Una prueba injusta

Si bien el primer año de academia Jim y Leonard habían compartido parte de su horario, durante el segundo curso las clases que ambos tenían en común eran menos y, en el segundo semestre, sólo coincidían en dos: "tácticas de combate en medios no terrestres" e "historia y filosofía de la federación II".

Todas las pruebas orales de la asignatura, las que se realizaban a mitad del semestre, podían seguirse en directo ya que el profesor Okaharam sostenía que sus alumnos debían saber enfrentarse no sólo a las preguntas sino también al entorno que les rodeaba. Por ello los horarios de los exámenes de su asignatura se hacían públicos añadiendo al lado de cada hora el alumno que tomaría la prueba.

Al mirar las listas, Leonard vio su nombre al inicio del primer día de exámenes, mientras que Jim estaba puesto en el último turno del último día.

–Qué extraño– gruñó Leonard–. Al estar en comandos avanzados deberías poder tomar el examen de historia de los primeros. Creo que Okaharam se ha equivocado.

–No lo creo Bones, ese tipo me detesta– replicó Jim, no sin una sonrisa.

–Es denobulano, Jim. Es casi una paradoja que él pueda odiar algo.

–Será la excepción de su raza.

–Nadie te detesta, o al menos no tanto como para ponerte su examen después de que hagas los de combate cuerpo a cuerpo.

–Pues parece que Okaharam si lo hace– replicó Jim echando a andar hacia la cafetería.

–Jim, sabes tan bien como yo que los que estáis en comandos hacéis los exámenes físicos los últimos por una razón: soléis salir de ellos más rotos que enteros.

–Tendré que ir con cuidado.

–¡Pero habla con el profesor!

–¿Y que me pille más tirria? Gracias Bones, pero no.

–¿Piensas hacer un examen de historia y filosofía oral después de combatir durante ocho horas? Vas a acabar medio muerto.

–Entonces he tenido suerte– Jim le pasó un brazo por los hombros–. Estoy seguro de que mi mejor amigo podrá remendarme.

–Cielos Jim, a veces eres insufrible.

–Llámalo encanto Kirk.


El último día de exámenes llegó. Leonard sólo tenía dos pruebas y ambas de cirugía en el campo de batalla, por lo que no dudaba en aprobarlas, ventajas de ser un médico licenciado.

Al finalizar el segundo de sus exámenes, y comprobando que aún no eran las dos de la tarde, Leonard compró un bocadillo para el camino y puso rumbo al embarcadero secundario, dedicado en exclusividad a los cursos de los cadetes de la academia, y buscó el muelle en el que aterrizaría el transporte que traería a Jim tras sus exámenes de comandos.

Disfrutaba del último bocado cuando el transporte apareció. Se limpio descuidadamente las manos a los pantalones y se acercó. Jim no tardó en bajar de la nave comentando algo con otros dos cadetes bastante mayores que él. Los tres lucían cortes superficiales y moratones profundos a los que los regeneradores no habían podido llegar sin un exhaustivo tratamiento. En cuando Jim le vio le saludó con la mano, se despidió de sus compañeros con un par de palmadas en la espalda y la promesa de unas cervezas durante el fin de semana, y fue hacia el sureño.

El breve trayecto le valió al médico para descubrir que Jim tenía un traumatismo, en el mejor de los casos, en su rodilla derecha y que una venda se perdía bajo la manga izquierda de su chaqueta.

–¡Bones! No te esperaba aquí. Creía que tenías examen de urgencias en zonas hostiles.

–Sí, pero para algo que se me da bien deja que disfrute de ello– gruñó el moreno con brusquedad, pero tomando con delicadeza el brazo izquierdo de su amigo para examinarlo.

–Entonces, ¿has aprobado?

–Matrícula de honor, o de horror más bien– dijo sin apartar los ojos de la extremidad y frunciendo el ceño–. Jim, ¿tienes el brazo roto?

–Eso parece.

Alzando la mirada del brazo a los ojos de su amigo, Leonard parpadeó.

–¿Qué?

–Está roto, pero es una fractura pequeña– replicó Jim

–¿Pequeña?– siseó el médico–. ¡¿Pequeña?! Pues dime tú que médica te ha atendido para denunciarle y evitar que la gente padezca sus tratamientos, por que a nadie en su sano juicio se le ocurriría vendar una puta rotura.

–En ese caso debes denunciarme a mi– Jim sonrió y señaló con su mano libre el brazo que Leonard aún sostenía con cuidado–. Yo mismo lo vendé– al ver la cara de su amigo contorsionarse en una mueca llena de ira, Jim continuó hablando–. No tenía tiempo para ir al médico Bones, tenía que coger este transporte para llegar al examen de historia.

–No quiero saber más– dijo Leonard–. Ahora vamos, nos da tiempo a pasar por mi despacho, ver el brazo, inmovilizarlo y llegar a tu maldito examen.

Sin dejar que Jim replicase, el médico le arrastró hasta el hospital en donde comprobó que en verdad la rotura no era tan mala como temía. Tras asegurarse que su amigo no tenía otra lesión, el médico le inmovilizó el brazo con una pequeña férula que pasaba desapercibida bajo su ropa.

–Tres días con ella puesta, y tres días lejos de la zona de entrenamiento, ni uno menos.– le advirtió el médico.

–Lo prometo– dijo Jim con inocencia alzando su mano sana–. Gracias por todo Bones, te veré en la cena.

–¿Cómo? Ni se te ocurra pensar que te voy a dejar ir solo al examen de Okaharam. A saber que estupidez te da por hacer.

–¿A mi?– Jim rió–. Te recuerdo que es el profesor el que me detesta.

–Y yo te recuerdo que eres un exagerado. Ahora camina, vamos, antes de que me arrepienta.


Al llegar al edificio de las clases, fueron directamente al aula de Okaharam. Deseándole suerte, Leonard dejó a Jim bajo la tarima, esperando la llegada del denobulano, mientras él se dirigía a la zona de los asientos en los que sólo había una docena de alumnos esperando para ver el último examen. Entre todos el médico reconoció un rostro y se acercó.

–No pensaba encontrarte por aquí, Uhura.

–Uno de mis profesores nos recomendó asistir a los exámenes de acceso libre de Okaharam. Dijo que era una buena oportunidad para estudiar el lenguaje corporal de los estudiantes. Llevo todo el día aquí– hizo un gesto alrededor de su asiento–. Y él– señaló a Jim– es mi último sujeto de observación.

–Pues vaya sujeto– Leonard se sentó junto a ella–. Ha pasado la última media hora mascullando que Okaharam le odia y que es absurdo presentarse a este examen.

–Eso no se puede negar.

Leonard se giró hacia ella.

–¿Qué dices? ¿Por qué iba Okaharam a odiar a Jim?

–A mi se me ocurren cientos de motivos, desde su arrogancia a su supina arrogancia– dijo Uhura.

–Pero…

La réplica de Leonard quedó en el aire pues el profesor entró en el aula. Con su habitual gesto tranquilo, y su media sonrisa, el denobulano llegó hasta la tarima, saludó a Jim con aparente normalidad, y fue hacia su mesa.

–Bien cadete Kirk, en esta urna están, dentro de cuarenta bolas de plástico, todos y cada uno de los treinta temas que hemos dado hasta ahora. Si es tan amable de acercarse, usted mismo sacará la bola con el tema que tendrá que exponer. Recuerde que tras la exposición, si el tema no ha quedado bien explicado, puedo iniciar una serie de preguntas para cerciorarme que el tema ha sido entendido.

–Sí señor.

–Pues venga, acérquese.

Sin excesivos miramientos Jim fue hacia la mesa, sacó una pelota de plástico de la urna y se la tendió al profesor antes de retirarse unos pasos hacia atrás.

–El tema que le ha tocado– Okaharam abrió la esfera y la sonrisa se ensaschó su rostro–. El ataque de los romulanos a la federación en el incidente del 2233.

Desde su asiento Leonard maldijo en voz baja pues el único incidente que había acontecido ese año con los romulanos había sido su encuentro con el USS Kelvin. Uhura cruzó con él una mirada inquieta, y Leonard comprendiendo que de verdad el profesor detestaba a Jim. Pero el rubio no había movido un solo músculo, ni había mostrado gesto alguno que delatase sus sentimientos hasta que el profesor indicó que comenzaba el tiempo de respuesta.

Con voz alta y clara, Jim narró los incidentes previos al ataque, el enfrentamiento entre las naves romulanas y el USS Kelvin, y su trágico desenlace. La exposición de Jim había sido brillante, tanto que se ganó el aplauso de los pocos presentes, entre ellos Uhura que parecía mirar al cadete con una mezcla de incredulidad y respeto.

La exposición, sin embargo, no pareció suficiente para el profesor Okaharam que decidió abrir la ronda de preguntas.

Varias protestas se lazaron en la sala, pero el denebulano las ignoró. Durante un cuarto de hora el profesor ahondó en asuntos que hasta Leonard, con los justos conocimientos en el arte de la guerra, consideraba absurdos. Finalmente, Okaharam pareció darse por vencido y lanzó su última pregunta.

–¿Es su padre realmente un héroe? ¿Cree que su padre habría demorado hasta el último instante posible la evacuación de no ser por que su esposa, su propia madre, y su hijo mayor, su hermano, se encontraban dentro del Kelvin?

El corazón de Leonard se detuvo bajo su pecho durante un eterno latido. Todo su cuerpo se puso en tensión y, sin dudarlo, apoyó sus manos en el asiento para aponerse en pie y poner fin a aquel escarnio público al que Jim estaba siendo sometido de forma injusta y, ante todo, desmedida.

Mas Leonard nunca llegó a levantarse pues Jim habló antes de que pudiera moverse.

–No comprendo la pregunta, profesor Okaharam– dijo el rubio con la misma calma con la que había hablado hasta aquel entonces.

–Si me dice qué es lo que no entiendo tal vez pueda reformulársela.

–No comprendo por qué ha mencionado a mi padre.

–Pues porque era él quien pilotaba el Kelvin en sus últimos minutos.

–Lamento tener que corregirle, profesor Okaharam, pero quien estaba al mando del Kelvin era el capitán George Kirk, el cual supo que su esposa e hijo estaban evacuados tres minutos y cuarenta y ocho segundos antes del colapso de la Kelvin. De hecho, de haberlo querido, podría haberse salvado pues con ese tiempo habría logrado llegar a una nave de evacuación y confiar en que esta se alejase lo suficiente de una posible honda expansiva. Sin embargo eso habría dejado a un ochenta por ciento de las cápsulas de evacuación individuales dentro de la zona de muerte segura, algo que el capitán Kirk no permitió.
Ahora bien, si lo que usted quiere es que yo hable de forma emocional acerca de mi progenitor le ruego que se ponga a la cola de periodistas que día tras día llenan mi comunicador con peticiones para concederles una entrevista.

El rostro de Okaharam perdió la sonrisa, e incluso su piel pareció volverse grisácea. Con un leve asentimiento el profesor habló.

–Su examen ha concluido, cadete Kirk. Su nota es de sobresaliente.

Un chasquido resonó en el aula: Leonard se había levantado de un salto de su silla y caminaba hacia su amigo.

–Vámonos Jim, tiempo de dejar esta mierda atrás– el médico cruzó una mirada, nada amistosa con Okaharam–. Si la misión de un profesor es juzgar el temple, y no los conocimientos, de un alumno: enhorabuena profesor, usted lo ha conseguido, y con creces.

Y tomando a Jim por el brazo sano salió del aula hecho una furia.

–Bones, tranquilo. No tenemos por que ir corriendo. Bones… Ya estamos en los jardines, puedes detenerte… ¡Bones!– el hombre reaccionó y miró a su amigo sin dejar de fruncir el ceño–. Me haces un poco de daño.

Los ojos de Jim se posaron en el agarre que Leonard aún mantenía sobre él. El médico, al darse cuenta de que apretaba el brazo de su amigo con la suficiente fuerza como para causarle un morado, lo soltó de inmediato.

–Mierda Jim, lo siento.

–¿Estás bien?

–Eso debería preguntártelo yo a ti. Mira Jim, siento no haber creído lo que decías de Okaharam, pero hasta hoy…

–No pasa nada Bones, de verdad.

–Sí, sí que pasa. Un idiota sentado tras un escritorio cree que mereces ser humillado en público.

–Oh vamos Okaharam jamás podría humillarme– Jim rió–. Para mi hablar de lo acontecido en el Kelvin es… difícil, pero no puedo dejar de sentirme orgulloso al decir que mi padre no dudó un solo segundo en dar su vida por salvar la de su tripulación, entre la que me encontraba yo mismo y mi familia.

–Jim…

–He encontrado a tipos como Okaharam toda mi vida, Bones, y sé que seguirán apareciendo en mi vida. No voy a cabrearme con ellos, ni a enfadarme, no merecen mi esfuerzo, y mucho menos el tuyo– pasando su brazo sano sobre el hombro de su amigo, Jim le zarandeó–. Y ahora vayamos a nuestro cuarto, me muero por una de tus cenas caseras.

Devolviéndole el gesto, Leonard sonrió.

–Sí, creo que hoy te la has ganado.