Disclaimer: How To Train Your Dragon, así como sus personajes, no me pertenecen. Son de DreamWorks y Cressida Cowell.
Aviso: Esta historia no pretender ser histórica o verídica. Se han utilizado datos históricos, pero todo lo aquí relatado es ficticio.
Capítulo II
El viento helado acarició suavemente su nuca, revolviéndole los mechones castaños que habían sobrevivido a la masacre. Hiccup se permitió disfrutar de la vista que el lugar le regalaba, maravillado ante los tonos que la naturaleza poseía.
―Toothless ―murmuró a la pequeña cría de gato que se acicalaba suavemente contra las botas de su uniforme.
Abandonó el apoyo del que el tanque le proveía para sentarse en el césped libre de nieve. Acomodó a Toothless sobre su regazo, acariciándole el lomo, pasando tranquilamente los dedos entre el pelaje negro. Su pequeño amigo maulló a modo de agradecimiento, feliz por las atenciones recibidas.
―¡Haddock!
Hiccup suspiró resignadamente, deteniéndose en la labor de mimar a Toothless. Compartieron una pequeña mirada antes de que él se preparara para colocarse en pie.
―Silencio, amigo ― pidió al felino mientras lo depositaba cuidadosamente en la abertura de su camisa perfectamente fajada y que impediría la caída del animal―. No queremos que nos regañen.
A paso firme y recto se acercó al militar, quien lo miraba huraño y con el ceño fruncido. Hiccup podría apostar que su rabieta se debía a que no podría castigarlo.
―¿Qué se supone que hacías, Cabo?
Se consideraba lo suficiente listo como para contestar, evitando hacer rabiar a los sargentos tan temprano. Toothless no parecía compartir su opinión, se removió inquieto contra la tela que lo apresaba; haciendo a Hiccup acreedor de una mueca por parte de su superior.
―Mejor anda a realizar tus deberes, luego juegas a la mamá, Haddock.
―¡Sí, señor! ―Hiccup realizó el saludo correspondiente, procurando seriedad en sus facciones y postura.
Toothless era un pequeño gato muy listo, ya que cuando lo hubo dejado en la cama, éste inmediatamente entendió que no debía abandonar el lugar, observando a Hiccup partir en dirección al comedor.
En el desayuno, Hiccup recibió varias miradas de desdén. No le molestaba, pero tampoco lo consideraba su forma favorita de iniciar el día. Aunque, muy en el fondo, sentía que, esa mañana, sí merecía el odio de sus compañeros.
Maldijo mentalmente su mala suerte, concentrándose en sus alimentos, rogando por paciencia ante el provenir de su día.
Los gritos del Sargento Hansen retumbaban en la cabeza de Hiccup, ya que éste parecía aprovechar cada vuelta que daba para soltar reclamaciones justo en sus oídos.
Su intuición le indicaba que aquella rutina (en la que había agregado más vueltas) era la forma en que se vengaba de él; aunque la molestia del militar iba dirigida a su gato, era él quien corría kilómetros extra. Por ese motivo Hiccup se esforzaba en no soltar jadeos como algunos de sus compañeros; inhalaba y exhalaba con pesadez, buscando ajustar su ritmo cardiaco para no comenzar a desistir como los demás, o peor: morir de un paro cardíaco.
Por la tarde, practicando con el soldado Dahl, fue plenamente consciente de la mirada de escrutinio a la que era sometido por parte del sargento Rohde. Consideró que lucirse un poco podría librarlo de la inspección.
Esquivó la patada de su compañero, tomándolo por la bota, giró la pierna de Dahl, quien se contorsionó pesadamente ante la brusquedad del movimiento, con la espalda arqueada en un ángulo doloroso; Hiccup se impulsó con el pie derecho, permitiendo que el izquierdo pateara con precisión el hueco poplíteo de su oponente, haciéndolo caer de bruces contra la tierra.
Adivinó la expresión en el rostro de Rohde, una mezcla de seriedad y orgullo. Hiccup no solía detenerse en ese tipo de pensamientos, pero imaginó que su superior no esperaba menos de él, y que, ciertamente, seguía sin cumplir sus expectativas.
Tendió la mano hacia Dahl, ayudándolo a girar boca arriba y colocarse de pie; teniendo que jalar con más fuerza ante el ligero balanceo de su compañero, cuya rodilla cedía ante su peso, se preguntó si había excedido la fuerza de su patada.
―Lamento si fui muy brusco.
Dahl negó con la cabeza.
―Ha estado sensacional, Haddock ―halagó sobándose el cuello―. Deberías mostrarme esa técnica.
Ambos volvieron a colocarse en posición de ataque, aguardando por el golpe de su contrincante; lanzándose con firmeza contra el otro, pateando, derribando, esquivando.
Aún sin el calor veraniego del sol, el calor del esfuerzo físico les hacía sudar. El uniforme, aunando al ejercicio, provocaba bochornos y fatiga en los soldados.
Después de la cena Hiccup se arrojó pesadamente contra el colchón de su cama, elevando a Toothless unos centímetros, quien le maulló indignado por la interrupción de su descanso.
Hiccup no se molestó en murmurarle una disculpa; prácticamente su gato era el culpable de la intensa rutina impuesta por sus superiores, la cual comenzaba a hacer estragos en su energía.
Entrando en un ligero estado de somnolencia, Hiccup removió su almohada, dejando caer con pesadez su nuca. Toothless, haciendo gala de sus habilidades felinas, caminó rápidamente por la cama, acurrucándose contra el pecho de Hiccup. Sumiéndose en un sueño profundo, acompasando la respiración con el latir del corazón de Hiccup.
•••
Hiccup podría enumerar con los dedos de una mano las razones que tenía para volver a Berk. El clima, por ejemplo, no se encontraba entre ellas.
Oslo había resultado ser un lugar extraordinario, cada día se maravillaba con las sorpresas que le brindaba la capital de Noruega. Explorar por los alrededores del edificio universitario se convirtió prontamente en su pasatiempo preferido.
No extrañaría los días en Troms, donde los sargentos solían gritarle y reprenderle; mucho menos a sus compañeros, que buscaban cualquier momento para convertirlo en el blanco de sus bromas. Hiccup agradecía el termino de su Educación Secundaria Superior. El cabello volvía a cubrirle parte de la nuca, y el ligero flequillo comenzaba a crecerle. Aun recordaba con amargura la visión de cabellos castaños esparcidos por el suelo.
Se arrastró pesadamente hacia la mesa más alejada de la entrada. El salón se encontraba medianamente ocupado. Estiró perezosamente los brazos sobre el pupitre, recargando la mejilla en su antebrazo izquierdo.
Las clases en la universidad de Oslo eran fascinantes. Los profesores habían supuesto un reto, cosa que a Hiccup le agradaba, aun si eso significaba desvelarse leyendo libros bajo la luz de una vela.
Iniciaba el segundo mes de clases cuando la incertidumbre se apoderó del país. La pequeña residencia donde se había instalado se encontraba más silenciosa de lo habitual, los pasillos casi desiertos se le antojaron tenebrosos, desolados. Hiccup, guiado por la curiosidad de ver a varios compañeros arremolinados en el centro de la sala, se unió al barbullo, sintiendo en carne propia la ansiedad de los demás.
Daban un pequeño informe. Al parecer un tal Drago Bludvist había dado un discurso, en Alemania. ¿Realmente eso a él qué le importaba?
El comentarista continuó recitando los pormenores, con tono ansioso se dirigió hacia los radioescuchas.
La habitación entera se unió en un jadeo sincronizado. Hiccup estuvo a punto de ahogarse con su propia saliva.
Murmullos de todas direcciones comenzaron a alzarse, ahogando la nota que se sintonizaba en ese momento.
Hiccup perdió la noción del tiempo en ese instante. No fue consciente del momento en que subió a su habitación y tomó la chaqueta caqui que colgaba en la silla del escritorio.
Caminó sin rumbo por la calles de Oslo, ignorando los gestos preocupados de los habitantes. Varias congregaciones comenzaban a instalarse por los alrededores, debatiendo las posibilidades de un futuro incierto.
Estiró la cabeza hacia atrás, recargando el peso sobre la banca. Observó con melancolía las estrellas. Una de las cosas que extrañaba de Berk eran sus vistas. Quizá no eran tan coloridas o alegres como las de la capital, pero los tonos del amanecer siempre le habían cautivado. Hiccup adoraba dibujar las finas líneas del ocaso, experimentando con el carboncillo y los pigmentos.
Preguntó internamente a los Dioses por el porvenir de su país, anhelando que la paz de la que gozaban permaneciera intacta.
•••
El Sargento Rohde se presentó a primera hora del día en las aulas de la Universidad. Hiccup apretó con nerviosismo el puño derecho de su camisa, temiendo por lo que sea que fuera a decir.
Sintió que el corazón se le desbocaba cuando éste lo miró, reconociéndolo.
Impartió una inspiradora plática, ocupando el espacio destinado a la clase. El inicio fue bastante aburrido, contando datos históricos de Noruega y su armada. Hiccup era lo bastante listo para saber las intenciones del militar. Era el mismo procedimiento, el discurso de siempre, las palabras y el tono indicado; él había presenciado innumerables reuniones del ejército.
No esperaba encontrarse con un enorme cargamento militar en el centro del edificio. Soldados y enfermeras (tres, en realidad) se acomodaban en las largas mesas que ocupaban gran parte del área verde. Detrás de éstas, cajas y cargamento eran descargados de los vehículos, acomodándolos de forma ordenada y distribuyéndolos a cada mesa.
Varios sargentos se conglomeraban en el centro, repartiendo instrucciones a los soldados y compartiendo información con las enfermeras.
Hiccup concentró su atención en las hojas sueltas que le fueron entregadas al Sargento Rohde. Una extraña sensación se asentó en la boca de su estómago, tuvo un mal presentimiento.
―El gobierno de Noruega ha entrado en campaña de reclutamiento ―varios alumnos tuvieron que cubrirse los oídos ante la estruendosa voz del militar, Hiccup entre ellos―. El Rey Haakon ha manifestado la preocupación por prevenir al país ante los eventos futuros.
»Por eso, con orgullo y alegría, las fuerzas Noruegas han realizado una serie de sorteos, eligiendo a los próximos soldados que se incorporarán a las filas de defensa.
»Al mencionar su nombre pasen al frente, nuestras compañeras los registrarán y se les hará entrega de sus uniformes.
El ambiente se llenó de expectación, sonrisas orgullosas adornaron los rostros de los estudiantes. Contrariamente, Hiccup hundió los hombros, lanzando un ruego silencioso a Odín.
Escuchó risas detrás de él, observó sobre su hombro en un intento de identificar a quienes se burlaban de él. Un grupo de chicas que miraban atontadas a los primero soldados. Suspiró involuntariamente.
―Hey, Haddock.
Hiccup giró en dirección contraria, encontrándose con uno de sus compañeros. Moe Henrik, un chico alto y rubio que se alojaba en la misma residencia que él.
―Moe ―saludó vagamente.
―¿Qué te parece todo este espectáculo? ―cuestionó al acercarse―. Yo lo considero una tontería. No participaremos en la Guerra.
―Es una medida defensiva ―Hiccup regresó la mirada al campo―. Por si vuelven a hundir nuestros barcos.
―Parece que sabes mucho del tema, ¿eh? ―Moe ocultó ambas manos en los bolsillos de su abrigo―. Sólo espero que mi nombre no se encuentre en esa lista.
Hiccup no pudo estar más de acuerdo con su compañero.
•••
La tarde comenzaba a darle paso a la noche, cubriendo el pequeño barrio con un ligero manto de frío nocturno. La iluminación comenzaba a asomarse entre las ventanas de las viviendas, algunas más resplandecientes que otras.
Hiccup observó con aprensión hacia su cama, detallando en el uniforme perfectamente doblado que reposaba sobre las colchas. Quiso gemir de frustración. Esto no podía estar pasando, no a él.
Caminó en círculos por toda la habitación (que en realidad era muy reducida), preguntándose qué sería de él en adelante.
Algunos compañeros habían pasado a felicitarle, mostrándose incluso envidiosos por la suerte que tenía (Hiccup bien podría refutar eso). Supuso que tarde o temprano tendría que comentarlo con su familia, y aunque él esperaba poder posponerlo, sabía que no sería así.
Bajó las escaleras del edificio desganadamente. Recibió algunos palmoteos por parte de los demás residentes, como si lo felicitaran por realizar una gran hazaña.
Llegó a la pequeña recepción, donde la amable señora Eirny, la inquilina, le brindó una sonrisa afable.
―¿Sucede algo, señor Haddock?
―Nada en realidad ―respondió elevando los hombros―. Llamada a casa.
―Oh, por supuesto. En un momento lo enlazo.
Hiccup agradeció que no le hiciera más preguntas o comentara acerca de su inminente destino. Sinceramente, en esos momentos, lo único que deseaba era golpear su cabeza contra la pared; con un poco de suerte quedaría inconsciente hasta la próxima década.
―Su padre, señor Haddock ―la señora le tendió cortésmente el teléfono, sacándolo de sus pensamientos.
Agradeció con un gesto y tomó el aparato, suspirando antes de acercarlo a su oído y labios.
―Hola, papá…
―¡Hijo! Pero qué alegría escucharte ―Hiccup sintió que se encogía ante el tono alegre y despreocupado de su padre―. Aunque debería regañarte por llamar tan tarde, ¿qué tal va todo por allá?
―Bien, pero-
―¡Me alegra escuchar eso! ¿Ya tienes, novia, eh?
―No, papá.
―Ya llegará, hijo ―bromeó con una risa nada discreta.
―Papá…
―¡Cierto! Casi lo olvido.
―¿Podrías escucharme un momento? ―interrumpió quedamente.
―No puede esperar, hijo ―tras unos segundos, una vez que se aseguró que Hiccup no interrumpiría, prosiguió―. Tu madre me ha encargado decirte algo muy importante.
―¿Y eso es…?
―No te alistes en el ejército ―soltó con tono serio y autoritario, descolocándolo por completo―. Por nada del mundo. Hablo en serio, Hiccup. No lo hagas.
Aunque una parte de él pensó en un muy ingenioso comentario, su cerebro no logró conectar con su boca, haciéndolo boquear ligeramente; con la mente casi desconectada y una nebulosa sensación en sus pensamientos, Hiccup no fue plenamente consciente del ritmo y rumbo que adoptó la conversación.
Mientras miraba distraídamente al techo se permitió remembrar las palabras que su padre le había dedicado, ¿en qué momento pensó que él, Hiccup Haddock, añoraría sumarse a un cuerpo bélico? Quizá su padre había sido golpeado fuertemente en la nuca y comenzaba a creer que su hijo, su único hijo, tenía aspiraciones militares, justo como él; pero Hiccup, desde temprana edad, había manifestado su desagrado por actividades de la milicia y todo lo que conlleva, ¡por eso estudiaba en la Universidad de Oslo!
Hiccup deseó poder estar enojado con su padre, reprocharle su ingreso al ejército (porque, hasta la tarde de ese día, estaba convencido de que él era el responsable de su alistamiento). No esperaba encontrarse con palabras cargadas de ansiedad y preocupación.
•••
Desde el inicio él sabía que sucedería. No es que fuera vidente o predijera el futuro; simplemente lo dedujo, y, para su infortunio, no se equivocó. Los sargentos le exigían el doble en los entrenamientos, en las clases, incluso en las sesiones en las que servía de apoyo; lo que se traducía en que le gritaban el doble, también.
Hiccup tenía habilidades como instructor: hablaba y explicaba con fluidez, demostraba y realizaba los movimientos con soltura, también contaba con paciencia; desafortunadamente Hiccup no poseía mucha musculatura, y su carácter pacífico y tranquilo le hacía blanco fácil de los voluntarios. Chicos de brazos y manos grandes que habían ingresado a las tropas semanas atrás por decisión propia. En más de una ocasión intentaron hacerle trastabillar durante el almuerzo, sin embargo, sus años en Troms le habían adiestrado en el esquivo de burlas y abusos. Él no era grande y fornido, pero poseía reflejos afilados, agilidad y mucha inteligencia.
El sargento Rohde lo vigilaba de cerca, analizando cada movimiento y decisión que tomaba. Hiccup, esforzándose por hacer caso omiso de las miradas, seguía las instrucciones limpiamente, realizaba las rutinas con esfuerzo, y recibía los golpes de los entrenamientos con estoicismo.
El sargento nunca le escuchó quejarse. Al parecer el chico que conoció en Troms había dado paso a un soldado con carácter.
Entrenar con el armamento bélico siempre generaba una expectación inaudita en los soldados, especialmente entre los voluntarios. Se arremolinaban en las mesas del comedor, discutiendo la potencia y velocidad de los disparos, alegando ser los mejores.
Hiccup amaneció desganado ese día; ni el agua helada de la ducha logró hacerle espabilar.
La práctica con armas no había sido su fuerte desde la adolescencia, no podía sostener correctamente el armamento de la academia en Troms; siendo el tiro con arco su única habilidad latente, y él se lo atribuía a las enseñanzas de su madre.
El corazón le martilló con violencia, amenazándolo con provocarle un desvanecimiento a mitad del campo de entrenamiento. La garganta se le antojó reseca y sus movimientos se volvieron torpes y pesados. En algún punto de la explicación Hiccup perdió la noción del tiempo, extraviándose en sus memorias, evocando las enseñanzas de su padre.
El sonido de la pistola al descargarse lo atrajo a la realidad. Varios grupos se habían esparcido en el terreno. No supo en qué momento se formó en la fila, mucho menos cómo fue que él llegó ahí.
―Hey, Haddock ―escuchó que le llamaban.
Blom, compañero de dormitorio, le extendía el casco marrón reglamentario. Hiccup lo tomó de forma ausente, ajustándolo a su cabeza.
―¿Preparado, eh? ―preguntó el rubio.
No obtuvo respuesta, el sonido de disparos y balas impactando no daban espacio para las conversaciones. El avance de los soldados era lento; cada uno recibiendo, personalmente, las instrucciones del sargento.
Hiccup apresó el mango del rifle entre sus manos. Se relamió los labios de forma nerviosa. Acercó el arma a su rostro enfocando con precisión sobre la mira de la pistola. Memorizó cada detalle del panorama. Movió con inquietud los dedos, preparándose para jalar del gatillo.
Una sombra negra se deslizó con una rapidez excepcional, desconcentrándolo. Bajó el arma ligeramente, tratando de entender qué era lo que había pasado.
―¡Hazlo ya, Haddock!
El grito del sargento lo abstrajo de sus pensamientos, observó por el rabillo del ojo la expresión iracunda de su superior. Dedujo que no se había percatado de la extraña sombra que cruzó frente al objetivo. Suspiró. No deseaba una ronda de vueltas extra.
Colocó el rifle a la altura necesaria, concentrando sus sentidos en el blanco. Apretó con más fuerza de la necesaria el mango, los dedos bailando nerviosamente en el gatillo.
No contaba con mucha habilidad para el manejo de instrumentos bélicos, pero le sustituía una increíble precisión de disparo.
Esa era una de las razones principales por las que no deseaba estar ahí, no quería formar parte del grupo de hombres que disparaban un arma sin un propósito verdadero, y, ciertamente, Hiccup esperaba no tener uno nunca.
Apuntó al blanco del objetivo (que no era más que una silueta de madera con un círculo de diferentes niveles, separado en colores, en la cabeza). Sujetó con firmeza el rifle, afirmándose con ambos pies en la superficie rugosa.
Hiccup sintió el pulso disparársele y su cuerpo impulsándose hacia atrás. La fuerza del rifle lo desequilibró, impidiéndole ver la trayectoria del fusil. El estruendo del disparo impactó directamente a su oído izquierdo, obligándole a mirar al suelo. Jadeó pesadamente mientras observaba sus botas con desinterés.
―Nada mal, soldado.
Alzó la vista hacia el objetivo. Una mueca de desconcierto surcó su rostro. Hiccup no solía fallar en el tiro con arco; es más, acertaba en el centro en cada tiro. Estaba seguro de haber enfocado perfectamente el destino de su proyectil. Desabrochó la correa que afirmaba el casco sobre su cabeza en un intento de despejar su mente. ¿La fuerza del disparo lo desequilibró al punto de fallar al centro?
Observó con detenimiento el orificio en la madera. La bala había perforado a la altura de la mejilla. Se disculpó mentalmente con el hombre de madera, lamentando haber deformado su rostro. No le habían servido de consuelo las miradas sorprendidas de sus compañeros, quienes se hallaban anonadados ante la hazaña hecha por Hiccup.
Un movimiento entre los arbustos llamó su atención; consideró extraño que algún soldado se encontrara ahí en esos momentos. Las horas de comer eran casi veneradas por los militares, especialmente la cena.
Se encaminó lentamente hacia los matorrales, tomando una piedra del suelo. Con cautela y sigilo se acercó al lugar de donde provenía el movimiento. Alzó su mano izquierda, preparado para atacar. Un pequeño bulto brincó entre los arbustos. Hiccup, haciendo gala de sus reflejos y habilidades, se abalanzó hacia atrás, cayendo pesadamente en el suelo.
Unos enormes y expresivos ojos le observaron tiernamente. La verde mirada contrastaba con el negro y enredado pelaje. La piel del pequeño gato se adhería a sus huesos. Hiccup sintió una opresión en el pecho, la cual aumentó ante el lastimero maullido que lanzó el felino.
Impulsado por la emoción del momento, tomó al indefenso animal entre sus manos. Casi rozando con sus dedos las costillas del cachorro. Hiccup adivinó que tendría pocos días de haber abierto los ojos, y aún más de haber comido un poco.
Mientras se dirigía hacia su dormitorio previó que se metería en varios problemas por arropar al pequeño escurridizo. Una parte de su mente (la que no se encontraba cansada por el entrenamiento) logró recrear los gritos de los sargentos. Por alguna extraña razón, solían elevar el tono de voz cuando la reprimenda era dirigida a él.
―Vamos, pequeño ―acarició con ternura y cuidado la cabeza del felino, quien se removió agradecido por el gesto―. Hey, no hagas eso.
El dedo índice de Hiccup había sido apresado entre las pequeñas fauces del animal, que, por su estado de casi recién nacido, se hallaban desprovistas de afilados dientes. Aun así se vaticinaba un espíritu juguetón y terco.
―Toothless… ―susurró sonriente―. ¿Qué te parece? ―en respuesta recibió una encantadora y tierna mirada que lo obligó a reír suavemente―. Toothless, será.
Caminando lentamente entre las sombras de la noche, y con el dedo atrapado en el diminuto hocico del gato, Hiccup, por primera vez en varios años, y, específicamente desde que entró al ejército, no se sintió solo.
Hay varias cosas que me gustaría decir de este capítulo, principalmente que me costó algo de trabajo. ¿Cumple con sus expectativas? No lo sé.
De verdad, lo juro, que planeaba hacer los capítulos lineales, pero al final no lo logré. Lo siento, fui débil. Si llegan a tener alguna duda sobre éste, no duden en preguntar.
Razones de la tardanza, tengo varios, los más poderosos son que me entretuve en un punto de la investigación (armas, nombres, uniformes) y algunos detalles más.
Sé que la historia va muy floja y lenta, lo lamento, pero así la concibió mi cabecita.
¿Se imaginan a Hiccup como soldado? Creo que suena un poco descabellado.
Estaré encantada de conocer su opinión.
Recuerden, cualquier error que vean háganmelo saber para que pueda corregirlo inmediatamismo.
Muchas gracias por sus comentarios, y por tomarse la molestia de leer.
Saludos.
