CAPÍTULO 5

DECIR ADIOS…

Edward y yo lloramos mientras conversábamos sobre su enfermedad. Aún teníamos esperanzas de que se pudiera combatir el cáncer. Él ya lo había hecho una vez y volvería a batallar.

Aceptó que lo acompañe no sin antes poner un poco de resistencia. Se sentía traicionado por su padre. Pero le insistí en que Carlisle había hecho bien. Yo debía estar al tanto porque soy su compañera, su esposa, la madre de sus hijos. Porque quiero estar con él, en las buenas y en las malas.

A nuestros hijos les dijimos que necesitábamos un viaje juntos. Nessie que ya tenía 14, accedió a quedarse a cargo de sus hermanos bajo la atenta mirada de su tía Rose y la tía Alice.

Estuve allí cuando Edward entró al quirófano. Siempre dándole ánimos y diciéndole que esto pasaría, que pronto acabarían los miedos y nos iríamos a casa a seguir con nuestras vidas al lado de nuestros hijos.

Pero no fue así.

Luego de la operación las cosas cambiaron mucho. Carlisle, quien estuvo presente en la intervención de Edward, no pudo ocultarnos la verdad. No se pudo hacer mucho, el cáncer había avanzado demasiado rápido. Creció y se multiplicó haciendo que el estómago de mi esposo se encuentre prácticamente inservible. No había nada que hacer. Sólo esperar lo inevitable y ser fuertes mientras eso llegara.

—Vamos a hacer como que nada pasara— fue lo primero que dijo Edward. –En tres meses será la fiesta de quince años de Nessie y yo voy a estar con mi hija. Voy a recibirla cuando baje por esas escaleras, vamos a bailar el vals y nos sacaremos hermosas fotografías familiares. Todos felices.

—Edward…— mi voz se quebró. Él me miró como si me estuviera suplicando.

—Por favor papá. No quiero que mi madre…

—No se lo diré. Eso la haría pedazos. Edward aún podemos reiniciar las terapias con…

—Ya no quiero más quimioterapia.

— ¡Pero Edward!— reclamé.

—No quiero volver a pasar por eso. No más. Te perdí aquella vez…

— ¡No me iré a ningún lado!— grite.

—No más quimio. No más medicamentos…

—Eso no lo decides tú— corrigió Carlisle

—Desde hoy hasta siempre, lo decido.

—En algún momento necesitaras morfina— la voz de su padre vaciló. ¿De que estaban hablando? Yo estaba allí entre ambos sin poder creerme nada.

— ¿Morfina?— temblé sólo de pensarlo.

—Para el dolor. En algún momento el dolor va a ser… insoportable.

—Lo sé— contestó mi esposo con coraje.

Poco a poco lo vi decaer. Antes de dormir rezaba mucho, muchísimo. Tenía fe en que mi Edward se recuperaría. En un milagro que llegaría de un momento a otro.

Desesperada fui a buscar consuelo a la iglesia. Me confesé, yo que no creía en dios, ni en nada fuera de este mundo, fui a pedir perdón de mis pecados y a rezar por Edward.

—Hija mía— dijo el padre una tarde. –Vienes muy seguido y sé que tienes fe. Pero así como rezas deberías agradecer lo que el señor te dio.

—Lo agradezco padre. Estoy muy agradecida por todo lo que tengo.

—Una forma de expiar nuestros pecados y debilidades es también ayudar a los demás.

—Ayudo en lo que puedo. Dono ropa, juguetes en navidad…

—No me refiero a dar lo que te sobra Isabella. Eso lo hace todo el mundo.

Entendí lo que quería decirme. Y estaba dispuesta a hacerlo, sin pedir nada a cambio. Porque las buenas acciones no se hacen para obtener el favor divino.

Algunas horas del día, iba al comedor parroquial a ayudar a preparar el menú diario. Servía raciones de comida, ayudaba en el albergue, conseguía donaciones para los huérfanos. Algunas veces me encontraba allí con Esme, ella también era voluntaria.

Los días pasaban y a veces notaba cierta mejoría en Edward, eso me daba esperanzas. Pero otros días su semblante decaído me deprimía. Su trabajo en el taller se redujo. Contrató operarios, él sólo dirigía las obras y estaba en la oficina todo el tiempo.

Rosalie y Alice venían a casa muy seguido, ellas se encargaban de la organización de la fiesta de Nessie.

Dos días antes de los quince años de nuestra hija, Edward recayó. No pudo levantarse de la cama, sus dolores aumentaban día a día, Podía verlo cada noche.

—Creo que es hora de empezar a usar la morfina— me dijo el día de la fiesta. Carlisle le aplicó la primera ampolleta. Y esa noche nuestra hija vio cumplido su sueño. Estábamos juntos… todos. Incluso la familia de Edward. Esme aceptó posar en la foto familiar. Sin embargo Rosalie se rehusó.

.

—Bella, quiero decirte algo— me sorprendió Edward una mañana

—Dime.

—Voy a irme de casa.

— ¿A dónde?— intenté hacerme la fuerte.

—He contactado con una clínica privada.

—En el hospital piden atenderte si quieres…

—No. Allí ya no me aceptan. Dentro de poco no podré ni vestirme, ni siquiera levantarme. Y no quiero que me veas así.

—Pero… En la salud y en la enfermedad ¿recuerdas?— una lágrima se me escapó al recordar nuestra boda.

—Lo sé… pero… quiero irme de casa. No quiero morir aquí.

—No digas eso…

—Debes aceptarlo amor. Me estoy yendo poco a poco. Cada día, cada minuto que pasa.

—No Edward. ¡No!

—Lo siento. Prometí cuidar de ti. Pero ya no tengo fuerzas Bella.

—Por favor llévame. Permíteme ir contigo, cuidarte…

—No. No quiero que me veas morir. Quiero que me recuerdes así como estoy ahora. De pie, siendo yo mismo. No deseo que tus últimos recuerdos conmigo sean al lado de un enfermo que no pude soportar el dolor. Eventualmente enloqueceré, ya casi estoy fuera de mí algunas veces. Por favor…

—No…

—Por favor Bella. Déjame ir. Necesito morir dignamente.

Lloré amargamente aquella noche. Lo abracé y a pesar que se removía mucho, no lo solté. Ya era casi dependiente de la morfina. Sus ojeras se habían acentuado y sus manos temblaban a veces.

Jasper pasó por él al día siguiente. Tomó su pequeña maleta y lo ayudó a subirse al auto. Los niños estaban en la escuela por lo que yo era la única que estaba en casa para decirle adiós. No pudo evitar prometerme que me permitiría verlo al menos los fines de semana, por unos minutos. O que respondería mis llamadas para hablarle y contarle cómo estaban los niños.

Creía fervientemente que lo vería volver, recuperado. Que entraría un día no muy lejano por aquella puerta que él mismo hizo con sus manos.

Pero no fue así. Esa fue la última vez que lo vi. Se despidió con una sonrisa y me besó la frente.

Dos días después, Edward murió.

Me llamaron temprano de la clínica, Rose estaba histérica, lloraba y gritaba como loca. Fui de inmediato, tan sólo estaba a media hora de casa en el camino a Port Ángeles. Esme se había desmayado, aún no reaccionaba. Entré corriendo a comprobar lo peor. Pero Carlisle no me dejó ver su cuerpo.

—Esme vino esta mañana con Rose. Ella creía que Edward estaba recibiendo algún tratamiento no convencional. Pero ya era tarde. Anoche Edward escapó. Llegó hasta la playa, a los acantilados. Lo encontraron de madrugada. Se había atado con una cuerda a un árbol para no saltar.

—Yo no estuve allí— me lamenté

—No habrías podido detenerlo. Bella los dolores en esa etapa son insoportables. He visto mucha gente quitarse la vida. Pero él resistió. Y eso lo agotó.

Debía decirles a los niños, pero me sentía perdida. Como si no fuera cierto, como si no me estuviera pasando a mí sino a otra persona.

— ¡Tú tienes la culpa!— me gritó Rose cuando llegué a la sala de espera.

— ¿Yo?— pregunté sin fuerzas.

— ¡Maldita mujer! Tú lo enfermaste. Siempre te quejabas de todo, haciendo problemas, gritando como loca. Yo te vi varias veces, era una niña pero te vi. Le hiciste la vida miserable a mi hermano. Luego te largaste con ese vagabundo y Edward se deprimió. Ha vivido con vergüenza desde que volviste, todos en la calle le gritaban cornudo. Y fue por ti…

— ¡Lo siento mucho!— grité. – ¡Es mi culpa y lo sé! No tienes que repetírmelo, lo sé. Y nunca lo voy a olvidarlo. Jamás podré sacarme este remordimiento Rose. Jamás. Es la cruz que debo cargar… haber matado poco a poco a la persona que más me amó… y a la que más he amado.

El funeral y el entierro pasaron como un sueño. Todavía creía que en cualquier momento Edward llegaría y me abrazaría diciéndome que todo había sido mentira.

Mis hijos estaban devastados. Nessie no paraba de llorar. Anthony permaneció junto a mí, sosteniendo mi brazo. Y soportando mi peso cuando me desmayé en el cementerio.

Regresé a casa y no sabía qué hacer. ¿Cómo empezar otra vez? ¿Cómo continuar si sentía que ya no estaba entera?

Todavía recordaba el día que me dijo adiós, aquel beso que me dio… su mirada. Él sabía que no volvería. Sabía que se iría rápido. Pero yo no estaba preparada. ¡Nunca lo estaría!

No quiero aceptarlo, no quiero.

Ya no está… y no va a volver.

No sé qué es más doloroso… saber que no voy a verlo más o todo el daño que le hice. Quiero pensar que está en un lugar mejor, donde ya no sufre, donde ya no lo tortura su enfermedad

¡Cómo me gustaría volver el tiempo atrás y haber hecho más por él! ¡Cómo me gustaría no haberme fugado con otro hombre y haberlo lastimado tanto!

Los días pasaron y no podía superarlo porque estas cosas no se superan. Sólo se aceptan pero yo estaba lejos aún de resignarme.

Esme vino a verme y me pidió algunas cosas de su hijo, para recordarlo. Le día algunas fotografías, un par de camisas y adornos que él mismo había tallado en madera.

Pero revisando el maletín que se había llevado al hospital encontré un papel entre sus ropas.

Era una carta. Una carta que Edward había escrito para mí. Las manos me temblaban mientras desenvolvía aquel papel.

Querida Bella:

Si estás leyendo esto es porque ya no estoy contigo… físicamente. Y a pesar que no puedas verme, yo aún estoy aquí. Tú eres mi vida Bella. Te he amado desde que te vi, hace años, el primer día de clases. Y estoy seguro que el amor puede traspasar cualquier barrera, incluso la muerte. Por eso te digo con seguridad que yo te amo. Y siempre lo haré.

No te atormentes más por errores del pasado. Deja de pensar que tienes alguna culpa por lo que nos pasó. Libérate de eso mi amor, yo no te culpo. Tuviste una debilidad y eso te hace humana, no un monstruo. No dejes que nadie te haga pensar lo contrario, no necesitas la aprobación del mundo. Eres fuerte y por eso te amo.

Me quedaré contigo el tiempo que haga falta, no podrás verme pero estaré allí, a tu lado. Cuidándote como lo prometí. Quizás no puedas escuchar mi voz, ni tocarme o abrazarme pero puedes cerrar los ojos y recordar nuestra vida juntos. El primer beso que nos dimos, aquella vez que te declaré mi amor en la playa, nuestra primera vez… los hermosos hijos que el cielo nos envió. Cada recuerdo es precioso y nuestro.

No sé qué hay más allá de la muerte y no tengo miedo porque no me iré, te esperaré sin importar cuanto tardes.

No llores mi Bella, quiero ver tu sonrisa, tus mejillas coloreadas. Vive por mí. Vive para mí. Y yo prometo esperarte siempre.

Te ama eternamente.

Edward.

.

.

.

Han pasado cuarenta largos años desde que Edward se fue y todavía lo extraño. Mis hijos crecieron, me hicieron abuela y algunos de mis nietos ya tienen sus propios hijos. Mis suegros fallecieron hace mucho, al igual que mis padres. Incluso Rosalie, le dio un aneurisma cuando aún no llegaba a los cuarenta.

Yo sigo viviendo en la casa que una vez fue de mi padre y que Edward agrandó. Ahora todo es distinto. Las cosas han cambiado mucho, yo trato de no quedarme en el pasado, mis nietos ayudan en eso. Vivo con Elizabeth, mi bisnieta. Tiene 18 años y se empeña en enseñarme a usar la computadora. Yo le digo que no la necesito pero acabo cediendo para distraerme.

Tengo artritis, el cuerpo me duele sin motivo aparente, uno de mis riñones no funciona bien y espero con ansias el día que deje este mundo. No tengo miedo a morir porque sé que al cerrar los ojos podré verlo. Mi Edward.

Ha sido difícil su ausencia, no soy vidente y no sé si él esté rondándome. Mentiría si dijera que he sentido su presencia. Si él está por aquí, es muy discreto porque solo lo he visto en mis sueños.

Pero en este tiempo no he intentado olvidarlo, Edward es el amor de mi vida, lo sigue siendo. No me he vuelto a casar, ni siquiera he tenido más novios. Quedé viuda a los 33 años pero no me interesó rehacer mi vida amorosa. Sabía que nadie podría ocupar el lugar de mi esposo fallecido así que me enfoqué en sacar adelante a mis hijos, darles la educación que su padre quería y hacer de ellos unos jóvenes profesionales

Decidí vivir para los demás y de paso expiar mis culpas, me unía las voluntarias de la parroquia. He viajado a muchos lugares llevando alimentos, ropa y esperanzas. Lo hice hasta que ya no pude ir más. Me caí el año pasado, me rompí la cadera por eso debo permanecer en Forks y seguir con mi labor más tranquila.

Nunca más volví a ver a Jacob ni a su pandilla. Tampoco tuve noticias de ellos, quizás porque ni siquiera supe sus nombres verdaderos.

La vida siguió… yo seguí adelante. Tenía tres hermosos motivos para continuar y desde los ojos de mis hijos, Edward me miraba. Sonreía cuando Anthony hacía los mismos gestos de su padre, suspiraba al ver los ojos verdes de Nessie o aquel lunar en la espalda de Ángela. Cada uno de mis retoños tenía una parte de él, eso me sirvió para darme fuerzas.

Durante varios años luego de la muerte de mi marido, su familia, los Cullen, me ignoraron. Jamás me invitaron a ninguna reunión, evento, cumpleaños, boda, bautismo. Incluso a las conmemoraciones por el aniversario de la muerte de Edward. Las tarjetas llegaban a nombre de Nessie, Anthony o Ángela. Pero mis hijos las despreciaban todas. Muchas veces los animé a ir al cumpleaños de tal o cual primo. Y nunca quisieron.

A los únicos Cullen que frecuentaba era a la familia de Jasper. Alice es hasta ahora mi mejor amiga. Sus hijos siempre fueron respetuosos, sus nietos y los míos se llevan de maravilla. Esme y Rosalie evitaban ir a las reuniones en casa de Jasper y Alice para no encontrarse conmigo. Carlisle por el contrario asistía y teníamos largas charlas.

Estoy tan cansada, no sé cuánto tiempo más deba seguir en este mundo, yo espero que no sea mucho. Ahora que ya no le hago falta a nadie quiero irme con él. Es difícil soportar el peso de los años y de las culpas. Pero ya no siento dolor por eso, tal vez un poco de vergüenza. Muchos de mis bisnietos ni siquiera saben que su nana un día fue joven, se equivocó, engañó a su marido y él fue por ella a rescatarla.

Pocos recuerdan el maravilloso ser que fue Edward. Yo confío en su palabra, lo veré pronto. Lo sé.

F I N


Esta historia es real, por ello no he querido cambiarle el final. Quise mantenerla tal cual, como un tributo a mi querido tío Pedro, una persona extraordinaria que tuve el honor de conocer. Yo sé que él aun la espera y que pronto volverán a estar juntos. Confío.

Gracias por leer

PATITO