—¿Por qué no trata de descansar, Excelencia? Nada consigue paseándose de un lado a otro por la salita, mirando cada dos por tres por la ventana.
Era la onceava vez que el capataz le dirigía esas palabras, y como todas y cada una de las veces, ella las ignoró por completo.
¿Acostarse? ¿Para dar vueltas y más vueltas en la cama? ¿Tratar de descansar? No mientras su Regina estuviera con vida. Ya tendría tiempo de descansar si regresaban con el cuerpo inerte de su esposa, porque entonces la vida habría acabado para ella. Sin Regina, sin su pícara mirada, sin sus medias sonrisas, sin su mirada dulce… Sin todo eso ella no era nada.
Un escalofrío la sacudió ante la imagen de su esposa tendida en el suelo. Muerta.
No, no podía tener tan macabros pensamientos. Mientras existiera la menor esperanza no debía sucumbir a la desesperación. Durante la hora siguiente a la partida de Neal y los demás trató de no pensar en la conversación que habían mantenido. No quería, no soportaba creer que Jones quisiera matar a su esposa, porque eso solo le llevaba a una conclusión, y le resultaba demasiado siniestro pensar en ello.
Se giró y miró con desconsuelo al pobre capataz, pero casi sonrió al verle sostener con incomodidad el trabuco que el Archie le había dejado.
—Decidme, ¿de verdad sabéis manejar eso?
—Un arma es un arma, señora Emma —repuso indignado el hombre—. No veo qué diferencia hay entre un fusil, y un trabuco.
—Disculpad, No era mi intención ofenderos. Sé de sobra que…
Emma se interrumpió de golpe al escuchar el ruido de caballos por el camino principal. El capataz se levantó del sofá y se dirigió a la ventana. Cuando se giró para mirar a su señora, estaba lívido.
—Soldados franceses, señora Emma —susurró el capataz.
Emma tragó saliva ostentosamente y miró implorante al capataz. Pensó rápidamente sobre su situación, pero esta no era nada halagüeña. ¿Con qué protección contaban? Sin Regina ni Graham, sin Neal ni sus hombres… Estaba sola, porque, ¿cómo se las apañarían, si tan solo contaba con su capataz y el resto de la servidumbre? ¿Sería esta tan fiel como para arriesgar su propia vida para defender a su ama?
No podía ponerles en esa tesitura. No eran más que buenas gentes, campesinos y criados que la única arma que habían manejado alguna vez era un desafilado cuchillo. ¿Cómo hacer que se enfrentaran con un grupo de entrenados y veteranos soldados?
El mayordomo entró precipitadamente en la salita, haciendo que Emma sufriera un ligero sobresalto. Su alta y enjuta figura, con su semblante mortecino, vestido enteramente de negro, le recordó a la imagen misma del ángel de la muerte, el presagio de una catástrofe. Agitó la cabeza de un lado a otro para apartar tan lúgubres pensamientos y fijó sus ojos azules en Marco.
—Excelencia, vienen soldados franceses —anunció, el pánico reflejado en su grave voz—. He mandado bloquear las entradas y… —El hombre pareció vacilar, pero al ver el desencajado rostro de aquella muchacha que había visto crecer, ser armó de valor —. Señora Emma, no dejaremos que entren. Toda la servidumbre está preparada para atacar y…
—No —interrumpió Emma tajantemente—. No permitiré un derramamiento innecesario de sangre. Hiciste bien en obstruir las puertas, eso nos dará algo de tiempo. Pero si consiguen entrar, y ruego a Dios que lo impida, no haréis ninguna tontería. Bajad al sótano y encerraos allí. ¡Ahora! —gritó al ver que el mayordomo se disponía a protestar. Después se giró a mirar a su capataz—.Bajad con ellos, os lo ruego. Ya nada hay que podamos hacer.
—Me ofendéis, mi señora Emma. Y a ellos también —dijo señalando con la barbilla la jorobada figura del mayordomo que se disponía a salir de la salita—. Somos vuestra gente, y os amamos y os respetamos por encima de todas las cosas. ¿Cómo podéis creer, ni por un instante, que nos quedaremos de brazos cruzados viendo cómo se os llevan, Excelencia? ¿Creéis que no sabemos la cantidad de veces que habéis arriesgado vuestra propia vida para enfrentaros con esos bastardos por el pueblo español? No, mi señora Emma. Quedaos a salvo en la salita, que nosotros nos las apañaremos como podamos.
Emma no pudo responderle, pues un nudo de emoción se le había formado en la garganta al ver la lealtad y afecto que le manifestaban aquellas gentes. A través de las lágrimas vio entrar en la salita a la servidumbre entera, cada uno portando a cada cual más disparatada arma. Uno llevaba un cazo, otro un rodillo, otros el palo de una escoba. Miró sus rostros, carentes de miedo, desafiantes, dispuestos a luchar. Estaban demasiado cansados de aguantar los excesos del ejército francés, hartos de sus saqueos y violaciones, hartos de cuatro años de injusticias. Todos les sonrieron afectuosamente, blandiendo su improvisada arma.
—Lucharemos, señora Emma.
Y supo que nada podía hacer. Supo que no había fuerza humana que pudiera detener a unas personas ávidas de justicia, a quienes no les importaba enfrentarse con una fuerza mayor si con ello ganaban un pedacito de gloria. Y supo que a ella misma no le importaba morir, que trataría por todos los medios de que aquella escoria no se hiciera con aquello que su esposa reverenciaba. Ella no caería en sus manos. Se lo debía a ella.
—Lucharemos.
Un grito conjunto aprobó su decisión. De pronto toda la casa fue un ir y venir. El capataz fue quién se encargó de las posiciones de todos y cada uno de los leales miembros de la servidumbre.
Oyeron los golpes de aldaba en la puerta y todos guardaron silencio.
Unos golpes más fuertes interrumpieron sus divagaciones, y miró implorante al capataz que hizo una señal al mayordomo, quién se puso tras la puerta.
—¡Va, va! —gritó Marco enojado, como si le hubieran despertado de su merecido sueño— ¿Quién llama a estas horas de la noche y de esa forma?
—¡Abra la puerta! —ordenó una voz, que todos reconocieron como la del capitán Jones.
—¡Ah, señor! Eso no es posible. Tengo órdenes precisas de la duquesa de no abrir la puerta a nadie.
—Y yo te digo que abras. ¿Acaso osas desobedecer al ejército de Su Majestad?
—Disculpad, señor. No tengo autorización para abriros. Y ahora, con vuestro permiso, buenas noches.
—¡Abre la puta puerta o la echo abajo! —gritó Jones enfurecido.
—Echadla si podéis —dijo a su vez el mayordomo entre dientes.
—D'accord. Enavant!
Todos retrocedieron un par de pasos al ver que la puerta temblaba ante los embistes de los soldados, que trataban por todos los medios de derribarla.
Después de varios intentos frustrados, la puerta dejó de crujir y se hizo el silencio. Todos se miraron con recelo cuando escucharon el sonido de los cascos de los caballos en el pavimento empedrado. Escucharon a los caballos alejarse, y uno fue a mirar por la ventana.
—Dos de ellos se van —susurró.
El capataz se giró para mirar a Emma, interrogante.
—No —dijo ella en un susurro—. No se han dado por vencidos. Tan solo han ido a ver si tienen acceso por la puerta de atrás.
No habían pasado ni cinco minutos cuando la puerta volvió a crujir.
—Señora Emma, baje al sótano, se lo suplico. La Duquesa me matará si algo os pasa —suplicó el capataz.
Pero era demasiado tarde. La puerta cayó y dio paso a la imagen letal de unos soldados enfurecidos. Jones miró a un lado y a otro, hasta que divisó a su presa. Emma corrió hacia la salita y cogió un atizador. Desde allí observó que Evelyn y Marco hacían frente a un asombrado alférez, que retrocedía algo asustado ante la furia de los sirvientes.
Llegó a distinguir hasta siete soldados, puede que incluso más. Y notó cómo le abandonaba el valor. El miedo la paralizó, y lo único que pudo hacer fue blandir el atizador y mirar aterrada la escena. Sus gentes, aquellas humildes personas, se habían convertido en bestias salvajes, dispuestas a todo con tal de protegerla. Les vio luchar encarnizadamente, rogando porque ninguno de ellos saliera herido. Quiso unirse a la lucha, pero el capataz la obligó a retroceder y flanqueó la puerta de la salita con su propio cuerpo. Durante los siguientes minutos se oyeron disparos y golpes, y no pudo dejar de maravillarse al ver que un par de aquellos soldados caían a los pies de sus rabiosos criados.
Pero la rabia no fue suficiente para detener a los soldados, pues estos, una vez repuestos de la inicial sorpresa, acabaron tomando el control de la situación.
Un lastimero sollozo subió a su garganta cuando observó cómo uno a uno sus leales y valientes sirvientes tiraban las improvisadas armas y se rendían. Les vio arrodillarse y mirar al suelo con pesar.
Solo Marco se atrevió a dirigirle una mirada de sincera disculpa.
Sabiendo que no conseguiría nada con seguir allí, abandonó la salita con paso trémulo. Miró a su alrededor, asombrada al descubrir que entre sus gentes no se había producido ninguna baja. Algunos estaban heridos, pero vivos.
Tan solo quedaba en pie el capataz, que desde su izquierda se disponía a disparar a uno de los soldados. Iba a gritarle que se detuviera, que ya todo estaba perdido, pero por el rabillo del ojo vio un movimiento por su derecha.
Jones.
Lanzó un alarido de rabia y, sin pensar siquiera lo que hacía, se abalanzó sobre el hombre. El odio que sentía hacia él le hizo recobrar las fuerzas y golpeó al capitán con el atizador, una y otra vez. Soltó una histérica carcajada cuando vio que había alcanzado su objetivo, pues Jones se había llevado una mano a la cara, donde una herida en la mejilla sangraba sin parar.
Jones la miró atónito, pero reaccionó a tiempo de evitar que Emma le volviera a golpear. Ella había bajado la guardia ante su pequeña victoria, y el hombre le quitó el atizador sin dificultad.
—Trae eso para acá, zorrita. No me he tomado la molestia de matar a tu esposa para nada.
Emma se quedó paralizada por sus palabras, incapaz de creer al hombre. Poco a poco, la realidad de la situación se filtró en su mente, haciendo que su corazón se quebrase en mil pedazos. Las lágrimas se agolparon en sus hermosos azules, y un lastimero sollozo subió a su garganta. Gritó con desesperación cuando sintió los duros brazos del capitán aprisionándola contra su pecho, y creyó desvanecerse al aspirar la fetidez de su aliento. Pero el recuerdo de unos ojos negros como la noche hizo que recobrara el valor. No podía sucumbir a la tentación de desmayarse, pues debía permanecer consciente todo el tiempo posible. Se aferró al recuerdo de la hermosa sonrisa de Regina, aunque creyó no poder soportar el dolor ante su perdida.
Su vida, su amor, todo lo bueno que había en ella se lo había arrebatado aquel malnacido. Y murió. Durante los siguientes segundos, Emma dejó de existir.
Pero su pequeño cuerpo se aferraba a la vida. Ahí estaba su corazón, latiendo desbocado por el dolor y el miedo. Ahí estaban sus manos, apretadas con ira en un puño. Y ahí estaba su cuerpo, retorciéndose de asco ante el contacto del francés.
En un arranque de valentía, Emma alzó la barbilla y le miró desafiante.
Le grito al capataz — ¡Mátame! ¡No dejes que este desgraciado me viole! ¡Mátame, te lo ordeno! Emma rogó para sus adentros que el hombre le obedeciera. Todo estaba perdido, pero con un pocode suerte le arrebataría al francés esa victoria; ella nunca sería suya.
Y escuchó el sonido del disparo. Cerró los ojos, victoriosa, esperando con un ansia febril a sentir cómo la bala la atravesaba y le arrebataba la vida. Pero el dolor no llegó.
Abrió los ojos lentamente y se encontró cara a cara con el sonriente rostro de Jones.
A duras penas se giró para ver qué había ocurrido, y no pudo evitar gritar cuando vio a su capataz tirado en el suelo. Los ojos le escocieron por las lágrimas, pero se juró que no se derrumbaría delante del francés. Lentamente se giró de nuevo para mirar a Jones con una mirada tan asesina que el capitán se echó a reír. Los ojos del hombre brillaban triunfantes, y su rostro mostraba una fea mueca que pretendía ser una sonrisa. Alzó la barbilla y la miró con superioridad.
—Madame Emma —susurró— ¡Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que la tuve entre mis brazos! —Soltó una sonora carcajada cuando el rostro de Emma se crispó por el miedo ante el recuerdo—. Esta vez nada me impedirá hacerte mía.
—Dejadle espacio… Así, que pueda respirar.
—Está respirando, salvo que no lo sabe.
—¿Crees que se ha vuelto loca?
Regina escuchaba las palabras, pero lo único que podía hacer era mirar a esos fríos ojos grises, como si pudiera, por alguna extraña razón que se le escapaba, encontrar en ellos la esperanza perdida. Se aferró a la oculta promesa de salvación que encerraban, a la seguridad y a la protección que brindaban.
¿Se había vuelto loca? ¿Dónde estaba? ¿Por qué necesitaba con urgencia salir corriendo? Pero correr, ¿hacia dónde?
—¡Emma! —gritó de pronto.
—¡Dios mio, ya era hora! —exclamó el Archie.
Regina se incorporó de golpe, pero para hacerlo se tuvo que sujetar al joven que tenía al lado.
—Tranquila, cuñada —le dijo este con afecto—. Te han golpeado bien fuerte. Espero que no te hayan dejado tonta.
Tan solo Yarah se atrevió a reír. No se inmutó cuando Regina la fulminó con la mirada.
—Neal... Emma está en peligro.
—Dejamos al capataz con ella y…
—¡No! —gritó Regina con desolación— ¡Jones no me quería a mí! ¡La quiere a ella! Ha ido a buscarla para llevársela a Francia.
Neal abrió los ojos de golpe, y supo que el rostro aterrado de Regina era fiel reflejo del suyo propio.
—¡Rápido! —gritó Regina—. ¡A los caballos!
Trató de echarse a correr, pero tres pares de manos se lo impidieron.
—Quieta Regina. Tu imprudencia te llevará al suicidio, y muerta no ayudarás a salvar a tu esposa —amonestó la portuguesa.
Regina la miró sin comprender, y se quedó de nuevo paralizada, mirando aturdida los fríos ojos grises.
—Lo que yo he dicho —exclamó Archie—. Se ha quedado tonta. Regina reaccionó y se giró para mirarle.
—¡Vamos, deprisa! Tiene a Emma… Era todo una trampa.
Todos suspiraron aliviados cuando tomaron el camino a Velilla. Todos menos Regina, ya que único pensamiento que ocupaba su mente era llegar cuanto antes al lado de su esposa
—Tranquila. La salvaremos.
Regina levantó la vista que había fijado en el suelo del carro para mirar a Yarah, quien la miraba a su vez compasivamente.
—Gracias, Yarah. Agradezco de corazón todo lo que estás haciendo —Regina pareció titubear antes de añadir—: Yo no pude ayudarte con Jako. ¿Por qué me estás ayudando?
—No seáis tan egocéntrica, Excelencia. No lo hago por vos. Lo único que me preocupa es vuestra esposa.—dijo con aire ensoñador—. Es todo lo que importa.
Regina la miró fijamente, preguntándose por aquello que de pronto había hecho ensombrecer la mirada de la portuguesa, y de dónde venía aquella expresión de incomoda y dolorosa culpa que se había apoderado de su rostro.
Pero dejó de importarle cuando divisó a lo lejos el sendero que conducía a Los White's. Y rogó porque ella estuviera a salvo, porque no le hubieran hecho daño alguno…
Rogó por encontrarla allí.
Pero sobre todo, porque Jones no la hubiera matado.
