PROMETHEUS
III
—Ahí.
Dolly señaló una pared, enorme, a la que Millicent se acercó sin protestar. Desplegó el cartel –enorme, rojizo, con una de las mejores fotos de Scarlet.
Me gustaba escuchar la 40 de Mozart.
Dolly pasó una escoba llena de potingue por encima del cartel, fijándolo. Millicent suponía que era su forma de despedirla. No había habido lágrimas ni protestas. Simplemente… un asentimiento. Una aceptación.
Sabía que no debería estar allí. Que debería estar buscando al tipo ese, tal y como estarían haciendo Weasley y McLaggen en alguna parte del país. Siguiendo su pista. Rellenando más y más sospechosos en su libretita.
—Me han llamado esta mañana —dijo de pronto Dolly, colocando un segundo cartel—. Para una fiesta. Necesitan varias chicas, así que… si queréis. Pagan bien.
Layla, que era la que sujetaba el cubo de mejunje, se encogió de hombros.
—Por mí bien. Las fiestas siempre están bien.
—¿Y tú, Millicent?
—Paso.
Las fiestas estaban bien, por supuesto. Y suena tentador, teniendo en cuenta que lleva trabajando todo el mes sin un simple día libre. Pero cada minuto que pase allí será un minuto menos en el que podrá buscar a Jack.
Porque, para ser sinceros, ¿cuántas probabilidades había de que estuviera allí? Era un hombre que trabajaba en lugares silenciosos, ocultos. Cuando nadie miraba. Elegía a sus víctimas y contactaba con ellas.
—Venga ya. Vas a ganar mucho más que en toda una noche. Y será seguro —insistió Dolly reemprendiendo la marcha.
El problema era que no consistía en ganar o dejar de ganar. Consistía en contactar con el máximo número de hombres en el mínimo tiempo. Y tacharlos de su lista.
Quizá, se dijo, quizá el problema no era que no había tenido suerte. Quizá Millicent no encajaba en el ideal de belleza. Que no quería coleccionarla.
Otra vez.
Casi podía ver los ojos divertidos de Pansy mientras se metía con ella durante sus años de escuela. Pansy siempre había necesitado apoyarse en la miseria de otra persona para ser feliz.
Quién diría que la guerra las acabaría haciendo tan cercanas.
—Venga, mujer, vente. Te lo pasarás bien.
—Habrá bebidas gratis —insistió Dolly.
Millicent suspiró. De verdad le apetecía emborracharse hasta perder el sentido y perder un poco de vista todo lo que había pasado.
—Vale. Me rindo. Iré.
Millicent se dejó vestir para la ocasión. Un vestido rojo pasión de una tela rara y fea. Tenía la impresión de que se había puesto una sábana alrededor de sus caderas.
—Guapísima. Recuerda, te llamas Mélisande. Pronúncialo con elegancia, como si fueras francesa. Seguro que les pone muchísimo.
Gruñó.
Dolly sonrió.
—Sí, sé que no es tu estilo, pero te sienta bien —dijo Layla abrochándoselo.
—Voy a llamar al taxi. Asegúrate de que esté lista, ¿eh?
Las fiestas muggles eran horribles, decidió Millicent mientras se adentraban en él.
En primer lugar, el local estaba lleno hasta arriba. En segundo, había unas luces parpadeantes que la mareaban. Y, en tercero, la música era horrible y estaba demasiado alta.
—No tenemos que hacer mucho —explicó Dolly—. Es una reunión de negocios. Solo quieren que nos coloquemos junto a ellos y les hagamos carantoñas. Quizá alguna tengamos que subir arriba para terminar… algún negocio —añadió levantando las cejas de manera sugerente—. Eso lo pagan a parte, claro.
—¿De verdad es tan joven como parece? —le preguntó en voz baja a Layla. Solo recibió una sonrisa de medio lado como respuesta.
Siguieron a Dolly, que se abría paso entre algunos muggles que bailaban como si hubiesen sido objetivo de un hechizo de piernas gelatina.
—Son esos de allí —dijo señalando.
—Oh, Merlín, no —susurró agachándose y ocultándose entre la multitud.
—¡Millicent! —Dolly se acercó ella con expresión preocupada—. ¿Qué haces?
—No puedo salir ahí —susurró asomándose un poco. Sentados en una especia de reservado había cinco hombres. Y, uno de ellos, era Macmillan. Estaba raro, vistiendo una especie de traje muggle, pero era él.
—Venga, mujer. No me digas que tienes pánico escénico.
Millicent negó con la cabeza, deseando no estar allí. No tener que estar agachada. Y, sobre todo, no tener que llevar una sábana horrorosa alrededor de su cuerpo.
—No. Es que lo conozco.
Dolly y Layla se asomaron sin ningún tipo de vergüenza.
—¿A cuál?
—¿De qué?
—Al rubio —susurró—. Del colegio. No puede verme aquí. Merlín, no puede verme así.
—Vale, no te preocupes. Si quieres… puedes marcharte, sin más. —Layla apoyó su mano sobre su hombro y sonrió—. A todas nos ha pasado alguna vez.
—Te cubriremos.
Millicent las miró sin saber qué decir. Sabía que había sido una mala idea. La peor de las ideas. Tendría que haberse quedado patrullando la ciudad con el volumen del móvil bien alto.
—Gracias —susurró al fin.
Sabía que Macmillan la reconocería en el acto. Y podría ser peligroso. Él sabía a lo que se dedicaba de verdad. La miraría raro y se le escaparía alguna cosa.
Y al cabo de un par de días su coartada se vería puesta por tierra.
Lo cual, la verdad, tampoco era malo. No del todo, por supuesto. Le daría tiempo a ir a la boda de Pansy. Y podría emborracharse con sus amigos, en lugar de en un local muggle.
Se escabulló exactamente por dónde había entrado. Sin mirar atrás.
Fuera hacía frío.
Echó un último vistazo al edificio –un garito de moda, según le había dicho Dolly. A su alrededor había una cola larga de gente vestida con sus mejores –o peores, según se viera- galas. La puerta se abrió y Millicent notó como todo se helaba a su alrededor.
No, no podía ser.
No podía haberla visto. Había reaccionado muy rápido.
—Sabía que te había visto.
Millicent miró a su alrededor, sintiéndose muy nerviosa. Con traje y el pelo repeinado, a Millicent le recordó un poco a Draco. Pero un poco más guapo, un poco menos mandón y, desde luego, menos canijo.
—Ernest Macmillan —saludó apretando el chal alrededor de sus hombros.
—Qué lugar tan… inesperado para encontrarte. Millicent Bulstrode.
Se encogió de hombros, inclinando ligeramente la cabeza. Intentando evitar mirarle a los ojos.
—Creo que nunca te había visto con algo que no fuera tu uniforme de auror. Te favorece.
Millicent gruñó.
—Y… em… ¿Cómo tú por aquí?
Palideció.
—Asuntos del Ministerio, ¿qué haces tú? —Sonó mucho más brusca de lo que hubiese deseado.
—Ya te lo conté: estamos intentando expandir nuestro mercado.
—¿Otra vez lo de los quesos?
Macmillan rio.
—Evidentemente no los has probado. No son los quesos. Es El Queso. —Dio un par de pasos al frente y Millicent tuvo que contenerse para no alejarse—. Si no te estabas retirando a casa, podrías unírtenos… Tenemos un reservado.
Arrugó el ceño. El muy idiota parecía sincero en su deseo de invitarla a entrar.
—Tengo cosas que hacer, lo siento —susurró—. Supongo que nos veremos otro día por ahí. Y eso.
Macmillan tomó aire antes de dar un paso más hacia ella. Como si estuviera buscando las palabras adecuadas.
—Quizá podría mandarte una lechuza cuando cerremos el trato. Podríamos tomar una copa para celebrarlo.
Sonrió. Millicent apartó la mirada, un poco incómoda, y se encogió de hombros.
—Supongo. No quiero ser borde pero tengo que irme. Es que estoy… em, trabajando.
—Claro. No te preocupes… Te mandaré una lechuza.
Parecía decepcionado.
Millicent se frotó las manos. En la otra habitación sonaba el ruido de agua.
Estaba nerviosa.
Siempre estaba nerviosa. De verdad esperaba no acostumbrarse nunca a ello.
—Pues es la primera vez que llamo a una cosa de estas —dijo el hombre desde el baño. Apretó la mano alrededor de la copa con el Veritaserum que debía darle—. Yo no necesito estas cosas para ligar. ¿Sabes?
Siempre había ese momento de tensión. ¿Se lo tomará? ¿No se lo tomará? Hacérselo tomar por la fuerza no era divertido. Nada divertido.
—A tu salud, Mélisande.
Millicent se aseguró de que su expresión no mudara. Mientras tomaba el trago. Esperó pacientemente, hasta que la última gota desapareció entre sus labios.
—Ahora, zorrita, vamos a lo nuestro.
—A sus órdenes: Incarcerous.
—¿Eres un mago?
—No.
Suspiró.
—Por casualidad, ¿no se te conocerá como Jack el Mutilador?
Cerró la puerta tras de sí. Estaba nerviosa. Muy nerviosa.
Desde el principio había sabido que le tomaría tiempo. Mucho tiempo. Pero, cuanto más cerca estaba la fecha de la boda de Pansy… más deseaba poder asistir.
Jodido Jack el mutilador y jodida su manía de no aparecer.
—No te vas a creer lo que ha pasado —dijo Dolly.
Estaban sentadas en el salón de la casa de Layla, tomando el té.
—¿El qué?
—¿Te acuerdas de lo de la otra noche? ¿De la fiesta esa de la que huiste?
Millicent arqueó una ceja, no tenía muy claro si quería escuchar lo que fuera que había pasado.
—Cómo olvidarlo.
Esa noche había tachado cuatro nombres. Si se hubiese quedado con ellas, aparte de tener una situación realmente incómoda entre manos, no habría avanzado.
—Bueno, pues verás…
—Chicas —la interrumpió Layla entrando en la habitación con el teléfono inalámbrico apoyado en el hombro—. Tengo en línea a un cliente, pero había quedado antes con otro. ¿Alguna de vosotras tiene ganas?
—A mí me viene bien —respondió inmediatamente Millicent. Su teléfono había estado callado toda la mañana. Había días en los que no sonaba y siempre tenía la sensación de que perdía el tiempo.
—Vale. Genial. —Layla volvió a la cocina—. Es a las cinco, en un hotel de aquí cerca.
Dolly le agarró la mano.
—Me llamó uno de los hombres de negocios, ¿vale? —Hizo una pausa. Millicent no sabía muy bien a dónde quería ir. O, quizá, sí que lo sabía y le acojonaba oírlo—. Y me preguntó por ti. Por Millicent. ¡No me dijiste que hubieses hablado con él!
Maldijo en voz baja. Había esperado que no atara cabos. Iba a tener la tapadera más destapada de la historia del cuerpo.
—Macmillan, ¿verdad?
—¿Sabías que es escocés? Bueno, supongo que tiene lógica si estudiasteis juntos —parloteó acercándose un poco más—. Habéis quedado. Para tomar una copa.
Suspiró. Normalmente habría corrido a pedir consejo a Pansy. Ella siempre tenía un truco para todo. Y sabía entender a las personas… más o menos.
—Pero… ¿te sonó como si fuera…? Bueno, ya sabes…
Dolly rio en voz baja.
—¿Una cita? Me temo que estamos ante la nueva Pretty Woman.
—¿Qué?
—Ya sabes. Chico rico. Chica puta. Un romance de por medio…
Millicent puso mala cara.
Las citas siempre se le habían dado mal a Millicent.
Había tenido varios novios desde que ingresó en la Academia de Aurores. Pero siempre… Bueno. Siempre se acababa torciendo de una manera u otra.
—Chorradas. A Macmillan no le intereso. Solo está intentando ser amable.
Seguro.
—Bueno. Habéis quedado en una cafetería del centro. A las siete. Yo creo que si te das prisa con el primero te dará tiempo.
—No pienso ir —decidió recostándose contra el sofá.
Dolly la miró con cierta sorpresa antes de encogerse de hombros.
—Nadie te está apuntando con una pistola, Millicent.
Millicent miró el reloj que estaba por encima de la barra del mar y suspiró. Las cinco y media. Si se retrasaba aunque fuera cinco minutos más se iría. Aunque no tuviera nada que hacer.
Una tenía su amor propio.
Oh. Espera. No. Ese era su trabajo. Esperar hasta que apareciera. Esperar hasta que pudiese subirlo a la habitación para asegurarse de que no era un mago loco despedazando señoritas.
Se pidió otra copa.
No apareció hasta las seis menos cuarto. Era un hombre pequeño en comparación a Millicent, con los hombros caídos y barba de varios días.
—Soy Bram —saludó sentándose a su lado—. Disculpa el retraso… mi madre se puso imposible.
Millicent puso los ojos.
—¿Subimos a la habitación?
El hombrecillo se ruborizó y bajó un poco la mirada.
—Bueno… si no te importa, preferiría tomarme una copa y hablar contigo un rato. Ya sabes, para romper el hielo.
Genial.
Uno de esos.
Ha pasado una hora.
Realmente Millicent no planea ir a ver a Macmillan. Está trabajando, tiene cosas más importantes que hacer. Pero que Bram no pare de hablar… Ella no se dedica a eso. No quiere escuchar sus balbuceos y sus intentos de coqueteos. Solo quiere subir arriba, asegurarse de que no es el carnicero y buscar al siguiente.
—Cariño. Cobro por horas.
Él palidece.
No es que Millicent vaya a cobrarle de verdad. Pero suele tener un buen efecto para que las cosas vayan más rápido.
Bram termina su copa de un trago. La copa que ha estado alargando más de lo normal.
Cierra la puerta tras de sí. Como había supuesto, Bram era exactamente lo que parecía: un hombrecillo lastimero que vivía con su madre.
Un muggle más.
Mira el reloj. Es tarde, muy tarde.
Ya no llega a su cita con Macmillan. Qué lástima.
Se detiene. No quiere tener que escucharle que no se presentó. Podrá decir que es un impaciente. O que estaba trabajando.
Sonríe.
Por supuesto, no se esperaba que estuviera esperándola cuando llegó.
—¿Macmillan? —preguntó. Le llamó.
Él da un salto sobre su asiento y gira la cabeza. Estaba despeinado, con un conjunto muggle muy poco acertado.
—¡Millicent! ¡No creía que fueras a aparecer!
Lo dijo con alegría, tanta que hizo que Millicent se planteara darse la vuelta y volver a casa de Layla.
—Nadie lleva camisas hawaianas —dijo, casi por decir algo—. Solo las llevan los turistas obesos norteamericanos.
—Bah. Siéntate, anda. —Macmillan señaló la silla que se encontraba frente a él.
Obedeció. Casi más porque aquel registro no le pegaba en absoluto que porque le apeteciera tomarse nada con él.
—¿Cómo averiguaste que tenías que contactar con Dolly? —le preguntó a bocajarro, sin pensárselo ni un instante.
—Bueno, te mandé una lechuza. O lo intenté, porque la pobre salió a dar vueltas alrededor de mi casa hasta que se cansó —explicó con simplicidad, haciéndole un gesto a la camarera—. Luego fui a hablar con Harry –Harry Potter, por supuesto- y me dijo que estabas trabajando en algo gordo y que no podía darme tu paradero.
»Lo demás fue sumar dos y dos.
Millicent pidió una taza de té y una bandeja de pastas para acompañar.
—Le pedí a mi contacto muggle el número de una de las meretrices y…
—¿Meretrices, Macmillan? ¿En qué siglo vives? —le cortó con sorna. Él se ruborizó un poco y se encogió de hombros. +
—Bueno, ya te haces una idea.
—¿Y no se te ocurrió que, si estaba trabajando en algo tan… gordo era mejor no insistir en contactarme?
Macmillan se encogió de hombros.
—Bueno. La verdad es que…
—¿Qué? —le cortó.
La camarera dejó sobre la mesa lo que había pedido.
—Si no me dejas hablar —dijo robando una de las pastas— no te enterarás.
Esta vez no dijo nada. Se quedó mirándolo, mientras tomaba su té. Demostrando que era capaz de mantenerse en silencio.
Pero Macmillan no parecía muy dispuesto a hablar.
—Oye, Macmillan…
—Puedes llamarme Ernie. Todo el mundo me llama así: el señor Macmillan es mi abuelo. Y Ernest mi padre.
—Ernie…
No terminó la frase. Su teléfono empezó a sonar.
—Disculpa —murmuró levantándose.
—Tengo que irme —le anunció guardándose el móvil en el bolso—. Lo siento.
—¿Qué? ¿Por qué?
Dejó un billete sobre la mesa. Sabía que estaba dejando una propina muy generosa, pero no tenía ganas de ponerse a contar. El dinero muggle siempre se le había dado fatal.
Macmillan se levantó detrás de ella, sin insistir en pagar él la cuenta. Casi podía oír a Pansy preguntándole qué clase de hombre aceptaba que una mujer pagara la cuenta.
—Tengo que trabajar —explicó saliendo a la calle.
—¿Ahora? ¿No puedes decirles que luego?
Millicent se detuvo y le miró.
—Mira, Ernie, entiendo que tú seas tu propio jefe. Que puedas dedicarte a vender… El Queso y todo eso. Pero yo trabajo en algo importante. Si yo me tomo un día libre… hay gente que se muere.
Aprovechó el golpe para continuar su camino. Macmillan no tardó demasiado en alcanzarla.
—¿Vas a tardar mucho?
—¿Qué pretendes?
Se mordió el labio, parecía nervioso.
Millicent había tratado con suficientes interrogatorios como para saber que estaba ocultándole algo. Era el gesto de sus cejas, sus labios ligeramente apretados. Los ojos.
—¿Puedo ir contigo?
—¿Estás de coña?
Resultó que Macmillan no estaba de coña.
Cuando Millicent subió a la habitación en la que habían quedado –en un hotel cutre, medio vacío y olvidado-, él se quedó en el bar. Tenía una expresión rara y algo le decía a Millicent que no había sido una buena idea.
Pero se había puesto tan pesado que, al final, había accedido.
Llamó a la puerta.
—¡Está abierta! —le llegó desde dentro.
Millicent suspiró, agarró bien su bolso y dio un paso hacia dentro.
Antes de que pudiera si quiera parpadear, todo se volvió negro.
Notó una mano golpeando suavemente su mejilla. Era una mano áspera, como de alguien que trabajaba con ellas.
Entreabrió los ojos, algo confusa.
Estaba en la habitación del hotel, creía. El techo era amarillento y, tapándole gran parte de la visión, había un hombre.
Lo había visto en alguna parte, aunque no sabía exactamente dónde.
Tenía el cabello oscuro, pegado al cráneo, una sonrisa bonita y unos ojos muy inteligentes. No parecía un muggle. No cuando llevaba una túnica y una varita entre los dedos.
—Ey —saludó con una voz sorprendentemente tierna. Una voz que hizo a Millicent retorcerse e intentar alejarse.
Solo para descubrir que tenía las manos y las piernas atadas a la cama.
—Suéltame —ordenó buscando sus bolso con la mirada.
Dentro tenía su varita. Y la poción para hacerle decir la verdad. Se preguntó si lo habría abierto.
Si ella estuviera en su pellejo hubiese sido lo primero.
—Todavía no —murmuró pasando su mano por uno de sus brazos.
Si Millicent hubiese estado suelta le habría roto el brazo. Sin parpadear.
—En cuanto te vi lo supe. Tienes algo… Me vienes bien para completarla.
Oh.
¿Eso era una especie de confesión?
Tiró con fuerza de las ligaduras de sus muñecas.
—Tranquila, tranquila. No te dolerá. Será… raro. Pero morirás. Así que.
Se encogió de hombros mientras se giraba.
—Te daré un analgésico —dijo cogiendo un vaso y vertiendo un líquido azul oscuro—. Si no te lo bebes por las buenas, te juro que lo haré sin él.
Millicent clavó sus ojos oscuros en él.
—Estás loco.
—Algunos dirían que soy un genio, ¿sabes? Ahora, putita, sé buena y abre la boca.
Tenía que elegir.
Podía obedecerle y esperar que algo extraño e imposible ocurriera. Medio grogui, calculaba que tendría prácticamente ninguna posibilidad. Podía luchar y sufrir. Desear que se distrajera lo suficiente para poder librarse y tener aún fuerzas suficientes como para librarse.
O podía decirle quién era. Seguro que se asustaría.
Quizá dudaba. Y sus dudas podrían representar su salvación.
Y entonces se acordó de él.
—Fuiste a Ravenclaw —le soltó sin pensárselo dos veces. Él se quedó ahí muy quieto, con los ojos clavados en ella—. Eras más mayor. ¿Del 78?
—¿Quién coño eres?
—Mira. Estás enfermo. —No. No estaba encarándolo bien. Pero, joder, estaba nerviosa. No estaba acostumbrada a despertarse atada a una cama con un psicópata—. No cruces está línea: no eran más que muggles, ¿verdad? Es como matar animalitos. Pero yo soy una bruja. Si… si me haces cualquier cosa, te meterás en problemas.
—Si te descuartizo nadie sabrás si eras una bruja o no. A fin de cuentas, cuando solo somos carne nadie nos puede diferenciar.
Dio un par de pasos hacia ella y se inclinó, apoyándose sobre el colchón de la cama. Millicent intentó apartarse todo lo posible.
—No saldrás aquí con vida. Hay una escuadra de aurores esperándote abajo —le explicó con simplicidad—. Sí, exacto. Aurores. Has noqueado y atado a una auror. Te juro que no presentaré cargos si me sueltas ahora. Como mucho acabarás en San Mungo…
Él sonrió. Era una sonrisa triste, casi cansada. Como si lo supiera todo. Que Macmillan estaba abajo tomándose un whisky. Que ella estaba sola. Que nadie de la oficina sabía dónde está.
—No te preocupes. Intentaré ser rápido.
Dejó el vaso encima de la mesilla de noche.
Millicent tragó saliva. Intentó concentrarse en su mano. Mover su magia hacia allí. Ni que supiera demasiado sobre teoría mágica.
Un poco de magia sin varita. Solo necesitaba eso. Que su varita volara hasta su mano. Dudaba mucho que aquel hombre fuera capaz de hacerle frente en un uno contra uno.
Él levantó la varita por encima de su cabeza. Ella se quedó muy quieta, asustada. Deberían aprender escapismo en la Academia. Sería muy útil.
—Rent…
«Toc, toc».
—Como abras la boca…
Millicent jadeó, incrédula de su propia suerte. Él había bajado la varita y se había acercado a la puerta con expresión sospechosa.
Ella sabía que no sería Macmillan. No tendría tanta suerte.
Abrió la puerta un poco. Desde donde estaba no podía ver nada, solo oír. El tío había escogido una buena habitación para hacer lo que se proponía.
—¿Sí?
—Em… verá, disculpe que le moleste. Quizá esto es un poco inoportuno, pero… —Millicent no se lo creía. Era ÉL—. Una amiga mía ha subido hace una hora a esta habitación y me preguntaba si seguiría aquí.
—Accio varita —susurró. Parecía que no iba a pasar nada. Que su bolso se quedaría tan cual estaba.
Cerrado y olvidado.
—No, se ha equivocado.
—De verdad que lamento haberlo interrumpido, pero me consta que no ha salido —insistió Macmillan deteniendo la puerta y obligándole a abrirla un poco más—. Su nombre es Millicent. Millicent Bulstrode. Es como así de alta y…
Oyó un ruido, como un golpe, un arrastrar y a la puerta cerrarse.
Y entonces empezó a moverse. Un poco. Su varita –más corta de lo demás y algo gruesa, de una madera muy clara- voló silenciosa hasta sus dedos.
—Finite —dijo, deshaciendo las cuerdas que, por supuesto, eran mágicas.
Se incorporó –y en seguida la cabeza le empezó a dar vueltas. ¿Le habría dado algo más?- y miró a su alrededor. Había una ventana, cerrada. Lo sorprendería. Igual que había hecho él. La abrió con un simple movimiento de varita y se colocó detrás de la puerta.
—Expecto Patronum. —Se concentró en el mensaje. Necesitaba que el Jefe Potter supiera exactamente dónde estaba y lo que pasaba. Una trucha plateada salió de la punta de la varita. Saltó un poco, como si estuviera desorientada, y en seguida salió por la ventana.
Le copiaría la estrategia. No sabía si podría enfrentarse a él en un uno contra uno. La cabeza no le dejaba de dar vueltas. Apenas podía concentrarse en un plan general. Las cosas una a una.
Oyó una exclamación de sorpresa y lo vio entrar en la habitación, alarmado. Lo vio acercarse en la ventana, asomarse. Tomó aire.
—Confundus —exclamó apuntándole.
Él reaccionó tarde. Levantó la mano de su varita y la agitó. Balbuceó unas palabras. Cayó como si fuera un peso muerto.
—¡Incarcerous! —Dijo, por si acaso. Unas cuerdas mágicas rodearon el cuerpo de Jack, inmovilizándolo.
Respiró hondo, apoyando la cabeza contra la pared. Estaba mareada. Cansada y mareada. Y…
¿Qué había sido de Macmillan?
Abrió los ojos –aunque, sinceramente, no se acordaba de haberlos cerrado- y miró a su alrededor. Jack estaba tirado en el suelo. Daba la impresión de que se había golpeado la cabeza, porque había algo de sangre en el suelo. No la suficiente como para alarmarse, por supuesto.
Le arrebató la varita de la mano. No era tan estúpida.
En el pequeño pasillo, recostado contra una pared, estaba Macmillan. Tenía la cabeza reposando sobre su hombro, la boca entreabierta y un hilillo de saliva recorriéndole la barbilla.
Los bolsillos de su estúpida camisa habían sido dados la vuelta. Como si Jack hubiese estado buscando algo. Una varita, una identificación.
—Macmillan —susurró golpeándole el rostro ligeramente—. Enervate.
El corazón le dio un salto. El muy idiota ni siquiera se inmutó. Siguió ahí, con la cabeza ladeada y los ojos cerrados.
Merlín.
¿Le habría matado?
—¡Ernest! ¡Ernest! —Le sacudió sin muchas contemplaciones—. ¡Venga, idiota, abre los jodidos ojos!
Colocó un par de dedos sobre su cuello, buscándole el pulso. Si no lo encontraba… si estaba… sería solo culpa suya. Porque él no tendría que haber ido a buscarla.
Porque debería estar preocupándose de sus estúpidos quesos y otras cosas de rico heredero y magnate.
Lo encontró. No era débil. Ni inestable. Estaba ahí.
Suspiró.
—¡Enervate! —repitió con más intensidad. El tono de voz le tembló y notó como las manos le sudaban—. ¡Enervate!
La tercera vez tuvo un efecto inmediato.
Macmillan abrió los ojos como si acabaran de despertarlo de una gran siesta. Parpadeo, sin enfocar bien, y se pasó una mano perdida por la barbilla. Secándose el rastro de saliva.
—Ernie.
—¿Qué…?
Millicent bufó y apoyó su cabeza sobre su hombro. Tenía demasiadas imágenes en la mente. Todo lo que acababa de pasar… el corazón le latía con demasiada fuerza.
—Me acabas de salvar la vida —le susurró sin mirarlo. Notó su mano sobre su hombro. Era una mano grande, desconfiada y cálida. Era una mano que recorrió su cuello y se enrolló en su cabello.
—Entonces me debes una cena —dictaminó con voz grave, cansada.
Millicent sonrió.
No entendía nada.
Tampoco es que importara.
—Sí quiero —murmuró Pansy ligeramente sonrojada. Llevaba el pelo suelto, pícaro, y un velo que la hacía tener una apariencia casi angelical.
Greg hizo un ruidito de felicidad y Millicent no pudo evitar sonreír. Era todo tan perfecto que cualquiera diría que Pansy había huido una semana atrás. La música a un lado, leve, que acompañaba. El verde del prado, las flores coloridas. La primavera.
—¿Y tú, Gregory Goyle, quieres a Pansy Parkinson como legítima esposa…?
Algo distrajo a Millicent de la ceremonia. Una especie de aspiración de aire brusca. Giró la cabeza un poco.
—¿Estás llorando? —preguntó con incredibilidad. Ernie se sorbió los mocos y la miró de medio lado, sorprendido—. Pero si no son amigos tuyos.
—Eres una insensible, Milles.
Ella gruñó. Pero, a pesar de todo, pasó un brazo por sus hombros y le dio un par de palmaditas.
Cómo habían acabado las cosas.
Fin.
