Hola! Antes que todo muchísimas gracias por sus reviews a IrmaTorres917, Esplandian, Guest (se te olvidó poner tu nombre xd), SophyBrief, Tu Catalana Agent Peridot y VeroPerezp, de verdad muchísimas gracias! También agradezco por supuesto a quienes agregraron a favs y follow ;D Aquí viene la segunda parte de este fic. Sólo queda un capi más y termino con esta pareja para seguir con otra. Podría haber seguido el limón aquí mismo pero siento que habría quedado muy largo, así que tendrán que esperar un poco más para la culminación. Hacía más de 5 años que no escribía un limón, de hecho de 40 fics que llevo escritos en un solo fic tengo, así que después de tanto tiempo espero que este haya quedado bien :P
Por supuesto, desde ya advierto que este capi es para gente con criterio formado y si no te gusta leer relaciones íntimas subidas de tono, te recomiendo encarecidamente que no sigas leyendo. Al resto, muchas gracias por leer y espero que lo disfruten ^^
Intimity
Ambos contemplan el universo palpitante de sus ojos con sublime emoción. Desplegando el maldito amor que Vegeta se empeñaba en detestar, pero sin acabar de lograrlo.
Por fin todo se había arreglado. Por fin podían estar en paz como siempre debían estarlo.
El abrazo apenas tarda unos segundos para convertirse en un acalorado y fogoso beso. Prueban el néctar de sus labios con voracidad insaciable, animalesca, bestial. Así sucedía siempre que estaban juntos: las fieras que ambos guardaban en su interior se desataban de las cadenas que la mezquina cordura imponía.
La cordura debía caer derrotada ante el amor... porque si no lo hacía, realmente nada en esta vida tendría sentido alguno.
Se saborean y se huelen, devorando las invisibles feromonas que los rodean como una nebulosa de centellas capaces de encandilar sus sentidos hasta el punto de llegar al pináculo de la excitación.
Devoran sus lenguas intentando aplacar el incendio que los consume por dentro. Sólo la pareja, el ser amado, era capaz de saciar ese fuego voraz que ardía a través de todas las células. La única manera de apagar las incipientes llamas era amándose. Entregándose el uno hacia el otro, viviendo como nunca la mística ruptura del egoísmo. Sólo amor nacía, sólo amor brotaba, sólo el amor tenía cabida.
Melodías de suspiros se unen armoniosos al arte de los sentidos sobrepasados por el anhelante deseo. Concierto de latidos acelerados tocaban ambos corazones, sincronizándose al compás que sólo el amor, en su grandilocuente sabiduría de años de convivencia, puede provocar.
Los profundos pozos azabaches y azules destellan bruñidos; en compañía del otro esos pozos dejaban de ser sólo eso y se transforman en algo mucho más grande: un océano de sentires, un valle de locura y una montaña de sensaciones.
Sentir. Dejar caer las barreras ante el ser amado. Sin miedo, sin temores. Sin ningún cuidado. Las espadas, los escudos y las lanzas caían ante el genuino amor. Que maravilloso era saber, con tanta claridad, que nunca se harían daño el uno al otro.
Se necesitan. Realmente se necesitan, como un automóvil necesita un motor o un caballo una pradera que recorrer. Eso era lo que vivían, lo que se provocaban el uno al otro. El "ello" del que hablaba Freud había explotado más allá de lo imaginable.
En ese preciso momento estaban vestidos, pero ambos sabían que sus almas se habían desnudado mucho tiempo atrás, mezclándose tal como lo hacía el vapor de sus alientos.
Después de tantos años, después de tantas vivencias, seguían ardiendo el uno por el otro como si fueran adolescentes que descubriesen por primera vez el amor. Quizás esa era la clave de todo: la juventud adolescente de su amor. Los desafíos del uno al otro, los jugueteos e incluso las discusiones que vivían, o el salvajismo que los poseía en la excitación, eran cosas que no dejaban que su amor envejeciera como si lo hacían tantos otros.
Si el amor envejece se termina partiendo como una hoja de otoño se resquebraja ante el paso fulminante y severo del tiempo. Tal como el espíritu, el amor debe mantenerse joven, pero canalizando correctamente la sabiduría que da el paso de los años.
Ella hizo navegar su mano derecha por el trabajado abdomen de su esposo. ¡Cielos! Adoraba ese cuerpo esculpido hasta el último rincón, gracias a los incansables entrenamientos de aquel que la había enamorado sin proponérselo.
Estar en la cámara de gravedad le engendró un morbo inexplicable, algo que deseaba engullir su racionalidad hasta desaparecerla. Aquella construcción, de la cual ella había sido la arquitecta, era el lugar más íntimo de su hombre. Allí pasaba horas y horas entrenando, trabajando, esforzándose en lograr su objetivo de ser más fuerte que su eterno rival. Todo el lugar rezumaba esfuerzo a borbotones, sudor diario y extenso trabajo duro.
A pesar de que habían hecho el amor en innumerables sitios, curiosamente, no lo habían hecho en la cámara de gravedad. Por divertido que fuera, el templo de Vegeta permanecía incólume en lo sexual. Definitivamente, esta debía ser la ocasión de inaugurarla. Que excitante sería aquello.
El beso se sigue consumando con delirio, con poder anhelante de victoria sexual, con una bestialidad que los mismos animales envidiarían.
Siempre sucedía lo mismo cuando estaban juntos.
Siempre.
La animalidad del instinto primario emergía con la voracidad de un leviatán. El instinto lo consume todo, lo devora todo, lo explora todo. Sus deseosas lenguas se enfrascan en una batalla de dominio, jugando la una con la otra, como abejas revoloteando en busca de sabrosa miel. El guerrero interrumpe unos momentos el delirio bucal y la mira a los ojos, advirtiéndole lo que venía con un matiz de travieso sadismo: se aferra a la piel de ese cuello que tanto le gustaba besar y succionar. El sabor a piel mezclada con lluvia fue un exquisito elíxir para su paladar.
Oleadas de eléctricos escalofríos recorrieron a la fémina cuando sintió un mordisco en la piel efervescente de su cuello.
Ese cuello a él lo enloquecía como la luna llena lo hacía con un lobo. Ella, cual diosa de la noche, lo premiaba con gemidos de cariz selenita. Lunares. De otro satélite o mundo.
Sí, así se sentían ambos con la compañía del otro: en otro mundo.
— De nuevo tendré que usar un pañuelo — susurró ella entre dispares jadeos, mientras hundía sus dedos en esa brillante cabellera azabache.
No obtuvo respuesta. Otro mordisco la hizo respingar a la vez que daba un pequeño alarido. El maldito saiya siempre tenía que imprimirle su huella cual tatuaje. Escribía en su piel que ella es de él, como un animal salvaje no duda en marcar su territorio.
Bulma se ve obligada a cerrar los ojos, prescindiendo de su vista para entregarse enteramente a los demás sentidos. Quiere armar una orgía mística con ellos.
Su gusto se deleita con la lengua del amado; su olfato con su aroma a hombre inquebrantable; su oído se regocija con la respiración agitada por la excitación; y su tacto gozaba con los músculos de acero fieramente esculpidos.
De pronto, lo jala de los cabellos con una brutalidad impropia de ella, aunque después de todo no tenía nada extraño: Vegeta tenía el don de sacar su lado más animal y primitivo. De inocularle el aguijón más profundo de la pasión... un virus que definitivamente le encantaba disfrutar. Sí, gozaba de sentirse una ninfómana con él.
La científica había sido derrotada por la hembra. La razón vencida ante la lujuria. La civilización, caída ante la verdadera naturaleza del ser.
Se miran a los ojos como si lanzaran desafiantes dagas a través de ellos. Bulma mastica el aire y se arroja sobre el cuello masculino, como una pirata lo haría sobre el barco con el tesoro. Vegeta suelta un gemido viril ante la orgía de sensaciones propinada.
La bella pirata había tenido pleno éxito en su atrevido abordaje. Mordisquea, grácil, ese cuello hambriento de sus besos. Podía notar, con toda claridad, el hambre que padecía su esposo, pues él anguló la cabeza para recibir sus besos todavía mejor. Y cuanto le encantaba disfrutar esa complicidad.
Siguen besándose, enloqueciéndose, entrando a una dimensión desconocida que, después de tantos años, querían seguir conociendo.
Recorren sus cuerpos con la manos como si fuera la última vez que estarían juntos. Como si fuera la última vez que se verían. Estaban locos, dementes, idos de toda razón.
Corta el beso por un momento y sólo con ver esa mirada vigorosa, ella se convirtió en adivina. Era un un oráculo, pues sabía muy bien lo que venía ahora.
Vegeta comenzó a sacarse los guantes, tomándolos entre sus dientes como un animal carnívoro. Quería palpar con la carne de sus ansiosos dedos el cuerpo que ansiaba vulnerar sin prolijo.
El regio saiya destroza la mezquina bata que la cubría, dejándola con los pechos al aire. Lo restos de la prenda cayeron al suelo como testimonio ineludible de ferocidad.
Las yemas de sus dedos viajan al trazado destino y se regocijan con el excitante relieve de sus pezones. Los apreta, apenas conteniendo la fuerza criminal que era capaz de ejercer. Controlarse con una hembra como ella era una hazaña digna de señalar en un libro de récords. Una proeza que al príncipe le costaba mucho más de la cuenta realizar.
— Eres mío — gritó ella jadeante, tirándole el cabello con fuerza para que la mirara.
— Y tú eres mía — la reclamó él como su propiedad, devolviéndola una animalesca mirada.
Comienza a devorar los senos de su mujer con gula, con fiereza, con inhumanidad inusitada. Ella no pudo evitar respingar cuando el apretó más de lo conveniente; inexorablemente su amada tuvo que gruñirle como reprimenda.
Maldición, cuanto le costaba controlarse con esa mujer. ¡Cuanto le costaba contener su lado más bestial!
Suelta los adorados pechos y desciende por el bendito camino de su vientre, aquél que dirige hacia la sensualidad más descarnada. Ese camino que lleva a la pérdida de la inútil conciencia. La besa, exhalando su aliento, mordisqueando su tersa piel a cada trozo avanzado.
Sin pensarlo, esquiva el ombligo para no hacerle cosquillas... La conocía tan bien...
Se relame al pensar que muy pronto su intimidad estaría jugosa ante sus labios. En su boca saliva se acumula por el deseo, tanta, que de hecho debió tragarla para no escupirla. Realmente quería deleitarse con lo que le pertenecía por hecho y derecho. Morder aquello que biológicamente la hacía mujer. ¡Demonios, eso quería!
— Ah, Vegeta... — musitó su nombre, suplicante.
La sangre de la hembra corría a través de sus venas como un torrentoso río, que, en consonancia con el frenesí de las caricias, aumentaba más y más su caudal. Su corazón bombea sangre que burbujea, agitada completamente por la tormenta de pasión.
Vegeta la toma por la fina cintura, la alza en sus brazos como si tuviera el peso de una pluma y finalmente la posiciona en sus hombros con gran maestría. Ella lo mira hacia abajo, esbozando una mirada llena de inocente sensualidad.
Sin dificultad alguna, gracias a la experiencia, amolda sus labios a los vaginales de su esposa como si de un delicioso beso se tratara. La succiona, la lame, la invade como un demonio sediento de pecado y lujuria.
Bulma se piensa en los cielos al sentirse poseída por un hombre tan fuerte como él lo era. Gime, grita, proclama brutalidad entre la delgada línea de la consciencia y la inconsciencia. Exclama su nombre, una y otra vez, como una demente que no deseaba escapar de la locura. Si había un momento en que la mente quedara completamente en blanco, ese momento era este.
El guerrero la succiona como si de ello dependiese su vida. Los gemidos de su amada, unidos a sus movimientos desesperados, le indican el gozo que disfrutaba. Así debía ser siempre; esa mujer debía tener claro, eternamente, que nadie era mejor que él. Que nadie la haría gozar como el príncipe saiyajin si podía.
Nadie.
Sentirse devorada la excitaba a límites incomprensibles. Tuvo la genuina impresión que todas las estrellas del cielo se cayeron y comenzaron a arder dentro de su vientre. Como si la luna llena estuviera a un metro y pudiese contemplarla en todo su fulgurante esplendor. Tener sexo con Vegeta era lo mejor. Sí, ¿por qué negar que una de las razones por las que se enamoró de un asesino cósmico era lo bueno que era en la cama? ¿Era un pecado acaso?
No, no lo era. Y al estremecerse con cada succión supo, una vez más, que estar con él fue la mejor decisión de toda su vida.
Como una bomba en su cerebro, restalló una etérea amalgama de sentimientos y sensaciones. ¡Cuanta emoción destellaba su semblante! Realmente creía que su cuerpo se estaba volviendo adimensional. ¿Como una lengua era capaz de destrozar su raciocinio hasta este punto?
Tal vez hacer el amor era la forma en que la dualidad cuerpo-alma podía ser libre de todo atavío, la forma en que sabías como nunca que estabas vivo. Más vivo que nunca. La vida era la muerte y hacer el amor la resurrección. Así se sentía ella. Moría y revivía con el pujante orgasmo que deseaba florecer en sus ardorosas entrañas.
Él abre sus ojos ébano para contemplarla. Los agita complacido al ver el delirante ataque de lujuria que la posee. Su científica lo embelesa cual conjuro. Eso debía ser ella, una bruja, por la manera en que lograba encantarlo, hechizarlo e invocar su lado más animal. Gracias a ella, su esencia saiyajin afloraba con la impetuosidad que tendría un toro en una jaula de vidrio.
Jadea, golpeándola con su salvaje aliento. Se come cada centímetro de su piel vaginal. Los gemidos de esa mujer, las convulsiones de ese perfecto cuerpo, su necesidad desesperada de frotar su jugosa intimidad contra su faz.
¡Jadea!
¡Grita!
¡Pierde la maldita razón!
Vegeta acopla su boca al tembloroso clítoris, aprisionándolo con una perfección asombrosa entre sus labios. Ella se estremece con el contacto y exhala un grito que rebotó por todas las paredes de la cámara. Entornó el cuello hacia el techo en forma viperina, como si pudiera mirar, con los ojos cerrados, el bello paisaje cósmico de las estrellas.
Con predadora ansiedad, Vegeta succiona el pequeño órgano eréctil, golpeándolo a intervalos con el tibio aire exhalado de sus pulmones. Al cabo de unos desesperados minutos, detiene el tiempo para respirarle encima y, relamiéndose, introduce su lengua en el interior femenino. Un placer superior a cualquier idílico nirvana se produjo allí.
La devora, la viola, la hace suya sólo usando la boca. Ella suplica que continúe, jalándole el cabello con locura demencial.
Él podía jurar que veía, sentía y percibía, como la mente de ella se ponía en blanco.
Bulma apretó sus piernas, aprisionando con brusquedad la cabeza del poderoso guerrero. Se mueve delirante hacia arriba y abajo, hacia izquierda y derecha. En todas direcciones y en ninguna a la vez. Restriega su intimidad contra él, desprovista de toda suavidad o candor.
Un concierto de suspiros femeninos surgía voluminoso desde sus pulmones. Una verdadera ópera de reacciones espontáneas increíblemente excitante para el orgulloso saiyajin. Estaba a punto de caer derrotada ante la fulgurante llamarada orgásmica que comenzaba a expandirse en su interior. Ardiente como un río de lava a punto de explotar. Caliente como un géiser ansiando hervir por los cielos. Eso deseaba su intimidad, liberar el clímax del placer de una vez por todas.
— ¡Te amo! — gritó sin ninguna conciencia de que lo estaba haciendo. Su mente no existía. Había caído derrotada ante el corazón, pues desde allí provino el grito más hermoso que pudiese existir. — ¡Te amo Vegeta! — gritó su nombre como una súplica mientras sentía un retorcijón trascendental en su bajo abdomen.
Grita, se revuelca, se agita, tiembla como una gelatina con el escalofrío orgásmico que la atacaba en oleadas sucesivas de placer. Sus oídos resuenan como si escucharan los latidos del mismo corazón allí. Latigazos uterinos de placer se propagaron hasta el último rincón de su cuerpo. Era una bendita locura.
Su alma voló tan alto que tardó varios segundos en volver al cuerpo. Vegeta no cesó su labor bucal. Seguía deleitándose con la intimidad de la hembra que había escogido para el resto de su vida.
Un aliento tras otro; la mujer tuvo que luchar para comprimir la agitación de su respiración. Incluso llevó una mano a su pecho para calmar su belicoso corazón, el cual insistía en querer salir y unirse al de su amado.
Coge los cabellos de su hombre con ambas manos, le dirige su mirada y le grita fulgurante, como una poseída por un demonio:
— ¡Te amo Vegeta!
Ante esa proclamación de espléndido amor, ahora fue él quien tuvo un orgasmo...
Un orgasmo en sus oídos...
La mira extasiado, satisfecho, feliz. Pero por supuesto, él no corresponde sus apasionadas palabras. ¿Por qué le costaba tanto? A veces quería decírselo, de verdad incluso quería más que simplemente decírselo, deseaba gritárselo como nunca antes.
Sin embargo, alguna misteriosa razón se lo impedía. ¿El orgullo tal vez? ¿No querer que su esencia guerrera cayera derrotada ante la enorme ternura que esa mujer era capaz de provocarle? Después de todo, no podía dejarse desfallecer ante la infame cursilería.
Toda su vida había tenido que reprimir sus sentimientos. Toda la vida. Porque los sentimientos te hacían débil. Porque no servían para nada, salvo para lastimarte a ti mismo con estupideces.
Y aunque Bulma le había enseñado lo contrario, quizás todavía no estaba preparado para decirle te amo. O tal vez simplemente no era necesario decirlo...
Ella ya lo sabía.
Continuará
