida con la ayuda que estaba recibiendo. Por la gran oportunidad que me estaban ofreciendo.

-Muchas gracias, Hange- fueron mis últimas palabras antes de girarme y comenzar a correr con todas mis fuerzas sin volver la vista atrás.

Pronto, la oscuridad me rodeó y no encontré a nadie alrededor. Me adentré en los callejones del pueblo sabiendo a la perfección hacia donde me dirigía, sin pararme a descansar ni un momento. Hacía algo de frío pero no me importaba. La adrenalina recorrió mi cuerpo al imaginar que alguien podría estar persiguiéndome para tratar de impedir que llegara a mi destino.


-¡Oye, Hange!- la mujer escuchó como alguien la retenía del brazo con fuerza. Se alarmó al creer que la habían descubierto hasta que observó con cuidado de quien se trataba.

-Erwin, ¿qué haces tú aquí?- preguntó sorprendida. Según el plan que habían ideado, sería él quien se encargaría de vigilar la zona de la entrada mientras ella guiaba a Mikasa por una zona segura y lograba que saliera al exterior sin ser advertida.

-Eso debería preguntarte yo. ¿No eras tú quien se encargaría de vigilar las habitaciones una vez que dejaras a Mikasa en la lavandería?- preguntó alarmado. Ella negó con la cabeza indicándole que estaba equivocado.

-No, pensaba que lo haría Eren.

-¿Eren? Acabo de verlo en la primera planta.- respondió volviendo a dirigir la mirada a la parte superior de las escaleras que quedaban a un lado de la sala vacía en la que se encontraban.

-¿Entonces donde se supone que está Jean?- se quedaron observando unos pocos segundos hasta que finalmente reaccionaron y cada uno salió disparado en una dirección.


Pasé sobre el puente de piedra buscando por todos lados la silueta de la persona que estuviera esperándome. De pronto, noté como todo el cansancio de haber corrido durante tanto tiempo se me venía encima de golpe. Mis piernas se tambalearon dificultándome el mantener el equilibrio durante más rato. Mis brazos se relajaron a pesar de que puse todo mi esfuerzo en estirarlos hacia delante para evitar que mi cabeza se golpeara de lleno con el suelo rocoso. Pronto, mi visión también se volvió difusa costándome distinguir lo que tenía a pocos centímetros.

Así, una de las últimas cosas que noté fueron unos brazos rodeándome con cuidado de no hacerme daño. La persona que me sujetaba me estrechó contra su pecho, su corazón palpitaba a toda velocidad y su respiración era agitada. Me llamaba una y otra vez con aquel tono tan familiar y que hacía tanto que no escuchaba. Una voz profunda y firme que despertaba un sentimiento de nostalgia en mi interior. Traté de fijarme mejor en su cara cerca de la mía y por unos segundos logré reparar en sus ojos oscuros y punzantes, en aquel rostro preocupado y al mismo tiempo amenazante que me abrazaba tratando de que volviera en mi misma.

-¡Mikasa!- volvió a gritar. Pero mi cuerpo ya no respondía, los párpados me pesaban demasiado como para mantenerlos abiertos por más tiempo. Aunque logré escuchar una segunda voz muy cerca antes de sumirme por completo en la oscuridad que venía en mi busca.


-Solo es un relajante, me aseguré de que lo tomara durante la cena- se escuchó la voz de alguien más muy cerca de donde Levi se encontraba arrodillado en el suelo revisando con cuidado cada rincón del cuerpo de Mikasa creyendo que estaba herida.

El plan que habían trazado presentaba diversas dificultades a la hora de llevarlo a cabo. Principalmente el momento de sacar a Mikasa de la enorme casa sin ser advertida o en la continua vigilancia a Jean. Pero nunca imaginó que todo se torcería llegado a aquel punto. Algo debió salir mal, un pequeño error humano que echaría abajo todo.

-¿Qué haces tú aquí?- preguntó Levi entre dientes al tiempo que le dedicaba una de sus miradas más amenazantes. Sabía que aquella pregunta carecía de sentido pero su intención era más bien la de intimidarlo, cosa que no funcionó del todo.

-Oh, vamos, Levi, ¿me tomas el pelo? ¿En serio creíais que no me daría cuenta?- contestó mientras se llevaba la mano a la espada fina y afilada que llevaba colgada en un costado. Poco a poco la desenfundó para repasar el filo con el dedo índice de la mano libre. –tenía mis sospechas de que algún día intentarías arrebatarme a Mikasa, aunque no sabía exactamente cuándo sería.- hizo una pequeña pausa para mostrar una sonrisa torcida. –hasta que decidiste mandar a un mensajero para que le entregara una carta a Eren. ¿Quién crees que permitió que ese sobre llegara hasta Mikasa?- preguntó respondiendo al mismo tiempo. Levi comenzó a apretar la mandíbula con fuerza sin percatarse de ello. –sinceramente, aún guardaba la esperanza de que Mikasa decidiera por si misma permanecer a mi lado, pero al final me ha obligado a actuar y seguirla hasta aquí.

-¿Permanecer a tu lado por voluntad? ¡Eres un maldito cabrón!- Jean observó curioso la expresión de rabia de Levi. Agarraba el cuerpo de su prometida con recelo y eso comenzaba a molestarlo.

-Creo que no deberíamos alargar esto más, querido compañero. Zanjemos esto de una vez por todas.- alzó su espada en dirección a Levi, quien no portaba ningún arma porque había tenido el descuido de dejar sus cosas bajo uno de los árboles de los alrededores.

Cogió en brazos el cuerpo de Mikasa para alejarlo unos metros de donde ellos estaban, el máximo que Jean le permitió, pues evidentemente no le daría la oportunidad de acercarse hasta donde sus armas se encontraban, a pesar de que aquella pelea estuviera en clara desventaja para él.

Se encontraban cerca del riachuelo, con un ancho de pocos metros para pelear. Jean zarandeaba aburrido su espada de un lado a otro cansado de esperar a que se preparara y sin previo aviso decidió pasar a la acción.

Dio dos largos pasos hasta acercarse lo suficiente a Levi como para atravesarlo con el filo, pero falló en cuanto su contrincante se apartó a un lado habilidosamente. Tal y como Jean había escuchado de algunos de sus hombres más fiables, Levi sabía luchar muy bien debido a su pasado y al entrenamiento diario cuando regresaba de trabajar. Aún así, no sería ningún problema deshacerse de él.

Lo siguió constantemente atacando sin descanso, logrando que Levi retrocediera paso a paso, tratando de eliminar todas sus posibilidades de seguir esquivando sus ataques. Su poca estatura le permitía a Levi escabullirse con más facilidad de lo normal y estaba consiguiendo que Jean se enfadara y que su sonrisa arrogante desapareciera. A medida que los minutos pasaban los ataques de Jean se volvían más fieros y certeros, Levi era consciente de que comenzaba a cansarse de aquel juego en el que trataba de darle alcance y de seguir así, tarde o temprano terminaría por darle alcance. Por eso, debía pensar en un plan.

Dejó que Jean se volviera a acercar hasta él con cuidado. Retrocedió, así caminando hacia atrás hasta pisar el puente de piedra que cruzaba el río y dejar tras ellos el cuerpo tendido de Mikasa. Aún estando seguro de que Jean no le haría ningún daño a ella, no al menos de aquella forma y en aquel momento, prefería evitar riesgos.

Se alejó de él situándose en el otro extremo del puente. Jean le ofreció una mirada retadora, invitándolo a acercarse a él, pero no caería en su juego estando desarmado. Esperaría el instante apropiado para llevar a cabo su jugada. Un único y contundente golpe que pusiera fin a la pelea.

Cansado de esperar sus movimientos, al ver como Levi permanecía quieto recuperando el aliento, Jean tomó la decisión de correr con todas sus fuerzas hasta donde su contrincante se encontraba e hizo varios cortes en el aire que el hombre esquivó con éxito. Levi pegó un pequeño salto hasta subirse al borde del puente y aventarle un fuerte rodillazo en la cara a Jean logrando que girara la cabeza con brusquedad. El golpe lo dejó algo desorientado provocando que se tambaleara hacia atrás. Después, Levi le propinó varios puñetazos más en el abdomen y la cara, liberando toda la tensión que había guardado aquellos largos días separados de Mikasa, recordando la noche en la que encontró a la joven herida y destrozada a causa de una de sus palizas. Saboreando y disfrutando cada golpe que le daba a aquel malnacido. Aunque aquello no era nada comparado con lo que querría hacerle, pero no era su intención la de matar a un hombre, por lo que con una última patada lo empujó con fuerza logrando que cayera hacia atrás al pequeño riachuelo.

Cuando el cuerpo de Jean desapareció tras el puente, Levi respiró tranquilo, en parte temiendo haberse pasado pero aliviado de que aquello hubiera terminado de una vez por todas. A partir de entonces todo iría a mejor, Mikasa y él partirían esa misma noche durante unos cuantos días hasta que Hange y Erwin lograran regresar la situación a la normalidad y después volverían para continuar con sus vidas de una manera totalmente diferente a la que lo habían hecho hasta entonces.

Giró la cabeza encontrando el cuerpo de Mikasa cerca de la orilla, notó que había recuperado la consciencia y se movía con dificultad. Lo miraba a él, reconociéndolo sobre el puente, viendo como se acercaba de nuevo hasta ella con intención de sacarla de ahí. De repente, Levi notó como su expresión se paralizaba y se congelaba convirtiéndose en una aterrorizada. Y entonces, Mikasa no fue capaz de gritar a tiempo para evitar que Levi sintiera el frío acero atravesando su costado con fuerza.

Un gruñido de dolor salió por su garganta, notando el líquido caliente derramarse por su abdomen hasta estrellarse en el suelo. Se tambaleó, al igual que su oponente había hecho instantes antes a causa de sus golpes, pero logró mantener el equilibrio para no caer al agua. Agarró con fuerza la zona herida haciéndose presión en ella, acumulando todas sus fuerzas para seguir peleando con aquel sujeto. Sin embargo, las fuerzas comenzaban a fallarle y sus intentos por esquivar los golpes solo le provocaban más heridas por las que perdía sangre irremediablemente.

-¿Es que aún no te rindes? Estás prácticamente acabado, Ackerman.- soltó Jean intensificando de nuevo sus ataques. A pesar de la paliza que había recibido aún le quedaban bastantes fuerzas y era evidente que no estaba dispuesto a perder.

El tiempo se le agotaba junto a sus fuerzas, Levi maldecía una y otra vez encontrarse en aquella situación pero lejos de preocuparle lo que pudiera ocurrirle a él, no podía dejar de culparse continuamente al pensar lo que le pasaría a Mikasa si él perdía. Se maldecía al ver como la promesa que le había hecho estaba a punto de expirarse y marcharse con la brisa de la noche. Se sentía desgraciado por faltar a su palabra. Y finalmente, cayó de rodillas ante Jean, quien se encontraba de pie con la hoja de la espada pegada a su cuello.

Levi bajó la cabeza dejando que su cabello sudado cayera sobre su rostro ocultándolo totalmente. Respiraba con muchísima dificultad y no dejaba de perder sangre.

-Hasta aquí has llegado, Levi. Mentiría si dijera que no ha sido un placer derrotarte, pero no estoy complacido por haber tenido que mancharme con tu sangre, tengo asuntos más importantes de los que ocuparme y tú solo me has supuesto un gran problema todo este tiempo. A partir de ahora, seguiré mi camino junto a Mikasa y lamentablemente no podrás hacer nada para evitarlo. ¡Púdrete en el infierno!- gritó Jean. Entonces, arremetió contra él con todas sus fuerzas atravesando el cuerpo de Levi con la espada larga.

Levi permitió que Jean profundizara en el corte, él mismo caminó de frente acercándose al cuerpo de Jean todo lo posible, permitiendo que la espada lo atravesara por completo y la punta del filo encontrara una abertura en su espalda. Después, tratando de contener las enormes ganas de gritar de puro dolor, agarró con fuerza ambos brazos de Jean y lo retuvo inmóvil todo lo que pudo.

-¡Ahora! ¡Vamos, Mikasa!- gritó a la joven que se encontraba junto a ellos de rodillas. Los efectos de los calmantes habían cesado hacía rato permitiendo a la joven recuperar el control sobre su cuerpo. Con los ojos humedecidos había logrado hacerse con uno de los puñales de Levi y acercarse hasta donde ellos estaban.

Las palabras desesperadas de Levi la alentaron a clavar la hoja en la espalda de Jean un par de veces provocando que cayera de espaldas y perdiera el conocimiento. En ese instante Levi no pudo aguantar erguido durante más tiempo y cayó de rodillas ante el cuerpo inconsciente de Jean.

Hizo esfuerzos sobrehumanos por mantenerse consciente en todo momento, temía no volver a ver aquel rostro angelical que lo observaba con tristeza al notar que su vida escapaba y no podía hacer nada por evitarlo

-M-Mikasa…- susurró alarmando a la joven que no paraba de derramar lágrimas sobre su rostro.

-Shhh, Levi, no hables, tienes que descansar y guardar fuerzas. Lo has conseguido, a partir de ahora podremos vivir nuestra vida como queramos.- sonrió intentando animarlo también a él. Levi le mostró una pequeña sonrisa débil y agradecida. Poco a poco se sentía mejor, el dolor dejaba de importarle, aunque le preocupaba que su visión comenzara a distorsionarse pues no quería dejar de verla a ella.

-T-tienes que volver con… Hange y Erwin… ellos sabrán qué hacer- su boca comenzaba a secarse y le costaba hablar.

-¡Levi, tienes que aguantar! ¡no te duermas!- gritó zarandeándolo con el rostro desencajado. Entonces, Mikasa procedió a romper partes de la tela de su vestido para hacer presión en las heridas del hombre apoyado en las rodillas de ella, pero algo parecía no funcionar del todo. Levi palidecía inevitablemente, las ojeras bajo sus ojos se intensificaban adquiriendo un tono violáceo más marcado y los párpados le pesaban tanto que incluso Mikasa fue consciente de ello. –por favor… no me dejes…- soltó con un hilillo de voz suplicando una y otra vez que no se rindiera. Al igual que él le había pedido a ella anteriormente.

Sin embargo, por mucho que se esforzase, finalmente Levi terminó sucumbiendo al cansancio dejando de pelear contra su propio cuerpo. Sumergiéndose en una oscuridad de la que era difícil escapar. Lo último que notó fueron los suaves labios de Mikasa posarse sobre los suyos transmitiéndole una calidez que contrastaba totalmente con aquel mundo frío y desolado en el que acababa de introducirse.


Hange caminó con paso ligero hasta encontrarse por fin con la habitación que tanto buscaba. Tocó un par de veces y como era usual en ella, no esperó a que contestaran al otro lado, simplemente entró y cerró tras ella.

-¡Vaya! ¡Qué guapa estás!- gritó entusiasmada al ver a Mikasa. Se encontraba sentada ante un tocador regio repasando una y otra vez su aspecto que no había cambiado demasiado en los últimos meses. Cualquiera se habría dado cuenta de que los rasgos de Mikasa habían madurado pero aún mantenía su rostro dulce y suave. En cuanto escuchó a la mujer tras ella se levantó de golpe preparándose para recibir un abrazo.

-Usted también está preciosa, Hange- respondió con una sonrisa. La mujer llevaba un vestido negro y ancho en la parte inferior con encajes plateados y blancos. No era muy usual en ella esa ropa pero aquel día se trataba de una ocasión especial a la que debía acudir elegante.

-¡Qué dices! Ya sabes que estas cosas no van mucho conmigo. Me siento más cómoda con mis atuendos de exploradora- respondió. Aquello llevó a ambas a recordar varios sucesos de los meses atrás que tuvieron mucha relevancia en el presente.

-Hange... yo... sabes que estaré eternamente agradecida por lo que hiciste- contestó Mikasa bajando la mirada algo entristecida. A pesar de que la mujer le había repetido en diversas ocasiones que no hacía falta agradecérselo continuamente, no podía evitarlo.

Las últimas investigaciones que Hange realizó en su última expedición meses atrás le permitieron dar con una fórmula de vital importancia para hacer frente a la enfermedad que tanto Carla como muchos de los habitantes estaban sufriendo. Era incluso más efectiva que el tratamiento que Grisha Jaeger descubrió, e inmediatamente trabajó en ella para poder ponerla al alcance de quienes sufrían de la enfermedad. Eso supuso que la familia Jaeger no tuviera que volver a depender de la sustancia que los Kirschtein les proporcionaban y así, Mikasa no se vio obligada a contraer matrimonio con Jean. Exactamente lo que Levi planeó y ejecutó antes de que todo ocurriera. La noche en la que la sacaron de la mansión únicamente tenían como objetivo alejarse durante un tiempo del lugar mientras Hange y Erwin introducían la nueva medicina y hacían publicidad sobre ella. Tras eso, los Jaeger quedarían libres de la dependencia de la familia Kirschtein y juntos podrían regresar.

-Ya sabes que no tienes que agradecérmelo tantas veces. En realidad, si no hubiera sido por aquel enano gruñón... probablemente habría sido demasiado tarde para evitar tu compromiso- explicó quitándole importancia. – ¡Parece increíble que después de todo estés a punto de casarte!- dijo repitiendo lo mismo que había escuchado tantas otras veces en diferentes conocidos y amigos de la familia. Se había esforzado por impedir un compromiso y aquel día, en pocas horas se uniría en matrimonio con alguien más. Ni siquiera ella comprendía aún el por qué, pero estaba segura de querer hacerlo.

-Tienes toda la razón, pero así lo quiero- respondió firme provocando una sonrisa amplia en el rostro de Hange.

-Toma, esto es para ti- se acercó con cuidado y colocó un pequeño broche con forma de pájaro y plumas azuladas que llevaba algunas diminutas piedrecillas brillantes incrustadas en el centro. Mikasa lo observó con un brillo especial dándole a entender que le encantaba.

-Muchas gracias, Hange.

-Venga, ¡ya es hora!- Mikasa dejó que la guiara hasta la parte exterior de la habitación y la acompañó en el carruaje que las llevaría hasta la iglesia. El vestido de Mikasa era más amplio de lo usual. A pesar de lo mucho que había insistido en que fuera algo simple y poco extravagante sus ruegos ante el peculiar diseñador no habían servido de nada. Las mangas eran cortas y bastante anchas con muchos encajes blancos. En la parte inferior del vestido que contenía dos capas gruesas, llevaba diversos grabados bonitos decorados con joyas blancas. Tenía el pelo recogido a un lado tapado por un ligero velo blanquecino.

-Seguro que se le caerá la baba. ¡Me muero por ver su cara!- volvió a entusiasmarse Hange, aunque Mikasa no tuvo tiempo de centrarse en sus palabras porque fuera todos esperaban.

Su padre se acercó hasta ellas tomándola de la mano y ayudándola a bajar con cuidado. Una vez entraron en la iglesia todos los invitados se levantaron. El sitio era amplio y había más gente de la que imaginaba. Caminó hasta la mitad del pasillo donde Grisha se hizo a un lado situándose junto a Carla, quien se acercó para darle un beso y recordarle lo bella que estaba. Y entonces, Eren tomó el relevo ofreciéndole su mano.

-¿Estás segura de que quieres hacerlo?- preguntó en voz baja cuando empezaron a caminar. Pregunta a la que en el pasado respondería con un "no" contundente. Sin embargo, todo había cambiado demasiado desde lo sucedido y a esas alturas, aunque tenía los nervios a flor de piel, estaba convencida de que era eso lo que quería.

-Sí, lo estoy. Así que no empieces otra vez porque no pienso echarme atrás.- Eren suspiró aflojándose un poco el pañuelo blanco del cuello. Vestía un traje azul oscuro muy elegante y adecuado para la ocasión.

-Está bien. Si es lo que quieres lo respetaré- le ofreció una última mirada firme y comprensiva. Besó su mano y después se retiró.

En todo aquel recorrido, Mikasa no había levantado la vista para fijarla en el hombre que la esperaba al final del pasillo. No había sido testigo de sus ojos penetrantes e intensos con un brillo especial, de la forma en la que la contemplaba caminar hacia él. Lo embriagado que se sentía por su belleza y lo nervioso que estaba desde que la vio aparecer por la puerta.

A pesar de todo, Mikasa reunió el valor que tenía para levantar la cabeza y cruzar su mirada con la de él. Tal y como en ocasiones anteriores había ocurrido, volvió a sentir diferentes emociones juntas que le erizaban el vello de la piel, le provocaban escalofríos y la llenaban de emoción. Aquel hombre la miraba como la primera vez que se conocieron, lleno de ternura, de comprensión, admiración y aceptación. La amaba tanto como ella lo amaba a él. Por eso, por todo lo que habían vivido y aún les quedaba por vivir y experimentar juntos, Mikasa no tenía ninguna duda en querer compartir el resto de su vida con él, junto a él. Se sentía afortunada de poder ser libre y de convertirse en la mujer de Levi Ackerman.


Con esto "Masquerade" llega a su final, por lo que me pondré manos a la obra con otros fics. Algunos/as de vosotros/as ya estaréis al corriente de ello porque os lo he mencionado, pero mi intención es escribir un Eren/Mikasa de tres capítulos al igual que he hecho con "Masquerade". Así, publicaré el primer capítulo la semana que viene, o quizás incluso algunos días antes.

Esto se debe a que estoy trabajando en otro proyecto aún mayor que espero que os guste. Si, se trata de una historia de piratas, ni más ni menos xD. Será un long-fic en el que aparecerán los personajes principales de Shingeki, dándoles a todos su respectiva importancia. Será una historia llena de aventura, acción, misterio, romance y humor. Trataré de adentraros en esa época y mostraros un poco el estilo de vida que llevaban los piratas de los siglos XVI-XVII, todo, adaptado al universo de Shingeki (como tanto me gusta hacer). Con las parejas principales Eren/Mikasa, Levi/Mikasa e incluso otras parejas que aún no mencionaré pero que creo que os encantarán :P Digamos que tengo ya organizadas todas las ideas sobre este fic pero necesito un poco más de tiempo para sentirme segura y empezar a publicarlo, de ahí mi intención de hacer antes un fic cortito sobre Eren y Mikasa.

Muchas gracias por seguir este fic hasta el final y por dedicarme un ratito de vuestro tiempo. Estoy realmente agradecida ¡Nos vemos pronto! (también me tenéis por PM) :)