Segundo caso – Puente de lamentación
IX
Hacía mucho que Mia perdió la cuenta. De las veces que no durmió, de las que no soñó otra cosa que no fueran pesadillas. Lo notó cuando, una vez que salió el sol, abrió la ventana de un tirón y comprendió que la noche, los malos sueños y la impaciencia por la llegada del amanecer habían culminado al fin. Le invadió tal alivio que juraría que estuvo a punto de llorar, pero eso fue todo. Ninguna lágrima cayó. Porque aún no era hora de caer. Durante muchas mañanas pensó en eso, en lo difícil que resultaba contenerlas cuando tenía ganas de llorar.
Era una carga muy pesada, pero era la única ancla que evitaba que fuera arrastrada por el recuerdo de su primer juicio. Sus palabras y su presencia, ambas pertenecían a un solo hombre.
Su nombre era Diego, y ella estaba siendo tratada amablemente por él. Nada más.
«Él solo está siendo un buen mentor», se repetía cada mañana para luego observar con tribulación su distintivo de abogada en la solapa de su vestido. Al contrario que el de Diego, el suyo parecía más de decoración, era lo que solía pensar.
Se levantó, dio unos pocos pasos por la habitación y se puso de cara a la pared donde colgaba su vestido. Un vestido recto, negro, como a ella le gustaban. Quitó el distintivo de la solapa y, una vez entre sus dedos, la inspeccionó de arriba a abajo. Evocó el día en que la recibió y un sentimiento cálido emergió en su pecho, justo en el corazón; por aquel entonces su distintivo le pareció brillar con luz propia. Pero luego se inundó de un sabor amargo, como cuando intentó beber nuevamente del café de Diego por segunda vez –y la última; no volvió a tomar más desde entonces– y se desvió por dónde no debía. No le encontraba el brillo de aquellos tiempos, y eso la afligió. «¿Cómo lo hace Diego para que la suya brille tanto?», se preguntó.
–Seguramente porque no duda en lo que hace –se respondió a sí misma, con un suspiro y una triste sonrisa entremedio–. Con esa sonrisa arrogante y esa postura recta, segura de sí misma. Parece gritarlo por todas las pulgadas de su cuerpo.
Y sin embargo, detrás de la confianza y el orgullo, residía una simple cabeza racional, una mente movida por la razón. Un cerebro donde la sangre iba y venía constantemente, sangre espesa y caliente; había incluso ocasiones en las que Mia juraría que bajo la yema de los dedos aún quedaban restos de la sangre de Diego. Pero no había nada. Ni cuando se miraba las manos temblorosas ni cuando pasaba los dedos sobre la piel de Diego. No había rojo, más rojo del que debería; solo vida, tal y como debía de ser. Y en esos casos se decía: «No estás pensando racionalmente, Mia. Contrólate».
Es cierto. Al contrario que su superior, no estaba actuando con cabeza. A pesar de toda la sangre caliente que fluía en el cerebro de Diego y en el suyo, el único que parecía funcionar bien era el de él. Todavía era capaz de tomar decisiones frías, casi calculadoras aun cuando su cuerpo desprendía semejante calor. Y su café también. Era irónico, lucía como una contradicción ambulante.
Pero, si se paraba un poco a pensarlo, eso no tendría nada de raro. Al contrario, podría decirse que se hallaba inherente en todo ser humano. Una contradicción. Dos fuerzas opuestas conviviendo en el interior de una persona y emergiendo una u otra cuando la situación lo requería. O, dicho correctamente, entrometiéndose entre ellas en busca de la soberanía del individuo. Pasión y razón, eran las dos fuerzas, los dos frentes que luchaban dentro de ellos.
Y en estos momentos, los dos se hallaban en bandos completamente distintos, opuestos, con diferentes modos de actuar, de sentir, de avanzar...
Mia se volvió hacia la mesita, donde un diminuto objeto parpadeaba con refulgencia, con lágrimas doradas que transmitían añoranza. Lo agarró y, junto a su propio distintivo –opaco, como si impidiera la entrada de la luz en su cuerpo de oro–, lo aferró contra su pecho. De esta forma, pensó, tal vez se sentiría menos solo.
–No te preocupes, tu dueño pronto volverá a por ti. Así que esperemos juntos.
Pero él no quería esperar. Lo que el diminuto objeto deseaba era reunirse ya con él, estar a su lado. Ni siquiera entendía por qué estaba aquí con ella, esperándolo, cuando siempre estuvieron juntos. ¿Por qué se tuvieron que separar? No lograba comprenderlo.
En el fondo, Mia se identificaba a la perfección con ese sentimiento.
–Eres de lo que no hay... Vienes a mi casa a altas horas de la noche, aporreas la puerta como si fuera por la mañana, esperando a que te fuera a recibir por las buenas, independientemente de si estaba durmiendo o no. Lo más probable es que antes de que abriera supieras que estaba despierta, como otras muchas noches de insomnio. Me miras con un fuego en los ojos capaz de quemar caminos y puentes a tu paso, tu respiración se encuentra agitada supongo que por venir corriendo hasta aquí. Me agarras de los hombros y con ilusión, sin importarte despertar a todo el edificio, clamas que por fin la tienes, que finalmente te reunirás con ella al día siguiente. Haces que nazca la inseguridad en mi interior, que emerja una sensación incómoda, un mal presentimiento. No me dejas ir contigo sin importar qué, no había forma de que poseyeras pruebas en tu poder para sostener tus razones. Pero de alguna forma lo consigues. Me presentas una prueba contundente, me haces callar. Tu resolución, tu orgullo... Todo lo recogiste en esta prueba y me la diste y te marchaste, no sin antes decir que le darías fin a todo. Desde entonces, me duele tener esta cosa entre mis manos. Pero dime, ¿por qué me das algo tan pesado, a pesar de lo pequeño que es? ¿Por qué pesa tanto tu resolución? No debería de ser tan complicado de cargar... Oye, Diego, vendrás pronto a por este pequeño, ¿cierto? No puedes dejarme esto conmigo como si nada. Déjame devolvértelo.
Pero su debilidad insistía en retenerla, en impedirla ponerse en pie y permanecer en el suelo de su habitación. Con el diminuto, parpadeante objeto que lloraba entre sus manos. Lloraba todo lo que Mia no podía llorar. En cambio, Mia contenía todo lo que tenía que contener: esas lágrimas, esas emociones, ese diminuto objeto que con tantas ganas deseaba lanzar lejos, se encontrara donde se encontrase su dueño.
Mordiéndose la uña del pulgar, se maldijo por dentro. Maldijo la contradicción que pesaba en su pecho, en su conciencia.
Hasta tal punto que desearía haber permanecido a su lado. Tal y como él hizo con ella.
Era 27 de agosto de 2012.
Me había prometido no escribir comentarios de autor con esta historia porque me resulta imposible ponerme al día con esto, que ya lleva 2 años. Pero viendo que esto se está haciendo interminable, quería aclarar un poco la situación.
Situación actual: llevo prácticamente un año sin ser capaz de escribir, concretamente desde que hice los exámenes para entrar en la Universidad el año pasado, y este año ha sido el primer año como universitaria, de modo que me he visto muy falta de tiempo.
Sin embargo, esto no quiere decir que haya escrito esto ahora ni que publique según voy escribiendo. En realidad, sin contar con este, tengo guardados hasta el capítulo 12 que escribí el año pasado, pero no quise publicar todo de golpe para evitar un hiatus excesivamente grande (ahora es momento de tirarme las piedras, porque de todas formas he tardado mucho en actualizar; no he vuelto a tocar el ordenador para escribir desde entonces)
No obstante, si todo va bien, mi plan original sigue siendo terminar este fic y terminarlo este año 2017. Pero el principal motivo por el que escribo esto (aunque a saber si queda alguien que siga esta historia), es para confirmar que no se ha quedado en hiatus y pretendo terminarlo como sea (y porque es en verdad un regalo atrasado para una amiga desde hace dos años) (?)
Por ello, en primer lugar lo lamento mucho, y en segundo lugar, tenedme un poco más de paciencia para haceros sufrir adecuadamente (?)
Nos leemos.
By Kirino Sora.