Muchas gracias a SkuAg por la traducción, y también a Marin-Ishida y Florencetheflowerfairy por la ayuda.

Conocí al cuento del niño granjero en un episodio de Doctor Who llamado "Heaven sent". El cuento es de los hermanos Grimm.

Eternidad

Koushiro una vez les contó una historia acerca de un rey que había hecho tres preguntas a un niño granjero. Podría haber sido una más de las tantas cosas que el niño pelirrojo les contó y que luego se perdió en sus memorias y, efectivamente, Yamato pronto olvidaría la historia, excepto una parte:

El rey dijo, «la tercera pregunta es, ¿cuántos segundos de tiempo hay en la eternidad?», y el niño granjero respondió, «en la Baja Pomerania hay una montaña de diamante, la cual tiene dos millas de alto, dos millas de ancho y dos millas de profundidad. Cada cien años, un pequeño pájaro se acerca y afila su pico en la montaña. Cuando toda la montaña haya sido destruida por él, entonces el primer segundo de la eternidad se habrá acabado»

«¡Absurdo!» recordaba haber pensado. ¿Cómo alguien podría concebir semejante ridiculez? ¿Un pequeño pájaro cincelando por sí solo toda una montaña hecha de diamante? ¿Un pequeño pedacito, una vez por siglo? ¡Esto era una locura! Ninguna forma de vida en todo el mundo, ni siquiera una inmortal, podría tener tanta paciencia. Y algo tan duro y frío como una pared de diamante solo lastimaría y mantendría alejada a cualquiera que intentara romperla.

Nadie tendría tanta paciencia.

Nadie haría tremendo esfuerzo.

Sería mucho más inteligente, simplemente, caminar alrededor de la montaña y dejarla ahí: inalterada, resistente, sola.

Un pedazo de piedra aislada, asustando a todos con su dureza exterior. Algo que proyectaría fuerza y resistencia, tal vez incluso admiración.

¡Pero un pájaro se acercaba! Una vez, cada cierto tiempo, un pájaro volaba hasta la montaña y afilaba su pico en ella. Tal vez, esa criatura magnífica era la única lo suficientemente valiente para hacerlo. Tal vez era la única compañía que la fría montaña alguna vez tuvo, y sentir ese pequeño pico no era más que alegría para ella.

¿Acaso el pájaro le cantaba a la montaña?

¿Se quedaba el pájaro mucho tiempo, antes de irse una vez más?

¿Era el pájaro tan amable como valiente?

La solitaria montaña, tan poderosa, de a poco fue siendo cincelada por el determinado pájaro. Todas sus defensas fueron destruyéndose. Toda su asperidad y frialdad fue arrancada. ¿Pero qué encontró el pájaro al final? ¿Qué había debajo de la roca?

Abajo, debería haber habido algo muy poco impresionante. Algo pequeño y tímido que intentaba, con mucha fuerza, esconderse. Algo cuyo miedo de ser expuesto era tan fuerte que construyó una montaña entera alrededor suyo para mantener a los demás alejados.

Pero el pájaro nunca se rindió.

¿Qué hizo el pájaro una vez que no hubo más montaña?

¿Qué hizo el pájaro cuando se enfrentó a la criatura que había debajo?

¿Se decepcionó?

¿Huyó?

Un golpe en la puerta devolvió a Yamato al mundo real. Saltó del sofá y corrió a abrirla. Si alguien lo hubiera visto, habría pensado «¿por qué tanto apuro?» ¿Pero cómo podría alguien, además de Yamato, entender su expectación?

Se había mudado, solo, a los Estados Unidos, para convertirse en astronauta. La soledad lo lastimaba tanto que intentaba, con mucho esfuerzo, guardar su miseria para él mismo.

Pero era ese momento del año otra vez.

Yamato abrió la puerta y la vio, más hermosa incluso que como la recordaba.

Sora sonrió y arrojó sus brazos alrededor de su cuello, acercándolo para besarlo.

En el momento en que sus labios se tocaron, Yamato sintió como su entera compostura se hacía pedazos. Abrumado, Yamato la alzó, caminó sosteniéndola y la apoyó con ternura en el sofá. Admiró sus magníficos rasgos con asombro y temió comenzar a llorar en cualquier momento.

Había pasado tanto tiempo.

La había extrañado tanto.

―No te pongas así ―dijo Sora, con suavidad―. Me quedaré toda una semana.

―No es suficiente… ―respondió―. Ni siquiera todo el tiempo del mundo sería suficiente.

Sora lo acercó hacia sí y murmuró en su oreja derecha:

―Entonces, tendremos que hacer que valga la pena.

Yamato se sintió consolado, como siempre le pasaba cuando Sora lo visitaba, y ese sentimiento siempre compensaba sus largos meses de soledad.

En esos pocos días, él no se preocupaba más por el pequeño pájaro. Sus motivaciones se le aparecían claras como el agua.

El pájaro tomaba un segundo de la eternidad para reunirse con su amada montaña, teniendo que conformarse con visitas y besos cortos.

Su fuerza de voluntad no menguaba porque sabía que, al final, estarían juntos por toda la eternidad.