Adiós, John.
¡SHERLOCK! - el grito desesperado de John llenó el aire. Pero no pudo hacerlo. No fue suficiente para detener aquel salto. Con el corazón en un puño y la mirada nublada, sin poder reaccionar, John H. Watson contempló cómo Sherlock Holmes, tras despedirse de él, ignorando sus súplicas, se arrojaba al vacío. Con voz trémula, balbuceó su nombre y un segundo después, echó a correr en dirección al lugar donde él había caído. Pero en el camino, una bicicleta le golpeó por detrás y le arrojó al suelo, arrancándole un grito de sorpresa.
Con el rostro empapado en sudor, John se incorporó inmediatamente de la cama, y respirando agitadamente, miró a su alrededor. Dejándose caer pesadamente de nuevo, el médico ahogó un sollozo y cerró los ojos con fuerza, pero le fue imposible volver a conciliar el sueño. Al cabo de una hora, decidió levantarse.
Era un día lluvioso, como si incluso el tiempo quisiera acompañarle en su dolor. En aquel tiempo, John había abandonado Baker Street. No podía soportar vivir allí, no ahora que Sherlock se había ido. Había aguantado un par de semanas después del funeral del detective, pero decidió marcharse finalmente. La sra. Hudson no sabía el motivo. John no había querido revelarle que sufría alucinaciones allí. Que de madrugada se levantaba de la cama al oír una melodía de violín, o que solía escuchar la voz de Sherlock llamándole desde cualquier punto de la casa, a veces con suavidad, otras con impaciencia. Y siempre, siempre acudía... para encontrarse la sala vacía. A la semana de que aquellos incidentes comenzaran, John abrió los ojos sobresaltado al escuchar un grito de ayuda por parte de Sherlock y corrió al salón, pero se tropezó con una caja de las que contenían el laboratorio del detective y se había lesionado la rodilla, lo que le obligó a permanecer otra semana más allí, usando de nuevo un bastón, pero al término de la misma, tenía los nervios destrozados y estaba francamente agotado, pues no era capaz de conciliar el sueño, seguro de que volvería a escuchar la voz de Sherlock, o su violín volvería a sonar.
Además, Greg le había devuelto los objetos personales del detective, su abrigo, manchado de sangre, la ropa que llevaba puesta el día que saltó y su teléfono móvil, con la pantalla rota, aunque aún funcionaba perfectamente. Aquello era todo lo que quedaba del primer y único detective consultor, que había creado el puesto de trabajo para sí mismo. Y John se había aferrado a ello con completa desesperación. Se había mudado a un piso más modesto en un barrio obrero de Thames Blv., y se ganaba la vida como médico de urgencias nocturnas. Durante tres años había logrado esquivar la luz solar, no en vano, pues sabía que la luz artificial iluminaba a las personas de tal forma que no se las reconociera fácilmente, y así podía evitar confundir a un transeúnte cualquiera con Sherlock. La sra. Hudson y Molly Hooper se habían convertido en sus grandes aliadas a la hora de realizar las compras de la casa, aunque por supuesto, Greg también estaba muy pendiente de él a pesar del volumen de trabajo que tenía en Scotland Yard, así como Mycroft Holmes, que prefería mantenerse en la sombra. Entre todos, habían conseguido que John saliese más o menos decentemente adelante y que aceptara recibir terapia psicológica de nuevo.
John había pensado en mil cosas desde que Sherlock saltó de la azotea hasta aquel día. Seguirle era una de las ideas que le habían rondado la mente más de una vez. Intentar rehacer su vida era otra opción, con bastantes más seguidores por parte de los amigos del médico, y un único detractor: él mismo. Cada vez que lo pensaba, sentía que traicionaba la memoria de Sherlock. Greg, por su parte, soportaba aquellas conversaciones estoicamente una y otra vez mientras se lo llevaba a diferentes pubs con la intención de que conociese a alguien, algo que jamás llegó a ocurrir. Otra opción era vivir solo para los restos, y de momento, era la que más le agradaba.
Con un pesado suspiro, John terminó de arreglarse; echó mano de su bastón y cuando iba a salir, su móvil empezó a sonar.
Greg.- saludó él al responder.
Hola, John.- replicó el detective.- ¿Cómo estás?
Estoy bien.- se apresuró a responder con un tono de voz amable, aunque ambos sabían que no era verdad.
¿Seguro? - ante esa pregunta, se sucedió un pesado silencio. Greg sabía que aquel día John necesitaba todo el apoyo del mundo. Aquel día se cumplían tres años de el incidente, y era crítico para su bienestar. De hecho, el año anterior, Greg se había encontrado a John en la morgue; elinspector había ido para llevarle un café a Molly, que estaba hasta arriba de trabajo, pero en un despiste de ésta, John se había colado y, casi en trance, había cogido un bisturí y se lo había acercado a la muñeca, dejando que la hoja fría acariciase su piel e hiciera un leve arañazo. No llegó a más gracias a que Greg se abalanzó sobre él para derribarle y quitarle el instrumento.
Estoy bien.- replicó John al cabo de un rato.- Iba a salir a comprar unas flores y unas semillas.
¿Quieres que te acompañe? - se ofreció el inspector. Al fin y al cabo, había conseguido el día libre precisamente para tener controlado a John y evitar que hiciese alguna locura.
No, yo... necesito hacer esto a solas, Greg... además, a las doce tengo terapia. Pero... podemos quedar luego para comer.- ofreció para no deshechar la invitación del inspector.
De acuerdo.- accedió él.- Ten cuidado.- añadió a modo de despedida antes de colgar.
John abandonó su casa y tras coger un taxi, se dirigió a una floristería y después al cementerio. Allí, resguardado por un paraguas negro que descansaba en su hombro al no contar con más manos libres, John se detuvo ante la lápida negra de Sherlock Holmes en silencio. Durante varios minutos, no pronunció palabra alguna. Todo lo que podía oírse allí era el sonido de la lluvia cayendo sobre los árboles y el paraguas de John.
Bueno... aquí estoy. Otra vez...- comenzó.- Sé que no he venido todo lo que debería, supongo... - de hecho, había pasado tres meses sin ir por allí, algo que le había costado un enorme esfuerzo.- no estoy seguro de si te he decepcionado por ello... o si estás más... bueno... contento... porque la terapia parece que va funcionando. Sé lo que me vas a decir. Que el sentimiento es un defecto químico que se encuentra en el bando perdedor. Ya lo sé. Te he escuchado decir eso durante años... - John ahogó un sollozo y se arrodilló ante la tumba con cierto esfuerzo para colocar un ramo de flores blancas de pie, apoyado en la lápida negra.- Y no sé lo que daría por escucharte otra vez diciendo eso... o cualquier otra cosa. Hoy tengo terapia otra vez... y sé exactamente en qué va a consistir.- explicó mientras sacaba del bolsillo de su chaqueta un sobrecito con semillas y empezaba a excavar pequeños surcos con las manos.- Sé qué va a decirme. Por eso... voy a dejarte flores que deberían durar mucho más que un ramo de floristería...- añadió dejando caer las semillas en los surcos.- Porque no sé cuándo podré volver. Aún así... - la voz de John se quebró al cubrir el último surco.- seguiré viniendo, no voy a renunciar a ti... sé que los milagros pueden cumplirse aunque pasen años... sé que aún puedo pedírtelo...- añadió incorporándose de nuevo.- Por favor... sólo haz una cosa por mí... sólo un milagro, Sherlock, para mí...- suplicó con la voz cargada de angustia.- No... no estés... muerto... sólo eso... por favor... ¿puedes hacerlo...? - preguntó antes de agachar la cabeza y romper a llorar en silencio.
Al cabo de un par de minutos, se obligó, como siempre, a controlarse, y con un pesado suspiro, abandonó el lugar para dirigirse a la clínica donde recibía terapia psicológica privada, costeada entre Greg, Molly, la sra. Hudson y el propio John. Mientras aguardaba en la sala de espera, contempló sus manos, llenas de tierra, y empezó a sacudirse la suciedad como pudo hasta que minutos después, una enfermera salió a buscarle.
John Hamish Watson.- anunció. John alzó la cabeza al oír su nombre y se levantó para acercarse a una enfermera joven, de cabello negro, ondulado pero no muy largo, ojos rasgados y piel morena.
Gracias, Stef.- dijo antes de entrar en la consulta. Aquel lugar no tenía nada de particular. Era un despacho de paredes blancas con varios diplomas que acreditaban la formación del psicólogo que le trataba. John recordaba el primer día que entró allí. Le habían llevado entre todos, casi a rastras, después de que Greg les explicase lo ocurrido en la morgue. La sra. Hudson había dicho que el corazón de John estaba destrozado y que no saldría adelante si no era con ayuda profesional. Y aquel psicólogo, de alguna forma, tenía fama de ser bastante bueno ayudando a las personas en una situación como la de John.
Buenos días, John.- saludó aquel hombre, de unos cuarenta años, con el pelo corto, que ya mostraba las primeras canas, mientras buscaba en un fichero la carpeta con las notas que tenía sobre John.
Buenos días.- replicó John sentándose enfrente de él.
Cuéntame... ¿cómo estás hoy?
Bien.- John clavó la mirada en el psicólogo, que parecía esperarse aquella reacción.
Dime, ¿qué has hecho hoy? Es un día importante, ¿no es así? ¿Has dormido bien?
La verdad es que he vuelto a tener ese sueño.- respondió. Siempre pasaba igual. Siempre que entraba en la consulta, se blindaba automáticamente, y algunas veces, al psicólogo le resultaba sencillamente imposible desmontar la coraza de John. Pero aquel no era un día así. La voz de John había temblado al pronunciar aquellas palabras.
¿Quieres hablar de ello?- preguntó suavemente.
¿Otra vez?
Las que sean necesarias. No has llegado nunca a contármelo todo. Siempre te guardas un detalle u otro. Siempre te contienes, y no mejorarás hasta que lo sueltes todo. Ya sabes cómo funciona esto... todo lo que me digas, quedará entre tú y yo. Si quieres llorar, hazlo. Si necesitas gritar, adelante. Y si necesitas un rato a solas, lo tendrás. Pero tienes que afrontarlo, tarde o temprano, John... antes de que te destruya. Poco a poco, parece que estás reaccionando, pero estás en la cuerda floja y cualquier detalle puede arrastrarte al abismo otra vez.- tras una breve pausa, el psicólogo cambió su voz a un tono más cálido.- Tienes a mucha gente pendiente de ti, John. Sé que has perdido a alguien muy importante en tu vida, pero no era el único. Tus amigos se han volcado contigo, ¿no crees que merecen verte feliz? ¿No crees que tú mereces ser feliz?- tras otra pausa, el psicólogo se acomodó en su asiento.- Cuéntame lo que ocurrió. Desde el principio.